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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 199

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  4. Capítulo 199 - 199 NAMI one piece
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199: NAMI one piece 199: NAMI one piece Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

aclarar no pienso hacer todo pvto one piece son mas de mil tomos manga y joer su lore estan extenso y medio desconocido incluso para sus propios fans…asi que modificare esto ok,, primero que nada,nada de tripulacion de paja porque eso ya es algo cliché y bueno me gusta la esencia tragica estilo dies irae, segunda cosa seria que sip…para los que saben el lore de nami es algo…..jodido, y planeo hacer esto estilo bonnie y clyde 7w7 los que se la saben ya sabran como termina y como va.)  ____________________________________.

Nami estaba llorando.

Sus pequeños puños temblaban mientras se limpiaba las lágrimas con la parte gastada de su vestido.

Odiaba todo: odiaba ser pobre, odiaba tener que usar la ropa vieja de Nojiko, odiaba no tener un padre, ni madre, ni nada que pudiera llamar familia de verdad.

El sol se filtraba por entre las nubes sobre los campos de mandarinas, y el aroma dulce del fruto no lograba calmar el nudo en su pecho.

—¿Por qué…?

—murmuró con la voz entrecortada—.

¿Por qué siempre tengo que tener lo que sobra?

Su llanto se detuvo cuando escuchó una voz familiar llamándola desde la casa.

—¡Nami!

—gritó Nojiko desde la puerta, con una sonrisa cansada—.

Mamá hizo tu comida favorita, ¡ven antes de que se enfríe!

Nami parpadeó, frotándose los ojos rápidamente.

No quería que la vieran llorando.Se levantó con torpeza, el barro pegado a sus rodillas, y caminó despacio hasta la casa con la cabeza baja.

—¿De… de verdad la hizo?

—preguntó en voz baja al llegar.

—Claro que sí —respondió Nojiko, sonriendo—.

Dijo que hoy era un día especial.

Ven, anda.

Nami sintió una punzada de culpa.

Había gritado que ojalá Bell-mère no fuera su madre, que ojalá hubiera nacido en una familia rica.Apretó el borde de su falda con fuerza.Quizás… quizás podría disculparse.

.

.

.

El sonido de pasos pesados y gritos se escuchó desde la colina.

Nojiko y Nami se detuvieron.

Una sombra gigantesca se cernió sobre el camino: los goyojin, los hombres pez, habían llegado.El viento traía consigo olor a sal y a hierro.

—¿Qué… qué está pasando?

—susurró Nami, asustada.

—No lo sé —respondió Nojiko, tomándola de la mano—.

Vamos a escondernos.

Ambas corrieron hacia los árboles, ocultándose entre los troncos.

Desde allí podían ver las casas, el humo, y el grupo de criaturas extrañas que recorrían el pueblo exigiendo dinero.

—¡Escuchen, humanos!

—tronó una voz grave y ronca—.

A partir de hoy, esta isla pertenece al capitán Arlong.

Un tritón enorme, con piel azulada y dientes afilados, alzó su mano webada—.

Cada adulto debe pagar tributo.

Cien mil berries por cabeza… y cincuenta mil por cada niño.

Los aldeanos comenzaron a gritar y suplicar.

Algunos corrieron, otros lloraban.Nami apretó el brazo de su hermana, temblando.

—Nojiko… mamá no tiene ese dinero… —murmuró, con un hilo de voz.

—Ella… ella encontrará una forma.

Mamá siempre lo hace —mintió Nojiko, mordiéndose el labio.

La necesidad acaso es un delirio.No se sabe solo que la mente y conciencia nunca estaran llenas de sus deseos.

.

.

Bell-mère estaba en su casa, sentada frente a una mesa vacía.

Tenía los brazos vendados y el rostro cubierto de cicatrices.

Cuando escuchó los gritos, se puso de pie y tomó su rifle.Salió de la casa con paso firme, aunque sus piernas temblaban.

Arlong la vio y sonrió, mostrando los colmillos.—Vaya, vaya… una humana armada.

Qué curioso.

—No me interesa pelear —dijo Bell-mère, bajando el arma con serenidad—.

Solo quiero proteger a mi familia.

—Entonces paga el tributo.

Cien mil por ti y cincuenta mil por cada uno de tus hijos.

Ella bajó la mirada.

