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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - 21 Ruby Rose part 2 rwby
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21: Ruby Rose part 2 (rwby) 21: Ruby Rose part 2 (rwby) La clase avanzaba, monótona, con la voz firme de la profesora Glynda Goodwitch marcando el ritmo de la lección.

Su tono era claro, autoritario, pero algo distante… como si diera la clase por deber más que por deseo.

Tn estaba sentado casi al final del salón, en una esquina donde sabía que no estorbaría a nadie… y donde, irónicamente, era más vulnerable.

Aunque no podía ver los rostros que lo rodeaban, conocía cada aura como si fueran marcas en la piel.

Colores apagados, tonos opacos.

Algunos eran neblina gris.

Otros, como Cardin y Jaune, eran manchas negras con bordes punzantes, cargadas de una hostilidad contenida.

Eran los mismos que, desde el primer día, lo veían no como compañero, sino como objeto de burla.

Pero Tn había aprendido.

Desde hace semanas, dejaba activa una pequeña barrera telequinética, una capa delgada de energía invisible que flotaba a su alrededor como un manto protector.

No podía mantenerla siempre fuerte —su control era limitado— pero era suficiente para detener cosas pequeñas.

Y lo demostró cuando, sin previo aviso, dos bolitas de papel fueron lanzadas en su dirección.

Ffft…

Ambas se detuvieron a centímetros de su rostro, flotando en el aire, atrapadas por la barrera.

Tn ni siquiera parpadeó.

Solo giró un poco el rostro, no para ver —pues no podía— sino para hacerles saber que lo sabía.

Que los sentía.

Que no era tan indefenso como creían.

Cardin soltó una risa ahogada.

Jaune, en cambio, bajó la mirada un instante, incómodo.

Tal vez no por culpa… sino por que fallo.

Desde la distancia, Blake los observaba.

Estaba al lado de una ventana, con el pergamino apagado sobre la mesa, y sus ojos dorados llenos de rabia contenida.

Ver a un compañero fauno siendo atacado, burlado, ignorado por la autoridad… le despertaba memorias que había querido dejar atrás.

Apretó el puño.

Ruby, en cambio, bajó la cabeza.

Se sentía triste, impotente.

Ella había intentado acercarse a Tn… pero no sabía cómo ayudarlo realmente.

No quería hacerlo sentir como una carga.

Solo quería que supiera que no estaba solo.

Pero entonces veía cómo hasta los profesores evitaban intervenir, y algo se rompía dentro de ella.

La clase terminó con la misma indiferencia con la que comenzó.

Glynda cerró el libro con un gesto pulcro y miró hacia el salón.

Durante un breve instante, sus ojos se detuvieron en Tn.

Había notado la barrera, por supuesto.

Había visto las bolitas de papel flotar, y los rostros culpables.

Pero no dijo nada.

Su expresión no cambió.

Sus labios se apretaron apenas, como si contuviera una duda o una protesta… y luego, simplemente, decidió ignorarlo.

No por maldad.

Sino por conveniencia.

Un estudiante fauno ciego no es alguien por quien quiera meterse en problemas, pensó.

Los alumnos comenzaron a salir del aula.

Ruby se giró a mirar a Tn antes de marcharse, con la mirada baja y una punzada de culpa en el pecho.

Blake también se quedó unos segundos más, sus orejas fauno tensas.

Quería decir algo.

Hacer algo.

Pero no lo hizo.

Solo Tn quedó al final, como siempre.

Esperó a que el aula se vaciara por completo.

Se levantó con calma, dejando que su barrera cayera como un suspiro.

Recogió su mochila y caminó lentamente hacia la salida, guiado por el eco de sus piedras y el roce de sus dedos en las paredes.

Mientras salía, sus pensamientos eran fríos y concretos.

No había rabia, no había tristeza.

Solo el acostumbrado desdén hacia un mundo que siempre lo empujaba a los márgenes.

Pero aún así, en algún rincón de su pecho, quedaba una pequeña flor plateada.

