Waifu yandere(Collection) - Capítulo 189
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 189 - 189 Santa Martha fgo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
189: Santa Martha fgo 189: Santa Martha fgo Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
Profetizar la palabra del Señor siempre fue mi deber,guiar con fe, servir con pureza,guardar mi alma del amanecer.
Pero acaso…¿su amor infinito tiene otra definición?¿Acaso en su luz también arde el fuego de la tentación?
Un alma oscura puede redimirse,eso enseña la cruz y el credo,pero este soldado… este hombre…despierta en mí un deseo que temo.
Mis manos tiemblan al rezar,mi corazón late fuera del compás,soy una santa, no debería sentir,no debería mirar así.
Y sin embargo,si el amor de mi Salvador también habita en la carne,entonces… ¿es pecado mi fervor?
Tal vez mi obsesión no sea maldición,tal vez sea fe con otra forma,una plegaria prohibida,una llama que arde por Él en el altar del alma rota.
__________________ Nombre:Tn pitus máximus.
Ocupacion:Soldado romano (ex guardia de Judea).
Afilacion:Caótica pagana.
______________________.
La monotonía era su vida.Órdenes.Marchas.Guerra.Más órdenes.
El sonido metálico de las sandalias claveteadas golpeando el polvo de Jerusalén era lo único constante en sus días.
Aquellas sandalias pertenecían ahora a Tn Pitus Maximus, nombre nuevo para un hombre cansado, otorgado por Roma cuando cambió sus colores.
El púrpura de la Guardia de Jerusalén había quedado atrás; ahora vestía el rojo carmesí del Imperio.Una capa más pesada, un nuevo estandarte, otra cadena invisible.
Portaba su espada al cinto y el manto de su nuevo rango: símbolo de disciplina, no de orgullo.
Había pasado de servir a Jerusalén a servir a Roma… y sin embargo, su realidad no había cambiado.Seguía obedeciendo al mismo hombre: Herodes el Grande, antaño rey glorioso, ahora una sombra del poder, consumido por la paranoia y la vejez.Desde la orden de la masacre de los inocentes, hacía ya trece inviernos, el aire en la ciudad se había vuelto pesado, como si la sangre de los niños aún manchara los muros del templo.
Tn no hablaba de ello.
Los soldados no hablan.
Los soldados obedecen.
Pero, en lo más profundo, su corazón se estremecía cuando veía a las familias riendo en los mercados, a los ancianos contando historias a los nietos, a las mujeres cargando panes recién horneados.A veces pensaba que eso —la simple felicidad— era lo único que aún valía la pena proteger.
“Cuidar, proteger, vivir con honor y morir con gloria… eso es un buen soldado.”.
—Se lo repetía como una oración, aunque ya no creía en dioses.
Aun así, el problema de la fe seguía atormentándolo.Como soldado romano, debía rendir culto a los dioses del Capitolio: Marte, Júpiter, Venus.Pero los ídolos de piedra no le hablaban, y las plegarias parecían responder solo con silencio.
.
.
Aquella tarde, el sol abrasaba la plaza.
El aire olía a arena, sudor y dátiles maduros.Tn se acercó a una fuente de piedra y se inclinó para beber.
El agua fría corrió por su garganta como un respiro de vida.
Al levantar la vista, la vio.
Una mujer.
Joven, pero con una serenidad imposible.Su piel reflejaba la luz como si el sol la acariciara con cuidado.
Caminaba junto a un niño de unos catorce años, y cada paso de ambos parecía llenar el aire de calma.
El muchacho sonreía con una dulzura que desarmaba.
Ella, con un gesto maternal, le ofrecía un poco de pan.
Tn no supo por qué, pero el ruido de la plaza pareció desvanecerse.
Solo los miraba, inmóvil, con la jarra aún en la mano.
—Disculpadme, señora… ¿el muchacho es vuestro hijo?—preguntó finalmente, con voz grave y formal, intentando no parecer curioso.
