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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 185

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  4. Capítulo 185 - 185 Alexandrina Sebastiane part 2 zzz
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185: Alexandrina Sebastiane part 2 zzz 185: Alexandrina Sebastiane part 2 zzz Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

—.

Robar y castigar…esas fueron mis metas,mi credo, mi razón de existir.Con este poder creí ser imparable,dueña del caos, del tiempo, del porvenir.

Podía verlo todo,podía ir donde quisiera,creí que nada podría detenerme…hasta que él apareció.

Pensé que moriría,pensé que mi historia terminaría allí,pero me tomó bajo su ala,y por primera vez… aprendí.

“¿Por qué limitarte a castigar y robar?”,me dijo con calma, con una voz que cortaba el silencio,“cuando puedes tener propósito,cuando puedes elegir un camino”.

Y en esa enseñanza,en ese reflejo de fuego y razón,mi corazón tembló.Je… creo que me enamoré de él.

Tan similar a mí,tan diferente,tan imposible…y aun así, en mi locura,sueño con que me corresponda.

______________________________________________________________ —.

Alexandrina se despertó temprano, como dictaba su costumbre.

El sol apenas rozaba los vitrales de la mansión, tiñendo las alfombras con reflejos rojizos y dorados.

El aire estaba frío, cargado del aroma a polvo antiguo y madera vieja.

Se levantó sin esfuerzo, con la precisión mecánica de alguien que había vivido toda su vida dentro de rutinas inquebrantables.Y asi debia ser, pertenecía a Victoriahousekeeping.

Drusilla y Anastella ya estaban despiertas, parloteando en su incomprensible tono metálico.

—“Liimpiar, limpiar, grande, muuuy grande, jefa…” —repetía Anastella, mientras arrastraba un trapo dos veces su tamaño.

—“Demasiado grande.

Demasiado… sucio.

Necesita fuego.” —gruñó Drusilla, cargando un plumero como si fuera un arma.

Rina soltó una pequeña risa.—Nada de fuego, Drusilla.

No queremos quemar los recuerdos de nadie.

—“Nadie los extraña…” —replicó la pequeña Bangboo con un brillo travieso en su lente.

—Tal vez no —dijo Rina, sonriendo con esa dulzura que escondía más de lo que mostraba—.

Pero mientras estemos aquí, esos recuerdos nos pertenecen.

Tomó un trapo nuevo, se ajustó los guantes y comenzó la limpieza de las habitaciones en el ala norte.

El polvo se acumulaba sobre los marcos de los retratos, y los muebles parecían haber dormido siglos sin compañía.

Mientras limpiaba una estantería, Rina abrió una de las puertas inferiores del mueble… y se detuvo.Dentro había una caja de terciopelo rojo.

La abrió con curiosidad, solo para descubrir en su interior una serie de objetos inconfundibles, de diversas formas y materiales, claramente diseñados para propósitos nada decorativos.

Rina parpadeó dos veces, cerró la caja, y dejó escapar una exhalación resignada.

—Varsha… querida… ¿qué tipo de demonio hormonal eras tú?

—susurró, conteniendo una risa entre sorpresa y pudor.

Drusilla se asomó.

—“Jefa encontró cosas malas otra vez…”.

Anastella se tapó la cara.

—“No mirar… no tocar… no entender…”.

—Tranquilas —dijo Rina, apartando la caja con elegancia—.

No es algo que una dama deba escandalizarse por… aunque empiezo a pensar que esa muchacha confundía la libertad con la depravación.

Siguió su camino, pasando por pasillos donde el tiempo parecía haberse detenido.

El sonido de su trapo mojado se mezclaba con los ecos lejanos de la madera.

Entonces lo vio: Tn, al otro lado del pasillo, vestido de forma más relajada.

Una camisa de botones ligeramente desabrochada, tirantes que sujetaban sus pantalones, el cabello revuelto por el trabajo.

Estaba inclinado sobre una baranda, ajustando algo con un destornillador y un gesto concentrado.

Rina lo observó unos segundos, en silencio.No por deseo, sino por curiosidad.

Era raro ver a alguien tan… vivo en un lugar que todo lo volvía sombrio.

—Buenos días, señor Tn —dijo al fin, con voz serena.

Él levantó la vista, un poco sorprendido.—Ah, señorita Sebastiane.

Buenos días.

