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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 218

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  4. Capítulo 218 - 218 Burnice part 3 Zenless zone zero
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218: Burnice part 3 Zenless zone zero 218: Burnice part 3 Zenless zone zero Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

_______________________________________________________________ Dormida en aquel sofá polvoriento del bar, con el peso suave de Tn aún recostado contra ella, Burnice cayó en un sueño profundo.

Y al cerrar los ojos… regresó.

Regresó a uno o dos años atrás, a los días donde los Hijos de Calydon eran reyes del desierto.A aquellos tiempos ruidosos, violentos, felices… y jodidamente vivos.

Recordó la arena caliente filtrándose por los motores, el olor a gasolina mezclado con etanol barato, las risas que retumbaban entre los tráileres maltrechos y las hogueras nocturnas.Recordó a su jefa: Caesar King, “El Rey de los Caminos”, de pie sobre una mesa rota, las gafas reflectantes brillando como espejos que no dejaban ver nada, pero lo entendían todo.Recordó a Piper, con sus manos llenas de grasa y su cabeza llena de planes de anciana.Recordó a Lighter, siempre el primero en reír, el primero en pelear, el primero en romperse un hueso por pura estupidez.Recordó a Pulchra con su cola felina ardiendo por sus bromas, y a Lucy gruñendo como una loba pequeña cada vez que alguien le decía “adorable”.

Y recordó, más que nada… lo perfecto que era todo, aun cuando no tenían nada.

Vivían en la miseria, sí.Con ropa remendada, motocicletas viejas y comida que a veces era más arena que carne.Pero vivían como reyes.Compartían lo poco que tenían, y el desierto, cruel como era, se convertía por una noche en su reino.

Y en medio de todo eso… Burnice brillaba.Siempre con una botella en la mano, siempre riendo, siempre incendiendo el ambiente literal y figuradamente.

Sexo, bebida, festejo, todo.

Ningún chico podía seguirle el paso.

Ninguno sobrevivía más de una noche sin caer inconsciente o chamuscado.

Y en su sueño… Burnice volvió a verse allí.En el bar.En el mismísimo escenario improvisado, rodeada de sus compañeros que la vitoreaban.

Luces viejas, cables medio rotos, un micrófono que fallaba y aún así…ella cantaba.

El sueño se volvió vívido, casi cálido.El público deliraba.Las risas eran reales.Y la voz de Burnice—más joven, más libre, más salvaje—se elevaba entre el humo y la música:.

“Good evening and welcome!I’m Burnice and I’ll be serving you today!What can I get for you?A drink?

Some snacks?Or a little flames?”**.

—¡DALE, BURNICE!

¡QUÉMALOS A TODOS!

—gritó Lighter desde la barra, agitando una botella casi vacía.

—¡CÁLLATE, QUE DESAFINAS HASTA AL GRITAR!

—bufó Lucy, aunque no pudo esconder la sonrisa.

—¡Pulchra, mueve esa cola!

¡Que la fiesta apenas empieza!

—añadió Piper, riéndose mientras la felina le lanzaba una mirada asesina.

Pulchra chasqueó la lengua—Como vuelvas a tocar mi cola, te la prendo fuego mientras duermes.

—¡JA!

¡Eso déjenmelo a mí!

—respondió Burnice desde el escenario, guiñándole un ojo.

La multitud estalló de risa.Y entonces continuó cantando, con la música retumbando en los altavoces destartalados:.

“Mocktails, mixers, ice The snacks are real niceSoda, sour-mix, dryI’m lit, you can’t denyWhatever you wantWhatever you needSo good you’ll neverEver want to leaveAnything t’n your dennie’s all away—”.

—¡ESO, ESO!

—Caesar golpeaba la mesa con el puño, su chaqueta de cuero brillando bajo las luces rojas—.

¡ASÍ SE HACE, MI CHICA!

¡QUE EL DESIERTO NOS ESCUCHE!

Burnice, en su sueño, sonrió.Una sonrisa que ya no mostraba despierta.

Alrededor, todos estaban allí.Vivos.Unidos.Felices.

Era perfecto.