La mujer se volvió hacia él, con una sonrisa tan gentil que parecía ajena al mundo que él conocía.
—No, señor soldado.
Es… como mi hermano.
Un huésped en mi casa.
Su tono era sereno, casi musical.El niño lo miró entonces directamente, con ojos tan claros que Tn sintió, por un instante, que lo veía por dentro.
—¿Eres soldado?
—preguntó el joven.
—Lo soy.”—respondió Tn, enderezándose—.
De Roma… aunque sirvo en Jerusalén.
El muchacho inclinó la cabeza, pensativo.—Entonces debes de conocer muchos lugares.
—Demasiados.
—contestó Tn con una leve sonrisa amarga—.
Y ningun lugar es tan bello como mi propio hogar.
El niño asintió despacio, casi como si entendiera algo más profundo en aquellas palabras.—Entonces tu corazón aún está feliz.
Tn frunció el ceño, sin comprender.—¿Qué quieres decir, pequeño?
—Que un hombre que no desea matar, es un hombre que aún puede amar.Usted se ve triste incluso habiendo viajado a muchos lugares.
El silencio cayó entre ellos.El niño volvió su mirada hacia la fuente y sonrió, y la mujer, aún más serena, se inclinó con un leve gesto de gratitud.
—Gracias por tus palabras, soldado.
Que tu camino esté libre de sombras.
Y siguieron su andar entre la multitud, perdiéndose poco a poco entre la luz del atardecer.
Tn se quedó quieto, mirando el camino que tomaron.No sabía por qué sentía un nudo en el pecho.Solo sabía que, por primera vez en muchos años, una voz dentro de él susurraba algo que no venía de Roma, ni de Herodes, ni de las órdenes.
“Aún puedes elegir.”.
Tn pensó un poco en el niño.
La calma de su voz aún resonaba en su mente como un eco suave, incómodo.
“Un hombre que no desea matar, es un hombre que aún puede amar.”.
Acaso la tristesa se denotaba de el a tal punto que un infante podia verla.
Apretó las manos un poco, intentando apartar aquella frase.
¿Qué sabía un niño sobre la vida adulta, sobre órdenes, sobre los gritos que uno debía ignorar para seguir vivo?
Negó con la cabeza, se levantó y volvió a su rutina.
..
Los días en Jerusalén eran siempre iguales: marchar, inspeccionar, obedecer.
Los deberes de un soldado bajo el reinado de Herodes eran claros —mantener el orden, cobrar los tributos, patrullar los barrios donde los pobres intentaban sobrevivir, y castigar la disidencia.Los romanos se encargaban de la seguridad general y de sofocar cualquier posible rebelión, mientras los judíos al servicio del rey hacían de ojos y oídos del palacio.
Tn, como soldado romano adscrito a Jerusalén, estaba en medio: ni del todo extranjero, ni del todo local.
Solo un instrumento, una espada a sueldo.
.
.
Pasaron apenas Seis días antes de que la rutina se quebrara.
Al amanecer, los cuernos resonaron desde las murallas.
Un mensajero gritaba en las calles.
“¡El Rey convoca a todos los hombres de armas!
¡Reunión inmediata en el palacio real!”.
Tn sintió un mal presentimiento.
Ajustó su coraza, se colocó el manto rojo sobre los hombros y marchó con el resto hacia el enorme edificio de mármol blanco.
El Palacio de Herodes olía a incienso.
Las antorchas ardían incluso de día, arrojando sombras danzantes sobre los muros dorados.
Cuando Tn entró al salón del trono, el murmullo de decenas de soldados llenaba el aire.
En lo alto, el Rey Herodes estaba sentado, envuelto en pieles exoticas, los ojos hundidos y la barba descuidada.
Su cuerpo temblaba visiblemente, pero aún emanaba un aura peligrosa.
