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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 246

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Capítulo 246: Ruby rose part 9 RWBY

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

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Tn se separó del abrazo con cierta torpeza. Bajó un poco la cabeza, claramente apenado; sus orejas de lobo se movieron nerviosas, al igual que su cola, que trazó un lento vaivén detrás de él. Ruby notó ese gesto y sonrió con suavidad, sin burlarse.

Sus ojos recorrieron la habitación.

Era… sencilla.

Demasiado.

Una cama, una mesa pequeña, un armario casi vacío. Nada más. No había pósters, libros, armas a la vista, ni siquiera un pergamino cargándose en algún rincón.

—Oye… —dijo Ruby con cuidado—. ¿No tienes… muchas cosas personales?

Tn pareció pensarlo de verdad. Ladeó un poco la cabeza, como si la pregunta le resultara extraña.

—Siendo ciego… —murmuró— ¿para qué las necesitaría? No veo fotos. No leo pergaminos. Ni siquiera tengo uno.

Ruby se sonrojó de inmediato.

—Lo siento… yo… no lo pensé así…

—No te disculpes —respondió él enseguida, sin rastro de reproche—. No me molesta.

Tn se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda contra el respaldar de la cama. Soltó un suspiro largo, pesado. El cansancio no era solo físico; era emocional, profundo, como si cada cosa que había sentido ese día le hubiera pasado factura de golpe.

Ruby no pidió permiso. Simplemente se recostó sobre él, como tantas veces antes, apoyando la cabeza en su pecho. Para ella era natural. Para Tn… también.

Sus ojos plateados observaron su rostro relajado, los párpados cerrados, la respiración algo irregular.

—Tn… —susurró— ¿estás bien… después de todo lo que pasó?

Él tardó un poco en responder.

—No del todo —admitió—. Hice mal en atacar a la profesora Glynda.

Ruby frunció el ceño suavemente.

—Solo querías ir a rescatarme de Jaune y Cardin…

Al escuchar esos nombres, Tn sintió el asco subirle por la garganta, mezclado con una ira amarga. Sus colmillos rozaron su labio inferior.

—Esas dos escorias… —murmuró—. Si hubiera sabido lo que planeaban, jamás te habría dejado sola.

Lado positivo.

Jamas podrán tener progenie ni caminar.

Ruby negó despacio.

—Tuve miedo… —confesó—. Pero también sabía que no se saldrían con la suya.

Sonrió un poco, con esa sonrisa suya que siempre parecía iluminarlo todo.

—Y… bueno… —añadió—. Me puso feliz saber que destruiste buena parte de la academia buscándome.

Tn se tensó y se sonrojó de inmediato.

—N-no era la idea… —murmuró—. Tu hermana Yang también ayudó.

Ruby rio bajito.

—Créeme, Yang habría hecho exactamente lo mismo que tú… o peor.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue cálido.

La mano de Tn se levantó lentamente, dudosa, buscando la cabeza de Ruby… pero se detuvo en el aire, incapaz de encontrarla. Sus dedos temblaron un poco.

Ruby lo notó.

Sin decir nada, tomó su mano y la colocó con cuidado sobre su cabeza, entre su cabello negro y rojo.

—Aquí… —susurró—. Estoy aquí.

Los dedos de Tn se cerraron despacio, como si confirmara que era real. Su cola se movió un poco más rápido, inconsciente.

—Gracias… —dijo Ruby en voz baja—. Por venir por mí. Por preocuparte. Por ser… mi amigo.

Tn tragó saliva. Su mano permaneció ahí, cálida, protectora.

—Siempre —respondió—. Aunque el mundo se me caiga encima.

Y por un momento, todo lo demás —el escándalo, la academia, los adultos, el odio— quedó fuera de esa habitación sencilla. Solo estaban ellos dos, respirando al mismo ritmo.

—Moshi moshi. Oye, Tn… —dijo Ruby de pronto, con esa vocecita que siempre usaba cuando estaba a punto de pedir algo—. ¿Aquí… habrá galletas?

Tn parpadeó, sorprendido por la pregunta. Lo pensó un momento.

Howard comía prácticamente de todo.

Y si Ruby pedía algo… bastaba con decírselo a una sirvienta.

—Creo que sí —respondió—. Si le pido a alguien… seguro te traen.

Los ojos plateados de Ruby se iluminaron al instante, como si acabaran de prometerle el mejor tesoro del mundo.

—¿En serio? ¿Galletas para cenar?

—No se lo diré a nadie —añadió Tn, con una pequeña sonrisa.

Ruby soltó una risita ahogada, feliz.

Algo dentro de Tn se aflojó.

Su corazón latía más lento, más tranquilo. Las voces que antes le gritaban, que le exigían proteger, poseer, devorar a su caperucita roja, se habían apagado casi por completo. Su olfato, que antes lo saturaba con cada matiz del aroma de Ruby, ahora solo percibía un suave olor a rosas… calmante.

Seguro.

Ambos se levantaron de la cama. Ruby tomó la mano de Tn sin pensarlo, como si fuera lo más natural del mundo, y salieron de la habitación.

—Nunca pensé que vivieras en una mansión en medio del bosque —murmuró ella mientras caminaban—. Pensé que… no sé, algo más pequeño.

—Howard es… excéntrico —respondió Tn—. Le gusta estar apartado. Dice que la gente hace demasiado ruido.

—Tiene sentido —dijo Ruby—. Aunque esto sigue siendo genial.

Tn inclinó un poco la cabeza.

—La casa tiene sistemas para detectar Grimm. Sensores, barreras… Howard suele encargarse de eso él mismo.

—¿En serio? —Ruby abrió más los ojos—. Wow…

Mientras avanzaban por los pasillos amplios y silenciosos, era Tn quien guiaba el camino. Sus pasos eran seguros, medidos; su semblanza se extendía de forma casi imperceptible, tocando paredes, columnas, esquinas.

Ruby lo observó caminar así, confiado, tranquilo.

—Sabes… —dijo en voz baja—. A veces olvido que no puedes ver.

Tn sonrió levemente.

—A veces yo también.

Siguieron avanzando, la mansión silenciosa rodeándolos, y por primera vez desde todo el caos en Beacon… Tn sintió que estaba exactamente donde debía estar.

Llegaron a un gran comedor, amplio y silencioso, iluminado por una lámpara elegante que colgaba sobre la mesa. Ruby fue la primera en notar a las sirvientas moviéndose con precisión entre los muebles… y todas llevaban máscaras.

Se quedó mirándolas un segundo de más.

—Oye, Tn… —murmuró—. ¿Por qué todas llevan máscara?

Tn se quedó quieto.

Un segundo después, Ruby se dio cuenta de su error y casi se llevó la mano a la cara.

