Waifu yandere(Collection) - Capítulo 238
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238: Yor briar part 2 Spy x Family 238: Yor briar part 2 Spy x Family Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.
Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
________________________ Canta al cielo, canta en oro.
Mi voz se extiende y lo extingue todo; cantaré tan alto que los gritos de esta ciudad cesarán.
Bailen y alaben, pues he descendido una vez más.
Esvásticas doradas brillarán mientras el rey se levantará.
Sin embargo, el oro es brillante, pero más brillante es el futuro.
Con estos ojos sólo veo una línea fija.
Sé que no soy el verdadero oro, sólo una copia… una copia que vive para estar con ustedes.
______________________________________________________________________________ Los llantos de una bebé de cabello rosado resonaban bajo la lluvia.
Las gotas golpeaban el suelo de piedra con un ritmo cruel, constante, como si el cielo insistiera en recordarles que nada se detenía por el dolor humano.
Una sombrilla negra se alzaba sobre dos figuras: un hombre inmóvil y un pequeño bulto envuelto en mantas.
La mirada de Tn Hargreeves estaba casi vacía.
Frente a él, el ataúd descendía lentamente.
Había algunos conocidos alrededor, rostros serios, palabras que ya no importaban.
El entierro de Elaine Potts Hargreeves había terminado.
En sus brazos, no… en su vida, sostenía a su hija.
—Shhh… —susurró con la voz rota—.
Está bien… papá te tiene.
Pero Anya Hargreeves Forger seguía llorando, ajena a la lluvia, al frío y a la ausencia irreversible que acababa de marcar su existencia.
Meses.
Meses esperando su nacimiento.
Meses en los que Tn había pasado cada segundo posible con Elaine.
Meses en los que su esposa había enfermado poco a poco, apagándose como una vela que se consume sin hacer ruido.
Él había hecho todo.
Había sido médico, esposo, vigilante incansable.
Había agotado tratamientos, consultas, desvelos.
Y aun así… no fue suficiente.
Tn apretó con más fuerza el mango del paraguas.
—Lo siento… —murmuró, sin saber a quién—.
Lo siento tanto… Los asistentes comenzaron a dispersarse.
El médico en jefe del hospital, un hombre mayor de cabello canoso, se acercó con pasos lentos.
—Hargreeves… —dijo con voz grave—.
Tendrás tiempo fuera del servicio.
El que necesites.
Miró a la bebé con una mezcla de respeto y tristeza.
—Cuida de ella.
Y… cuídate tú también.
Tn no levantó la vista.
—Gracias… doctor.
El hombre pareció querer decir algo más.
Abrió la boca, dudó… y finalmente se dio media vuelta, alejándose bajo la lluvia.
El llanto de Anya no cesaba.
Tn bajó la mirada hacia ella.
Sus ojos, aún enrojecidos por el llanto, se suavizaron apenas.
—Lo sé… —susurró—.
Lo sé, pequeña… Mamá debería estar aquí.
.
.
El camino de regreso fue silencioso.
La lluvia había cesado, pero el frío seguía colándose entre las calles vacías.
Al abrir la puerta del apartamento, el silencio lo golpeó más fuerte que cualquier palabra.
—Ya estamos en casa… —dijo en voz baja, como si Elaine aún pudiera escucharlo.
El lugar estaba demasiado vacío.
Entró al cuarto que él mismo había pintado junto a ella, con colores suaves, risas y planes que ahora parecían de otra vida.
Colocó con cuidado a Anya en la cuna.
La bebé se calmó apenas unos segundos.
Tn salió a la sala principal.
Se sentó en el sofá.
Y entonces… se quebró.
Cubrió su rostro con ambas manos.
—¿De qué sirvió todo…?
—susurró, con la voz ahogada—.
¿De qué sirvió intentarlo tanto…?
El eco de su propia respiración fue la única respuesta.
—Primero papá… —continuó, casi sin darse cuenta—.
Luego los amigos… y ahora tú, Elaine… Alzó la vista, perdida.
—¿Por qué el mundo está tan empeñado en joderme…?
Suspiró profundamente.
El cansancio no era físico; era algo más profundo, más pesado.
Se dejó caer contra el respaldo del sofá.
—Tal vez… —murmuró— tal vez ya no valga la pena seguir… Seguir……
Para que………
Entonces, el llanto volvió.
Agudo.
Desesperado.
Los ojos de Tn se abrieron de golpe.
