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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 245

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Capítulo 245: Miwa kasumi Jjk

advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

________________

—Ríndete o morirás. Esa es la opción.

Creo que no.

Me niego.

¿De verdad creen que voy a morir

solo porque a unos idiotas les molesta mi presencia?

Al diablo con eso.

Al diablo con el camino Yunkui.

Avanzaré contra todo.

Belle… espero que puedas perdonarme.

Shifu, lamento esto.

Pero no permitiré que toques esa espada.

Así que vamos.

¡Hijos de perra, vengan por mí!

Veamos quién llega más rápido al infierno.

____________________________

Me preparo.

Ajusto la corbata de mi traje con dedos firmes, aunque por dentro tiemblen apenas.

Sé que se puede personalizar el uniforme de la Academia de Jujutsu. Faldas, chaquetas tradicionales, incluso variaciones modernas. Pero yo elegí esto: un traje de negocios negro, sobrio, limpio, sin adornos innecesarios.

Si parecía profesional, tal vez me tomarían más en serio.

Si me veían competente, quizá me darían mejores oportunidades.

Frente al espejo, observo mi reflejo. El flequillo azul claro se ha desordenado un poco y lo acomodo con cuidado. Mis cejas refuerzan una expresión que intento endurecer, aunque no siempre lo logro.

—…Está bien —murmuro para mí misma—. Así está bien.

Tomo aire. Estoy lista para salir.

Antes de irme, abro con cuidado la puerta de la habitación de mis hermanos.

Ambos duermen profundamente, envueltos en mantas que ya empiezan a quedarse pequeñas para ellos. Uno de ellos se mueve, murmura algo incomprensible y vuelve a acomodarse.

Sonrío, apenas.

—Duerman un poco más… —susurro—. Aún falta para la escuela.

Cierro la puerta con cuidado y voy a la pequeña cocina. El departamento es modesto, pero limpio. No hay lujos, solo lo necesario. Me muevo casi por inercia: pan tostándose, huevos en la sartén, jugo servido en vasos simples.

Nada ostentoso.

Nada innecesario.

Coloco todo en la mesa y dejo notas pequeñas, escritas con mi letra prolija.

“El desayuno está listo.”

“No olviden sus mochilas.”

“Pórtense bien.”

Entonces, mi mirada se dirige a la esquina de la habitación.

Ahí está.

Mi katana.

La tomo con ambas manos. Es una herramienta maldita de grado 3. Funcional. Resistente. Nada especial.

Nada impresionante.

—Si tuviera más dinero… —murmuro, observando el filo— podría permitirme algo mejor.

Mi mente recuerda, casi sin querer, el arma que porta mi superior.

Atsuya Kusakabe.

Su espada… su presencia… su seguridad absoluta al blandirla.

Él no duda.

Él no tiembla.

El era un grado 1 en pleno derecho.

Yo.

Apenas una estudiante.

Aprieto un poco más fuerte la empuñadura.

—No importa —me digo—. Esto es suficiente… por ahora.

Soy parte de la escuela de artes marciales del Nuevo Estilo de las Sombras.

No destaco.

No brillo.

Pero entreno. Todos los días. Hasta que el cuerpo duele y la mente se cansa.

—Aunque sea mediocre… —susurro— aún puedo llegar a grado 2 algún día.

Un sonido rompe el silencio: mi teléfono vibra sobre la mesa.

Lo miro.

Un segundo.

Dos.

Finalmente, respondo.

—Aquí Miwa —digo, intentando que mi voz suene firme.

La voz al otro lado es directa, fría.

—Miwa Kasumi. Tenemos una misión. Maldición avistada en una zona residencial. Posible grado 2.

Mi corazón da un pequeño salto.

—¿Grado… 2? —repito.

—No hay otros hechiceros disponibles cerca —continúa la voz—. ¿Puedes encargarte?

Miro la puerta de la habitación de mis hermanos.

Luego, la katana en mi mano.

Luego, mi reflejo tenue en la ventana.

—…Sí —respondo tras un breve silencio—. Puedo hacerlo.

—Bien. Envía confirmación y dirígete al punto marcado.

La llamada termina.

Me quedo quieta unos segundos.

—Puedo hacerlo… —repito, más para convencerme que por certeza.

Tomo mi katana, ajusto el cinturón, me coloco el abrigo encima del traje. Antes de salir, vuelvo a mirar la habitación cerrada de mis hermanos.