Sacó una pequeña bolsa con monedas y la sostuvo con ambas manos.—Solo tengo dinero para ellas —susurró.

Los tritones a su alrededor soltaron carcajadas.Arlong inclinó la cabeza, curioso.—¿Qué dices?

—Pagaré… por mis hijas —repitió Bell-mère, levantando la voz—.

Por Nami y Nojiko.

Desde entre los árboles, las niñas la escucharon.Nami sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¡No!

¡Mamá!

—gritó, saliendo corriendo antes de que Nojiko pudiera detenerla.

—¡Nami, vuelve!

—le suplicó su hermana, siguiéndola.

Bell-mère giró al escuchar sus voces.

Una lágrima le cayó por la mejilla.—Tontas… les dije que se quedaran escondidas —susurró.

Los hombres pez las rodearon.

Arlong se acercó, observando a las niñas de arriba abajo.—Así que… ellas son tus hijas —dijo con desdén—.

¿Son humanas?

—Sí —respondió Bell-mère con firmeza, aunque su voz tembló—.

Mis hijas.

Arlong se echó a reír.—Qué estupidez sentimental.

¿Y estás dispuesta a morir por ellas?

Bell-mère alzó la barbilla.—Sí.

Con gusto.

El tritón sonrió, y en un movimiento rápido, tomó su mosquete.Nami gritó, Nojiko intentó correr hacia ella, pero otro tritón las sujetó.

El sonido del disparo retumbó en todo Cocoyasi.

Bell-mère cayó de rodillas, con una sonrisa triste, susurrando—Las amo….

El liquido vital reccorrio su vision haciendo que el rostro de sus hijas se vieran borrosos.

Nami soltó un alarido desgarrador.—¡¡MAMÁ!!

Arlong giró hacia las niñas, limpiando la sangre del arma.—Tu madre ya pagó el precio.

Ahora, trabajarán para mí si quieren vivir.

Nami, paralizada, solo podía mirar el cuerpo inmóvil de Bell-mère.Las lágrimas caían sin cesar.En ese instante, el mundo se volvió un lugar vacío.El mar, el cielo, los árboles… todo parecía morir con ella.

Nojiko la abrazó entre sollozos, pero Nami no respondió.Su mirada estaba perdida, hundida en el horror.

Y así, mientras el humo del disparo se disipaba, las dos niñas fueron tomadas por los gyojin, arrastradas hacia un destino que pronto las marcaría para siempre.

El rugido del mar acompañó su llanto.Y entre las olas, nació el odio silencioso que crecería en el corazón de Nami: el deseo de jamás volver a ser débil.

.

.

.

Su vientre dolía.El cuerpo le dolía.Cada paso era un eco de aquella noche que había querido borrar.

Nami avanzaba tambaleándose entre la arena húmeda, con el corazón encogido y la mirada perdida.

El mar rugía a lo lejos, ajeno a su dolor.

Recordaba el rostro de aquel tritón, la mirada hambrienta, la impotencia, y luego… el disparo.

Arlong lo había ejecutado sin dudar.

El monstruo que había destruido su vida, el tirano que esclavizaba su aldea… había fusilado a su propio subordinado por haberla dañado.

No.no.no.no.no.no.no.no.no.no.no.

Solo lastimo su mercancia de una forma que nunca ordeno,Arlong era un mosntruo, pero incluso el tenia sus estandares.

Ella no supo qué sentir.¿Odio?

¿Alivio?

¿Desprecio?Todo se mezclaba en una tormenta que la hacía temblar.

Pasaron los días.

Su cuerpo sanó, pero su alma no.Nami apenas dormía, apenas comía.

Nojiko la visitaba desde el pueblo, intentando traerle frutas, palabras, esperanza.

—Hermana… —le dijo una tarde—, no tienes que seguir ahí.

Podríamos huir, buscar otra isla….

Nami negó con la cabeza.—No.

Si nos vamos, el pueblo pagará por nosotras.

—Pero Nami, no puedes seguir viviendo así.

—¿Y qué quieres que haga?

—respondió con voz quebrada—.

No tenemos a mamá, no tenemos a nadie.

Si me rindo… todo lo que ella hizo habrá sido en vano.

Nojiko no supo qué responder.

Solo la abrazó.

Días después, Nami se presentó ante Arlong.El mar batía contra el muelle donde él se encontraba, observando el horizonte con sus ojos amarillos.Los demás tritones callaron cuando ella se acercó.

