Waifu yandere(Collection) - Capítulo 252
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Capítulo 252: Kafka honkai star rail
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
—
Tener un padre ausente,
una madre que me mira
como si fuera una carga más,
un error que respira.
Pero existe ese lugar,
Random Play,
pequeño, casi invisible para el mundo,
pero inmenso para mi sentir.
Allí estás tú.
Tal vez no sé
si esto funcione,
tal vez mañana todo colapse,
tal vez yo también.
Pero por favor…
sigue enseñándome,
guíame una vez más,
mi querida Proxy.
Puede que para ti
esto sea solo una obsesión,
una rutina,
un rol más.
Pero para mí
eres todo.
Incluso si algún día
tomo el control de todo,
si el mundo se inclina
bajo mi peso,
sé que estarás ahí,
a mi lado,
mirándome no como una carga,
sino como alguien
que aún puede aprender
a existir.
—
Ya se la saben……..horror cosmico.
Nombre: Tn avesta
Arma:Fall Queen
Habilidad: Inmutabilidad
Trono:Ligacion al yazata negro.
__________________________________________________________________________
Correr entre las calles de Nueva Babilonia ya era rutina para ella.
Las luces de neón se estiraban como cicatrices sobre el asfalto mojado mientras Kafka saltaba un puesto derribado, giraba una esquina y se deslizaba entre dos vehículos flotantes a punto de colisionar. El sonido de botas tras ella era constante. Gritos. Órdenes mal coordinadas. Demasiado ruido.
—Vamos… —murmuró, divertida.
Un disparo silbó a centímetros de su cabeza. Otro golpeó la pared frente a ella, arrancando fragmentos de piedra artificial. Kafka giró sobre sí misma sin detener la carrera, sacando ambas subametralladoras con un movimiento fluido, casi elegante.
—Qué poca paciencia tenéis —dijo en voz alta, sin mirar atrás.
Apretó los gatillos.
Las ráfagas barrieron la calle con precisión quirúrgica. No disparaba para matar… al menos no a todos. Los que reaccionaron a tiempo se lanzaron tras coberturas improvisadas; los que no, simplemente cayeron, sus cuerpos golpeando el suelo con un sonido seco y definitivo.
Kafka siguió corriendo.
No porque huyera.
Porque era más divertido así.
Al perderlos definitivamente tras un salto imposible entre dos edificios, soltó una risa breve, contenida. De esas que no nacen de la alegría, sino del hábito.
—Demasiado fácil.
El edificio más alto y exclusivo de la zona se alzaba ante ella como un monumento al exceso. Kafka escaló sin esfuerzo hasta un balcón lateral, rompió la ventana con el codo y entró con la naturalidad de quien vuelve a casa.
Y lo estaba.
El penthouse la recibió con silencio, luz tenue y el aroma familiar de maderas caras y perfumes caros. Kafka cerró la ventana tras de sí y dejó las armas sobre una mesa con un suspiro largo, estirando los hombros.
—Ah… —exhaló—. Por fin.
Se dirigió a la mesa de madera oscura donde había dejado algunos aperitivos. Tomó uno al azar, masticando despacio, saboreando más la calma que el alimento. El lujo siempre había sido una necesidad, no un capricho.
—Un baño… —se dijo—. Eso sí que es vida.
Se desnudó sin prisa, como si el mundo exterior no existiera, y se sumergió en la bañera llena de burbujas calientes. Un leve gemido escapó de sus labios al sentir el calor envolverla por completo.
—Esto… sí que no lo tenía Terugés.
Se quitó las pequeñas gafas redondas que llevaba en el cabello y las dejó a un lado. Tomó una novela antigua, de hojas gastadas, y empezó a leer mientras el agua se mecía lentamente.
Minutos pasaron.
Quizás más.
La palabra que le vino a la mente fue inevitable.
—Monotonía…
Cerró el libro con suavidad y dejó que su mirada se perdiera en el vapor del baño.
—Tal vez… —murmuró— debería visitarlo.
Ese mundo pesquero.
El océano infinito.
El silencio que no juzga.
—Ya casi es época, ¿no?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. No era peligrosa. No era cruel. Era… distinta.
Kafka tomó su teléfono, aún desde la bañera, el agua resbalando por sus brazos mientras navegaba por rutas estelares y horarios.
—Un puesto en el Expreso Astral… —susurró—. Solo unos días.
