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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 242

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Capítulo 242: Scheherazade Fgo

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

______________________________________________

Quería llorar.

Quería gritar.

Scheherazade lo sabía desde antes de cruzar las puertas del palacio: si entraba, algo de ella no volvería jamás. Pero también sabía otra verdad más pesada aún: si no lo hacía, al amanecer otras mujeres inocentes serían ejecutadas, una tras otra, hasta que el suelo del reino se acostumbrara al rojo.

Así que caminó.

Vestida con un velo facial translúcido que ocultaba apenas sus labios temblorosos, un tocado ornamentado que pesaba como una corona que no había pedido, joyas que tintineaban como cadenas suaves. Sus hombros estaban descubiertos, su abdomen respiraba el aire frío del salón, y las faldas vaporosas rozaban el mármol como si temieran ensuciarse de sangre.

El rey Shahryar la observaba desde el trono.

Sus ojos no eran de curiosidad.

Eran de posesión anticipada.

—Habla —ordenó—. Que tu voz justifique el amanecer.

Scheherazade tragó saliva.

Y comenzó.

.

.

Primera noche

El mito del Avesta Negro y Blanco.

—Majestad… —su voz fue suave, casi una caricia al aire—. Permíteme contarte un viejo relato. Uno que se decía incluso antes de que los reyes aprendieran a odiar.

El rey no respondió. Solo apoyó el mentón en su mano.

—Habla.

—Se dice que en los albores del mundo existía una diosa llamada Mitra. No era diosa de amor ni de guerra… sino de la prueba.

Un leve interés cruzó el rostro del rey.

—¿Una diosa que prueba a los hombres?

—No solo a los hombres, mi señor —corrigió ella con cuidado—. A todo aquello que desea ser eterno.

El salón quedó en silencio.

—Mitra buscaba al Guerrero Perfecto —continuó—. No al más fuerte, ni al más puro. Buscaba a aquel capaz de cargar con el peso del mundo… sin romperse un guerrero tan unico que seria imposible.

—¿Y lo encontró? —preguntó el rey, por primera vez.

Scheherazade bajó la mirada.

—Eso… lo contaré mañana, si así lo deseas.

El amanecer llegó.

Y ella vivió una noche más.

.

.

Segunda noche

—Continúa —dijo Shahryar, antes incluso de que ella se inclinara.

Scheherazade alzó la cabeza.

—Mitra creó entonces una guerra. No por crueldad… sino por necesidad. Una guerra eterna entre Blanco y Negro, donde hombres y demonios luchaban sin descanso.

—¿Demonios? —sonrió el rey—. Me agradan los cuentos con demonios.

—Porque los demonios —respondió ella— nunca fingen ser justos.

El rey rió suavemente.

—¿Y el guerrero?

—Entre el caos y matanza surgió uno —dijo Scheherazade—. Su nombre era Magsarion.

El nombre resonó extraño, pesado.

—No nació héroe —continuó—. Nació con manos manchadas. Mil crímenes lo esperaban para el infierno… y mil actos de bondad también para ganarse el cielo.

—¿Entonces era bueno o malo? —preguntó Shahryar.

Scheherazade lo miró a los ojos por primera vez.

—Eso, majestad… depende de quién cuente la historia.

El rey guardó silencio largo rato.

—Mañana —ordenó—. Mañana seguirás.

.

.

Tercera noche

—Magsarion caminaba por campos cubiertos de cadáveres —dijo Scheherazade—. Cada paso lo acercaba al infierno… y cada decisión lo alejaba de él.

—¿Redención? —escupió el rey—. Los mosntruos no se redimen.

—Tal vez no —susurró ella—. Pero algunos resisten.

—¿Y Mitra? —preguntó Shahryar—. ¿Observaba que hacia ella?

—Siempre lo observo —respondió Scheherazade—. Ella lo probaba cada noche. Le arrebataba aquello que amaba. Le ofrecía poder. Le ofrecía descanso.

—¿Y él?

—Él decía: “Mañana”.

El rey frunció el ceño.

—¿Mañana qué?

Scheherazade cerró los ojos.

—Mañana… seguiré viviendo. Hasta el alba y el ocaso, seguire de pie.

El amanecer volvió a llegar.

.

.

Cuarta noche

El rey ya no la miraba como a las otras.

—Dime —exigió—. ¿Por qué Mitra no lo destruyó?

Scheherazade respiró hondo.

—Porque Magsarion entendió algo que ni dioses ni reyes aceptan.

—¿Qué cosa?

—Que el verdadero poder… es no tomar lo que se te ofrece por la fuerza.

El rey apretó los dedos contra el trono.

—Eso es una mentira.

Scheherazade inclinó la cabeza.

—Tal vez —admitió—. Pero es la mentira que mantiene vivo al mundo.

Ella hizo una pausa, larga, peligrosa.

—Mañana… —dijo—. Si aún me escuchas.

El rey no respondió.

Pero no dio la orden.

.

.

Y así, noche tras noche, Scheherazade siguió tejiendo la historia de Mitra y Magsarion.

Añadía detalles.

Añadía dudas.

Añadía silencios.

No para salvarse por astucia.

Sino porque, mientras la historia no tuviera final,

ella tampoco lo tendría.

.

.

Pero el mito no podía durar para siempre.

Por más que Scheherazade alargara las pausas, por más hilos que añadiera a la leyenda, el rey Shahryar no se saciaba. Cada noche exigía más. Más giros. Más sangre. Más voces condenadas a mantenerlo entretenido.

Aquella noche, antes de que la luna alcanzara su punto más alto, Scheherazade sintió miedo.

No el miedo abstracto que había aprendido a domesticar, sino uno crudo, inmediato, que le recorrió la espalda como hielo.

Escuchó gritos.

Una sirvienta se arrodillaba ante el rey, aferrándose al borde del trono con manos temblorosas.

—¡Mi señor! —sollozaba—. ¡Te lo ruego! Si continúas por este camino… no quedará mujer viva en esta nación. ¡Ni esposas, ni hijas, ni madres!

El rey ni siquiera la miró.

—Llévensela.

—¡Majestad, por piedad! ¡Piensa en lo que estás haciendo!

Los soldados la tomaron de los brazos. Sus uñas rasgaron el mármol mientras era arrastrada.

Scheherazade observaba desde la penumbra de una puerta entreabierta.

Un solo ojo visible tras el velo.

Ese ojo temblaba.

La pupila se encogía, como si quisiera desaparecer.

La voz de la mujer se apagó en el corredor.

Scheherazade retrocedió un paso.

No quiero terminar así.

No quiero.

No quiero.

No quiero.

Así que, cuando fue llamada, se esforzó más que nunca.

.

Noche 568.

El heroe negro yazata habia exterminado al drgon de la avaricia Kaikhosru.

.

Noche 689.

La amante del heroe fue asesinada por el mismo, la guerrera noble Samluch.

.

.

Noche 712.

El heroe asesina a su media hermana la princesa yazata.

.

.

.

Noche 845.

El heroe mas terrible de la actualidad contra el Rey mas fuerte de la historia.

Así que para eso mientras Sirius y magsarion luchaban tomó a kamana y usando lo que quedaba de su poder hizo un agujero en el mundo cayendo hacia la destruccion donde tendría un vistazo el origen de baram y no no hablamos de su nacimiento el hombre conocido el heroe.

Comenzó mucho antes de nacer antes de este un cayeron hacia la era cero el mundo que existió antes que este tanto Nahid como magsarion y Sirius quedaron en trance en el momento en el que la información empezó a inundar sus mentes sin embargo acaman estaba en un estado moribundo por lo que la brecha en la singularidad no duró mucho causando que es gastara todo su poder en un instante y Nahid cayera inconsciente tras esto Sirius fue el primero en salir del trance podría acabar con magsarion ahora que él tenía la guardia baja sin embargo Había algo más importante para el.

Corrió a auxiliar a su hermana sujetándola en sus brazos asegurándose de que estuviera bien ella había sido la primera persona a la que él había amado y como su hermano mayor su deber sería cuidarla siempre sin embargo ese sería su final.

La espada negra de magsarion se presionó contra la espalda de Sirius era hakemate sin embargo Sirius ya había perdido muchas veces en su vida como para quejarse y llorar ahora él simplemente sonrió y viendo a su hermana dio sus últimas palabras.

“Yo soy el hombre que lo perdió todo y lo pudo recuperar y siempre estaré orgulloso de serlo”. Tras eso magsarion lo apuñaló en el corazón acabando finalmente con la vida del Rey.

Poco después de eso Nahid abrió los ojos viéndose envuelta por los brazos de su difunto hermano él había muerto con una sonrisa en su rostro y su cara era la de aquel mismo joven que siempre La cuidaba que siempre la llevaba a todos lados sujetándola en la mano el mismo que la había amado tanto en ese momento.

Por primera vez Nahid sintió el amor de su hermano y sus labios formaron una sonrisa era pequeña pero una sonrisa verdadera tras eso la misma espada que había matado a su hermano también acabaría con su vida.

.

.

.

Noche 998

—Continúa —ordenó Shahryar, con una impaciencia peligrosa.

Scheherazade se inclinó.

—Majestad… hemos llegado al final de la guerra eterna.

El rey alzó una ceja.

—¿Al final?

—Sí —susurró ella—. Mitra, la diosa de la prueba, comprendió demasiado tarde su error.

—Explícate.

—Creó un guerrero capaz de resistirlo todo… incluso a los dioses.

Scheherazade respiró hondo.

—Magsarion ya no era un hombre. Había cargado con mil crímenes que lo condenaban al infierno… y mil actos de bondad que lo elevaban al cielo. Cuando alzó su espada, el mundo tembló.

—¿Y Mitra? —preguntó el rey, inclinado hacia adelante.

