Waifu yandere(Collection) - Capítulo 235
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- Capítulo 235 - 235 Vivian part 4 Zenless zone zero
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235: Vivian part 4 Zenless zone zero 235: Vivian part 4 Zenless zone zero Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
___________________________________________________________________________________ Soñar.
Un pulso grave y constante.
Tubos vibrando.
Líquido espeso moviéndose dentro de lo que parecía ser un tanque de contención.
Había voces.
Varias.
Personas con batas blancas discutían mientras pantallas llenas de gráficas carmesí parpadeaban sin descanso.
Vivian sentía que no tenía cuerpo, solo ojos… ojos flotando en medio del recuerdo.
Un par de ojos rojos se abrieron lentamente dentro del tanque.
Cabello violeta con blanco flotando como algas en un mar artificial.
Un traje fino, ceñido, de un material similar al látex, cubría aquella figura.
Una máscara de oxígeno estaba firmemente ajustada al rostro, bombeando aire con un ritmo mecánico.
—Pulso estable.
—Actividad etérea dentro de parámetros.
—Las lágrimas reaccionan otra vez.
Vivian intentó moverse.
No pudo.
Intentó gritar.
No salió sonido alguno.
Entonces lo vio.
Landon.
Su padre adoptivo estaba ahí, erguido, impecable como siempre.
El líder de la Asamblea de la Exacerbación observaba el tanque con una mezcla de fascinación y propiedad.
A su lado, Dina, su hija biológica, tomaba notas con manos temblorosas pero ojos firmes.
—Los augurios son más claros —decía Landon con voz serena—.
Cuando llora… la muerte se ordena.
No es caos.
Es dirección.
Al fin lo estamos logrando.
—¿De verdad es necesario llevarlo tan lejos, padre?
—preguntó Dina, sin apartar la vista de la pantalla—.
Ella… sigue siendo Vivian.
Landon giró apenas la cabeza.
Su mirada fue fría.
—Eso es irrelevante.
Vivian es un recurso.
Un catalizador.
Si queremos crear seres etéreos controlables, debemos romper el concepto de humanidad desde la raíz.
Encontrar al propio Dios caido que guiaría a la humanidad.
Vivian sintió algo desgarrarse dentro de su pecho.
No… no era un recurso… Pero no eran los únicos.
Más atrás, casi oculta entre cables y sombras, había otra figura.
Una mujer.
Piel clara.
Ojos verde azulados apagados.
Cabello rubio largo, sujeto con una cinta manchada.
Una máscara rota cubría media cara, atravesada por venas rojas que pulsaban lentamente, como si algo vivo intentara escapar.
Vivian apenas podía verla bien… pero su presencia pesaba más que todas las máquinas juntas.
—¿Y el prototipo anterior?
—preguntó uno de los científicos, nervioso.
—Fallido —respondió Landon sin dudar—.
Demasiada voluntad propia.
Demasiada… memoria.
Tubo un gran derrame y el liquido frontal escapo de sus cuencas oculares.
La mujer del fondo se movió apenas.
El sonido de cadenas resonó.
Vivian quiso mirar más, entender quién era… pero entonces— BEEP.
BEEP.
BEEP.
El sonido volvió a intensificarse.
El tanque vibró.
El líquido se agitó violentamente.
—¡Está reaccionando otra vez!
—Las lágrimas están aumentando la actividad etérea— —¡Sujeten los sellos!
Landon dio un paso al frente y habló con voz firme, casi ceremonial—Inicien la siguiente fase.
—Denominación oficial: Proyecto Dracula A2.
Ese nombre atravesó a Vivian como una estaca.
—No… —susurró por fin, aunque nadie parecía escucharla—.
No quiero… no quiero recordar esto… Cerró los ojos con fuerza.
El sonido del sonar se deformó.
Las voces se mezclaron.
El rostro de Landon se distorsionó.
