Waifu yandere(Collection) - Capítulo 183
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183: Atalanta part 4 fgo 183: Atalanta part 4 fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
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Atalanta volvió sigilosa a la casa antes del crepúsculo, sus pasos apenas un susurro en la madera vieja.
Al abrir la puerta del salón, la visión la golpeó con una punzada: Tn tirado en el sofá, la respiración pesada, como si cada aliento le costara trabajo, sus pantalones estaban desabrochados; y Rin, radiante en una esquina, inclinada sobre una bandeja de gemas que ya brillaban con una luz oscura y densa.
Por un instante, algo en el costado de su ojo —un tic que no pudo reprimir— la traicionó; pero respiró hondo, ordenó sus sentidos y dejó que la profesionalidad tomara el mando.
Se acercó con paso mesurado y, sin alterarse, dio su informe con la voz baja y medida de quien esboza un parte de caza.
—He localizado al primer Master —dijo.
—Es un chico joven parece ser de su edad.
Está en el bosque norte con su Servant.Cabello rizado y azul, ojos gris azulados y una complexión delgada.-tomo una pausa- Y tenia un aura de perversion que me causo repudio, era como ver a Jason.
Rin dejó la gema en la que trabajaba y alzó la vista con interés inmediato.
—¿Shinji Matou?
—repitió, ladeando la cabeza—.
Bien.
Problemático y sucio como siempre, era obvio que el pequeño bastardo participaría.
¿Qué clase?
Atalanta inclinó la cabeza, fijando en Tn la mirada felina antes de responder.
—Rider.
Ushiwakamaru.
El nombre resonó en la sala como una pequeña detonación.
Tn, a pesar del cansancio, se incorporó un poco en el sofá; esas dos palabras le atravesaron la niebla del sopor.
—¿Ushiwakamaru?
—murmuró, sorprendido—.
¿No era una general espadachín de la era Heian?
Eso… no debería ser posible.
Rin ya había vuelto a su postura calculadora, frunciendo el ceño con la lentitud de quien resuelve un rompecabezas y no le estaba gustando.
Sus dedos jugaron con una cadena de gemas hasta que las apretó entre la palma, el mana siendo guiado a la gema mientras el calor en su vientre desaparecía poco a poco.
—Si un Servant es invocado en su tierra natal, su leyenda se manifiesta con más fuerza —explicó con calma, casi didáctica—.
Las raíces culturales y las historias que lo alimentan le dan potencia adicional.
Por eso es raro ver a figuras japonesas aparecer con fuerza plena fuera de Japón; aquí estarían… potenciadas.
Tn meditó la idea unos segundos, mirando la copa de té que tenía a medio beber.
La explicación encajaba con lo que había sentido: un brillo distinto en la presencia de Ushiwakamaru en los recuerdos que Atalanta había descrito.
—Si Shinji logró anclar a una Rider como Ushiwakamaru en Fuyuki… entonces su Servant podría comportarse más como una bestia mítica que como una simple montura.
La habilidad de “monstruo” de un Rider no es solo fuerza física; es transformación del arquetipo.
Podría ser mucho más peligrosa de lo que parece.
—Tn se frotó la sien—.
No es imposible que tenga algún efecto ligado a caballos sagrados o espectros…
algo que aumente su movilidad y aguante.
Rin entrecerró los ojos, con la típica mezcla de escepticismo que la volvía tan intolerante.
—¿Mitológico?
—masculló—.
Lo único “mitológico” que espero de Shinji es una mierda.
Dudo que un tipo tan estúpido y pomposo haya atraído a un dragón escondido.
Si su Rider es solo una hábil espadachina y un corcel con buena propaganda… podemos con eso.
Despues de todo tienen una de las dos mejores clases de Servants.
Atalanta observó sus manos, la forma en que los dedos se cerraban alrededor de su arco con una leve tensión que delataba concentración.
No la impresionaba la arrogancia de Rin, ni la parsimonia de Tn, pero sí la calma clínica con la que ambos evaluaban una amenaza.
—Por lo que pude ver —dijo Atalanta, con voz tan fría como una noche de caza—, eliminar su objetivo no parecerá especialmente difícil.
Shinji no parece tener la mano ni la cabeza para manejar una Rider que exija control.
