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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 231

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  4. Capítulo 231 - 231 Maomao
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231: Maomao 231: Maomao Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

Advertencia ⚠️ en esta waifu en particular se harán menciones de, dolor,enfermedad,medicina,farmacos,plantas,y demás cosas que son claras de una yandere,y el que me diga sobre femdon……..bro es yandere que te esperabas ________________________________.

Las sábanas del Patio Interior.

Su padre Luomen se lo había dicho con claridad, sin levantar la voz, como hacía siempre cuando algo era realmente importante:.

—No explores las montañas sola, Maomao.

Ella había asentido, como siempre.Y, como siempre, no había obedecido.

Ser secuestrada por bandidos, drogada, atada y vendida como sirvienta no estaba en ninguno de sus planes.

No en los planes razonables, al menos.

Pero Maomao había aprendido desde pequeña que la vida rara vez seguía caminos razonables.

Ahora, acostada boca arriba sobre las sábanas ásperas del dormitorio común del Patio Interior, observaba el techo de madera como si pudiera diseccionarlo con la mirada.

Las vigas estaban limpias.

Demasiado limpias.

No había polvo acumulado, ni telarañas, ni grietas donde se ocultaran insectos.

—Un desperdicio —murmuró en voz baja—.

Seguro aquí no crece ni moho interesante.

A su alrededor, otras sirvientas ya dormían o fingían hacerlo.

El día había sido largo.

Demasiado largo para alguien que aún no entendía del todo dónde había caído.

El Palacio Imperial de Li.

Desde la Casa Verdigris —el Rokushoukan— hasta la capital, el trayecto había sido corto en distancia… y eterno en consecuencias.

En la Casa Verdigris tenía comida.

Tenía techo.

Tenía ropa.

Incluso tenía cierta libertad, limitada pero real.

Allí había aprendido a sobrevivir, a leer miradas, a medir silencios, a entender que el cuerpo humano era frágil y que la voluntad lo era aún más.Al menos la “Anciana”, le tenia cierto aprecio.

Aquí, en cambio, todo brillaba.

Todo estaba ordenado.

Todo era tan aburrido.

—Oye, tú —susurró una voz desde la cama contigua.

Maomao giró apenas la cabeza.

Una muchacha de rostro redondeado y ojos inquietos la miraba, cubriéndose la boca con la sábana.

—¿Eres nueva, verdad?

—Eso parece —respondió Maomao sin emoción.

La chica dudó un segundo.

—Dicen que las nuevas duran poco si no aprenden rápido y lo mejor es ser cortesana de una dama superior.

—Entonces será mejor aprender rápido —replicó Maomao, cerrando los ojos.

La muchacha rio en silencio.

—¿No tienes miedo?

Maomao pensó en su madre.

En la habitación trasera.

En el olor a enfermedad.

En los gritos.Luego pensó en los bandidos, en la cuerda apretando sus muñecas, en la venta como si fuera ganado.

—El miedo no sirve de mucho —dijo—.

Solo distrae.

La sirvienta no supo qué responder.

Al día siguiente, Maomao aprendió la jerarquía.

Aprendió que el emperador —Stampede Heydrich— era una figura distante, casi mítica, alguien que rara vez se dejaba ver y que, cuando lo hacía, dejaba una sensación extraña en el aire, como si el mundo tuviera que reajustarse a su presencia.

PAra ella le parecia como cualquier otro noble.

Aprendió los nombres de las Cuatro Consortes de Alto Rango:.

Gyokuyou, la Consorte Preciosa, cuya sonrisa ocultaba más de lo que mostraba.Lihua, la Consorte Sabia, marcada por la pérdida.Loulan, la Consorte Pura, elegante como una pintura… demasiado perfecta.Y Lishu, la Consorte Virtuosa, frágil como porcelana.

—No las mires a los ojos —le advirtió una supervisora mientras le entregaba ropa limpia—.

Y no pienses.

