Waifu yandere(Collection) - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Mei meijujutsu kaisen
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22: Mei mei(jujutsu kaisen) 22: Mei mei(jujutsu kaisen) El reloj marcaba las 10:47 PM cuando Tn llegó al hotel.
No era cualquier hotel: las paredes de mármol, las luces tenues y el silencio absoluto hablaban de un lugar reservado para personas con poder…
y dinero.
Ajustó su corbata con calma antes de llamar a la puerta de la suite 1802.
Un suave “adelante” se oyó del otro lado.
Empujó la puerta y, al entrar, la vio.
Mei Mei.
Estaba sentada en uno de los sillones, cruzada de piernas, luciendo una bata de seda azul que realzaba el tono pálido y perfecto de su piel.
Su cabello, recogido en una trenza impecable, caía como una cuerda de plata sobre su hombro.
Y esa sonrisa…
una sonrisa tranquila, casi felina, como si ya hubiese ganado algo antes de que la noche empezara.
—Llegas puntual.
—dijo ella, con voz ligera, pero cargada de expectativas.
Tn se inclinó ligeramente, profesional, elegante.
—Estoy para servirle, señorita Mei Mei.
—respondió, sin mostrar nerviosismo.
(Minutos antes) Mei Mei se había recostado en su cama, dejando la bata suelta sobre su cuerpo para descansar mejor.
El día había sido largo: había aniquilado una maldición de grado 2 antes del atardecer, había asistido a una reunión insoportable con ejecutivos, y su cuerpo le exigía descanso.
Pero no buscaba simplemente dormir.
Por recomendación de Shoko, su única amiga de verdad, había escuchado de un muchacho joven, apuesto y discreto que ofrecía “acompañamiento especial” a mujeres de alto perfil que necesitaban algo más que un juguete para el estres.
Era sexo lo que buscaba.
Era compañía genuina, alguien que la viera como un monstruo indomable como una figura de poder inalcanzable.
Pagó una cantidad obscena de dinero.
Porque podía.
Porque lo merecía.
Porque por una noche, quería ser simplemente Mei, no una hechicera de primer nivel, no un arma humana.
Volviendo al presente, Mei Mei se puso de pie con gracia, deslizándose hacia Tn como una sombra elegante.
—¿Sabes lo que quiero de ti esta noche?
—preguntó, acercándose tanto que Tn podía oler el perfume discreto en su piel, una mezcla de sándalo y violetas.
Tn sostuvo su mirada sin flaquear.
—Estoy aquí para lo que usted necesite.
—repitió.
Ella rio suavemente.
Una risa baja, casi encantadora.
—Perfecto.
—murmuró, tomando su mano con una delicadeza peligrosa—.
Esta noche, **quiero que finjas que soy la única mujer en el mundo para ti.
Nada más importa.
Solo yo.
Solo aquí.
Solo ahora.
¿Puedes hacer eso, Tn?
La habitación parecía cerrarse a su alrededor, como si la realidad misma obedeciera al capricho de esa mujer.
Tn asintió.
—Por supuesto.
Mei Mei sonrió de nuevo, pero esta vez, había algo diferente en su sonrisa.
Algo que ardía debajo de su elegancia.
La noche había sido larga.
El chirrido persistente de la cama aún flotaba en el aire como un eco sucio, mezclándose con los leves jadeos que Mei Mei había dejado escapar en medio de su dominio absoluto.
Su cuerpo, delgado y fuerte, se había movido sobre Tn con una cadencia controlada, como si estuviera ejecutando una danza que conocía a la perfección.
Tn, entrenado en el arte de la complacencia, había seguido cada uno de sus movimientos, obedeciendo, rindiéndose cuando era necesario.
No porque quisiera realmente, sino porque así era el acuerdo.
Aun así, por momentos, bajo el peso de la maldición que Mei Mei dejó caer sobre su cuerpo —pequeñas cargas de energía maldita, casi imperceptibles—, Tn sintió que su voluntad tambaleaba.
Ella lo había probado.
Lo había apretado, lo había hecho caer y levantar, medir su resistencia como una reina satisfecha probando la calidad de un nuevo esclavo.
Cuando finalmente terminó, Mei Mei se dejó caer junto a él, encendiendo un cigarrillo fino, la mirada perdida en el techo.
Plena.
Feliz.
Llena.
Tn, exhausto pero silencioso, simplemente se quedó acostado a su lado.
Era parte del servicio.
Ser su almohada humana hasta que ella decidiera liberarlo.
Y mientras fumaba, Mei Mei dejó que sus dedos jugaran con su cabello, deslizándolos con suavidad entre las hebras oscuras.