Ya está trabajando… temprano, como esperaba.

—No vine aquí a dormir entre el polvo —respondió con una sonrisa cortés—.

Además, los Bangboos parecen tener más energía que yo misma.

—(Ríe) Sí… he notado que no se detienen.

A veces me pregunto si ustedes, las de Victoria Housekeeping, tienen algún chip secreto que las hace más eficientes para el trabajo.

Rina entrecerró los ojos, divertida.—No lo negaría.

Aunque en mi caso… creo que es simple hábito.

Y un poco de orgullo.

Tn volvió a su reparación, ajustando una tuerca.—Esta baranda estaba floja.

No quiero que alguno de ustedes se caiga.

El piso de abajo no es precisamente amable.

—Qué caballero tan atento —dijo Rina, en tono suave.

Su mirada se mantuvo fija un instante más de lo necesario, antes de volver a su labor.

Avanzó por el pasillo hasta llegar a una puerta más ornamentada que las demás.

Tenía el nombre “Reinhard” grabado en una placa metálica, medio oxidada.

—Reinhard… —repitió en voz baja.Recordaba lo que Tn le había contado la noche anterior: que Sir Reinhard Heydrich mandó construir la mansión como obsequio para su familia.

Que había fiestas, visitas diplomáticas, noches de música y vino.

Hasta que, un día, todo se detuvo.

Rina giró el picaporte y entró.

La habitación era espaciosa, pero casi vacía.Una cama amplia cubierta por una sábana gris.

Un escritorio con libros cerrados.

En las paredes, pinturas de paisajes: montañas nevadas, lagos, un bosque que parecía moverse bajo el trazo.Y en un rincón, varias banderas antiguas, plegadas con precisión.

Rina se acercó a una de ellas y la extendió con cuidado.

El símbolo le llamó la atención: parecía una esvástica, pero girada, y con los extremos dorados, envueltos en un círculo blanco.

—Qué curioso… —murmuró, tocando el borde con los guantes—.

No es el símbolo que conozco.

Las puntas están invertidas.

Y el color….

—Era el emblema personal de Sir.

Reinhard —dijo Tn desde la puerta, que había aparecido sin que ella lo notara—.

Lo mandó diseñar para representar “el cambio del destino”.

Al parecer, era… un hombre con ideas propias.

Rina giró el rostro hacia él.—¿Y cree en eso?

¿En símbolos que cambian el destino?

Acaso creia en el culto como los Yunkui.

Tn se encogió de hombros.—No lo sé.

Pero si uno vive aquí el tiempo suficiente, empieza a sentir que hay cosas que no debería olvidarse.

Algo que no quiere ser barrido.

No conoci personalmente a la familia, solo menciones y charlas con el anterior cuidador de la finca.

Rina sonrió.—Entiendo~ es curioso como quieren mantener todo ordenado, acaso volveran a habitar la finca.

—Puede ser o tal vez sí —replicó él, con un leve brillo en la mirada—.

A veces, creo que solo volveran por esa puerta y todo sera como antes.

El pueblo suele recordar bastante a esta familia.

Rina bajó la vista hacia la bandera.

El dorado parecía brillar bajo la luz del amanecer.

Algo en ese resplandor le produjo una sensación inquietante, como si los ojos invisibles de su antiguo dueño aún observaran cada rincón.

Como si cada objeto en esa habitación esperara… una mano que lo despertara.

—Tal vez tenga razón, señor Tn… —murmuró Rina con voz lenta, casi encantada—.Tal vez descubrir sea parte de mi deber aquí.

Drusilla, desde el pasillo, dejó escapar un sonido extraño.—“No limpiar eso, jefa… no gusta… mal símbolo…”.

Rina la miró por encima del hombro, con una sonrisa serena.

—Nada es malo si está bien ordenado, Drusilla.

Y con esa frase, pasó la mano por la bandera una vez más, como si quisiera recordar su textura.El dorado le pareció… cálido.Demasiado cálido.

Casi vivo.

Tn mencionó que seguiría revisando los puntos débiles de la mansión y que, por el momento, solo podría ajustar algunas cosas en lo que un equipo de construcción llegara para hacer todo el trabajo.

El contrato de Rina —Alexandrina— solo especificaba cuidar y limpiar la mansión, por lo que ella asintió sin protestar.

—Entendido, señor Tn —respondió con su voz suave, formal—.