—Volveré pronto —les prometo, aunque no puedan oírme—. Se los prometo.

Cierro la puerta.

No sé que esta será la mañana en la que todo empiece a romperse.

.

.

Miwa corría siguiendo la dirección que marcaba su teléfono.

No tenía el lujo de un transporte; la Academia de Jujutsu estaba saturada de trabajos y los recursos se repartían con frialdad. Usualmente, algún asistente del colegio se encargaría del traslado. Ellos vestían trajes negros sencillos y, aunque no combatían, tenían la habilidad de ver maldiciones.

Pero hoy no había nadie.

—Típico… —murmuré entre jadeos, apretando los dientes.

Mis zapatos golpeaban el pavimento con fuerza. Salpicaba charcos al correr, el agua oscura manchando el bajo del pantalón del traje. No me detuve. No podía hacerlo. Cada segundo contaba, o al menos eso me repetía para no pensar demasiado.

No falta mucho…

Reducí el paso al doblar una esquina.

Un par de calles más adelante, la señal de mi teléfono parpadeó con insistencia.

—Estoy cerca… —susurré.

La zona residencial apareció ante mí: edificios de apartamentos semi habitados, antiguos, con luces apagadas incluso a plena mañana. Algunas ventanas estaban cubiertas con cortinas viejas, otras rotas. El aire se sentía… pesado.

Demasiado quieto.

Guardé el teléfono y caminé con cuidado hacia el primer edificio.

—Bien… piso por piso —me dije—. Con calma.

Mi mano derecha descansó sobre la empuñadura de la katana. El metal frío me ayudó a centrarme. Si realmente era una maldición de grado 2, no podía permitirme errores.

Avancé por el pasillo del primer piso.

Cada paso resonaba demasiado fuerte.

—Tranquila… —susurré, conteniendo la respiración—. Observa primero.

Mis ojos recorrieron las paredes, el suelo, las esquinas. Buscaba cualquier rastro: marcas, residuos, una distorsión en el aire. Energía maldita.

Nada.

Subí las escaleras con cuidado, evitando hacer ruido innecesario. El segundo piso estaba igual de silencioso.

Esto no me gusta…

—Si yo fuera una maldición… —murmuré— me escondería donde nadie mire. Tal vez en la azotea.

Un crujido lejano me hizo tensar el cuerpo.

Me detuve en seco.

—… —aguanté la respiración.

El sonido volvió a escucharse. Algo arrastrándose. Lento. Húmedo.

Tragué saliva.

—Ahí estás… —susurré.

Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de la katana.

—En cuanto te vea… —pensé— activo el Dominio Simple.

Avancé un paso más.

El pasillo parecía alargarse. Las luces parpadearon brevemente. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Es fuerte…

Un rastro de energía maldita apareció al final del pasillo, débil, pero inconfundible.

—Grado dos… —murmuré—. Definitivamente grado dos.

Respiré hondo.

—Está bien, Miwa —me dije en voz baja—. Solo concéntrate. Un corte limpio. No seas imprudente.

Di otro paso.

Entonces, algo se movió detrás de mí.

—¿…?

Giré de inmediato, desenvainando la katana con un movimiento rápido.

—¡Muéstrate! —grité, mi voz resonando en el pasillo vacío.

Silencio.

Mi corazón latía con fuerza.

—No juegues conmigo… —susurré, activando el flujo de energía maldita—. Si das un paso más…

Mis pies adoptaron la postura del Nuevo Estilo de las Sombras. El aire a mi alrededor pareció tensarse.

—Dominio Simple… —comencé a murmurar.

Algo estaba mal.

Demasiado mal.

No sabía que ya era tarde.

Un ataque llegó desde abajo.

El piso explotó bajo mis pies antes de que pudiera reaccionar. El concreto se partió como papel mojado y mi cuerpo cayó de espaldas un piso abajo. El aire salió de mis pulmones de golpe.

—¡Ghah…!

El impacto desactivó mi Dominio Simple al instante. Mi espalda golpeó el suelo con violencia y el mundo giró. Jadeé, girándome como pude para aferrar mi espada—

—¡—!

Un golpe brutal en el costado me lanzó por el pasillo como una muñeca rota. Mi cuerpo chocó contra el muro, agrietándolo, y el dolor explotó en mi pecho y hombro.

—Agh… ¡kh…!

