Waifu yandere(Collection) - Capítulo 250
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Capítulo 250: Emerald sustrai rwby
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
—
SPOILER PARA ZZZ LORE.⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️
El fuego es tan cautivador…
díganme,
¿por qué se resisten?
¿Por qué se niegan
a mirar la verdad?
Swordmaster.
Sunbringer.
Joyous.
Vike.
Dan.
Archer.
Todos ellos
ya no están aquí.
Todos cayeron
ante Él.
¿De verdad creen
que pueden desafiar a dios?
¿Creen que están lejos
de su misericordia?
No.
Él es todo misericordioso.
Él perdona todo.
Vendrá al mundo
y salvará a todos
bajo su luz carmesí:
rojo,
azul,
negro,
blanco.
Así que síganme.
Que harán.
Yo les diré que hacer.
Canten.
Bailen.
Porque dios
no está muerto.
Él vive.
Alaben su llegada
a este mundo.
Oh, pequeña…
shhh, no llores.
¿O son lágrimas
de felicidad?
Siendo así llora todo lo que quieras.
Yo secare esas lágrimas con fuego.
—María Renard
Tn.
Semi cazador en entrenamiento
Semblanza: Dark mater “Un trillon de metralla”
Arma: slash mercuri
___________________________<_<<<_________________________________________
Tenía hambre.
Mucha hambre.
Diablos… su estómago rugía y gemía como una bestia enfurecida, retorciéndose con cada segundo que pasaba sin comida. Emerald se abrazó el abdomen con una mueca, encogida dentro de una pequeña tienda de campaña hecha de retazos, parches viejos y pedazos de cartón endurecido por la lluvia y el tiempo.
El frío de Mistral se filtraba incluso ahí dentro.
—Genial… simplemente genial… —murmuró con sarcasmo, rebuscando entre sus pocas pertenencias.
Volcó una bolsa raída. Nada.
Metió la mano en un bolsillo cosido mil veces. Nada.
Solo encontró un par de envoltorios vacíos, arrugados, con manchas de grasa seca. Los miró unos segundos más de lo necesario… como si esperara que aparecieran restos por arte de magia.
—No me mires así —les dijo en voz baja, irritada—. No es mi culpa que estén vacíos.
Los lanzó a un lado.
La única bebida que tenía era una botella transparente, rayada, que había limpiado y reutilizado tantas veces que ya no recordaba su origen. La agitó. Apenas un poco de agua en el fondo.
Suspiró con frustración.
El lado negativo de robar en Mistral era ese: pocos tenían algo de valor. No porque la ciudad fuera pobre en sí.
No.
Mistral era una ciudad de contrastes enfermizos.
Arriba, torres elegantes, seda, joyas, moda, arte.
Abajo, callejones húmedos, crimen organizado, mercado negro y gente olvidada por completo.
Digamos que vivir debajo de otro reino los hizo propensos a tirarles sus desechos y contaminar buena parte de sus aguas y cultivos con desechos de dust.
Y en medio… casi nada de control.
—Ni siquiera una academia decente… —murmuró con amargura.
Había escuchado historias. Todas iguales. Todas repugnantes.
“Entrena duro”, decían.
“Obedece”, decían.
Y luego los rumores: instructores tocando donde no debían, “favoritismos”, castigos que no tenían nada que ver con entrenamiento.
Emerald frunció el ceño.
—Ja… sí, claro. Ni loca —susurró—. No voy a dejar que algún idiota petulante me ponga las manos encima solo porque cree que puede.
Y escapar tampoco era una gran opcion, toda la maldita zona estaba plagada de grimms.
Se inclinó hacia la entrada de la tienda y asomó la cabeza. El aire frío le golpeó el rostro de inmediato, arrancándole un escalofrío.
Las luces lejanas del mercado parpadeaban como estrellas falsas.
Podría correr.
Tomar algo rápido.
Desaparecer.
Pero ya no era tan fácil.
—Últimamente todos van armados… —murmuró—. Y no tienen miedo de usarlas.
Recordaba bien el sonido de un disparo resonando en un callejón cercano, días atrás. Alguien no había sido lo suficientemente rápido.
Se metió de nuevo en la tienda y se sentó, abrazando sus rodillas, respirando despacio.
Pensó.
Calculó.
Planeó.
Ser huérfana era una completa porquería.
—Papá… mamá… —susurró, aunque no recordaba sus rostros—. Si me están viendo… son unos bastardos por dejarme aquí.
Una risa breve, seca, escapó de sus labios. Sin humor.
Entonces… un sonido.
Pasos.
Emerald se tensó al instante. Su mano fue al cuchillo oculto bajo una manta vieja. Contuvo la respiración.
Los pasos se detuvieron justo afuera.
—…Oye —dijo una voz masculina, joven—. Sé que hay alguien ahí.
Emerald frunció el ceño.
—Vete —respondió sin asomarse—. No tengo nada que valga la pena.
—Eso lo decidiré yo.
El tono no era amenazante. Tampoco confiado.
Era… curioso.
Emerald apretó los dientes.
—Última advertencia.
La tela de la tienda se movió ligeramente, y una figura se agachó frente a la entrada, sin invadirla.
—Tranquila, ladrona —dijo él, con una sonrisa que ella no podía ver—. Si quisiera hacerte daño, ya lo habría intentado.
—¿Ah, sí? —replicó ella con veneno—. Entonces eres idiota.
—Probablemente —admitió—. Pero uno con pan.
Un silencio pesado cayó entre ambos.
—…¿Qué dijiste? —preguntó Emerald, muy despacio.
La figura extendió la mano. Dentro, un trozo de pan envuelto en tela.
—Te escuché gruñir el estómago desde media calle —añadió—. Sonaba peor que un Beowolf con hambre.
Emerald no se movió.
—¿Quieres que confíe en un desconocido que aparece de la nada?
—No —respondió él—. Solo quiero que comas.
Ella lo observó unos segundos más, desconfiada… pero el olor del pan fue suficiente para traicionar su orgullo.
Tomó el envoltorio de un tirón.
—Si intentas algo raro… —advirtió.
—Lo sé, lo sé —dijo él levantando las manos—. Me apuñalas. Justo aquí. Dramático.
Emerald mordió el pan con rabia contenida.
—…Gracias —murmuró, casi inaudible.
El chico sonrió, sin decir nada más, y se sentó a cierta distancia, respetando el límite invisible.
El frío seguía ahí.
El hambre, un poco menos.
Y sin saberlo, esa noche en Mistral… algo acababa de empezar.
.
.
Retrospectiva — Minutos antes
.
.
Tn salió de la base con un estornudo seco.
—*AAAACHUUUUU* Maldición… —murmuró, frotándose la nariz—. Este frío sí que muerde carajo se me conjela todo.
La noche en Mistral no perdonaba, y menos a esas horas. Apenas había terminado con sus deberes del día.
Entrenamiento.
Disciplina.
Dolor…..bastante de el.
Durante el entrenamiento militar en la base, los reclutas eran exprimidos hasta el límite: correr kilómetros con peso, atravesar obstáculos bajo gritos constantes, aprender a pelear con y sin armas, primeros auxilios a contrarreloj, supervivencia en condiciones miserables. Todo acompañado de órdenes cortas, castigos inmediatos y una limpieza obsesiva de cada rincón.
Y, sobre todo… tratos crueles, inhumanos y degradantes.
Incluyendo insultos, algunos golpes y casi comer del suelo en ocaciones.
—Así se forja a un cazador —decían los superiores.
O un soldado. Dependía de a quién se le preguntara.
Tn apretó los puños dentro de los bolsillos mientras caminaba.
No llevaba mucho tiempo en la academia. Pero al menos tenía techo. Comida. Y sabía pelear.
Eso ya era más de lo que muchos tenían en los barrios bajos.
Las calles se volvían más estrechas conforme avanzaba. Menos luces. Más sombras.
—Monotonía… —pensó—. Ya me está alcanzando eso.
Se detuvo frente a una pequeña panadería que aún estaba abierta. El aroma del pan caliente escapaba por la puerta como una burla deliciosa. Sacó unas pocas monedas, casi todas las que le quedaban.
—Dame lo que alcance —dijo al vendedor.
Minutos después salió con una bolsa de pan bajo el brazo.
No pensaba quedárselo todo.