—¡Anya!
Corrió al cuarto, casi tropezando.
La tomó en brazos con torpeza, preparó el biberón con manos temblorosas.
—Tranquila… tranquila… ya estoy aquí… La bebé se aferró al biberón, su llanto reduciéndose poco a poco hasta convertirse en suaves sollozos.
Tn se dejó caer al lado de la cuna, sentado en el suelo.
La miró.
Tan pequeña.
Tan indefensa.
—¿Qué mierda estaba pensando…?
—susurró, con una risa rota—.
Claro que la vida vale la pena… Acarició con cuidado el cabello rosado de su hija.
—Te tengo a ti.
Anya abrió los ojos por un instante.
Sus pupilas lo observaron con una atención imposible para una recién nacida.
Y en lo más profundo de su mente, una voz infantil y confusa resonó: Papá está muy triste… Tn no lo supo.
Solo sonrió, una sonrisa cansada pero sincera.
Un tarareo que solia escuchar por la radio.
—Si todo el mundo~ está envuelto en tristeza~… —murmuró— entonces papá~ te mostrará una sonrisa.
Aunque me cueste~.
Se inclinó, apoyando la frente contra el borde de la cuna.
—Te lo prometo, Anya… no te soltaré nunca.
La guerra podía esperar.
El dolor también.
Desde ese instante, su mundo cabía en una cuna.
.
.
Uno pensaría que la paternidad es fácil, ¿verdad?
Oh boy… ooooh boy.
Tn gruñó por lo bajo mientras intentaba colocarle el pañal a la pequeña Anya —o Nya, como a veces la llamaba sin darse cuenta—.
La bebé pataleaba con una energía casi ofensiva para alguien que había dormido menos de tres horas.
—Cariño… por favor… —murmuró con voz cansada, sujetándole suavemente los tobillos—.
Papá tiene que ir a trabajar.
Coopera conmigo, ¿sí?
Anya respondió con un chillido agudo y una carcajada burbujeante que no ayudó en absoluto.
El pañal salió volando y, en el intento desesperado por corregir el desastre, Tn terminó con media cara salpicada de agua tibia de un biberon.
—Genial… perfecto… —suspiró, empapado, mientras cerraba los ojos—.
Esto es exactamente lo que necesitaba para empezar el día.
El baño fue otra batalla perdida.
El agua terminó en su ropa, en el suelo y en el espejo.
Cuando por fin logró secarla con una toalla, la dejó un segundo sobre la cama para cambiarse… un segundo demasiado largo.
—¡Anya!
—exclamó.
La bebé rodó peligrosamente hacia el borde.
Tn se lanzó sin pensarlo, cayendo de cara al suelo con un golpe seco, pero levantando los brazos justo a tiempo para mantenerla a salvo.
Se quedó allí unos segundos, respirando agitado, con la niña riéndose como si aquello hubiera sido el mejor juego del mundo.
—…Te voy a cobrar esto cuando seas mayor —murmuró, medio riendo, medio al borde del colapso.
La hora de comer fue peor.
Anya lloraba con fuerza, rechazando el biberón como si fuera un enemigo personal.
El llanto resonaba por todo el departamento, mezclándose con el sonido de los peluches cayendo y cajas de pañales amontonadas por todas partes.
Tn tenía profundas ojeras bajo los ojos, el cabello completamente despeinado y la camisa mal abotonada, manchada aquí y allá.
—Vamos… por favor… —le dijo, moviendo suavemente el biberón—.
La Srt.Buch solía decir que te gustaba así…Donde encontrare una nana.
La mención del nombre hizo que su voz se quebrara un segundo.
Anya siguió llorando, ajena al peso de esas palabras.
Entonces, tocaron la puerta.
Tn dejó a Anya en el suelo con su biberón —que ella ignoró por completo— y caminó arrastrando los pies hasta la entrada.
Al abrir, se encontró con uno de sus compañeros del hospital.
El hombre lo miró de arriba abajo, arqueando una ceja.
—…Vaya.
—silbó—.
Te ves hecho un desastre.
—Gracias —respondió Tn sin humor—.
¿Qué necesitas?
El médico le extendió una nota doblada.
—Tu solicitud fue aceptada.
Tn parpadeó, confundido, y abrió la carta con manos temblorosas.
Leyó rápido, luego más despacio.
Sus hombros se relajaron un poco.
—¿En serio…?
—susurró.
—Sí.
—asintió su compañero—.