Los ojos de la mujer encadenada parecieron mirarla directamente, llenos de algo que no supo nombrar.
Culpa.
Advertencia.
O tal vez… reconocimiento.
—Despierta, Vivian —pareció decirle una voz que no estaba allí—.
Despierta antes de que vuelvas a llorar.
Y entonces— El recuerdo se rompió.
Como cristal sumergido en sangre.
Despierta~ .
.
Abrió los ojos.
El techo le devolvió una imagen conocida, demasiado tranquila para lo que aún latía en su pecho.
Vivian inhaló con brusquedad, como si el aire hubiese estado ausente durante horas.
Su cuerpo estaba empapado en sudor, el camisón pegado a la piel.
A su lado, la almohada que estaba tejiendo antes de dormir reposaba intacta, las agujas aún cruzadas como si el tiempo se hubiese detenido.
—…solo un sueño —murmuró, llevándose una mano al rostro—.
Solo otro maldito sueño.
Se incorporó lentamente.
Sus piernas temblaban, pero no por debilidad… sino por la ira contenida que el recuerdo había despertado.
Caminó hacia la sala, descalza, dejando huellas húmedas sobre el suelo pulido.
El sillón estaba vacío.
La thiren pulpo ya no estaba allí.
Vivian frunció el ceño y se acercó con cautela.
En el cojín, perfectamente colocada, había una tarjeta negra, con letras plateadas pulcras y elegantes.
La tomó entre sus dedos y leyó en voz alta, con un dejo de sarcasmo: —“Servicios de limpieza House Keeping se compromete en limpiar toda escena para la comodidad del cliente.
Atentamente… Sir Lycaon.” Soltó un bufido corto.
—Tsk… eficientes como siempre.
Dejó caer la tarjeta sobre la mesa y se dejó caer en el sillón.
—Supongo que debería agradecerlo —añadió, mirando el espacio vacío—.
Casi siempre estoy dormida como para verlos trabajar.
Su mirada se volvió distante.
—Y mejor así… La última vez que había despertado durante una limpieza, el recuerdo aún le provocaba una mueca incómoda.
Sangre.
Demasiada sangre.
El pánico reflejado en unos ojos que no merecían eso.
—Corin Wickes… —susurró, chasqueando la lengua—.
Cierto.
La imagen volvió con claridad: Una chica bajita.
Cabello verde largo, recogido en coletas.
Lazos negros en forma de X balanceándose mientras retrocedía aterrada.
—Oh my~ —murmuró Vivian, llevándose dos dedos a los labios—.
Pobrecita… casi la desangro del susto.
Suspiró.
—Al menos aceptó la propina… —dijo con un deje de alivio—.
Y mis disculpas.
Se levantó de nuevo, pero esta vez su andar era más lento, más pesado.
Algo seguía clavado en su mente, como una astilla imposible de ignorar.
Ese sueño.
—Maldita sea… —gruñó.
Sus ojos se alzaron hacia la pared.
Ahí estaba otra vez.
La pintura.
Siempre ahí.
Siempre observándola.
Vivian se cruzó de brazos y la analizó con detenimiento.
Las formas eran bellas, demasiado bellas.
Curvas imposibles, colores que parecían moverse si se miraban por demasiado tiempo.
Y aun así… le provocaba una incomodidad visceral, como si algo detrás del lienzo respirara al mismo ritmo que ella.
—Debería tirarte —dijo en voz alta—.
O quemarte.
Se acercó un paso más.
—Pero mírate… —sonrió apenas—.
Esa forma.
Esa manera tan desagradable de existir.
Su sonrisa se volvió más torcida.
—Me atraes.
Apoyó la cabeza contra la pared, justo al lado del marco.
—Tal vez podría subastarte… —murmuró—.
Decir que eres una reliquia antigua.
Un artefacto etéreo perdido.
Nadie sabría la diferencia.
Se separó y alzó una ceja.
—Puedo falsificar los documentos sin problema.