Una, dos, tres veces.
Peinándolo como si fuera suyo.
Como si tuviera todo el derecho a hacerlo.
—Eres…
mejor de lo que me prometieron.
—murmuró, una sonrisa satisfecha dibujándose en sus labios teñidos de rojo.
Tn no respondió.
Solo cerró los ojos, descansando, dejando que el aroma del tabaco y su perfume lo envolvieran como un manto.
Las horas pasaron lentas, perezosas, como si el mundo afuera hubiese dejado de existir.
Hasta que la luz del amanecer se filtró a través de las cortinas pesadas.
Era hora.
Tn, con la eficiencia de alguien acostumbrado a no dejar huellas, comenzó a vestirse en silencio.
Camisa.
Corbata.
Saco.
Cada movimiento meticuloso, respetuoso.
Mei Mei lo observaba desde la cama, su cuerpo aún envuelto en la bata de seda, el cigarro consumiéndose entre sus dedos.
No dijo nada.
Pero cuando Tn terminó de arreglarse y se dirigió hacia la puerta, ella habló, su voz tan suave que parecía una caricia…
o una amenaza.
—Tn…
—lo llamó, sin moverse—.¿No vas a despedirte de mí?
Tn se giró, inclinándose ligeramente.—Gracias por confiar en mí esta noche, señorita Mei Mei.
—dijo, en su tono más formal.
Ella rio suavemente, exhalando una nube de humo que flotó entre ellos.
—Confianza, ¿eh?
—murmuró, los ojos entrecerrados—.
Qué palabra tan delicada para algo tan…
íntimo.
Hubo un breve silencio.
Mei Mei se incorporó un poco, dejando ver la marca de sus labios pintados aún en su pecho, como una firma invisible.
—No te preocupes…
—agregó, con una sonrisa peligrosa—.Nos volveremos a ver, Tn.
Yo me aseguraré de ello.
Él asintió, sin discutir.
Sabía mejor que nadie que no todos los contratos terminaban cuando el servicio acababa.
Algunos contratos, especialmente con mujeres como Mei Mei, duraban mucho más de lo acordado.
Y con esa sensación extraña en el pecho, Tn abandonó la habitación, mientras Mei Mei lo seguía con la mirada, sus labios curvándose en una sonrisa satisfecha.
Como un gato que había atrapado a su ratón favorito…
y no tenía ninguna intención de dejarlo escapar tan fácilmente.
Pasaron algunos días.
Mei Mei volvió a su rutina de siempre:exorcizar maldiciones, cobrar su paga desproporcionada, asistir —cuando le daba la gana— a las misiones donde Gojo actuaba como tutor de los estudiantes.
Todo volvía a su curso habitual.
O casi todo.
Porque en medio de los combates, de los encargos, de las charlas insulsas, un vacío comenzaba a formarse dentro de ella.
Una frustración silenciosa, como un veneno que no mataba pero debilitaba.
Física.
Mental.
Sexual.
En los momentos muertos —cuando esperaba en los pasillos, cuando descansaba en los techos de la escuela, cuando la sangre de las maldiciones aún manchaba sus botas—, su mente regresaba inevitablemente a él.
A Tn.
A sus jadeos contenidos.
A su resistencia muda.
A la forma en que, a pesar del dolor o la presión, no se había quebrado.
Mei Mei, pragmática como era, no solía obsesionarse.
No con hombres, con bienes.
Pero ese chico…
Ese chico era diferente.
Así que, un día cualquiera, con el mismo tono despreocupado con el que pediría una copa de vino caro, intentó reservarlo de nuevo.
La respuesta fue una bofetada elegante a su paciencia: —La siguiente reserva disponible para el señorita Mei Mei…
será en trece días.
Trece días.
Trece malditos días.
Ella, que podría pagarle a diez Tn si quisiera.
Ella, que podría exigir, amenazar o incluso comprar la agencia entera si se le antojaba.
Se obligó a respirar hondo.
A sonreír.
A no dejar que su molestia se filtrara más allá del teléfono.
Pero por dentro…
Por dentro hervía.
Así siguió.
Contando los días como una adicta esperando su siguiente dosis.
Mientras tanto, en los ratos libres, su mirada se distraía en detalles estúpidos.
Como aquella mañana en que se sentó en la enfermería de la escuela de Jujutsu, haciendo tiempo mientras los estudiantes se recuperaban de su última misión fallida.
Allí, entre el olor a antiséptico y a sangre seca, vio a Shoko Ieiri cojear ligeramente mientras acomodaba algunos papeles sobre su escritorio.