Levanté la mirada, temblando.

Ahí estaba.

La supuesta maldición de grado 2.

—No… —murmuré con la voz rota— eso no es…

Era más fuerte.

Mucho más fuerte.

Su cuerpo era delgado y alargado, retorcido, con extremidades demasiado largas. No tenía ojos. Solo una boca enorme, abierta de par en par, repleta de dientes irregulares que crujían entre sí. Las garras rasgaban el suelo mientras avanzaba.

—Casi… un semi grado 1… —susurré, con la respiración descontrolada.

Me equivoqué.

Calculé mal.

La maldición bajó su cuerpo hasta quedar casi a ras del suelo y, en el siguiente instante, se lanzó contra mí.

—¡Mierda…!

Me arrojé a un lado, rodando por las escaleras. Sentí el golpe seco de cada escalón contra mi cuerpo mientras caía sin control. Detrás de mí, el monstruo se estrelló contra el muro, destrozándolo con un estruendo ensordecedor.

Polvo y escombros llenaron el aire.

Apenas me puse de pie, corrí.

—¡No… no puedo ganar así! —jadeé— ¡tengo que retirarme!

Bajé las escaleras como pude, ignorando el dolor que me atravesaba el costado. Mi mente trabajaba a toda velocidad.

Un velo… necesito levantar un velo.

Si no, todo este desastre será visible.

Pero antes de poder formar los sellos—

—¡—!

Tuve que lanzarme hacia un lado cuando la maldición volvió a atacar, atravesando el espacio donde estaba un segundo antes. El suelo se partió de nuevo.

Rodé, jadeando, y terminé frente a ella.

Cara a cara.

—Tch… —mis manos temblaban alrededor de la empuñadura— cálmate… Miwa… solo activa el Dominio Simple…

Reuní energía maldita, mis labios temblaron.

—Dominio Sim—

No terminé la frase.

El ataque fue demasiado rápido.

Sentí el impacto directo contra mi pecho. El mundo se volvió blanco.

—¡—AAH!

Mi cuerpo salió volando, atravesando el aire sin control, hasta estrellarse contra otro muro con un sonido seco. Caí al suelo, la katana deslizándose lejos de mis dedos.

—Kh… agh…

Intenté incorporarme. No pude.

El aire no entraba bien en mis pulmones. Cada respiración ardía. Mi visión se nubló mientras la sombra de la maldición se alargaba sobre mí.

—No… —susurré—. No aquí…

Pensé en mis hermanos.

En el desayuno sobre la mesa.

En las notas que dejé.

—…no puedo morir aquí…

La maldición abrió la boca, los dientes chocando entre sí con un sonido húmedo.

Y por primera vez desde que me convertí en hechicera—

Sentí miedo puro.

No quiero morir.

No quiero… por favor…

El nudo en mi estómago era tan fuerte que sentía náuseas incluso antes de sentir el siguiente golpe.

—¡—!

La maldición se abalanzó sobre mí.

Sus ataques eran desordenados, salvajes, sin técnica alguna. No buscaba jugar, no buscaba torturar: solo eliminarme. Cada impacto hacía temblar el suelo, dejaba grietas en el concreto, arrancaba pedazos de pared.

—¡Agh… kh…!

Mi cuerpo apenas reaccionaba. Solo recibía.

Golpe.

Dolor.

Oscuridad.

Con la poca conciencia que me quedaba, mi mano se movió por puro instinto. Mis dedos temblorosos encontraron el teléfono. La pantalla estaba rota, pero aún respondía.

—…emergencia… —murmuré, casi sin voz.

Activé la llamada.

Si alguien…

si alguien llega…

Cada nuevo impacto me empujaba más cerca de la inconsciencia. La sangre golpeaba el suelo con un sonido húmedo y pesado. Mis ojos azul violáceo no lograban enfocar nada; todo giraba.

Y entonces los vi.

Mis hermanos.

Sonriendo.

Comiendo el desayuno.

Llamándome por mi nombre.

—…no… —las lágrimas brotaron sin control— no los dejen solos…

Reuní lo poco que me quedaba y, con un grito ahogado, traté de sujetar a la maldición.

—¡—AAAAH!

Mis brazos se cerraron alrededor de su cuerpo alargado.

Por un instante… solo un instante… la detuve.

—¡No…! ¡no me mates…!