Rió suavemente.
—Más dinero… La risa se apagó.
Sus ojos se volvieron afilados, hambrientos.
—Más dinero significa más tiempo… —susurró—.
Más contratos.
Más favores.
La imagen de Tn cruzó su mente como un relámpago.
—Y más dinero significa que puedo pagar por ti… —dijo con voz baja, casi reverente—.
Por tu gloriosa sangre.
Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón.
—Ese sueño no fue casual, ¿verdad?
—preguntó al aire, o tal vez a la pintura—.
Siempre vuelven cuando estoy cerca de algo importante.
El silencio no respondió.
Pero Vivian sonrió de todos modos.
Porque, en el fondo, sabía que algunas cosas escuchaban, incluso cuando fingían ser solo objetos.
.
.
Caminaba dando pequeños saltos, casi juguetones.
La pintura iba bien cubierta bajo su brazo, envuelta con cuidado, mientras la sombrilla abierta le daba sombra, protegiendo tanto su piel como el lienzo del sol de la tarde.
A simple vista parecía una chica más paseando… pero Vivian jamás caminaba sin intención.
—Mmm~ hoy habrá buenos postores… —murmuró para sí misma, sonriendo.
La casa de subastas ya se alzaba frente a ella, imponente, con su fachada elegante y discretamente vigilada.
Ahí se vendía de todo: ropa de personas importantes, objetos personales, reliquias, armas.
Y si pagabas VIP… humanos o thirens incluidos.
—Qué lugar tan honesto —ironizó en voz baja—.
Nadie pregunta, nadie juzga.
Los etéreos eran siempre la joya más cotizada.
Nadie sabía exactamente qué hacían los compradores con ellos, y a nadie parecía importarle.
Siempre había algún loco —o loca— dispuesto a gastar fortunas enteras en adrenalina pura.
O simplemente querian tener sexo con una aberracion que antes era humana, nadie comprendia el pensamiento de los mas ricos en nueva eridu.
—Mientras paguen… —susurró—.
El mundo sigue girando y girando.*reir* Lo verdaderamente increíble era que todo aquello fuera legal.
Las subastas daban contribuciones enormes al gobierno, y prácticamente todas las mafias importantes participaban.
Comparado con los clubes clandestinos de lucha,prostibulos,campos de secuestro, aquello era casi… respetable.
—Al menos aquí hay mas pudor en cuanto seguridad se puede pedir—pensó—.
No como en los estupidos hangares.
Entró sin problemas.
Los guardias apenas la miraron; ya la conocían.
Vivian avanzó hasta una oficina lateral donde el organizador revisaba documentos.
Era un hombre elegante, con perfume caro y sonrisa entrenada.
Al verla, se levantó de inmediato.
—¡Vivian, querida!
—exclamó acercándose.
Le dio dos besos en las mejillas, que ella correspondió con naturalidad, incluso con cierto cariño ensayado.
—Siempre tan efusivo, Marcel —respondió ella—.
Me haces sentir apreciada.
—¿Y cómo no?
—rió él—.
Cada vez que apareces, mi catálogo se vuelve… interesante.
Vivian alzó ligeramente la pintura cubierta.
—Traje algo especial.
Los ojos del hombre brillaron.
—Oh~ ¿otra de tus joyas robadas?
—bromeó—.
¿De algún pobre diablo importante?
—Digamos que… nadie la está buscando —contestó ella, ladeando la cabeza—.
Aún.
Marcel hizo un gesto para que pasara la pintura a su escritorio.
Con cuidado, retiró la tela que la cubría.
El retrato quedó expuesto.
El ambiente cambió.
El hombre frunció el ceño, inclinándose para observar mejor.
—Hmm… —murmuró—.
Esto… no es común.
Vivian lo observaba con atención, disfrutando la reacción.
—¿Te gusta?
—Es… hermosa —respondió con cautela—.
O al menos intenta parecerlo.