—Capitán Arlong… —dijo, intentando mantener la voz firme—.

He venido a negociar.

El tritón giró, su sombra cubriéndola por completo.—¿Tú?

¿Qué puede querer una humana más que seguir respirando?Grrr agradece que se te atendio luego del incidente.El medico dijo que su cuerpo logro recistir porque el gyojin no uso ni la mitad de su fuerza.

Nami apretó los puños.—Quiero ofrecerle un trato.

Arlong arqueó una ceja.—¿Un trato?

—rio por lo bajo—.

Qué curioso.

Adelante, humana, sorpréndeme.

—Sé dibujar mapas —dijo ella—.

Soy buena con los detalles, con las rutas, con las corrientes.

Si me deja trabajar para usted, puedo hacer que sus hombres naveguen sin perderse, que encuentren rutas seguras para sus tesoros.

—¿Y por qué habría de confiar en ti?

—preguntó el tritón, acercándose—.

Los humanos son mentirosos,desconfiables,despreciables, y debiles.

—Porque no tengo otra opción —respondió Nami, levantando la cabeza su labio apenas temblando—.

Y usted tampoco.

Hubo un silencio pesado.Arlong la observó detenidamente, como si intentara leer su alma.

Luego soltó una carcajada grave.

—Tienes coraje, pequeña.

Coraje… y resentimiento.

—Solo quiero que mi aldea no sufra más.

—¿Y qué ganarías tú a cambio?

—Nada —susurró—.

Solo paz.

Arlong se dio media vuelta y habló sin mirarla:—Te haré un trato, humana.

Si me traes cien millones de berries, liberaré tu aldea.

Ni un berry menos.

Nami sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.Cien millones.

Una suma imposible.

Pero en sus oídos resonaban las palabras de Bell-mère:“Si logras sobrevivir, te esperan tiempos mejores.”.

—Acepto —dijo con voz firme.

Arlong giró hacia ella una última vez.—Entonces trabaja, cartógrafa.

Y no olvides: tu vida y la de los tuyos… ahora pertenecen al mar.

.

.

Aquel día, Nami dibujó su primer mapa bajo el yugo de un monstruo.Cada línea, cada trazo, era un juramento silencioso:algún día, dibujaría el mapa de su libertad.

.

Nami pasó meses enteros encerrada en aquel cuartucho del cuartel de Arlong, la luz apenas entraba por las ventanas, y su único sonido constante era el de las olas golpeando el arrecife.

El olor a humedad y sal se mezclaba con el de tinta y papel.

Sus dedos estaban manchados, sus ojos rojos por las noches sin dormir, y su espalda arqueada sobre los mapas que hacía sin descanso.

Cada línea, cada trazo, era una promesa silenciosa.Una promesa a Bell-mère.Una promesa a su aldea.

El día en que regresó a Cocoyasi, los aldeanos la vieron venir desde lejos.

Iba caminando erguida, con una bolsa de dinero en la mano y un tatuaje fresco y oscuro en el hombro: el emblema de los Piratas de Arlong.

—¿Qué… qué has hecho, Nami?

—susurró una mujer del mercado, retrocediendo con miedo.

Nami no respondió.

Caminó directo hacia la plaza y arrojó la bolsa frente a todos.Las monedas tintinearon, rodando por el suelo.

—Esto es lo que me pagan —dijo con voz fría—.

Estoy con el capitan Arlong.

Nojiko, que había corrido al escuchar el alboroto, llegó jadeando.

Cuando vio el tatuaje, sus ojos se llenaron de lágrimas y rabia.

—¡No digas estupideces!

—le gritó, abalanzándose sobre ella—.

¡No puedes ser parte de esos monstruos!

Nami no se movió, no se defendió.

Solo la miró con una tristeza invisible en su mirada.

—Si vivo como quiero… terminaré como mamá —dijo al fin, sin levantar la voz.

El golpe que Nojiko le dio resonó en toda la plaza.

La empujó al suelo, los aldeanos se apartaron, algunos con miedo, otros con rabia.

—¡No vuelvas a decir eso!

—gritó Nojiko, con las manos temblorosas—.

¡Ella murió por nosotras!

¡Por ti!

Genzo, el viejo sheriff, intervino antes de que el enfrentamiento fuera peor.—¡Basta!

—su voz resonó firme—.