…Pero el sueño aún no mostraba lo que pasó.Ese momento.Aquel día que lo rompió todo.

Aún no.

La música del sueño se apagó.Las luces del bar desaparecieron.Y, como un latigazo, el ambiente cambió.

El desierto ya no estaba de fiesta: estaba hambriento.

En el Anillo Exterior, la gente sufría.Faltaba todo:medicina para los enfermos,comida para los niños,materiales, repuestos…y sobre todo Éter, la única energía que podía mantener funcionando sus asentamientos.

Caesar King, con la chaqueta llena de parches y su mirada siempre escondida detrás de los lentes reflectantes, había pasado noches completas discutiendo con Piper, Lighter y Burnice.

—“No vamos a dejar que nuestra gente se muera.

No mientras sigamos rodando.”—gruñó Caesar, golpeando el mapa sobre la mesa.

Sus métodos eran los mismos de siempre:Robo a empresas abusivas,emboscadas a transportes,y un poco de caos bien dirigido.

Nada que los Hijos de Calydon no hubieran hecho antes.

Así que aquella mañana, el sonido de sus motocicletas se extendió por la carretera como un rugido.

Burnice iba a la derecha de Caesar, con una sonrisa orgullosa y el cabello ondeando como llamas bajo el sol desértico.

—“Oye, jefa.

¿Segura que este cargamento no tiene escolta?” —preguntó Lighter, riéndose.

—“Si la tiene, la aplastamos.” —respondió Caesar con voz firme.

—“¡Así se habla!” —gritó Pulchra desde su moto, moviendo la cola gatuna.

El convoy apareció a lo lejos.

Tres camiones.

Los suficientes como para alimentar a tres asentamientos enteros.

Caesar levantó su espada.El acero brilló como un amanecer.

—“¡Hijos de Calydon!

¡Por nuestra gente!”Y todos aceleraron.

“Recordar……….”.

Los vehículos quedaron hechos trizas en cuestión de minutos.Las ruedas explotaron, la cabina cayó, los guardias pudieron apenas reaccionar.

Era un trabajo limpio.Rápido.Necesario.

Burnice aún reía cuando empezaron a descargar los suministros.

Hasta que ella apareció.

Una figura vestida de blanco, casi luminosa entre la arena.

Piel clara, ojos verde-azuladosy un cabello rubio largo sujetado por una cinta.Una máscara rota con venas rojas cubría media cara, como si marcara algo prohibido.

—“Mi nombre es María Renard.Es un gusto.” —dijo la mujer con voz suave, casi musical.—“Líder de la Hollow White.

Me alegra finalmente conocer a los… legendarios Hijos de Calydon.”.

Caesar bajó la espada, tensa.

—“No queremos nada con sectas hollow.” —escupió.—“Ni hoy, ni nunca.”.

María sonrió.Pero no era una sonrisa humana.Era demasiado tranquila.Demasiado segura.

—“No vengo a pelear…” —dijo avanzando con calma entre ellos—“…vengo a ofrecerles vida.”.

Los Hijos se miraron entre sí.Burnice sintió un escalofrío.

—“Puedo dar a los anillos exteriores recursos ilimitados.

Alimentos.

Medicina.

Refugio.

Éter limpio.”María inclinó la cabeza, casi con dulzura.—“Solo pido una cosa a cambio.”.

Caesar apretó los dientes.

—“…¿qué cosa?”.

María alzó la mano, y el desierto pareció quedarse en silencio.—“Sumisión completa al culto Hollow White.”.

Pulchra escupió al suelo.Lucy gruñó.Lighter soltó una carcajada incrédula.

Caesar se plantó frente a María, la sombra de su cuerpo cubriéndola.

—“No vendemos a nuestra gente.”—“Y no nos arrodillamos ante nadie.

Y mucho menos ante tu maldito dios hollow.”.

María ladeó la cabeza, como una niña curiosa.

—“Ah… ya veo.

Una pena.”Su sonrisa se ensanchó, lenta, inquietante.—“Porque él ya los ha visto.Y él quiere a los Hijos de Calydon.”.