—Ah… lo siento —añadió rápido—. Es obvio que tú no—

—Está bien —dijo él con calma—. No lo sabía.

Avanzó un poco y habló con la voz un poco más alta, lo justo para que lo escucharan.

—¿La cena estará lista pronto? —preguntó—. Y… ¿podrían servir galletas?

Una de las sirvientas, que estaba acomodando la mesa, se detuvo y asintió con una leve inclinación de cabeza.

—La cena estará lista en breve —respondió—. Según las órdenes del señor Howard, las visitas pueden pedir lo que deseen.

—Gracias —dijo Tn.

Buscó su asiento con cuidado. La mesa era enorme; normalmente él se sentaba en uno de los extremos y Howard en el otro. Antes de que pudiera acomodarse del todo, Ruby se sentó a su lado, sonriendo.

—Esto es increíble —susurró—. En casa de papá solo hay sopa instantánea… o sobras.

Tn ladeó un poco la cabeza.

—¿No hay… un adulto que cocine para ustedes? ¿Tu padre… o tu madre?

Ruby dudó. Su sonrisa se apagó un poco.

—Mi mamá… murió cuando yo era muy pequeña —dijo en voz baja—. Casi no la recuerdo.

Hizo una pausa, jugueteando con sus manos.

—Y papá… Tai no es muy responsable. Siempre está fuera, y cuando vuelve suele estar borracho. Yang me decía que nos encerráramos en la habitación y que no abriera la puerta a nadie.

Tn apretó ligeramente los dedos sobre la mesa. Algo en su pecho se contrajo.

—Lo siento… —murmuró—. No quise—

—No pasa nada —lo interrumpió Ruby, forzando una pequeña sonrisa—. Está bien decirlo en voz alta de vez en cuando.

Tn asintió despacio.

Él tampoco había tenido padres.

Y Howard… nunca fue un padre. Más bien un mentor.

Uno muy raro……… Una sombra constante, firme, pero distante.

—Supongo que… nos parecemos un poco —dijo él.

Ruby lo miró, con suavidad.

—Sí —respondió—. Y es agradable poder desahogarse con alguien.

La conversación se quedó en silencio unos segundos, cómodo, mientras el sonido lejano de la cocina anunciaba que la cena se acercaba.

No mucho después, Weiss apareció en el comedor.

Llevaba un vestido blanco algo holgado, el cabello aún ligeramente húmedo y su expresión era de absoluta satisfacción.

—Ese baño y masaje fue lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo~ ahhh~ lo necesitaba de verdad~ —declaró con total seriedad mientras tomaba asiento—. Beacon debería aprender un par de cosas.

Chasqueó los dedos con naturalidad, como si estuviera en su propia mansión.

—Tournedo Rossini.

—Magret de pato con granada.

—Bacalao con costra de pera.

—Chuletón de vaca con chimichurri.

—Y solomillo de cerdo.

-Y un poco de vino diluido en jugo y agua de malantial.

Ruby abrió un poco la boca, claramente a punto de decir “Weiss, no seas tan exigente”, pero no llegó a hacerlo.

Varias sirvientas aparecieron casi de inmediato, colocando cada platillo frente a Weiss con precisión impecable.

—Perfecto —dijo ella, sonriendo con los ojos cerrados antes de empezar a comer con modales refinados.

Ruby parpadeó un par de veces.

—Yo… eh… solo quiero una hamburguesa —dijo al final—. Y galletas con soda, por favor.

La orden fue cumplida sin demora.

Una de las sirvientas se giró hacia Tn.

—¿Lo de costumbre, señor?

—Sí —asintió él.

Le colocaron un plato de carne de cordero cuidadosamente preparado y una taza de té caliente. Al percibir el aroma, Tn se quedó quieto unos segundos.

Por un instante, su mente regresó a otro tiempo:

las calles, la basura, el hambre constante.

Hasta que Howard lo había sacado de ahí… y le había dado una vida distinta.

—Huele bien —murmuró.

Blake llegó entonces al comedor con un libro bajo el brazo. El título, La llamada de Cthulhu, llamó la atención de Ruby.

—¿Eso no es… súper raro porque un libro llamaria a alguien? —preguntó.

—Precisamente por eso es interesante —respondió Blake mientras tomaba asiento—. Pescado y salmón, por favor.

Le sirvieron cortes más pequeños y refinados, lo cual no pareció molestarle en absoluto. Se acomodó y empezó a leer mientras comía.

Desde la entrada del comedor se escuchó una risa fuerte.

—¡Vamos, viejo! —decía Yang, entrando junto a Howard—. Si fueras de mi edad, todo el mundo pensaría que eres mi sugar daddy.

Howard bufó, cruzándose de brazos.

—No soy tan viejo —respondió—. Y si lo fuera, te daría disciplina antes que dinero.

—¡Eso sonó sospechosamente a amenaza! —rió Yang.

Ruby los miró, sorprendida.

—Wow… se llevan bien.

—Sí —dijo Blake sin levantar la vista del libro—. Demasiado bien.

Howard tomó asiento en uno de los extremos de la mesa, levantando su copa.

—Bienvenidas a mi casa —dijo con tono cansado pero firme—. Coman. Descansen. Mañana será otro problema.

Y, por primera vez desde Beacon, el ambiente se sintió… extrañamente tranquilo.

El comedor quedó envuelto en un silencio denso, apenas roto por el tintinear de los cubiertos contra la porcelana. Ruby observaba de reojo a su equipo mientras comían: Weiss con modales impecables, Blake concentrada en su plato y en su libro apoyado a un lado, Yang devorando con la misma naturalidad con la que respiraba. Ella había pedido casi lo mismo que Ruby, algo sencillo, y eso la tranquilizó un poco. No se sentía tan fuera de lugar.

Cuando el último bocado desapareció, las sirvientas comenzaron a retirar los platos con movimientos coordinados, silenciosos, casi mecánicos. Howard se aclaró la garganta y apoyó los codos en la mesa.

—Bien —dijo con calma—. Las habitaciones ya están asignadas. Hora de despertar entre las siete y las ocho. El desayuno se sirve a las nueve en punto.

Hizo una pausa, como si midiera sus palabras.

—La mansión es grande. Hay biblioteca, salas de armas, y una sección trasera con piscina y un pequeño campo de práctica… por si quieren entrenar.

Yang alzó una ceja, interesada al instante.

—¿Piscina y campo de entrenamiento? —sonrió de lado—. Empiezo a pensar que Ozpin nos castigó demasiado bien.

—Se quedarán el tiempo que Ozpin considere necesario —continuó Howard—. Al menos hasta que este escándalo se enfríe.