Su debilidad será su propia incompetencia; su fuerza, su arrogancia.
Rin sonrió, una curva corta y peligrosa.
—Entonces mejor.
Si su Master es un desastre, la mitad del trabajo estará hecho.
Tn, sin embargo, no dejó de mirar a Atalanta.
Había en su tono una certeza que no era mero entusiasmo: algo afilado y seguro que provenía de su nueva condición.
Sus músculos, sus reflejos, su pulso; todo parecía haber ganado un filo que Tn aún no terminaba de comprender.
—Cuidado —murmuró él—.
No subestimemos a una Rider en su propio terreno.
Si algo sale mal, estaremos expuestos.Y aun nos queda averigur a los demas Masters.
Atalanta asintió lentamente, dejando que su mirada recorriera el techo como buscando un blanco invisible.
—Lo tengo en cuenta.
Iré primero a observar de nuevo y esperaré el momento de atacar.
No más riesgos innecesarios.
Rin volvió a su mesa y, comenzo a murmurar sobre posibles recargas mas, colocó otra gema para su refinamiento.
Tn dejó caer la cabeza hacia atrás en el respaldo del sofá, sintiendo el peso del plan asentarse sobre sus hombros.
La casa quedó en silencio —solo el murmullo lejano de la ciudad y el leve tintineo de las gemas— mientras la noche los abrazaba.
Afuera, en el bosque, el primer movimiento ya se gestaba.
Dentro, en aquel santuario improvisado, los tres afinaban sus papeles: la cazadora, la maga y la batería humana, listos para el primer choque.
Atalanta salió en un suspiro de viento, la noche envolviéndola como un manto.
La potencia del mana de dos Maestros la alimentaba como lluvia a una llama: más rápida, más letal, más precisa.
Algo en su cuerpo —sus músculos, sus sentidos, incluso esa cola que nunca había necesitado antes— ahora obedecía órdenes más veloces y más frías.
Su deseo de proteger la inocencia queimaba con más brillo; no había forma de que perdiera.
La caza continuaba y ella se movía en ella como un filo.
.
.
.A cierta distancia, en la penumbra sagrada de otra iglesia, se formaba otra escena: pura disciplina y planificación tranquila.
Fionn mac Cumhaill permanecía erguido junto al altar, su armadura lustrosa reflejando las luces de las velas como si fuesen escamas de plata.
Tenía el porte de un noble guerrero —joven en apariencia pero con la gravedad de quien ha arrastrado siglos—, y la lanza morada Mac an Luin descansaba en su mano con la solemnidad de un juramento.
A su lado, casi pegada a la piedra fría, había una figura pequeña y silenciosa: Serenity.
A simple vista parecía una niña, frágil y menuda, pero Fionn conocía las señales: la forma en que sostenía unas dagas invisibles, la calma afilada en su respiración, la mirada sin infancia.
Era una asesina de leyenda, nadie la subestimaría.
Frente a ellos se encontraba su Maestro: Kirei Kotomine.
El sacerdote observaba todo con la serenidad gélida de quien estudia un tablero de ajedrez sin prisa.
Sus ojos destilaban esa mezcla de interés y ausencia que siempre inquietaba a Fionn.
Para él, la obediencia tenía un sabor amargo cuando provenía del tipo de hombre que Kirei representaba, pero la obediencia era el deber de un Servant.
Kirei había sido el vínculo que los atrajo a esta guerra; su voluntad, la ley que los anclaba.
—Los Maestros están completos —dijo Kirei, en voz baja—.
Procederemos con prioridad.
El primero en caer será el Maestro de Saber.
Serenity ladeó la cabeza ligeramente, con su voz apenas un hilo—¿Su ubicación es conocida?
Kirei asintió y soltó la información con la frialdad de quien entrega órdenes militares: —Se oculta en una finca al norte, fuera de Fuyuki.
Aislado.
Creemos que no espera conflicto inmediato.
Será el blanco más limpio.
Fionn sintió un tirón en el pecho al escuchar la palabra “Saber”.
La idea de atacar a un guerrero de honor por sorpresa le quemó el orgullo como arena caliente.
Puso la lanza contra el suelo y respondió con un tono que mezclaba respeto y protesta.
—Matar por la espalda… —musitó—.