El poder —y la locura— seguían vivos en él.A su lado, un grupo de sacerdotes y magos susurraban entre sí, con tablillas y rollos de pergamino.
Tn observó en silencio.
El rey se levantó con esfuerzo, apoyándose en su bastón adornado con símbolos antiguos.
—Soldados…—su voz sonaba ronca, quebrada, pero llena de autoridad—.
Hace trece inviernos purifiqué este reino con fuego y espada.
Los sacerdotes me aseguraron que aquel niño había muerto.
¡Que el Mesías no volvería a nacer bajo mi sombra!
Los murmullos crecieron.
Algunos soldados bajaron la vista; otros intercambiaron miradas nerviosas.Tn permaneció inmóvil.
Herodes golpeó el suelo con su bastón, y una ráfaga de energía, casi imperceptible, hizo vibrar el aire.
La hechicería que el rey dominaba era temida por todos.
—Pero me han mentido…—continuó, los ojos abiertos de par en par, llenos de ira y miedo—.
¡El Mesías vive!
¡Los astros lo confirman, los sueños lo repiten, y la sangre de los inocentes no lo detuvo!
Uno de los sacerdotes dio un paso adelante, desplegando un pergamino.—Majestad, la nueva profecía habla de un joven… no un niño.
A la edad de trece o catorce años, su poder florecerá.
Si llega a esa edad, la corona del mundo caerá de las manos del rey mortal.
Herodes apretó los puños, jadeando.—¡Entonces aún hay tiempo!
¡Aún puedo evitarlo!
El silencio que siguió fue sofocante.Los soldados se miraron entre sí, sabiendo lo que vendría antes de que el rey lo pronunciara.
Herodes levantó su bastón, la voz resonando con un tono casi sobrenatural.
“¡Por decreto real, todo niño varón de doce a trece años será ejecutado!¡No habrá profecía que sobreviva en mi reino!¡Que Jerusalén se tiña otra vez de rojo antes de que el cielo me robe el trono!”.
Un murmullo de horror recorrió la sala.
Algunos soldados retrocedieron, otros apretaron el mango de sus espadas.
Tn sintió cómo se le helaba la sangre.
—Majestad… —se atrevió a decir un centurión a su lado—.
¿Y si la profecía es falsa?
No puede creer en tal tonteria.Roma no apoyaria tal acto.¿Y si…?
Herodes giró la cabeza lentamente.El aire pareció detenerse.
—¿Dudas de mí, soldado?—su voz cambió, gutural, vibrante, con un dejo de poder oscuro.
El centurión cayó de rodillas, temblando.
El rey extendió una mano, murmuró unas palabras en una lengua muerta… y el hombre gritó.
Su armadura se oxidó al instante, su piel se ennegreció, y cayó al suelo, convertido en una masa humeante.
Herodes bajó el bastón.—¿Alguien más desea debatir conmigo?
Nadie respondió.
Solo el sonido del fuego consumiendo el cuerpo del centurión.
Tn apretó los puños dentro de sus guanteletes, el corazón latiéndole con fuerza.
“Niños… otra vez…” —pensó, recordando la frase del joven de la fuente.
Herodes se recostó en el trono, exhalando lentamente.
—Marchad al amanecer.
De casa en casa.Ningún varón de esa edad quedará con vida.Quien desobedezca, morirá igual que el traidor que me interrumpió.
Los soldados se inclinaron, murmurando el saludo obligatorio.
“¡Gloria al Rey Herodes, el Grande!
Tn lo repitió con los labios, pero sin voz.Por dentro, algo en él se había roto.
Mientras salían del palacio, un soldado joven murmuró cerca de él—¿Otra vez, Tn?
¿Otra masacre?
¿Crees que lo haremos?
Tn respondió con tono bajo, sin mirarlo—El rey da las órdenes.
Nosotros las cumplimos….
—¿Y si el niño que debemos matar sonríe como aquel al que vemos correr por las cayes, los que van al mercado, eso es una herejia?