Blake escuchó en silencio, asintiendo apenas. Como fauno, sentía cierta afinidad con Tn, pero mantenía la distancia. No quería llamar la atención, no quería que alguien uniera puntos que prefería dejar enterrados. Sus dedos apretaron el lomo del libro por un segundo antes de relajarse.

Yang se encogió de hombros, despreocupada.

—Comida gratis, mansión enorme, estudios, piscina… y un tipo que no es tan aburrido —rió—. Por mí, podría pasar todos mis cursos así.

—Es razonable —intervino Weiss, cruzándose de brazos—. Aunque es molesto verme arrastrada a todo este problema por culpa de Ruby.

Yang giró la cabeza lentamente hacia ella, los ojos brillándole con advertencia.

—Oye, princesa de nieve —gruñó—. Este problema lo causaron Cardin y Jaune. Así que mejor no te quejes.

—¡Por favor, no peleen! —pidió Ruby, bajando la mirada—. No aquí…

Howard no dijo nada. Simplemente miró a Tn desde el otro extremo de la mesa. Lo sostuvo con la mirada unos segundos, suspiró y finalmente se puso de pie.

—Como invitadas —dijo—, tienen libertad de movimiento por toda la mansión. Solo un favor.

Alzó un dedo, serio.

—No toquen mi licor. Ozpin se quejaría como una perra si se entera de que dejé a cuatro pubertas beber alcohol.

Yang soltó una carcajada abierta.

—Anotado, viejo gruñón.

Howard negó con la cabeza, resignado, mientras Tn permanecía en silencio, observando. La noche apenas comenzaba.

Todos se retiraron poco a poco a sus habitaciones. Yang, con los brazos cruzados, se apoyó en el marco de la puerta mientras observaba a Ruby acomodarse la capa.

—Oye, ¿segura que no quieres dormir conmigo? —preguntó con una sonrisa ladeada—. Hay camas enormes aquí, y prometo no patearte en la noche.

Ruby dudó un segundo y luego negó con la cabeza.

—Quiero pasar la noche con Tn… solo para no dejarlo solo.

Yang entrecerró los ojos, claramente desconfiada por un instante, pero enseguida lo ocultó con una risa exagerada.

—Oooh, ya veo. ¿Solos? ¿Besándose a escondidas en una mansión gigante? Vaya, hermanita, crecen tan rápido…

—¡Yaaaaaang! —Ruby sintió cómo las orejas le ardían—. ¡No es por eso!

Bajó la voz, casi en un murmullo.

—Solo… no quiero que se sienta mal.

Yang la miró unos segundos más, luego suspiró y le revolvió el cabello con cariño.

—Está bien, está bien. Ve y hazle compañía a ese lobo solitario.

Ruby sonrió, aliviada, y salió casi trotando por el pasillo en dirección a la habitación de Tn.

Desde el otro lado, Blake alzó la vista de su libro.

—¿De verdad está bien dejarla ir sola?

Yang se encogió de hombros.

—Sip, el chico lobo se rompió la espalda para salvar a Ruby. Incluso le pateó el trasero a Glynda por mi hermanita.

Sonrió de lado.

—En mi libro, eso ya le da varios puntos… si algún día se le ocurre cortejarla.

Blake negó suavemente con la cabeza y volvió a bajar la mirada al libro.

—Este texto es extraño… muchas cosas no tienen sentido —murmuró, intrigada.

Weiss, por su parte, cerró la puerta de su habitación y se dejó caer sobre la cama. Un gemido suave escapó de sus labios al sentir el colchón.

—Esto es… perfecto~ —susurró. Le recordó a Atlas. Suspiró, satisfecha, y no tardó en quedarse dormida.

.

.

En otra ala de la mansión, Ruby ya estaba recostada junto a Tn. La habitación era silenciosa, iluminada apenas por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. El pecho de Tn subía y bajaba con una respiración tranquila y constante.

—Buenas noches, Tn… —susurró Ruby.

Él no respondió, pero su presencia era cálida, estable. Ruby se acomodó un poco más cerca, dejando que ese ritmo suave la arrullara. Sus ojos plateados comenzaron a cerrarse poco a poco, hasta que el cansancio finalmente la venció, quedándose dormida allí, sin miedo, por primera vez en mucho tiempo.

Tn siguió despierto. Sentir a Ruby dormida sobre él era la experiencia más placentera que jamás creyó posible, un peso suave y cálido que anclaba su corazón al presente. Aun así, el cansancio comenzó a reclamarle, y su mente empezó a divagar mientras el sueño lo envolvía con lentitud.

Un bosque cubierto de nieve apareció ante él. Los árboles eran altos, silenciosos, y entre sus sombras avanzaba una pequeña caperucita roja. Era solo una niña, con pasos inseguros y la respiración temblorosa, perdida en un mundo demasiado grande. Había crecido con miedo al ancho mundo, protegida tras los muros de su castillo, intentando correr de vez en cuando… y fallando. Cuando el sol se puso, huyó al bosque, sola y asustada.

—No vayas ahí —le advirtieron voces sin rostro—. Hay criaturas que se esconden en la oscuridad.

Entonces algo comenzó a arrastrarse entre la nieve. Una presencia enorme, sigilosa.

—No te preocupes —dijo una voz grave, cansada—. Sígueme… a donde quiera que vaya.

La niña levantó la mirada. Un gran lobo negro caminaba delante de ella, guiándola por el bosque como dictaban los cuentos. Promesas flotaban en el aire: la cima de todas las montañas, el valle más bajo, oro para cumplir cualquier deseo.

—Te daré todo lo que has estado soñando —susurró el lobo.

Pero la niña negó con la cabeza. No quería oro. No quería nada de eso. Sus ojos estaban fijos en el costado del lobo, de donde goteaba un líquido carmesí que manchaba la nieve. A pesar de su poder, estaba herido.

La pequeña se detuvo, se quitó la capa roja y se acercó sin miedo.

—Estás sangrando… —dijo con voz suave.

El lobo se tensó. Había pensado en devorarla, como siempre había hecho. Pero aquel gesto, tan simple, despertó en él un sentimiento desconocido. La niña cubrió la herida con su capa, presionando con cuidado.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó ella.

El lobo guardó silencio un instante, luego respondió con amargura—Un cazador. Él fue el responsable.

La niña apretó un poco más la tela.

—Entonces no estás perdido —dijo—. Solo estás cansado… y herido.

El bosque pareció guardar silencio ante esas palabras. Y en la realidad, Tn respiró hondo, aferrándose a ese sueño mientras Ruby dormía sobre su pecho, como si, por una vez, el lobo también pudiera descansar.