—Fue derrotada —dijo ella—. Decapitada por aquel a quien había probado sin descanso.

El silencio cayó como una losa.

—Desde entonces —continuó Scheherazade—, Magsarion dejó de ser llamado por su nombre. El mundo lo conoció como Muzan. El despiadado que sobrevivió incluso a la voluntad divina.

Hizo una pausa.

Una pausa peligrosa.

—Y mañana… —empezó a decir— mañana relataré lo que ocurrió después de su victoria.

—No —dijo el rey.

Scheherazade se tensó.

—¿Majestad…?

Shahryar se levantó del trono. Su sombra se proyectó larga sobre el suelo.

—Detente.

Ella sintió cómo el corazón se le desordenaba.

—¿He cometido algún error? —preguntó con voz baja—. ¿No fue de tu agrado el final?

El rey la observó en silencio, de arriba abajo.

—Desnúdate —ordenó—. Y acércate.

El mundo se quebró.

Scheherazade supo, en ese instante, que la historia había terminado.

Aun así, forzó a su voz a mantenerse firme.

—Majestad… si me permites —dijo—. El viaje ha sido largo. Permíteme ir al manantial, refrescarme, y volver… lista para complacerte como corresponde.

El rey la estudió, desconfiado.

—No intentes engañarme.

—Jamás —respondió ella, inclinándose—. Mi vida está en tus manos.

Tras un momento eterno, el rey hizo un gesto con la mano.

—Ve. Pero vuelve pronto.

Scheherazade no respondió.

Se retiró sin correr.

Solo cuando el aire nocturno tocó su piel, corrió.

.

.

El manantial reflejaba la luna como un ojo abierto. Scheherazade se despojó de joyas, de velos, de todo lo que hacía ruido. Sus pies descalzos tocaron la arena.

Y entonces huyó.

No miró atrás.

Corrió sin importarle el dolor, sin importarle la sangre que dejaban sus pasos, sin importarle el aliento que se le quebraba en el pecho.

Lágrimas de angustia escapaban de sus ojos mientras atravesaba el desierto nocturno, tragándose sollozos, jurándose una y otra vez.

No moriré aquí.

No terminaré como ellas.

No morire.

No.No.No.No.No.No.

El viento devoró su figura.

La noche la reclamó.

Y así, la narradora abandonó el palacio, sin saber que su huida daría origen a una leyenda distinta,

una que no hablaba de mil noches…

sino de una mujer que se negó a ser el final de la historia.

.

.

Los minutos pasaron.

En el palacio, el rey Shahryar perdía la paciencia.

—¿Dónde está? —rugió desde el trono, golpeando el brazo de piedra—. ¡Ya debería haber regresado!

Nadie respondió.

Su rostro se torció de furia.

—¡Guardias! —ordenó—. Vayan al manantial. Tráiganme a esa mujer. Ahora.

Las antorchas se alejaron por los corredores. El rey tamborileó los dedos, irritado, con un sabor amargo aún en la boca. La historia había terminado demasiado pronto. No le gustaba sentirse abandonado.

Finalmente, los soldados regresaron.

Se arrodillaron.

—Majestad… —dijo uno de ellos, con la voz tensa—. No hay ninguna mujer en el manantial.

El rey se incorporó.

—¿Qué has dicho?

—Solo encontramos esto.

Un soldado extendió las manos. Sobre ellas descansaban joyas dispersas… y un velo translúcido, húmedo aún por el agua.

El grito del rey rasgó el salón.

—¡ENGAÑO! —bramó—. ¡Esa perra me ha engañado!

Las copas temblaron. Los sirvientes bajaron la cabeza.

—¡Búsquenla! —ordenó—. ¡Regístrenlo todo! ¡Y cuando la encuentren, azótenla hasta que recuerde quién manda!

Nadie se atrevió a responder.

El rey respiró agitadamente, luego escupió al suelo.

—Tráiganme a otra —añadió, con voz baja y venenosa—. Quiero más historias. Esta… me ha dejado un mal sabor.

El visir asintio sabiendo que otra joven seria condenada por eso.

.

.

Mientras tanto, en el desierto…

Scheherazade corría.

No pensaba.

No recordaba.

Ni a su padre.

Ni a su hermana pequeña.

Su mente repetía una sola cosa, una y otra vez, como un rezo roto:

No quiero morir.

No quiero morir.

No quiero morir.

Huyó tanto como sus piernas se lo permitieron.

La luna, alta y pálida, comenzó a descender. El cielo se aclaró lentamente, traicionero. La noche que la había protegido se retiraba.

El sol emergió.

Y con él, el infierno.

El calor cayó sobre ella como un castigo divino. Su piel morena ardía, empapada en sudor. La espalda le quemaba como si la hubieran marcado con hierro. Cada respiración era fuego.

—No… —susurró, con los labios resecos—. No ahora…

Sus pies descalzos tocaban la arena incandescente. Cada paso era un alarido silencioso. Pero seguía avanzando.

Tropezó.

Cayó.

Se levantó.

—Sigue… —se obligó—. Solo… sigue…

No sabía a dónde iba.

No sabía cuánto había corrido.

No sabía que el Desierto de Arabia se extendía ante ella como un océano sin orillas, inmenso, cruel, cubriendo casi toda la península. Dos coma tres millones de kilómetros cuadrados de arena, viento y muerte.

Demasiado grande para huir.

Demasiado grande para sobrevivir sola.

El sol subía más.

Su visión se nubló. El mundo temblaba.

—No quiero morir… —repitió, ahora como un gemido—. Por favor…

No sabía a quién le hablaba.

Sus rodillas cedieron. Cayó sobre la arena ardiente, dejando marcas débiles tras de sí. Sus dedos se cerraron, inútiles, sobre granos que se escapaban entre ellos.

La narradora de reyes…

ya no tenía palabras.

Solo sed.

Solo miedo.

Solo un cuerpo exhausto en medio de lo infinito.

Y fue entonces, cuando el mundo comenzaba a apagarse,

cuando unas sombras lejanas se dibujaron en el horizonte.

.

.

En Arabia existieron rutas comerciales desérticas vitales. Caminos de arena y creencias.

La Ruta del Incienso que unía Yemen con el Mediterráneo.

La ruta nabatea que conectaba el corazón del desierto con Mesopotamia y Damasco.

Redes que enlazaban los puertos del Mar Rojo con la Ruta de la Seda.

Por ellas viajaban caravanas de camellos, intercambiando incienso, especias, seda, oro, sal… y también ideas. Así, lentamente, el Islam se expandía, no solo con espada, sino con palabra, comercio y hospitalidad.

Entre esos comerciantes había uno en particular.

Tn.

Su caravana no era grande. Apenas una docena de hombres curtidos por el sol y dos docenas de camellos de carga principales. Transportaban copias del Corán, especias aromáticas, pequeñas cantidades de oro y bienes destinados al intercambio. No temían a los bandidos: Tn portaba una tablilla de cuarzo grabada con la firma del actual rey del Islam, un permiso de tregua y libre comercio. Aquella tablilla era respeto… y advertencia.

La ley islámica se destaca por imponer duros castigos, y quizás el más notable sea la amputación por robo: «En cuanto al ladrón y a la ladrona, cortadles la mano a ambos en retribución por lo que han hecho, como Page 4 castigo disuasivo ordenado por Alá, pues Alá es poderoso, sabio»

Tn avanzaba montado en su camello cuando algo rompió la monotonía del desierto.

Una forma irregular, casi devorada por la arena.

Entrecerró los ojos.

—Deteneos —ordenó, alzando la mano.

La caravana frenó. El viento arrastraba granos ardientes.

Tn inclinó el cuerpo hacia adelante, forzando la vista.

—Eso… —murmuró—. Eso no es una roca.

Apretó los talones contra el camello.

—Vamos HIA.

Aceleró el paso hasta que lo vio con claridad.

Era un cuerpo.

El corazón le dio un vuelco.

Tn descendió de un salto, hundiendo las sandalias en la arena caliente, y corrió hacia ella. Se arrodilló sin dudar, ignorando el sol que le quemaba la nuca.

—Por Allah… —susurró.

Era una mujer. Morena. Cubierta de polvo y sudor seco. Sus labios estaban agrietados, su respiración apenas perceptible.

—¡Agua! —gritó—. ¡Traed agua, ahora!

Los hombres se apresuraron.

—¿Sigue viva? —preguntó uno, alarmado.

Tn apoyó dos dedos en el cuello de la mujer. Cerró los ojos un instante.

—Sí —respondió con firmeza—. Apenas… pero sí.

Le levantó con cuidado el rostro. La piel estaba ardiendo.

—Ha caminado hasta que el cuerpo ya no pudo más —dijo—. Es un milagro que siga respirando.

Uno de los hombres dudó.

—Señor… estamos en ruta. Si nos detenemos—

Tn lo miró. No con ira. Con certeza.

—Quien salva una vida… —dijo— es recompensado por Alla.

Nadie volvió a discutir.

—Levantad las tiendas —ordenó—. Aquí mismo.

—Dad agua a los camellos, que descansen.

—Traed telas, sombra… y llamen al boticario.

La caravana se puso en movimiento con rapidez. Las tiendas se alzaron como oasis improvisados. El sol seguía siendo cruel, pero ahora había sombra.

Tn tomó una cantimplora, humedeció un paño y lo pasó con cuidado por la frente de la mujer.

—Tranquila… —murmuró, sin saber si podía oírlo—. Estás a salvo.

Los párpados de Scheherazade temblaron. Un suspiro débil escapó de sus labios.

Por primera vez desde que huyó,

el desierto no estaba vacío.

Y por primera vez desde el palacio,

nadie le exigía palabras.