El honor del guerrero es pelear a cara descubierta.
Si el hombre es digno, merece un combate claro.
El silencio en la iglesia se volvió más denso.
Kirei lo miró con esa sonrisa mínima que no revelaba juicio ni duda.
—El honor no gana Guerras —replicó con voz suave—.
Y no tienes por qué mancharte si no lo deseas.
Pero existe una herramienta.
Una que ya usé para asegurar tu disciplina.
Fionn apretó la empuñadura de Mac an Luin sin mover los labios.
Sintió entonces una presión tenue, como un tirón en el hilo que le ataba al mundo físico: el sello de comando.
Kirei, con gesto sereno, mostró la palma.
Dos sellos en la mano del sacerdote al inicio: uno ya gastado.
—He usado uno para asegurar tu cooperación —dijo Kirei—.
Me quedan a mano aún dos talismanes en total, pero la urgencia dicta el paso.
Obedeces porque la ley te lo exige.
Y porque yo lo ordeno.
El brillo frío del sello sobre la piel del servo produjo una breve contracción en el rostro de Fionn.
La voluntad por la que había luchado por siglos se vio contendida por una ley externa; sin embargo, la educación del guerrero también le dictaba que la fuerza se muestra mediante la acción, no mediante la protesta eterna.
Respiró y asintió, con dignidad, como quien acepta el peso de su destino sin quejarse.
—Entonces iré —dijo en voz baja—.
Prepararé el asalto cuando indique.
Serenity no mostró emoción; su sonrisa apenas un pliegue en su cara infantil.
Sus ojos, en cambio, brillaron con fría expectación.
—Será rápido —murmuró—.
Silencio, muerte, retirada.
Como todo buen Assan.
Kirei cerró la mano y guardó la mirada de Fionn como quien guarda moneda valiosa.
—Así será.
Partimos al atardecer.
No dejes que el honor te ciegue; deja que tu lanza hable por ti.
Fionn recogió su lanza.
Por un momento, su mirada se posó en la ventana de la iglesia, en el cielo oscuro donde las primeras estrellas comenzaban a asomar.
Pensó en la idea del duelo, en la nobleza de enfrentarse cara a cara.
Pensó también en la línea entre la guerra justa y la táctica fría.
Luego, con paso firme y respiración controlada, se volvió hacia la puerta.
Serenity ya había deslizado unas dagas bajo su manga; Kirei se deslizaba a su lado como una sombra sin emociones.
—Vamos —dijo Fionn, sin resentimiento audible—.
Si eso es lo que la guerra pide, que así sea.
La iglesia se quedó en silencio tras su partida.
Afuera, la ciudad aguardaba la marea de movimientos que se estaban desatando en distintas esquinas: cazadores, clérigos, magos, asesinos.
En el tablero invisible del conflicto, la primera ficha ya se había movido.
.
.
.
En la finca fuera de Fuyuki, algo había cambiado drásticamente en apenas unos días.
Shirou jamás imaginó que aquel viejo cobertizo detrás de su casa, un sitio donde guardaba chatarra y herramientas, ocultara un círculo de invocación.
Todo comenzó con un error —una liberación accidental de energía mágica que su cuerpo no pudo contener— y, en un destello de luz, un ser apareció ante él.
No era un espíritu cualquiera.
Su figura irradiaba dignidad y poder.
Su armadura brillaba bajo la tenue luz del cobertizo, y su mirada —serena pero firme— lo atravesó con un peso que no podía describir.
“Soy Saber”, dijo con voz solemne.
“¿Eres tú mi Master?”.
Shirou apenas pudo responder, confundido por la magnitud de lo que había provocado.
Lo más desconcertante fue que, aunque su aspecto era el de una mujer, hablaba de sí misma como Rey, y su verdadero nombre —Artoria Pendragon— pertenecía al legendario rey Arturo de las historias que Kiritsugu alguna vez le contó.
Durante las horas siguientes, entre la incredulidad y el miedo, Shirou comenzó a entender la situación.
La Guerra del Santo Grial, aquella guerra que su padre adoptivo había mencionado en voz baja y con renuencia, estaba ocurriendo una vez más.
Y ahora él, un simple aprendiz de magus sin experiencia real, había sido arrastrado a ella.