Nojiko, detente.

Él miró a Nami, con el ceño fruncido y un cigarro colgando de sus labios.—No tienes que volver aquí, Nami.

Si eso es lo que has elegido… entonces esta aldea ya no es tu hogar.

Nami se levantó lentamente, recogió las monedas del suelo con manos temblorosas, y se las guardó.Su voz apenas fue un susurro:—Está bien.

No volveré.

Y sin mirar atrás, caminó hacia el horizonte, de regreso al infierno que había elegido.

.

.

.

Esa noche, la luna iluminaba las tumbas en silencio.

Genzo estaba frente a la cruz de madera de Bell-mère, con Nojiko a su lado.

Las luciérnagas danzaban entre las flores secas, y el sonido del mar llegaba lejano.

—El Gobierno Mundial… —murmuró Genzo—.

Mandaron barcos para detener a Arlong, pero todos fueron hundidos antes de llegar a la costa.

Nojiko bajó la cabeza, apretando los puños.—Entonces… nadie vendrá.

—No —respondió Genzo con amargura—.

Aunque lo hicieran, serían derrotados.

Esos gyojin no son simples piratas.

El viejo dejó escapar una bocanada de humo y continuó—Arlong hizo un trato con ella.

Si Nami reúne cien millones de berries… liberará Cocoyasi.

Nojiko giró el rostro, incrédula.—¿Cien millones?

Eso es imposible… ni aunque trabajara toda la vida.

Genzo miró la tumba en silencio, recordando los ojos de Bell-mère, llenos de orgullo incluso ante la muerte.—Para una niña, sí… —murmuró—.

Pero no para alguien que ha decidido cargar con todo el peso del mundo en los hombros.

Nojiko apretó los dientes, sintiendo que el viento le arrancaba el aliento.—Entonces lo está haciendo por nosotras… y nosotros ni siquiera lo sabíamos.

Genzo se quitó el sombrero, y el humo del cigarro se mezcló con la brisa marina.—A veces… proteger a alguien significa hacer que te odien.

El silencio cayó sobre ambos.

Solo las olas rompían en la distancia, y sobre la tumba de Bell-mère, la luna parecía llorar junto a ellos.

.

.

Nami llevaba años navegando por las corrientes del East Blue, con las manos manchadas de tinta y el alma cubierta de cicatrices.

Robar, trazar mapas para Arlong y mentir se habían convertido en su rutina diaria.

Cada moneda que guardaba en su bolsa era una gota más de esperanza para liberar Cocoyasi.

Ahora tenía dieciocho años.

El sol caía a plomo sobre su espalda mientras limpiaba el sudor con el antebrazo.

Estaba en una pequeña isla recolectando materiales: papiro, tinta y conchas para crear pigmentos.

Su bote estaba amarrado en una cala escondida.

Mientras doblaba un rollo de papel, escuchó un alboroto proveniente del camino principal.—¡Deténganlo!

¡En nombre de la Marina!

¡Ladrón!

—gritaban varias voces.

Nami levantó la cabeza, curiosa.

A lo lejos, un grupo de marines corría tras un joven que, a pesar del uniforme medio roto que llevaba, no parecía tener intención de rendirse.Cabello corto y revuelto, de un tono entre dorado y palido que brillaba bajo el sol.

Su cuerpo era atlético, con movimientos rápidos y seguros.

Llevaba un mosquete colgado en la espalda, pero no lo usaba.

En cambio, esquivaba y desarmaba a sus perseguidores con golpes limpios y precisos, sonriendo como si aquello fuera un juego.

Nami se quedó mirándolo un instante, embobada.—Qué… descarado —murmuró, sonriendo sin querer—.

Y eso que yo soy la ladrona aquí.

El chico giró hacia el muelle, corriendo con el botín en brazos, mientras los marines lo rodeaban.

Nami suspiró, sabiendo que aquello le iba a traer problemas… pero algo en su interior le gritaba que interviniera.

Subió a su bote, lo desamarró y lo preparó para zarpar.Cuando el chico pasó frente a ella, gritó con fuerza:—¡Hey, tú!

¡Por aquí, “sure”!

El joven se detuvo por un segundo, confundido.—¿Qué?

¿“Sure”?

—¡Sí, idiota!

¡Si no quieres que te arresten, sube ya!

Los marines casi lo alcanzaban, así que el chico no lo pensó dos veces.

