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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 25

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  4. Capítulo 25 - 25 burnice Zenless zone zero
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25: burnice Zenless zone zero 25: burnice Zenless zone zero Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores.

Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

  Tn La noche en Nueva Eridu caía como una sábana de neón y hollín, mientras la música suave del bar “Calydon’s Flame” se entremezclaba con el murmullo de voces, risas ásperas y vasos chocando levemente.

El lugar no era particularmente elegante, pero había algo cálido y sólido en él.

Como una fogata en medio de la noche.

Burnnice, con su postura relajada y el rostro impasible como siempre, secaba un vaso con una eficiencia casi mecánica.

Vestía su típico uniforme modificado, reforzado con detalles ignífugos, aunque fuera una noche tranquila.

En su mundo, uno nunca estaba demasiado lejos del fuego.

Del otro lado de la barra, clientes bebían y charlaban: veteranos de combate, exploradores de Hollow, unos cuantos trabajadores del sector industrial.

Todos sabían que aquí no se hacían preguntas, y que si alguien armaba un escándalo, no serían los guardias quienes lo sacaran, sino la misma Burnnice, sin necesidad de levantar la voz.

Detrás de la barra, en un rincón más discreto, Tn trabajaba silenciosamente, limpiando una estantería con un trapo ya algo gastado.

El chico tenía unos ojos claros y tranquilos, aunque a veces temblaban cuando alguien alzaba la voz o se acercaban demasiado rápido.

Era evidente que aún llevaba cicatrices invisibles del ataque que le arrebató a su familia.

Había sido la pandilla de Burnnice —los Sons of Calydon— quien lo había encontrado, solo, cubierto de polvo y sangre, aferrado a una vestimenta destrozada.

Y fue Burnnice quien, en vez de mirar hacia otro lado, dijo simplemente.

“Tiene manos limpias.

Puede aprender.” Desde entonces, había estado ahí.

Siempre haciendo lo mejor posible.

Torpe al principio, pero atento.

Y ahora, meses después, su presencia se había vuelto tan natural como el humo que flotaba en el aire del bar.

Burnnice lo observaba de reojo mientras servía una mezcla ámbar en un vaso pesado para un cliente borracho.

Tn, con una expresión concentrada, estaba intentando alcanzar una botella de limpieza demasiado alta para su estatura.

Subía un poco en la punta de los pies, estirándose… Burnnice suspiró, muy suavemente.

“Siempre te olvidas de traer el banquito,” murmuró sin que él pudiera oírla.

Ella no lo decía en voz alta, claro.

No tenía sentido.

Burnnice no era alguien que mostrara emociones si la fiesta no estaba presene o si no estaba lo suficientemente emocionada.

Pero algo en ese chico —esa mezcla de torpeza y tenacidad, de amabilidad sin expectativas— había empezado a encenderle una llama distinta en el pecho.

No era deseo, ni lástima.

Era algo más… vulnerable.

Algo peligroso.

—”Oye, chica fuego, ¿otro trago o vas a seguir babeando por el chico?” —gruñó uno de los clientes veteranos con una sonrisa burlona, apoyado en la barra.

El silencio que siguió fue tan seco como pólvora.

Burnnice se giró lentamente.

Su expresión no cambió ni un milímetro, pero su mirada era suficiente para bajar la temperatura de toda la habitación.

—”¿Decías algo?” —preguntó con voz plana.

El tipo levantó las manos como si el vaso ardiera entre sus dedos.

—”Nada, nada.

Solo hablando del clima… muy seco hoy, ¿eh?” Ella volvió a girarse con calma y siguió trabajando, aunque sus ojos se desviaban inevitablemente hacia Tn, que aún luchaba con la botella como si su vida dependiera de ello.

Y entonces, como si él lo sintiera, Tn se giró y le sonrió.

Una sonrisa breve, algo nerviosa.

Y en ese instante, algo se agitó en el corazón de Burnnice.

Una chispa.

Una brasa.

Algo que, si se alimentaba, podía arder mucho más de lo debido.

Pero por ahora, lo ocultó bajo su compostura.

Como todo lo demás.

El ambiente dentro de Calydon’s Flame era más apagado de lo habitual.

Las luces tenues parpadeaban con la electricidad inestable del sector, y una música instrumental suave vibraba entre las paredes de metal viejo y concreto.

Las voces eran bajas, como si los mismos clientes respetaran sin darse cuenta el tono que Burnnice había impuesto esa noche.