Burnice sintió algo frío en la nuca.Algo que jamás había sentido antes.

Caesar señaló hacia las motos.

—“Nos largamos.

Ya.”Y todos obedecieron.

Ese fue el día que empezó la grieta.El día que el destino de la pandilla cambió.

….

En el sofá del bar, Burnice despertó levemente.El ruido de la fiesta muerta alrededor.El olor a alcohol seco y arena.

Y frente a ella…Tn.

El chico dormía con la cabeza apoyada cerca de su clavícula, respirando suave, buscando calor sin darse cuenta.

Burnice lo observó un momento.Su garganta apretada.La memoria quemándole por dentro.

—“…Tch… chiquillo…” —susurró, acomodándole un mechón de cabello—“…siempre pegado a mí…”.

Pero en esa voz había algo más.

Algo entre nostalgia… y miedo.

Se levanto un poco apartandose de Tn,camino hacia un mueble y abrio su cajon.

Un whisky viejo y un baso.

Burnice se quedó un momento mirando el fondo del vaso.

Bebio.

Todo de un trago.

El whisky ardía, pero no lo suficiente.Nada ardía lo suficiente para borrar ese nombre.

María Renard.

Esa puta blanca, esa sonrisa torcida, ese culto…Esa promesa que destruyó todo lo que alguna vez habían sido.

Burnice apretó los dientes, respiró hondo y dejó el vaso sobre el mueble con un golpe hueco.

Se inclinó hacia adelante, despegándose con cuidado del cuerpo tibio de Tn en el viejo sofá.El chico murmuró entre sueños, buscando el calor, pero Burnice ya se había levantado.

Caminó hacia un aparador empolvado junto a la barra.

Las botellas dentro tintinearon cuando abrió la puerta.

—“…Whisky, ven a mí…” —gruñó.

Sirvió una medida generosa.El líquido dorado descendió ardiendo como fuego oxidado.Burnice cerró los ojos, la garganta en llamas.

—“Hijo de… todavía quema.” —susurró.—“Ya ni beber como antes puedo.

Ni eso.”.

Antes de poder volver a llenar el vaso, se escucharon tres golpes secos en la puerta metálica del bar.

TOC.

TOC.

TOC.

Burnice ni siquiera giró la cabeza.

—“Pasa.”.

La puerta rechinó.Una figura pequeña entró caminando rápido, ajustándose los guantes.

Piper Wheel.

Con sus 151 cm, su cabello rubio recogido en un moño lateral y la ropa naranja holgada, parecía una adolescente malhumorada… pero su mirada calculadora decía otra cosa.

—“Burnice, ¿has visto mis herramientas?

El camión del asentamiento este se jodió otra vez y necesito el maldito gato hidráulico.” —dijo con el tono cortante de siempre.

Burnice señaló vagamente hacia atrás sin mucho interés.

—“Almacén trasero.

Donde siempre lo dejas tirado.”.

Piper bufó, pero antes de dar un paso, notó algo.

Sus ojos se dirigieron al sofá.

—“…¿Ese mocoso… está durmiendo ahí?” —frunció el ceño—“Pensé que lo habías tirado.

Literalmente.”.

Burnice negó con la cabeza y se apoyó en la barra, girando el vaso entre los dedos.

—“No le hice nada.

Solo… dormimos.”.

Hizo una pausa, ladeó la cabeza con fastidio.—“Y es un sofá.

No lo voy a dejar botado en el suelo.”.

Piper dejó escapar un suspiro que sonó más triste que exasperado.

—“Burn… tú antes lo habrías despertado pateándolo para que te dejara espacio.

y luego le abrias bajado los pantalones para hacerle un oral.”Miró a su antigua amiga con una mezcla de cariño y preocupación.—“Digo, no me quejo.

Es mejor que no estés borracha como una estupida todas las noches.”Bajó el tono.—“…Pero tampoco pedí que te apagaras así.”.

El silencio entre ellas cayó pesado.

Burnice miró a Tn dormido, encogido como un gato flaco, respirando tranquilo.Luego miró su whisky.Luego la foto vieja en la pared donde los Hijos de Calydon reían sin miedo.