El hospital permitirá que una nodriza calificada cuide de tu hija mientras trabajas.
Tendrás a la bebé allí mismo.
No cualquiera consigue algo así.
Tn apretó el papel contra su pecho.
—Gracias… de verdad.
No sabes lo que significa para mí.
—Tienes suerte —añadió el hombre—.
Ser un gran médico ayuda mucho en estos casos.
Desde el interior del departamento, Anya dejó escapar otro llanto indignado, como recordándole que el tiempo no se detenía.
—¿Quieres pasar?
—ofreció Tn—.
Puedo preparar algo… bueno, intentar preparar algo.
El médico negó con la cabeza, sonriendo apenas.
—Mejor no.
Tengo que hacer unas compras antes de que todo cierre.
Cuídate, ¿sí?
Y cuida de ella.
—Siempre —respondió Tn.
Cerró la puerta y se apoyó un momento contra ella, respirando hondo.
Luego volvió con Anya, la tomó en brazos y apoyó su frente contra la de ella.
—¿Escuchaste eso?
—le dijo en voz baja—.
Papá va a llevarte con él.
No estarás sola… nunca.
Anya dejó de llorar por un instante, mirándolo con esos ojos grandes y curiosos.
Tn sonrió, cansado, roto… pero decidido.
—Te lo prometo.
Al decir eso, la bebé rió.
No fue un sonido fuerte ni escandaloso, apenas un gorjeo suave, pero para Tn fue suficiente.
Su rostro cansado se iluminó con una sonrisa genuina, de esas que no nacen de la felicidad completa, sino de la decisión de seguir adelante.
La sostuvo con cuidado y comenzó a tararear en voz baja, casi como un rezo.
—Si todo el mundo envuelto en tristeza está… —susurró— …solo muestra una sonrisa.
Anya lo miró, fascinada, y volvió a reír, moviendo sus pequeñas manos en el aire.
Tn apoyó la frente contra la de ella.
—Eso es, pequeña.
Sonríe… jeje creo que eso es bueno.
Y así fue como Tn empezó a dividir su tiempo.
Durante el día trabajaba en el hospital, moviéndose con precisión y profesionalismo entre camillas, diagnósticos y turnos interminables.
Anya quedaba al cuidado de la sección infantil, rodeada de enfermeras que la adoraban y médicos que, en silencio, respetaban al hombre que nunca se quejaba y nunca faltaba.
—Doctor Forger —le decía una enfermera a veces—, su hija es increíblemente tranquila.
Tn sonreía con cansancio.
—Eso es porque todavía no aprende a correr —respondía—.
Cuando lo haga, recen por ustedes.
Los años pasaron casi sin darse cuenta.
Uno.
Dos.
Tres.
Anya creció entre pasillos blancos y luces frías, aprendiendo a caminar agarrándose de las batas médicas, llamando “papá” a Tn mientras él firmaba papeles o revisaba historiales.
Para muchos, él parecía demasiado positivo para ser real: siempre correcto, siempre funcional, siempre avanzando.
Trabajar.
Volver a casa.
Cuidar de Anya.
Cuando ella por fin se dormía, abrazando algún peluche, Tn se quedaba solo en la cocina.
Abría una botella de whisky viejo, servía un poco —nunca demasiado— y se sentaba en silencio.
—Solo uno… —murmuraba, levantando el vaso—.
Para dormir.
Bebía.
Cerraba los ojos.
Dormía.
Y al día siguiente, repetía.
Ese ciclo se extendió más tiempo del que le gustaría admitir.
Hasta que una noche, mientras Anya dormía profundamente, Tn se quedó mirando la mesa de la cocina.
No había whisky esa vez.
Solo papeles, un lápiz… y una pregunta que no podía seguir ignorando.
—La escuela… —susurró.
Se pasó una mano por el rostro, pensativo.
—Educación en casa no sería mala —dijo para sí—.
Podría enseñarte yo mismo.
Sería más seguro… más fácil.
Prufff tengo como 3 doctorados.
Pero la imagen de Anya sola, sin amigos, sin risas infantiles a su alrededor, le apretó el pecho.
—No… —negó con suavidad—.
Necesita conocer el mundo.
A su manera.
Al día siguiente, en su oficina del hospital, Tn se quedó mirando por la ventana.
Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente.
Entonces, un nombre cruzó su mente.
—La Academia Eden… Lo dijo en voz baja, como si probara el peso de esas palabras.