Solo obedece.

Maomao bajó la cabeza.

—Entendido.

Pero pensó.

Pensó demasiado.

Por las noches, cuando volvía a recostarse en esas sábanas sin manchas, el silencio del Palacio Interior la inquietaba más que el bullicio del barrio rojo.

Aquí no había risas falsas ni gemidos forzados.

Solo susurros… y secretos.

Y algo más.

Algo que no sabía nombrar.

Una sensación persistente, como una picazón bajo la piel, como si hubiera probado un veneno lento y aún no supiera sus efectos.

—Esto no es una jaula común —murmuró una noche, apretando la tela entre sus dedos—.

Es una trampa.

Maomao no creía en maldiciones.Nunca lo había hecho.

Pero mientras observaba el techo del Palacio Imperial, tuvo por primera vez un pensamiento extraño, incómodo, casi absurdo:.

Tal vez algunas vidas no están malditas…Tal vez solo están destinadas a encontrarse con algo peor.

Y sin saberlo aún, ese “algo” ya existía dentro del mismo palacio.

.

.

Otro día.Otro trabajo.

Las labores de limpieza no variaban demasiado: barrer, fregar, cargar agua, bajar la cabeza.

Maomao lo hacía todo con eficiencia mecánica, mientras su mente vagaba por senderos más útiles.

Si aprendía lo suficiente, si no llamaba la atención equivocada, quizá podría escalar lentamente en la jerarquía.

No por ambición, sino por supervivencia.

Estar más arriba significaba estar un poco más a salvo.

—Tú —la llamó una superiora, deteniéndola con un gesto seco—.

Lleva el té al pabellón principal.

Maomao suspiró para sus adentros.

—Sí, señora.

Tomó la bandeja con cuidado.

El aroma del té era suave, bien preparado.

Hojas jóvenes, pensó.

Infusión corta.

Al menos alguien sabía lo que hacía.

Mientras caminaba por los pasillos, reflexionó sin querer sobre lo mismo de siempre: cómo una sirvienta pasaba de limpiar pisos a trabajos más delicados.

No era mérito.

Era oportunidad… y saber cuándo cerrar la boca.

Llegó a la habitación indicada.

La puerta estaba entreabierta.

Dentro había tres personas.

Un hombre corpulento, claramente un guardia, de postura rígida.Otro… hermoso.

Demasiado hermoso.

Rasgos finos, voz suave, porte impecable.

—Soy Jinshi —dijo él al notar su presencia—.

Un eunuco al servicio del palacio.

Maomao inclinó la cabeza de inmediato.

—Esta sirvienta se disculpa por la interrupción.

Y entonces lo vio.

A su lado, sentado con una postura tranquila, había un joven de piel anormalmente pálida.

No era la palidez de alguien que evitaba el sol; era la palidez de alguien enfermo.

Sus labios tenían poco color.

Sus ojos, aunque atentos, parecían nublarse por momentos.

Anemia.¿Fiebre recurrente?¿Pulso débil?

Su mente empezó a trabajar sin pedir permiso.

—Es una lástima —decía Jinshi con una sonrisa amable— que Su Majestad esté indispuesto hoy.

—No se preocupe —respondió el joven con voz suave—.

Entiendo bien sus deberes.

Jinshi asintió.

—Eres muy considerado, Tn.

Tn.Maomao guardó el nombre sin querer.

Avanzó en silencio, cerró los ojos como correspondía y comenzó a servir el té.

El vapor subía lentamente.

Jinshi sonrió con entusiasmo.

—Ah, el té de la mañana siempre es un placer.

Sopló con cuidado antes de beber.

Tn extendió la mano para tomar su taza.

En ese instante, sus dedos chocaron.

El té caliente se derramó.

Maomao sintió que el corazón se le detenía.

Está demasiado caliente.

—¡—!

El grito solo existió dentro de su cabeza.

Cayó de rodillas de inmediato, la frente casi tocando el suelo.