Artoria, con la misma serenidad con la que enfrentaría a un ejército, asumió la tarea de instruirlo.
Le habló de las siete clases, de los Servants, de los sellos de comando y de la naturaleza del Grial.
Le explicó que, en su estado actual, la mejor estrategia sería permanecer ocultos y esperar a que los enemigos se revelaran primero.
Shirou, pese a su impulsiva necesidad de ayudar a otros, comprendió que enfrentarlos sin preparación sería suicida.
Mientras tanto, la vida cotidiana intentaba mantener un atisbo de normalidad.
Saber —o Artoria— comía con un apetito sorprendente, degustando con curiosidad cada plato que Shirou colocaba en la mesa, como si la nobleza de Camelot jamás hubiera tenido acceso a un banquete tan simple y hogareño.
Eso y que su apetito exigia comida.
Entre cucharadas y trozos de pan, el joven magus no podía dejar de pensar en lo que se avecinaba.
No había sido entrenado para matar.
No estaba hecho para la guerra.
Y sin saberlo, los ojos de dos Servants ya estaban puestos sobre ellos.
.
.
.
A varios kilómetros de distancia, una figura de cabellos verdes y ojos de un ámbar felino se movía entre los árboles con la gracia de una bestia cazadora.
Atalanta, la cazadora sagrada, seguía el rastro del enemigo.
El aire nocturno se mantenía inmóvil, silencioso, y ni siquiera las hojas osaban crujir bajo sus pasos.
A través del vínculo de maná que la unía a sus dos Masters, sentía el flujo constante de energía recorriéndola, fortaleciéndola más allá de los límites de un solo contrato.
Sus sentidos eran agudos, su cuerpo, liviano, y su propósito, claro: eliminar al enemigo antes de que siquiera comprendiera su presencia.
Desde la distancia, la arquera divisó la vieja mansión Matou.
Su mirada se afiló.
Entre las sombras, distinguió tres presencias: un hombre joven, su aura débil pero arrogante; una chica de aspecto frágil que apenas irradiaba energía vital; y, junto a ellos, una entidad distinta….
Un Servant.
El hedor del miasma mágico era inconfundible.
No era de los justos, ni de los nobles.
Esa casa apestaba a corrupción.
Atalanta ajustó el arco, el hilo se tensó con un sonido agudo, y su respiración se aquietó.
Por un instante, todo el bosque quedó en silencio.
Pero no disparó.
No aún.
Podía sentir a otros sirvientes moviéndose en la ciudad, y el instinto de la cazadora —ese mismo que la había hecho sobrevivir entre los lobos— le decía que atacar sin estudiar el terreno sería un error.
El viento cambió, trayendo consigo el aroma metálico del hierro y el incienso.
Un presagio.Y en la distancia, dentro de una iglesia iluminada por velas, Fionn mac Cumhaill y Serenity recibían las órdenes de Kirei Kotomine: eliminar al Maestro de Saber.
Tres grupos.
Tres destinos que pronto chocarían bajo la luna de Fuyuki.
Atalanta respiró hondo.
El aire de la noche estaba quieto, y el silencio del barrio periférico de Fuyuki solo se rompía por el crujir de su arco.
La cazadora apuntó con precisión y disparó.
La primera flecha surcó el aire como un rayo, cortando la oscuridad, y se clavó en la pared del cuarto de una joven.
Dentro, Sakura Matou dio un pequeño salto por el sonido seco del impacto.
Se acercó a la ventana con movimientos lentos, casi mecánicos, y al abrirla, vio la flecha clavada a escasos centímetros de su rostro.
No gritó, no retrocedió, ni mostró miedo.
Solo la observó, con una mirada tan vacía y triste que, incluso a la distancia, Atalanta sintió algo extraño.
Aquellos ojos no pedían ayuda.
Pedían… liberación.
La arquera frunció el ceño, sus orejas finas y su instinto animal percibiendo algo más que el aura corrupta del lugar.
Esa chica no era enemiga.
Era una víctima.
Sin embargo, debía confirmar su presencia.
Tensó nuevamente el arco, y la segunda flecha voló, silbando en el aire.
Esta vez impactó en el marco de la ventana, aún más cerca, levantando astillas.