.

Rápidamente las tiendas fueron levantadas.

La caravana, agotada por el calor, encontró un breve respiro. Los hombres bebieron agua en silencio, los camellos fueron atados a las estacas y alimentados con cuidado, agradecidos por la pausa. El desierto seguía ahí, inmenso e indiferente, pero dentro del pequeño campamento había orden.

En la tienda más grande, hecha con telas gruesas y alfombras gastadas por los viajes, Scheherazade yacía inmóvil sobre una cama improvisada de pieles.

Tn permanecía de pie a un lado, con los brazos cruzados, observando sin decir palabra.

El boticario de la caravana —un hombre mayor, de barba gris y manos firmes— trabajaba con calma. Había extendido pequeños cuencos de madera y paños limpios. La medicina islámica antigua no separaba el cuerpo del espíritu, y él lo sabía bien.

La medicina islámica antigua combinó saberes griegos, persas e indios con prácticas locales, utilizando remedios herbales (semilla negra, miel), cirugía (cataratas, cauterización, ventosas – hijama), dietoterapia (énfasis en alimentos antes que medicinas) y un sistema humoral (teoría de los cuatro humores), además de prácticas espirituales como la recitación del Corán.

—Ha sufrido deshidratación severa —murmuró mientras aplicaba miel diluida en agua sobre los labios agrietados—. Y sus pies… —negó con la cabeza—. Caminó hasta que la carne se rindió.

Con cuidado, untó una mezcla de aceite y semilla negra sobre la espalda quemada de la mujer. Luego colocó gasas limpias.

Tn cerró los ojos y comenzó a recitar en voz baja, su tono sereno, constante.

—Bismillah ar-Rahman ar-Rahim…

—Oh Allah, Tú eres el Sanador. No hay sanación sino la Tuya…

El sonido del Corán llenó la tienda como un manto invisible. No había prisa. No había exigencias. Solo palabras que pedían, no ordenaban.

Las horas pasaron suaves, casi irreales.

Cuando el boticario terminó, cubrió a Scheherazade con una manta limpia y dio un paso atrás.

—Necesita descanso —dijo—. Mucho. No sabemos cuánto tiempo estuvo vagando bajo el sol. Su cuerpo está exhausto… pero vive.

Tn asintió.

—Gracias. Viejo amigo.

El boticario dudó un momento antes de hablar.

—¿Qué harás con ella?

Tn volvió la mirada hacia la mujer. Su respiración era débil, pero regular. Por un instante, recordó la forma en que yacía en la arena, como algo que el mundo había olvidado.

—Lo que se debe hacer —respondió.

El boticario arqueó una ceja.

Tn habló entonces, con voz firme pero tranquila.

—Allah dice en la Sura An-Nisa:

“Adorad a Dios y no asociéis nada con Él. Sed buenos con los padres, los parientes, los huérfanos, los pobres, el vecino cercano, el vecino lejano, el compañero, el viajero…”

Hizo una pausa.

—Y el Profeta —añadió— dijo: “Quien cree en Dios y en el Último Día, que honre a su huésped.”

La cortesia ante el indigente y necesitado.

El boticario inclinó la cabeza.

—Entonces… se quedará con nosotros.

—Mientras lo necesite —confirmó Tn—. No es una carga. Es una responsabilidad y sabemos que el Coran es demaciaod claro.

Era un hombre de fe y costumbres heredaras por generaciones en la famlia.

El boticario observó a la mujer una vez más.

—Tiene pesadillas —dijo en voz baja—. Murmuró palabras… como si contara algo incluso dormida.

Tn no respondió de inmediato.

—Que descanse —dijo al final—. Las palabras pueden esperar.

El boticario salió de la tienda, dejando a Tn solo con ella.

El mercader se sentó cerca, sin tocarla, vigilando como quien custodia algo frágil. El viento agitó la tela de la tienda. Afuera, el desierto seguía respirando.

Dentro, por primera vez en muchas noches,

Scheherazade dormía sin miedo inmediato.

Y Tn, sin saber su nombre,

ya había decidido algo irrevocable:

No permitiría que el desierto

ni los hombres

volvieran a reclamarla.

.

.

Dormir…

Se sentía bien dormir.

Pero su garganta ardía.

Tenía sed. Hambre.

Y algo frío y viscoso en la espalda.

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Scheherazade.

Aún con los ojos cerrados, percibió un olor distinto al del desierto. Carne asada al fuego, especias cálidas, pan recién hecho. Un aroma que no pertenecía al miedo.

Abrió los ojos lentamente.

Sobre ella había un techo irregular de telas y cuerdas. Estaba cubierta por mantas de pieles. De inmediato, las sujetó contra su pecho, incorporándose con dificultad, observando a su alrededor con respiración agitada.

Había un olor a hierbas…

Provenía de ella.

Entonces lo entendió.

Lo viscoso en su espalda eran gasas. Alguien había tratado sus quemaduras. Sus pies estaban vendados.

La entrada de la tienda se abrió.

Scheherazade se tensó.

Un hombre joven entró con paso tranquilo. Vestía ropas gruesas de viaje, el cabello algo despeinado por el viento. No llevaba armas en la mano. Sonreía apenas, como quien se alegra de ver que alguien que habia conocido como un amigo.

En sus manos había costillas de cordero y pan.

Se arrodilló a cierta distancia y dejó la comida cerca de ella, sin invadir su espacio.

—Despiertas —dijo con voz suave—. Eso es bueno.

Scheherazade no respondió de inmediato.

—¿Dónde…? —su voz salió ronca— ¿Dónde estoy?

—En mi campamento —respondió él—. Mi caravana. Te encontramos en el desierto.

Ella apretó aún más la manta contra su cuerpo.

—¿Quién eres? —preguntó, con desconfianza.

—Me llamo Tn —dijo inclinando ligeramente la cabeza—. Soy comerciante.

Guardó silencio un instante antes de añadir:

—Fue… una sorpresa encontrarte tan lejos de todo. Allah quiso que pasáramos por allí.

Scheherazade lo observó con atención. No veía prisa en sus ojos. Ni hambre. Ni la malicia que habia en el Rey.

Aun así, su cuerpo reaccionó antes que su mente.

—¿Qué… —tragó saliva— qué intenciones tienes conmigo?

Tn parpadeó, confundido.

—Intenciones… —repitió—. Ninguna que no sea ayudarte.

Ella bajó la mirada. Sus dedos temblaron. Lentamente, como quien cumple un ritual aprendido a golpes, retiró la manta, exponiendo su piel herida.

—Si es… —murmuró— si es por esto… puedes tomarlo. Haz lo que quieras con mi cuerpo.

Al menos el rey no la tomaria.

El silencio cayó pesado.

Tn reaccionó de inmediato.

Cerró los ojos.

Giró el rostro.

—No —dijo con firmeza, pero sin dureza—. No es eso.

Vaya indecencia, pero era de esperarse la mujer tal vez paso por algo terrible.

Scheherazade se quedó inmóvil.

—No mires así —añadió—. No te ayudé por tu cuerpo.

Ella alzó la cabeza, incrédula.

—Entonces… ¿por qué?

Tn respiró hondo antes de responder.

—Porque me enseñaron que ayudar al necesitado no es una opción —dijo—. Es una obligación. Porque quien ve a alguien al borde de la muerte y mira a otro lado… ya ha perdido algo de sí mismo.

Eso y el adoctrinamiento en su religion influyo bastante.

Scheherazade abrió los ojos y la miró, esta vez directo, sin deseo, sin juicio.

—No te debo nada —continuó—. Y tú no me debes nada.

Scheherazade sintió que algo se quebraba dentro de ella.

—Nadie… —susurró— nadie dice eso.

Tn deslizó el plato un poco más cerca.

—Come —dijo—. Tu cuerpo lo necesita. Hablaremos cuando tengas fuerzas.

Ella dudó. Luego, con manos temblorosas, tomó un pedazo de pan.

Las lágrimas cayeron sin aviso.

No sabía por qué lloraba.

Tal vez porque por primera vez,

nadie le había pedido que sobreviviera pagando con su existencia.

Y Tn, en silencio,

se quedó ahí,

custodiando no un cuerpo…

sino una vida.

.

Ella comió en silencio.

Las lágrimas seguían cayendo, lentas, sin sollozos, como si su cuerpo hubiera olvidado cómo llorar en voz alta. El alimento fue bienvenido en su estómago; el pan tibio y el ternero dulce, impregnado de especias, parecían casi irreales después de tanto tiempo. Desde que había llegado al palacio, la comida que se le daba era la misma que a los animales: avena aguada y agua rancia. Aquello no era sustento, era solamente para mantenerla viva y siguiera contando sus historias. Por eso, morder aquel pan fue como recordar que aún seguía viva.

Scheherazade tragó con cuidado, temiendo que el estómago rechazara el exceso de bondad. No lo hizo. Su cuerpo aceptó el regalo con gratitud silenciosa.

Alzó la mirada de reojo.

El hombre —Tn— permanecía sentado a una distancia prudente, con las piernas cruzadas, las manos apoyadas sobre sus rodillas. No la observaba con hambre ni con curiosidad indebida, sino con una calma atenta, casi vigilante, como quien cuida una llama frágil para que no se apague.

.

Scheherazade era de una tradición arábigo-persa. Conocía rezos antiguos, relatos transmitidos por mujeres en patios cerrados, y palabras que hablaban de honor y destino. Por la forma en que aquel hombre se comportaba, dedujo que podía ser islámico. Sin embargo, él había dicho ser comerciante. Entonces debía ser un practicante del Corán, uno de los piadosos.

.