Y su voz salió ronca, casi quebrada:.

—“No me apagué, Piper.”Tocó la barra con el nudillo de su dedo, un tic nervioso que nunca había tenido antes.—“…Solo me quedé sin gasolina.”.

Piper frunció los labios.

—“¿Esto es por ella, verdad?”.

Burnice dejó caer la cabeza hacia un lado, irritada.

—“No quiero hablar de eso.”.

—“Burn…” —insistió Piper con suavidad—“María no está aquí.

No va a volver.”.

La llama en los ojos de Burnice titiló, apenas un instante.

—“Eso no lo sabes.”.

Ambas callaron.

Afuera, el viento del desierto golpeó las ventanas.

Piper suspiró largo, resignada, volviendo a ponerse en modo práctico.

—“Está bien.

No te voy a presionar.”Se dio la vuelta para ir al almacén.—“…Pero si sigues cargando eso sola, un día vas a romperte.

Y no quiero tener que arreglarte también.”.

Burnice dejó escapar una risa seca.

—“Mala suerte.

Soy un caso sin reparación.”.

—“Siempre lo fuiste.” —respondió Piper desde la puerta, con una media sonrisa—“Pero antes por lo menos hacías ruido.”.

La mecánica desapareció por el pasillo.El sonido de herramientas chocando indicó que había encontrado lo que buscaba.

Burnice quedó sola otra vez.

Solo ella, el sofá, el whisky, el silencio…y un chico durmiendo profundamente porque confiaba en ella más de lo que ella misma se confiaba.

Burnice cerró los ojos un momento.

Y el nombre volvió a su cabeza como un susurro envenenado.

.

.

.

Salio del bar y miro un poco ese viejo lugar.

Piper entrecerró los ojos al ver el exterior del bar.Desde afuera, El Deshuesadero parecía un cadáver viejo bajo el sol del desierto:las luces del letrero colgaban aún más torcidas que la semana pasada, dos de ellas ya no encendían, y una parte del techo estaba tan combada que parecía a punto de rendirse y caer.

Suspiró fuerte, como quien ve a un viejo amigo deteriorarse.

—Maldita sea, Burnnice… —murmuró mientras se ajustaba los guantes de trabajo—.

No puedes seguir dejando que este sitio se muera contigo.

Caminó hacia el almacén trasero.

El aire caliente olía a polvo, gasolina vieja y los restos de una tormenta de arena de hace días.

Empujó la puerta metálica que chirrió como si suplicara lubricación.

—A ver… ¿dónde están mis malditas herramientas?

—bufó, moviendo cajas y latas oxidadas.

Encontró su caja, con la tapa abierta y un par de destornilladores fuera de lugar.

—Burnnice, te voy a matar… —gruñó, aunque sonrió un poco.

Agarra la caja y sale, caminando hacia el camión estacionado junto al lateral del bar.

El motor sobresalía como un animal herido.

Mientras se agachaba para revisar el chasis, su mente divagó… inevitablemente.

Los anillos exteriores.Ese maldito pedazo de tierra sin ley, donde siempre se necesitó a alguien fuerte, un “Rey de los caminos”.

Un líder capaz de mantener el orden entre bandas, comerciantes, cazadores y fugitivos.

Pero ahora… no quedaba nadie.

Nadie digno.Nadie que no estuviera muerto.

No después de lo que María Renard había hecho.

Un escalofrío le recorrió la espalda.Incluso el desierto, caliente y despiadado, pareció enfriarse por un segundo.

—Joder… —susurró, apretando los dientes.

Recordó aquellas noches.

Las luces rojas en el horizonte.

El aire vibrando.Y luego él.El Grand Hollow que esa mujer había convocado… un monstruo lo suficientemente poderoso como para arrasar ciudades, para masacrar a cuatro cazadores de hollow con un solo rugido.

Y casi lo había hecho.Casi los había extinguido.

Piper golpeó el metal del camión con frustración.

—Por culpa de esa perra… —gruñó—.

Nos dejó como rastrojos.

Casi se lleva a todos los nuestros.