Confirmó la reserva.
La pantalla se apagó.
Kafka apoyó la cabeza en el borde de la bañera, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro que no sabía si era alivio… o anticipación.
—Un poco de paz no puede hacer daño… ¿verdad?
A lo lejos, en algún punto del universo, el destino seguía moviendo piezas.
Pero por ahora,
Kafka había decidido mirar al mar.
.
.
El Expreso Astral atravesó la ruta como un pensamiento bien ejecutado.
No hubo sacudidas. No hubo transición larga. El espacio simplemente cedió, obediente al rastro imposible dejado por Akivili. Kafka permanecía sentada en su camerino reservado, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en el sofá, observando cómo la luz exterior cambiaba de tono a través del cristal.
—Azul… —murmuró—. Siempre azul.
No tardaron ni minutos.
Una señal suave indicó la llegada. Kafka se puso de pie, ajustó su chaqueta negra sobre los hombros y tomó sus gafas de sol antes de salir. No llevaba armas visibles. No las necesitaba.
El planeta la recibió con aire salino.
Un mundo puerto, construido alrededor del comercio pesquero, con muelles de madera reforzada, contenedores apilados, grúas lentas y un océano inmenso respirando con calma. El cielo estaba despejado, atravesado por nubes blancas que se movían sin prisa.
Kafka inspiró hondo.
—Esto… sí que es respirar.
.
.
No muy lejos de allí, entre contenedores marcados con sellos de exportación y estructuras metálicas cubiertas de sal, un joven trabajaba sin apuro.
Tn.
Revisaba los contenedores con movimientos tranquilos, metódicos. A un lado, varias cajas de madera cuidadosamente cerradas. Dentro, panales ya cosechados. La miel había sido extraída con paciencia: desoperculación limpia, centrifugado preciso, decantación lenta. Nada desperdiciado. Nada forzado.
—Bien… —murmuró para sí—. Esto debería bastar.
El zumbido suave de las abejas era constante, casi hipnótico. Una de ellas se posó en su mano desnuda.
Tn no se movió.
La observó en silencio, con una atención que no era cariño ni temor. Solo simple. Sus ojos redorrian al diminuto insecto.
—He….… —dijo en voz baja.
La abeja permaneció allí unos segundos más, como si evaluara algo invisible, y luego alzó el vuelo.
Tn se levantó lentamente.
Su mirada se desvió hacia un lado.
Había una rama caída en el suelo, gruesa, vieja. La recogió sin esfuerzo y la sostuvo frente a sí. Durante un instante, pareció contemplar el entorno: el mar, el viento, el sonido lejano de gaviotas y motores.
Luego, sin emoción visible, movió la rama.
La fuerza fue brutal.
La tierra se abrió con un crujido seco, dejando una larga zanja que recorrió varios metros. La rama se pulverizó en su mano, convertida en polvo.
Silencio.
Tn soltó los restos, que se dispersaron con el viento, y respiró hondo.
—Tranquilo… —susurró—. Solo….Todo esta en la cabeza.
Se dio la vuelta y regresó a su trabajo. La miel no se iba a vender sola.
.
.
.
Kafka caminaba por el muelle con pasos lentos, observando los puestos, los pescadores, las mercancías. No había miedo en ese lugar. Tampoco ambición desmedida. Solo rutina honesta.
Se detuvo ante un pequeño puesto improvisado.
Frascos de miel alineados con cuidado. Dorados. Perfectos.
Kafka tomó uno, lo sostuvo a contraluz.
—Qué color tan… hermoso.
Tn alzó la vista.
Sus miradas se cruzaron.
Por un instante, Kafka sintió algo extraño. No rechazo. No atracción inmediata. Algo más incómodo.
—¿Es suya? —preguntó ella, con tono educado.
—Sí —respondió Tn—. Cosecha local.
Kafka destapó el frasco, probó un poco con la yema del dedo.
Sus ojos se entrecerraron.
—Es buena —dijo—. Muy buena.
—Me alegra oírlo.
Kafka lo observó con más atención. No había servilismo en él. Tampoco curiosidad excesiva. Solo… neutralidad.
—¿Cuánto?
—Un par de monedas.
Ella sonrió.
—Eso suele ser lo más caro.
Tn no respondió. Solo la miró un segundo más, como si evaluara algo que no tenía nombre.
Kafka dejó los créditos sobre la mesa.