Los pigmentos, el desgaste… pero hay algo extraño.
Se enderezó lentamente.
—No reconozco al retratado —admitió—.
Y eso es raro.
Vivian sonrió, llevándose un dedo a los labios.
—Tal vez sea alguien olvidado.
—O alguien que nunca quiso ser recordado, Mhp~ —añadió Marcel, ajustándose los lentes—.
Deberíamos investigar su procedencia antes de subastarlo.
Un nombre eleva mucho el precio.
Ella se encogió de hombros con aparente indiferencia.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo—.
Yo solo quiero que llegue a las manos correctas… y que paguen bien.
Marcel la miró de reojo.
—Siempre tan práctica.
Vivian se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.
—Y tú siempre tan curioso.
—Sonrió—.
¿Aceptas o no?
El hombre soltó una breve risa.
—Claro que sí.
—Golpeó suavemente el escritorio—.
Lo pondré en revisión prioritaria.
Pero te advierto… Señaló el cuadro.
—Esta cosa atraerá a gente peligrosa.
El estilo y tematica me recuerda mucho a los murales en la antigua capital.
Vivian se enderezó, abriendo su sombrilla de nuevo.
—Perfecto —respondió con dulzura—.
Esos son los que mejor pagan.
Y sin esperar respuesta, dio media vuelta, dejando atrás la oficina… y un retrato que parecía observarla incluso cuando ya no estaba allí.
.
Marcel la guió por la colección que se llevaría a cabo esa noche.
El salón principal estaba iluminado con luces cálidas y vitrinas de cristal reforzado.
Cada pieza tenía su propia historia… y su propio precio.
—Aquí tenemos lo más… selecto —dijo Marcel con orgullo, abriendo los brazos—.
Nada común, nada aburrido.
Vivian caminaba despacio, observando.
Había piezas de arte moderno y antiguo, algunas firmadas por artistas conocidos, otras claramente anónimas pero cargadas de intención.
Retratos de etéreos, algunos inquietantes, otros casi bellos.
Prendas de ropa que habían pertenecido a figuras influyentes.
Y en una vitrina central, una espada rota, sostenida por soportes magnéticos.
Vivian se detuvo frente a ella.
—¿Eso es…?
—Sí —asintió Marcel—.
Del ex Cuerpo de Cazadores Oni.
Encontrada tras la disolución.
El filo está muerto, pero el simbolismo… —sonrió— vale una fortuna.
—La nostalgia vende —murmuró Vivian.
Sabia un poco del ex cuerpo de cazadores.
Le huiera gustado verlos aunque sea solo una vez.
Siguió caminando hasta que algo más llamó su atención.
En una esquina, casi olvidadas entre joyas y relojes antiguos, había unas gafas de sol redondas, de cristal naranja, visiblemente maltratadas.
Vivian frunció ligeramente el ceño.
—Esas… —señaló—.
¿Qué son?
Marcel se acercó, sorprendido de que las hubiera notado.
—Curioso, ¿no?
—dijo—.
Al parecer pertenecieron a alguien importante.
No sabemos a quién exactamente.
Las encontraron en las ruinas de la vieja capital.
—¿Solo eso?
—preguntó ella, tomándolas con cuidado.
—Solo eso… y el hecho de que nadie ha querido quitarlas del catálogo —respondió—.
Como si dieran mala espina.
Son algo pasadas de moda, pero el estilo es por lo menos unico.
Vivian las giró un poco, observando el reflejo del cristal.
—Mmm… —sonrió—.
Me gustan.
Las dejó en su sitio y continuó.
Un enorme retrato dominaba una de las paredes.
Vivian se detuvo en seco.
El hombre del cuadro era alto —casi intimidante—, 192 centímetros, delgado pero claramente musculoso.
Su cabello rubio largo caía con elegancia, y sus ojos dorados parecían seguir a quien lo mirara.