Ella estaba en su sitio, como siempre.

Con el cabello recogido en unas coletas bajas, el rostro impasible, y las manos trabajando en automático mientras servía una bebida tras otra.

No era que estuviera de mal humor, simplemente… no tenía ganas de hacer ruido.

El fuego dentro de ella hoy solo quería arder despacio.

Tn, en su rincón habitual, fregaba meticulosamente las superficies ya limpias.

Nadie le decía nada.

Sabía que era mejor mantenerse ocupado.

Sentía el cambio en el ambiente desde que entró, y más aún cuando Piper cruzó la puerta.

—”¿Sigues viva o ya te convertiste en estatua?” —preguntó Piper con un tono ligero, aunque en su voz se escondía una preocupación que solo alguien cercano podía notar.

Burnnice no respondió de inmediato.

Sirvió otra bebida, deslizó el vaso hacia un cliente dormido con la cabeza sobre la barra, y luego alzó la mirada hacia su compañera.

—”Estoy trabajando.” Piper caminó con pasos despreocupados hasta apoyarse contra la barra.

Su cabello se agitaba con un mechón fuera de lugar, y su expresión era la de alguien que ya había vivido varias noches como esta.

Observó el lugar: unos pocos bebedores silenciosos, Tn trabajando en silencio, y Burnnice… apagada.

—”Solías meter a veinte locos en este lugar con fuego en el techo y música que hacía temblar las paredes.” —dijo casi para sí misma, no esperando respuesta.

Burnnice limpió sus manos con una toalla y la dejó sobre la barra.

Sus ojos estaban fijos en un punto invisible, como si los recuerdos también se estuvieran sirviendo una copa.

Piper frunció ligeramente los labios.

Dudó… pero recordó el último incidente.

La noche que cambió todo.

Una misión mal ejecutada.

Una explosión fuera de control.

Una muerte innecesaria.

Y Burnnice, de pie entre las llamas, sosteniendo los restos de lo que antes fue una risa que solía acompañarla.

Desde entonces, no había habido fiestas.

No había risas explosivas ni apuestas a media noche.

Solo trabajo, silencio… y un fuego más frío que el acero.

—”No vine a regañarte,” murmuró Piper al final, apoyando el codo en la barra.—”Solo… me preocupas.

Aunque te hagas la estatua de bronce.” Burnnice entrecerró los ojos, pero no con molestia.

Con algo más parecido al cansancio.

No físico, sino ese tipo de cansancio que uno guarda en el alma.

—”Estoy bien.

Solo no tengo ganas de fingir que lo estoy.” —”Fair enough.” Piper se dio la vuelta, dispuesta a dejar el tema.

Pero cuando pasó junto a Tn, le revolvió el cabello con una sonrisa casi maternal.

—”Cuídala, chico.” Tn la miró sorprendido, parpadeando varias veces.

No sabía si ella hablaba en broma o en serio… pero asintió igual.

Piper salió del bar con la misma energía con la que había entrado, aunque esta vez sin la chispa de burla en sus pasos.

Y en cuanto la puerta se cerró tras ella, Burnnice volvió a mirar a Tn, que ahora la observaba en silencio.

Hubo un momento en que sus miradas se cruzaron.

Breve, pero con un peso extraño.

La noche cayó por completo sobre Nueva Eridu, y con ella el murmullo del bar murió poco a poco.

Uno a uno, los clientes fueron saliendo, arrastrando sus pasos cansados hacia la oscuridad de la ciudad.

Burnnice limpió el último vaso, lo colocó en su lugar y echó una última mirada al interior silencioso del bar.

Sin decir palabra, giró la llave de la entrada con un clic seco, y se volvió hacia Tn, que la esperaba con su chaqueta abrochada hasta el cuello, los ojos algo cansados, pero siempre atentos.

—”Vamos.” No era una orden.

Tampoco una invitación.

Era simplemente cómo eran las cosas ya.

Burnnice se lo llevaba con ella.

Tn asintió sin preguntas, caminando a su lado en silencio.

Las luces neón del distrito rebotaban en los charcos del asfalto mientras cruzaban callejones, zonas abandonadas y pasos elevados hasta llegar a la zona de los trailers modificados.

Allí, entre fierros oxidados y carteles rotos, vivía Burnnice.

Su casa-camper, de estructura metálica, parecía más un escondite que un hogar, pero adentro estaba sorprendentemente ordenado.