Me aseguraré de mantener todo en orden hasta que el equipo llegue.

—Perfecto —contestó él con una sonrisa leve—.

Si nota algo fuera de lugar, por favor, avíseme.

Esta casa tiene sus…

excentricidades.

El día pasó rápido entre habitaciones, polvo y trapos húmedos.

Rina movía muebles, aireaba cortinas, y daba instrucciones precisas a sus dos pequeños bangboos, que correteaban con escobas y trapos más grandes que ellos.

Cuando el reloj marcó casi las siete, el cielo comenzó a teñirse de naranja a través de los ventanales.

Ella suspiró, cansada, y decidió regresar a su habitación para ducharse y esperar la cena.

El agua caliente corrió por su piel pálida, limpiando el polvo y la tensión del día.

Sus bangboos esperaban junto al lavabo, sosteniendo la toalla y el secador.

Eran criaturas útiles, sin noción de pudor ni género; simples asistentes con una programación básica.

Rina no les prestaba demasiada atención mientras se vestía con una bata ligera, el cabello aún húmedo cayendo sobre sus hombros.

Pero cuando sus ojos se desviaron hacia el armario donde había guardado su caja…

algo dentro de ella se agitó.

—No… no… —susurró, casi temblando.Dejó la toalla a medio sostener y caminó descalza hasta el mueble.

Abrió el cajón y, al sacar la caja, el leve crujir de la madera pareció resonar en toda la habitación.

Ahí estaban.

Los mismos objetos que había visto la noche anterior: instrumentos metálicos, bisturíes, pinzas de presión, ganchos quirúrgicos, y algunas herramientas que difícilmente podrían catalogarse como médicas.

Su reflejo se deformaba en el acero brillante.

—¿Por qué… los traje otra vez?

—murmuró, apoyando los dedos en el borde frío de uno de los instrumentos—.

No los necesito… ya no….

Un leve tic recorrió su ojo izquierdo, y su respiración se volvió lenta.

Rina no recordaba cuándo había comenzado esa costumbre.

Algunos decían que era un trastorno, otros que era un síntoma de algo más profundo.

Pero ella sabía que no era psicópata… o eso quería creer.

Había amado, había cuidado.

Había sido la tutora legal de Ellen Joe, aquella niña insolente con una sonrisa torpe y un corazón grande.

Hasta que todo se fue al infierno.

Hasta que golpeó a un cliente, hasta que la despidieron… y Rina no sintió nada.

Ni rabia, ni tristeza.

Solo… vacío.

—No sentí nada por ti, Ellen… —murmuró, cerrando lentamente la caja—.

¿Qué clase de persona soy?

Sir lycaon estaria decepcionado.

El reflejo en el metal le devolvió una sonrisa quebrada.

Cerró la caja y la guardó de nuevo, con cuidado casi maternal, mientras sus manos temblaban apenas.

De pronto, un golpeteo suave en la puerta la hizo reaccionar.

—¡Nahm nham nhgnh g Señorita Rina!

—dijo una voz robótica y dulce desde el otro lado.

Era uno de sus bangboos—.

¡Laaahhaaaa cenaaaaaaa ahahaha hamaaa está lista!

El señor Tn la espera en el comedor.

Rina respiró hondo, alisó su cabello y se miró en el espejo.

Sonrió.

La sonrisa era perfecta, elegante, y absolutamente vacía.

—Ya voy —respondió con tono amable—.

No lo hagamos esperar.

Cerró la puerta detrás de sí y caminó por el largo pasillo iluminado por candelabros antiguos.La caja quedó atrás, durmiendo en la penumbra.Pero su contenido, como un secreto latente, parecía sonreír desde la oscuridad.

.

.

Rina caminó a paso lento por los pasillos silenciosos, rumbo al comedor.

Las luces tenues de los candelabros formaban sombras alargadas en las paredes, y el sonido de sus pasos descalzos apenas rompía la calma.

El aire tenía un olor a madera vieja y cera derretida, un aroma denso que parecía flotar en la casa desde hacía décadas.

Al girar hacia uno de los corredores laterales, notó algo fuera de lugar.

Un mueble, de esos aparadores antiguos con patas talladas, estaba torcido, sostenido apenas por una palanca oxidada.—Hm… qué descuido —murmuró, frunciendo el ceño mientras se inclinaba.

