Waifu yandere(Collection) - Capítulo 197
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197: Your briar spy x family 197: Your briar spy x family Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
El que pidió waifu quiso que tn fuera papá lucho asi que tendré que darle desarrollo.sera algo corto pero porque estaba pensando el de pitou y dije hostias escribe al menos 4k de este y vete al de Evelyn y pitou antes que la idea se vaya.
_______________________________________________________ El país ardía en guerra.
Westalis y Ostania estaban sumidos en la primera gran guerra, una de esas que los libros describen como inevitables, pero que los niños solo recuerdan por las noches en que sus madres dejan de cantar.
El pequeño Tn Hargreeves estaba en su cama, el cuerpo envuelto en una manta vieja, con un libro apoyado sobre las rodillas.
Las letras danzaban bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite.
Afuera, el viento arrastraba el polvo y los ecos de sirenas distantes, el recordatorio constante de que el mundo se estaba desmoronando más allá de las paredes de su hogar.
Desde la cocina, su madre tarareaba una melodía suave, un canto sin palabras que alguna vez su padre solía acompañar con el golpeteo de sus dedos sobre la mesa.
Ahora, solo quedaba la voz de ella.
—Mamá…
—llamó Tn con un tono débil—.
¿Crees que papá volverá pronto?
Hubo un silencio breve.
El cuchillo que su madre usaba para cortar verduras se detuvo en seco.
Después, la voz volvió, templada, intentando sonar firme.
—Claro que sí, cariño.
—respondió ella, con una sonrisa que él no podía ver—.
Tu padre…
aunque sea raro y hable solo, siempre cumple lo que promete.
—¿Y qué prometió?
—preguntó el niño, cerrando el libro con cuidado.
—Prometió mantenernos a salvo —dijo ella con un suspiro—.
Siempre.
Tn asintió.
No entendía por qué la gente decía que la guerra era por el futuro.
A él le parecía que la guerra solo robaba las noches y los abrazos que podria recibir de sus padres.Sus amigos a veces jugaban a luchar como los heroes en los periódicos.
Fue entonces cuando la puerta sonó.
Un golpe seco.Luego otro.El canto se detuvo.
Su madre lo miró desde la cocina, la expresión en su rostro tensándose apenas.
—No te levantes, Tn —dijo en voz baja.Pero él ya había dejado el libro y bajaba las escaleras, con pasos curiosos y temerosos.Desde el último peldaño, se asomó apenas lo suficiente para ver a los visitantes.
Dos hombres estaban en la puerta.
Uniformes azules condecorados, botas cubiertas de polvo, y entre sus manos una bandera doblada con precisión militar.
Uno de ellos, el más joven, sostenía una gorra contra el pecho.El otro, más viejo, evitaba mirar a los ojos de su madre.
—¿Señora Hargreeves?
—preguntó el oficial de voz ronca.
Ella asintió apenas.—Sí…
soy yo.
El silencio se volvió pesado.El hombre tomó aire y continuó, con la solemnidad de quien ha dicho las mismas palabras demasiadas veces.
—Venimos a hablarle…
sobre su esposo, el señor Five Hargreeves.
El nombre cayó como plomo sobre la casa.
El aire mismo pareció perder color.
Tn apretó la baranda con fuerza.
—¿Mi esposo está bien?
—preguntó su madre con un temblor en la voz—.
¿Está herido?
El oficial bajó la mirada.—El señor Hargreeves…
sirvió a su nación con honor hasta el final.
—¿El final?
—repitió ella, la voz quebrándose.
El capellán dio un paso adelante y colocó la bandera en sus manos.
Su madre la tomó con dedos temblorosos, incapaz de mantenerla firme.
El soldado agregó en un susurro—Desapareció en combate durante el bombardeo al frente norte.
El alto mando lo ha declarado caído.
No se encontró el cuerpo.
La mujer retrocedió un paso.Miró la bandera como si quemara.—No…
—murmuró—.
No puede ser…
Five no puede morir.
No es posible.
Él…
él siempre vuelve.
—Lo sentimos mucho, señora.
—dijo el oficial, haciendo un saludo final—.
Su esposo fue un hombre valiente.
Cuando un militar fallece en combate, un oficial militar, a menudo acompañado por un capellán, entrega la noticia en persona a la familia.
El protocolo exige notificar a la familia lo más pronto posible, siendo el oficial el encargado de comunicar la muerte con el apoyo de un capellán o un miembro del personal de servicios familiares para brindar asistencia inicial y ayuda para el duelo.
Las voces se apagaron.
El sonido de las botas alejándose se mezcló con el viento que se colaba por la puerta entreabierta.Tn observó cómo su madre se arrodillaba en el suelo, abrazando la bandera contra el pecho, como si al hacerlo pudiera devolverle el calor de un cuerpo perdido.