La cocina estaba impecable, el sofá algo gastado pero limpio, y una manta doblada esperaba en el rincón de Tn, sobre un futón improvisado.

Él entró primero, se quitó los zapatos con cuidado y miró el pequeño espacio con una mezcla de familiaridad y… vulnerabilidad.

—”¿Quieres un trago?” —preguntó Burnnice, quitándose la chaqueta y revelando una camiseta sin mangas que dejaba ver algunas cicatrices apagadas en su piel.

Tn dudó.—”¿Tú vas a tomar?” —”No.” —”Entonces tampoco.” Burnnice lo miró de reojo.

Esa respuesta, por alguna razón, le hizo sonreír un poco.

Se sentaron en silencio, como siempre.

Tn tomó su libro, uno de los pocos que le quedaban, mientras Burnnice revisaba unas notas de misión y los informes de la facción.

Afuera, el viento soplaba con un silbido hueco, y en el interior solo se escuchaba el paso de las hojas y el lejano zumbido del generador.

Pasada la medianoche, Tn se recostó sobre el futón, pero sus ojos seguían abiertos.

No dormía del todo bien.

No desde hace tiempo.

Burnnice lo sabía.

Ella dejó los informes, se levantó y, sin decir nada, caminó hacia él.

Se acuclilló a su lado.

—”¿Pesadillas otra vez?” Tn se encogió un poco, como si le pesara admitirlo.

—”No…

solo… no me gusta cerrar los ojos.

A veces me despierto y siento que todo desapareció otra vez.” Burnnice se quedó en silencio, observando su rostro joven, aún marcado por la tensión.

Luego, sin pedir permiso, le colocó una mano en la cabeza, suave, firme.

—”Nada va a desaparecer mientras estés aquí.

¿Entiendes?” Tn tragó saliva.

Se sentía extraño.

Había algo en su voz que no era dulzura, pero tampoco dureza.

Era una promesa.

Una barrera de fuego entre él y sus recuerdos.

—”Sí… lo entiendo.” —”Bien.” Y entonces, sin más, Burnnice se tendió junto a él.

No por necesidad.

No por capricho.

Simplemente porque esa noche el fuego también necesitaba calor.

Ambos quedaron en silencio, respirando al unísono en ese espacio tan pequeño, tan íntimo.

Tn, por primera vez en mucho tiempo, cerró los ojos sin miedo.

Y Burnnice, sin saber por qué, se sorprendió a sí misma deseando que la noche no terminara.

La madrugada se colaba por los bordes del ventanal cubierto de cinta aislante.

La ciudad ya dormía, pero dentro del camper, el aire seguía vibrando con memorias que no pertenecían al presente.

Tn intentaba dormir.

Había cerrado los ojos, intentado acomodarse sin moverse demasiado, respetando el calor que venía de la mujer a su lado.

Pero no era fácil.

En algún punto de la noche, Burnnice lo había atraído hacia ella, casi por instinto.

Un brazo firme alrededor de su cintura.

Su pecho contra su espalda.

La respiración de ella, áspera, irregular.

Al principio, Tn se quedó quieto.

Le pareció… reconfortante.

Cálido.

Como cuando, de niño, alguien le arropaba en silencio antes del frío.

Pero entonces, el agarre se intensificó.

Burnnice se movía.

No despierta, sino atrapada en un bucle de sueños distorsionados.

Su ceño fruncido.

Su aliento agitado.

Y de pronto, un murmullo rasgado, un susurro salido entre dientes dormidos.

—”…¡No…

Piper, atrás!

¡Light, cúbrete!

¡No… no otra vez…!” Tn abrió los ojos, el corazón le dio un vuelco.

No entendía todo lo que decía, pero el dolor en esa voz era evidente.

Y entonces llegó el apretón.

Burnnice lo aferró como si temiera que él desapareciera también.

Su brazo, fuerte por el entrenamiento constante y las batallas sin tregua, se cerró con fuerza involuntaria alrededor de su cuerpo.

Tn jadeó un poco.

No por miedo.

Por el dolor.

Sus costillas dolían.

Sus pulmones buscaban aire.

Pero no se atrevía a moverse.

Sabía que Burnnice no lo hacía con intención.

Sabía que estaba soñando con gritos, fuego, cuerpos que ya no están.

Sabía que…

si la despertaba de golpe, solo sería una chispa encendiendo una explosión.

Así que aguantó.

Mordió su labio y cerró los ojos con fuerza.

El calor que lo envolvía no era amable.