—¡Perdón!

¡Esta sirvienta merece castigo!

¡Fue una torpeza imperdonable!

Esperó.

Esperó el grito.Esperó el sobresalto.Esperó el sonido inconfundible del dolor.

No llegó nada.

Tn simplemente sacudió el líquido de su mano con calma.

El vapor aún subía de su piel enrojecida… pero su rostro no cambió.

Ni un gesto.

Ni un jadeo.

Ni una mueca.

Maomao alzó la vista apenas un instante.

Quemadura superficial.Temperatura suficiente para provocar dolor inmediato.

Pero él no reaccionaba.

—¿Tn?

—preguntó Jinshi, alarmado—.

¿Estás bien?

—Sí —respondió él con naturalidad—.

No es nada.

El guardia frunció el ceño.

—Mi señor, su mano….

—No duele —dijo Tn, mirándola como si fuera un dato irrelevante.

Jinshi chasqueó la lengua.

—Traigan una tela, rápido.

Limpien al guardia también.

Una sirvienta se apresuró a obedecer.

Maomao seguía arrodillada, pero su mente ya no estaba allí.

No es que soporte bien el dolor.Es que no lo siente.

Ese pensamiento le recorrió la espalda como un escalofrío.

Por primera vez desde que llegó al palacio, algo logró perforar su capa de apatía.

Curiosidad.

Peligrosa.

Profunda.

Insaciable.

Mientras le retiraban la bandeja, Maomao bajó la cabeza una vez más, ocultando el brillo extraño que se había encendido en sus ojos.

—Esta sirvienta volverá a cometer menos errores —murmuró.

Pero por dentro, pensó otra cosa:.

Un cuerpo que no avisa cuando se daña….

Y sin saberlo aún, acababa de encontrar el objeto de su primera obsesión verdadera dentro del Palacio Imperial.

.

Maomao ya había dado medio paso hacia atrás cuando la voz de Jinshi la detuvo.

—Espera.

Su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Se quedó inmóvil, la bandeja ya ausente, las manos juntas frente a ella.

—Que se quede en su lugar —ordenó Jinshi con suavidad.

Luego hizo un gesto al guardia.

—Lleva a las sirvientas de bajo rango a la habitación contigua.

Hubo murmullos contenidos, pasos apresurados, el roce de telas.

Una a una, las demás fueron guiadas fuera.

Maomao permaneció sola en la estancia principal, con Jinshi y Tn.

El silencio que quedó atrás fue distinto al anterior.

Más denso.

¿Qué planea?No le gustaba no saberlo.

Cuando la puerta se cerró, Jinshi sacó un papel y un pincel.

Se sentó con calma, como si el tiempo no tuviera importancia, y escribió unas pocas palabras con trazos limpios.

Luego se levantó y mostró el papel en alto.

Maomao lo vio de reojo.

La mayoría de las sirvientas que quedaban en la habitación contigua no reaccionaron.

Rostros vacíos.

Ojos que no sabían qué mirar.

Solo ella entendió.

En el papel decía:.

“Pecas, quédate.”.

El estómago de Maomao se tensó.

Así que lo sabía.Desde el principio.

—Todas pueden retirarse —anunció Jinshi—.

Excepto tú.

Las demás obedecieron de inmediato.

En cuestión de segundos, Maomao volvió a estar sola.

Esta vez, de verdad.

Sintió un sudor frío en la nuca.

¿Castigo?¿Interrogatorio?¿Silencio definitivo?

Jinshi guardó el papel y, como si sacara algo sin importancia, tomó una tela rasgada de entre sus mangas.

La desplegó con cuidado.

Había letras escritas, apretadas, apresuradas.

—Encontré esto hace unos días —dijo—.

Oculto entre la ropa usada.

Maomao bajó la mirada.

No se acercó.

—No sé leer —mintió, con voz firme.

Jinshi sonrió.

—Eso ya lo sé que no es cierto.