Se detuvo un segundo, respirando hondo.El sol descendía y el desierto se teñía de un naranja profundo.A lo lejos, los restos oxidados de motocicletas y caravanas destruidas seguían esparcidos como esqueletos de una guerra olvidada.

—Si no fuera por Burnnice… —murmuró—, yo también habría acabado como ellos.

Apretó una tuerca con fuerza, casi con furia.

—Algún día, Renard.

Algún día alguien te va a hacer pagar lo que hiciste.Y si no es un “Rey de los caminos”… —miró hacia el bar, donde Tn dormía aún en el viejo sofá——…quizá sea alguien que ni siquiera imaginas.

El motor rugió cuando lo encendió.

—Eso es —sonrió con orgullo—.

Todavía no estamos muertos, carajo.

Pero el viento del desierto, frío y extraño esa tarde, parecía susurrar otra cosa.

.

.

.

Burnnice dejó la botella sobre la mesa con un golpe seco, como si quisiera que el vidrio le devolviera alguna respuesta.Sacudió la cabeza, se inclinó hacia el viejo estante junto a la barra y encendió la pequeña radio rectangular, un aparato tan antiguo que aún tenía cinta adhesiva sosteniendo la antena.

El aparato crepitó un momento antes de estabilizarse.Normalmente, solo se escuchaban noticieros de la capital, Nueva Eridu, o debates políticos que no le importaban a nadie en los anillos exteriores.En contadas ocasiones salía alguna noticia sobre “apoyo humanitario”… aunque todos sabían que esos fondos siempre llegaban tarde, rotos o simplemente nunca llegaban.

La población de los anillos exteriores ya no alcanzaba ni los mil habitantes.Entre los muertos, los desaparecidos y los que habían huido, solo quedaban unos pocos cientos.Los olvidados.Los que los grandes distritos preferían ignorar.

La radio finalmente se aclaró, y la voz carismática del locutor Alastor llenó el bar:.

—Buenas noches, habitantes de Nueva Eridu y sectores colindantes.

Les habla su locutor favorito, Alastor.

Comenzamos con noticias de entretenimiento: la famosa cantante Astra Yao ha formalizado su relación con el también artista Tn mendes.

La pareja declara estar “sumamente feliz y enfocada en nuevos proyectos”.

Burnnice bufó mientras movía botellas vacías en la barra.

—Qué bueno que a alguien le vaya bien —murmuró con ironía.

La radio continuó—En otras noticias, la finca de la familia Hoshimi ha anunciado la donación de varias toneladas de melones y frutas frescas destinadas a ayuda humanitaria para los sectores más pobres de Nueva Eridu.

Sin embargo, representantes del consejo aún no confirman fechas de distribución.

Burnnice rodó los ojos.

—Los Hoshimi dando melones… seguro ni uno llega a este jodido desierto —gruñó.

Las noticias seguían, mezclando política con entretenimiento, como si las tragedias del mundo real fueran demasiado pesadas para un horario nocturno.

Entonces escuchó un pequeño gemido detrás de ella.El crujido del viejo sofá.Tn se despertaba.

Burnnice tensó los hombros.No por molestia… sino por la forma en que ese sonido la hacía pensar demasiado.

Ese niño…Algo en él la incomodaba.Algo que le recordaba noches antiguas.Ojos que había querido olvidar.

Frunció el ceño y tomó un trago más, sintiendo cómo el whisky le quemaba la garganta.

Tn se sentó lentamente, frotándose los ojos, con el cabello revuelto y expresión somnolienta.

—…¿B-Burnnice…?

—preguntó con voz baja, tímida—.

¿Q-qué hora es?

Ella no lo miró de inmediato.Sabía que si lo hacía… sentiría esa punzada extraña en el pecho.

—Tarde —respondió sin suavidad, aunque tampoco con dureza—.

Volviste a quedarte dormido como si no hubieras pegado ojo en semanas.

Tn bajó la mirada, apenado.

—L-Lo siento….

—No te disculpes, niño —murmuró ella, esta vez más suave, tomando otro trago—.

Este lugar… es más cómodo que allá afuera.