Una estela.

Una voz dulce que olía a galletas y rosas.

Ruby…

Y por alguna razón, ese pequeño recuerdo hacía que sus pasos no fueran tan pesados ese día.

Tn avanzaba por los pasillos con paso sereno, su mano rozando apenas la pared mientras pequeñas piedrecillas guiaban sus pasos como brújulas mudas.

El mundo era gris a su alrededor.

Silencioso, sin textura emocional, excepto por la vaga estela plateada que lo perseguía con insistencia.

—¡Tn!

—gritó una voz, cálida y viva.

Él se detuvo.

Reconocía ese tono, esa alegría contenida.

El aroma a rosas y galletas le confirmó lo que sus sentidos no podían ver.

Ruby corrió hacia él, usando su semblanza para acercarse con esa energía chispeante que lo desconcertaba.

No estaba acostumbrado a que alguien lo buscara.

—Te estaba buscando.

—dijo ella, con una sonrisa que él no podía ver, pero que sintió en el aire mismo—.

¿Vas a almorzar?

¿Te gustaría… comer conmigo?

Tn dudó por unos segundos.

Había aprendido que aceptar ofertas conllevaba riesgos.

Pero esa voz plateada —como él la veía— lo envolvía con una suavidad que desafiaba su cautela.

—Siempre como solo… fuera del edificio.

—murmuró, bajando la cabeza.

—Entonces te acompaño.

—respondió Ruby con una convicción ligera, sin pensarlo demasiado.

Como si fuera lo más natural del mundo.

El trayecto hasta el rincón donde Tn solía comer no fue cómodo.

Ruby caminaba junto a él, pero podía escuchar los susurros a su alrededor.

—¿Viste eso?

Ella está con él… —¿Por qué Ruby Rose está con ese fauno?

—¿No es ese el ciego raro?

Ruby bajó la mirada, incómoda, pero no se detuvo.

Apretó el paso como si con eso pudiera silenciar el veneno de los demás.

Cuando llegaron, se sentaron bajo un árbol en los jardines exteriores.

Era un sitio aislado, cubierto por sombra y hojas que crujían levemente bajo el viento.

Ruby sacó de su bolsa un simple sándwich y una manzana algo golpeada.

Tn colocó con precisión su bandeja: carne de res a la parrilla, pan caliente, una pequeña porción de puré, y un pastel de chocolate con crema.

Ruby abrió los ojos, sorprendida.

—Wow… eso… eso se ve delicioso.

El estómago de Ruby rugió sin pudor.

Ella se sonrojó al instante, bajando la cabeza, avergonzada.

Tn, que rara vez mostraba algo más que indiferencia, ladeó el rostro.

Aunque no podía ver la expresión de Ruby, su olfato captó una mezcla entre azúcar, calor, y un leve temblor en el aire.

Algo vulnerable.

Algo humano.

—¿Quieres un poco?

—preguntó con voz baja, casi incómoda—.

No como mucho.

Ruby lo miró, sorprendida.

Nadie había sido tan generoso con ella desde que entró a Beacon.

Se suponía que ella debía ser la líder fuerte… la hermana alegre.

Pero en ese instante, el gesto de Tn rompió esa fachada.

—¿E-Estás seguro?

—dijo ella, con las mejillas sonrojadas.

Él asintió, empujando con cuidado el plato hacia ella.

Ruby tomó un pequeño bocado de la carne, luego del puré… y sus ojos se iluminaron como los de una niña.

Tn no podía verlo, pero el leve jadeo de placer y el aroma de emoción flotando en el aire le bastaron para imaginarlo.

—¡Está delicioso!

¡¿Dónde conseguiste esto?!

—preguntó entre bocados, con brillo en los ojos.

—No lo sé.

Me llega directo a la habitación cada mañana.

Creo que… ese tal Howard lo arregló.

Ruby lo miró con cierta tristeza.

¿Quién era ese tal Howard que cuidaba de él desde las sombras?