La tela advertía claramente la causa de la enfermedad de la princesa.

No era un castigo divino.

No era mala suerte.

Era veneno acumulado, introducido de forma gradual.

Maomao mantuvo el rostro inexpresivo.

—Esta sirvienta no entiende de qué habla, señor.

El silencio se alargó.

Desde el otro lado, Tn habló por primera vez, con un tono suave, casi incómodo.

—Jinshi… no deberías ser tan cruel con una sirvienta.

Jinshi giró la cabeza, sorprendido.

—¿Cruel?

—Está asustada —dijo Tn—.

Se nota.

Maomao apretó los dientes.

No mires.No digas nada.

Jinshi soltó una risa ligera.

—Perdona, perdona.

Tienes razón.

A veces me dejo llevar por la curiosidad.

Se volvió hacia Maomao.

—Pero entiéndeme.

No todos los días una sirvienta común identifica un peligro que ni médicos de la corte han notado.

Maomao tragó saliva.

—Esta sirvienta… —tartamudeó a propósito— fue instruida por su padre.

Era boticario.

—¿Era?

—Murió —respondió rápido.

Otra mentira.

Una útil.

Jinshi ladeó la cabeza.

—¿Y te enseñó a leer?

—Dijo que era necesario para no morir por error —contestó.

Tn la observaba en silencio.

Sus ojos no eran acusadores.

Eran… atentos.

—Entonces no fue mala intención —dijo él—.

Solo conocimiento.

Jinshi suspiró.

—Eso es precisamente lo peligroso.

Se acercó un paso más a Maomao.

—Si sabes tanto, dime —susurró—, ¿qué harías tú en mi lugar?

Maomao levantó la vista por primera vez.

—Nada —respondió—.

Ignorar.

Sobrevivir.

Jinshi parpadeó.

—Qué respuesta tan fría.

—Es la más segura.

Tn inclinó levemente la cabeza.

—Pero no la más justa.

Ese comentario la golpeó más fuerte de lo esperado.

Jinshi volvió a reír.

—Interesante.

Muy interesante.

Guardó la tela rasgada.

—Puedes irte, Pecas.

Por ahora.

Maomao se inclinó con rapidez y salió sin mirar atrás.

Solo cuando estuvo lejos, sus piernas temblaron.

Me vio.Nos vio a los dos.

Y por alguna razón que no logró explicarse, el pensamiento que se quedó con ella no fue el miedo a Jinshi…sino la voz tranquila de Tn defendiéndola.

.

.

Cuando Maomao salió de la habitación, la puerta se cerró con un sonido suave, casi respetuoso.

Jinshi exhaló lentamente, como si recién entonces pudiera relajarse.

Se pasó una mano por el rostro y miró hacia el suelo un segundo antes de hablar.

—Los dos bebés nacidos en el Patio Interior han estado enfermos durante semanas —dijo al fin—.

Fiebre, vómitos, debilidad progresiva.

Tn escuchaba en silencio, sentado con la espalda recta.

—El médico real solo podía atender a uno —continuó Jinshi—.

Y como el hijo de la Consorte Lihua era varón… se le dio prioridad.

Hizo una pausa.

No necesitaba explicar lo que venía después.

—Murió —murmuró Tn.

—Sí —asintió Jinshi—.

Demasiado tarde para él.

Jinshi apretó los labios.

—Fue entonces cuando encontramos el mensaje oculto en la ropa sucia.

La advertencia.

Gracias a eso, logramos salvar a tiempo a la bebé de Gyokuyou.

El silencio se instaló de nuevo.

Tn bajó la mirada.

—Entonces… ¿para qué me llamaron?

Jinshi negó suavemente con la cabeza.

—Tu misión no ha cambiado.

Levantó la vista y lo miró con seriedad.

—Sigues siendo nuestro mejor experto en infiltración.

Tn no reaccionó.

Ya había oído eso antes.