—preguntó el joven.
Tn se detuvo.
No respondió.
Solo miró al horizonte, donde el sol comenzaba a caer sobre Jerusalén, tiñendo el cielo de rojo.
“Entonces… quizás esta vez no obedeceré.”.
-Llama a tus muchachos tenemos algo que remediar.
.
.
.
(Dias atras).
Los días en Jerusalén eran cálidos y lentos, y el aire se impregnaba del olor a pan recién horneado y polvo del camino.
Marta, una joven de ojos azules como el cielo despejado y cabello largo color violeta que caía como un río oscuro sobre su espalda, caminaba entre las calles de piedra con una jarra de agua en los brazos.
Vivía con su padre, su madre y su hermana en una casa modesta, pero conocida por su hospitalidad.
Su familia, profundamente creyente, se regocijaba en ofrecer pan y techo a los viajeros cansados, pues —decía su padre— “todo extranjero puede ser enviado de Dios”.
Como esa vieja historia sobre Dios siendo un humilde viajero pidiendo refugio para demostrar su fe.
En esa ocasión, habían abierto su puerta a una mujer de rostro sereno y voz suave, acompañada de un niño de unos catorce años.
Su nombre era María… y el niño, Jesús.
Desde el primer día, Marta los observó con una mezcla de respeto y curiosidad.
María tenía una calma extraña, como si cada palabra suya pesara con sabiduría.
Jesús, en cambio, irradiaba una luz que no se podía explicar.
Parecía mirar a través de las cosas, más allá del mundo visible.
—¿Quieres un poco más de pan?
—preguntó Marta una mañana, mientras Jesús y su madre descansaban bajo la sombra del olivo.
El joven sonrió con una dulzura que la desconcertó.—Gracias, Marta.
Pero guarda un poco para ti.
A veces, quien reparte demasiado se olvida de sí mismo.
Marta rió suavemente, bajando la mirada.—Mi madre dice que quien sirve con el corazón nunca queda vacío.
—Tu madre tiene razón —respondió Jesús—.
Pero también el corazón debe descansar.-Sus ojor parecian felices mirando todo, una curiosidad casi infinita sobre lo que lo rodeaba.
María observaba a ambos con ternura, sus manos tejían un pequeño manto de hilo claro.
—Mi hijo habla como un anciano a veces —dijo, sonriendo—.
Pero tiene el don muy especial.
Durante los días que siguieron, Marta y Jesús se volvieron amigos inseparables.
Iban juntos al mercado, donde él observaba los animales y las gentes con la atención de quien aprende del alma, no de los ojos.
Marta, divertida, intentaba seguirle el paso a sus preguntas.
—¿Por qué esa mujer vende los granos tan caros?
—preguntó Jesús un día.
—Porque tiene hijos que alimentar —respondió Marta.
—¿Y por qué los demás se enojan con ella?
Marta frunció el ceño.
—Porque creen que es injusto… Pero todos quieren que ella vende.
Preguntas.Tantas aveces era muy curioso.
El muchacho la miró con tristeza.
—Entonces la tristeza nace de no entender el hambre del otro.
Ella no supo qué decir.
Era solo una chica, pero aquellas palabras la golpearon como una revelación.
Mientras caminaban, llegaron a la plaza central, donde un grupo de soldados romanos y judíos vigilaban el orden.
Uno de ellos, de porte imponente, bebía agua junto a la fuente.
Su manto rojo se mecía con el viento, y su mirada parecía distante, cansada.
Jesús lo miró por un momento, como si algo invisible lo atrajera.
—Ese hombre… lleva mucha tristesa en su corazón —murmuró.
—Jesús… —susurró Marta, algo asustada—.
No digas eso, podrías ofenderlo.
Pero el soldado, Tn, simplemente levantó la vista y cruzó mirada con el joven.
No dijo palabra.
Solo lo observó un instante, con una mezcla de reconocimiento y melancolía, y volvió a beber.