Su camisa blanca estaba arrugada, manchada de algo que parecía café, y su expresión de hastío era aún más marcada de lo habitual.
Mei Mei sonrió, ladeando la cabeza.
—¿Otra noche difícil, Shoko-chan?
—preguntó, en tono casual.
La médico alzó una ceja, sin dignarse a mirarla directamente.
—No todos podemos pagar placeres caros para quitarnos el estrés, Mei.
—bufó—.Algunos lidiamos con maldiciones y adolescentes idiotas.
Mei Mei soltó una risa suave, jugueteando con su celular entre los dedos.
—Oh, créeme…Ni todo el dinero del mundo puede comprar la distracción perfecta.
Su mirada, por un instante, se perdió más allá de las ventanas.
Más allá de la escuela, más allá de los árboles.
Buscando un fantasma que aún no podía tocar.
Treinta segundos después, Shoko le arrojó un frasco de analgésicos sin mucha ceremonia.
—Aquí.
Para tu dolor de cabeza…
o para tu adicción.
Lo que sea que te esté consumiendo últimamente.
Mei Mei atrapó el frasco al vuelo, sonriendo como una reina indulgente.
—¿Adicción?
—repitió, divertida—.Shoko-chan, por favor.
Yo no me obsesiono.
Pero en lo profundo de su mente…En ese rincón que ni la mejor barrera podría sellar…
Sabía que estaba mintiendo.
Tn había dejado una marca en ella.
No física.
No mágica.
Una marca mucho más peligrosa: una necesidad.
Y mientras los días pasaban, cada minuto de espera la envenenaba un poco más.
La noche que Mei Mei ansiaba finalmente llegó.
Cuando el reloj marcó la hora, envió una cantidad obscena de dinero, una suma tan absurda que incluso la agencia parpadeó confundida antes de aceptar.
Pero a Mei no le importaba.
El precio era irrelevante.
El placer, la satisfacción que arrancaría de esa noche…
Eso sí era invaluable.
Y así, Tn volvió a llegar.
Vestido con la misma neutralidad elegante de la última vez.
Sereno.
Bello.
Demasiado frágil para su mundo brutal.
Demasiado perfecto para dejarlo marchar tan fácilmente.
En cuanto cruzó la puerta de la habitación, Mei no perdió tiempo.
—Ven aquí.
—ordenó, con una voz baja y peligrosa.
Y él, como si su voluntad fuera una hoja arrastrada por su tempestad, accedió.
En la misma cama, entre las mismas sábanas perfumadas, ella lo reclamó.
Con jadeos, con uñas, con labios sedientos que no daban tregua.
Con una pasión que esta vez no intentó controlar.
Caricias salvajes.
Bocas que se buscaban.
Horas eternas donde el tiempo se disolvió en placer febril.
Mei Mei, normalmente tan contenida, gritó su nombre sin pudor.
Gritó como si invocarlo con su voz pudiera atarlo a su lado.
Como si cada gemido fuera un ancla que lo obligara a quedarse.
Por momentos, entre la marea de sensaciones, se permitía soñar —soñar que la noche no terminaría jamás.
Que Tn sería solo suyo.
Que este pequeño paraíso robado podría perpetuarse más allá del amanecer.
Pero, inevitablemente, el alba llegó.
Como un verdugo cruel.
Tn, exhausto, sin reservas ni energías, se desplomó a su lado.
Su pecho subía y bajaba lentamente, vencido por el cansancio.
Mei, en cambio, seguía despierta.
Agitada.
Hambrienta aún.
Había usado su energía maldita para reforzar su resistencia, para alargar la noche, para negar al cuerpo el descanso que pedía a gritos.
Pero ni su poder bastaba para sostener lo insostenible.
Con un suspiro exasperado —una mezcla de placer satisfecho y frustración amarga—, Mei Mei se deslizó fuera de él, cubriéndose apenas con la sábana arrugada.
Se recostó junto a Tn, apoyando la cabeza en su pecho cálido.
Escuchó su respiración, lenta y profunda.
Un sonido simple, casi mundano…
Pero que para ella ahora significaba todo.
Intentó dormir.
Intentó atrapar ese momento entre sus dedos, como una mariposa que no quería aplastar ni liberar.
Pero sabía que, como la vez anterior, él se iría.
Que al despertar, el otro lado de la cama estaría vacío.
Que la distancia, las reglas, el contrato, lo arrancarían de su lado.
Y eso le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Horas después, cuando el sol apenas comenzaba a teñir de oro la habitación, Tn se alistó en silencio.
Vestido nuevamente con su aura intocable, como si todo lo vivido fuera parte de un ritual que no podía llevárselo consigo.