—Tu condición —prosiguió Jinshi— te da ventajas que otros no tienen.

No sentir dolor te permite resistir tortura o interrogatorios.

Y tu tendencia a enfermar… —esbozó una sonrisa irónica— te hace parecer un simple indigente.

Nadie sospecha de alguien así.

—Ni siquiera cuando entra y sale —murmuró Tn.

—Exacto.

Tn asintió lentamente.

—He reunido información de las naciones vecinas.

No hay cambios significativos en sus posturas respecto al Imperio.

Al menos, no por ahora.

—Eso facilitará las cosas —respondió Jinshi—.

Solo tendremos que entregar el informe y mantener la calma.

Jinshi dudó un instante antes de añadir:.

—Por cierto… ¿tu mano está bien?

Tn miró su propia mano, aún ligeramente enrojecida.

—No sentí nada por el té —respondió con tranquilidad—.

Aunque… fue extraño.

—¿Extraño?

—La sirvienta —dijo—.

La de las pecas.

Jinshi arqueó una ceja.

—¿Qué pasa con ella?

—Sabe leer —dijo Tn—.

Y dijo ser hija de un boticario.

Jinshi soltó una breve risa.

—Eso también me llamó la atención.

—No parecía mentir —añadió Tn—.

Pero tampoco quería estar allí.

—Nadie quiere estar donde sabe demasiado —respondió Jinshi—.

Especialmente en este palacio.

Se enderezó.

—De cualquier modo, el problema inmediato está resuelto.

Puedes moverte por todo el palacio y los pabellones sin restricciones.

Considera esto… una cortesía imperial.

Tn asintió.

—Entendido.

Se levantó con calma y caminó hacia la salida.

Antes de irse, se detuvo un segundo.

—Jinshi.

—¿Sí?

—Esa sirvienta… —dudó—.

Vigílala.

Jinshi sonrió de lado.

—Créeme.

Ya lo hago.

Tn salió.

.

.

En un pasillo lejano, Maomao caminaba con la cabeza baja, como cualquier otra sirvienta.

Nadie notó cómo sus dedos temblaban apenas dentro de las mangas.

Infiltración.No siente dolor.Se enferma con facilidad.

Cada dato encajaba como una pieza peligrosa.

—Qué problema… —susurró para sí.

No sabía aún que aquel joven tendría permiso para recorrer todo el palacio.

.

.

Maomao continuó con sus deberes el resto del día como si nada hubiera ocurrido.

Barrer, ordenar, llevar agua, bajar la cabeza.

El cuerpo obedecía por costumbre, pero la mente seguía atrapada en otra parte: una mano enrojecida que no tembló, un rostro pálido que no supo reaccionar.

Cuando el aviso llegó, no lo esperaba.

—La Consorte Gyokuyou desea verte.

El corazón de Maomao dio un salto incómodo.

—¿A… a mí?

—preguntó, cuidando que su voz no revelara nada.

—Muévete —ordenó la mensajera—.

No hagas esperar a Su Alteza.

El trayecto hasta el pabellón de Gyokuyou le pareció más largo de lo habitual.

Pensó en castigos, en silencios incómodos, en favores que siempre venían con un precio oculto.

Gyokuyou la recibió sentada con elegancia, sosteniendo a su hija dormida entre almohadones suaves.

Al verla entrar, sonrió.

—Así que tú eres Maomao.

Maomao se inclinó de inmediato.

—Esta sirvienta no merece ser nombrada por Su Alteza.

—No seas tan rígida —respondió la consorte con un gesto amable—.

Quería agradecerte.

Maomao alzó apenas la vista.

—¿Agradecer…?

—Por salvar a mi hija —dijo Gyokuyou sin rodeos—.

Aunque fingieras ignorancia, sé que fuiste tú quien dejó la advertencia.

Maomao guardó silencio.

—No temas —continuó Gyokuyou—.

No pienso castigarte.