La maldición chilló, molesta. Sus garras se clavaron en el suelo y comenzó a arrastrarse, intentando quitarse de encima a la humana que no entendía por qué seguía viva. Se estrelló contra muros, columnas, escaleras.

—¡Kh… gh…!

Mi cuerpo golpeaba todo. Cada choque arrancaba un gemido de dolor de mi garganta. Ya no podía ni gritar.

Solo jadeaba.

Solo gemía.

Finalmente, con un movimiento brutal, la maldición me arrojó lejos.

Mi cuerpo voló.

Así que…

esto es morir…

Caí.

Pero antes de tocar el suelo—

—¡—!

La maldición fue golpeada de costado por una fuerza brutal que la lanzó varios metros atrás, estrellándola contra un muro opuesto.

El impacto fue tan fuerte que el edificio tembló.

—¿…?

Mi visión borrosa captó una silueta negra moviéndose entre el polvo.

—Llegué tarde… —dijo una voz joven, calmada pero firme—. Lo siento.

Un hombre alto y delgado avanzó. Vestía completamente de negro: camisa de manga larga, pantalones, botas oscuras. Su cabello corto y despeinado sobresalía bajo un pasamontañas tipo gorro negro, que bajaba lo suficiente para dejar ver unos ojos pequeños y atentos.

—Pero aún respiras —continuó—. Eso es suficiente.

La maldición se agitó, enfurecida.

—Takuma… Ino… —murmuré, apenas consciente.

Él giró la cabeza hacia mí.

—Sí —respondió—. Mantente despierta, Miwa. No cierres los ojos.

—No… puedo… —susurré.

Ino chasqueó la lengua.

—Claro que puedes. —Adoptó una postura firme—. Yo me encargo de esta cosa.

La maldición rugió y se lanzó de nuevo.

Ino avanzó para interceptarla.

—Vamos —dijo con una calma casi irritante—. Grado dos o no… ya hiciste suficiente.

Mis ojos comenzaron a cerrarse mientras el sonido de los choques resonaba a lo lejos.

Estoy viva…

pero…

Antes de perder el conocimiento por completo, una última idea cruzó mi mente, pesada y amarga.

Soy inútil…

Y esta vez… no era solo una sensación.

.

.

..

.

Takuma Ino era un hechicero de grado 2, lo suficientemente fuerte como para ser promovido a primer grado.

No por talento explosivo, sino por algo mucho más valioso en el mundo del jujutsu: consistencia.

Había recibido el pedido de ayuda minutos atrás.

Todos los chamanes afiliados a las academias de Japón portaban un teléfono especial, diseñado con múltiples números de emergencia. Llamadas a asistentes, solicitudes de refuerzos, alertas de maldiciones fuera de rango.

Cuando uno se activaba, el sistema enviaba la señal a los hechiceros más cercanos.

—Por suerte… estaba cerca —murmuró Ino, observando a la maldición frente a él.

Su mirada se desvió un instante hacia el cuerpo ensangrentado en el suelo.

Cabello azul claro.

Uniforme modificado.

—Miwa… —dijo en voz baja—. Alumna de Kusakabe senpai, ¿eh?

No había tiempo para más.

La maldición rugió, mostrando esa boca enorme llena de dientes irregulares, y dio un paso adelante.

Ino exhaló lentamente.

—Está bien… —dijo, levantando una mano—. Vamos a hacerlo rápido.

Comenzó a liberar energía maldita.

No era violenta ni caótica. Era densa. Controlada. Su presencia se expandió como una presión invisible que hizo vibrar el aire del pasillo.

Ino levantó el pasamontañas y ocultó su rostro.

En ese instante, su postura cambió.

La Invocación de Bestias Auspiciosas

(来訪瑞獣, Raihō Zuishū)

se activó.

—Kaichi —murmuró.

La energía maldita se moldeó frente a él, tomando forma en un pequeño cuerno giratorio, compacto, afilado, girando a una velocidad antinatural. El sonido era grave, como un zumbido profundo que resonaba en los huesos.

La maldición retrocedió un paso.

—Sí… —dijo Ino—. Tarde reacción.

El cuerno disparó.

La energía atravesó el aire en línea recta, perforando el torso alargado de la maldición con un sonido seco y brutal. El impacto la lanzó contra el fondo del edificio, atravesando muros y columnas.

—¡—!

La maldición chilló, convulsionándose, intentando regenerarse.

Ino no se movió.

—Reiki.