Si iba a convertirse en cazador, más le valía empezar ayudando desde temprano. Tal vez… solo tal vez, las cosas cambiarían algún día.
Caminó por la zona baja, dejando trozos de pan aquí y allá. Algunas manos temblorosas lo aceptaban con incredulidad. Otras solo asomaban desde las sombras, rápidas, desconfiadas.
—Gracias… —susurró una voz ronca.
—Que los dioses te bendigan, chico…
Tn solo asentía y seguía adelante.
Hasta que llegó a una tienda de campaña distinta.
Remendada.
Sostenida con cartón.
Demasiado silenciosa.
Se detuvo.
Entonces lo escuchó.
Un gruñido bajo. Largo. Doloroso.
—…Ese sonido lo conozco~ —murmuró.
Se agachó frente a la tienda y habló sin alzar la voz.
—Oye… sé que hay alguien ahí.
Silencio.
—No vengo a molestar —añadió—. Ni a robarte.
Una respuesta cortante llegó desde dentro.
—Vete. No tengo nada.
Tn sonrió apenas.
—Eso lo decidiré yo.
Hubo un cambio en el aire. Tensión.
—Última advertencia.
—Tranquila, ladrona —dijo él, levantando un poco la voz—. Si quisiera hacerte daño, ya lo habría hecho.
Sacó un trozo de pan y lo sostuvo cerca de la entrada.
—Te escuché el estómago desde media calle. Sonaba peor que un Beowolf hambriento.
Un silencio pesado.
—…¿Qué dijiste? —preguntó ella, desconfiada.
—Que comas —respondió Tn con simpleza.
La mano salió rápido y le arrancó el pan. Tn soltó una risa baja.
—Vaya reflejos.
Desde dentro se escucharon mordidas rápidas. Demasiado rápidas.
Tn se sentó afuera, apoyando la espalda contra una pared cercana, sin dar la espalda a la tienda.
—Me llamo Tn —dijo tras unos segundos—. No tienes que decirme tu nombre si no quieres.
Dentro, Emerald comía con voracidad, pero sin bajar la guardia. Una pequeña cuchilla descansaba firme en su mano, oculta bajo la tela. Sus ojos escarlata no se apartaban de la entrada.
—Si te pasas de listo… —advirtió entre dientes.
—Lo sé —respondió él—. Gritas, me apuñalas, me odias. Final trágico.
Ella resopló.
—Idiota.
—Un poco.
Tn se levantó despacio.
—Volveré mañana —dijo—. A esta hora.
—No te pedí eso —replicó ella.
—Lo sé —contestó él, ya dándose la vuelta—. Por eso lo digo yo.
Los pasos se alejaron.
Emerald escuchó hasta que el sonido desapareció por completo.
Solo entonces bajó un poco la cuchilla.
Miró el pan que aún quedaba entre sus manos.
—…Estúpido —murmuró, sin saber por qué su pecho se sentía extraño.
Afuera, el frío seguía mordiendo.
Cuando Emerald escuchó que los pasos se alejaban y ya no había ningún sonido cercano, soltó un suspiro lento.
No de alivio.
De costumbre.
Guardó el poco pan que le quedaba en un trozo de tela y lo escondió bajo el cartón que hacía de piso. Luego se quedó despierta. No iba a dormirse tan fácil. En Mistral, bajar la guardia era una invitación a morir.
Su cerebro ya se había acostumbrado a dormir poco de noche y tomar siestas breves durante el día. Era más seguro así.
La “cuchilla” que tenía no era más que un pedazo de metal mal afilado envuelto en tela para no cortarse la mano. Patético.
Ni siquiera tenía lo suficiente para comprar un arma decente… y ni de broma iba a intentar robar una armería. Esos lugares estaban bien cuidados, con guardias y sensores.
—No soy suicida… todavía —murmuró.
Cuando amaneció, Emerald ya estaba en las azoteas.
El bullicio de Mistral despertaba lentamente. Personas y faunos caminaban ocupados en sus asuntos, comerciantes abriendo puestos, cargadores empujando carretas, niños corriendo entre callejones.
El sol cayó sobre su piel bronceada, tibio, casi agradable.
Emerald Sustrai era una joven atlética, de piel morena, ojos rojo oscuro siempre atentos, y cabello largo color verde menta claro que brillaba bajo la luz matinal. El flequillo recto enmarcaba su mirada, y los mechones laterales caían como marcas distintivas de alguien que no pasaba desapercibida… cuando quería.
Pero hoy no.
Hoy era una sombra.
Observó desde lo alto. Esperó.
Un hombre distraído.
Una mujer contando monedas.
Un fauno mirando hacia otro lado.
Emerald activó su Semblanza.
El mundo se dobló un poco… no para ella, sino para ellos.
Desapareció de sus sentidos.
Bajó.
Tomó el monedero.
Sonrió.
—Gracias por cooperar —susurró con burla.
Y se fue antes de que alguien pudiera notar el vacío en su bolsillo.
Así pasaba el día.
Y no era la única.
Vendedores, ladrones, estafadores… todos sabían qué hacer para sobrevivir. Mistral estaba llena de huérfanos, de gente rota, de niños que crecían demasiado rápido.
Pero no todos salían bien.
Emerald vio cicatrices frescas en las calles.
Sangre seca.
Manos vendadas… o faltantes.
Linchamientos. Golpes. Amputaciones por robar.
—Sí… muy civilizados —pensó con amargura.
Y afuera de la ciudad… los Grimm.
Si la desesperación seguía creciendo, esas cosas terminarían infestando el lugar.
Saltó a otra azotea y entonces lo vio.
La base de la academia.
Uniformes grises y negros. Algunos estrictos, otros personalizados. Reclutas caminando en formación. Otros simplemente entrando o saliendo, agotados.
—Cazadores… o soldados —murmuró.
Su mirada recorrió el lugar con desprecio… hasta que se detuvo.
Un chico de cabello despeinado caminaba fuera de la base. Llevaba una espada larga y delgada en la espalda. Su uniforme estaba algo desordenado, como si no se molestara demasiado en verse “perfecto”.
Emerald frunció el ceño.
—…¿Tú?
Era él.
El del pan.
No parecía gran cosa.
Pero tampoco parecía como los otros.
Sin saberlo, Tn se detuvo un momento, estornudó y se frotó la nariz.
—Genial… —murmuró—. Otra vez este frío.
Emerald lo observó desde arriba, agazapada, con los ojos entrecerrados.
—Así que eres uno de ellos… —pensó—. Un cazador.
O algo parecido.
Tn levantó la vista por un segundo, como si sintiera algo.
Emerald se tensó.
—Ni lo sueñes… —susurró.
Pero él no la vio. Solo ajustó la correa de su espada y siguió caminando.
Ella soltó el aire despacio.
—Tsk… idiota altruista —murmuró—. No encajas aquí.
Pero no dejó de mirarlo hasta que desapareció entre la multitud.
Sin saber por qué, esa imagen se le quedó grabada.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Emerald Sustrai sonrió sin robar nada.
.
.
.
Tal y como lo había prometido, Tn repitió la misma acción.
La noche volvió a caer sobre Mistral y, una vez más, caminó por la zona baja repartiendo pan entre las tiendas de campaña. Algunos ya lo reconocían; otros lo miraban con sospecha. Él no parecía darle importancia.
Cuando llegó a la tienda de la chica, dio un paso al frente… y entonces lo sintió.
Algo frío y afilado presionándose contra su cuello.
—Ora ora~…Vaya —silbó Tn, quedándose quieto—. ¿Así de ruda recibes a tus visitas?
Una voz femenina, baja y tensa, surgió detrás de él.
—Ni un movimiento más —murmuró—. O lo pagarás caro.
Tn tragó saliva despacio.
Incluso con el aura activa, esa cuchilla estaba lo bastante cerca como para darle un golpe certero. Y lo que más le inquietó no fue eso… sino que no la había sentido moverse.
No corrió… no hizo ruido… mis sentidos no reaccionaron…como es que es asi de rapida.
No.
Semblanza, pensó.
—Interesante… —susurró.
En un movimiento rápido y preciso, Tn activó su Semblanza.
—Dark Matter — Trillion Fragmentation.
Una pequeña esfera negra se formó y salió disparada hacia atrás, impactando directamente en la frente de Emerald.
—¡Guh—!