Al contrario.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—Quiero que trabajes para mí… como catadora de venenos.

Por un instante, Maomao olvidó cómo respirar.

Venenos.

Sus ojos se iluminaron antes de que pudiera evitarlo.

Sustancias raras.

Dosis mínimas.

Reacciones químicas.

Riesgos calculados.

—¿Aceptas?

—preguntó Gyokuyou, divertida.

Maomao se inclinó profundamente.

—Sería un honor servir a Su Alteza.

La consorte rio suavemente.

—Ven conmigo.

Te darán nuevas ropas.

Ahora perteneces a mi facción.

Horas después, Maomao observaba su reflejo con atención.

El verde de la tela era más profundo, más refinado.

No era el color apagado de una sirvienta común.

—Al menos es un mejor puesto —murmuró, tocando la manga—.

Y menos probabilidades de morir de hambre.

No sonrió… pero estuvo cerca.

.

.

.

En otro extremo del palacio, Jinshi se arrodillaba frente al emperador.

Vash Stampede Heydrich se encontraba sentado tras una mesa cubierta de documentos.

Su cabello claro caía desordenado y sus ojos parecían cansados… pero alertas.

—¿El informe?

—preguntó sin levantar la voz.

Jinshi lo entregó con ambas manos.

—Las naciones vecinas mantienen sus posturas.

No hay movimientos hostiles inmediatos.

Vash hojeó el informe con rapidez.

—¿Y Tn?

—Recomiendo darle un descanso de sus misiones —respondió Jinshi—.

Su estado físico… es inestable.

Vash levantó la vista.

—¿Su salud?

—Más estable que antes —admitió Jinshi—.

Pero su condición empeora en otro sentido.

No sentir dolor lo expone a riesgos constantes.

Accidentes menores pueden volverse letales si no se detectan.

Vash frunció el ceño.

—Nunca había oído de algo así.

—Yo tampoco —respondió Jinshi—.

No existe nombre para ello, al menos no aún.

Solo sabemos que nació así.

El emperador guardó silencio un momento.

—¿Dónde está ahora?

—Recorriendo el palacio.

Tiene permiso.

Vash asintió… pero su mirada se oscureció.

—No estuve allí —murmuró de pronto.

Jinshi lo miró.

—¿Se refiere a la Consorte Lihua?

—Perdió a su hijo —dijo Vash—.

Y yo seguí encerrado aquí.

Apretó el puño.

—Un emperador que no consuela… ¿qué clase de gobernante es ese?

Jinshi no respondió.

.

.

.

Mientras tanto, Maomao doblaba con cuidado sus antiguas ropas.

Las dejó a un lado, como si se tratara de una piel vieja.

Catadora de venenos.Un puesto estable.Acceso a sustancias raras.

Y, sin querer admitirlo aún, acceso más fácil a cierto joven pálido que podía moverse libremente por el palacio.

—Qué problema —susurró otra vez.

Pero esta vez, su voz llevaba algo distinto.

Anticipación.

Tn caminaba por los jardines sin prisa, observando las plantas como quien mira un paisaje ajeno.

Se detuvo frente a una flor de pétalos delicados y, sin pensarlo demasiado, la tomó entre los dedos.

Sintió un leve cosquilleo.

Una abeja —o tal vez una avispa pequeña— se agitó, clavó el aguijón y cayó muerta al suelo.

Tn miró el insecto unos segundos.

—Ah —murmuró.

Su dedo comenzaba a hincharse, enrojecido, pero no había reacción alguna en su rostro.

Ningún sobresalto.

Ningún reflejo de retirada.

Simplemente soltó la flor y siguió caminando.

Más adelante encontró unos rosales.

Le llamó la atención el contraste entre el rojo intenso de los pétalos y el verde oscuro de las hojas.

Tomó una rosa.

Las espinas se hundieron en su piel.

Pequeños cortes se abrieron en su mano.

La sangre comenzó a deslizarse lentamente entre sus dedos.