—Me llevaré varios.
—Como quiera.
Mientras él envolvía los frascos, Kafka inclinó un poco la cabeza.
—Este planeta es tranquilo —comentó—. No es común.
—La tranquilidad se trabaja —respondió Tn sin mirarla—. Como todo lo demas.
Kafka soltó una risa baja.
—Interesante forma de verlo.
Tomó su compra y se dispuso a marcharse, pero se detuvo a medio paso.
—Volveré.
No era una promesa.
Era una afirmación.
Tn alzó la vista otra vez.
—Claro seria un placer—dijo.
Kafka se colocó las gafas de sol.
—Gracias.
Y se alejó, con el sonido del océano acompañando cada paso.
Por primera vez en mucho tiempo, no pensaba en nada.
No pensaba en el destino.
Pensaba en ese silencio…
y en cómo algo, en su interior, había respondido a él.
.
Miel.
Tenía miel.
Podía comerla despacio, dejar que ese dulce adictivo se deshiciera en la lengua mientras contemplaba el vasto océano. Kafka apoyó los codos en la barandilla del muelle, el viento marino jugando con su cabello, y dejó que el mundo se redujera a sabores y sonidos.
—Mm…
El frasco volvió a sus labios.
La miel era compleja. Dulce, sí, pero no simple. Había notas florales, un fondo amaderado, un leve rastro salino que le recordó al propio mar. Kafka cerró los ojos un instante, saboreándola con la misma atención con la que alguna vez contempló obras de arte valoradas en fortunas incalculables.
Recordó pinturas. Esculturas. Grabados antiguos inspirados en el océano.
Piezas únicas.
—Nunca me importaron de verdad —murmuró—. Solo eran… bonitas.
El sol comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Kafka terminó el frasco con tranquilidad y se quedó observando cómo la estrella desaparecía lentamente.
Silencio.
—Daré un paseo —se dijo—. Luego buscaré una posada.
Se puso de pie y caminó sin rumbo fijo, dejándose llevar por el murmullo del puerto nocturno.
.
.
.
Tn estaba en casa.
La cabaña era sencilla, de madera reforzada, con el olor constante a sal y cera. Se sentó frente a una fogata pequeña, las llamas danzando con suavidad. El calor era estable. Reconfortante.
Tranquilidad.
O eso parecía.
El fuego crepitó.
Y el pensamiento llegó, como siempre.
Fuego.
¿Y si el planeta ardiera?
Tn imaginó el cielo rojo, los muelles en llamas, los panales derritiéndose, las abejas cayendo una a una. Imaginó el mar hirviendo, evaporándose, dejando solo sal y huesos.
Sus dedos se tensaron.
—No —murmuró.
Parpadeó varias veces, como si eso bastara para borrar la imagen.
—Pensamientos intrusivos… —se dijo—. Eso es todo.
Se dejó caer de espaldas en el suelo, mirando el techo de madera. Las llamas proyectaban sombras irregulares sobre las vigas.
Vivía solo.
O al menos, eso creía.
No recordaba padres. No recordaba un hogar anterior. Su conciencia parecía comenzar en la infancia, como si alguien hubiese presionado un interruptor tarde. Lo demás era borroso. Fragmentos. Sensaciones sin rostro.
—Quizá me perdí… —susurró—. O me perdieron.
Nadie vino a buscarlo.
Así que aprendió.
Pescar.
Cosechar miel.
Vender lo justo.
Vivir con poco.
—Funciona —dijo al techo—. Funciona.
Cerró los ojos.
.
.
Kafka caminaba por una calle estrecha, guiada por luces cálidas. Encontró una posada pequeña, de fachada azul y madera clara. Entró.
—Buenas noches —saludó.
La mujer tras el mostrador alzó la vista.
—Buenas noches. ¿Busca habitación?
—Sí. Algo disponible si tiene.
—Tenemos una libre, con vista al mar.
Kafka sonrió.
—Perfecto.
Mientras subía las escaleras, algo cruzó fugazmente su mente.
La miel.
El joven del muelle.
Ese silencio incómodo.
—Curioso… —murmuró.
En la habitación, dejó sus cosas, abrió la ventana y dejó que el sonido del océano llenara el espacio. Se sentó en la cama, apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos.
No soñó con nada en particular.
No soñó con futuros posibles.
Soñó con fuego apagándose en agua.
