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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 214

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Capítulo 214: Gilgamesh fem part 3 Fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

(A ver, se sabe que Enkidu se volvió humano luego de follar con una humana…no pienso escribir suculencia de monstruos >:v asi que omitiré eso).

______________________________.

Enkidu arrojó a Tn contra el suelo con una fuerza brutal. El mineral precioso que formaba su cuerpo resonó con un sonido seco, casi como el quiebre de una roca. Una enorme garra, espesa como la raíz de un árbol antiguo, lo mantuvo aplastado contra la tierra.

La bestia gruñó, su voz resonando como un trueno atrapado en una cueva—Eres solo una baratija… —sus fauces chispeaban arcilla viva—. Un regalo menor que un dios dio a una semidiosa. No eres mi objetivo.

Tn, jadeante, alzó la mirada.—¡Ma… ma… espera! ¡Enkidu! ¡No puedes… no puedes enfrentarla así! Ella… ella cambiará….

Los ojos dorados de Enkidu brillaron con desdén.

—No la destruiré por ti. La destruiré porque los dioses así lo ordenan.

Con eso, retiró la garra. Tn rodó por el suelo, tratando de levantarse, pero la bestia ya había comenzado a alejarse.

—¡No! ¡Enkidu! ¡Por favor! —el mineral se estrelló contra la tierra intentando agarrar una de las extremidades de la criatura.

Pero la fuerza del ser divino era abrumadora. Enkidu sacudió la pierna con un simple movimiento y Tn fue lanzado metros atrás, cayendo de rodillas.

La cola de Enkidu golpeó el suelo repetidas veces, con tanta violencia que levantó polvo y fragmentos de roca. Cada impacto fue como un martillazo en el corazón de jade dentro del pecho de Tn.La derrota era absoluta.

Enkidu inhaló profundamente y la arcilla que formaba su cuerpo fluyó como un río líquido; sus hombros y espalda cambiaron de forma, moldeando un par de alas inmensas, creadas del barro viviente de los dioses. Con un rugido poderoso, se elevó hacia el cielo nocturno.

Tn lo vio alejarse, impotente, pequeño ante aquella creación perfecta destinada a someter a Gilgamesh.

La bestia divina sobrevoló la llanura, descendiendo cerca de Uruk pero sin entrar en la ciudad. Su instinto lo mantenía lejos de los humanos. Prefería la tierra pura, los ríos, el mundo virgen del que había nacido.

Aterrizó junto a un río claro, sus patas hundiéndose en el barro mientras olfateaba el agua. Tenía sed, y la naturaleza le respondió. Bajó el hocico y comenzó a beber profundamente.

El sonido de alguien acercándose lo hizo levantar una oreja.

Una mujer joven, hermosa, con largos velos blancos y pulseras que brillaban bajo la luz del sol, bajaba por la ribera. Era una sacerdotisa. Su nombre era Shamhat, consagrada al templo de Inanna.

Ella se detuvo al ver a la criatura gigantesca inclinada sobre el agua. No huyó. La observó con la misma calma con la que se mira a un animal majestuoso y desconocido.

—Qué criatura tan… hermosa —susurró con admiración sincera.

Enkidu giró lentamente la cabeza hacia ella. Sus ojos, salvajes, la analizaron. Humana. Frágil. Sin amenaza.

La ignoró y siguió bebiendo.

Shamhat, intrigada, caminó hasta su lado. Llenó una vasija con agua del río, sentándose a pocos pasos.

—Pareces cansado —dijo, como si hablara con un viajero común—. Y hambriento también, quizá. Este río no siempre es suficiente.

Enkidu gruñó bajo, un aviso.

—No necesito palabras humanas.

Pero Shamhat solo sonrió.—Yo no vine a molestarte. Solo quería verte de cerca. Nunca había visto algo como tú.

—Porque nunca ha existido algo como yo. —Enkidu levantó la cabeza, el agua resbalando por su hocico—. Soy arcilla de los dioses. Soy cadenas para un monstruo.

—¿Un monstruo? —preguntó ella suavemente—. ¿Y cuál es su nombre?

Enkidu la miró fijamente.—Gilgamesh.

La vasija tembló un poco en las manos de Shamhat.—La reina….

Shamhat bajó la mirada.—Uruk sufre… pero yo… no esperaba que los dioses intervinieran.

Enkidu olfateó el aire alrededor de ella.—Hueles a templo. Hueles a plegarias. Hueles a miedo contenido…Snifff no deberias estar alabando por una respuesta.

Ella no negó nada.—Si has venido por orden divina… entonces quizás eres la luz que todos esperaban.

Enkidu no respondió. El viento agitó su melena de arcilla.

Shamhat dio un paso más.—Si deseas entrar a Uruk… yo puedo guiarte.

La bestia gruñó.—No necesito guía. Solo necesito encontrarla y someterla.