—¡E-espera!

Una sirvienta de bajo rango se acercó apresurada, pálida al ver la sangre.

—¡Su mano… está sangrando!

Tn miró su palma como si recién entonces notara el hecho.

—No es necesario molestarse —dijo con calma—.

No duele.

La muchacha parpadeó, confundida.

—P-pero… debería ver a un médico.

—Si insistes.

Ella asintió con fuerza.

—Venga conmigo, por favor.

La botica está cerca.

Lo guió con cuidado, como si temiera que se desmoronara en cualquier momento.

Al llegar, vio que no había nadie.

—Espere aquí —dijo nerviosa—.

Iré a buscar al médico real.

Tn se sentó sin protestar.

Apoyó el codo en la mesa, la sangre formando pequeñas gotas en la madera.

Se quedó allí, esperando.

Fue entonces cuando oyó un ruido detrás.

—…¿esto es raíz de escutelaria o algo parecido?

Una voz baja, concentrada.

Entusiasmada.

Maomao estaba inclinada sobre una mesa, rodeada de frascos y plantas secas.

Sus ojos brillaban mientras revisaba hojas y tallos, murmurando para sí.

—Con esto podría neutralizar… no, mejor si se combina con—.

Se detuvo.

Había notado la presencia.

Se giró.

Sus ojos se fijaron de inmediato en la mano de Tn.

Sangre fresca.Cortes limpios.Inflamación leve.

No necesitó más.

—Tú… —dijo, acercándose—.

¿Qué te pasó?

Tn la reconoció enseguida.

—Hola —saludó—.

Nos volvemos a ver.

—No me “salude” —respondió Maomao, ya a su lado—.

Siéntate bien.

—Ya estoy sentado.

Ella ignoró el comentario y tomó su muñeca con cuidado… pero con firmeza.

Observó la herida de cerca, demasiado cerca para una simple sirvienta.

—¿Te duele?

—No.

Maomao levantó la vista, lo miró a los ojos.

—¿Nada?

—Nada.

El pulso de Maomao se aceleró.

—¿Puedo revisarte?

—preguntó, aunque sus manos ya estaban buscando una tela limpia.

Tn asintió.

—Adelante.

Maomao limpió la sangre con movimientos precisos.

Observó la reacción de la piel, la ausencia total de reflejo.

—Espinas… y antes —murmuró— ¿una picadura?

—Sí.

—¿Y tampoco dolió?

—No.

Ella tragó saliva.

—Eres un desastre andante —sentenció—.

¿Sabes lo peligroso que es eso?

—Me lo han dicho —respondió Tn—.

Pero nunca entendí por qué.

Maomao apretó un poco más la venda.

Solo un poco.

Tn no reaccionó.

Sus ojos se oscurecieron un instante.

Ni siquiera ahora.

—Escucha bien —dijo Maomao en voz baja—.

Tu cuerpo no te avisa cuando está en peligro.

Eso significa que puedes morir por algo tan simple como esto.

—¿Morir?

—repitió él, pensativo—.

Suena exagerado.

No iba a morir por una simple rosa.

Ella lo miró como si fuera un niño ignorante.

—No lo es.

Se incorporó, cruzándose de brazos.

—¿Por qué estabas tocando todo sin cuidado?

—Porque quería saber cómo se sentía.

Maomao frunció el ceño.

—¿Sentirse qué?

Tn dudó un segundo.

—Algo.

El silencio se alargó.

Maomao respiró hondo.

—A partir de ahora —dijo—, no toques nada sin revisarlo antes.

Y no ignores las heridas, aunque no duelan.

—¿Eso es una orden?

—Es una recomendación médica —respondió—.

Y no pienso repetirla.

Tn la observó con atención.

—Eres distinta a las demás.

—Lo sé.

La sirvienta que había ido a buscar al médico aún no volvía.

Maomao bajó la mirada a la mano vendada.