—Prestigiosa.
Privada.
Élites de Ostania… —enumeró—.
Sonará exigente, pero también… estable.
Se reclinó en la silla, cruzando los brazos.
—Tal vez ahí pueda hacer amigos.
Tal vez descubra lo que quiere ser.
Sonrió, imaginando algo imposible y, aun así, reconfortante.
—Quién sabe —añadió con una leve risa—.
Tal vez heredes mi talento y termines siendo médica algún día.
Se levantó de la silla, decidido.
—Sea lo que sea que elijas, Anya… —murmuró—.
Papá va a estar ahí.
Siempre.
En algún lugar del hospital, una niña de cabello rosado dormía tranquilamente, sin saber que su futuro acababa de dar un pequeño, pero importante, giro.
.
.
Perspectiva Anya.
Anya se despertaba en la arena infantil con un pequeño bostezo.
—Mmm… —se talló los ojitos—.
¿Chimera…?
Buscó a tientas hasta que sus dedos encontraron el peluche de león quimera.
En cuanto lo abrazó, sonrió de oreja a oreja.
—¡Chimera está aquí!
—rió, apretándolo contra su pecho—.
Buenos días.
El peluche, por supuesto, no respondió… pero en la cabeza de Anya sí lo hizo.
“Te tardaste mucho en despertar.” —No es cierto —murmuró Anya, inflando un poco las mejillas—.
Anya estaba soñando.
Se sentó en la colchoneta y comenzó a mover las piernas con energía.
—Hoy Anya tiene muchos planes —le dijo al peluche con total seriedad—.
Primero, comer con papi.
Luego caminar al parque.
Y después ver el show del ave de Hermes, donde el señor pájaro viaja y pelea y es súper genial.
“Vaya, tienes el día completamente planeado.” Anya asintió con fuerza.
—¡Sí!
Anya es muy ocupada.
De pronto, su expresión cambió.
No fue algo visible para los demás, solo un pequeño silencio en su mente.
Voces.
Muchas voces.
“Tengo que cambiar el turno…” “Ese paciente no ha mejorado…” “El doctor Forger no ha dormido bien otra vez.” Anya frunció ligeramente el ceño.
—Ah… —susurró.
Eso.
Eso era algo que Anya había tenido desde siempre.
Escuchar lo que las personas pensaban, incluso cuando no hablaban.
Al principio le daba miedo, pero Chimera le había explicado.
“No le digas a nadie.” “Si lo haces, te llevarán lejos de tu papá.” Anya apretó fuerte el peluche.
—Anya no dirá nada —susurró con determinación—.
Nunca.
Y cumplía esa promesa.
Siempre.
Aunque… a veces usaba ese podercito para cosas importantes.
Como saber dónde papi escondía los dulces.
—Papi piensa que Anya no sabe —murmuró con una risita—.
Pero Anya sabe todo.
Se levantó y salió del área infantil, caminando por los pasillos blancos del hospital.
Las paredes eran enormes, así que Anya sacó unos crayones de su bolsillo y comenzó a dibujar.
Rayas.
Caritas felices.
Un ave gigante con capa.
—Es Hermes —explicó en voz alta, como si alguien se lo hubiera pedido—.
Está salvando el mundo.
Oh cosita adorable si de verdad supiera.
Un paciente mayor, sentado en una silla de ruedas, la miró y sonrió.
—¿Qué dibujas hoy, pequeña doctora?
Anya levantó la cabeza, orgullosa.
—¡Anya no es doctora!
—dijo—.
Todavía.
El hombre rió suavemente.
—Entonces será una gran doctora algún día.
Anya ladeó la cabeza.
—¿Como papi?
—Exactamente como tu papá.
Eso la hizo sonreír aún más.
En ocasiones, Anya se ponía una bata blanca demasiado grande para ella.
Arrastraba un poco por el suelo, pero eso no le importaba.
Caminaba con aire serio, imitando a los adultos.
—Mmm… —decía, tocando su mentón—.
Usted necesita descansar y comer verduras.
—¿Sí, doctora?
—preguntaba una enfermera, divertida.
—¡Sí!
—respondía Anya con autoridad—.
Y sonreír más.
A todos les agradaba Anya.
Su risa llenaba el hospital de algo que no estaba en los expedientes médicos: calor.Una alegria infantil que un adulto ya no tenia.
Pero a veces… a veces Anya escuchaba pensamientos tristes.