.
.
.
En la cabaña, Tn abrió los ojos de golpe.
El fuego seguía encendido.
El mundo seguía intacto.
—…bien.
Se incorporó despacio.
Afuera, el mar seguía respirando.
Tn salió de su casa.
Era de noche, y aunque tuviera poco o nada que hacer, no importaba. Caminar ayudaba a mantener los pensamientos en su sitio. El aire era fresco, el cielo despejado, el mar una presencia constante incluso cuando no se veía.
—Solo un rato… —se dijo.
Tomó el camino de vuelta al pueblo y, tras unos minutos, se detuvo frente a un lugar iluminado con luces cálidas: un bar. No era ruidoso. No era peligroso. Lo suficiente.
Entró.
Pidió algo simple. Bebió despacio. Escuchó conversaciones ajenas sin prestarles atención real. Pasaron un par de horas sin que se diera cuenta. Cuando salió, el alcohol apenas le había hecho efecto.
—Ya es tarde —murmuró—. Hora de volver.
.
.
Kafka estaba cerca de la ventana de su habitación en la posada, sentada con un libro abierto sobre las piernas. Leía sin prisa, dejándose llevar por las palabras, hasta que algo llamó su atención.
Movimiento.
Cerró el libro con suavidad y se inclinó un poco hacia la ventana.
Un chico caminaba solo por la calle. Lo reconoció de inmediato.
—¿La miel…? —susurró.
Entonces los vio.
Dos sombras separándose de la pared, siguiéndolo a cierta distancia. Demasiado obvio para quien supiera mirar.
Kafka frunció ligeramente el ceño.
—Hm… ladrones, quizá.
El chico había sido amable. Su miel era dulce. Y, por algún motivo que no se molestó en analizar demasiado, eso bastó.
Cerró el libro, se levantó y salió por la ventana con una gracia particular, aterrizando sin ruido alguno.
—Veamos…
Estaba lista para intervenir.
Pero se detuvo.
Porque escuchó su voz.
—Saben… —dijo Tn sin girarse— no sé si de verdad quieren seguirme y hacer esto.
Los dos hombres se miraron entre ellos. Uno soltó una risa nerviosa.
—¿Y qué vas a hacer, apicultor? —se burló uno.
Tn suspiró.
—No soy una persona tranquila —continuó—. Ni pacifista. Mucho menos vacía….. 547 formas.
Kafka entrecerró los ojos.
—Interesante…
—Simplemente —añadió Tn— tengo un buen hobby. Me pagan por eso…..549.
El numero aumentaba.
Pero a que se referia.
Los hombres aceleraron el paso.
—Y ahora mismo… —dijo Tn, deteniéndose— me siento de un humor particular.
560
Parpadeo.
565.
Eso fue todo.
Habia llegado a su resultado, 567 formas de como iba a matarlos y elijio una tan rapido como su cuerpo reacciono.
Tuvo para pensar mas de quinientas formas de matar a dos personas.
En un instante, Tn ya estaba detrás de uno de ellos, su brazo rodeando el cuello del bandido con una llave perfecta. No hubo lucha. No hubo resistencia. Sus ojos miraron casi sin pupila, el musculo de sus brazos se abulto con una fuerza estridente.
Chasquido.
El cuerpo cayó al suelo sin vida. El cuello sobresalia estirando la piel dejnado un ematoma purpura.
El otro reaccionó tarde, sacando una daga con manos temblorosas.
—¡Maldito—!
Tn le tomó el brazo, lo dobló con una fuerza precisa. El sonido de la articulación rompiéndose fue seco, el hueso blanco sobresalio de la piel al estar afilado. El grito no duró.
Con el mismo movimiento, impulsó la daga hacia adelante.
Silencio.
El segundo cuerpo cayó junto al primero. Los ojos del bandido estaba tan habiertos, Tn movio la daga hacia arriba y luego empujo mas.
Ahhhhh~ ahi estaba.
El cuerpo ya estaba en su punto final.
Todo había terminado en segundos.
Kafka permanecía inmóvil en las sombras.
—Vaya… —murmuró—. Eso fue… peculiar.
Tn miró los cuerpos, respiró hondo y se pasó una mano por el rostro.
—Otra vez no… —susurró—. Dijiste que te controlarías….569…Soy un asco.
Se inclinó, revisó rápidamente que nadie hubiera visto nada y arrastró los cuerpos hacia un callejón oscuro.