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El gran lobo aceptó la tela roja y cubrió su herida. El bosque pareció responder, dejando caer aún más nieve desde las copas de los árboles, como si el mundo mismo suspirara. La niña comenzó a temblar; el frío se le metía en los huesos.

—Ven —dijo el lobo con voz grave—. No debes quedarte aquí.

La tomó con cuidado y la llevó hasta una cueva oculta entre rocas y raíces. Dentro, el viento no entraba. Allí, la criatura comenzó a cambiar. El pelaje negro se replegó hasta volverse piel, los colmillos se encogieron, las garras desaparecieron bajo dedos humanos. Ante la niña ya no había un monstruo, sino un hombre de mirada cansada y casi apatica.

Se sentó cerca del fuego y usó la tela roja para cubrir su cuerpo, improvisando ropa. La niña se acomodó a su lado, aún con los pies fríos. El hombre sacó una pipa, la encendió, y al aspirar de ella nació una llama cálida que iluminó la cueva.

—Así estarás a salvo —murmuró—. Al menos por esta noche.

Dio otra calada y observó el fuego danzar.

—Es hora de cazar. Te traeré comida.

La pequeña lo sujetó de la manga con manos temblorosas.

—No me dejes sola… por favor.

El hombre guardó silencio, luego le tendió la pipa.

—Es una pipa mágica —explicó—. Si tienes miedo, solo da un sorbo. Llegaré a ti, sin importar dónde esté.

La niña asintió, aferrándose a ella como a un tesoro.

—Lo prometes.

—Lo prometo —respondió él antes de marcharse.

Caminó por el bosque ya con forma humana. Mientras avanzaba, pensó en la niña… en por qué deseaba cumplir sus sueños. Encontró un ciervo, lo cazó con rapidez y lo desolló para llevar su carne. Pero cuando terminó, el ciervo se levantó de nuevo. Era mágico. Sacudió la nieve de su lomo y se alejó, ileso, como si la muerte no pudiera tocarlo.

—Hmp… —gruñó el hombre—. Así es este bosque.

Regresó a la cueva y preparó la carne que había logrado obtener. Cuando la niña comió, sus ojos brillaron.

—Está delicioso —dijo sonriendo—. En casa casi no comemos… la nieve trae hambre. El trigo muere, y todo se vuelve blanco.

El hombre la observó en silencio, pensativo. Luego tomó la pipa, aspiró con calma y sopló el humo hacia la entrada de la cueva. Afuera, la nieve comenzó a retirarse de los campos. Los cultivos quedaron libres, la tierra respiró otra vez.

—Entonces… —murmuró— haré que no vuelvas a pasar hambre.

La niña lo miró con asombro.

—¿De verdad puedes hacerlo?

Él sostuvo su mirada, serio, decidido.

—Te daré todo lo que has estado soñando.

Y con el paso del tiempo, cada necesidad de la pequeña fue cumplida: calor en el invierno, comida en la escasez, y la silenciosa promesa de que el lobo siempre volvería por ella.

Pero el hombre era cruel… o quizá el mundo lo era más.

Cuando la aldea comenzó a prosperar, cuando los campos volvieron a dar trigo y el frío dejó de morder, los aldeanos buscaron una causa. Y la encontraron en la niña de la capa roja. Creyeron que ella había sido el origen de sus males, que su presencia traía calamidades, y que su ausencia había devuelto la abundancia.

—Cuando se fue… todo mejoró —decían—. Si vuelve, la desgracia volverá con ella.

La niña, ignorante de esos susurros, siguió al lobo. Ya no era un bosque de nieve: la primavera lo había reclamado. Corría descalza entre la hierba, reía, giraba con los brazos abiertos. El lobo la observaba en silencio, más calmado que nunca.

—¿Puedo volver a la aldea? —preguntó ella un día, deteniéndose de golpe.

El lobo frunció el ceño.

—¿Por qué querrías volver? —dijo—. Aquí tienes todo. Puedo darte todo lo que desees.

La niña negó con la cabeza.

—No es eso… —murmuró—. No quiero que te canses de cumplir mis deseos. No quiero ser una carga para ti.

El lobo no respondió. Solo la miró marcharse, pequeña figura roja alejándose entre los árboles.

Nunca volvió.

La niña regresó a la aldea… y allí fue cazada como una plaga. Su cuerpo, frágil y sin vida, fue arrojado al río como si nunca hubiera importado. Los días pasaron. El lobo esperó. Y esperó.

Marcas empezaron a llenar la cueva, los dias y noches que la joven no volvia.

La cueva permaneció en silencio.

—…No vuelve —susurró, con la voz rota.

La tristeza se asentó en su pecho como una herida que no sangraba. Entonces, el ciervo mágico apareció de nuevo entre los árboles. Sus ojos eran tan neutrales ante el depredador. El era la carne que alimentaba al bosque y el lobo que tenia de frente era el encargado de cuidar al bosque cuanod el ran oso durmiera.

—Podrías alimentarte de mí —dijo—, pero sé que no eres tan cruel como para dejarte sufrir en la ignorancia. Ve al río.

El lobo no preguntó. Corrió.

En el río, el viejo castor custodiaba la presa. Sobre las aguas quietas yacía la niña de la capa roja. El mundo pareció detenerse.

—¿Quién fue? —preguntó el lobo, con una calma aterradora.

El conejo negó con fuerza.

—No… no fuimos nosotros.

El zorro guardián desvió la mirada, en silencio.

—…

—¡Tranquilidad! —pidió el búho desde lo alto—. La ira no traerá respuestas.-EL buho era el mas sabio en todo el bosque.

Entonces la serpiente salió de su madriguera, arrastrándose lentamente. Sus ojos eran los ojos del mundo.

—Fueron los aldeanos —dijo—. Ella solo quiso lo mejor para ellos… y la mataron por miedo.

El lobo cerró los ojos. La imagen de la niña sonriendo, compartiendo su comida, pidiéndole que no se cansara… lo atravesó como una lanza.

—…Así que ese fue su pago.

La comadreja intentó acercarse.

—No estás solo…P-podemos ir con el gran oso.

Pero el lobo ya no escuchaba. Su forma humana se quebró, su piel volvió a ser pelaje, sus colmillos regresaron. Tomó la pipa con una garra temblorosa.

Sorbo tras sorbo. Humo tras humo.

El cielo se cubrió. La luz del sol desapareció. En respuesta a su tristeza, todo el valle —y sus confines— jamás volvió a ver la claridad del día.

—Te daré todo lo que has estado soñando —susurró al vacío—. Aunque el mundo no lo merezca.

El cuento terminó ahí.

.

.

.

En la realidad, Tn finalmente cayó en el sueño, abrazando a Ruby más cerca de su pecho. Como si, incluso dormido, temiera que el mundo volviera a arrebatársela.