“Estoy cansado…” “No sé si podré seguir…” “Otro dia mas…” Anya se detenía cuando escuchaba eso.
Sabía que esa voz era de papi.
Lo buscaba con la mirada hasta encontrarlo, siempre trabajando, siempre serio.
Entonces corría hacia él y lo abrazaba por la pierna.
—¡Papi!
Tn se sobresaltaba un poco, pero enseguida sonreía.
—Anya… —decía, agachándose—.
¿Todo bien?
Anya lo miraba fijamente, como si intentara entrar en su cabeza sin usar su poder.
—Papi… —murmuraba—.
Anya está aquí.
Tn la abrazaba con cuidado.
—Lo sé, pequeña.
Yo también.
Anya no entendía del todo la tristeza de los adultos.
Pero sabía algo muy importante.
Mientras estuviera con su papi… Mientras pudiera sonreír… Todo iba a estar bien.
Tn cargó a Anya en brazos y comenzó a caminar por los pasillos del hospital.
Sus pasos resonaban suavemente sobre el suelo pulido mientras avanzaban entre médicos y enfermeras.
Alzó la mirada y notó las paredes… llenas de dibujos.
—Anya… —suspiró, deteniéndose un segundo—.
¿Otra vez?
Anya escondió el rostro contra su hombro, pero dejó asomar una sonrisa traviesa.
—Anya solo hizo al pajarito… —murmuró—.
Estas enojado papi.
Tn cerró los ojos un instante, como si fuera a regañarla… pero luego soltó el aire y sonrió de lado.
—Está bien —dijo finalmente—.
Pero mañana dibujamos en papel, ¿sí?
—¡Sí!
—respondió Anya con entusiasmo—.
¿Y papi…?
—¿Mm?
—Anya quiere maní.
Y dulces.
Tn arqueó una ceja.
—Eso suena a dos cosas prohibidas juntas.
Anya infló las mejillas.
—Anya se portó bien.
—¿Bien como en “no correr por los pasillos”?
—…Bien como en “Anya sonrió mucho”.
Tn rió bajo.
—Está bien —concedió—.
Si te portas bien en casa, te llevo a comprar maní.
—¡Y dulces!
—añadió ella rápidamente.
—Veremos.
Varias enfermeras los miraron pasar, algunas suspirando con una sonrisa.
—Es un padre increíble… —murmuró una de ellas.
—Y ella lo tiene completamente dominado —respondió otra en voz baja.
El turno terminó, y cuando salieron del hospital el sol ya se ocultaba, tiñendo el cielo de naranja y violeta.
Tn bajó a Anya y tomó su pequeña mano.
—Cuidado con los escalones.
—Anya puede sola —dijo ella con orgullo.
Caminaron juntos de regreso a casa.
Anya avanzaba dando pequeños saltos, pero su mente estaba atenta.
“Escuela…” “Eden…” “¿Será lo mejor para ella?” Anya ladeó la cabeza.
—Papi… —¿Sí?
—¿Escuela es fea?
Tn se detuvo un segundo.
—No necesariamente —respondió con cuidado—.
A veces es difícil… pero también puedes hacer amigos.
Los ojos de Anya brillaron.
—¿Amigos de verdad?
—Sí.
De los que juegan contigo y se enojan y luego se reconcilian.
Creo que asi funcionaba.
Anya pensó en eso.
—Entonces… tal vez escuela no es tan mala.
Llegaron a casa.
Anya dejó los zapatos tirados y corrió directo a la sala.
—¡Caricaturas!
—gritó mientras encendía la televisión.
Tn negó con la cabeza, sonriendo cansado.
Colgó su abrigo en el perchero y se dirigió a la cocina.
Encendió la radio; una melodía suave llenó el ambiente.
—A ver… —murmuró mientras sacaba ingredientes—.
No puedo alimentarte solo con pan y carne otra vez.
Abrió un libro de recetas viejo, manchado aquí y allá.
—Verduras… especias… —suspiró—.
Elaine, te necesito ahora mismo.
Cortó, mezcló, probó.
—Esto está horrible —dijo tras probar un poco—.
Bueno… peor es nada.
Anya apareció en la puerta de la cocina, abrazando a Chimera.
—Papi, huele raro.
—Es comida descuida.
—¿Es peligrosa?
—Un poco —admitió—.
Pero sobreviviremos.
Anya rió.
—Anya confía en papi.
Eso hizo que Tn se detuviera un instante.