El golpe no fue letal, pero sí lo bastante fuerte para hacerla gruñir y retroceder un paso. La cuchilla se apartó de su cuello.
Tn no perdió tiempo.
Giró sobre sí mismo y, en un parpadeo, se colocó detrás de ella, rodeándola con ambos brazos, inmovilizándola.
—¿De verdad creíste que podías tomarme por sorpresa? —dijo con una sonrisa ladeada.
Emerald cerró los ojos con fuerza, gruñendo, esperando el golpe.
—Hazlo de una vez, idiota… —escupió.
Pero el golpe nunca llegó.
En su lugar, sintió algo distinto.
*Apretar *apretar*
El calor de su cuerpo.
Su respiración demasiado cerca.
Emerald se quedó rígida… y luego, sin poder evitarlo, se sonrojó. El bastardo estaba manseando sus pechos.
—¿Q-qué demonios crees que haces?! —gritó, forcejeando.
—Hm… —respondió Tn pensativo—. Confirmando una teoría.
—¿¡Qué—!?
—Eres más baja de lo que pensaba… —añadió—. Y bastante plana.
Silencio.
Un segundo después—
¡PÁF!
La bofetada resonó con fuerza.
—¡PERVERTIDO DE MIERDA! —gritó Emerald.
Tn salió volando un poco hacia atrás y cayó sentado en el suelo. Por un momento, la escena fue casi ridícula: él con una expresión exagerada, casi chibi, riendo nerviosamente mientras se sobaba la mejilla.
—¡A-ay! ¡Lo siento, lo siento! —se apresuró a decir—. Fue instinto, lo juro.
Emerald lo fulminó con la mirada.
—Te voy a matar bastardo… —murmuró, dándose la vuelta.
Se alejó abrazándose a sí misma, el rostro aún encendido. No sabía si el calor en sus mejillas era rabia… o vergüenza.
Tn se quedó sentado, viéndola marcharse.
—…Tiene buen gancho —murmuró, sonriendo.
Luego miró el pan que aún llevaba.
—Supongo que eso cuenta como “hola”.
La noche de Mistral siguió su curso.
Y sin que ninguno de los dos lo supiera…
ese encuentro torpe, violento y absurdo había sellado algo que ya no sería fácil de romper.
Tn se levantó sacudiéndose el polvo de la ropa.
—Oye… —dijo rascándose la nuca—. Perdón por eso. En serio.
Emerald lo miraba como si pudiera atravesarle la cabeza con los ojos. No había bajado la guardia ni un segundo.
Tn recogió el pan del suelo, lo limpió un poco con la manga y extendió el brazo hacia ella.
—Toma.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Ese era tu gran plan de seducción? —preguntó con desdén—. ¿Dar pan y esperar que una prostituta te haga caso?
Tn puso los ojos en blanco.
—Wow. No soy tan miserable para eso —respondió—. Y lo del manoseo fue… instintivo. Mal instinto. Ya me disculpé.
Emerald no respondió de inmediato. Lo observó con atención, como evaluándolo pieza por pieza.
—¿De verdad eres parte de la academia? —preguntó al fin.
Tn sonrió y se señaló con el pulgar.
—Sip. Estudiante de la Nueva Academia de Mistral.
Hizo una pausa.
—Bueno… “nueva” es una forma elegante de decir “rudimentaria”. No es Haven. No tenemos estatuas bonitas ni salones lujosos.
Emerald chasqueó la lengua.
—No esperaba que un estudiante repartiera pan —murmuró—. ¿Qué pasó? ¿Los altos mandos se tocaron el corazón y decidieron hacer caridad?
Tn bufó suavemente.
—Esto no es orden de nadie —dijo—. Lo hago porque quiero. Es agradable tener la conciencia limpia de vez en cuando.
Ella ladeó la cabeza.
—Pues empieza por limpiarte el trasero —comentó con mordacidad—. Sobre todo si eres un pervertido.
Una flecha imaginaria pareció atravesar el pecho de Tn. Se llevó la mano al corazón de forma exagerada.
—Auch… no seas tan cruel conmigo.
Emerald resopló.
Se acercó de golpe, tomó el pan de su mano con rapidez y se alejó un par de pasos, girándose para mirarlo otra vez.
—¿Ya te vas? —preguntó, fingiendo indiferencia.
—Puedo irme —respondió él encogiéndose de hombros—. A menos que quieras invitarme a pasar a tu casa.
Emerald soltó una carcajada seca.
—Jaja. Qué gracioso.
Era sarcasmo puro, pero su postura se había relajado un poco. Apenas un poco.
—Entonces nos vemos mañana —dijo Tn, dándose la vuelta—. A la misma hora.
—No te prometí nada —replicó ella.
—Lo sé —respondió él sin mirarla—. Aun así, vendré.
Emerald lo observó alejarse, pan en mano.
—Idiota… —murmuró.
Pero no activó su Semblanza.
No se movió.
No lo robó.
Y eso, para Emerald Sustrai, ya decía demasiado.
.
.
.
Noche tras noche.
Fue en la cuarta cuando Emerald ya no se tensaba tanto al verlo llegar. No bajaba la guardia, claro, pero su mirada ya no era la de un animal acorralado.
Durante el día, ella robaba lo que podía… o mendigaba cuando no había otra opción.
Tn, por su parte, estaba “bien”.
O lo más cercano a estarlo.
Recibir golpizas del instructor se había vuelto casi costumbre. Golpes para corregir postura, golpes para “forjar carácter”, golpes porque sí. Nada nuevo.
Cuando caía la noche, Tn salía de la base y se dirigía a donde estaba Emerald. Ella solía pasar el tiempo en su tienda de campaña o merodeando cerca del mercado, siempre alerta.
Esa noche, estaban sentados sobre unas cajas viejas, compartiendo el silencio.
—Oye —dijo Emerald de repente—. ¿Qué tipo de Semblanza tienes?
Tn sonrió como si esperara esa pregunta.
—Yoshi~ yoshi~ —dijo, divertido—. Es bastante increíble.
Emerald puso los ojos en blanco.
—Claro, claro.
Tn levantó una mano y, con un leve esfuerzo, invocó una pequeña esfera negra que flotó sobre su palma.
—Mi Semblanza me permite recrear esferas condensadas de aura —explicó—. Son pequeñas, pero puedo moverlas a voluntad.
Emerald observó la esfera sin mucha impresión.
—No parece gran cosa.
—Una sola no —admitió Tn—. Apenas hace daño.
La esfera se deshizo… y luego aparecieron dos. Cuatro. Diez.
—Pero imagina un centenar.
Las esferas se multiplicaron lentamente.
—Cientos.
Más.
—Tantas que parezcan miles.
Emerald sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Yo lo llamo… —añadió Tn con una sonrisa torcida— un trillón de metralla.
La imagen se formó en su mente: una lluvia oscura impactando con fuerza brutal.
—…Podría derribar a cualquiera —murmuró ella, seria.
—Exacto.
Tn empezó a hablar con más entusiasmo, y sin darse cuenta, su mano se deslizó sutilmente alrededor de la cintura de Emerald.
—Y si ajusto la densidad y—
¡PUM!
—¡No te lo creas tanto! —le dijo ella, dándole un golpe seco en el costado.
—¡Oye! —se quejó él—. Solo estaba explicando.
Emerald sonrió de lado.
—Mi turno.
Activó su Semblanza.
De pronto, varias Emerald aparecieron alrededor de Tn. Una docena. Luego más. Todas con la misma mirada desafiante.
—Ilusión perfecta —dijo su voz, resonando desde todas partes—. Puedo desorientar a cualquiera… o clonarme.
—…Qué tramposa —murmuró Tn.
Sin perder tiempo, lanzó pequeñas esferas a cada copia.
Puf.
Puf.
Puf.
Las ilusiones desaparecían una a una… hasta que solo quedó una.
—Ahí estás —dijo, sonriendo.
Emerald chasqueó la lengua.
—Aun así, podría derrotarte fácilmente.
—Entonces… —preguntó Tn—. ¿Por qué no te haces cazadora?
Ella lo miró con frialdad.
—Porque no pienso morir peleando contra Grimm —respondió—. Y mucho menos en el frente.
Hubo un silencio pesado.
Tn la observó unos segundos.