—Mamá…
—susurró él, bajando las escaleras.
Ella alzó la vista.
Tenía los ojos rojos, húmedos, pero aún intentó sonreír.
—Está bien, cariño…
—dijo con la voz rota—.
Solo…
solo fue un mal sueño, ¿sí?
Pero esa noche, el canto no volvió.Solo el llanto ahogado, suave, casi imperceptible, acompañó el sueño del niño.
.
.
.
.
Diez años después.
El reloj sobre el escritorio de Tn Hargreeves marcaba las tres de la madrugada.Él estaba recostado sobre una pila de papeles médicos, el rostro hundido en sus brazos.El pitido de un monitor cercano lo despertó de golpe.
Había vuelto a soñar.El sonido de la bandera al caer, la voz de su madre, los pasos militares alejándose.Todo igual de claro que el día en que perdió a su padre.
—Otra vez ese maldito sueño…
—murmuró, masajeándose el cuello.
El reflejo en el vidrio de la ventana le devolvió una mirada cansada, con ojeras y una leve sonrisa amarga.
—Supongo que incluso los médicos necesitan seguir sus mismos consejos del cuidado de salud.
Afuera, las sirenas resonaron a lo lejos.La guerra, al parecer, aún no había terminado.
Diez años.
Diez años habían pasado desde aquella noche en que dos hombres uniformados tocaron la puerta de su casa, llevando consigo una bandera doblada y una noticia que su madre jamás quiso creer.
Tn Hargreeves había crecido con ese silencio, con la imagen de su madre sosteniendo aquella bandera como si fuera una herida abierta que nunca sanó.No quiso ser soldado.
No soportaba la idea de ver a otra persona perder a alguien de esa forma.Así que decidió estudiar medicina.
Si no podía evitar la guerra, al menos podía intentar remendar lo que esta destruía.
—Doctor Hargreeves —una enfermera lo llamó desde el pasillo, con la voz suave pero agotada—, los pacientes del ala este están estables.
Puede irse a descansar.
—Gracias, Mercy—respondió él, sin apartar la mirada de los informes—.
¿Tú ya descansaste?
Ella sonrió con ese aire amable que hacía que los días parecieran un poco menos grises.—En teoría, sí.
Pero no puedo dormir si sé que el doctor sigue despierto.
Tn suspiró, cerrando la carpeta.—No digas eso, me haces sentir como un mal ejemplo.
Mercy soltó una risa breve, con esa energía tan opuesta a la suya.—Entonces debería dar el ejemplo e irse a dormir, ¿no?
Tn levantó la vista hacia ella.
Cabello rubio atado con descuido, ojos azules que parecían llenos de vida a pesar del cansancio, una sonrisa que no había perdido brillo incluso después de atender decenas de heridos.
“¿Cómo puede seguir sonriendo así…?”, pensó.La guerra había marchitado a casi todos, pero no a ella.
—Tal vez tienes razón, Mercy —murmuró, finalmente poniéndose de pie—.
Iré a casa antes de que te desmayes tú también.
—Ya es progreso —bromeó ella, dándole una palmada en el hombro—.
Hasta mañana, doctor.
Salió del hospital sintiendo la brisa fria.
Afuera, la ciudad dormía a medias: el sonido distante de sirenas, faroles temblando con el viento, y ese olor metálico que el humo de la guerra dejaba incluso en los días “tranquilos”.
Caminó por las calles solitarias, con el abrigo cerrado hasta el cuello.
Las manos le temblaban un poco; últimamente le ocurría cada vez más.Cuando por fin llegó a su apartamento, encendió la luz y el silencio lo envolvió como una manta pesada.
El lugar era amplio, pero vacío.Demasiado ordenado.
Demasiado silencioso.
Dejó su maletín sobre el sofá, se quitó el abrigo y se dejó caer en el asiento.Cubrió su rostro con el antebrazo, exhalando lentamente.
—Qué cansancio… —susurró al aire—.
Y dudo que los narcoticos me sirvan…..
Permaneció así unos minutos, escuchando solo el zumbido del reloj en la pared.
Luego, sin querer, una imagen cruzó su mente: cabello rosa, ojos verdes, una sonrisa cálida en medio del caos.
—Esa chica… —murmuró con un leve rubor—.
Diablos…Se rió solo, cansado de sí mismo.
—Mira que pensar en eso a esta hora.
No tengo remedio.
De pronto, el sonido distante de un trueno retumbó, recordándole que el alto al fuego era solo una pausa.Mañana habría más heridos.Más rostros desconocidos.Más gritos que aprendería a ignorar.
Miró hacia el techo, con los ojos entrecerrados.—¿Papá…?
—susurró, como si alguien pudiera oírlo—.
¿Así te sentías tú?