Ella sabía poco del Islam más allá de leyendas y prácticas generales. Sabía también que, en muchas sociedades, los roles separaban a la mujer en lo doméstico y al hombre en lo público, aunque eso variaba según la interpretación del profeta y la palabra seguida. Aun así, aquel hombre no encajaba del todo en las historias que había oído.

—¿Por qué…? —murmuró ella de pronto, con la voz todavía áspera—. ¿Por qué haces esto?

Tn levantó la vista hacia ella, sorprendido solo un instante.

—¿Hacer qué?

—Ayudarme —respondió—. Podrías haber pasado de largo. El desierto está lleno de muertos que nadie recoge.

Él asintió despacio.

—Eso es cierto. Y es una lastima.

Hubo un breve silencio. El fuego crepitó fuera de la tienda. El olor a carne asada seguía flotando en el aire.

—Pero también está lleno de viajeros —continuó Tn—. Y yo también lo soy. Si yo cayera me gustaria recibir la misma compacion.

Scheherazade lo observó con más atención. No había dureza en su rostro, pero sí cansancio. No era un santo, pensó. Era un hombre que había caminado demasiado.

Tn bajó la mirada un momento antes de hablar de nuevo.

—En mis creencias —dijo—, al viajero se le honra. Al herido se le cuida. No porque lo merezca… sino porque Alla lo ve.

Ella apretó los dedos contra el pan que aún sostenía.

—¿Y yo? —preguntó en voz baja—. ¿Qué soy para ti?

Tn la miró directamente entonces, sin desviar la vista.

—Eres alguien que estaba sola en el desierto —respondió—. Eso es suficiente.

Scheherazade sintió que algo se quebraba dentro de su pecho, pero no era dolor; era una tensión antigua soltándose.

Él se movió ligeramente y señaló un bulto a un lado de la tienda.

—Entre mis cargas de mercader —murmuró— tal vez tenga ropa para mujer. No será lujosa, pero estará limpia.

Ella lo miró mientras masticaba el último trozo de cordero. Por primera vez desde que despertó, esbozó una sonrisa leve, casi incrédula.

—¿También comercia con telas? —preguntó.

—Con lo que el camino permite —respondió él, encogiéndose de hombros.

Scheherazade tragó y apoyó la comida a un lado.

—Dime algo, Tn… —dijo, reuniendo valor—. Cuando sane… cuando pueda caminar sin caer… ¿qué harás conmigo?

Él no respondió de inmediato. Se levantó despacio, como si no quisiera imponer su altura, y caminó hasta la entrada de la tienda. Apartó un poco la tela para dejar pasar aire fresco y luego habló sin girarse.

—Nada.

Ella frunció el ceño.

—¿Nada?

—Una vez ayudada —dijo—, tú decidirás qué hacer. Volver, seguir, quedarte… o irte por donde quieras.

Scheherazade sintió que el mundo se le detenía un instante.

—¿Y si no tengo a dónde ir?

Tn cerró la tienda y regresó a sentarse.

—Entonces el camino se hará —respondió—. Siempre lo hace.

Ella bajó la mirada, apretando la manta contra su cuerpo.

Tn salió de la tienda, dejando que la tela se cerrara suavemente tras él. La noche había caído por completo, y el campamento descansaba en una calma tensa pero ordenada. Los camellos yacían recostados en la arena, rumiando despacio, sus sombras largas proyectadas por las hogueras. El viento del desierto arrastraba arena fina y el murmullo lejano de voces bajas.

Caminó entre las cargas hasta uno de los cofres de madera, recordando dónde había guardado las telas.

—Señor —dijo uno de sus hombres, acercándose con respeto—. ¿Cuál será el destino del comercio?

Tn se detuvo. Miró el horizonte oscuro, como si pudiera ver más allá de la noche.

—Lo he estado pensando —respondió con calma—. Al norte, los antiguos caminos de los gasánidas aún son transitables… y en Najrán hay comunidades que comercian bien. Cristianos, judíos… pueblos que aprendieron a vivir desafiando el politeísmo de las grandes tribus, incluso a los Quraysh de La Meca.

El hombre asintió, atento.

—Después —continuó Tn—, seguiremos hacia un asentamiento persa. Desde allí, si el clima lo permite, avanzaremos un poco más hacia la India. Las especias valen el riesgo.

—¿Y el regreso?

—Egipto —dijo sin dudar—. La ruta del Nilo siempre ofrece refugio contra los bandidos… y hay compradores tal vez consigamos carne de hipopotamo.

El hombre soltó un leve silbido.

—Eso nos tomará meses.

—Lo sé —respondió Tn—. Pero el camino largo es el mejor recompensado por Alla.

El hombre inclinó la cabeza.

—Lo compartiré con los demás.

Se alejó con paso rápido, seguramente para transmitir el plan al resto de la caravana. Tn abrió el cofre y comenzó a apartar rollos de tela hasta dar con lo que buscaba. Tomó una abaya sencilla, de tela oscura pero limpia, un hiyab bien doblado y un niqab ligero. No eran lujos, pero estaban pensados para el desierto: proteger del sol, del viento y eran bastante comodos.

—Esto servirá… —murmuró para sí.

Regresó a la tienda con cuidado. Al entrar, encontró a Scheherazade sentada, más erguida ahora, aunque aún envuelta en las mantas. Al verlo, ella alzó la mirada con cautela.

—No quise dormir —dijo ella, casi disculpándose—. Temí despertar y que todo fuera un sueño.

Tn negó suavemente con la cabeza.

—Aún estás aquí —respondió—. Y lo seguirás estando.

Dejó las prendas a un lado, sin acercarse demasiado.

—Encontré ropa —explicó—. Es propia del desierto. Te protegerá… y te dará privacidad.

Scheherazade observó las telas, pasando los dedos por el borde de la abaya.

—¿Para qué tanto cuidado? —preguntó—. Podrías simplemente darme algo viejo.

—La cortesia no se mide por el valor de la tela —respondió él—, sino por la intención.

Ella lo miró largo rato, como intentando leer algo más profundo en su rostro.

—¿A dónde van? —preguntó entonces.

—Lejos —contestó Tn—. Persia primero. Quizá la India. Luego Egipto.

Los ojos de Scheherazade se abrieron un poco.

—Eso es… casi todo el mundo conocido.

—El mundo es más grande de lo que nos dijeron —replicó él—. Y el desierto enseña eso rápido.

Hubo un silencio cómodo, raro para ella.

—Si decides quedarte con la caravana —añadió Tn—, nadie te obligará a nada. Viajarás como invitada, no como carga.

Ella apretó la tela entre sus manos.

—Nunca nadie me habló así —confesó en voz baja.

Tn bajó la mirada un instante.

—Entonces quizá el desierto aún no ha terminado contigo.

Scheherazade dejó escapar una risa breve, casi incrédula, que se mezcló con un nuevo hilo de lágrimas. Pero esta vez, no eran de miedo.

.

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Y bueno… esa sería su nueva vida, supuso Scheherazade.

Al principio la idea le parecía irreal, como si en cualquier momento fuese a despertar de nuevo en el palacio, con el olor a sangre vieja y miedo. Pero los días pasaron, y el viaje continuó. El desierto cambió de rostro: dunas interminables dieron paso a llanuras pedregosas, luego a rutas marcadas por antiguas caravanas.

—Tu cuerpo ya está sanando bien —le dijo el boticario una mañana, mientras revisaba su espalda—. Las quemaduras cerraron mejor de lo que esperaba.

—¿De verdad? —preguntó ella, tocándose con cuidado.

—De verdad. El descanso y la comida hacen milagros —respondió con una sonrisa—. Y Allah es misericordioso.

Scheherazade asintió, todavía aprendiendo a aceptar palabras de alivio sin sospechar un castigo detrás.

Poco a poco comenzó a convivir con todos. Descubrió que la caravana era como un pequeño mundo en movimiento. Estaba el cocinero, un hombre robusto que canturreaba mientras asaba carne y parecía ofenderse si alguien no repetía plato. El cartógrafo, siempre con pergaminos y cuerdas, midiendo estrellas y rutas incluso cuando el resto dormía. El cazador, silencioso y atento, que rara vez hablaba pero siempre volvía con algo colgado al hombro. El recolector, encargado del agua y las plantas útiles del camino. El contador, que llevaba las cuentas como si fueran versos sagrados.

—Cada uno tiene su responsabilidad —le explicó el boticario mientras comían—. Si uno falla, fallamos todos.

Scheherazade observó a Tn, que estaba afinando una guitarra sencilla, de madera gastada.

—¿Y él? —preguntó en voz baja—. ¿Cuál es su parte?

El boticario soltó una carcajada.

—Ese mocoso es el que mantiene todo unido. Comercia, negocia, decide rutas… y encima cree que la caridad le da buen visto ante Alla.

Tn alzó la vista, fingiendo molestia.

—La caridad sí ayuda —dijo—. Incluso tú sonríes más ayudamos.

—Eso es porque encontramos menos últimamente —replicó el boticario, riendo.

Scheherazade también rió, sorprendida de lo natural que se sentía hacerlo.

Con los días notó algo más: algunos hombres tenían rasgos distintos, acentos diferentes, formas variadas de rezar o de guardar silencio. Ella no pudo evitar preguntar una noche, mientras ayudaba a repartir pan.

—Tn… —dijo con cautela—. Ellos… no todos parecen del mismo lugar. ¿No hay problema con eso?

Él la miró, genuinamente confundido.

—¿Problema?

El boticario intervino antes de que ella se explicara.

—Se pregunta si no te molesta que haya tantas etnias distintas.

Tn soltó una risa suave.

—Mientras caminen juntos y compartan el agua, ¿qué importa de dónde vienen?

—El Islam enseña eso —añadió el boticario, todavía riendo—. El Corán dice que la humanidad es una sola, y que la superioridad no está en la sangre ni en el color, sino en la piedad y las buenas obras. De ahi que el mocoso sea tan grato.