Ella tragó saliva.—Gilgamesh no es una presa fácil. Es amada por los dioses o era amada. Es… peligrosa.Me duele ver en lo que la dulce princesa se convirtio.

Enkidu rugió, un sonido que estremeció la tierra.—Soy más antiguo que su trono. Más fuerte que su linaje. Si debo enfrentarla… lo haré.

Shamhat lo miró en silencio un momento.Luego sonrió.—Entonces permíteme al menos acompañarte. No para guiarte… sino para que no estés solo cuando la ciudad despierte ante ti.

Y Enkidu, por primera vez, no gruñó. No atacó. No la rechazó.Solo la observó.

La sacerdotisa había logrado lo que ningún dios planeó:había llamado la atención del arma divina hecha para someter a Gilgamesh.

.

.

Shamhat sostenía aún su vasija cuando la idea la atravesó como un rayo.Lo que estaba a punto de hacer era traición.Traición contra su Reina.Traición contra Uruk.Traición contra la misma corona que juró servir.

Pero….

¿De qué servía la lealtad cuando la Reina había dejado de ser la niña justa y risueña que protegía los templos, para convertirse en una déspota que arrancaba la esperanza de las manos de su propio pueblo?

Su corazón, golpeado una y otra vez por los lamentos de madres y padres, por los rezos sofocados, por las oraciones que ya nadie escuchaba…dolía más que el miedo a cometer traición.

Los adulterios cometidos por la joven contra doncellas.

Y si los Dioses enviaban una criatura para castigar a Gilgamesh…¿no era su deber, como sacerdotisa, servir a aquello más cercano a lo divino?

Respiró hondo.Ya no había vuelta atrás.

—Criatura del Cielo… —susurró finalmente, con un temblor reverente en la voz—. Si realmente has venido por voluntad de los Dioses… yo te guiaré.

Enkidu, aún en su forma híbrida de bestia y barro, apenas la miró.Su cuerpo titánico resonaba con cada paso, pesado, extraño, vivo.El sonido de su respiración era profundo, como de un animal que nunca había conocido el miedo.

—No necesito guía humana —gruñó sin detenerse—. Mi misión es castigar. Castigar a la Reina de Uruk. Nada más.

Shamhat dio un pequeño paso hacia adelante, aferrándose a su vasija como si fuera un escudo.

—No puedes presentarte así en la ciudad —dijo con determinación inesperada—. Los guardias… los civiles… todos entrarían en pánico. Te atacarían. No llegarías ni a las murallas.

Por primera vez, Enkidu sí se detuvo.Giró su cabeza monstruosa hacia ella, sus ojos brillando con esa mezcla imposible de inocencia y amenaza.

—El miedo de los humanos no es mi problema.Sacudió la cola, partiendo el barro seco del suelo.—Los destruiría si se interponen.

Shamhat apretó los dientes.Tenía que controlarlo.O al menos guiarlo un poco.Solo un poco.

—Entonces perderás.Su voz no tembló.—Porque Gilgamesh no teme al caos. Lo domina. Solo podrás enfrentarla si entras a su mundo… como algo comprensible para ella.

Muchos podria morir si ambos chocaban.

Un silencio pesado siguió.El río murmuraba entre rocas.El viento movía los mechones del cabello de Enkidu, dejando al descubierto parte del barro líquido que cubría su cuerpo.

—Comprensible… —repitió él, como masticando un concepto extraño—. ¿Y cómo se vuelve uno comprensible para los humanos?

Shamhat lo miró con paciencia.Con tristeza.Con una bondad que los dioses probablemente no le habían concedido.

—Adoptando forma humana.Llevó una mano a su pecho.—Y llevando prendas humanas.

Enkidu bajó la mirada hacia sí mismo.Solo veía barro, musculatura nacida del desierto, arcilla moldeada por manos invisibles.No entendía.No le importaba.

Pero entonces…Sintió un tirón interno.Un llamado.Una orden que no provenía de Shamhat, ni del viento, ni de la tierra.Sino de los mismos dioses que lo habían creado.

Algo dentro de su cuerpo crujió.Arcilla viva comenzó a desprenderse.El olor a tierra mojada llenó el aire.

Shamhat retrocedió con un jadeo.

—D… Dioses….

Las garras se encogieron.Las patas se alargaron.Las alas de barro se adhirieron al dorso… luego se fragmentaron en polvo dorado.La cola se disolvió como si jamás hubiera existido.

Una figura humana emergió de la tormenta de arcilla.Un cuerpo joven.Alto.Delgado sin exceso.De piel blanca como la luna reflejada en un pozo.Cabello largo y verde, cayendo como enredaderas vivas.

Enkidu se miró las manos, los dedos, el pecho.

—Esta… ¿esta es la forma humana?Tocó su propio rostro, confundido.—Tan frágil… tan limitada….