—Eso suena… a miedo…. Diablos incluso ahora que lo pienso jamas indague demasiado.
Emerald entrecerró los ojos.
—Eso suena a alguien que quiere seguir vivo.
La noche volvió a envolverlos.
Y, sin notarlo, ambos empezaban a ocupar un lugar peligroso en la vida del otro.
.
.
.
Tn volvía a la base cuando un grupo de sus compañeros le cerró el paso.
—Yoshi~ yoshi~ —murmuró, levantando una mano con fingida calma—. Me extrañaban tanto, pero por favor… pónganse en fila.
Sonrió.
Nadie sonrió de vuelta.
Cinco reclutas. Rostros tensos. Miradas duras. Ninguno parecía estar de humor para bromas.
—¿A dónde vas todas las noches? —preguntó uno, cruzándose de brazos.
—Haciendo caridad con los civiles —respondió Tn con naturalidad—. Es lo que debería hacer un cazador, ¿no?
Otro bufó.
—Han habido varios robos últimamente.
—Siempre hay robos en Mistral —replicó Tn, encogiéndose de hombros—. No es precisamente una novedad.
Hubo un breve silencio.
—La posible ladrona tiene cabello verde —continuó uno de ellos—. Y ojos carmesí.
Tn se quedó quieto.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Sabía un poco de Emerald. Sabía que era una marginada. “Ladrona” era más un apodo que una sentencia… aunque, en el fondo, sospechaba cómo sobrevivía.
Aun así, forzó una sonrisa.
—¿Cabello verde y ojos carmesí? —dijo—. Diablos, podría ser cualquiera, ¿no?
Dos se movieron detrás de él.
El que estaba al frente dio un paso más cerca.
—Deberías considerar con quién te juntas —murmuró—. Podrías meterte en problemas.
Tn ladeó la cabeza.
—¿Acaso tienen algo contra mí?
Los miró uno por uno.
—Porque hasta donde sé, a todos nos tratan como basura —continuó—. Tenemos las mismas clases. Los mismos golpes. El mismo uniforme. Entonces… ¿por qué fijarse en mí?
La respuesta fue inmediata.
—Porque no nos agradas.
El recluta se acercó más.
—Eres engreído. Te crees un samaritano. Y cuando te golpean… —sonrió con desprecio— no devuelves el golpe.
Tn no respondió.
—Y no es por amable —añadió—. Ni por considerado.
El rostro del estudiante quedó a centímetros del suyo.
—Es porque no puedes.
Los ojos de Tn se abrieron.
Sus manos temblaron.
Apretó los dientes.
Levantó el puño.
Por un instante… solo uno… el aura vibró bajo su piel. La oscuridad respondió, lista.
Pero se detuvo.
El puño quedó suspendido en el aire.
—Tsk… —gruñó el recluta—. Patético.
Se apartaron, empujándolo al pasar.
—Cuídate, héroe —dijo uno—. Los accidentes pasan.
Cuando se quedó solo, Tn apoyó la mano contra la pared.
Respiró hondo.
Era verdad.
No se atrevía a atacar a nadie.
Nada que no fuera un Grimm.
—Maldita sea… —susurró.
Cerró los ojos.
No… claro que sabía por qué.
Tenía que ver con su Semblanza.
Y con un recuerdo viejo.
Uno que no quería recordar.
Oscuridad.
Gritos.
Demasiadas esferas.
—…No otra vez —murmuró.
Abrió los ojos lentamente.
La noche de Mistral seguía ahí.
Y el pasado… también.
.
.
.
Los días posteriores, Emerald empezó a notar algo.
Tn ya no aparecía con la misma frecuencia.
Al principio lo atribuyó a los entrenamientos de la academia. Después de todo, los cazadores en formación vivían agotados, saltando de una misión a otra, de un castigo a otro. Pero no… no era solo eso. Cuando lo veía de lejos, cuando por casualidad cruzaban miradas entre la multitud del mercado, Tn parecía distinto. Más apagado. Como si caminara cargando un peso invisible sobre los hombros.
Emerald siguió con lo suyo, como siempre. Robar aquí, escapar allá. Decirse a sí misma que no le importaba. Que no necesitaba a nadie.
Y aun así…
Se sorprendía esperando.
Esperando verlo aparecer con ese pan barato, con esa sonrisa idiota, con esa forma tan absurda de hablarle como si no fuera una ladrona, como si fuera… normal.
—Tch… —murmuró una tarde, apretando el puño—. Estúpido.
No quería admitirlo, pero se había acostumbrado a él.
A que le regalara pan.
La idea surgió como una chispa peligrosa.
“Puedo usar mi semblanza.”
Emerald se detuvo en seco, apoyada contra una pared. Su reflejo en un escaparate roto le devolvió unos ojos carmesí pensativos.
“Solo un poco”, se dijo. “Solo para saber.”
No era como si no lo hubiera hecho antes. Manipular percepciones, nublar sentidos, empujar emociones. Era su forma de sobrevivir.
Días después, cuando por fin lo encontró, lo hizo.
Tn estaba sentado en un callejón lateral, apoyado contra una caja, mirando al vacío. Ni siquiera se dio cuenta de que Emerald se acercaba.
Perfecto.
La semblanza se activó de manera sutil, como una niebla que se desliza sin ser vista. La percepción de Tn se volvió borrosa, los sonidos se estiraron, el mundo perdió definición. Sus hombros se relajaron, sus ojos se entrecerraron.
—Oye… —dijo Emerald en voz baja—. ¿Qué te pasa?
Tn parpadeó lentamente.
—Hm… —murmuró—. Nada… supongo.
—No mientas —insistió ella, frunciendo el ceño—. Últimamente estás raro.
Un silencio pesado.
—En la academia… —empezó Tn, la voz apagada—. Me molestan un poco.
Emerald apretó los dientes.
—¿Un poco? ¿Por qué?
—Porque no me defiendo.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Y por qué demonios no te defiendes?
Tn tardó en responder, como si las palabras le costaran salir.
—No quiero… dañar a nadie.
Emerald soltó una risa seca.
—Eso es estúpido —dijo sin suavizarlo—. Algún día te van a matar por pensar así.
Se inclinó un poco más, forzando su semblanza, empujando con cuidado.
—Dime la razón de verdad —susurró—. ¿Por qué no atacas?
El rostro de Tn se tensó. Sus cejas se fruncieron, y por un momento pareció luchar contra algo invisible.
—Porque… —tragó saliva—. Porque cuando ataco… es demasiado.
Emerald parpadeó.
—¿Demasiado cómo?
—No sé contenerlo —continuó él—. Mi capacidad para atacar es tan destructiva que… si me dejo llevar… no sé dónde parar.
El corazón de Emerald dio un salto.
“¿Destructiva…?”
La curiosidad pudo más que el instinto.
Empujó su semblanza un poco más.
Y entonces lo vio.
Oscuridad.
No una simple sombra, no un recuerdo desagradable. Era un vacío denso, aplastante, como si una noche infinita se hubiera abierto dentro de la mente de Tn. Fragmentos rotos, ecos de gritos lejanos, algo vasto y hambriento, contenido a la fuerza detrás de cadenas invisibles.
Emerald retrocedió de golpe, cortando la semblanza.
—¡¿Qué… qué carajos fue eso?! —jadeó, llevándose una mano al pecho.
Tn se estremeció, como despertando de un mal sueño.
—¿Eh? —dijo, confuso—. Emerald… ¿todo bien?
Ella lo miró, respirando agitadamente. El chico seguía ahí. El mismo de siempre. Sonrisa cansada, mirada tranquila.
Pero ahora sabía.
—Tú… —murmuró—. Tienes algo metido en la cabeza.
Tn ladeó la cabeza.
—¿Algo como qué?
Emerald dio un paso atrás, aún alterada.
—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero sea lo que sea… lo estás reteniendo.
Lo observó unos segundos más, con una mezcla de inquietud y algo parecido al respeto.
—Y más te vale que nunca lo sueltes a lo loco, idiota —añadió, cruzándose de brazos.
Tn sonrió levemente.
—Haré lo que pueda.
Emerald se dio media vuelta para marcharse, pero esta vez no se fue de inmediato. Se detuvo un segundo.
—…Gracias por el pan —murmuró, casi inaudible.
Y se alejó, sabiendo que había tocado algo que no debería haber visto.