¿Por qué un chico como Tn, que parecía tan solo, tan herido… tenía alguien que se aseguraba de que comiera bien, mientras todos lo trataban como basura?

—Eres… más amable de lo que pareces, ¿sabes?

—murmuró Ruby mientras le devolvía la mitad del postre.

Tn se quedó en silencio por unos segundos.

Luego, sonrió muy, muy levemente.

—Y tú hueles… bien.

Como flores.

Y azúcar.

Ruby se quedó congelada un segundo… luego rió.

Rió como hacía mucho no lo hacía.

No de burla, sino de alivio.

—Eres muy raro, Tn.

—Ya lo sé.

Y aunque el mundo seguía siendo gris para él, esa pequeña luz plateada parecía cada vez más brillante.

Y por primera vez, Tn no sintió el impulso de alejarse.

Ruby no pudo evitar devorar la comida con una alegría sincera.

Cada bocado era un pequeño tesoro de sabor, y su cuerpo, hambriento por la rutina, lo agradecía con pequeños gemidos de satisfacción que ella intentaba ahogar tras sus labios.

—Mmm… ¡esto es increíble!

—susurró sin poder contenerse.

Pero entre un bocado y otro, se detuvo de golpe.

Frente a ella, Tn se había quedado con las manos quietas sobre el regazo.

Su plato estaba vacío, y él no había comido más que apenas unas mordidas del pastel antes de cederlo.

Ruby se sintió como una ladrona.

—O-oh… ¡espera!

¡Me comí todo!

¡Lo siento, no quería…!

—balbuceó, colorada como una cereza.

Con manos temblorosas, sacó el sencillo sándwich que había traído consigo.

Apenas pan y algo de queso.

Lo extendió hacia Tn, torpemente.

—Toma… al menos come esto.

No es mucho pero… no puedo quedarme tranquila si no almuerzas.

Tn parpadeó, confundido.

La culpa en el aire era palpable, dulce como una flor pisoteada.

Dudó por un instante, pero luego tomó el sándwich con calma.

Lo sostuvo con ambas manos, reconociendo su forma, su textura.

—No hay problema.

Me alegra que… te gustara.

Dio un mordisco.

Era simple.

Básico.

Pero sabía a algo diferente.

A compañía.

—No está mal.

—murmuró con una leve sonrisa que se insinuó en sus labios.

Ruby exhaló, aliviada, y sonrió con ternura mientras apoyaba las mejillas sobre sus manos y lo observaba.

—¿Ves?

Te dije que podíamos almorzar juntos.

Cuando terminaron, ella se puso de pie y estiró los brazos con energía.

—Vamos, tenemos clase de estrategia de combate con el profesor Port.

¿Me acompañas?

Tn dudó.

Las clases solían ser un campo minado.

Miradas.

Susurros.

Bolas de papel.

Incluso profesores que se hacían los ciegos, como Glynda.

Él prefería ir solo, tarde, cuando ya todo estaba asentado.

—No quisiera molestarte.

—dijo en voz baja.

Ruby se giró y le ofreció una sonrisa sincera.

No había compasión en sus ojos, solo esa calidez plateada que él no podía ver, pero sentía.

—Tn… tú nunca serías una molestia.

Esa frase, tan sencilla, se incrustó en su pecho como algo nuevo.

Como una semilla que no sabía si debía florecer… o temer el invierno.

Desde la distancia, oculta entre arbustos y árboles, alguien observaba.

Velvet Scarlatina, sujeta a su libro y a sus silencios, miraba en dirección a la pareja sentada bajo el árbol.

Su largo flequillo cubría parcialmente sus ojos, pero no ocultaba la leve curva de sus labios.

Ella también era fauno.

Y ella también sabía lo que era comer sola.

Apartada.

Mirar cómo los demás fingían que no existías… o que eras menos.

Ver a Tn no recibir desprecio, no ser empujado, no comer entre burlas o bajo gritos, sino simplemente compartir… eso le trajo una calidez inesperada.