Sakura, sin moverse, murmuró con voz apagada—Parece que… el Servant enemigo ha llegado.
Sus palabras apenas alcanzaron a Shinji, que bajaba las escaleras molesto por el ruido.
El joven Matou se asomó con arrogancia, riendo nerviosamente.—¿Un Servant enemigo?
Ja… seguro es un idiota perdido.
Rider, ve y encárgate.
Pero antes de que pudiera dar otro paso, una tercera flecha atravesó el cristal y pasó a milímetros de su rostro, cortándole un mechón de cabello.Shinji cayó hacia atrás, gritando con un chillido histérico, mientras su Servant lo apartaba de un empujón.
—¡Maestro, agáchese!
—rugió Rider—.
¡Ataque enemigo!
La figura femenina de Ushi Wakamaru emergió de entre las sombras, con su espada envainada al costado y su mirada aguda.
Su armadura relucía con el brillo de las lámparas, y su energía fluctuaba como una llama viva.
Saltó por la ventana, cayendo de pie sobre el patio exterior con elegancia felina.
No tuvo tiempo de respirar.
Una lluvia de flechas descendió sobre ella como una tormenta divina.
Ushi desenfundó su katana, girando sobre su eje con una danza impecable.
Sus movimientos eran tan rápidos que las hojas del suelo se levantaron con el viento de sus cortes.
El acero chocaba contra las flechas con destellos de luz, desviándolas una a una.
Entonces, en un destello de energía, la figura de la Rider se multiplicó: cinco copias idénticas surgieron de su cuerpo, cada una tomando una posición distinta, cubriendo todos los ángulos de ataque.
Atalanta observó el despliegue con calma, sus ojos dorados centelleando bajo el brillo de la luna.Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
—Interesante… no es cualquier Servant.
Una habilidad de multiplicar.
Tensó de nuevo el arco y disparó con mayor velocidad.
Las flechas caían en secuencias calculadas, con trayectorias imposibles, buscando huecos entre las defensas de la samurái.
Las copias de Rider se movían en perfecta sincronía, interceptando cada proyectil, aunque la presión crecía con cada disparo.
Atalanta observaba, calculando la cadencia de su respiración, el flujo de maná que la sostenía, el ritmo en sus movimientos.
Y entonces lo notó.
Su flujo mágico era débil.
La energía que recibía de su Maestro era mínima, apenas lo suficiente para mantener esa forma y su Noble Phantasm activo por breves segundos.
De no ser por estar en Japón, donde la tierra misma vibraba con mana espiritual, esa Servant ya habría caído.
—Así que dependes del terreno… —murmuró Atalanta mientras apuntaba su próxima flecha hacia el cielo—.
Mala suerte.
Disparó.
La flecha subió, desapareciendo entre las nubes.
Por un instante, el silencio volvió.
Ushi frunció el ceño.—¿Dónde cayó esa—?
El cielo estalló.
Una lluvia de proyectiles descendió desde las alturas, cientos de flechas materializadas en una secuencia mágica perfecta.
La técnica de Atalanta —su arte divino como cazadora— cayó sobre la mansión Matou como si los dioses mismos la hubiesen maldecido.
Rider corrió entre los escombros, empujando a Sakura lejos del fuego cruzado, mientras Shinji chillaba pidiendo auxilio.
Atalanta observaba desde lo alto de un tejado, su silueta recortada contra la luna, como una fiera sagrada cumpliendo un juicio divino.
Pero cuando iba a disparar de nuevo… se detuvo.Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Otra presencia se acercaba.
Fuerte.
Noble.
Clara como la luz del amanecer.
—…Saber —susurró.
El aire tembló, y desde la lejanía, Artoria Pendragon avanzaba con su espada envuelta en luz.
El verdadero enfrentamiento estaba a punto de comenzar.
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(haber no soy el mejor en esto de hacer peleas y bueno le estoy metiendo drama a esta cosa,si hare yandere lo hare bien y para eso necesito meter a las 7 clases de servant y basicamente acarrear la guerra del grial con todo y sus problemas y bueo no se sorprendan si esta waifu tiene muchos capitulos :v no pondre 10k en un capitulo porque se que se aburriran y apenas asistiran asi que divido esto por 4 o 5k para mas comodidad).
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