Shamhat lo observó con los labios entreabiertos, perpleja.

—Eres… hermoso —confesó sin pensarlo, y luego se sonrojó de inmediato—. Quiero decir… estás completamente… desnudo.

Enkidu parpadeó.

No entendió.

—¿Y eso qué cambia?

Shamhat se llevó las manos a la cara.

—¡Por todos los dioses, cambia TODO! ¡No puedes caminar así!

—Los humanos son criaturas extrañas. Les importa más la tela que cubre el cuerpo que la fuerza que puede destruirlos.

—Sí… sí lo somos —admitió ella suspirando—. Pero por favor, sígueme. En el templo tengo túnicas. No puedo dejar que entres así a la ciudad. Te arrestarían antes de llegar a las murallas.

Arrestar……

Acabaria con todo.

Enkidu la miró un largo instante.No entendía el mundo humano.Pero sentía el propósito latiendo en su pecho.

Castigar a Gilgamesh.Castigar a la Reina pervertida.Castigar a la mujer que había perdido su alma.

Finalmente dio un paso hacia Shamhat.

—Muy bien. Te seguiré, mujer humana. Pero apenas pueda… iré por ella.

Shamhat tragó saliva, asintiendo.

—Lo sé. Y cuando llegue ese momento… yo misma te abriré las puertas del templo.

Caminaron juntos.El salvaje recién nacido.La sacerdotisa traidora.

Cada paso alejaba a Enkidu de la naturaleza.Cada paso lo acercaba al destino.Al choque inevitable con la Reina-Dios.

Y en algún lugar lejano, en Uruk…Tn sintió un escalofrío recorrer sus minerales.Algo antiguo había despertado.

Enkidu siguió a la mujer humana hasta el templo, un edificio modesto pero aún protegido por antiguos signos sagrados que Gilgamesh no había tenido tiempo ―o interés― en derribar. Shamhat empujó las puertas de madera con un suspiro aliviado.

—Entra… rápido, antes de que alguien te vea así —murmuró.

La túnica blanca estaba doblada sobre un altar cubierto de telas viejas. Shamhat la tomó con delicadeza y se la extendió.

—Póntela. Para los humanos, la desnudez… causa problemas. Escándalos. Miedo. O deseos indebidos. Nada bueno para alguien que apenas llega a la ciudad.

Enkidu ladeó la cabeza, sus ojos verdes parpadeando con incomprensión.

—La tela cambia algo de mí? Mi fuerza, mi misión… mi naturaleza… siguen siendo iguales.

—No cambia tu fuerza —respondió Shamhat, un poco cansada—, pero cambia cómo te ven. Y eso, Enkidu… cambia mucho.

Con torpeza infantil, Enkidu tomó la túnica y se la puso. La prenda cayó sobre su cuerpo como si hubiera sido hecha para él: luminosa, sutil, casi divina.

Shamhat respiró hondo.

—Perfecto. Ahora… sígueme. No puedo llevarte directamente al palacio, pero puedo mostrarte Uruk. Debes conocer a quien vas a juzgar.

Enkidu asintió y salió tras ella.

…

La ciudad hervía de actividad incluso bajo el peso de la tiranía.

Comerciantes gritaban ofertas.

Carretas chirriaban.

Los pobres se apresuraban a agachar la cabeza cuando pasaban guardias armados.

Enkidu observaba todo con fascinación silenciosa, como un niño que ve el mundo por primera vez… aunque su mirada tenía la calma eterna de la tierra misma.

—Los humanos… son ruidosos —comentó, mientras pasaban junto a un mercado abarrotado.

Shamhat rió suavemente.

—Es su forma de vivir. Incluso en tiempos difíciles, siempre encuentran motivo para seguir adelante. Pero míralos bien. ¿Ves sus miradas?

Enkidu se detuvo.Sintió.Observó.

Bajo risas forzadas, había miedo.Bajo la prosperidad de los puestos, había agotamiento.Bajo la belleza de los muros altos, había cadenas invisibles.

—Tienen miedo —dijo finalmente—. Pero no de mí. Ni siquiera de los dioses. Tienen miedo… de ella. De la Reina.

—Sí —admitió Shamhat—. Gilgamesh los protege… y al mismo tiempo los destruye. Es un equilibrio perverso. Ella construyó murallas tan fuertes que ningún ejército podría atravesarlas… pero las pagó con la sangre de su gente.

Enkidu alzó la vista.

Los muros que rodeaban Uruk no eran simples estructuras de piedra.Vibraban.Respiraban.

Ese era el propio mana divino fluyendo por sus torres.

Eran como si la misma voluntad de Gilgamesh estuviera incrustada en ellos, latiendo como un corazón hecho de granito.

—Estas murallas… están vivas.Frunció el ceño.—Están imbuidas con poder. Con su poder.