Y aunque sabía que él aún cargaba sombras, al menos hoy, al menos con esa chica de capa roja, no parecía tan solo.

Velvet cerró el libro sin hacer ruido.

Por primera vez en mucho tiempo, lo que leyó en la vida real fue mejor que cualquier historia.

La noche había caído sobre Beacon, y el dormitorio del equipo RWBY se llenaba de murmullos y suspiros.

Ruby se había dejado caer en su cama como una piedra, completamente rendida tras el día.

Su mente aún repasaba los momentos junto a Tn: la forma en que hablaba tan poco, el leve sonrojo que le causó cuando le ofreció el pastel, y cómo incluso comió el sándwich sin rechistar.

Su pecho se sentía cálido, como si algo suave le diera vueltas por dentro.

Pero entonces… —¡Rubes~!

—exclamó Yang, lanzándose sobre su hermana con una risa traviesa.

Ruby soltó un quejido ahogado mientras Yang se sentaba sobre su espalda.

—¡Te vi!

¡Vi a mi hermanita compartiendo comida con ese misterioso chico lobo!

¿Acaso ya tienes pareja y no nos lo dijiste?

—¡Y-Yang, baja de mí!

¡No es nada de eso!

—gimió Ruby con las mejillas encendidas.

Yang rió aún más fuerte, revolviéndole el cabello.

—Ajá, claro.

Te pusiste roja como el color de tu capa.

Admitelo, Ruby: ¡alguien te gusta~!

Blake alzó apenas la mirada desde su cama, donde estaba recostada leyendo.

Un libro de tapa desgastada, lleno de escenas cargadas de pasión y erotismo (estaba leyendo porno -_-)… y, en sus márgenes, las orejas de Blake temblaban levemente de diversión.

—Al menos nosotras no lo tratamos mal.

—murmuró con una leve sonrisa—.

Él es fauno, y todos saben lo que eso significa aquí.

Yang asintió con la cabeza.

—Sí.

La mayoría son unos idiotas… pero ese Tn… bueno, tiene ese aire de chico callado y letal.

Cool, como diría Blake.

—No dije eso… —murmuró Blake con voz neutra, aunque no apartó la vista del libro.

En el rincón opuesto, Weiss bufaba molesta mientras hurgaba entre su maleta.

—¿¡Dónde está mi cargador!?

¡No puedo creer que estas bárbaras hayan extraviado mi cargador otra vez!

¡Sin energía no puedo sincronizar el pergamino!

Nadie respondió.

Estaban acostumbradas.

A unas habitaciones de distancia, Tn descansaba en su propia soledad.

Las paredes aún sentían sus dedos al pasar.

Su respiración era suave, constante… pero cargada de algo más.

Sus pensamientos se enredaban en la imagen mental que su olfato había dibujado: el aroma a rosas dulces, galletas suaves, a tela recién lavada… Ruby.

Se recostó en su litera desordenada.

Bajo la almohada, tenía piedras cuidadosamente talladas, como marcadores.

Y entre sus dedos, una de ellas temblaba ligeramente, apenas perceptible.

Su cola, escondida bajo la ropa, se movía nerviosa.

No era solo que Ruby hubiera sido amable.

No.

Era lo que eso había despertado en él.

Instintos dormidos.

Colmillos afilados, que se extendían por reflejo.

Pupilas sin color, que aún así se contraían como un lobo midiendo la distancia con su presa… o con aquello que debía proteger.

Hacía cuánto no compartía una comida sin miedo a que se la quitaran.

Cuánto desde que no tenía que luchar por un trozo de pan tirado a la basura.

Cuánto desde que una voz le dijo “No eres una molestia”.

Se giró en su cama, cubriéndose con su manta raída.

Las piedras lo rodeaban, alineadas como un pequeño refugio de seguridad.

Pero ni ellas podían detener el temblor que le recorría el pecho.

No era deseo.

No era hambre.

Era algo más profundo.