Kafka no intervino.
No había nada que intervenir.
Cuando Tn se incorporó y retomó su camino como si nada hubiera ocurrido, ella lo siguió con la mirada hasta que desapareció de su vista.
Por primera vez desde que había llegado a ese planeta, Kafka sonrió de verdad.
No una sonrisa divertida.
No una sonrisa elegante.
Una lenta. Pensativa.
—Así que no eras tan tranquilo… —susurró—. Ni tan simple.
Se dio la vuelta y regresó a la posada.
Esa noche, al acostarse, Kafka no pensó en ladrones ni en peligro.
Pensó en fuerza contenida.
En silencio violento.
En algo que no podía comprar… ni nombrar.
.
.
Que personas murieran no era una gran sorpresa.
En un puerto como ese, siempre había peleas, disputas mal cerradas o borrachos cometiendo estupideces. A veces eran ladrones. A veces no. Las fuerzas policiales o los sentinelas se encargaban de investigar, aunque rara vez eran realmente efectivos.
Kafka se levantó con un leve gemido, estirando la espalda.
—Mm… —murmuró—. No está mal.
La cama de la posada no se comparaba con la suya, pero tenía ese toque doméstico que no había sabido cuánto necesitaba hasta ahora. Se vistió sin prisa y bajó a desayunar.
El aroma a pan caliente y café llenaba el comedor.
—Buenos días —saludó la dueña.
—Buenos días —respondió Kafka, sentándose junto a la ventana.
Comió despacio, con la mente en otro lugar.
El desayuno no era ostentoso.
Incluye huevos, bacon (tocino), salchichas, judías (frijoles) horneadas, tomate, champiñones, y tostadas, acompañado de té o café; también puede llevar morcilla (black pudding) y hash browns.
Anoche fue… interesante.
El manejo de la situación.
Los reflejos.
La ausencia total de duda.
Y esos números.
—“Quinientos sesenta y nueve”… —susurró, removiendo su taza.
¿Maneras de matar?
¿Opciones evaluadas?
¿Un simple hábito mental?
Kafka negó suavemente con la cabeza.
Que tan aterradora era su capacidad para llegar a tal numero.
Acaso fanfarroneaba.
—No… —pensó—. Ese chico no es del tipo que fanfarronea.
Terminó su desayuno y se puso de pie.
Tenía curiosidad.
Mucha.
.
.
El mercado ya estaba en pleno movimiento cuando llegó. Pescadores gritando precios, compradores regateando, olor a sal y algas frescas.
Kafka recorrió los puestos con calma, observando, preguntando de forma casual.
—¿El chico de la miel? —repitió una y otra vez—. Alto, tiene parte del flequillo cubriendo su rostro.
Algunos negaban. Otros encogían los hombros.
Finalmente, un vendedor de ostras levantó la vista.
—Ah, el apicultor —dijo—. Sí, lo conozco.
Kafka se inclinó un poco hacia él.
—¿Suele venir hoy?
—No. Vende miel dos veces por semana —respondió mientras abría una con destreza—. Hoy no es uno de esos días.
Kafka chasqueó la lengua suavemente.
—Qué pena.
—Si lo busca —añadió el hombre—, vive apartado.
—¿Apartado cómo?
El vendedor señaló hacia el norte.
—Una casa en una colina, cerca de un acantilado. Da al océano. No mucha gente va por ahí es poco seguro y puede haber desprendimientos.
Kafka siguió la dirección con la mirada.
—Perfecto.
Pagó sin discutir y se alejó.
.
.
El camino era largo y silencioso.
Justo como le gustaba.
La colina se alzaba solitaria, cubierta de hierba baja, con el océano extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. El viento era más fuerte allí, cargado de sal.
Kafka caminó sin prisa, las manos en los bolsillos de su chaqueta.
—Una casa sola… —murmuró—. Cerca de un acantilado.
Sonrió.
—Qué apropiado.
A lo lejos, distinguió la silueta de una construcción sencilla.
No sabía qué diría.
No sabía qué quería exactamente.
Solo sabía que no podía ignorarlo.
La curiosidad, al fin y al cabo, también era una forma de hambre.
Y Kafka nunca había sido buena negándose aquello que deseaba.
.
.
Y Tn despertaba en su cama.