Shamhat asintió con un suspiro resignado.

—Ella misma los fortaleció con su energía divina. Para mantener fuera a los monstruos… y dentro a su pueblo.

Caminaron hacia una calle menos transitada, cerca de las sombras del palacio real. El ambiente cambiaba. Los soldados eran más numerosos. Las personas hablaban menos. Como si la verdad, aquí, costara la vida.

Enkidu rompió el silencio.

—Dijiste… que Gilgamesh no siempre fue así. Que cambió. ¿Por qué?

Shamhat bajó la mirada.Sus pasos se volvieron más lentos.

—Todo empezó después de que su padre murió —dijo, con voz grave—. Gilgamesh… siempre fue fuerte. Siempre tuvo todo lo que pudiera querer, ambición, espíritu. Pero no era cruel. No antes.

Enkidu escuchaba con atención absoluta.

—Ella jugaba de niña en los templos —continuó Shamhat—. Reía. Se acercaba a los sacerdotes. Rezaba con nosotros. Amaba este lugar. Pero cuando tomó la corona… algo se quebró.

—¿Qué tipo de leyes impuso?

—Leyes duras. Castigos severos. Tributos imposibles de pagar. Ordenó la destrucción de templos. Dijo que no necesitaba dioses, que era suficiente con su propia fuerza.

Enkidu entrecerró los ojos.

—Eso ya es soberbia —murmuró—. Pero no explica el miedo… ni la tristeza en estas calles.

Shamhat tragó saliva.

Esta era la parte difícil.

—Impuso también… una ley impura. Una costumbre perversa.Miró al suelo.Su voz se volvió casi un susurro.—Reclamó para sí la primera noche de bodas de toda pareja recién casada.

Enkidu se detuvo.

Su expresión se endureció por primera vez.

—¿Ella… toma a las mujeres de su pueblo? ¿Las arrebata de sus esposos?

—Sí —susurró Shamhat—. Lo hace como un ritual. Dice que es para “purificar” los matrimonios. Pero todos sabemos que no es eso.

Enkidu apretó los puños.

—Es lujuria disfrazada de derecho. Es abuso. Es profanación del vínculo humano más sagrado.

Las diosas consagradas al amor con razon estaban descontentas.

—Y no solo eso —siguió Shamhat—. Gilgamesh se volvió adicta a los placeres de la carne, a las fiestas interminables, al vino, al lujo. Todo lo que desea lo toma. Todo lo que no desea… lo destruye.

Un silencio pesado cayó sobre ambos.

Enkidu caminó un poco más, con la mirada perdida en el horizonte, en dirección al palacio.

Su voz, cuando habló, era baja y rota por una furia que recién empezaba a arder.

—Los dioses no mienten.

Shamhat lo miró.

—¿Qué quieres decir?

—Que esta ciudad tiene un monstruo. Pero no vine a destruir Uruk.Sus ojos verdes se afilaron.—Vine a destruirla a ella.

Shamhat sintió un escalofrío.No miedo de Enkidu… sino miedo de lo que estaba por venir.

—Entonces debemos prepararte —dijo, respirando hondo—. Porque Gilgamesh… no permitirá que nadie la desafíe. Y cuando te vea… no sabrá si quiere destruirte… o tomar posesión de ti también.

Enkidu no entendió.

No todavía.

Habían caminado solo unos minutos más cuando las torres doradas del gran palacio comenzaron a dominar el horizonte. Las sombras de sus columnas se proyectaban sobre las calles de Uruk como dedos gigantescos que aprisionaban a todos los que vivían bajo su reinado.

Shamhat se detuvo, poniendo una mano temblorosa sobre el brazo de Enkidu.

—Antes de entrar… te ruego algo —dijo con voz suave—. Si vas a luchar contra ella… no dañes a los ciudadanos. Ellos ya han sufrido suficiente.

Enkidu la miró con sus ojos verdes, profundos como un bosque antiguo.La petición le era incomprensible. Los humanos eran pequeños, débiles, frágiles. Su misión no tenía por qué involucrarlos. Y sin embargo….

La había escuchado.La había seguido.Se había vestido, había entrado en la ciudad, había observado… todo porque esta mujer ―una sacerdotisa cualquiera― le había hablado con sinceridad.

¿Qué era lo que lo movía a obedecerla?

No tenía una respuesta.

Finalmente suspiró.

—Haré lo que pides. No caerán por mi mano. Solo vine por ella.

Shamhat sintió alivio y miedo a la vez.

—Entonces vete. Regresa al templo y cúbrete. La tormenta que se acerca no es para tus ojos.

Ella retrocedió unos pasos.Enkidu avanzó.

Cada paso que daba resonaba como un latido antiguo.Un pulso olvidado.Un eco divino.

Y la naturaleza respondió.