El cazador, que casi nunca hablaba, asintió.

—Al final —dijo— todos creemos en algo parecido: un principio, un creador… y un posible final.

—Eso nos iguala —concluyó el contador, levantando su cuenco.

Rieron juntos, compartiendo la comida bajo el cielo abierto.

Durante el viaje, Tn comenzó a instruir a Scheherazade. Le explicó cómo leer el valor de una mercancía solo con tocarla, cómo observar a un comprador sin mirarlo directamente, cómo saber cuándo alguien mentía por la forma en que respiraba.

—Un comerciante no vende solo objetos —le dijo una tarde—. Vende confianza. Sin eso el negocio se pierde.

—¿Y si mienten? —preguntó ella.

—Entonces aprendes —respondió él—. El desierto castiga la ingenuidad, pero también recompensa la paciencia.

Scheherazade escuchaba atenta, memorizando cada palabra. Le gustaba aprender. Le gustaba sentir que su mente servía para algo más que sobrevivir una noche más.

Una vez, mientras caminaban junto a los camellos, ella sonrió sin darse cuenta.

—¿Qué es eso? —preguntó Tn.

—Creo… —dijo ella, sorprendida de oírse— que me está gustando esta vida.

Tn no respondió de inmediato. Solo inclinó la cabeza, satisfecho.

—Entonces —dijo al fin— quizá no fue el desierto el que te arrebató todo… sino el que te devolvió algo.

Scheherazade miró el horizonte, donde la arena y el cielo se encontraban.

No sintió miedo de lo que venía después.

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Meses.

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Llegaron a Persia tras un viaje largo y extenuante.

Scheherazade descendió del camello con lentitud, como si temiera que aquel suelo fuese un espejismo. Pero no lo era. Ante sus ojos se alzaba un mundo distinto al del desierto desnudo: ciudades de muros antiguos, cúpulas que reflejaban el sol como joyas, aromas de tinta, incienso y especias mezclándose en el aire.

—Es… hermoso… —murmuró sin darse cuenta.

Tn la oyó y sonrió apenas.

—Persia siempre lo ha sido. Incluso cuando cae, sabe levantarse con dignidad y bastante rapido.

Poco tiempo desde la ultima invacion y estaba como nueva.

Caminaron por la ciudad. Scheherazade miraba todo con asombro contenido: manuscritos iluminados en los puestos de los copistas, relatos épicos del Shahnameh recitados por ancianos de voz firme, poetas murmurando versos místicos como si hablaran con Dios mismo. Las alfombras colgaban como ríos de color, y los palacios parecían conservar el eco de reyes antiguos.

—¿Eso qué es? —preguntó, señalando una ilustración tallada en piedra.

—Naqsh-e Rostam —respondió un mercader cercano—. Tumbas de reyes antiguos, esculpidas en la roca para que el tiempo no los olvide.

Scheherazade tragó saliva.

Reyes… La palabra aún le producía un nudo en el pecho.

Tn notó el cambio en su expresión.

—Aquí no gobierna el miedo —dijo en voz baja—. No mientras exista el respeto a Alla.

Siguieron caminando. Vio mezquitas Jameh alzándose junto a restos sasánidas, y mausoleos recientes donde la devoción chiíta se hacía palpable. En Qom, el nombre de Fátima se pronunciaba con reverencia profunda.

—Nunca había visto fe sin terror —confesó ella—. En mi hogar… rezar era sobrevivir.

—Aquí rezar es recordar quién eres —respondió Tn—. Y a quién perteneces.

Acamparon a cierta distancia de la ciudad, como siempre. La caravana se reorganizó: contaron mercancías, repusieron especias, intercambiaron oro, pergaminos y telas. El comercio fluía con naturalidad, y Scheherazade se dio cuenta de algo que la sorprendió aún más que la ciudad.

Ella no estaba perdida.

—El precio es injusto —dijo, observando una negociación—. Ese hombre miente ofrecia pieles inferiores, y dudo que esa dichosa capa de lobo fuera verdadera.

El contador alzó las cejas.

—Aprendes rápido.

Tn asintió con orgullo silencioso.

—El camino enseña mejor que cualquier libro.

Las noches en Persia eran distintas. El aire era más fresco, y las estrellas parecían más cercanas. Scheherazade se sentaba frente a la hoguera con un ejemplar del Corán en las manos, leyendo en voz baja, todavía con acento torpe pero sincero.

—Pronuncias mejor cada día —comentó el boticario.

—Porque ahora entiendo lo que digo —respondió ella—. Antes solo hablaba sin enterder lo que estaba escrito.

Esa noche, cuando el fuego ya estaba bajo, uno de los hombres preguntó.

—Scheherazade… ¿nos contarás una historia?

El silencio que siguió fue breve, pero significativo. Ella sintió el viejo temblor en el pecho… y luego nada. No terror. No pánico.

Solo calma.

—Sí —dijo—. Esta vez sí.

Se acomodó, la luz del fuego reflejándose en sus ojos.

—Había una vez una mujer que contaba historias para aplazar su muerte… hasta que un día comprendió que las palabras también podían dar vida.

Los hombres escucharon en silencio reverente. Tn, apoyado en su camello, cerró los ojos, dejando que la voz de ella llenara la noche.

Cuando terminó, nadie habló durante unos segundos.

—Es… distinta a tus historias antiguas —dijo el cazador.

Scheherazade sonrió.

—Porque ahora no las cuento para sobrevivir. Las cuento porque quiero.

Con el paso de las semanas, la caravana se asentó temporalmente. Scheherazade ya tenía su propia tienda, sencilla pero ordenada. Tenía su propio camello, al que había nombrado con timidez. Aprendió a cuidar las mercancías, a negociar pequeñas compras, a moverse por el mercado sin bajar la mirada.

Una tarde, mientras ajustaba unas telas, Tn se detuvo frente a ella.

—Has cambiado —dijo.

—¿Eso es malo? —preguntó, medio en broma.

—No —respondió—. Es… bastante positivo.

Ella bajó la vista, jugando con el borde de la tela.

—Antes pensaba que mi vida solo podía existir bajo la sombra de alguien más.

Tn la miró con atención.

—¿Y ahora?

Scheherazade alzó la mirada, firme.

—Ahora sé que puedo caminar junto a otros… sin cadenas.

El viento persa movió las telas del campamento. La caravana descansaba, fuerte, unida.

Y por primera vez desde que abandonó el palacio del rey, Scheherazade no soñó con huir.

Soñó con quedarse.

Meses pasaron.

El camino hacia la India fue reconfortante, casi sereno. Las rutas cambiaban de color y espíritu: colinas verdes reemplazaban al polvo, ríos amplios cortaban la tierra como venas antiguas. En uno de los trayectos se cruzaron con monjes budistas que viajaban descalzos, con túnicas sencillas y miradas tranquilas.

Scheherazade los observó con curiosidad.

—Hablan del sufrimiento como algo que puede extinguirse —dijo, pensativa—. No como un castigo… sino como una llama que se apaga.

Uno de los monjes sonrió.

—El deseo ata —dijo con calma—. Comprenderlo libera.

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Más tarde, junto al fuego, Tn negó con la cabeza mientras bebía agua.

—Ese Gautama… —murmuró—. Debo admitir que no está tan errado con eso del karma.

—¿Eso no contradice tus creencias? —preguntó ella.

—No necesariamente —respondió—. Allah juzga con justicia. El karma solo lo dice con otras palabras.

Scheherazade sonrió, guardando esa idea como un pequeño tesoro.

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Aquella noche, sin embargo, el pasado regresó.

Un grito rasgó el silencio del campamento.

Tn, que vigilaba las tiendas, reaccionó al instante. Tomó su cuchillo y corrió hacia la tienda de Scheherazade, apartando la lona con brusquedad.

—¡Scheherazade!

No había sangre. No había bestias. Solo ella, sentada, respirando con dificultad, los ojos abiertos pero perdidos, como si aún estuviera atrapada en otro lugar.

—Oye… mírame —dijo, arrodillándose frente a ella—. Estás a salvo.

Ella no respondió. Sus manos temblaban.

Tn apoyó una mano en su hombro.

—Respira conmigo. Despacio.

Entonces ella lo abrazó con fuerza, como si soltarlo significara desaparecer. Su pecho dolía, el aire no bastaba.

—No… no quiero volver… —susurró, con la voz rota.

Tn permaneció quieto, permitiendo el abrazo.

—No volverás tranquila—dijo con firmeza—. Te lo prometo.

Poco a poco, su respiración se calmó. El temblor cedió, dejando solo cansancio y miedo antiguo.

Ella levantó la cabeza.

—Tn… —dijo en voz baja—. Nunca te conté por qué estaba en el desierto.

Él asintió, invitándola a continuar.

—El rey de mi nación… —tragó saliva— era un hombre cruel. Exigía que cada mujer le contara historias. Si no lo complacían… las ejecutaba.

Sus dedos se cerraron alrededor del cuello, como si aún sintiera la cuerda invisible.

—Yo fui una de ellas. Casi mil noches. Mil… —su voz se quebró—. Hasta que reveló lo que siempre quiso. No historias. Mi cuerpo.

Tn apretó los labios, conteniendo la rabia.

—Entonces huí —continuó ella—. Corrí tan lejos como pude. Dejé atrás el palacio… a mi familia… todo. Me perdí en el desierto. Pensé que moriría allí.

El silencio se hizo pesado.

—No es la primera vez que oigo algo así —dijo Tn al fin—. Reyes que confunden poder con derecho. Hombres que creen que Allah les permitira tal accion.

Ella lo miró, con los ojos húmedos.