Corrió y saltó al bote justo cuando Nami empujó con todas sus fuerzas abriendo las velas, haciendo que la embarcación se alejara del muelle.

Las olas golpearon suavemente la quilla, y los gritos de los marines se desvanecieron detrás de ellos.

El joven cayó sentado, respirando agitadamente, con una sonrisa triunfante.—Jajaja… eso estuvo cerca.

Gracias, “Madam”.

Nami bufó, girando el timón con destreza.—No me agradezcas todavía.

Si me metiste en problemas, te lanzo por la borda.

Él rió aún más fuerte, apoyándose contra el borde del bote.—Tranquila, no te debo tanto… aunque admito que me salvaste.

—No fue por ti —dijo ella con frialdad fingida—.

Solo odiaba ver marines en mi camino.

El joven abrió su bolsa, y Nami notó cómo brillaban varias joyas, anillos y monedas de oro.—¿Y bien?

—preguntó él, mostrándole el botín—.

Creo que esto compensa un poco el favor, ¿no?

Los ojos de Nami brillaron de inmediato.—¿Joyas auténticas?

¿Y oro también?

—preguntó mientras tomaba una moneda entre los dedos y la examinaba con el sol—.

Esto podría valer una pequeña fortuna.

Él sonrió, divertido.—Vaya, me gusta tu forma de pensar.

Creo que nos entenderemos bien.

Nami lo miró de reojo, midiendo cada palabra.—¿Y tú quién eres, exactamente?

No pareces un simple ladrón.

El joven se incorporó y se pasó la mano por el cabello, aún riendo.—Tn —respondió con una sonrisa confiada—.

Solo Tn.

—¿Solo Tn?

—repitió ella, arqueando una ceja.

—Sí, “solo Tn”.

El nombre es suficiente para que me recuerdes.

Nami soltó una risa seca.—Qué arrogante.

Bueno, Tn, soy Nami.

Y si quieres seguir con vida, más te vale no robarme a mí.

Tn la miró con una chispa de interés.—Trato justo… aunque me pregunto quién terminará robándole a quién.

El viento sopló con fuerza, inflando la vela del pequeño bote.

Ambos rieron mientras la isla quedaba atrás, perdiéndose entre la niebla del horizonte.

Por primera vez en mucho tiempo, Nami no pensó en Arlong, ni en la deuda, ni en el dolor.Solo en aquel extraño chico que había aparecido como una ráfaga de problemas y libertad.

El bote cortó las olas con un susurro.

La brisa salada peinaba el pelo de ambos mientras la costa de la isla se acercaba, verde y áspera contra el horizonte.

—¿A dónde vamos ahora?

—preguntó Tn, recostado contra la borda, con esa soltura despreocupada que lo hacía parecer más joven de lo que era.

—A Cocoyasi —respondió Nami sin levantar la vista del mar—.

Mi isla.

El silencio de Tn duró un latido de más.

Luego frunció el ceño y, con voz baja, comentó—¿Cocoyasi?

¿No es territorio de Arlong?

Nami asintió despacio.

Al hacerse un movimiento para ajustarse la manga, dejó ver el tatuaje azul en su hombro.

Tn siguió el trazo con la mirada; el emblema de los piratas brillaba oscuro sobre su piel morena por el sol.

—Vaya —dijo él después de un suspiro—.

No pensé que fueras tan… comprometida.

Gracias por tirarme una tabla, por cierto.

No me veía con ganas de enfrentar a media tripulación hoy.

Ella lo miró de reojo, la barbilla apenas levantada.

—No te pedí heroísmos —contestó—.

Solo te dejé ir.

Tn se encogió de hombros, sacudiéndose el pelo en un gesto teatral.

—Aun así, te debo una.

No estoy tan fuerte como parezco, y tampoco soy estúpido.

Meterme con Arlong sería… suicida.

Nami hizo una mueca contenida.

No quiso mostrarle cuánto le hirió que lo llamara estúpido en voz baja, pero por dentro algo se tensó.

—No te preocupes —dijo con voz tranquila—.

Te dejaré cerca de la costa.

Podrás desaparecer entre las rocas, o colarte en un pueblo y ocultarte hasta que se enfríe todo.

Cuando tocaron la playa, Tn se puso en pie con energía.

Antes de saltar a la orilla se sacó la bolsa del pecho y, con un gesto casi ceremonioso, le entregó parte del botín a Nami.