La piedra pulida del camino real comenzó a resquebrajarse.Brotes verdes surgieron entre las grietas, luego flores blancas, luego enredaderas que subían por las paredes.Uruk —esa ciudad de murallas y cadenas— respiraba vida por primera vez en años.

..

En el interior del palacio, Gilgamesh reía recostada en su trono, piernas abiertas, copa en mano, rodeada de bailarinas y músicos.El vino era dulce.La música embriagadora.La piel tibia.

La diosa en carne disfrutaba de su exceso sin culpa ni medida.

Pero entonces…Algo… cambió.

Un escalofrío recorrió su espalda.La copa tembló en su mano.

—¿Qué… es esa presencia? —dijo en voz baja, frunciendo el ceño.

Una energía que no le pertenecía…Una energía que no era de Tn…Una energía que no era de ningún dios al que hubiera despreciado antes.

Era pura.Indómita.Cruel en su inocencia.

Gilgamesh se puso de pie de golpe, sus ojos dorados brillando como brasas.

—¡Silencio!

Las bailarinas se congelaron.La música se detuvo.

Antes de que pudieran preguntar, un estruendo sacudió el palacio.

¡KRAASH!

Las gigantescas puertas de bronce del salón real fueron arrancadas de sus bisagras como si fuesen hojas delgadas. Salieron volando hacia el fondo del pasillo, causando que guardias y sirvientas se apartaran con gritos ahogados.

Por el polvo, entre la luz que entraba desde el patio, una silueta se recortó con paso tranquilo.

Enkidu.

Desnudo bajo la túnica blanca.Cabello verde cayendo en ondas sobre su espalda.Piel tan pálida que parecía esculpida en mármol joven.Y una presencia… una presencia que obligaba al mundo a recordarlo.

Gilgamesh arqueó una ceja.

—¿Qué clase de insolente entra así en MI palacio?

Enkidu no se detuvo.Caminaba con la tranquilidad de un río antiguo.Sus pies descalzos dejaban huellas de hierba en el suelo pulido.

La reina frunció los labios con fastidio… y fascinación involuntaria.

—Contesta —ordenó—. Antes de que decida hacerte pedazos Sazhu.

Enkidu levantó la vista y la miró directamente.

Y por un segundo…Toda la soberbia de Gilgamesh se tambaleó.

—Tú. —dijo él—. Eres Gilgamesh. La Reina por la cual fui creado.

Los guardias tensaron sus lanzas.

La respiración de la reina se alteró apenas.

—¿Creado… para mí?-Sonrió, ladeando la cabeza.—Entonces dime, hermoso desconocido… ¿acaso eres un regalo? ¿O un juguete nuevo que los dioses me envían?

Enkidu negó lentamente.

—Soy su castigo.

La sonrisa de Gilgamesh se congeló.

—Fui hecho del barro del cielo para detenerte. Para quebrar tu orgullo. Para arrancar de Uruk el veneno que corre en tus venas.

Los sirvientes retrocedieron.

Las bailarinas se arrodillaron.

El silencio se volvió denso, casi sólido.

Gilgamesh bajó del trono con paso firme, su poder vibrando en el aire.

Cada movimiento suyo era divino.Cada mirada, un desafío.Cada respiración, una advertencia.

Se acercó a Enkidu hasta quedar a menos de un metro.Su olor a vino y especias era embriagador.

—Nadie…Puso un dedo en el pecho de él.—Nadie… habla así en MI palacio.

Enkidu bajó la mirada hacia el dedo… y lo apartó con la misma delicadeza con la que se aparta una hoja.

—No vine a hablar. Vine a terminar con tu reinado.

Gilgamesh rió.No de alegría.No de burla.

De emoción.

—Interesante. Muy interesante.

Sus ojos brillaron de deseo, furia y diversión salvaje.

—Entonces quiero ver… de qué está hecho mi castigo.

*PUNCH*.

Un golpe aterrizó en su mandíbula con un chasquido hueco, seco, casi antinatural, cuando el brazo de Enkidu pareció deformarse como barro vivo. La piel y los músculos adoptaron formas imposibles, expandiéndose y contrayéndose en un mismo segundo. La cabeza de Gilgamesh se movió hacia atrás, los ojos desorbitados por el impacto, sorprendida por la violencia súbita.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, la mano de Enkidu la tomó del rostro con una fuerza que quebró el aire mismo. El ser hecho de arcilla la estampó contra el suelo del palacio, y las baldosas sagradas de Uruk se fracturaron como si fuesen hielo bajo el peso de un meteorito.El eco del impacto recorrió las columnas, y los centinelas a lo lejos sintieron cómo el piso vibraba bajo sus sandalias.

—¡Tch…! —Gilgamesh gruñó entre dientes, sintiendo un hormigueo eléctrico recorrerle el cráneo.