Vestía un uniforme militar grisáceo, con detalles negros y dorados: chaqueta cruzada, pantalones a juego, botas impecables y una estola amarilla que destacaba como un símbolo de poder.Esvasticas doradas como insignia.
Vivian leyó el título.
—Bestia Dorada… —Impresionante, ¿verdad?
—comentó Marcel—.
Nadie sabe si fue real, falso o algo más.
El comprador anterior murió antes de revelar el origen.
Por lo que sabemos vino de un sector alejado de la capital sacada de una mansion casi en ruinas.
La familia notifico que no tenian uso para ella.
Vivian ladeó la cabeza.
—Mhp muy varonil para mi gusto, aunque esos simbolos.No se supone que se habian prohibido?.
—Los problemas venden muy bien, dudo que a los compradores les interese ese detalle —rió él.
Más adelante, un gran libro encuadernado en cuero oscuro descansaba sobre un atril, protegido por un campo de seguridad.
Vivian se acercó de inmediato.
—¿Y eso?
—Ah… —Marcel bajó la voz—.
El catálogo de especímenes vivos.
Ella lo miró con interés abierto.
—¿Puedo?
Marcel dudó apenas un segundo… luego desactivó el seguro.
—Solo un vistazo.
Vivian pasó las páginas con calma.
Thirens, humanos, de ambos géneros.
Algunos perfiles detallados, otros apenas descripciones básicas.
Bajos, altos, y vaya incluso se mencionaban si eran castos.
Más adelante… etéreos.
Sus ojos se detuvieron ahí.
—Cada vez hay menos —comentó Marcel—.
Capturar etéreos se ha vuelto… terriblemente complicado últimamente.
—Claro —murmuró Vivian—.
No cualquiera puede capturar uno vivo.
Cerró el libro con cuidado y dio un par de pasos atrás.
Su expresión se volvió pensativa.
—Marcel… —¿Sí?
—¿Quiénes suelen asistir esta vez?
—Oh, lo de siempre —respondió—.
Mafias, coleccionistas excéntricos, representantes corporativos… y algunos rostros nuevos.
Vivian sonrió, pero su mente estaba en otro lugar.
Tal vez… —Podría traer a alguien —dijo en voz baja—.
Un acompañante.
Marcel alzó una ceja.
—¿Tú?
¿Acompañada?
—sonrió con picardía—.
Eso sí que sería una novedad.
—Quiero ver quién aparece —respondió ella—.
Y no me gusta aburrirme sola.
Pensó en Tn.
En su sangre.
En su presencia.
—Además —añadió—, alguien así sabría apreciar el espectáculo.
Marcel hizo un gesto teatral con la mano.
—Será un honor tenerlos.
Vivian dio media vuelta, su sombrilla balanceándose suavemente.
—Entonces… —susurró para sí—.
Tal vez esta noche sea interesante.
.
Marcel se despidió de Vivian con una inclinación elegante de la cabeza.
—Te avisaré apenas tengamos información concreta sobre la pintura —aseguró—.
Le deseo un exelente dia lady Vivian~ —Oh~ Marcel, eres tan amable,igualmente te deseo buen dia.
—respondió Vivian con una sonrisa ladeada—.
Confío en sus resultados, Marcel.
—Nunca le he fallado —dijo él, besándole ambas mejillas antes de alejarse.
Vivian salió de la casa de subastas, abrió su sombrilla y, ya en la calle, sacó su teléfono.
No perdió tiempo.
Marcó un número que conocía demasiado bien.
—Agencia —respondió una voz neutra—.
¿En qué podemos asistirla?
—Quiero reactivar un contrato —dijo Vivian—.
Producto Tn.
Extensión privada.
Hubo un breve silencio.
Se escuchó el tecleo rápido de un teclado.
—Confirmado.
¿Duración?
Vivian miró el reflejo de su rostro en el cristal de un edificio cercano.
—Varias semanas.
Exclusividad prioritaria.
—El monto será elevado.