Un delirio que estaba dispuesto a cuidar.

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ok como sabran este era el primer tn yandere a peticion del que pidio yandere de ruby pero ahora me puse hacer tematica de la mansion del terror, tn se comporta mas propenso con sus instintos. Ya sabes un poco de mordidas aqui y haya.

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

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La alarma sonó un poco antes de lo habitual.

Tn abrió los ojos con lentitud, quedándose unos segundos mirando el techo, como si necesitara recordar dónde estaba. El cuarto estaba en silencio, apenas roto por el zumbido lejano de la ciudad despertando. Se incorporó y, casi por reflejo, volvió la mirada hacia la mesita de la izquierda.

La foto seguía ahí.

Él y Trivia, congelados en un instante que ya no existía.

Tn suspiró despacio, como si ese simple gesto pudiera aliviar el peso en el pecho.

—Otro día… —murmuró para sí mismo.

Se levantó, se duchó rápido y se vistió sin pensar demasiado. Antes de salir, volvió a mirar la foto una última vez.

—Voy a intentar seguir adelante —dijo en voz baja, más como una promesa que como una convicción.

Cerró la puerta tras de sí y se dirigió al club.

.

.

Arkadance ya estaba despierto cuando llegó.

Los ayudantes se movían de un lado a otro preparando las bebidas, limpiando las barras, revisando luces. El DJ probaba el sonido; una base grave retumbó brevemente antes de apagarse.

—Más bajo eso, todavía no abrimos —gruñó uno de los técnicos.

Tn asintió al pasar, revisando mentalmente la lista de pendientes. Todo parecía en orden.

Entonces la vio.

Glynda acababa de llegar, ajustándose la capa con un gesto automático. Llevaba el cabello perfectamente arreglado, aunque había algo en su expresión que delataba cansancio… o quizá costumbre.

—Buenos días —saludó Tn, con una leve inclinación de cabeza.

—Buenos días —respondió ella, acomodándose las gafas—. Veo que todo está igual que anoche.

—Rara vez cambia algo —comentó él—. Los eventos nocturnos suelen repetirse. Misma música, mismas bebidas, mismas caras… solo cambian los problemas si tenemos algo de suerte.

Glynda soltó una breve exhalación que casi fue una risa.

—En la academia pasa lo mismo —dijo—. Diferentes alumnos, mismas imprudencias.

—Supongo que eso nos hace expertos en lidiar con eso —replicó Tn.

Ella asintió lentamente.

—¿Pediré lo mismo que anoche? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Si no te importa la rutina —respondió él—, sí. El cóctel suave sigue siendo el más pedido… por ti.

Glynda arqueó una ceja.

—Vaya, ¿ya me tienes identificada?

—Ventajas de ser observador —dijo Tn con una media sonrisa.

Por un momento, el ambiente se sintió… cómodo. Silencioso, pero no incómodo. Era agradable tener una relacion con un jefe tan relajado.

.

.

Muy lejos de ahí, en un hangar mal iluminado, el ambiente era todo menos tranquilo.

Roman Torchwick caminaba de un lado a otro entre cajas de dust, ajustándose los guantes con visible irritación.

Un hombre alto y delgado, con cabello largo y naranja brillante que le cubre el ojo derecho, ojos rasgados de color verde oscuro con delineador negro y pestañas muy largas; viste un traje blanco con detalles rojos, un bombín negro con banda roja y pluma, bufanda gris, guantes negros y pantalones negros.

—¿Cuántas veces tengo que repetirlo? —gruñó—. ¡Las rojas van separadas de las azules! ¿O quieren volar el hangar?

Uno de los mafiosos tragó saliva y obedeció de inmediato.

—Tsk… inútiles —murmuró Roman, pasándose una mano por el cabello naranja.

No muy lejos, sentada despreocupadamente sobre una caja de dust, una pequeña figura balanceaba las piernas como si nada de aquello fuera con ella. Su sonrisa ladeada contrastaba con el entorno peligroso.Sus caracteristicas eran inconfundibles,cabello mitad rosa y mitad castaño con mechones blancos (aunque cambia), piel pálida y ojos que cambian de color entre marrón, rosa y blanco, a menudo con heterocromía (ojos de distinto color). Es de baja estatura, viste ropa elegante en tonos rosa, marrón y blanco (como corsés y faldas), lleva guantes y un paraguas,

Neo.

Ella movió las manos con rapidez, gesticulando con entusiasmo.

—¿Un club nocturno? —leyó Roman, frunciendo el ceño—. ¿Ahora?

Neo asintió varias veces, exageradamente, y señaló hacia afuera del hangar. Luego imitó un vaso llevándose a los labios y se encogió de hombros, como diciendo ¿por qué no?

—No puedo aparecer en público —gruñó Roman—. Mi cara está en todos los carteles de búsqueda de Vacuo.

Neo ladeó la cabeza, sonriendo, y señaló su propio rostro. Luego hizo un gesto como de cambiar una máscara.

—Sí, sí, tú puedes —suspiró Roman—. Claro que puedes.

Ella dio un pequeño salto desde la caja y levantó ambos pulgares, claramente satisfecha.

—Pero nada de traer amantes de una noche al hangar —añadió él con desconfianza.

La sonrisa de Neo se tensó apenas un segundo. Luego, sin perder el gesto burlón, le levantó el dedo medio.

—Oye, oye… era una broma —bufó Roman—. Aunque contigo ya no sé.

Neo giró el rostro, su expresión cambiando sutilmente. Esa clase de bromas ya no le hacían gracia. No desde… antes.

Sin decir nada más, se dirigió a la salida. Al cruzar la puerta, su apariencia comenzó a cambiar: el cabello se acortó, el color se uniformó en tonos más discretos; sus ojos se tornaron de un rosa suave. La ropa elegante dio paso a algo moderno, práctico, fácil de perder entre la multitud.

Antes de desaparecer entre las luces de la ciudad, Neo miró hacia atrás un instante.

Sus pensamientos, silenciosos, tenían un solo nombre.

Tn.

Y sin saberlo, el camino de los tres estaba a punto de volver a cruzarse.

.

.

.

Glynda estaba sentada en la sección de bebidas, observando cómo el personal terminaba de preparar todo antes de que el club se llenara por completo. Se había puesto el traje formal del club, pero llevaba el abrigo abierto, dejando ver una camisa de botones sin corbata. El atuendo le resultaba extraño y familiar al mismo tiempo: elegante, funcional… distinto a la rigidez de Beacon.

Bajo la tela, ocultas de forma discreta, llevaba un par de armas proporcionadas por Arkadance. Solo los guardias tenían permitido portar armamento y utilizar sus semblanzas en caso de emergencia. Aun así, Glynda dudaba que alguna vez tuviera que hacerlo allí.