Algo que, tarde o temprano, iba a romperse.
.
.
Emerald llegó a su tienda de campaña cuando el cielo ya empezaba a oscurecer.
Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra una de las varillas mal ajustadas, y soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Un escalofrío le recorrió la espalda.
—Tch… —murmuró, llevándose una mano a la sien—. Tal vez no debí meterme en su cabeza…
La imagen seguía ahí. Esa oscuridad. No tenía forma, no tenía voz, pero pesaba. Demasiado. Decirle a Tn que tenía algo metido en la cabeza… ¿había sido buena idea siquiera pensarlo? No estaba segura. Si ella se había asustado solo con mirar un poco, ¿cómo demonios vivía él con eso dentro?
Sacudió la cabeza.
—No importa —se dijo—. No es asunto mío.
Se inclinó para agarrar lo poco que tenía de comida y empezó a comer en silencio, masticando despacio. El sabor era insípido, pero llenaba. Mientras lo hacía, abrió una bolsa de tela escondida bajo una lona y comenzó a revisar sus “ahorros”.
Un par de anillos viejos. Algunas monedas. Un broche medio roto.
La mayoría ya no estaba.
—Genial… —gruñó.
Gran parte de lo que robaba terminaba en manos de esos bastardos que “cobraban seguridad”. Seguridad mis narices. Extorsión, pura y dura. Si no pagabas, te rompían las piernas o te dejaban sin nada.
Emerald cerró la bolsa con brusquedad y se dejó caer hacia atrás.
—Solo un rato… solo quiero descansar…
No llegó a cerrar los ojos.
Pasos.
Emerald se quedó inmóvil al instante. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se levantó despacio, salió de la tienda y activó su semblanza, ocultando su presencia como una sombra entre sombras.
Y entonces los vio.
Un grupo de estudiantes cazadores.
Uniformes limpios. Armas brillantes. Risas fuertes.
—Oigan, miren este nido de ratas —dijo uno, pateando una caja.
—Ni siquiera deberían estar aquí —respondió otro—. Este lugar apesta.
El estómago de Emerald se retorció.
—Malditos… —susurró entre dientes.
Los vio avanzar, sin prisa, sin culpa. Uno de ellos arrancó una lona con un tirón violento. Otro clavó su arma en el suelo, rasgando la tela de una tienda.
—¡Oigan! ¡Fuera de aquí! —gritó una mujer mayor antes de que la empujaran al suelo.
—Cállate —respondió uno de los cazadores, empujándola con la bota—. Esto no es asunto tuyo.
Emerald apretó los puños.
Su tienda.
Vio cómo uno de ellos tiraba del techo que había levantado con tanto esfuerzo. Las varillas cedieron con un crujido seco, la tela se vino abajo.
—¿En serio hacen esto por diversión? —rió uno—. Qué frágil.
La razón era simple.
No la necesitaban.
Las personas podían ser crueles solo porque podían.
Emerald sintió los ojos arderle. Odió esa sensación. Odió sentirse débil. Odió no poder gritarles que pararan sin exponerse.
—No llores… —se dijo—. No aquí.
Aprovechando el caos, se deslizó hacia los restos de su tienda, agarró lo que pudo: la bolsa de tela, un par de mantas, algo de comida. Sus manos temblaban, pero se movían rápido.
Un cazador pasó cerca.
—¿Escuchaste algo? —preguntó.
—Nah —respondió otro—. Solo basura cayéndose.
Emerald huyó.
Corrió hasta que el aire le quemó los pulmones, hasta que las luces quedaron atrás y solo quedó el silencio del callejón. Se detuvo, apoyándose contra una pared, respirando agitadamente.
—Otra vez… —murmuró—. Siempre igual.
Miró la bolsa entre sus manos.
Tendría que levantar otra tienda. En otro sitio. Empezar de nuevo.
Como siempre.
Pero esta vez, mientras se acomodaba el cabello y secaba con rabia la humedad de sus ojos, una idea persistía en su mente.
—Tch… —susurró—. Supongo que sí tendré que hablar con él.
La imagen de Tn apareció sin pedir permiso. Su sonrisa tranquila. Su voz despreocupada. Esa oscuridad sellada en su interior.
—Te metes en problemas incluso cuando no haces nada… —murmuró—. Idiota.
Emerald se enderezó.
No le gustaba depender de nadie.
Pero quizá… solo quizá… hablar con Tn no era una mala idea esta vez.
Después de todo, él parecía entender lo que era cargar con algo que nadie debería ver.
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Alguien se vio el anime de scissors seven, básicamente el que conozca a seven sabrá lo de la cabeza loquita.
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
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No pedimos esta habitación ni esta música; fuimos invitados a entrar.
Por lo tanto, porque la oscuridad nos rodea, volvamos nuestros rostros hacia la luz.
Soportemos las dificultades para estar agradecidos por la abundancia.
Se nos ha dado dolor para asombrarnos por la alegría.
Se nos ha dado vida
para negar la muerte.
No pedimos esta habitación ni esta música.
Pero porque estamos aquí, bailemos.
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ADVERTENCIA ⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️⚠️ como la waifu base sera yandere buena parte de la trama se cambiaría, osea Kiana era alguien con la meta de proteger y salvar a todos y bueno no tuvo una familia en la palabra tradicional, y como sabrán en estos casos me gusta meter un poco de horror cósmico y como dije esto es yandere así que partes se modifican para hacer otra línea de historia y no seguir con el canon porque de ser así mejor hago un copypaste 😑.
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Le dolía.
Le dolía todo el cuerpo.
El frío de la nieve se le había metido en los huesos mientras yacía tirada boca arriba, jadeando, con los pulmones ardiendo como si hubiera tragado fuego. Su cabello blanco estaba completamente despeinado, manchado de sangre y hollín, y la pistola que había usado para luchar yacía a unos metros de distancia, medio enterrada en la nieve.
Kiana intentó moverse.
Un espasmo recorrió su espalda y un quejido ahogado escapó de sus labios.
Frente a ella, la criatura biomecánica comenzó a incorporarse.
Silicio y carne fundidos en una forma antinatural.
Un arma del Honkai, creada con un solo propósito: erradicar a la humanidad.
—N-no… —murmuró Kiana, arrastrándose torpemente hacia atrás—. No te acerques…
Sus ojos azules, abiertos de par en par, buscaron desesperadamente una salida mientras la bestia alzaba su cuerpo, las extremidades clavándose en la nieve con un sonido húmedo.
Solo quería protegerlo.
Solo quería que Siegfried estuviera a salvo.
La criatura alzó su extremidad para asestar el golpe final.
Entonces—
Fshhhk.
Una flecha atravesó el aire y se hundió en el cráneo del Honkai.
Fshhk.
La segunda atravesó el torso.
Fshhk.
La tercera perforó el núcleo.
Tres impactos.
Tres flechas.
La criatura se quedó rígida durante un segundo… y luego se desplomó, desintegrándose en fragmentos cristalinos que se apagaron como cenizas.
El silencio regresó al campo nevado.
Kiana parpadeó, confundida, con el corazón golpeándole el pecho.
—¿…eh?
Unos pasos suaves crujieron sobre la nieve.
Un joven descendió la colina, sosteniendo un arco de diseño simple, casi primitivo, pero con una presencia que hacía que el aire a su alrededor se sintiera pesado. En cuanto llegó a su lado, el arma se desvaneció entre partículas de luz, como si nunca hubiera existido.
“Jumong fundador de tres reinos”
El muchacho se agachó frente a ella.
Llevaba guantes oscuros.
Su mirada era tranquila… demasiado tranquila.
—Tranquila —dijo con una voz baja, casi parecia feliz—. Ya terminó.
Extendió la mano hacia ella.
—No va a levantarse.
Kiana dudó un segundo. Sus dedos temblaban.
Pero al final, tomó su mano.
El calor que sintió la sorprendió.
—G-gracias… —susurró—. Yo… yo pensé que…
—Lo sé —respondió él, ayudándola a incorporarse con cuidado—. Pero esta bien porque yo estoy aqui. Eso es suficiente.
Ella lo miró con los ojos brillantes, como si acabara de ver algo irreal.
—¿Eres… un valquirio?
El chico negó con suavidad.
—Eh…..No, no exactamente.
Antes de que pudiera decir algo más, una voz grave y furiosa resonó detrás de ellos.