Mei Mei no dijo nada.
Solo lo observó desde la cama, sus ojos brillando con una calma letal.
Tn hizo una leve reverencia, un gesto de respeto profesional…
Y luego se fue.
La puerta se cerró suavemente.
El eco de sus pasos se desvaneció en el pasillo.
Y Mei Mei se quedó sola.
Sola con la cama revuelta, sola con su cuerpo marcado de placer, sola con su mente cada vez más encadenada a él.
Sola…
con un deseo que ya no sabía cómo controlar.
Mei Mei se quedó en aquella cama solitaria, el amanecer bañando la habitación con una luz suave y casi cruel.
Sus pensamientos se arremolinaron con la misma fuerza con la que había deseado a Tn.
Dolor.
Suyo.
De él.
De ambos.
Un dolor dulce, casi adictivo.
Se preguntó, mientras acariciaba inconscientemente su propio brazo —aún con marcas fantasmales de su última noche—, si sería posible comprarlo.
¿Pagar suficiente para que fuera suyo todas las noches?
¿Hacerlo exclusivo?
Con esa idea en mente, revisó su cuenta bancaria en el móvil.
Frunció el ceño apenas.
Podía.
Al menos durante un tiempo considerable.
Pero era un gasto monstruoso incluso para ella, que era de las pocas magas de jujutsu bien remuneradas.
No solo sería obsceno…
Sería ridículo.
Y Mei Mei no estaba acostumbrada a desperdiciar recursos.
No sin un plan.
Así que, impulsada por la lógica fría que la había hecho sobrevivir en un mundo donde la fuerza es ley, probó otros métodos.
Contrató a otros chicos.
Chicos más baratos.
Hombres musculosos.
Jóvenes sumisos.
Todos aquellos que ofrecían “acompañía” en catálogos discretos y agencias menos renombradas.
Pero ninguno… ninguno estuvo a la altura.
Duraban apenas unos minutos.
No soportaban su ritmo.
No podían resistir cuando usaba sutilmente su energía maldita para intensificar el acto.
Algunos lloraban.
Otros pedían detenerse.
Algunos, simplemente, colapsaban antes de poder satisfacerla.
Cada noche era una decepción tras otra.
Una frustración creciente.
Mei Mei, la poderosa, la autosuficiente, la que dominaba en el campo, era incapaz de encontrar un sustituto.
Ninguno era Tn.
Pasaron varios días en ese ciclo frustrante.
Días en los que Mei Mei exorcizaba maldiciones durante el día y buscaba reemplazos inútiles durante la noche.
Hasta que un atardecer, con la moral destrozada y la paciencia al borde, terminó conversando con Shoko en la sala de descanso de la escuela.
Ambas, acostumbradas a ver cosas horribles, se sentaban en silencio a beber café instantáneo de pésima calidad.
Shoko, con su bata arrugada y un cigarrillo colgando de sus labios, miró a Mei de reojo.
—¿Qué te pasa?
—preguntó, soltando el humo con desgano.
Mei suspiró, cruzando las piernas con elegante frustración.
—Estoy…
decepcionada.
Shoko arqueó una ceja, curiosa.
—¿Por qué?
No me digas que te rompieron una uña.
Mei rió, pero fue un sonido seco, carente de humor.
—Digamos que…
no todos los productos son iguales.
—murmuró, dejando la frase en el aire.
Shoko, que no era estúpida, captó la indirecta.
Sonrió ladina.
—¿Estuviste probando otros acompañantes?
¿Buscando algo que iguale a “ese chico”?
El silencio de Mei fue respuesta suficiente.
Shoko soltó una carcajada rasposa, apagando su cigarrillo.
—Idiota.
Pensaste que iba a ser tan fácil.
—se burló—.
Ese chico es especial.
Lo sabes.
Yo misma lo vi una vez…
y créeme…
—Shoko chasqueó la lengua con un dejo de amargura— apenas tendría para pagarle unas horas…
y eso si me endeudo.
Mei desvió la mirada.
Incluso alguien como Shoko, pragmática y desencantada, lo había notado.
Tn no era simplemente “otro chico bonito”.
Era adictivo.
Era único.
Y ahora…
Ahora que lo había probado, nada más era suficiente.
Mei cerró los ojos un momento, tragando su irritación.
Debía encontrar una solución.
Antes de que su frustración se volviera algo peor.
Algo que no pudiera controlar.
Porque aunque no lo admitiera en voz alta…
Ya no quería simplemente pagar por noches sueltas.
Quería poseerlo.
Quería que fuera suyo.
Solo suyo
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