La radio volvió a sonar—Y para cerrar, recordatorio de seguridad pública: se encuentran nuevamente en discusión los fondos para reconstruir los anillos exteriores….

Burnnice golpeó la barra con la base de la botella.

—Sí, claro —escupió—.

“Discusión”.

Como si a alguien le importara este maldito desierto.

Tn la observó un instante, inseguro, abrazándose a sí mismo.

—¿E-Estás bien…?

—susurró.

Burnnice le lanzó una mirada fugaz, casi sorprendida por la preocupación.

—No lo sé, Tn… —admitió, respirando hondo—.

No lo sé desde hace mucho tiempo.

Y mientras Alastor seguía narrando historias de una ciudad lejana que parecía vivir otro mundo, Burnnice sintió que la sombra de ese viejo nombre —Perra— volvía a rondarle la mente.

Burnnice soltó un suspiro largo, cansado, mientras recogía las llaves del bar.

—Cerramos —dijo, sin adornos—.

Vámonos al camper antes de que la temperatura baje más.

Tn asintió rápido, obediente, y empezó a levantar las sillas para ponerlas sobre las mesas.

Lo hacía con cuidado, casi con cariño, como si temiera hacer ruido o molestarla.Burnnice lo observó de reojo un segundo… ese aire tímido siempre la dejaba un poco desconcertada.

En menos de una hora, el bar quedó apagado, el letrero fluorescente medio caído tintineó por última vez, y ambos salieron caminando hacia la vieja motocicleta de Burnnice.

La moto estaba oxidada en partes, con pintura descarapelada, pero aún rugía como bestia orgullosa.

Burnnice se subió, y Tn se acomodó detrás, abrazándola suavemente por la cintura.Su toque era ligero, respetuoso… como si temiera romperla.

Burnnice encendió la moto y el motor vibró en el aire desértico.El viento nocturno les golpeó el rostro mientras avanzaban por el camino lleno de arena y rocas.Las luces del bar quedaron atrás, tragadas por la oscuridad del desierto.

Finalmente llegaron al viejo camper, el único hogar que habían podido mantener de pie con remaches, cinta industrial y milagros ocasionales.Burnnice dejó la moto a un lado y estiró los brazos, cansada.

—Tn —dijo, señalando la puerta del camper—, prepara algo de cenar mientras me ducho.

—S-sí… claro —respondió él, con ese tono suave suyo.

Burnnice caminó hacia el costado del camper, corrió una cortina improvisada hecha con lona vieja y abrió un pequeño tanque elevado.

Al tirar de una cuerda, un chorro de agua cayó sobre ella.No era un baño lujoso… pero era más de lo que la mayoría en los anillos exteriores tenía.

El agua estaba tibia gracias al sol que había golpeado el tanque durante el día.Burnnice dejó que corriera por sus hombros, tratando de despejar de su mente las voces del pasado… Caesar, la secta, el Grand Hollow…Todo lo que habían perdido.

Mientras tanto, Tn abrió la pequeña nevera del camper.La luz amarillenta iluminó un interior triste: comida procesada, latas baratas, un par de bebidas artificiales que sabían a plástico, y… cactus.

Sacó tres tunas, usando un guante grueso para no pincharse.Las empezó a pelar con cuidado, concentrado, sentado frente a la vieja mesa plegable.

—Hmm… podríamos hacer… —murmuró para sí—.

Tortillitas… y un guisito… s-simple….

Miró hacia donde Burnnice se duchaba, escuchando el chorro de agua caer sobre la chapa metálica.

—Espero que… le guste… —susurró, mientras encendía una pequeña hornilla.

Momentos después, Burnnice apagó la ducha, sacudió el agua de su cabello y se envolvió con una toalla vieja mientras regresaba al interior del camper.

—¿Qué preparas, niño?

—preguntó con tono más relajado que antes.

Tn se sobresaltó un poco por la sorpresa.

—T-tortillas… de cactus… y un poco de guiso… c-con lo que queda… —respondió sin mirarla, moviendo nervioso la espátula.

Burnnice se apoyó en el marco de la puerta y lo observó cocinar.