Jesús sonrió, sin miedo.—Que un hombre que no desea matar, es un hombre que aún puede amar.Usted se ve triste incluso habiendo viajado a muchos lugares.
El soldado desvió la mirada, sin entender del todo lo que había sentido, y Marta tomó suavemente al niño de la mano.—Ven, debemos regresar.
Mi madre espera.
El soldaod solo pregunto que era el joven para ella,Marta solo respondio como penso.
“Es como un hermano para mi”.
Mientras caminaban de vuelta a casa, el eco de esas palabras quedó grabado en su mente.
Marta no sabía por qué, pero ese encuentro, tan breve, se le quedó en el alma.
Esa noche, al ver a María arrodillada orando bajo la luz tenue del fuego, Marta pensó en el soldado.—Madre María —dijo con voz tímida—, ¿crees que incluso un hombre de guerra puede hallar la paz?.Los hombres que usan las armas son buenos, acaso Dios los perdonaria por lo que hacen.
María abrio apneas un ojo lentamente y la miró con ternura.—Dios toca todos los corazones, hija.
Incluso los que el mundo llama perdidos.
Solo hay que esperar el momento en que escuchen su voz.La fe es tan grande que podria lograrlo todo.
Marta bajó la mirada, tocando el borde del manto que María tejía.—Entonces espero que ese hombre la escuche pronto.
.
.
(Momento actual).
La luna se alzaba sobre Jerusalén, pálida y silenciosa, bañando las calles con su luz incierta.
Tn se encontraba en el centro de una modesta casa de piedra, apoyado sobre una mesa llena de mapas y pergaminos.
Su mirada, dura y cansada, se perdía entre las sombras que temblaban por la luz de las lámparas de aceite.
—Llama a los hombres —ordenó con voz baja, pero firme.
El joven soldado que estaba de guardia se cuadró de inmediato.—¡Sí, comandante!
Salió casi corriendo, y en menos de un cuarto de hora dieciocho soldados —romanos y locales— estaban reunidos dentro de aquella habitación, algunos aún ajustándose el cinturón o la coraza, otros con el rostro confundido por la urgencia de la llamada.
Tn los miró a todos, uno por uno.
Eran hombres jóvenes, endurecidos por la disciplina, pero aquella noche el miedo se sentía incluso en los más veteranos.
—Hombres…Todos me conocen y saben quien soy —empezó Tn, su voz grave resonó entre las paredes de piedra—.
Su majestad Herodes ha dado una nueva orden.
El silencio cayó como una losa.
Nadie se atrevió a hablar, aunque el rumor ya se había filtrado.
—Los sacerdotes aseguran que el Mesías profetizado aún vive.
Que tiene doce o trece años.
Herodes… —Tn apretó los puños— …cree que eliminando a todos los niños de esa edad, evitará que el profeta cumpla su destino.Que noes asegura que dicha profecia existia para empezar.
Hubo murmullos de horror.
Uno de los más jóvenes, Lucio, se adelantó con el rostro lívido.
—¿Otra masacre, comandante?
¿Como la de los recién nacidos?
¡Eso fue una pesadilla!
Roma apenas y tuvo relatos de tal evento,pero incluso el emperador a cargo no habia visto con buenos ojos tal cosa.
—¡Silencio, soldado!
—intervino otro, un hombre robusto de barba negra llamado Cassian—.
¡Si es orden del rey, debemos obedecer!
Tn lo miró con severidad.—¿Incluso si la orden contradice toda razón y todo honor?
Cassian apretó la mandíbula, pero no respondió.
—Somos soldados, no verdugos .Ninguno entreno para esta clase de ordenes—continuó Tn, bajando la voz—.
Servimos a Roma, y Roma no aprueba el delirio de un rey viejo y enfermo.
—¿Qué propone, señor?
—preguntó el escriba, sosteniendo una tablilla y un cálamo.
—Que escribas un informe —dijo Tn—.