—Tenía miedo de que… al saberlo… me vieras distinta.

Tn negó lentamente.

—Te veo más clara —respondió—. Sobreviviste donde otros se quebraron.

Ella soltó una risa débil.

—No me siento fuerte.

—La fuerza no siempre se siente —dijo él—. A veces solo se sigue caminando.

Scheherazade apoyó la frente en su hombro.

—Gracias… por escuchar.

—Gracias por confiar —respondió Tn.

Afuera, el campamento dormía. El viento movía las telas suavemente.

Y aunque el pasado aún respiraba en sus sueños, aquella noche Scheherazade no estuvo sola para enfrentarlo.

Tn la abrazó con cuidado, sin apretarla, como si temiera que incluso un gesto brusco pudiera romperla. Scheherazade cerró los ojos y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, se permitió dejarse llevar. El latido acelerado de su corazón fue calmándose poco a poco, acompasado con la respiración tranquila de él.

Cuando el silencio volvió a ser cómodo, Tn habló en voz baja.

—Scheherazade… he pensando algo.

Ella abrió los ojos y lo miró, aún aferrada a su túnica.

—¿Qué cosa?

—Huiste de un reino —dijo—. De un rey que te buscará, tarde o temprano. En las rutas comerciales siempre hay oídos… rumores.

Ella tensó los dedos.

—Lo sé.

—Entonces… ¿por qué no fingir que ya perteneces a alguien? —continuó—. La esposa de un comerciante no despierta sospechas. Nadie preguntaría demasiado.

Scheherazade lo observó en silencio. La idea giró en su mente como arena llevada por el viento.

—¿Un… matrimonio? —murmuró.

—Solo simbólico —aclaró enseguida—. Ante los hombres, ante las rutas, ante el mundo. Nada más.

Ella bajó la mirada.

—¿Y… como esposa… tendría que…tener intimidad?

Tn soltó una risa breve, casi nerviosa, y negó con la cabeza.

—No. No pido eso. Bastará con que sirvas té, camines a mi lado, y respondas cuando te llamen “mi esposa”. Ante Allah, no cometeremos acto impuro. No cruzaré ese límite.

Scheherazade lo miró, sorprendida.

—¿Nada a cambio?

—Nada —respondió con sencillez—. Si algún día deseas marcharte, lo harás. No serás mía. Solo… protegida.

El silencio volvió a caer entre ambos. Luego, ella asintió lentamente.

—No suena mal —dijo—. Por primera vez… no suena como una jaula.

Así quedó decidido.

En la India se asentaron por un largo tiempo. El bullicio de los mercados, los colores imposibles de las telas, el aroma de incienso y especias envolvían cada día. Scheherazade caminaba junto a Tn, presentada como su esposa, y nadie dudaba. Nadie preguntaba más de lo necesario.

—Este lugar… —dijo una noche, mirando un templo iluminado— está lleno de dioses.

—Demasiados para contarlos —respondió Tn—. Pero sus historias… tienen peso.

Ella sonrió, sosteniendo un pergamino entre las manos.

—Shiva, el destructor y creador… Brahma, el que imagina el mundo… Vishnu, el que lo sostiene. Son relatos hermosos. Trágicos. Humanos.

—Te brillan los ojos cuando hablas de ellos —notó Tn.

—Porque nadie sufre por contarlos —respondió ella en voz baja.

En las noches, alrededor de las fogatas, Scheherazade narraba. No para sobrevivir. No para retrasar una muerte. Sino porque quería hacerlo. Los hombres escuchaban atentos, olvidando el cansancio del viaje, y Tn la observaba en silencio, con una expresión que ella ya reconocía: calma.

Ella escribía cada historia en su propio pergamino, convencida de que algún día las contaría todas.

Y por primera vez, la vida no era una noche más que debía ser superada.

Todo iba mejorando.

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Y fue mejorando.

Pasaron un par de años. Scheherazade había visto gran parte del mundo conocido: desiertos, ciudades de mármol, ríos sagrados y montañas que parecían tocar el cielo. Aprendió lenguas, costumbres, gestos. Aprendió a reír sin miedo. Ser llamada “esposa” ya no le pesaba; era un papel cómodo, casi cálido. Fingir le había dado algo real: tranquilidad.

Pero nada era eterno.

La desgracia llamó a la caravana una mañana silenciosa.

El boticario cayó enfermo. Su cuerpo, ya cansado por los años y los caminos, simplemente no respondió más. Las hierbas no surtieron efecto, la miel no calmó su respiración, las oraciones no lograron aliviar el dolor.

Se reunieron todos en su tienda. El aire olía a medicina y a despedida.

El hombre yacía recostado, el rostro delgado pero sereno. Al verlos entrar, sonrió.

—Vaya… —murmuró con voz débil—. Nunca pensé que el último campamento sería tan concurrido.

Algunos rieron en silencio, con los ojos húmedos.

—¿Recuerdan —continuó— cuando casi perdemos los camellos en Siria? … O cuando ese noble persa quiso pagarnos con un monton de estiercol al ofrecernos metales de cobre.

—Nunca confíes en un hombre que sonríe demasiado —dijo el cazador, tragándose la emoción.

Scheherazade sostenía entre sus brazos un libro grueso, gastado por el uso. El boticario se lo había entregado semanas atrás: todos sus conocimientos, recetas, observaciones, errores y aciertos.

—Cuida bien de él —le había dicho entonces—. Las historias también curan cuando menos lo esperes.

Ahora ella apretaba el libro contra su pecho.

Tn se arrodilló junto al boticario y tomó su mano. El anciano la apretó con la poca fuerza que le quedaba.

—Buen viaje, muchacho —susurró—. Fuiste un líder justo.

—El viaje fue bueno por ti —respondió Tn—. Descansa viejo amigo.

El boticario cerró los ojos un momento, luego los abrió para mirar a todos.

—No lloren demasiado —dijo con una leve sonrisa—. Allah me llamó cuando ya caminé suficiente. Y los llamara a todos cuando sea la hora.

Nadie discutió. En el Islam, la muerte era una transición, no un final. Se aceptaba el dolor, pero no la desesperación. La paciencia era una forma de fe. Tres dias de dolor, pero una exprecion medida sin exagerar.

Cada uno rindió respeto a su manera. El cocinero inclinó la cabeza y rezó en silencio. El cartógrafo dejó una pluma junto a la cama. El recolector colocó una pequeña bolsa de semillas a su lado.

Scheherazade se acercó.

—Gracias… por salvarme —dijo en voz baja.

El boticario abrió un ojo y sonrió apenas.

—No fui yo —murmuró—. Solo llegaste al campamento correcto.

Poco después, su respiración se apagó como una lámpara al amanecer.

El silencio fue largo. Doloroso. Pero digno.

Y esa noche, bajo las estrellas, la caravana perdió a uno de los suyos… y honró su recuerdo siguiendo adelante.

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Le dieron una sepultura digna. Cavaron la tierra con cuidado, orientaron el cuerpo como marcaba la tradición y elevaron oraciones sencillas, sin exceso, sin lamentos que quebraran la dignidad del viaje. Cada uno rindió su respeto a su manera, y cuando el sol cayó, la caravana volvió a moverse.

Con el paso del tiempo, algunos hombres se fueron separando del grupo. El cazador decidió asentarse cerca de un río fértil; el cartógrafo fue llamado por una ciudad que necesitaba mapas; el recolector encontró paz formando una familia en un oasis. Las despedidas fueron largas, cargadas de promesas.

—Si alguna vez necesitas ayuda —decían—, solo manda palabra. Siempre seremos su caravana.

Tn los abrazó uno por uno.

—El camino fue mío gracias a ustedes —respondía—. Donde estén, que Allah los cuide.

Scheherazade aprendió entonces que no toda separación era abandono. Algunas eran semillas.

Aquella noche, el campamento estaba silencioso. Menos tiendas, menos voces. Más estrellas.

Scheherazade yacía en su tienda, el fuego ya apagado, la arena todavía tibia bajo las pieles. Tn estaba recostado frente a ella, apoyado sobre un brazo, mirándola con tranquilidad.

—Tn… —susurró ella—. ¿No te cansas de viajar tanto?

Él sonrió levemente.

—Allah me dio dos piernas fuertes —respondió—. Sería una falta de respeto no usarlas para recorrer este mundo. Ver lo que el Todopoderoso regaló a su creación.

Ella lo escuchó en silencio.

—Pero… —añadió—. Tal vez algún día me canse. Si llego a casarme de verdad… quizá me quede en un solo lugar.

Scheherazade extendió la mano y tomó la suya con suavidad. No hubo sobresalto. No hubo rechazo.

—Cuando eso ocurra —dijo ella—, estaré a tu lado. Para contarte toda mi historia. Desde el principio… hasta el final.

Tn la miró, sorprendido, y luego sonrió con una calma profunda.

—Me gustaría escucharla —respondió.

Se acercaron un poco más. Lo suficiente para sentir el calor del otro, para compartir el mismo silencio. No hubo beso. No hizo falta.

Solo dos personas, bajo un cielo inmenso, permaneciendo allí.

Y por otra noche Scheherazade no sintió que una noche tuviera que ser sobrevivida.

Solo vivida.

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Pero nada podía durar.

No mucho después, lo que quedaba de la caravana de Tn fue rodeado por soldados con estandartes negros. Exigían tributos en nombre del rey Shahryar. Tn descendió de su camello con calma y presentó la tablilla de cuarzo, aquella garantía sagrada de tregua y libre comercio. El capitán la miró apenas… y la arrojó al suelo.

—Eso no vale aquí —dijo, pisándola hasta partirla—. Por orden del rey.

—Esa tablilla fue concebida por los tratados de Asiria y oriente —respondió Tn—. Incluso los reyes deben respetarla.