¿Tan agotado… tan solo?
El reloj marcó la medianoche.Y mientras el sueño lo vencía poco a poco en aquel sofá, el eco de la guerra seguía vivo allá afuera.
“¿No es hermoso estar solo?Corazón de cristal, mente de piedra.Hazme pedazos, sin piedad.Bienvenido a casa.”.
La mañana siguiente llegó con un cielo despejado y un aire frío que atravesaba los ventanales del hospital.Tn Hargreeves ya estaba en su puesto, bata blanca y una taza de café que más parecía agua teñida por la costumbre.
Revisaba informes cuando escuchó pasos suaves acercarse desde el pasillo.
—¿Doctor Hargreeves?
—preguntó una voz nueva, femenina y delicada.Alzó la vista… y se quedó mudo.
Era ella.
Cabello rosa pastel que reflejaba la luz del amanecer, ojos color miel, y una sonrisa que parecía derretir el ambiente estéril de aquel lugar.
—Soy Elaine Potts, la nueva ayudante asignada a su unidad —dijo con una ligera reverencia, extendiendo la mano.
Tn parpadeó, reaccionando con un segundo de retraso antes de estrechar su mano.—Ah… sí, claro.
Bienvenida, señorita Potts.
—Intentó sonar profesional, pero el tono le salió más torpe de lo que esperaba—.
Puede decirme Tn.
Elaine rió suavemente.—Entonces yo también espero que me llames Elaine.
Eso de “señorita Potts” suena a profesora estricta.
Tn no pudo evitar sonreír.
Aquella primera conversación fue suficiente para cambiar el ritmo de su rutina.
Y con el paso de los meses, aquella voz comenzó a ser lo único que lograba apagar el eco de la guerra en su cabeza.
Trabajaban codo a codo, compartían los mismos turnos interminables, y cuando el hospital se vaciaba por las treguas entre Westalis y Ostania, ambos encontraban tiempo para sí mismos.
Las risas en el pasillo, las cenas improvisadas, las caminatas bajo la lluvia.
Elaine hablaba demasiado, y Tn demasiado poco, pero de alguna forma eso encajaba a la perfección.
Una noche, después de semanas de calma, Tn la invitó a una cena.
Nada ostentoso: un pequeño restaurante en el centro, con luz tenue y música suave.Elaine llegó vestida con un sencillo vestido azul que resaltaba el tono rosado de su cabello.Tn la esperó de pie, nervioso, intentando no parecerlo.
—Te ves… preciosa —dijo apenas ella se acercó.Elaine se ruborizó y jugueteó con un mechón de su cabello.
—¿De verdad?
Pensé que era demasiado simple.
—No hay nada simple en ti —respondió él con una sonrisa casi tímida—.
Eres… demasiado para este mundo.
La cena transcurrió entre risas, anécdotas del hospital y bromas sobre pacientes que fingían enfermedades para hablar con Elaine.Al final, cuando el postre llegó, Tn pidió dos copas de champagne.Elaine lo miró, divertida.—¿Celebramos algo y no me avisaste?
—Digamos que… quería probar si las bebidas saben mejor cuando uno tiene un motivo que celebrar.
Ella alzó la copa, curiosa.
Dio un sorbo… y casi se atraganta cuando sintió algo metálico tocar sus labios.
Tn, algo nervioso, se levantó del asiento y rodeó la mesa para arrodillarse frente a ella.
—Elaine Potts… —empezó, con la voz temblorosa—.
No sé si estoy listo para una vida a tu lado.
Soy torpe, no entiendo bien cómo ser… eso que la gente llama un buen esposo.
Elaine lo miraba con los ojos brillantes, una mano cubriéndose la boca mientras las lágrimas ya rodaban por sus mejillas.
Tn continuó, apretando el pequeño estuche en sus manos.—Pero si tú me das una oportunidad… prometo intentarlo.
Prometo aprender, caer, levantarme y… hacer lo mejor que pueda, cada día.
Elaine dejó escapar una risa entre sollozos.—Eres un tonto, Tn… un tonto maravilloso.
Tomó el anillo, lo observó un instante, y luego lo colocó en su dedo con manos temblorosas.—Sí.
Sí, quiero casarme contigo.
Tn rió nervioso, aliviado, mientras se levantaba y ella lo abrazaba con fuerza.
Podía oler su perfume, sentir la calidez de su piel, y por primera vez en muchos años, la guerra parecía lejana.
—Te amo, Tn —susurró ella contra su pecho.
—Y yo a ti, Elaine —respondió él, cerrando los ojos—.
Más de lo que debería… pero justo lo necesario para no perderme otra vez.
Afuera, la tregua seguía.
Por un instante, el mundo les pertenecía solo a ellos dos.Y el futuro, por muy incierto que fuera, parecía sonreírles.