Ni siquiera tuvo tiempo de levantarse. Enkidu deslizó los dedos a través de su cabello dorado, enredándolos como si atrapara un fuego vivo. Y entonces la levantó. La levantó como quien levanta un arma.

La giró.

Una, dos, diez veces.A una velocidad tan monstruosa que la visión de Gilgamesh se volvió un carrusel rojizo y dorado.

—¡Suéltame, criatura…! —gritó ella, sin poder mantener la vista fija.

El cuerpo de la Reina de Uruk salió disparado como un proyectil, rompiendo un muro completo del palacio con un estruendo que hizo caer polvo y fragmentos de piedra por toda la avenida.

El viento en el cielo todavía vibraba con la trayectoria de su cuerpo cuando Gilgamesh, flotando a poca altura, sacudió la cabeza, mareada, intentando volver a tomar control. Un hilo de sangre carmesí se deslizaba desde la comisura de su labio hasta su mentón. Lo limpió con el pulgar, irritada.

—…¿Me estás tomando el pelo? —susurró, furiosa, incrédula de que alguien la hubiese lanzado así.

Pero antes de que pudiera reírse o insultarlo, una sombra inmensa cayó sobre ella.

Enkidu apareció justo encima, cayendo en picada como una lanza de arcilla viviente. Su puño tomó forma de columna, de maza, de algo que no existía en la naturaleza. Y lo descargó contra ella.

El golpe cayó.

El suelo explotó bajo Gilgamesh.

La onda expansiva arrasó una franja completa de tierra y levantó un muro de arena.

Gilgamesh voló aún más lejos de Uruk, rebotando varias veces sobre la tierra árida antes de detenerse en un cráter improvisado. Tosió, rodó sobre sí misma y se puso de rodillas, respirando fuerte.

—No… —dijo entre jadeos— …no me jodas.

Enkidu descendió a tierra como una pluma, caminando hacia ella, ojos sin pupilas, sin juicio, sin odio… solo propósito. Su voz era tranquila, pura, como la de un niño hablando con la naturaleza.

—Gilgamesh. La sometere al castigo de los dioses y luego puede pedir perdon.….

—Tú. —Ella se puso de pie lentamente, tronándose el cuello—. Tú no vas a decirme lo que debo hacer.

Enkidu ladeó la cabeza.

—Has reaccionado con violencia. Es mi deber detenerte.

Gilgamesh soltó una carcajada amarga, irritada, casi divertida por la audacia de aquella criatura hecha de arcilla y divinidad.

—¿Detenerme? ¿A mí? ¿A tu reina?

—No reconozco reina —respondió Enkidu con serenidad—. Solo reconozco equilibrio.

Las venas de Gilgamesh se marcaron en sus sienes.Sus manos temblaron ligeramente, no de miedo… sino de emoción.

—Esa insolencia… —chocó sus nudillos, el aire vibrando—. Vas a pagarla.

Sus ojos brillaron en oro líquido, y el viento alrededor de ella comenzó a elevarse.El polvo, la arena, incluso la luz, parecían inclinarse ante su aura.

—Ven aquí, arcilla. —su sonrisa se volvió salvaje—. Vamos a ver si el regalo de los dioses resiste cuando lo deshago con mis propias manos.

Enkidu flexionó los dedos.La arcilla viva que era su cuerpo emitió un sonido como el de un río moviéndose bajo la tierra.

—Entonces… continuaré.

Y corrió hacia ella.

Gilgamesh también avanzó.

El suelo tembló.

El desierto se estremeció.

Y Uruk, ciudad de reyes y dioses, se preparó para un cataclismo que quedaría grabado en la historia.

La mujer sonrió, una sonrisa afilada, casi maniática, mientras inclinaba ligeramente la cabeza. Sus ojos escarlatas se estrecharon con una mezcla de furia excitante y placer violento. Ondas doradas comenzaron a materializarse alrededor de ella, formando círculos concéntricos que reverberaban como campanas celestiales. La Puerta de Babilonia se abrió con un estallido de luz, revelando decenas, luego cientos, luego miles de armas suspendidas en un orden imposible.

—Heh… ¿creías que ibas a seguir golpeándome así de fácil? —murmuró Gilgamesh, levantando la barbilla, su sonrisa retorcida—. Vamos, arcilla. Intenta seguir me el paso SAZHU.

Las armas salieron disparadas contra Enkidu como lluvia de estrellas doradas. Lanzas, hachas, espadas, cadenas, martillos… cada una rugía atravesando el aire, bendecida por la autoridad del Rey de los Tesoros.

Enkidu esquivaba con movimientos fluidos, casi danzantes. Su cuerpo se torcía en ángulos antinaturales, como si cada extremidad fuera agua en vez de carne. Cuando no podía esquivar, enviaba cadenas doradas desde su propio cuerpo, serpenteantes, vivas, que desviaban las armas con destellos metálicos.