Tenía la boca un poco abierta. Parpadeó despacio, como si el mundo necesitara unos segundos para acomodarse en su cabeza. Sus ojos se movieron de un lado a otro, evaluando el techo, las paredes de madera, el sonido lejano del mar golpeando el acantilado.
—…Ah. —murmuró.
Sus acciones.
Diablos.
—Pensamientos intrusivos otra vez… —se dijo, llevándose una mano al rostro.
Había tenido suerte. Mucha suerte. Si los sentinelas lo hubieran visto anoche, habría tenido que pensar en formas de encargarse de ellos, y la verdad… no quería.
—No quiero problemas con todo el lugar —gruñó—. Me gusta vivir aquí….143.
Maldita sea,
Se levantó, estirándose, y salió de la habitación.
El aire salino le golpeó el rostro cuando abrió la puerta. Frente a la casa, sobre una roca plana, estaba la pequeña torre de piedras: discos de roca apilados con cuidado. Siete en total.
Tn se agachó frente a ellas.
—Lunes… martes… —contó en voz baja—. Hoy no toca mercado.
Representaban los días de la semana. Su forma de organizarse para ir a vender la miel. No tenía dinero ni paciencia para la tecnología moderna. Un calendario digital, un comunicador, cualquier aparato moderno… todo eso le parecía una pérdida de tiempo.
—Te pudre el cerebro —murmuró—. Esto es suficiente.
Vivía casi como en la edad de piedra, y al carajo con eso: era relajante.
Se incorporó y miró a lo lejos.
Entonces la vio.
Una cabellera de color morado, moviéndose con el viento.
Tn parpadeó.
—…¿Hm?
Entrecerró los ojos. ¿Alguien iba en dirección a su casa? ¿O solo era alguien caminando cerca del acantilado?
Su lengua pasó lentamente por sus dientes.
Las manos se abrieron… y se cerraron.
Otro pensamiento intrusivo.
—No. —se dijo—. Tranquilo.
Mientras tanto, Kafka ya podía divisar la casa con claridad.
.
.
—Vaya… —susurró Kafka, deteniéndose unos segundos—. Así que aquí vives.
La casa era sencilla, aislada, como si el mundo terminara allí. El océano detrás, la colina protegiéndola del pueblo.
—Qué lugar tan… modesto.
Siguió caminando.
No llevaba armas visibles. No ocultaba su presencia. El viento agitaba su cabello morado mientras avanzaba con paso relajado.
Tn la observaba desde la entrada.
—Genial… —murmuró—. No es un espejismo.
Se apoyó en el marco de la puerta, sin hacer ningún movimiento brusco.
Cuando Kafka estuvo lo suficientemente cerca, levantó una mano.
—Buenos días —saludó con una sonrisa tranquila—. ¿Interrumpo algo?
Tn ladeó la cabeza.
—Depende —respondió—. ¿Vienes a comprar miel… o a preguntar por algo en especial?
Kafka soltó una pequeña risa, suave, casi divertida.
—Directo al punto. Me gusta eso.
Se detuvo a unos metros.
—Vengo por curiosidad.
—Eso suele ser peligroso —replicó Tn.
—Lo sé.
Se miraron durante unos segundos. El viento llenó el silencio.
Kafka fue la primera en hablar de nuevo.
—Anoche —dijo—, te vi.
Los dedos de Tn se tensaron apenas.
—Entonces viste más de lo que debías…..
11,12,13,14,15,25,34,39. Los numeros aumentaban.
—Vi lo suficiente —respondió ella—. Reflejos limpios. Decisiones rápidas. Y un número.
Tn frunció el ceño. El contador se detuvo.
—…¿Qué número?
Kafka inclinó la cabeza, observándolo con atención.
—Quinientos sesenta y nueve.
El silencio cayó como una losa.
Tn exhaló lentamente.
—Ah. Ese.
—¿Era una broma? —preguntó Kafka—. ¿O un conteo real?
Tn la miró fijamente.
—Si fuera una broma —dijo—, no estaría aquí hablándolo contigo.
Kafka sonrió un poco más, pero esta vez había algo distinto en su mirada.
—Entonces tenía razón en sentir curiosidad.
Tn dio un paso atrás, señalando el interior de la casa con un gesto vago.
—No acostumbro visitas —dijo—. Pero ya que estás aquí.
Hizo una pausa.
—¿Vas a quedarte mirando… o vas a pasar?