—¡¿Kaslana?!
Siegfried Kaslana apareció corriendo entre los árboles, cubierto de heridas, con el arma aún humeante. Sus ojos se abrieron de par en par al verla sentada en la nieve.
—¡¿Estás loca?! —exclamó, arrodillándose frente a ella—. ¡Te dije que no salieras sola!
Kiana bajó la mirada, apretando los labios.
—Yo… —sus dedos se aferraron al abrigo—. Solo quería protegerte…
Siegfried se quedó en silencio.
Su expresión dura se quebró apenas un instante.
Entonces notó al joven.
Sus ojos se estrecharon al reconocer el emblema discreto en su ropa.
—Schicksal… —murmuró.
El chico se puso de pie y asintió con educación.
—Solo estaba de paso —dijo—. La aldea estaba infestada de Honkai. Me encargué de uno que se acercó demasiado. Asi que descuiden simples civiles yo estoy de servicio asi que me encargare de todo.
Sonrio apenas mostrando los dientes y cerrando los ojos.
Siegfried exhaló lentamente.
—Gracias… —dijo al final, con una inclinación de cabeza—. Le salvaste la vida.
—Ella se la salvó sola —respondió el joven con una leve sonrisa, cerrando los ojos—. Yo solo llegué al final. Y vaya que se defendio muy bien.
Kiana lo miró, sorprendida.
—¿Cómo te llamas?
Él se giró hacia ella.
—Tn.
Solo eso.
Poco después, se marchó despidiendoe con un saludo, perdiéndose entre la nieve como una sombra que nunca hubiera pertenecido allí.
Cuando quedaron solos, el viento sopló con más fuerza.
Kiana apretó los puños, esperando el regaño.
—Papá… yo…
Siegfried la miró largo rato.
Luego, suspiró.
—Celebraremos tu cumpleaños —dijo de pronto—. Habrá tarta. Y regalos.
Kiana alzó la cabeza, confundida.
—¿E-en serio?
Siegfried dudó… y luego, con una voz más suave:
—Y dejaré de llamarte “niña”.
Se acercó y apoyó una mano sobre su cabeza.
—Tu nombre… será Kiana Kaslana.
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas.
Mientras el frío seguía envolviendo el mundo, Kiana sonrió.
Muy lejos de allí, sin que ella lo supiera, una parte dormida en su interior tembló.
Y en su mente quedó grabado un pensamiento simple, peligroso y silencioso:
Ese chico… no me miró como a una niña.
Me miró… como si fuera algo real.
.
.
Tal como Siegfried lo había prometido, Kiana recibió un nombre… y una tarta.
Dentro de la pequeña cabaña de madera, el frío quedaba afuera. El fuego crepitaba en la chimenea, llenando el aire de un calor suave y reconfortante. La nieve golpeaba las ventanas, pero allí dentro todo se sentía seguro.
Kiana estaba sentada frente a la mesa, con las piernas colgando del banco, observando la tarta como si fuera lo mejor en el mundo.
—¿Puedo… comerla? —preguntó en voz baja, levantando la vista.
Siegfried soltó una breve risa nasal.
—Para eso es —respondió, cruzándose de brazos—. Es tu cumpleaños.
Kiana sonrió con una felicidad torpe y sincera. Tomó el tenedor con cuidado exagerado y dio el primer bocado.
—¡*Nham~* Está dulce! —exclamó—. Mucho más que las raciones.
—No todo en la vida tiene que saber mal —gruñó él, apartando la mirada.
Ella lo miró de reojo.
—Papá…
Siegfried se tensó un instante… pero no la corrigió.
Durante un tiempo, vivieron así.
En una aldea nevada, aislada del mundo.
Cazando, entrenando, sobreviviendo.
Y siendo felices.
.
.
.
Mientras tanto, Tn seguía con su labor.
La cacería de Honkai nunca se detenía……..vaya mierda.
Avanzaba solo entre bosques congelados y ruinas cubiertas de escarcha, con la respiración casi congelandolo y la mente distante, como si todo aquello fuera una historia ajena.
O se estaba volviendo loco por estar solo en medio de la nada.
Cada vez que abría la Bóveda de Caín, sentía esa presión familiar en el pecho.
—…que sea largo alcance —murmuraba, casi como una plegaria.
La luz blanca se abría frente a él.
Un arma tomaba forma.
A veces un rifle antiguo.
A veces una lanza rara.
A veces algo que no debería existir o que no sbaia como rayos nombrarlos.
—Bien… —decía cuando tenía suerte—. Hoy no tendré que acercarme.
Prefería la distancia.
Siempre la distancia.
.
.
.
Pasó un año.
Un año en el que Kiana luchó codo con codo junto a Siegfried contra los Honkai.
—¡Cubre el flanco! —gritaba ella, apuntando con decisión.
—¡No te adelantes! —respondía él, cortandto con la espada llameante mientras la vigilaba de reojo.
Kiana aprendió rápido.
Demasiado rápido.
Pero algo… algo comenzó a cambiar.
.
.
Una noche, el aire se volvió pesado.
Kiana despertó jadeando, con la cabeza ardiéndole y un susurro desconocido retumbando en su mente.
—¿Por qué lo proteges?
—Él no es tuyo.
—Mátalo.
—¡No…! —gimió, llevándose las manos a la cabeza.
La energía explotó.
La nieve se levantó en espiral. Las paredes de la cabaña crujieron. El cielo se tiñó de un violeta enfermizo.
—¡Kiana! —gritó Siegfried, entrando de golpe—. ¡Mírame!
Pero sus ojos ya no eran solo azules.
Siegfried comprendió en ese instante.
—Sirin… —murmuró, con los dientes apretados.
La fuerza lo lanzó contra el suelo. Árboles se partieron. La tierra se abrió.
—¡Apártate! —rugió ella con una voz que no era del todo suya—. ¡Tú no deberías existir!
Siegfried se levantó, sangrando, y avanzó aun así.
—Escúchame —dijo—. Tú no eres eso.
La energía se concentró.
No había tiempo.
Siegfried activó el sello con un grito ahogado.
Juicio de Shamash manifestndo su poder.
El dolor fue inmediato.
Su brazo izquierdo quedó destrozado, chamuscado, inutilizado.
Kiana cayó de rodillas, inconsciente.
El silencio volvió… roto solo por la respiración agitada de Siegfried.
La miró.
Tan pequeña.
Tan parecida a ella.
—No puedo quedarme… —susurró—. Si sigo aquí… te matarás a ti misma.
Con manos temblorosas, la acomodó entre mantas.
—Perdóname… Kiana.
Y se fue.
.
.
Cuando Kiana despertó, la cabaña estaba vacía.
—¿Papá…? —llamó, con la voz quebrada.
No hubo respuesta.
Solo huellas que se perdían en la nieve.
Kiana cayó al suelo, abrazándose a sí misma.
—Me… abandonó… —susurró, con lágrimas resbalando por sus mejillas.
Muy lejos de allí, una figura observaba desde una colina.
Tn.
Había sentido la explosión de energía.
—Pero que rayos fue eso… —murmuró.
En algún lugar profundo, Kiana apretó los dientes.
Y sin saberlo aún, una idea peligrosa comenzó a germinar en su corazón:
Si alguien se queda conmigo…
No lo dejaré ir.
.
.
.
Para Tn fue demasiado repentino.
Ese pico de energía no tenía sentido.
Había pasado casi un año con el trasero congelado limpiando la zona, erradicando Honkai sin descanso. A veces recibía suministros por su labor, a veces no. El silencio era su única compañía. Y ya se estaba artando.
Pero eso… eso no era normal.
—…mierda —murmuró.
Activó la Bóveda de Caín sin pensarlo.
La luz blanca se abrió y, de ella, cayó en su mano un arma extraña: un garrote cuchilla, pesado, tosco, definitibamente iba a doler. No era elegante, pero serviría.
—Suficiente.
Corrió.
La nieve crujía bajo sus botas mientras avanzaba a toda velocidad. El aire estaba caliente… demasiado caliente. Cuando llegó al epicentro, lo entendió.
—¿Un… pueblo? —dijo en voz baja.
Solo quedaban restos.
Un par de árboles calcinados.
Nieve derretida que volvía a congelarse al tocar el suelo.
Silencio absoluto.