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La pequeña boda fue sencilla, pero cálida.Una capilla blanca a las afueras de la ciudad, con los vitrales bañando el suelo de colores suaves y el aroma de las flores recién cortadas llenando el aire.No hubo lujos ni música extravagante, solo los sonidos del órgano y las risas contenidas de los pocos invitados: la madre de Tn, un par de colegas del hospital, y algún vecino que había insistido en ver “al doctor más serio del barrio” casarse al fin.
El sacerdote alzó la voz con solemnidad—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer… Puede besar a la novia.
Tn se inclinó, nervioso, pero antes de que pudiera siquiera decir algo, Elaine lo tomó del cuello y lo besó con fuerza, risueña y feliz.
El público estalló en aplausos y risas, y él no pudo más que sonreír entre el beso.
—¿Tenías que dominar el beso?
—susurró él cuando se separaron, sonrojado.
—Claro que sí —dijo ella, riendo—.
Si te dejo hacerlo a ti, aún estaríamos dudando de si fue real.
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Esa misma tarde, ya como esposos, regresaron al apartamento.
Elaine había insistido en redecorarlo, asegurando que “una casa sin color es como un hospital sin vida”.
Entre cajas, pintura y muebles desarmados, se reían más de lo que trabajaban.En el cuarto pequeño del fondo, ella extendió una alfombra y colocó sobre la repisa un peluche algo viejo: una quimera de felpa, con alas torcidas y costuras reparadas.
—¿Y eso?
—preguntó Tn, apoyándose en la puerta mientras la observaba.
—Mi viejo compañero de infancia —dijo ella con ternura—.
Se llama “Mochi”.
Creo que nuestra hija lo adorará.
Tn arqueó una ceja.—¿Nuestra hija?
—repitió, curioso.
Elaine se giró, sonriendo con picardía.—Bueno… alguien tiene que soñar un poco por los dos, ¿no?
Él soltó una carcajada, acercándose para abrazarla por la cintura.—Si llega a ser un niño, también tendrá que soportar tus abrazos asfixiantes.
—Y tus sermones médicos sobre lavarse las manos antes de comer —bromeó ella, dándole un golpecito en el pecho.
El médico cansado y solitario había desaparecido.Ahora Tn era un hombre diferente, con ojeras más amables y una sonrisa constante.Por primera vez en años, sentía que la vida valía algo más que el deber.
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Desde una azotea lejana, un hombre observaba por el visor de un rifle.Cabello oscuro, ojos cansados, uniforme gris que el polvo de la guerra ya había manchado mil veces.Five Hargreeves miraba a través de la mira con un gesto sereno.
—Al menos… —susurró con una sonrisa leve— mi chiquillo encontró a una buena mujer.Guardó el arma en su estuche y la cerró con cuidado, casi como si se despidiera de algo más que de un rifle.—Mientras más lejos esté de ellos, mejor —murmuró antes de desaparecer entre los edificios, envuelto por la niebla del amanecer.
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Pasaron los meses.
El apartamento ya olía a pintura fresca y a café matutino.
Un día cualquiera, mientras Tn revisaba informes en la mesa del comedor, Elaine salió del baño con las manos temblorosas y una sonrisa que no podía contener.
—Tn… —dijo ella, con la voz quebrada de emoción.Él levantó la vista, preocupado.
—¿Qué pasa?
¿Te sientes mal?Elaine negó rápidamente, sosteniendo algo entre las manos: una pequeña prueba.
—No… todo lo contrario.
Tn, voy a tener un bebé.
Él se quedó inmóvil unos segundos.—¿U-un bebé?
—repitió, incrédulo—.
¿Estás segura?
—Segurísima.
—Elaine reía entre lágrimas—.
Vas a ser papá.
Tn se levantó tan rápido que casi volcó la silla.
Caminó hacia ella con pasos torpes y la abrazó con tanta fuerza que la levantó del suelo, girándola entre risas y nervios.
—¡Dios mío!
—exclamó, riendo y llorando al mismo tiempo—.
¡No tengo idea de cómo ser padre!
—Tranquilo —susurró Elaine, tocándole el rostro con suavidad—.
Aprenderás.
Lo harás bien, Tn.
Él la miró a los ojos, aún temblando.—Prometo… ser el mejor padre que pueda.
Lo juro.
—Y yo… —respondió ella, apoyando su frente contra la de él— seré la madre más feliz del mundo.
El eco de su risa llenó el hogar.Afuera, el mundo seguía dividido entre banderas y fronteras.
Pero dentro de esas paredes, la paz había encontrado su refugio.
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(bien 7w7 la trama ira tomando forma desde ahi……….prepare un escenario para esto asi que bueno tengo que pensar en el capitulo de evelyn).
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