—Gilgamesh —dijo Enkidu con una calma que contrastaba con el caos—. Esto no es necesario. Estás destruyendo tu propia tierra.Si te dejaras castigar seria mas facil.

—¡CÁLLATE! —ella lanzó otra ráfaga de espadas, riéndose—. ¡Uruk es mía! Y mi tierra resiste MÁS que tú.

Pero se descuidó un instante.

Enkidu vio la apertura. Cambió su brazo, modificándolo hasta convertirlo en la forma de una gigantesca hacha de barro compactado. Alzó la herramienta para golpear….

Gilgamesh apareció detrás de él con un destello de luz dorada, velocidad divina y la elegancia asesina de una pantera.

—Muy lento —susurró.

La hoja de su arma trazó una línea perfecta en la espalda de Enkidu, cortando de arriba abajo. Pero en lugar de sangre, solo salió barro humeante, como arcilla viva resistiéndose a ser destruida.

Enkidu gruñó, volteándose con brusquedad. Transformó su brazo en un martillo e intentó golpear a Gilgamesh con un impacto capaz de partir una montaña.

Ella inclinó apenas la cabeza, esquivándolo por milímetros.

—¿Y ahora? —Gilgamesh abrió los brazos, desafiante, provocadora—. Ya no me tomarán con la guardia baja. No tú, no los dioses, nadie.

El choque continuó.

Cadenas y armas chocaron una contra otra, generando explosiones de luz dorada y destellos de arcilla divina. La tierra temblaba como si estuviera siendo martillada por los titanes primordiales. Rocas se partían, el aire se distorsionaba con el calor, y el desierto alrededor parecía gritar bajo la presión.

Gilgamesh aprovechaba su mejor agilidad —esa agilidad mortal y femenina que su forma actual potenciaba hasta lo imposible— para moverse entre los ataques, torcer el cuerpo, saltar, girar, golpear como un rayo. En un giro perfecto, le propinó una patada giratoria a Enkidu en el costado del rostro, enviándolo a rodar varios metros.

—¿Qué pasa, arcilla? —rió, elevándose con gracia—. Te estás poniendo lento. ¿O es que ya te estás rompiendo?

Enkidu se incorporó, el rostro sin emociones, pero su forma tembló. Fisuras de barro recorrían sus brazos, y partes de su piel divina empezaban a desprenderse en pequeñas escamas.

Su forma humana se estaba rompiendo.

Él lo sabía.Ella lo sabía.

Enkidu respiró —o imitó el gesto— y murmuró—Gilgamesh… si sigo luchando así… tendré que transformarme.

Ella descendió del aire con la gracia de la realeza, caminando lentamente hacia él, con una sonrisa feroz.

—Hazlo entonces. Muéstrame al coloso. Muéstrame ese monstruo que los dioses hicieron para matarme. Quiero ver si realmente eres capaz de—.

Enkidu negó con la cabeza.

—Si me transformo… seré un blanco fácil. Tus armas me atravesarán. Tu puerta me despedazará.Su voz se volvió más suave, más triste—. Y tú lo sabes, Gilgamesh.

Ella se detuvo a pocos pasos de él.Apretó los dientes.Sus ojos ardieron con un brillo ofensivamente humano.

—Por eso quiero que lo hagas, tonto.

Enkidu la miró con una expresión imposible de descifrar en un rostro hecho de arcilla.

—No quiero herirte.

Era verdad castigar no era herir…..en cierta forma.

Gilgamesh rió, corta y cruel.

—Entonces ya perdiste.

El aire se tensó.La arena dejó de moverse.El mundo pareció contener el aliento.

Enkidu levantó la cabeza.Sus ojos vacíos se llenaron de una luz antigua.

—Entonces… si ese es tu deseo… seguiré luchando.

Gilgamesh sonrió.

—Eso es lo que quería escuchar.

Horas.

Días.

Seis días completos de choques divinos, rugidos, explosiones doradas, barro regenerándose, cadenas naciendo y muriendo, armas siendo invocadas y destruidas hasta volverse polvo estelar.

El sexto día, cuando el sol emergió como una lanza ardiente sobre el horizonte….

Enkidu cayó.

El cuerpo humano que había adoptado estaba cubierto de grietas profundas, casi fracturas que dejaban salir luz y arcilla reseca. Su respiración era un jadeo tembloroso, irregular, como si el acto mismo de inhalar fuera un esfuerzo antinatural.

A unos veinte pasos de él, tumbada sobre una roca partida en dos, Gilgamesh también jadeaba.Su ropa había sido destrozada casi por completo, dejándola en tiras que apenas cubrían su piel. No parecía importarle.Su corona estaba caída a un lado.Sus manos temblaban.Sus piernas amenazaban con fallarle.

La Puerta de Babilonia se cerró con un quejido metálico.

Estaba vacía.