Era fuego bruto, desesperado, que buscaba algo que no sabía que había perdido.

Tn se quedó ahí, conteniendo el aire, hasta que los temblores en Burnnice comenzaron a cesar.

Hasta que su respiración se estabilizó.

Hasta que el agarre, poco a poco, se volvió suave otra vez.

Y entonces, ella murmuró algo más.

Algo apenas audible, apenas humano.

—”…No me dejes tú también…” Tn no respondió.

Solo dejó escapar el aire que llevaba guardando.

Se quedó quieto.

Aún con el corazón acelerado.

Aún con las marcas del apretón en su piel.

Pero no dijo nada.

No pidió que lo soltara.

No pidió espacio.

Porque entendía.

Entendía que el dolor no se va gritando.

Se disuelve… poco a poco… con calor compartido.

Y si eso significaba ser el ancla que evitara que Burnnice se perdiera en sus fuegos internos… entonces lo sería.

La luz del amanecer se filtraba con lentitud por la ventana del camper, pintando el aire con tonos dorados y grises.

El silencio era casi absoluto, salvo por el suave chisporroteo del sartén y el murmullo apagado de la radio que Tn había encendido, más por costumbre que por atención.

Sus costillas todavía dolían.

No se quejaba.

Nunca lo hacía.

Había aprendido a convivir con el dolor.

Este no era el tipo de dolor que lo hacía temblar; era uno tibio, recordatorio de que alguien más, por primera vez en mucho tiempo, había necesitado su presencia.

El desayuno era sencillo: huevos revueltos, pan tostado ligeramente quemado —no era un chef— y jugo barato de caja.

Pero lo preparó con cuidado.

Casi con cariño.

Sabía que Burnnice no era exigente, pero aún así, quería que el día comenzara… bien.

La cama crujió detrás de él.

—…Tn… —musitó una voz rasposa, adormecida.

Tn no giró de inmediato.

No porque no quisiera.

Sino porque ya sabía lo que vería.

Burnnice caminó hacia la pequeña mesa del comedor improvisado.

Su cabello enredado, la camisa holgada cayendo de uno de sus hombros, y solo la ropa interior debajo.

No era una escena nueva.

No para él.

El camper no daba lugar para muchas comodidades.

No había privacidad ni repisas.

Solo espacios compartidos y silencios que decían más que cualquier palabra.

Tn, aun así, se sonrojó ligeramente, como siempre.

Y como siempre, desvió la mirada sin decir nada, dejando su plato servido en la mesa y apartándose para prepararse algo él mismo.

Burnnice se sentó, observándolo de reojo mientras tomaba el tenedor.

No dijo nada… pero notó el color en las mejillas del chico.

Le parecía casi tierno.

Él no era como los demás: no intentaba coquetearle, no la miraba con descaro, ni siquiera cuando la situación lo dejaba prácticamente obligado a hacerlo.

Él simplemente… la trataba con cuidado.

Con respeto.

Con esa especie de calidez torpe que le parecía más reconfortante que cualquier cumplido.

—No está mal —dijo, tras el primer bocado—.

Te estás volviendo competente.

Tn asintió con una leve sonrisa mientras servía su jugo.

Se sentó al lado opuesto, como siempre.

Nunca demasiado cerca.

Siempre dejando espacio para que ella respirara.

Burnnice lo observó un instante más, sin decirlo en voz alta, pero pensándolo con cierta melancolía “Quédate así.

No cambies.” Comieron en silencio.

Un silencio tranquilo, de esos que no necesitan romperse.

Hasta que Burnnice, sin levantar la vista, preguntó: —¿Dormiste bien?

Tn dudó.

Solo un segundo.Luego sonrió, leve.

—Sí… aunque me costó un poco respirar por momentos.

Ella se detuvo.

Por un instante, el aire se volvió más denso.

Burnnice bajó el tenedor.

—¿Te lastimé?

Tn negó rápidamente, aunque sus palabras salieron más apresuradas de lo usual.

—No, no, solo… apretaste un poco fuerte.

Estabas soñando, creo.

No fue tu culpa.

Ella apretó los labios.

No dijo nada.

Solo se quedó mirando su plato por unos segundos.

Los sueños.

Siempre los sueños.

El pasado que no quería recordar.

Las voces que no podía callar.—Gracias por no despertarme —murmuró, casi inaudible.

Tn la miró.

Dudó.

Y entonces, con una sonrisa pequeña, dijo: —No quería que te sintieras sola.