—Lo sé —respondió sin dudar—.
Adelante.
La cifra apareció en pantalla.
Vivian apretó los labios… y aceptó.
Gran parte de su dinero se fue en un solo gesto.
—Pago recibido —dijo la aseguradora—.
El producto estará disponible para usted durante el periodo acordado.
—¿Puedo tenerlo en casa?
—preguntó Vivian, bajando un poco la voz.
—Negativo —respondieron—.
El producto no puede residir con el cliente.
Sin embargo, estará siempre disponible para usted.
Además, le enviaremos la dirección del apartamento donde residen los productos.
Un mensaje llegó de inmediato con la ubicación.
—Perfecto —murmuró Vivian—.
Gracias.
—Gracias por confiar en la agencia.
La llamada terminó.
Vivian cerró el teléfono contra su pecho y dejó escapar un suspiro lento.
—Varias semanas… —susurró—.
Será suficiente.
.
.
.
Mientras tanto… Tn estaba en el gimnasio, el aire cargado de metal y sudor.
No buscaba verse como un fisicoculturista, pero mantenía una condición sólida: flexiones controladas, pesas moderadas, respiración estable.
Su camiseta estaba empapada, el cabello pegado a la frente.
“Second thing second Don’t you tell me what you think that I could be I’m the one at the sail, I’m the master of my sea, oh-ooh The master of my sea, oh-ooh” —Una más… —murmuró, levantando la barra con esfuerzo contenido.
“Pain!
You made me a, you made me a believer, believer Pain!
You break me down and build me up, believer, believer” -!BELIEVER UNO DOS UNO DOS BELIEVER!-.
El sonido de su comunicador rompió la rutina.
Ting.
Tn dejó la barra con cuidado dejando que la musica sonara y tomó el dispositivo.
—Tn hablando.
—Le informamos de una actualización de contrato —dijo la voz automática—.
Sus servicios han sido recontratados.
Tn cerró los ojos un segundo.
—¿Cliente?
—Nombre: Vivian.
Duración extendida.
Condiciones prioritarias.
Tn soltó una pequeña risa nasal.
—Otra vez ella… —La compensación ha sido procesada —añadió la voz—.
El pago es considerable.
—Eso lo explica todo —respondió él, encogiéndose de hombros—.
Entendido.
Cortó la comunicación y se pasó una mano por el rostro.
—Bueno… —dijo para sí—.
Al menos pagan bien.
Miró el espejo del gimnasio, su reflejo serio, cansado pero estable.
—Varias semanas, huh… —murmuró—.
Supongo que podría ser peor.
Recogió su toalla, se colgó la mochila al hombro y salió del gimnasio, sin saber que, para Vivian, ese contrato no era solo un servicio… sino una necesidad.
Aunque.
Aún le dolía un poco el cuello.
Tn se pasó los dedos por la piel marcada, notando las cuatro mordidas ya amoratadas.
—Tch… —chasqueó la lengua—.
Como si me hubiera peleado con un animal nervioso.
Hasta donde sabía, Vivian era algún tipo de thiren banshee.
Eso ya era raro de por sí… pero beber sangre lo llevaba a otro nivel.
Le resultaba inquietante, casi sacado de una historia de terror barato, aunque se obligó a racionalizarlo.
—Hay gente con necesidades raras —murmuró mientras se ponía la chaqueta—.
Para eso existe el sindicato… y los contratos.
El sindicato protegía a los “productos” en casos extremos.
Mientras no hubiera mutilaciones permanentes o riesgo de muerte, todo entraba dentro de lo “aceptable”.
Suspiró hondo.
—Prepárate para ser mordido otra vez, Tn.
Miró el aviso del pago reflejado en su comunicador y silbó bajo.
—…pero con esto podría vivir como rey.
Apartamentos decentes, buena comida, cero preocupaciones.
Mucho mejor que la mayoría de la gente de Nueva Eridu.