Estiró la mano para enderezarlo, pero antes de que pudiera hacerlo, algo cayó desde el interior del mueble y golpeó con fuerza su pie descalzo.

“Kyaaaaahhhh”.

—¡Ahhggh!

¡Maldito…!

—exclamó entre dientes, soltando un jadeo ahogado mientras se llevaba la mano al pie—.

¡Eso dolió como el infierno!.-No seria bueno que la vieran blasfemar pero esa cosa le callo justo en un punto sensible.

Se agachó, frotándose la zona afectada.

El dolor punzante la hizo morderse el labio y soltar un resoplido antes de mirar, casi con resentimiento, al objeto culpable.

Era un libro grueso, cubierto de polvo y con la tapa medio deshecha.

La encuadernación era de cuero envejecido y las páginas, amarillentas, parecían a punto de desmoronarse.

—¿Qué demonios…?

—susurró, tomando el libro con cuidado.Lo levantó a la altura de la vista y notó que no era un libro cualquiera.

No tenía título, solo un nombre grabado con tinta oscura en la primera página interior: Savh.

Rina parpadeó, sorprendida.—Savh… —repitió el nombre en voz baja—.

Como en el retrato….

Recordó el cuadro: aquella joven de cabello blanco, ojos tristes, con el apellido Heydrich Stampede bajo su nombre.

Una figura melancólica, perdida en una mirada que parecía atravesar el lienzo.

El diario, al parecer, había estado escondido dentro del mueble, quizás olvidado o intencionalmente oculto.

Rina lo abrió con cautela.

Algunas páginas estaban manchadas, otras rasgadas.

No había fechas legibles, pero el trazo era elegante, aunque inestable, como si la autora temblara mientras escribía.

Leyó en voz baja:”A veces pienso que esta casa tiene algo muy mal.

Que las paredes oyen, y los espejos tienen el mismo relfejo incluso si no hay nadie.

El hermano mayor dice que no le preste atencion, no olvides lo que es importante para ti.

Yo solo quiero olvidar.”.

Rina tragó saliva, sintiendo un escalofrío subirle por la espalda.—Qué extraño… —murmuró, pasando la página con cuidado.

Otra frase, escrita con letras apretadas, casi desesperadas, se asomaba:”Varsha dice que el placer libera el alma… pero yo solo siento vacío.

Madre ya no me mira.

Padre… tampoco……”.

Rina se quedó quieta.

Su reflejo se veía en el vidrio del mueble, su rostro serio, el diario abierto entre sus manos.—¿Qué tipo de familia eran ustedes…?

—susurró—.

¿Y por qué esconder algo así?

Sus bangboos, que habían quedado unos metros atrás, asomaron sus cabecitas con curiosidad.—¿nhum hnukm hnuhm Señorita Rina?

—preguntó uno con su voz melodica—.

¿ushushushs Encontró algo?

—Solo… basura vieja —mintió, cerrando el diario de golpe.

El sonido seco resonó en el pasillo.Guardó el libro contra su pecho, mirando hacia el final del corredor, donde la penumbra parecía moverse apenas.

—Vamos… —dijo finalmente, recomponiéndose—.

No quiero que el señor Tn crea que llegamos tarde a la cena.

Los bangboos asintieron, y la siguieron mientras ella caminaba, el diario bien sujeto entre sus dedos.Pero mientras avanzaba, no podía dejar de pensar en esas palabras…”Esta casa respira.”.

Y, por un segundo, le pareció oír algo.Un susurro bajo, casi imperceptible, que provenía del pasillo detrás de ella.Como si alguien —o algo— acabara de exhalar.

.

.

Rina llegó a la cocina con el paso elegante y pausado que la caracterizaba.

La mesa ya estaba puesta: platos perfectamente alineados, cubiertos brillando bajo la tenue luz amarillenta y un aroma cálido flotando en el aire.

Sus dos bangboo, Drusilla y Anastella, ya estaban sentadas en pequeñas sillas adaptadas a su tamaño, observando silenciosamente a los dos humanos como si fueran parte de un ritual solemne.

Tn, con el mismo porte tranquilo de siempre, sonrió al verla.

—Buenas noches, señorita Alexandrina.

Espero no haberla hecho esperar.

—No, para nada —respondió Rina con una sonrisa suave, tomando asiento con delicadeza.

En su regazo, oculto entre los pliegues de su falda impecable, descansaba el diario.