Una segunda descarga terminó el trabajo.

El cuerpo del espíritu maldito se retorció, se fragmentó, y finalmente se desintegró en residuos de energía maldita que se disiparon lentamente en el aire.

Silencio.

Ino bajó la mano y dejó escapar un suspiro.

—…confirmado —dijo—. Exorcizada.

Se giró de inmediato hacia Miwa.

Ella respiraba.

Mal.

Pero respiraba.

—Oye, oye… —se agachó junto a ella—. No te duermas todavía, ¿sí?

No hubo respuesta.

Ino chasqueó la lengua y sacó su teléfono.

—Aquí Ino Takuma. Necesito un asistente ya. Hechicera gravemente herida. Ubicación enviada. —Hizo una pausa—. Sí, con camilla y sellos médicos. Muévanse.

Cortó la llamada y volvió a mirar a la chica.

—Aguanta un poco más —murmuró—. Ya hiciste suficiente por hoy.

Por primera vez desde que llegó, su expresión se endureció.

—Pero esto… —añadió, mirando los restos del edificio destruido— no va a salirte barato.

A lo lejos, se escucharon pasos apresurados.

Ayuda venía en camino.

Pero el daño…

Ese ya estaba hecho.

.

.

.

El informe ya había sido entregado.

Utahime lo sostenía entre las manos, revisándolo una vez más. Sus ojos recorrían las líneas con atención profesional, pero el cansancio se filtraba en su expresión.

La misión asignada a Miwa superó lo esperado.

—Grado dos… —murmuró—. No. Esto ya estaba mal desde el principio.

Según los registros iniciales, se trataba de una maldición de grado 2. Sin embargo, el testimonio de Takuma Ino fue claro y contundente.

—Semi grado 1. —había dicho él—. Sin duda.

Utahime cerró los ojos un segundo y dejó escapar un suspiro lento.

Miwa había recibido tratamiento médico inmediato. Su cuerpo sanaría con descanso; nada era irreversible.

Pero el informe no hablaba solo de heridas.

Faltas registradas:

No levantar una cortina (velo).

Daños estructurales a propiedad civil.

Evaluación incorrecta del riesgo.

Nada de eso era inventado.

—Con suerte estará bien… —murmuró Utahime—. Pero esto…

Sabía perfectamente lo que significaba.

Las pruebas de promoción de grado no perdonaban errores de ese tipo. Sobrevivir no era suficiente.

Con el informe bajo el brazo, Utahime se dirigió a la enfermería.

.

.

Enfermeria de la academia Kyoto.

.

Miwa despertó lentamente.

—…gh…

Todo le dolía.

Los músculos. Las costillas. Incluso respirar era incómodo. Abrió los ojos con esfuerzo y el techo blanco entró en su campo de visión.

—¿…la enfermería…?

Giró apenas la cabeza. Reconoció el lugar de inmediato: la enfermería de la Academia de Jujutsu de Kioto.

—…entonces… —susurró— sobreviví…

Una pequeña sonrisa se formó en sus labios.

Estoy viva.

Pero la sensación no duró.

Las imágenes regresaron: el pasillo destruido, la boca llena de dientes, el cuerpo volando por el aire. La inutilidad. La diferencia de poder.

La sonrisa se desvaneció.

—No pude… —murmuró—. No pude hacer nada…

Apretó la sábana con los dedos.

—Fui… aplastada…

¿Qué tanto le afectaría eso?

¿Qué dirían los informes?

¿Los profesores?

El sonido de una puerta abriéndose la sacó de sus pensamientos.

—Miwa —dijo una voz suave—. ¿Estás despierta?

Giró la cabeza.

Ahí estaba Utahime-sensei.

Sonreía con amabilidad, esa sonrisa cálida que siempre intentaba tranquilizar a sus alumnos. Pero Miwa ya conocía esa expresión.

Esa no es una sonrisa feliz.

—S-sensei… —respondió Miwa, forzando una pequeña sonrisa—. Lamento… causar problemas…

Utahime se acercó a la cama y dejó el informe sobre una mesa cercana.

—No empieces por ahí —dijo con voz tranquila—. Primero, me alegra que estés viva.

Miwa asintió lentamente.

—Gracias… —susurró—. Ino-san…

—Sí. Él llegó a tiempo. —Utahime hizo una pausa—. Si no lo hubiera hecho…

No terminó la frase.