Tn apretó el arma y miró alrededor.
—¿Honkai…? —susurró.
Nada.
Entonces la vio.
Cabello largo y blanco, desordenado, usualmente recogido en dos coletas trenzadas. Ojos azul claro, apagados, sin foco. La misma chica de aquella vez.
—…tú —murmuró.
Bajó el arma lentamente y se acercó con cuidado.
—Oye —dijo, firme pero calmado—. ¿Hay algún Honkai cerca?
La chica no respondió.
Se levantó despacio, con la cabeza baja, como si el cuerpo le pesara toneladas.
Tn frunció el ceño.
—¿Estás herida? —preguntó—. ¿Te encuentras bien?
Kiana abrió la boca… pero no salió nada.
No sabía qué decir.
No sabía dónde estaba papá.
No sabía qué había pasado.
No sabía por qué se había ido.
El pecho le dolía.
Al ver a alguien frente a ella… alguien real… simplemente se quebró.
Dio un paso… y lo abrazó.
Con fuerza.
Como si soltara todo lo que había estado conteniendo.
Tn se quedó completamente quieto.
—…eh —murmuró—. Esto es… raro.
No la apartó.
Mientras no lo apuñalara, estaba bien.
Kiana enterró el rostro en su abrigo, aferrándose a él con manos temblorosas.
—No se fue… ¿verdad…? —susurró, con la voz rota—. Dime que no se fue…
Tn miró al frente, serio.
—No lo sé —respondió con honestidad—. No veo señales de algo de yo pueda reconocer… solo una explosión de energía.
Ella apretó más fuerte.
—Me dejó… —murmuró—. Papá me dejó…
Ah….
Daddy issues, bueno tenia zero idea de eso.
El silencio se volvió pesado.
Tn suspiró lentamente.
—Oye —dijo, bajando un poco la voz—. Respira.
Kiana negó con la cabeza.
—Tenía miedo… solo quería protegerlo… —sollozó—. Y ahora no está.
Tn dudó un segundo… y luego apoyó una mano enguantada en su cabeza, torpemente.
—Eh bueno se hace lo que se puede —dijo—. Y podriamos empezar por solucionar esto.
Kiana tembló.
—Hace frío… —susurró—. Mucho frío…
—Sí —respondió—. Este lugar está muerto.
La miró por primera vez con atención real.
—¿Cómo te llamas?
—…Kiana —respondió tras un momento—. Kiana Kaslana.
Tn asintió.
—Bien me presentare de nuevo. Soy Tn.
Ella alzó un poco la cabeza.
—¿Te vas a ir…? —preguntó con miedo.
Tn guardó el arma; esta se deshizo en luz al volver a la Bóveda.
—No ahora —dijo—. No voy a dejar a una niña sola en medio de la nieve.
Kiana cerró los ojos, aferrándose a esa frase como si fuera una promesa sagrada.
Solo quería calor.
Algo real.
Algo que no desapareciera.
Y sin saberlo, ese abrazo marcó el inicio de algo peligroso… y profundo.
Tn la miró un momento más antes de hablar.
—¿Tienes… alguna casa? ¿Algún lugar donde quedarte? —preguntó con calma.
Kiana negó lentamente con la cabeza.
—No… —murmuró—. Solo quiero sentarme un rato… respirar.
Tn asintió.
—Está bien. No hay prisa.
Se sentaron en los restos de un banco de madera, cubierto de nieve medio derretida. El viento soplaba suave, y por primera vez desde la explosión, el silencio no era opresivo.
Pasaron horas.
Contra lo esperado, el pueblo no había sufrido daños graves. Algunas casas estaban chamuscadas, sí, pero la mayoría seguía en pie. No había cadáveres. No había rastros de una evacuación forzada.
Tn observó alrededor, pensativo.
—Podríamos quedarnos aquí un tiempo —dijo finalmente—. Al menos hasta que decidas qué hacer.
Kiana alzó la mirada.
—¿De verdad…? —preguntó, insegura.
—No es un mal lugar para esconderse del Honkai —respondió—. Y tú necesitas descansar.
Ella asintió, en silencio.
.
.
Pasaron los meses.
La aldea volvió a llenarse de huellas, de humo saliendo de las chimeneas. Kiana ayudaba como podía, y Tn desaparecía durante días enteros para cazar Honkai, siempre regresando cubierto de nieve y con suerte solo algo de suciedad.
Una noche, sentados frente al fuego, Kiana habló.
—Tn… —dijo en voz baja.
—¿Hm?
—Quiero… ser más fuerte.
Él la miró de reojo.
—¿Para qué?
Kiana apretó los puños.
—Para que nadie vuelva a irse… —susurró—. Para poder luchar.
Tn no respondió de inmediato.
—¿Estás hablando de una academia? —preguntó al final.
Ella asintió con decisión.
—Quiero entrar a una academia de Valkirias.
Tn suspiró.
—Son instituciones de élite —dijo—. Entrenamiento duro, combate real, disciplina estricta y toda esa propaganda.
—No me importa.
—No es una vida normal.
—Nunca tuve una.
El silencio se alargó.
—…Está bien —dijo al final—. Te ayudaré.
Los ojos de Kiana brillaron.
—¿De verdad?
—No soy bueno diciendo que no —respondió, con una leve sonrisa cansada.
.
.
Así fue como Kiana ingresó a la Academia St. Freya.
Dos años.
Dos años desde su ingreso en 2014, tras los eventos de la Academia Senba en 2016.
Dos años que, en muchos sentidos, los pasó casi sola.
Al menos eso sentía.
Theresa, a quien Kiana llamaba “tía”, era la única figura constante. Pequeña, estricta, pero preocupada.
—No te excedas, Kiana —le advertía—. Tu control aún es inestable.
—¡Estoy bien! —respondía ella, forzando una sonrisa.
Bajo la guía de Murata Himeko, el entrenamiento era implacable.
—¡Otra vez! —gritaba Himeko—. ¡Si el Honkai no te da descanso, yo tampoco!
—¡Sí, señora! —respondía Kiana, jadeando.
Allí conoció a Raiden Mei.
—Si mantienes la postura así, gastas menos energía —le explicó Mei, con suavidad.
—Eres muy seria —bromeó Kiana—. Pero gracias.
Y a Bronya Zaychik, siempre distante. Ella era la mas rara.
Por alguna razon le recordaba a Tn.
—El rendimiento de Kiana Kaslana es… aceptable —comentó Bronya.
—¡“Aceptable” es un cumplido viniendo de ti! —rió Kiana.
A veces, Tn aparecía.
Sin avisar.
Parado en el patio, con el abrigo largo y esa expresión indiferente.
—¿Tn? —dijo Kiana una vez, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?
—Pasaba cerca —respondió—. Quería ver si no te habian expulsado.
—¡Oye!
Mei la miró de arriba abajo.
—¿Ese es… tu tutor? —preguntó.
—Algo así… —murmuró Kiana, sonrojándose.
Bronya ladeó la cabeza.
—Relación curiosa.
—¡No es lo que piensan! —protestó Kiana.
Tn, por su parte, ya se estaba yendo.
—Entrena bien —dijo mientras levantaba un brazo—. Volvere otro dia.
Ligero problema anti social.
Kiana lo observó marcharse, con el corazón un poco más ligero.
—Siempre dice eso… —susurró.
Pero cada vez que él se iba… el miedo regresaba.
El miedo de que un día… no volviera.
.
.
Tn caminaba ya casi saliendo de la academia cuando una voz lo detuvo en seco.
—No sabía que tenías permiso para meterte dentro de la academia.
El cuerpo de Tn se puso rígido al instante.
…mierda.
Giró lentamente, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
—Buenas tardes —saludó—. Profesora.
Frente a él estaba Murata Himeko.
Es una mujer alta, de piel clara y cabello rojo largo, a menudo recogido en un moño o cola de caballo con adornos de rosas doradas, y ojos dorados o anaranjados.Suele incluir elegantes atuendos como vestidos tipo toga blancos o abrigos negros con detalles dorados, y accesorios como gargantillas y guantes. , ojos ámbar que lo analizaban como si fuera un Honkai particularmente sospechoso. Su abrigo negro con forro dorado ondeaba ligeramente, y su presencia llenaba el pasillo.
Himeko se cruzó de brazos.