Algo que él, como fauno lobo, apenas comenzaba a recordar.

Y si Ruby… seguía mostrándole esa calidez… ¿Sería capaz de resistirse?

O peor aún… ¿y si alguien se la arrebataba?

Tn cerró los ojos.

Pero sus colmillos seguían visibles, brillando débilmente bajo la luna.

Y su sonrisa, leve, era más instinto que emoción.

Una promesa silenciosa de que, esta vez… no lo perdería.

La oficina de Ozpin estaba envuelta en el usual aroma a café oscuro y a madera antigua.

La tenue luz de las lámparas colgantes creaba sombras que danzaban con lentitud sobre las paredes cargadas de libros y reliquias de otro tiempo.

Pero esta vez, el ambiente parecía distinto.

Una carta, colocada sobre su escritorio de roble, quemaba más que cualquier mal augurio.

El sobre estaba sellado con cera negra.

Las iniciales “H.P.” se marcaban en ella con una caligrafía elegante, firme, antigua… como si el tiempo mismo la hubiera escrito.

Ozpin no necesitó abrirla para saber su contenido.

Ya lo había leído cinco veces.

“Este muchacho, Tn, será inscrito en Beacon.

No pedimos tu permiso, sino tu cooperación.

Trátalo bien.

Enséñale.

No olvides lo que viste aquella noche en Vacuo, ni el precio que pagaron los cielos por negarse a una simple petición.

PD:Jodelo y tu tracero sera enviado al mismo bosque de la madre cabra de los cien árboles monstruos.

—H.L.” El director apretó los labios, recordando los fragmentos de un pasado que la mayoría no se atrevía a nombrar.

Aquel nombre… Howard Lovecraft.

Ese hombre no debería existir.

Cuando aún era Osma, cuando su alma aún se mantenía erguida en la lucha contra las sombras, se enfrentó a horrores que desgarraban la lógica del mundo.

Pero Howard… no fue un monstruo.

No era Grimm.

Era humano.

Y, sin embargo, incluso el Dios de la Oscuridad huyó cuando él llegó.

La batalla en los desiertos de Vacuo… la oscuridad viva que se tragaba las montañas… la estrella caída que habló con mil lenguas al unísono… Todo se detuvo con una sola palabra de ese hombre.

Un susurro.

Una orden.

Ozpin lo vio.

Vio cómo las criaturas del abismo se arrodillaban.

Cómo el propio abismo le temía.

—No es posible que siga vivo… —murmuró el director, observando sus propias manos temblar, algo que no había sentido en siglos.

Pero Howard no era como los demás.

Decían que había cruzado realidades, que su mente se había fracturado más veces de las que podía contarse, y aún así… regresaba.

Siempre regresaba.

Y ahora, había enviado a un muchacho ciego, un fauno lobo, sin historia clara, sin familia, sin rastros en los registros oficiales… Solo un nombre: Tn.

¿Era un experimento?

¿Una advertencia?

¿O un heraldo?

Ozpin tragó saliva.

No podía permitir que sus temores lo cegaran.

Beacon era un santuario… pero también una cárcel disfrazada.

Y si Howard Lovecraft había puesto sus ojos en este lugar otra vez, no quedaba más que obedecer.

Se puso de pie, con la carta en mano.

La observó por última vez antes de guardarla en una caja sellada, junto con otras reliquias prohibidas, en una sección secreta de su oficina.

—No cometeré el mismo error, viejo amigo… —susurró para sí mismo—.

Esta vez… no me enfrentaré a ti.

Mientras tanto, en algún lugar entre las sombras que solo los antiguos podían ver… una figura alta, delgada, de ojos hundidos y sonrisa quieta, observaba el cielo de Remnant.

 Howard Lovecraft encendió una pipa y, con voz gutural, murmuró.

—El lobo ya despertó.

Solo necesita un empujón más… Corre corre~ caperucita roja~ que el lobo feros te alcanza.

La llave que abrirá la Puerta de Kadath.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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