El silencio se volvió pesado.

—Miwa —continuó Utahime—. Tenemos que hablar sobre la misión.

Miwa tragó saliva.

—…lo sé —dijo—. Fallé, ¿verdad?

Utahime la miró con atención.

—No fue exactamente así. —Suspiró—. La misión estaba mal clasificada. Era una semi grado 1.

Los ojos de Miwa se abrieron un poco.

—¿E-entonces…?

—Pero —añadió Utahime con suavidad— eso no elimina las faltas.

Miwa bajó la mirada.

—No levanté una cortina… —susurró—. Y destruí el edificio…

—Sí —asintió Utahime—. Y eso será registrado.

Miwa apretó los dientes.

—¿Mis… pruebas de promoción?

Utahime no respondió de inmediato.

Ese silencio fue suficiente.

—…ya veo —dijo Miwa en voz baja—. Entonces… sigo siendo inútil.

—Miwa —Utahime frunció el ceño—. No digas eso.

—Pero es verdad —respondió ella, sin levantar la mirada—. Si hubiera sido más fuerte… no habría pasado nada de esto.

Utahime se sentó junto a la cama.

—Sobreviviste a algo que no estaba en tu nivel —dijo con firmeza—. Eso no es inutilidad.

Miwa no respondió.

Por dentro, algo se estaba rompiendo.

No por el dolor.

No por las heridas.

Sino porque había hecho todo bien…

y aun así, no había sido suficiente.

.

.

.

Dos meses habían pasado desde el incidente.

Miwa seguía esforzándose.

Vestía ropa distinta a la habitual: pantalones azul sencillo y una camisa blanca de botones, ya empapada por el sudor. La tela se pegaba a su piel, casi translúcida en algunas partes, mientras respiraba con dificultad.

—Hah… hah…

Blandía su katana una y otra vez.

Corte horizontal.

Paso atrás.

Corte diagonal.

El sonido del metal cortando el aire se repetía sin pausa. El sudor caía por su frente, resbalaba por su cuello y se perdía bajo la camisa.

Otra vez.

Una más.

—No… más lento… —murmuró—. Corrige la postura…

El Evento de Intercambio se acercaba. Esta vez se llevaría a cabo en Tokio.

Miwa lo sabía bien.

El año pasado… Okkotsu-senpai ganó solo.

Un recuerdo incómodo.

—Vaya, vaya~.

Una voz burlona sonó detrás de ella.

Miwa se tensó al instante.

—¿Eh…?

Se giró con rapidez, bajando la katana.

—M-Mai-san…

Mai Zenin estaba recargada contra una pared, con esa expresión relajada y cruel que nunca parecía abandonarla. La observaba de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en la ropa empapada.

—Sigues entrenando como loca —comentó—. ¿No te cansas?

Miwa tragó saliva.

—B-buenos días —dijo, inclinándose un poco—. Yo solo…

—¿Solo qué? —la interrumpió Mai—. ¿Intentas compensar algo?

Miwa apretó la empuñadura de la espada.

—Quiero mejorar —respondió con honestidad—. Si voy a participar en el evento…

Mai soltó una pequeña risa.

—¿Para qué? —preguntó—. Este año solo nos enfrentaremos a estudiantes simples de jujutsu. Nada del otro mundo.

Miwa parpadeó.

—¿E-entonces… no habrá alguien como Okkotsu-senpai…?

—Prufff Por suerte no —dijo Mai con desdén—. No todos los años tenemos monstruos así.

Miwa dudó un segundo y luego preguntó, con cuidado—¿Y… Maki-san? ¿Ella participará?

Mai chasqueó la lengua.

—¿Maki? —se encogió de hombros—. Sigue siendo grado 4. Sin energía maldita. No es alguien de quien debamos preocuparnos.

Miwa bajó la mirada.

Grado 4…

—Entonces… —murmuró— tal vez…

Mai la miró con una sonrisa torcida.

—¿Tal vez qué?

Miwa levantó la vista, dudosa.

—Tal vez… —dijo despacio— si no son tan fuertes como Okkotsu-senpai… podríamos ganar.

El silencio duró un segundo.

Luego Mai rió.

—Eres graciosa, Miwa —dijo—. Siempre tan optimista… incluso cuando no tienes razones.

Miwa apretó los labios.

—Yo… solo quiero hacer lo mejor que pueda.

Mai se enderezó.