La miró y sonrió con una calidez silenciosa.
—Gracias, pequeña.
Sirvió la cena y la puso frente a ella.
—A comer.
Anya probó un bocado… y se quedó quieta.
—… —¿Está tan mal?
—preguntó Tn, tenso.
Anya tragó y levantó el pulgar.
—Sabe raro bleeee.
Tn soltó una carcajada.
—Eso suena… justo.
Se sentaron juntos a cenar, la radio sonando de fondo, las caricaturas murmurando desde la sala.
No era una vida perfecta.
Pero era su vida.
.
.
.
No muy lejos de ahí, gritos de los guardias de seguridad desgarraban la noche.
—¡¿Qué fue eso?!
—¡Ahí… ahí está…!
No hubo tiempo para más palabras.
Cuerpos cayeron uno tras otro, algunos sin siquiera entender qué los había alcanzado.
La sangre salpicó las paredes, el suelo, los pasamanos de mármol.
Todo ocurrió en segundos.
“Princesa Espina” estaba haciendo su trabajo.
Sus movimientos eran precisos, casi elegantes, pero cargados de una brutalidad absoluta.
Sus brazos se movían como si danzara, y cada giro dejaba atrás un cuerpo inerte.
Las súplicas no existían para ella.
Los gritos no significaban nada.
Un senador opositor intentó retroceder, tropezando.
—¡E-espera!
¡Puedo pagar más!
¡Tengo familia!
Los ojos de Yor no cambiaron.
—El encargo… —murmuró con voz vacía—.
Es eliminarte.
Las espinas doradas atravesaron su cuerpo sin vacilación.
El sonido fue seco.
Final.
Silencio.
Yor se quedó inmóvil un segundo, respirando hondo.
Luego limpió con cuidado las hojas de sangre, guardó sus estiletes y salió del edificio con una agilidad sobrehumana.
Saltó de balcón en balcón hasta alcanzar un tejado alto, donde se detuvo.
La luna iluminó su figura.
Ahí, su postura rígida se relajó.
Sus hombros cayeron.
Su expresión cambió por completo.
—El trabajo… ya está hecho —susurró, más para sí misma que para nadie.
Se sentó en el borde del tejado, colgando las piernas.
El viento frío le despejó un poco la mente… y entonces llegó el problema real.
—Pero ahora… —murmuró, llevándose una mano al rostro—.
¿Qué voy a hacer…?
Miró sus manos.
Aún temblaban levemente.
—Ser soltera… es peligroso —pensó en voz alta—.
Especialmente ahora.
La guerra “pacífica” no era realmente pacífica.
Espías por todas partes.
Sospechas constantes.
Mujeres solas eran observadas, interrogadas… señaladas.Todo aquel sin familia o de edad media era sospechoso.
—Si creen que soy espía… —tragó saliva—.
O peor… si descubren lo que realmente hago… Un escalofrío recorrió su espalda.
—Ni siquiera Yuri podría ayudarme —murmuró con tristeza.
Su hermano trabajaba en la policía secreta, sí… pero incluso él tenía límites.
Y Yor lo sabía.
—No puedo depender de él —se dijo—.
Tengo que ser… normal.
Bajó del tejado con un salto suave y comenzó a caminar por la calle, mezclándose con la gente nocturna.
Ajustó su abrigo, escondiendo cualquier rastro de sangre.
—Por ahora… soy masajista —repitió como un mantra—.
Una simple masajista.
Recordó las palabras que había escuchado tantas veces.
“Las mujeres solteras llaman demasiado la atención.” “Una mujer sin familia es sospechosa.” Yor apretó los labios.
—Tal vez… —dijo en voz baja—.
Tal vez debería… formar una familia falsa.
La idea la golpeó con fuerza.
Pero como funcionaba una familia.
—¿C-casarme…?
—susurró, ruborizándose—.
No… no sabría cómo… No conocia a nadie y ser social no era lo suyo.
Imaginó una casa tranquila.
Una rutina normal.
Un lugar donde no tuviera que esconderse constantemente.
—Solo sería una tapadera —se apresuró a decir—.
Nada más.
Pero aun así, su corazón latió más rápido.
—Una familia… —repitió—.
Eso podría protegerme.
Siguió caminando, sin saber que, no muy lejos, un médico cansado y una niña de cabello rosado estaban cenando juntos, sin imaginar que sus destinos acababan de comenzar a acercarse lentamente.
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