Redacta una carta dirigida al gobernador Poncio Pilato.
Dile que Herodes planea una matanza injustificada, que la ciudad puede alzarse si esto ocurre.
Que necesitamos intervención.Si la ayuda llega tarde al menos Pilato se encargara del rey.
El escriba asintió, manos temblorosas.
—Y nosotros, ¿qué haremos mientras tanto?
—preguntó Lucio, mirando a los demás.
Tn se enderezó, su capa roja cayendo sobre su hombro como una sombra de sangre.—No esperaremos.
Salvarémos a los niños que podamos.
Si Herodes quiere llamarnos traidores, que lo haga.
Prefiero morir con honor que vivir manchado por la sangre de inocentes.
Los hombres intercambiaron miradas nerviosas.
Cassian se adelantó, cruzando los brazos.—Sabe lo que esto significa, ¿verdad?
Si el rey se entera, nos ejecutarán a todos.
Tn sostuvo su mirada sin vacilar.—Entonces moriremos sabiendo que hicimos lo correcto.Hombres todos aqui juraron mantener el orden,proteger de invaciones,matar bestias que atacaran la ciudad, y sobre todo cuidar de su gente.
El silencio volvió, pesado y solemne.
Luego, uno por uno, los soldados asintieron.
-Asi que si quieren seguirme son libres de hacerlo pero yo no degradare el nombre de Roma.-halzo su brazo al aire mientras los miraba a todos y cada uno de sus allegados.
—Por Roma —dijo uno.
—Por el honor —añadió otro.
—Por Roma —susurró Lucio, mientras ajustaba su espada.
“POR ROMA AAAAUUUU AAAAUUU”.
Tn tomó aire, observando a sus hombres.
Eran pocos, pero en sus ojos había algo más fuerte que el miedo.—Bien.
Divídanse en grupos de tres.
Vayan casa por casa.
No lleven armadura, no provoquen alarma.
Adviertan a las familias y saquen a los pequeños fuera de la ciudad antes del amanecer.
Nadie debe saber que actuamos por nuestra cuenta.
El escriba terminó la carta apresuradamente y la selló con cera.—¿Quién la llevará?
—preguntó.
—Yo lo haré, señor —dijo un joven rubio—.
Conozco el camino hasta la fortaleza de Pilato.
Tn asintió.—Ve.
No descanses hasta entregarla.
Si te detienen, quema el pergamino.
El joven partió de inmediato, desapareciendo en la noche.
Tn miró hacia la ventana, donde el resplandor lejano del palacio de Herodes brillaba como una herida abierta en el horizonte.
—El amanecer traerá sangre… —murmuró.
Cassian se acercó.—¿Cree que lograremos salvarlos, comandante?
Tn lo miró con cansancio, pero sin perder firmeza.—No lo sé, Cassian.
Pero si el Mesías existe… que nuestros actos sirvan para que viva un día más.
Era delirante un hombre de creencia extranjera depositando fe en un mesias pagano.
Salieron entonces, los diecisiete hombres bajo su mando, moviéndose entre las sombras.
Las sandalias resonaban en el empedrado, ligeras y silenciosas.
La luna fue su única testigo mientras, casa por casa, advertían a los padres y escondían a los hijos.
Las calles de Jerusalén no dormían esa noche.
Y entre todas las casas que visitarían, una en particular brillaba con la tenue luz de una lámpara encendida: la casa de Marta.
_________________________________________.
(Ufffff potente y dirán oye que te fumaste y dire….bro prácticamente, Santa Marta de Betania conoció a Jesús y fue una de sus amigas más cercanas.
Ella, su hermana María y su hermano Lázaro vivieron en Betania y acogieron a Jesús y a sus discípulos en su casa en varias ocasiones.
Marta también fue testigo de los milagros de Jesús y llegó a profesar públicamente su fe en Él.
).
y como es costumbre mia obviamente me fui por la base historica.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com