Burnnice lo miró.

Y por primera vez en días, sus ojos se suavizaron.

No dijo nada más.

Pero algo en ella, en ese momento, se derritió un poco.

Los platos estaban lavados, la cocina improvisada limpia, y la camisa de Tn, colgada junto a la puerta, ya se estaba secando del leve lavado nocturno.

El sol se filtraba tímido a través de las persianas metálicas del camper, tiñendo el aire de un tono amarillo opaco.

Burnnice ya se había encerrado en la parte trasera del camper.

Su pequeña regadera chillaba con el paso del agua tibia, ese lujo que podían permitirse a duras penas gracias a un viejo calentador que Lucy había arreglado con cinta y refacciones de motocicletas.

No era la gran cosa, pero ese pequeño chorro de agua era, para Burnnice, uno de los pocos lugares donde podía respirar sin la presión de miradas, deberes o recuerdos.

El agua corría lentamente por su piel, arrastrando el sudor, el polvo y algo más difícil de quitar: el cansancio.

Se miró al espejo empañado, dibujando con el dorso de la mano un círculo entre la niebla.

Su reflejo estaba lleno de cicatrices.

No solo las visibles.

Pero las otras eran más difíciles de nombrar.

Desvió la mirada hacia su costado, donde una vieja quemadura aún se marcaba como una flor marchita.

Pasó los dedos sobre ella con suavidad.

—Otra vez… —murmuró para sí—.

Lo apreté demasiado.

Su voz, ahogada por el sonido del agua, se deshacía en el vapor.

Sus labios tensos, su ceño fruncido.

Había una culpa tranquila en su rostro.

No explosiva, sino de esas que se sientan contigo en la ducha y no se van aunque te enjuagues mil veces.

No era la primera vez.

En esas noches inquietas, entre sueños rotos y ecos del pasado, Burnnice había terminado moviéndose en la cama de forma brusca.

A veces golpeaba a Tn con el brazo, otras lo empujaba contra la pared sin darse cuenta.

Y muchas veces —como anoche— lo abrazaba como si se aferrara a un recuerdo, apretándolo hasta que él apenas podía respirar.

Y Tn, siempre callado, siempre comprensivo, nunca se quejaba.

Esa bondad… esa calidez… A veces dolía más que cualquier herida.

—Él no lo merece —murmuró, dejando que su cabello le cayera sobre la cara mientras el agua lo empapaba—.

No debería cargar con esto.

No conmigo… El vapor empañaba de nuevo el espejo.

Burnnice cerró los ojos, dejando que la regadera golpeara su espalda, dejándola arder, como si eso pudiera quemar sus pensamientos.

Quería proteger a Tn.

De los Hollow.

Del mundo.

De ella misma.

Pero…

no podía evitarlo.

Las pesadillas eran fuertes.

Los recuerdos eran garras.

Y Tn, sin saberlo, dormía al lado de una tormenta.

Con un suspiro largo, cerró la llave del agua.

El silencio volvió a llenar el espacio, roto solo por el lejano sonido de cubiertos acomodándose en la cocina.

Se puso una toalla al cuello y buscó su ropa habitual pantalones cortos reforzados, botas pesadas, y una camiseta ajustada.

La chaqueta la colgaría al salir.

Tomó aire.

Se miró una última vez en el espejo empañado.

Tenía que ser fuerte.

No por ella.

Por él.

Mientras tanto, en la cocina, Tn terminaba de alistar su uniforme, doblando con cuidado su camisa blanca y acomodando su cabello con las manos.

Tenía una pequeña marca rojiza en el costado.

No lo molestaba mucho.

Pero sí le recordaba que Burnnice seguía luchando… incluso dormida.

Cuando la escuchó salir del baño, simplemente sonrió, sin mirarla directamente.

—Tu desayuno quedó sobre la mesa.

¿Quieres que te prepare algo para llevar?

Burnnice, aún secándose el cabello con la toalla, lo miró de reojo.

Ese chico… ese gesto tan suave… Quiso decirle que sí.

Quiso decirle gracias.

Pero solo asintió con la cabeza.

—Sí.

Y… Tn.

Él la miró por primera vez.

—Si alguna vez te lastimo… dime.

¿Sí?

Tn dudó.

Luego, con una sonrisa sincera: —No me estás lastimando, Burnnice.

Solo estás aprendiendo a dormir.

Ella lo miró por unos segundos… y sonrió.

Pequeña.

Breve.

Pero real.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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