—No todos pueden decir lo mismo —añadió, con una sonrisa cansada.
.
.
.
Muy lejos de ahí, Marcel se frotaba las sienes frente a una mesa llena de documentos, luces blancas y expertos murmurando entre sí.
El retrato descansaba inclinado contra una pared reforzada.
Un hombre alto, joven.
Ojos azul verdosos.
Cabello blanco, corto, despeinado.
Un lunar bajo el ojo izquierdo.
Traje blanco elegante… demasiado elegante.
Y aquellas venas rojizas que parecían recorrerle el cuello como grietas vivas.
—La técnica es antigua —dijo una mujer con lentes, pasando un escáner—.
Muy anterior a la reconstrucción de Nueva Eridu.
—Vieja capital, sin duda —añadió otro experto—.
El pigmento ya no se usa… y la madera es auténtica.
Marcel cruzó los brazos.
—¿Algún nombre?
Uno de los restauradores levantó la pintura con cuidado y señaló la parte trasera del marco.
—Aquí —dijo—.
Tallado en la madera.
No es una firma moderna.
Leyó en voz alta, despacio—Shav Heydrich Saverem.
El silencio cayó como una losa.
—¿Saverem?
—repitió Marcel, frunciendo el ceño—.
¿Esa familia Saverem?
—Prestigio antiguo —asintió la experta—.
Poder político, militar… y rumores bastante oscuros.Se sabe que tuvieorn una gran finca en una zona exclusiva en los anillos interiores.
Marcel soltó una risa seca.
—Claro… Bueno siempre lo oscuro vale más.
Hah preguntelen a los negros.
Un coro de risas se dio, el comentario era muy asido, pero asertivo.
Antes de que pudiera decir algo más, su teléfono vibró.
Al ver el identificador, suspiró con cansancio.
—Dime que no es lo que creo —murmuró antes de contestar.
—Marcel —dijo una voz suave, demasiado amable—.
Confirmamos nuestra participación en la subasta.
Marcel apretó los dientes.
—White Hollow… —dijo en voz baja—.
Qué sorpresa.
—Nuestra líder estará presente —continuó la voz—.
Solo para observar el catálogo.
—Ajá… —respondió Marcel—.
“Observar”.
Colgó y dejó el teléfono sobre la mesa.
—Maldita sea… —susurró.
Uno de los expertos lo miró con inquietud.
—¿Problemas?
—La secta White Hollow —respondió Marcel—.
Si vienen, no es solo para mirar.
Se pasó una mano por el cabello.
—Esa gente suministra etéreos a las subastas, sí… pero siempre quieren más.
—¿Quién viene exactamente?
—preguntó alguien.
Marcel dudó un segundo.
—Maria Renard.
Algunos tragaron saliva.
—¿La líder?
—La misma —asintió Marcel—.
Hermosa, carismática… y peligrosísima.
No me sentaria solo con ella.
Miró el catálogo de especímenes vivos sobre la mesa.
—Si pone los ojos en esto —añadió—, no comprará una pieza.
Cerró el libro con fuerza.
—Comprará todo.
Era obvio, necesitaban mas miembros y que mejor forma de conseguirlos que comprarlos.
.
.
Vivian había llegado a su hogar y caminaba descalza por la sala, sosteniendo una bolsa de sangre entre los dedos como si fuera una copa de vino.
Bebió un sorbo lento, pensativa, mientras su mirada se perdía entre los maniquíes improvisados y los montones de ropa extendidos sobre el sofá.
—Una subasta… —murmuró—.
No puedo ir con cualquier cosa.
Dejó la bolsa a un lado y tomó un vestido negro, largo, de tela fluida.
Lo levantó frente al espejo, ladeando la cabeza.
—Demasiado sobrio… —lo descartó—.
Necesito algo que imponga silencio cuando entre.
Suspiró con cierta pena.
—Lástima que no pueda invitar a mis amados proxys… —dijo en voz baja, casi dulce—.