Para su sorpresa, empezaba a disfrutar ese trabajo.

Mucho más que trabajar con Ozpin.

Con Ozpin nada había sido sencillo ni honesto. Nunca.

¿Cuántos compañeros había enviado a morir con una sonrisa tranquila?

¿Cuántos alumnos habían caído siguiendo planes que jamás se les explicaron del todo?

Glynda apretó ligeramente los labios.

—Director amable… —murmuró para sí—. Una fachada perfecta para un monstruo enfermo.

Recordo casi con asco las insinuaciones que llego hacerle.

Desvió la mirada antes de que esos pensamientos la consumieran. Sus ojos se posaron en Tn.

Él estaba sentado en un extremo de la barra, el pergamino en la mano, desplazando la pantalla con el pulgar como si buscara algo que lo distrajera. Su expresión era la de siempre: tranquila, educada… pero con un trasfondo apagado, como si cargara algo que nunca terminaba de soltar.

Era muy deprimente, pero al menos parecia bien con ello.

Es extraño, pensó Glynda.

Un hombre con buena posición económica, un negocio próspero, contactos importantes… y aun así solo.

—¿Será su forma de ser… o algo más? —se preguntó en silencio.

El DJ comenzó a tocar música suave, un ritmo que poco a poco iría subiendo conforme avanzara la noche. Glynda tomó dos tragos del mostrador y caminó hacia Tn.

—¿Te importa? —preguntó, ofreciéndole uno mientras se sentaba a su lado.

Tn levantó la vista, sorprendido.

—Ah… gracias, pero no suelo beber —dijo con calma.

Glynda parpadeó.

—¿En serio? ¿En un club nocturno?

—Irónico, lo sé —respondió él con una leve sonrisa—. Pero prefiero evitarlo.

—¿Alguna razón en especial? —preguntó ella, apoyando el codo en la barra.

Tn dudó un segundo antes de hablar.

—Cuando era más joven… bebía demasiado. Más de lo que me gustaría admitir —confesó—. Hasta que alguien me hizo dejarlo.

Glynda lo miró con atención.

—¿Alguien importante?

—Sí —asintió—. Me dijo que, si quería vivir más tiempo y disfrutar de las cosas que realmente importan, debía dejar aquello que me hacía daño… incluso si parecía lo único que me ayudaba a soportar los días.

El silencio se instaló entre ambos, suave, reflexivo.

Glynda miró su propio vaso. El líquido se agitó apenas cuando lo dejó sobre la mesa.

—Yo solo bebo porque… —empezó, y luego se detuvo—. Porque llego a casa y no hay nada. Nadie. Solo silencio.

Tn no la interrumpió.

—Y cuando bebo de más… —continuó ella, con un tono más amargo— termino despertando con personas que no recuerdo bien en mi cama. Qrow incluido. Cretinos que se iban en cuanto entendían que no podían sacarme nada más. Ni prestigio, ni favores… ni una cazadora dispuesta a salvarlos. Je…… Se dieron cuenta de una patetica solterona casi en sus cuarenta.

Tn frunció ligeramente el ceño.

—No suena justo. No deberias despreciarte asi.

—Nunca lo fue ……Y acepte lo que soy—respondió ella, encogiéndose de hombros—. Tal vez… —miró el vaso otra vez— tal vez yo también debería mejorar algunos aspectos de mi vida.

Tn asintió despacio.

—No es fácil —dijo—. Pero tampoco imposible.

Glynda lo miró de reojo.

—Hablas como si lo supieras muy bien.

—Lo intento todos los días —respondió él, sin apartar la vista del frente.

La música subió un poco más de intensidad, las luces comenzaron a moverse, y el club empezó a llenarse lentamente. Aun así, en ese pequeño espacio junto a la barra, ambos parecían ajenos al ruido.

Por primera vez en mucho tiempo, Glynda no se sintió completamente sola.

Fue… agradable tener a Tn cerca.

Y pensar que técnicamente era su jefe hacía que todo resultara aún más extraño para Glynda.

Se apoyó un poco mejor en la barra y lo observó de reojo. No había autoridad en su forma de estar ahí, ni soberbia. Solo alguien cansado, tranquilo, intentando pasar la noche como cualquier otro.

—Es raro —admitió ella al fin—. Verte aquí, siendo dueño de todo esto… —hizo un gesto vago hacia el club—. ¿No tienes otros hobbies? ¿Otros lugares a los que ir?

Tn dejó el pergamino a un lado y se recostó ligeramente contra la barra.

—Supongo que este lugar es el resultado de no tener muchos hobbies sanos en el pasado —respondió con una media sonrisa—. Como te dije… era un caso perdido.

Glynda ladeó la cabeza.

—¿Tan grave?

—Fui expulsado de una academia de cazadores —confesó sin rodeos—. Fiestas constantes, peleas, problemas. Pensaba que nada importaba. Era un joven tan imprudente.

Ella frunció el ceño, sorprendida.

—Eso no encaja mucho con la imagen que das ahora.

—La cárcel suele cambiarte la perspectiva —dijo él con calma.

Glynda se quedó en silencio.

—Me metí con gente peligrosa. Muy peligrosa. —continuó—. Terminé en una celda. Luego me dieron una opción: rehabilitación… o convertirme en cazador y enviarme a luchar hasta que no quedara nada de mí. Elegí lo primero.

—Elegiste vivir —murmuró Glynda.

Tn asintió.

—Ahí conocí a Five. —Su expresión se suavizó—. Es… especial. Difícil. Intolerante con muchas cosas. Pero inteligente. Tenaz. Pensamos en hacer algo juntos cuando salimos.

—¿Un club nocturno? —preguntó ella, incrédula.

—Una casa medio destruida, en realidad —rió—. Hacíamos fiestas ahí. Luego otra casa. Luego hangares. Mansiones medio habitables. Contactos. Socios. El DJ siempre estuvo con nosotros.

Glynda lo escuchaba con atención genuina.

—Crecieron rápido.

—Demasiado —admitió—. Y en medio de todo eso… conocí a alguien.

Glynda notó el cambio inmediato en su voz.

—Ella me hizo dejar de beber —continuó—. Five se burlaba sin parar. Decía que me había vuelto blando.

—¿Y qué pasó con ella? —preguntó Glynda con cuidado.

Tn apartó la mirada.

—Un día… simplemente se fue.

Ese silencio no era incómodo. Era compartido.

—Lo entiendo —dijo Glynda finalmente—. A mí no me abandonaron así… pero siempre fui dejada atrás. Seguí reglas. Seguí órdenes. Seguí a Ozpin y su causa. —Soltó una risa seca—. Y mírame ahora. Sin familia. Pocos amigos. Nada realmente mío.