El golpe llegó antes de la respuesta. Lo derribaron, lo ataron, y por resistirse lo arrastraron hasta el palacio.

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El salón del trono olía a incienso rancio y sangre vieja. Shahryar lo observó como quien mira a un insecto.

—¿Por qué te niegas a pagar tributo? —preguntó con voz plana.

—Porque nunca existió tal tributo para comerciantes —contestó Tn, escupiendo sangre—. Lo que pides es extorsión.

El ceño del rey se frunció. Se levantó de golpe y lo abofeteó con fuerza.

—Un mendigo no me habla así —rugió—. No tienes derechos.

Tn alzó la vista, los ojos firmes pese al dolor. Recordó las palabras de Scheherazade, los cuentos, el miedo que había vivido.

—Estás podrido —dijo—. Y como todos los injustos, caerás. Allah juzga incluso a los reyes.

El salón quedó en silencio… y luego estalló en risas furiosas.

—¡Azótenlo! —ordenó Shahryar.

Los látigos cayeron. La carne ardió. Tn apretó los dientes y no gritó.

Uno tras otro los golpes llegaron.

Entonces un soldado se inclinó junto al trono.

—Mi rey —dijo—. El comerciante viajaba con una mujer. Dice que es su esposa.

Tn, jadeando, murmuró un nombre.

—Scheherazade…

Shahryar se congeló.

—¿Qué has dicho?

El rey descendió los escalones lentamente, con una sonrisa torcida.

—Así que la perra vive —susurró—. La que me engañó con cuentos… la que huyó.

Tomó a Tn del mentón con violencia.

—¿Tu esposa? —rió—. Entonces el destino tiene sentido del humor.

Se irguió y dio la orden.

—Tráiganla. Viva.

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Scheherazade sintió el peligro antes de verlo. El aire del campamento se volvió pesado. Los gritos, el choque del metal, los camellos dispersándose.

—¡Tn! —gritó, saliendo de la tienda.

La sujetaron antes de que pudiera correr. No opuso resistencia. No gritó. Sus ojos… se apagaron.

—Al fin —murmuró—. El cuento me alcanzó.

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Cuando la llevaron al salón del trono, Shahryar la observó con una mezcla de deseo y odio.

—Volviste —dijo—. Pensé que el desierto te habría devorado.

Scheherazade no respondió. Caminó hasta donde estaba Tn, ensangrentado, sostenido por dos soldados.

—Mírame —susurró él—. No tengas miedo.

Ella se arrodilló a su lado, ignorando al rey.

—Lo siento —dijo—. Te prometí paz… y traje muerte.

Shahryar rió.

—Siempre tan dramática —se burló—. Esta vez no habrá historias. No habrá mañanas.

Scheherazade alzó la vista por primera vez. Sus ojos no tenían terror. Tenían decisión.

—Te equivocas —dijo—. Esta será la última noche… pero no para mí.

El rey frunció el ceño.

—¿Aún crees en milagros?

Ella cerró los ojos. Sus manos temblaron, pero su voz fue clara.

—Allah… —susurró—. Tú que escuchas incluso a los olvidados… mira.

El aire del salón se volvió denso. Las antorchas parpadearon. Un silencio antinatural cayó sobre todos.

Y por primera vez en muchos años…

el rey Shahryar sintió miedo.

El rey gruñó, rojo de furia.

—¡Encierren a esa perra! —rugió—. ¡Que aprenda lo que pasa cuando se desafía mi ley!

Mientras los guardias la arrastraban, Scheherazade gritó el nombre de Tn una y otra vez, su voz quebrándose contra las paredes del palacio.

—¡Tn! ¡Tn, mírame! ¡No me dejes!

Él apenas pudo alzar la cabeza. Sus labios, rotos, se curvaron en una sonrisa débil.

—Vive… —murmuró—. Yo estare bien.

Las puertas se cerraron con un golpe seco.

Scheherazade fue arrojada a una celda bajo el palacio. Oscura. Húmeda. El aire olía a moho y óxido. Cayó de rodillas, abrazándose el cuerpo, repitiendo su nombre como una plegaria rota.

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Arriba, Shahryar observaba el cielo nocturno desde su balcón.

—Haré un ejemplo —murmuró—. Para que todos recuerden quién manda.

-Haz tu peor esfuerzo-.No temeria al hombre pues el hombre no era quien para condenar.

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Esa noche, la cabeza de Tn fue expuesta en lo alto de la muralla. La sangre aún fresca brillaba bajo la luna. Los heraldos anunciaron el castigo a quienes se negaran a pagar tributo.

Pero la sangre de un creyente justo, derramada con tanta injusticia, no quedó sin respuesta.

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Dos días.

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Solo dos días bastaron.

Mensajeros llegaron jadeando. Estandartes enemigos aparecieron en el horizonte. Naciones cansadas de los abusos de Shahryar enviaron ejércitos: antiguos aliados, reinos humillados, ciudades saqueadas. NAdie toleraba tal falta de respeto y crueldad.

—¡Mi rey! —gritaban—. ¡Nos rodean!

El palacio se llenó de caos. Órdenes contradictorias. Gritos. Metal chocando.

Y en medio de todo, Scheherazade permanecía olvidada en los calabozos.

—No… no así… —susurraba, con la espalda contra la pared—. No sin él…

El rey estaba demasiado ocupado defendiendo su trono como para recordar a la mujer que una vez creyó dominar.

Cuando las murallas cayeron y los soldados invasores inundaron la ciudad, los calabozos fueron abiertos.

—¡Liberen a los cautivos! —gritó una voz desconocida.

La puerta de su celda se abrió con un chirrido.

La luz la cegó.

Scheherazade no miró atrás. Corrió.

Corrió entre humo, cuerpos, espadas chocando. Tropezó, se levantó, siguió corriendo. El nombre de Tn era lo único que existía en su mente.

—Por favor… —jadeaba—. Por favor…

Lo encontró.

El poste seguía allí. La multitud se había dispersado. La cabeza de Tn, inmóvil, silenciosa.

Scheherazade cayó de rodillas.

No gritó.

No pudo.

Las lágrimas descendieron en silencio mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor. El sonido de la batalla parecía lejano, irreal.

Extendió la mano temblorosa y tocó la madera manchada de sangre.

—Te prometí historias… —susurró—. Te prometí noches tranquilas…

Apretó la frente contra el suelo.

—Perdóname… no pude salvarte…

El viento del desierto pasó entre las ruinas del palacio, llevándose el eco de una vida que no fue.

Y en ese instante, algo se quebró dentro de Scheherazade.

No fue solo dolor.

Fue un amor que ella no correspondio.

.

.

.

.

El odio nació lento, como un veneno que no mata de inmediato, pero que jamás abandona la sangre.

Y luego vino más odio.

Scheherazade jamás volvió a ser la misma mujer después de la muerte de Tn.

La obsesión fue silenciosa al inicio, una herida que no sangraba hacia afuera, pero que por dentro devoraba cada pensamiento. El recuerdo de su voz, de su sonrisa cansada, de la forma en que se negaba a odiar incluso cuando el mundo lo merecía… todo eso se convirtió en una tortura constante.

El Rey Shahryar fue ejecutado cuando los ejércitos extranjeros tomaron el reino. Su cabeza rodó sin ceremonias, sin discursos grandiosos, sin redención. No hubo satisfacción en ello.

Scheherazade solo observó desde lejos cómo el palacio ardía.

—No es suficiente… —susurró, con el rostro inexpresivo, mientras las llamas consumían los símbolos del poder que lo había matado—. Nunca lo será.

Regresó con su antigua familia. Su hermana menor ya no era una niña; hablaba con firmeza y la miraba con admiración silenciosa. Su padre, ahora un anciano de manos temblorosas, pasaba los días sentado bajo la sombra, escuchando historias que ya conocía… y otras nuevas que Scheherazade inventaba solo para no callar.

—Hija… —le dijo una tarde, con voz cansada—. Has visto demasiado dolor.

—No —respondió ella, sin mirarlo—. Aún no he visto suficiente.

Viajó.

Viajó sin descanso.

Cruzó desiertos, ciudades, puertos, mercados y ruinas. Contó historias para sobrevivir, para ser acogida, para no olvidar. Historias de reyes crueles, de mujeres sacrificadas, de pueblos destruidos… y siempre, siempre, la historia de un comerciante que caminaba por los desiertos de Arabia y Sahara ayudando a los necesitados.

Nunca decía su nombre en voz alta.

Pero quienes escuchaban sentían que aquel hombre había existido de verdad.

Con el tiempo, su nombre se volvió leyenda.

.

.

Los Lamentos de Scheherazade.

La mujer que había presenciado la caída de un rey cruel.

La narradora que sobrevivió contando historias, no para salvarse a sí misma… sino para mantener vivo a alguien más.

Ese eco fue suficiente para grabarla en el Trono de los Héroes.

Y entonces—

La luz.

El círculo de invocación.

El aire que ya no era arena ni noche.

Scheherazade abrió los ojos lentamente.

—…Así que he sido invocada —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Yo soy… por ahora… Caster de la Ciudad Sin Noche. Puede que llegue el momento en que pueda revelar mi nombre verdadero…

Hizo una pausa, y su voz tembló apenas.

—O mejor dicho, cuando llegue el momento… tendré que hacerlo para volver a verlo.

Parpadeó.

El lugar era blanco, metálico, extraño. Demasiado limpio. Demasiado silencioso.

—Oh, oh~ Parece que la invocación fue un éxito —dijo una voz alegre.

Una mujer de cabello rizado y sonrisa confiada se acercó flotando ligeramente.

—Leonardo da Vinci, encantada~ Soy una Servant también. Y este lugar es Chaldea.