Wise y Belle no deben ver el bajo mundo.
No… no deberían saber en qué cosas estoy metida.
Se consoló recorriendo con la mirada las paredes cubiertas de retratos, fotos impresas, pósters y pequeños altares improvisados dedicados a ellos.
—Es mejor así —se convenció—.
Yo los protejo… aunque no lo sepan.
Luego pensó en Tn.
—Y tú… —sonrió—.
También necesitarás algo decente.
Rebuscó en un armario cerrado con llave y sacó un traje oscuro, clásico, perfectamente planchado.
—Esto servirá.
Se sentó a esperar, paciente… o al menos lo intentó.
.
.
Un par de horas después, alguien tocó la puerta.
Vivian se incorporó de inmediato, alisándose el vestido que había elegido al final: negro, elegante, con detalles sutiles que absorbían la luz.
Abrió la puerta con una sonrisa contenida.
—Llegas puntual —dijo.
Tn estaba allí, un poco rígido, con las manos en los bolsillos.
—Buenas… —respondió—.
Me dijeron que… —miró el interior— ¿no es aquí?
—Lo es —asintió ella—.
Pasa.
Mientras cerraba la puerta, los ojos de Vivian se fijaron por un instante en el cuello de Tn.
La vena marcaba un pulso constante.
Demasiado constante.
Sus dedos se crisparon levemente.
No ahora.
Contrólate.
—Antes de cualquier cosa —dijo, girándose hacia él—, iremos a una subasta.
—¿Subasta?
—repitió Tn, parpadeando—.
No esperaba eso, pero… está bien.
Ella le tendió el traje.
—Cámbiate.
Necesitas estar presentable.
Tn lo tomó, sorprendido.
—Vaya… esto es de buena calidad.
—No llevo basura a eventos importantes —respondió ella con frialdad elegante.
Mientras él se cambiaba, Vivian caminaba de un lado a otro.
Su respiración estaba controlada, pero sus instintos gritaban.
Cada recuerdo del sabor de su sangre regresaba como un eco insistente.
No saltes.
No muerdas.
Después… quizá después.
Tn salió ya vestido.
El traje le quedaba sorprendentemente bien.
—¿Así está bien?
—preguntó.
Vivian lo observó unos segundos de más.
—…Sí —dijo al fin—.
Está perfecto.
Notó su propio silencio y carraspeó.
—Escucha —añadió—.
Quiero ser clara contigo antes de salir.
Tn frunció ligeramente el ceño.
—Dime.
Ella se acercó, manteniendo una distancia medida.
—No busco una relación normal —dijo sin rodeos—.
Más allá de cliente y producto, esto no irá.
Tn asintió despacio.
—Lo entiendo.
No es la primera vez que lo escucho.
Vivian continuó, con voz firme pero honesta—Y si en algún momento llegara a sentir algo por ti… —desvió la mirada apenas—, mi corazón ya pertenece a otros.
—¿A otros?
—preguntó él, sin ironía.
Vaya al menos no le gustaba a la loca.
—A mis amados proxys —respondió—.
Wise y Belle.
Ellos son todo para mí.
Tn guardó silencio unos segundos y luego soltó una leve risa nerviosa.
—Bueno… gracias por decirlo claro —dijo—.
Prefiero eso a las medias verdades.
Vivian lo miró de reojo.
—¿Te incomoda?
—N-no —negó—.
De hecho… me tranquiliza un poco.
Ella arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí —admitió—.
Al menos sé dónde estoy parado.
Por primera vez desde que abrió la puerta, Vivian sonrió de verdad.
—Bien —dijo, tomando su sombrilla—.
Entonces vámonos.
Abrió la puerta, conteniéndose una vez más de no abalanzarse sobre él.
—La subasta nos espera —añadió—.
Y será… interesante.
Tn tragó saliva, mirando el exterior.
—Claro si usted… lo dice, señorita Vivian.
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