Tn la miró.

—Quizá somos más parecidos de lo que parece.

—Eso temo —respondió ella con sinceridad.

Tn soltó una pequeña risa.

—No creo estar listo para otra relación —admitió—. Todavía no.

Glynda bufó suavemente.

—Tranquilo. No estaba intentando llevarte a la cama —dijo con ironía—. Con empezar siendo amigos me parece más que suficiente.

Tn la observó un momento, pensativo.

—Amigos… —repitió.

Luego sonrió, una sonrisa auténtica, sin melancolía.

—Me gusta la idea.

Glynda sostuvo esa mirada unos segundos más de lo necesario… y por primera vez en años, sintió que algo nuevo estaba comenzando.

.

.

.

El DJ comenzó a cambiar entre pistas, una transición suave que pasó de ritmos electrónicos intensos a una melodía más profunda, casi melancólica. Las luces del club viraron lentamente a tonos azules y violetas, bañando la pista en una atmósfera irreal.

En medio de la multitud, Neo bailaba sola.

Tenía los ojos cerrados, el cuerpo moviéndose con naturalidad, como si la música la sostuviera.

Estaba en Arkadance.

Qué nombre tan extraño…

Juraría que lo reconocería si fuera importante, pero en todo el reino habían empezado a surgir clubes con ese mismo nombre. Nada especial. Solo otro lugar para que la juventud se perdiera entre alcohol y luces.

—Solo una bebida… un poco de baile… y regreso con Roman —pensó.

Pero entonces la música cambió.

Una nota.

Luego otra.

Y algo se rompió dentro de ella.

Su cuerpo siguió moviéndose, pero su mente ya no estaba allí.

Recuerdos.

Ella y Tn corriendo por las azoteas, riendo sin miedo, saltando de edificio en edificio como si el mundo les perteneciera. Huyendo de problemas y comentiendo mas.

Otro recuerdo: ambos bajo un árbol, el viento suave, un beso tierno que no necesitó palabras.

“Turn off the lights and light a candle. Turn off the lights and let’s get cozy”

Las luces azules parpadeaban y ella giraba lentamente, perdida.

Despertar en la misma cama que él.

Sonreírle al verlo aún dormido.

“Everybody likes to get taken for turns

To see how bright the fire inside of us burns

And everybody wants to get evil tonight.”

Tn preparando el desayuno torpemente mientras ella lo observaba desde la puerta, divertida.

Five y el DJ —Jason— riendo, noches enteras de juegos, música alta, bromas estúpidas.

“I’m searching for things that I just cannot see”

La música continuaba, envolvente, insistente.

Neo se llevó una mano al pecho.

—… —jadeó suavemente, sin darse cuenta.

¿Por qué dolía tanto?

No debía pensar en él.

No tenía derecho.

Yo me fui.

Yo lo dejé.

Imágenes más duras se colaron: ella saltando de pareja en pareja, en cama en cama solo para no pensar, robos con Roman, misiones peligrosas… todo para ahogar ese vacío.

El vacio en su vientre era peor……Duele.

Porque duele.

Antes no dolia.

Entonces lo escuchó.

La letra.

Sing me to sleep…Baby please just stay with me.

Sus ojos se abrieron de golpe.

—… —sus labios temblaron.

Miró hacia la cabina del DJ.

Ahí estaba.

Jason Deep.

—¿Qué… haces aquí…? —pensó, el corazón acelerándose.

El ritmo siguió, pero Neo ya no podía respirar bien. Comenzó a empujar entre la gente, chocando con hombros, disculpándose sin voz. El ruido era ensordecedor, el aire pesado.

—¡Ugh…! —gruñó al tropezar, cayendo de rodillas al suelo.

Algunas personas la miraron, otras la ignoraron.

Se puso de pie con dificultad, el pulso desbocado, y levantó la vista hacia la sección de bebidas.

Y entonces lo vio.

Tn.

Su corazón dio un vuelco tan violento que creyó que iba a detenerse.

—No… —pensó.

Ahí estaba él, apoyado en la barra.

Y no estaba solo.

A su lado, una mujer de cabello rubio, elegante, con porte firme y una expresión seria pero tranquila, conversaba con él. Neo no podía escuchar lo que decían desde allí, pero vio cómo ella inclinaba ligeramente la cabeza, cómo Tn sonreía.

Una sonrisa real.

Los ojos rosados de Neo temblaron.

—… ¿Quién es ella…? —pensó, sintiendo un nudo en la garganta.

.

.

.

En la barra, Glynda hablaba con calma.

—No esperaba una historia tan intrigante —comentó—.Mhp. Esta canción…

Tn levantó la mirada hacia la cabina.

—Es vieja —respondió—. La escuchábamos mucho antes.

—¿“Escuchábamos”? —preguntó Glynda con curiosidad.

Tn dudó apenas un segundo.

—Sí… —dijo—. Con ese alguien importante.

Glynda no insistió. Solo asintió.

.

.

Desde la distancia, Neo apretó los puños.

Así que… no me olvidó.

El dolor se mezcló con algo más oscuro, más punzante.

Y ahora… no está solo.

La música siguió sonando.

Y, sin saberlo, las heridas que nunca cerraron acababan de abrirse de nuevo.

Los ojos rosados de Neo se tornaron lentamente de un violeta profundo.

Sí… es Tn.

Podía reconocerlo incluso entre cientos de personas. No había parte de su cuerpo, ni gesto, ni expresión que no conociera de memoria. Su forma de apoyarse en la barra, la leve inclinación de la cabeza cuando escuchaba con atención, incluso esa sonrisa discreta que apenas mostraba los dientes.

—Maldita sea… —pensó.

Nunca creyó que él se quedaría solo para siempre. De hecho, había aceptado la idea de que algún día encontraría a otra persona. Eso era lo normal. Eso era lo que ella misma se había repetido una y otra vez.

Pero una cosa era pensarlo.

Otra muy distinta era verlo.

El pecho le dolió, una presión incómoda que la obligó a respirar hondo. Por más que se hubiera preparado mentalmente para este encuentro inevitable, la verdad era cruel: nunca quiso que ocurriera.

Neo apretó los labios.

Sin hacer ruido, comenzó a alterar su apariencia. El cambio fue sutil, calculado. Un poco más de pecho, la estructura del rostro menos suave, el cabello mutándose a un azul pálido. Una ilusión perfecta.

Tn no me reconocerá así.

No era miedo.

O al menos eso se decía.

Se deslizó hasta la barra y se sentó a una distancia prudente, fingiendo interés en su bebida mientras afinaba el oído.