Por primera vez en su reinado, Gilgamesh había usado absolutamente todo.

El desierto alrededor se había vuelto gris, muerto.La tierra se había drenado de vida por la cantidad de barro y energía divina que Enkidu había usado para regenerarse, para crear cadenas, para mantenerse en pie.

Ambos enemigos se quedaron en silencio, respirando como bestias heridas.

Hasta que Gilgamesh soltó una carcajada.

Primero suave.

Luego más fuerte.

Luego más descontrolada, tirando la cabeza hacia atrás mientras la sangre se deslizaba por sus labios.

—¡HAAAJAJAJAJAJA! —rio, golpeando el suelo con el puño—. ¡POR LOS DIOSES! ¡POR FIN! ¡POR FIN ALGO QUE VALE LA PENA!ESTO ES IGUAL DE DIVERTIDO QUE EL SEXO.

Reiterando, nada era mejor que el sexo,pero una buena lucha tambien contaba.

Enkidu la observó, sin comprender. Sus ojos agrietados parpadearon lentamente.

—…¿Por qué ríes? —preguntó con voz rota—. Has… perdido todo. Tu tesoro. Tus armas. Tu fuerza.

Gilgamesh siguió riendo un poco más, hasta que la risa se volvió jadeos entrecortados. Finalmente se arrastró hasta ponerse de rodillas, apoyándose en sus manos.

—Porque… —respiró hondo— …es la primera vez… que me divierto tanto.Desde que me regalaron a mi unico amante verdadero.

Miró a Enkidu como si viera un fenómeno raro, algo único, irrepetible.

—Nadie —dijo, señalándolo con un dedo tembloroso—. Nadie había logrado ponerme así. Ni dioses, ni bestias, ni hombres, ni héroes. Tú….

Lo señaló con ambas manos, abriendo los brazos como si mostrara un tesoro invaluable.

—¡TÚ casi me matas!

Enkidu bajó la mirada, confundido.Le pesaba la existencia entera.Sentía su propósito fracturarse como su cuerpo.

—Yo… debía castigarte —murmuró—. Someterte… incluso destruirte. Ese fue el mandato.Alzó la vista.Sus grietas brillaban como vidrio al sol.

—Pero fallé.Su voz se quebró.—Fui derrotado. Entonces… ¿ahora qué soy? ¿Qué se supone que haga?

Gilgamesh dejó de reír. Lo miró con un ligero fruncimiento de cejas… pero no de burla, sino de interés.

—¿Eso preguntas? —respondió caminando hacia él, su cuerpo tambaleándose—. ¿Qué haces ahora?

Enkidu asintió, sin fuerzas ni orgullo.

—Sin un propósito… sin una orden… soy nada.

Gilgamesh llegó hasta él.Estaba tan exhausta que cayó de rodillas justo enfrente de su rostro.

Lo tomó del mentón con una mano temblorosa, obligándolo a mirarla a los ojos.

—Tonto.

Enkidu la miró sin comprender.

Gilgamesh sonrió. Una sonrisa honesta, cruda, casi suave.

—Si tu propósito era pelear conmigo… lo has cumplido MIL veces más allá de lo esperado.

Su pulgar rozó la grieta de su mejilla.

—Me diste la mejor batalla de mi vida.Inclinó un poco la frente hasta apoyarla suavemente contra la de él.—Así que deja de lamentarte. No eres “nada”.

Su voz se volvió profunda.Intensa.Cálida como fuego.

—Eres… mi igual.

Enkidu se quedó paralizado.Ese concepto… esa palabra…Nunca había sido “igual” de nadie.Existía solo para obedecer.

—Yo… igual… —susurró, como si fuera demasiado grande para pronunciarlo.

Gilgamesh rió suavemente.

—Sí, arcilla. Mi igual. Mi compañero.Su mano resbaló por su mejilla hasta su cuello.—Porque solo alguien igual a mí puede luchar seis días sin rendirse. Solo alguien igual a mí puede arrancarme sangre, destruir mi tesoro, y hacerme reír como nunca.

Lo miró con una mezcla peligrosa de cariño y violencia contenida.

—Así que… ¿qué harás ahora?Se encogió de hombros, con esa arrogancia natural en ella.—Es simple.

Lo señaló en el corazón.

—Vivirás a mi lado.—No como sirviente.—No como enemigo.—No como arma.

Y su sonrisa se volvió suave, casi íntima.

—Como alguien que por fin… me entiende.

Enkidu abrió los labios, sorprendido, confundido… pero también extrañamente tranquilo.

—¿Quieres que… me quede contigo…? —preguntó.

—No. —Gilgamesh negó con fuerza—.No quiero.Lo tomó del cabello, con brusquedad, como si temiera que él escapara.

—Te lo EXIJO.

Enkidu parpadeó.

Y por primera vez en su existencia….Sonrio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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