A cada movimiento, el cuero crujía apenas, pero Tn, concentrado en su plato, no notó nada.

Rina comía lentamente, cortando cada trozo con precisión quirúrgica, saboreando la comida como si tuviera todo el tiempo del mundo.

Su semblante era sereno, pero dentro de ella algo se agitaba.

Su humor, por momentos, parecía tan voluble como la llama de una vela.

—¿Está todo a su gusto?

—preguntó Tn, mirándola con cortesía.

—Perfecto —respondió ella, esbozando una sonrisa amable—.

Tiene buena mano para la cocina.

—Hago lo que puedo —dijo él con una leve risa, bajando la mirada—.

Esta casa me enseñó a ser autosuficiente.

Rina asintió sin decir nada más.

Masticaba despacio, observando la luz que caía sobre el rostro de Tn.

Por alguna razón, se le antojaba demasiado humano.

Demasiado… cálido.

Un contraste curioso con el silencio helado que reinaba en los pasillos de aquella mansión.

Cuando terminaron, Tn se levantó con una leve reverencia.

—Le deseo buenas noches, señorita Alexandrina.

—Lo mismo, señor Tn —respondió ella con un tono cortés.

Ambos se retiraron a sus habitaciones, y el eco de sus pasos resonó en el largo corredor hasta que solo quedó el silencio.

Rina cerró su puerta con suavidad y se apoyó contra ella, sosteniendo el diario con firmeza.

Sus bangboo ya se habían acomodado en la cama, las pequeñas figuras mecánicas respirando de manera casi rítmica, simulando un sueño que no podían tener.

Rina se sentó frente a la ventana.

La luna iluminaba parte de su rostro mientras abría el diario una vez más.

Las páginas desprendían un olor antiguo, una mezcla de tinta, polvo y melancolía.

Leyó en voz baja, apenas un susurro que se confundía con el murmullo del viento.

“A veces imagino que si hablo lo suficiente, alguien me escuchará.

Pero en esta casa, las palabras se hunden como piedras en un lago oscuro.”.

Rina se quedó en silencio.

Había algo triste en cada palabra, una especie de eco que resonaba dentro de ella.

Pasó más páginas: pequeños poemas, notas sobre días monótonos, descripciones de los pasillos y de cómo los espejos parecían observarla.

Pero a medida que leía, su mente comenzó a dispersarse.

Se encontró pensando en sí misma, en su propia vida.

¿Qué tenía ella fuera del trabajo?

Nada.

Cocinaba, limpiaba, sonreía, cumplía su deber… y cuando la jornada terminaba, se quedaba sola.Había tenido a Ellen, sí, pero incluso eso terminó en nada.

No sintió remordimiento cuando la despidieron; ni tristeza, ni enojo.

Solo… vacío.

Si bien algunos clientes se le insinuaban parecian perder el interes demasiado rapido cuando ella hablaba sobre sus temas favoritos.

Su mirada se perdió en la nada, los dedos aún acariciando el borde del diario.—Una familia que no sabía cómo quererse… —murmuró, casi con ironía—.

Qué familiar suena eso.

Rió, una risa baja, seca, que se apagó al instante.—Tal vez por eso me dieron este trabajo.

Para cuidar una casa muerta… porque yo también lo estoy.

Las palabras se disolvieron en la oscuridad de la habitación.

Drusilla se movió un poco sobre la cama, murmurando entre sueños electrónicos:—Rina… nnhhaaammm descansar… mañana limpiar….

Ella cerró el diario con suavidad, lo colocó sobre su regazo y se recostó lentamente, observando el techo.La luz de la luna dibujaba líneas pálidas sobre su piel, y por un instante, creyó ver sombras moverse en las paredes.

No le asustaron.

Le resultaron… reconfortantes.

—Savh… —susurró, con una sonrisa leve, casi tierna—.

Tal vez tú y yo no seamos tan distintas.

Y con ese pensamiento, cerró los ojos, mientras el diario, aún tibio entre sus manos, parecía pulsar débilmente.

____________<__.

(Ok con esta estoy jugando de forma diferente, la psicopatía no quiere decir que rina esta directamente loca si no que no tiene un apego verdadero a nada de él, pero si llegan a imitar uno.

En esta cosa pleno darle tema de casa embrujada y misterios algo jejejejej ).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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