—Así que eras tú —dijo—. El tipo raro que aparece y desaparece en la academia.
—Prefiero “visitante ocasional” —respondió Tn.
Ella dio un paso más cerca. Demasiado cerca.
—¿Sabes que no cualquiera puede entrar aquí? —añadió—. Aunque… —lo recorrió de arriba abajo— no pareces un espía común.
Tn tragó saliva.
—Solo estaba de paso.
—Ajá… —murmuró ella—. ¿Y siempre que “pasas”, evitas a seguridad?
—Tengo talento.
Himeko alzó una ceja.
—Eso o tienes permiso especial.
Tn negó.
—No.
—Entonces eres un problema.
Silencio.
Luego, ella sonrió de lado.
—Un problema interesante.
Tn suspiró por dentro.
Otra vez no…
—Dime —continuó Himeko, apoyándose ligeramente en la pared—, ¿qué hacías dentro de mi academia?
—Visitaba a Kiana.
El ambiente cambió.
Los ojos de Himeko se afilaron.
—…¿Perdón?
—A Kiana Kaslana —repitió Tn, algo despistado—. La he estado visitando desde antes de que entrara aquí.
Himeko se enderezó de golpe.
—¿La visitas? —preguntó, con tono peligrosamente calmado—. ¿Y se puede saber por qué un hombre adulto entra a una academia femenina para “visitar” a una estudiante?
—No empieces. Tampoco soy tan mayor solo creci demas —respondió Tn, cansado—. No seas perversa.
—¿Perdón?
—La ayudé hace tiempo —continuó—. Es una mocosa que estuvo sola en medio de la nieve. Nada más.
Himeko lo miró fijamente.
—…¿No prefieres a las jóvenes, verdad?
—¿Qué? ¡No! —Tn la miró horrorizado—. ¿Qué demonios te pasa?
Ella parpadeó.
—Solo pregunto.
—Pues deja de preguntar tonterías —gruñó—. No es la primera vez que vengo. Normalmente la veo fuera de la academia. Una o dos veces al mes.
Himeko frunció el ceño.
—¿Y cómo es que en casi dos años nunca te noté?
Tn ladeó la cabeza.
—Ah. Eso.
Metió la mano en el abrigo y sacó lo que parecía una daga sencilla, oscura, sin adornos.
Himeko tensó los músculos al instante.
—Oye, guarda eso—
—Tranquila —dijo Tn—. No corta… casi.
La daga emitió un leve brillo.
—Es un pequeño truco —explicó—. Oculta mi presencia mientras no ataque. Sensores, humanos, incluso bestias Honkai… me ignoran.
Himeko lo miró, sorprendida.
—Eso es… —murmuró— realmente útil.
—Lo es —asintió Tn, guardando el arma—. Especialmente cuando no quieres llamar la atención.
Ella suspiró.
—Con razón seguridad nunca reportó nada.
—No soy tu enemigo —añadió él—. Solo vigilo desde lejos.
Himeko lo observó unos segundos más… y luego sonrió, cansada.
—Sabes —dijo—, sigues debiéndome una respuesta.
—¿Cuál?
—La cita.
Tn se quedó en silencio.
—No —respondió finalmente.
—¿Por qué? —insistió ella, cruzándose de brazos—. No soy fea.
—No dije eso.
—Entonces…
Tn la miró, serio.
—Porque no necesito ese tipo de lazos.
Himeko lo estudió, por primera vez sin burla.
—…ya veo.
Se apartó un poco, dándole paso.
—No vuelvas a entrar sin avisar —dijo—. Pero mientras no molestes a mis alumnas… haré la vista gorda.
Tn inclinó ligeramente la cabeza.
—Agradecido.
Antes de irse, Himeko añadió:
—Y Tn…
—¿Sí?
—Si alguna vez le haces daño a Kiana…
Tn la miró a los ojos.
—No estaría vivo para hacerlo —respondió con calma.
Himeko sonrió, satisfecha.
—Entonces estamos de acuerdo.
Tn se alejó por el pasillo, activando de nuevo su truco.
Desde lejos, Kiana sintió un leve escalofrío… y sin saber por qué, sonrió.
.
.
Tn soltó el aire que había estado conteniendo en los pulmones.
—…diablos.
¿Por qué siempre le pasaban esas cosas?
Además, no era tan adulto como todos parecían creer. Solo se veía un poco mayor… culpa del estrés, de una genética basura o de ambas. No ayudaba que siempre cargara ojeras y esa expresión cansada que no se le iba nunca.
Con el paso del tiempo, había seguido visitando a Kiana.
Y ella… se veía feliz.
No se alejaba mucho de la academia, y su trabajo seguía siendo, en su mayoría, por su cuenta. Podía pedir provisiones, algo de apoyo ocasional, pero casi siempre estaba solo. Como siempre había sido.
Mientras caminaba, un recuerdo volvió a su mente.
El primero.
.
Pasado
Tn y Kiana estaban frente a la Academia St. Freya.
La isla recuperada se alzaba ante ellos, rodeada por el mar del Lejano Oriente. La estructura era enorme, sólida, casi intimidante. Torres blancas, muelles, hangares. La sucursal principal de Schicksal en la región.
Kiana tragó saliva.
—Es… enorme —murmuró.
—Eso me han dich- *toser* D-digo. Lo es —respondió Tn, con las manos en los bolsillos—. Si vas a entrenar en algún lugar, este no es malo.
Ella se balanceó un poco sobre los pies.
—¿Y si no soy suficiente?
Tn la miró de reojo.
—Sobreviviste al Honkai en medio de la nieve —dijo—. Eso ya dice algo ademas aceptan a cualquiera aqui.
Kiana apretó los puños.
—Pero… tú estarás cerca, ¿verdad?
—Vendré a visitarte, no me dajarian quedarme ahi —respondió—. No desapareceré.
Eso pareció tranquilizarla… un poco.
Entraron.
La primera sorpresa los esperaba en la oficina de dirección.
Detrás del escritorio estaba una chica de apariencia infantil: cabello blanco recogido en una coleta baja, ojos azules brillantes, estatura pequeña.
Kiana parpadeó.
—¿…una niña?
—¿Hm? —la “niña” los miró—. ¿Puedo ayudarlos?
Tn ladeó la cabeza.
—Tú debes ser Theresa.
Ella sonrió ampliamente.
—¡Directora Theresa Apocalypse! —corrigió—. Encantada.
Kiana abrió los ojos como platos.
—¿Eres… la directora?
—Así es —respondió Theresa, con una sonrisa orgullosa—. ¿Vienes a inscribirte?
Kiana asintió con nervios.
—S-sí…
Theresa la observó unos segundos, como si pudiera ver más allá de ella.
—Interesante… —murmuró—. Muy interesante.
Luego miró a Tn.
—¿Y tú eres…?
—Su tutor —respondió él sin rodeos—. Al menos hasta ahora.
Theresa inclinó la cabeza.
—Entonces, señor tutor —dijo—, ¿sabe que una vez que ingrese aquí, el camino será peligroso?
—Lo sé —respondió—. Por eso está aquí.
Theresa sonrió con suavidad.
—Bienvenida a St. Freya, Kiana Kaslana.
Los ojos de Kiana brillaron.
—¿De verdad…?
—De verdad.
.
.
.
Más tarde, afuera, frente al muelle, Kiana se quedó en silencio.
—Tn… —dijo finalmente.
—¿Sí?
—No quiero que te vayas.
Tn se detuvo.
—Kiana —dijo—. Este lugar es para ti. Yo no puedo quedarme, crei que ya lo aviamos discutido.
Ella bajó la mirada.
—Tengo miedo de quedarme sola otra vez…
Tn suspiró, y apoyó una mano en su cabeza, como solía hacer.
—No estás sola —dijo—. Vendré. Aunque sea una o dos veces a la semana.
Kiana lo miró.
—¿Promesa?
—Promesa.
Ella sonrió… pero aun así lo abrazó fuerte.
—No tardes.
Tn se quedó quieto un segundo… y luego respondió al abrazo, torpemente.
—No lo haré.
.
.
.
Presente
Tn abrió los ojos.
—…sí —murmuró—. Creciste bien.
Desde algún lugar de la academia, Kiana reía con Mei y Bronya.
Y aunque Tn no se quedara…
seguía vigilando desde las sombras.
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