—Volveré a verte —dijo, más como una afirmación que como una promesa.

Tn asintió.

—Supongo que sí.

Y sin darse cuenta, ambos acababan de cruzar una línea invisible:la del cuidado… que pronto dejaría de ser solo profesional.

La sirvienta regresó apresurada, casi arrastrando al médico real con ella.

Guen era un eunuco de mediana edad, de cuerpo regordete y andar pesado.

Sus ojos negros, pequeños y atentos, recorrieron la botica con rapidez hasta detenerse en la mano ensangrentada del joven sentado.

—¿Qué ocurrió aquí?

—preguntó con un deje agudo, claramente alterado.

Sin esperar respuesta, dejó su caja sobre la mesa y comenzó a sacar ungüentos y vendas.

—Extiende la mano —ordenó.

Tn obedeció sin decir palabra.

Guen examinó los cortes, frunciendo el ceño.

—Espinas… y esto —señaló la hinchazón— parece una picadura.

¿Cuánto tiempo lleva así?

—Un rato —respondió Tn.

—¿Un rato?

—el médico chasqueó la lengua—.

Esto podría haberse infectado.

Comenzó a aplicar el ungüento con movimientos rápidos, prácticos.

—¿A cargo de quién estás?

—preguntó sin levantar la vista.

La sirvienta se tensó.

—Y-yo… no lo sé, señor Guen….

Tn habló entonces, con voz tranquila.

—Soy el informante real de la Corte.

El frasco resbaló de las manos de Guen.

—¿E-eh?

El médico soltó un pequeño chillido, apenas audible, y se inclinó de inmediato, ajustando la venda con renovada urgencia.

Maomao sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Le hablé mal….

Desvió la mirada por un instante.

Por favor, que no sea rencoroso.

Pero al observarlo mejor, no podía evitar pensarlo:ese joven no parecía un informante.No tenía la mirada afilada ni el nerviosismo de quien oculta secretos.

Era… distraído.

Demasiado.

Entonces, ¿qué lo hacía tan especial?

Guen terminó de vendar la mano con cuidado exagerado.

—Procure no tocar nada punzante —dijo con voz más suave—.

Y evite las plantas sin conocerlas.

—Lo intentaré —respondió Tn.

—Eso no es suficiente —murmuró el médico, pero se enderezó—.

Debo revisar otros asuntos.

Se giró, pero se detuvo al notar a Maomao.

—Tú… —la miró de arriba abajo—.

¿Eres la nueva catadora de veneno?

Maomao se inclinó ligeramente.

—Sí, señor.

—Hm.

—asintió—.

Mantente atenta.

Este lugar necesita ojos jóvenes.

Y se fue.

Tn se levantó despacio.

—Fue un gusto conocerlos —dijo, inclinando un poco la cabeza hacia Guen ausente y la sirvienta—.

Gracias por la ayuda.

Luego miró a Maomao.

—Tendré más cuidado.

Ella lo observó, dudando si creerle.

—Más te vale —respondió.

Tn salió de la botica.

Ya en el pasillo, levantó la mano vendada y la observó en silencio.

No era la primera vez que un médico lo atendía.Ni la primera vez que le decían lo mismo.

Tener cuidado.

¿Pero cuidado de qué?

Solo temes a lo que puede matarte.

Y aun así, sabía que si eso ocurría…no reaccionaría demasiado.

Siguió caminando, la venda blanca contrastando con su piel, mientras el palacio continuaba su murmullo indiferente.

__________________________________________________________.

Para el que se lo pregunte este tn tiene la condicion de trastorno de no sentir dolor se llama Insensibilidad Congénita al Dolor (CIP), también conocido como Analgesia Congénita, una condición genética rara que impide percibir el dolor físico desde el nacimiento, lo que puede llevar a graves lesiones no detectadas y automutilación.Quise pensar en algo que Maomao tuviera curiosidad,que tal una condicion medica que jamas haya visto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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