—

—Nunca pensé que terminaría trabajando en un lugar así —comentaba Glynda, apoyando el antebrazo sobre la barra—. Pasé años en el campo como cazadora… y luego como profesora. Esto es… diferente.

Tn ladeó la cabeza, interesado.

—¿Te gustaba ser cazadora?

Glynda dudó un instante.

—Tenía sus momentos —admitió—. Lo poco bueno era la libertad: permisos especiales, transporte rápido, acceso a zonas restringidas. Pero el combate… —hizo una mueca—. No era lo mío.

—¿Qué tipo de Grimm enfrentaste? —preguntó él.

—Beowolves, Ursas… lo habitual —respondió—. Nunca nada verdaderamente monstruoso. Supongo que tuve suerte.

Tn asintió.

—Yo jamás me he topado con uno directamente —dijo—. Five se encarga de limpiar los alrededores. No quiere problemas cerca de los clubes.

Glynda arqueó una ceja.

—¿Five hace eso solo?

—Con ayuda, claro —respondió él—. Pero suele adelantarse a cualquier amenaza.

Neo apretó los dedos alrededor de su vaso.

Five… siempre el bastardo silencioso, pensó con un deje ácido. No es que odiara a su viejo conocido, pero entre todos el era al que mayor peligro podria darle.

—

—¿Y tú? —preguntó Glynda—. Nunca me hablaste de si estuviste en combate real.

—Evité ese camino —respondió Tn con honestidad—. Demasiado problematico para alguien que ya tenía suficiente dentro.

Glynda lo miró con atención.

—Eso… lo entiendo más de lo que crees.

Neo inclinó un poco la cabeza, observándolos con intensidad. La forma en que Glynda lo miraba no era casual. No era simple curiosidad.

Te está conociendo, pensó.

Y tú se lo permites.

El violeta de sus ojos brilló un segundo más intenso.

Neo dio un sorbo lento a su bebida, sin apartar la mirada.

—Tranquila… —se dijo a sí misma—. Solo escucha.

Pero en el fondo, una certeza comenzaba a formarse, incómoda y peligrosa:

Tn había seguido adelante.

Y eso… era algo que no estaba segura de poder aceptar.

.

Tn y Glynda ya parecían lo suficientemente cómodos el uno con el otro. La conversación fluía sin esfuerzo, como si el ruido del local se hubiera convertido en un murmullo lejano solo para ellos. Entonces, una nueva canción comenzó a sonar, el ritmo más marcado, más cercano, invitando sin pudor a moverse.

Tn dudó un segundo. Se rascó la nuca, claramente avergonzado.

—Eh… —sonrió de lado—, no sé si esto sea raro pero… ¿te gustaría ir a bailar?

Glynda alzó una ceja, sorprendida, y luego soltó una breve risa contenida.

—¿Recuerdas que soy la seguridad del lugar? —respondió, señalando su abrigo y el distintivo oculto—. Técnicamente, debería quedarme aquí observando.

—Claro, claro… —Tn rio un poco—. Supongo que fue una pregunta tonta.

Glynda lo miró unos segundos más, evaluándolo. Finalmente suspiró y se levantó del taburete, acomodándose el abrigo con un gesto elegante.

—Una canción no hará que el lugar se derrumbe —dijo—. Aunque debo advertirte que no tengo tanta práctica como antes.

—Con que no me pises ya es ganancia —bromeó Tn.

Ella sonrió, genuina esta vez.

Ambos bajaron hacia la pista de baile, perdiéndose entre la luz tenue y las sombras en movimiento.

—

Neo sintió cómo su ojo temblaba.

Muy bien, perra…

Te estás ganando un infierno si llegas a ponerle las manos encima.

Apretó los dientes. Su semblanza vibró de forma inestable, la ilusión casi reaccionando sola a su estado emocional.

Espera…

Cazadora, había dicho.

Neo frunció el ceño. Eso la convertía en algo más que una presa fácil. No una civil cualquiera. No alguien que pudiera desaparecer sin ruido.

Por un segundo —uno muy real— consideró eliminarla. El pensamiento fue frío, preciso. Un empujón mal calculado, una sombra en el momento justo, un “accidente”.

Se detuvo.

¿Estoy… considerando esto de verdad?

La respuesta la inquietó.

—Tch… —susurró para sí misma.

Quería retribución. Quería arrancar a esa mujer de la vida de Tn, empujarlo contra una cama, reclamar lo que sentía que el tiempo le había robado. Años perdidos. Silencios. Distancia.

Pero no podía.

No sabía si Five estaba cerca, y por muy poderosa que fuera su semblanza, sabía una verdad incómoda: ese enano adicto al café era mucho más peligroso de lo que aparentaba.

Neo respiró hondo, obligándose a calmar el pulso.

Y entonces… solo observó.

—

En la pista, Tn se movía con torpeza evidente.

—Te lo advertí —murmuró, incómodo—. No soy bueno en esto.

—No estás tan mal —respondió Glynda—. Solo… relaja los hombros.

Ella colocó una mano ligera sobre su brazo para guiarlo. El gesto fue breve, profesional, pero suficiente para que Neo sintiera una punzada aguda en el pecho.

—Así —continuó Glynda—. No es una pelea. Es dejarse llevar.

—Eso suele ser más difícil de lo que parece —respondió él.

—Lo sé.

Por un instante, sus miradas se encontraron. No había coqueteo abierto, pero sí algo más peligroso: comprensión.

—

De vuelta en la barra, Neo no apartaba los ojos de ellos cuando una sombra se inclinó demasiado cerca.

—Oye, muñeca —dijo una voz masculina, cargada de alcohol—. ¿Quieres ir a pasar un buen rato?

Neo giró lentamente la cabeza. El hombre sonreía de forma desagradable, convencido de su suerte.

Neo no respondió.

Solo sonrió.

Un segundo después, su puño impactó con precisión quirúrgica en el abdomen del sujeto. El aire abandonó los pulmones del hombre en un sonido ahogado antes de desplomarse inconsciente contra la barra de bebidas.

—…Patético —murmuró Neo en sus pensamientos, acomodándose como si nada hubiera pasado.

Algunos clientes miraron, confundidos. El barman alzó una ceja, pero decidió no preguntar.

Neo volvió la vista a la pista de baile.

Tn y Glynda seguían moviéndose al ritmo de la música, ajenos al pequeño incidente.

El violeta de sus ojos brilló una vez más.

—Disfruta la canción, Tn… —susurró—.

Porque no pienso desaparecer otra vez.

________________________________________________________

dije que habría depresión y depresion dare…..es medio jodido que pocos le presten atencion a los poemas ya que tienen spoilers pero la mayoria aqui solo vino asta abajo para ver cuando llega su waifu o algo asi…..bueno solo soy yo y sigamos con esto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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