—Toma —dijo—.

Por el favor.

De ladron a ladrón, hay honor.

Nami abrió la bolsa con manos hábiles.

Joyas, algunas monedas bien cinceladas, un par de piezas de metal que relucían como si hubieran pertenecido a una dignidad ajena.

Una parte mínima del tesoro, pero suficiente para hacer arder la imaginación.

—¿Por qué me das esto?

—preguntó ella, forzando un tono de incredulidad.

Tn sonrió, encandilante y fácil.

—Porque me salvaste obviamente.

Y porque me caíste bien.

Además, me encanta la idea de que una cartógrafa ande con piezas de oro en la bolsa.

Te queda bien.

Ella bufó, fingiendo molestia, pero dejó las piezas dentro de su faltriquera.

Al alejarse de la orilla para esconderse entre las sombras de los mangles, Tn se volvió y añadió con la boca curva en sonrisa—Buena suerte, Nami.

Tal vez disfrutemos de unos tragos en otra ocacion.

Nami se quedó mirándolo hasta que la silueta del joven se perdió entre los matorrales.

Entonces, sola bajo el sol pegajoso, clavó la mirada en su mano.

Entre las joyas había algo que la hizo detenerse: un pequeño medallón con grabados de olas y un símbolo que no supo identificar al instante.

Lo apretó en el puño, y su mente empezó a trabajar como la rueda de un molino en la tormenta.

Volvió a la aldea con el corazón comprimido, no por remordimiento sino por cálculo.

Guardó los mapas nuevos en la caja donde Arlong exigía verlos; escondió parte del oro en el huerto de Bell-mère —un hueco bajo las raíces de un mandarino viejo que nadie recurria— y dejó el resto en su bolsillo como excusa para seguir repartiendo monedas de menudeo entre los sobrevivientes que trabajaban de sol a sol.

Aquella noche, cuando la luna colgaba fría sobre las tumbas y la aldea dormía con ojos cerrados, Nami sacó el medallón y lo colocó entre sus dedos.

—Diez millones… —murmuró para sí, recordando las palabras sueltas de Tn, o quizá la cifra impresa en algún cartel que había visto una vez en los muelles—.

¿Diez millones?

¿Tan bajo sería su precio?

Sus labios se curvaron en una sonrisa que no llegó a sus ojos.

La idea se plantó como una semilla negra: Tn, el muchacho escurridizo, no tan invencible como creía.

Si su recompensa era diez millones de berries, si la Marina lo buscaba por robos y saqueos y por desafiar a sus superiores… entonces no era un santo, y tampoco un héroe inalcanzable.

Pensó en las posibilidades con frialdad: seducirlo con aventuras y oro, comprarle lealtad, empujarlo hacia objetivos que debían traspasar las defensas de Arlong.

O si la seducción fallaba, una alternativa más sutil: atraerlo, hurtarle su libertad con promesas y mapas falsos, luego usar la recompensa para pagar la libertad de Cocoyasi.

—¿Traicionar?

—se dijo en voz apenas audible—.

¿Vender a alguien por mi pueblo?

La respuesta vino sin palabras, una convicción dura como el coral: Bell-mère había pagado con su vida; ella no iba a permitir que su sacrificio fuera en vano.

Si eso exigía engaño, si eso pedía usar a un hombre que se reía como si el mundo fuera suyo, entonces lo haría.

El fin justificaba los medios en ese rincón del mundo donde Arlong marcaba la ley.

Guardó el medallón junto al rollo de mapas.

Apoyó la frente contra el papel por un momento, sintiendo la sal de sus ojos mezclarse con la tinta seca.

Se permitió un suspiro que fue más bien una promesa.

—Tn —murmuró—.

No sabes en qué te has metido.

En la mañana siguiente, mientras el pueblo despertaba entre sombras y miedo, Nami trazó una nueva ruta sobre el pergamino: no una corriente ni un banco de arena, sino un sendero hacia la libertad, con una X negra donde debía empezar la trampa.

Y bajo la X, con la tinta temblando un poco por la emoción, escribió una sola palabra que la llenó de frío y fuego.

_______________________________________________________.

(Ni ganas tenia……..me las bajaron por temitas ya sabran cuales pero tenia que cumplir………ya y si el lore de nami es jodido y solo lo detallé un poco).

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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