—Haces más de lo que debería pedirte —dijo ella, cruzándose de brazos—.

Yo debería estar haciendo eso.

Tn negó lentamente, sonrojado.

—Ñ-no… yo quiero ayudar….

Burnnice lo miró un momento más, luego desvió la vista, incómoda con esa sensación cálida que no sabía manejar.

—Entonces date prisa —gruñó suavemente, caminando hacia su litera—.

Tengo hambre.

Pero mientras lo decía, su expresión era… casi una sonrisa.

Parecían casi una pareja.

Eso pensó Burnnice mientras observaba a Tn mover la espátula con esa concentración suave, tímida, que lo caracterizaba.

Era extraño.

En su pasado, había tenido amantes, aventuras rápidas, noches de alcohol y deseo con chicos que jamás recordaría.

Pero con Tn… no había nada de eso.

La sensualidad se había transformado en ternura.La lujuria en un afecto suave, cálido, casi doméstico.

Sin pensarlo mucho, Burnnice se inclinó hacia él y le dio un beso rápido en la mejilla.

—¿B-Burnnice?

—Tn se congeló, completamente rojo.

—Ve a cambiarte —dijo ella con una media sonrisa—.

Te vas a manchar con el aceite.

—Y-yo… sí, está bien….

Ella caminó hacia el otro extremo del camper, abrió un cajón viejo y empezó a buscar ropa.Sacó un par de bragas desgastadas y una camisa.Nada del otro mundo… pero al menos estaba limpio.

Mientras se vestía, pensó que mañana debería buscar ropa nueva (o “nueva”) en algún basurero o depósito de chatarra.

Había aprendido a vivir con lo que la vida le tiraba en la cara.

Se sentó en la pequeña mesa plegable, cruzando las piernas, mirando a Tn cocinar.Había algo relajante en eso… como si todo el ruido del pasado se alejara cuando lo observaba.

—A ver, niño —dijo finalmente—, te toca tu examen diario.

Conocimiento básico de motores de moto.

Suéltalo.

Tn asintió de inmediato, como si el beso ya no existiera pero el rubor siguiera prendido en sus mejillas.

—E-el… motor debe revisarse… cada dos o tres días… y hay que asegurarse de que la correa no esté floja… y que el filtro no esté… tapado… —balbuceó, contando con los dedos—.

También… revisar el nivel de… de aceite.

—Bien —asintió Burnnice, apoyando el codo en la mesa—.

No eres tan cabeza hueca como pareces.

Tn soltó un pequeño “je” nervioso y continuó cocinando.

—Ahora te toca otra.

¿Qué comida puedes encontrar en el desierto?

Tn respiró hondo, tratando de recordar todo lo que ella le había enseñado.

—P-plantas como… el nopal… el saguaro… y el mezquite… —dijo con voz baja pero firme—.

Y… insectos como escarabajos… langostas… y hormigas melíferas.

—Correcto —Burnnice hizo un gesto de aprobación con la mano—.

¿Y por qué no te acercas a las cavidades hollow?

—Porque… —Tn tragó saliva—.

T-todo ahí está contaminado.

Hasta el “Eter”… puede… volver a alguien… hueco por dentro….

Burnnice lo observó un momento.

Había miedo en la voz de Tn.O más bien… respeto.Como alguien que había visto suficientes cosas horribles para tomarlo en serio.

—Bien —dijo ella, más suave de lo que pretendía—.

No te acerques nunca sin mí, ¿entendido?

Tn asintió rápido.

—Sí… Burnnice….

Ella se apoyó contra el respaldo de la silla, mirándolo cocinar.La luz amarillenta, el olor a cactus asado, el sonido de la hornilla….

Por un momento, algo parecido a paz llenó ese viejo y triste camper.

Y Burnnice, que había sido un huracán toda su vida, se permitió sentirlo.Solo un segundo.

Solo un delirio.

__________________________________________________________.

Bien la trama se empieza a aclarar, la verdad tenia pensado esto del culto un poco diferente pero ya que nadie notaba las pistas…….tuve que simplificar un poco todo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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