—Haz lo que quieras —respondió—. Solo no esperes que el mundo te lo agradezca.

Se dio la vuelta para irse, pero antes de alejarse del todo añadió—Ah, y cuida esa espada. No parece que puedas permitirte otra.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Miwa no respondió.

Volvió a alzar la katana.

—…otra vez —susurró.

Corte.

Paso.

Corte.

Aunque nadie lo notara.

Aunque no importara.

Ella seguiría esforzándose.

Por ahora.

.

.

.

Miwa llegó a su apartamento cuando ya había oscurecido.

Encendió la luz y el pequeño lugar se iluminó de inmediato.

—¡Onee-chan!

Sus hermanos estaban ahí, sentados en el suelo con cuadernos abiertos. Al verla, levantaron la vista al mismo tiempo.

—Ya volví —dijo Miwa, dejando su bolso junto a la puerta.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntó el mayor, inclinando la cabeza.

—Normal —respondió ella con una sonrisa suave—. ¿Y a ustedes?

—Igual —dijo el menor—. Tareas, escuela… nada raro.

Miwa suspiró con alivio.

Es una vida tranquila…

—Me alegra —dijo—. Oigan, probablemente salga unos días por trabajo.

Los dos asintieron sin cuestionar.

—¿Otra vez? —preguntó uno de ellos.

—Sí —respondió Miwa—. Pero volveré pronto, como siempre.

Nunca les dijo a qué se dedicaba realmente.

Nunca habló de maldiciones.

Nunca habló de sangre.

—Cuídense mucho, ¿sí? —añadió.

—Tú también —respondieron casi al unísono.

Miwa sonrió.

Esa sonrisa… era real.

Más tarde, ya en su habitación, se recostó sobre el futón. Cerró los ojos, pero su mente no descansó de inmediato.

Los recuerdos llegaron solos.

Papá…

Desde pequeña, ella podía ver espíritus malditos. Señalaba el aire, se asustaba de cosas que nadie más veía.

—“Estás loca.” —había dicho él una vez—. “No puedo vivir con esto.”

Se fue.

Los dejó a ella, a su madre y a sus hermanos.

—…cobarde —murmuró Miwa en la oscuridad.

Después, su madre enfermó.

—“No es grave.” —habían dicho—. “Pero el tratamiento cuesta…”

No tenían dinero.

Miwa recordó la mano de su madre, cálida, temblando.

—“Cuida de ellos.” —le había pedido—. “Eres fuerte, Miwa.”

Murió poco después.

Miwa apretó las sábanas.

Desde entonces…

Vivió para sus hermanos. Trabajó. Ahorro cada moneda. Soportó miradas y comentarios.

Hasta que un día…

—“No estás loca.” —le dijo un hombre desconocido—. “Eres una hechicera.”

Un hechicero de jujutsu.

Él fue quien la llevó a la academia.

Quien le enseñó que esas cosas podían ser cazadas.

Que podía ganar dinero con ello.

—“Puedes vivir de esto.” —le dijeron.

Y ella aceptó.

Algún día… llegaré más alto.

No por gloria.

No por reconocimiento.

Solo para proteger lo que le quedaba.

Miwa respiró hondo.

—…mañana entrenaré otra vez —susurró.

Cerró los ojos.

Y se durmió.

Sin saber que esa tranquilidad…

era frágil.

.

.

.

Miwa apretó con cuidado la correa de su bolso mientras bajaba del vehículo. Tokio se alzaba frente a ella como otro mundo: más grande, más ruidoso, más… vivo. Las luces, incluso de día, parecían distintas a las de Kioto.

—Vaya… —murmuró, con una sonrisa sincera—. Todo es increíble…

—¿Increíble? —la voz burlona de Mai Zenin le llegó por detrás—. No seas tan pueblerina, Miwa. Tokio solo es más caro.

—Y más molesto —añadió Momo, flotando ligeramente con su escoba—. Especialmente cuando vienes con cierto equipaje innecesario.

Miwa dio un pequeño salto, sobresaltada, y luego rió nerviosa.

—L-lo siento… es solo que nunca había venido.

Mechamaru caminaba un poco más atrás, su voz saliendo del cuerpo mecánico sin emoción alguna.

—Concéntrate. Estamos aquí por el evento, no por turismo.

Noritoshi Kamo ajustó su uniforme con calma.

—Mientras no olvidemos nuestro objetivo, todo estará bien.