Scheherazade la observó con atención, evaluándola como había aprendido a evaluar a los reyes.

—¿Chaldea…? —repitió.

—Una organización que salva la humanidad —respondió Da Vinci con naturalidad—. Y tú has sido invocada por nuestro Master.

Scheherazade giró la cabeza.

Un joven estaba allí. Mirándola.

Demasiado fijamente.

Sus ojos recorrieron su figura apenas un segundo de más de lo apropiado.

—…Inútil —murmuró ella en voz baja, desviando la mirada con fastidio contenido.

El muchacho reaccionó tarde, poniéndose rojo al darse cuenta.

—¡P-perdón! Yo no…!

—Ahem —Da Vinci tosió exageradamente—. Mal hábito, Ritsuka. Muy mal hábito.

—¡Lo siento! —repitió él, inclinándose.

Da Vinci activó un panel y comenzó a leer.

—Clase: Caster. Nombre registrado: Scheherazade. Afinidad con historias, manipulación conceptual ligada al miedo a la muerte… oh, este perfil es interesante.

Scheherazade la miró fijamente.

—Ese nombre… es correcto —asintió—. Por ahora.

—¿Por ahora? —preguntó Ritsuka con cautela.

Ella lo miró entonces. Directamente.

No había odio en sus ojos.

Solo cansancio.

—Porque mi verdadero nombre —respondió con voz suave, peligrosa— solo debe ser pronunciado cuando la historia llegue a su final.

El silencio cayó un instante.

Da Vinci sonrió, intrigada.

—Vaya… parece que tenemos una narradora peligrosa entre nosotros.

Scheherazade cerró los ojos.

En su mente, una cabeza cercenada en una plaza.

Una noche sin luna.

Y la voz de un comerciante que jamás dejó de caminar.

—Esta vez… —susurró— no permitiré que la historia termine igual.

Pidió con un gesto suave que salieran de la sala de invocación.

—Aquí… el aire todavía pesa —dijo Scheherazade, mirando el círculo ya apagado—. Preferiría caminar.

Da Vinci asintió de inmediato.

—Claro. Un recorrido siempre ayuda a que los nervios se asienten. Ven, Caster de la Ciudad Sin Noche. Chaldea es grande… y un poco caótica.

Los pasillos blancos se abrieron ante ellas. Técnicos y Servants iban y venían; algunos saludaban, otros se detenían un segundo más de lo necesario. Scheherazade caminaba con la espalda recta, los pasos medidos, como si cada corredor fuera un mercado extranjero donde ya había aprendido a sobrevivir.

—Dime algo —preguntó de pronto, sin girar la cabeza—. ¿Este lugar puede invocar a cualquier Servant?

Da Vinci ladeó la cabeza, pensativa.

—En teoría, sí. En la práctica… no siempre. Ahora mismo, las invocaciones son aleatorias. No tenemos reliquias específicas para forzar un resultado concreto.

Scheherazade guardó silencio.

Aleatorias, repitió para sí.

Su leyenda había nacido del camino, de los viajes sin destino fijo. Pensó en el desierto. En las noches contadas para seguir viva. En un comerciante que caminaba sin dejar huella duradera, y aun así había cambiado destinos.

—Entonces… —murmuró— existe una posibilidad.

—¿De qué? —preguntó Da Vinci con curiosidad genuina.

Scheherazade no respondió de inmediato. Sus ojos recorrieron el amplio vestíbulo donde varios Servants conversaban. Algunos la miraban abiertamente. Otros fingían no hacerlo. Demasiadas miradas que ya conocía demasiado bien.

Su expresión se endureció.

Sin decir palabra, se detuvo, sacó un anillo de oro sencillo y se lo colocó con cuidado. Luego alzó la mano, mostrando el dorso con toda claridad: una dama comprometida.

El mensaje fue inmediato.

Un par de Servants desviaron la vista. Otros carraspearon incómodos. El interés se disipó como humo.

Da Vinci soltó una risa baja.

—Vaya… bien preparada.

—La experiencia enseña —respondió Scheherazade en voz baja—. Durante bastante tiempo lidié con cerdos lujuriosos. Aprendí a alejarlos sin alzar la voz.

—¿Y si no funciona? —preguntó Da Vinci, divertida.

Scheherazade sonrió apenas. Una sonrisa peligrosa.

—Siempre queda la opción de colocar laxantes en sus bebidas.

Da Vinci se llevó una mano a la boca, conteniendo la carcajada.

—Me agradas cada vez más.

Reanudaron el paso. El eco de sus tacones resonó suave.

—Lo que iba a decir —continuó Scheherazade, más seria— es que… si las invocaciones dependen del azar, del viaje del alma a través del tiempo… entonces alguien como él…

—¿“Él”? —repitió Da Vinci con atención.

Scheherazade cerró los ojos un instante.

—Un hombre sin trono, sin nombre grabado en canciones. Un comerciante que ayudó a otros sin esperar recompensa. Si mi historia lo sostuvo con vida… tal vez el mundo también pueda llamarlo.

Da Vinci no respondió de inmediato. La miró con una mezcla de respeto y cautela.

—Chaldea invoca héroes para luchar —dijo al fin—. No siempre para cumplir deseos.

Scheherazade abrió los ojos.

—Lo sé. Yo también luché —susurró—. Con palabras. Con miedo. Con historias.

Bajó la mano, tocando el anillo.

—Pero si existe una mínima posibilidad… seguiré caminando. Como siempre.

Al final del pasillo, Ritsuka los esperaba, algo nervioso.

—¿Todo bien? —preguntó.

Scheherazade lo observó con calma. Aun había fastidio en su mirada. Solo una advertencia silenciosa.

—Todo está bien, Maestro —respondió.-Pero me gustaria descanzar.

Scheherazade pidió con voz tranquila que le mostraran su habitación para poder aclimatarse.

—Necesito un momento a solas —dijo—. El viaje… incluso uno que atraviesa el tiempo, deja cansancio.

Da Vinci asintió.

—Te llevaré enseguida.

Pero antes de avanzar, Scheherazade se detuvo. Giró el rostro y miró directamente a Ritsuka, que había seguido caminando detrás de ellas casi por inercia.

Sus ojos eran suaves… pero firmes.

—Maestro —dijo con cortesía medida—. Agradezco la invocación. Sin embargo, le aconsejo que deje de seguirme ahora mismo y vaya a otro lugar.

Ritsuka parpadeó, sorprendido.

—¿Eh? Yo solo pensaba—

—Lo sé —lo interrumpió sin dureza—. Y precisamente por eso. Aprenda algo importante: no todas las muejres bajarian la guardia ante una excusa de magus solo por palabras gentiles, usted no conoce ni mi leyenda ni lo que tuve que pasar,cada penuria,cada lagrima,usted solo cree que le serviremos olvidando la familia que dejamos atras.

El chico apretó los labios, incómodo. Miró a Da Vinci buscando apoyo; ella solo encogió los hombros, claramente divertida.

—Vamos, chico —dijo la genio—. Hazle caso. Las Casters con experiencia suelen tener razón… y por experiencia diria que hagas caso.

Ritsuka suspiró.

—Está bien…

Ella inclinó ligeramente la cabeza.

—Gracias por entender.

Ritsuka se marchó, todavía rascándose la nuca.

El camino continuó en silencio hasta llegar a una puerta discreta. Da Vinci la abrió con un gesto amplio.

—Aquí estás. Si necesitas algo, solo avisa.

Scheherazade la miró un segundo y luego sonrió con educación.

—Gracias, Da Vinci. Por ahora… esto es suficiente.

—Entonces no te molesto más. Bienvenida a Chaldea.

La puerta se cerró.

El silencio cayó como un manto.

Scheherazade avanzó lentamente por la habitación. Era cómoda, limpia, demasiado ordenada. Sus dedos rozaron la pared blanca.

—Extraño la tienda de viaje… —murmuró—. El polvo, el viento, el sonido de las hogueras.

Suspiró.

—Siempre preferí lo que amaba… aunque fuera humilde.

Se sentó sobre la cama y, con cuidado casi ritual, extendió su pergamino frente a ella. Las letras antiguas brillaron suavemente: su Noble Phantasm, la cristalización de mil y una noches de supervivencia.

—Conozco mis habilidades… —susurró.

Sabía que podía invocar su antigua caravana: sombras cálidas de mercaderes, boticarios, guerreros cansados pero leales. Podía traer fragmentos de leyendas, héroes nacidos de la palabra, guerreros que solo existían porque ella los había contado al fuego.

—Podría llamarlos… —dijo en voz baja—. Podrían darme consuelo.

Pero su mano tembló apenas.

—No a ti.

Cerró los ojos.

Sabía la verdad desde el principio.

—Nunca podría invocar una copia de Tn. Ni una sombra. Ni un eco. Mi obsesión… mi deseo… no lo permitirían.

Abrió los ojos, húmedos pero firmes.

—Si voy a invocarte… será al verdadero tú.

El pergamino se cerró lentamente.

Scheherazade apoyó la frente contra él.

—Y si este lugar… Chaldea… realmente puede llamar a cualquier héroe… entonces esperaré.

Una pausa larga.

—Esperaré el día en que pueda traerte de vuelta —susurró—. No como una historia. No como un recuerdo.

Sonrió con tristeza.

—Sino como el viajero que caminó a mi lado.

Se recostó en la cama, abrazando el pergamino contra su pecho.

—Hasta entonces… seguiré contando historias.

La habitación quedó en silencio, mientras en algún lugar de Chaldea, los círculos de invocación dormían, ignorantes de que alguien, en algún punto del destino, ya estaba siendo esperado.

Un momento en el tiempo.

O solo un sueño feliz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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