—¡¿Y Todou?! —preguntó Miwa mirando alrededor.

Utahime apretó los dientes.

—Se escapó.

—¡¿Otra vez?! —exclamaron varias a la vez.

—Dijo algo sobre… —Utahime hizo un gesto cansado con la mano— …ir a ver a su idol, Takada-chan.

—¡Nobuko Takada! —gritó Mai con ironía—. Claro, cómo no.

Utahime resopló, visiblemente molesta.

—Y como si eso no fuera suficiente… —murmuró— hoy tendremos que ver al albino insufrible.

Miwa parpadeó.

—¿Albino…?

No tuvo tiempo de preguntar más.

.

.

Las enormes puertas de la Academia de Jujutsu de Tokio se abrieron, y ahí estaba.

—¡Bienvenidos, bienvenidos~! —dijo una voz exageradamente animada—. ¡El viaje fue divertido, espero!

Miwa sintió que su corazón dio un salto.

—E-es…

—¡Satoru Gojo! —dijo Mai con una sonrisa ladeada—. Qué sorpresa….

Gojo levantó una mano en saludo, su venda cubriendo los ojos, pero aun así parecía mirarlos directamente.

—¡Oh, Utahime! —añadió—. Qué gusto verte. Qué pena que no te haya traído un recuerdo~

—No lo necesito —gruñó ella.

—¡Mentira! —Gojo sacó de detrás de su espalda varios peluches rosados y empezó a repartirlos—. Son de una tribu exótica que visité.

Miwa recibió uno con ambas manos, como si fuera algo sagrado.

—E-es tan suave…

—¿Ves? —Gojo sonrió—. A esta chica sí le gusta.

—¿Y el mío? —preguntó Utahime con voz peligrosa.

—Ups —Gojo se rascó la cabeza—. Se me olvidó.

—Te voy a matar.

Miwa tragó saliva.

Es él… el hechicero más fuerte…

Claro que sabia quien era Gojo Satoru…

Entonces lo vio.

A los estudiantes de Tokio formados frente a ellos.

—Ese es Fushiguro Megumi —susurró Momo—. El serio emo. Creo que estaba ligado al clan Zenin.

—La chica es Kugisaki Nobara —añadió Mai—. Bastante ruidosa.-Sonrio recordando lo facil que fue intimidarlos.

—Ese con el cuello alto es Inumaki —dijo Noritoshi—. Usa palabras malditas tecnica hereditaria de su clan.

—¿Y… y…? —Miwa señaló con los ojos muy abiertos.

Un enorme panda les devolvió la mirada.

—¿¡Es… un panda de verdad?! —preguntó sin poder contenerse.

—Sip —respondió Gojo—. Panda. Literalmente.

Miwa parpadeó varias veces.

—E-es… adorable…

—Oye —dijo el panda, ofendido—. También escucho eso.

Antes de que pudiera procesarlo, Gojo dio una palmada.

—¡Ah! Casi lo olvido.

Señaló una gran caja a su lado.

—¡Sal!

La tapa se abrió de golpe y un chico de cabello rosado saltó afuera.

—¡Ta-dán!

Miwa dio un paso atrás.

—¿S-salió… de una caja?

—Ese es Itadori Yuji —explicó Gojo—. No les agarada verlo vivo~.

Megumi y Nobara se quedaron hechos piedra.

Miwa notó entonces la presencia pesada detrás de ellos.

El director Yaga… no, Yakuganji, los observaba con una expresión de puro fastidio.

—Gojo… —gruñó el anciano—. ¿De verdad tenías que hacer esto?..Como esta vivo.

—Sí —respondió Gojo sin dudar—. Absolutamente. Y no me hire a ningun lado a partir de ahora~.

Las miradas que se cruzaron parecían cuchillas.

Van a pelear… pensó Miwa.

Pero no ocurrió.

—Bien —dijo Yakuganji con frialdad—. Asignen las habitaciones.

Utahime suspiró aliviada.

—Como siempre —anunció—. Hombres de un lado, mujeres del otro.

Miwa apretó su peluche rosado contra el pecho.

Tokio es… aterrador…

Pero… también emocionante.

Y por primera vez desde el incidente, sintió algo nuevo crecer en su pecho.

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Y preguntaran y Tn?. simple aparecera a futuro ya que tengo mucha esencia planeada y uffffffff va a ser esencial

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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