Kafka no respondió de inmediato. Luego, caminó hacia la puerta.
—Solo un momento —dijo—. Prometo no romper nada.
—Eso espero.
Y así, con el mar rugiendo detrás y pensamientos peligrosos flotando en el aire, Kafka cruzó el umbral de la casa en la colina.
Kafka entró al modesto hogar.
—Hm… —murmuró, observando alrededor—. Es más acogedor de lo que pensé.
La casa no tenía lujos, pero estaba ordenada. Madera, piedra, olor a cera y miel. Nada sobraba. Nada faltaba.
Tn, en silencio, ya había llegado al número sesenta y siete en su cabeza.
Pero al verla ahí dentro, el número empezó a subir… y a bajar.
No podía determinarlo.
—¿Tienes algo de beber? —preguntó ella, llevándose dos dedos al cuello—. La garganta se me secó con la caminata.
—Agua —respondió Tn—. Es lo que hay.
—Suficiente para mí~.
Tn se giró y entró a la pequeña cocina.
El espacio era estrecho. Sus ojos recorrieron los utensilios casi por reflejo.
Cuchillas.
Tenedores.
Una cuchara pesada.
—Diablos… —pensó.
Cualquiera serviría.
Negó con la cabeza.
—No. —se dijo—. Es invitada.
Además… ella había visto lo de anoche. Si la atacaba, vendrían preguntas. Demasiadas.
Llenó un vaso de agua y regresó.
—Aquí —dijo, extendiéndoselo.
Kafka lo tomó con cuidado, rozando apenas sus dedos. Tn no pudo evitar fijarse en el movimiento de su cuello al beber. Lento. Elegante.
Cuando bajó el vaso, un rastro de labial había quedado marcado en el cristal.
—Gracias —dijo ella—. Por cierto… disfruté mucho la miel.
Tn apartó la mirada.
—…Gracias.
Kafka se sentó con tranquilidad, cruzando las piernas.
—Dime algo —continuó—. ¿No crees que fue un poco extremo acabar con dos simples bandidos?
Tn se apoyó en la pared.
—No importaba —respondió—. Fue… un pensamiento repentino.
Kafka lo observó con atención, analizándolo. Luego sonrió de forma divertida, casi provocadora.
—¿Y ahora? —preguntó—. ¿También me estás poniendo números a mí?
Tn dudó un segundo.
—Quizás.
Kafka soltó una risa genuina.
—Me agrada tu honestidad.
Lo miró con un brillo curioso en los ojos.
—Si quieres, podríamos tener un pequeño combate —propuso—. Solo para ver quién sale victorioso.
El ambiente se tensó.
—¿Estás segura de lo que pides? —preguntó Tn, serio.
—No suelo luchar —respondió ella—. Me parece innecesario.
Hizo una pausa.
—Pero me resulta interesante que un chico que vive como apicultor sea capaz de eso.
Lo observó con más atención.
—Dime… ¿no eres un Cazador Estelar, verdad?
—No —murmuró Tn.
Luego frunció el ceño.
—…Espera.
Pensó un poco.
—¿Qué carajos es un Cazador Estelar?
Kafka lo miró en silencio durante unos segundos… luego parpadeó.
—¿Bromeas?
Tn señaló la casa.
—¿Ves algún aparato de noticias aquí? —respondió—. Estoy lo suficientemente alejado del mundo como para no saber cosas importantes.
Kafka soltó una pequeña carcajada, apoyando el codo en la mesa.
—Vaya… —dijo—. De verdad vives fuera de todo.
Lo miró con renovado interés.
—Eso te hace… mucho más interesante de lo que pensé.
Tn cruzó los brazos.
—No sé si eso es algo bueno.
Kafka sonrió.
—Depende de quién lo mire.
El silencio volvió a caer, cargado de algo distinto ahora. No peligro inmediato. No calma.
Algo intermedio.
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El horror cósmico, que es, un subgénero del terror que se enfoca en el miedo a lo desconocido, lo incomprensible y la insignificancia de la humanidad frente a un universo vasto e indiferente, popularizado por H.P. Lovecraft; se centra en entidades antiguas, conocimientos prohibidos y verdades aterradoras que llevan a la locura, en lugar de sustos o gore tradicionales. Algo tan fascinante imaginense todo esperando lo mejor del exterior cuando posiblemente sea lo peor que nos puede pasar, la esencia, nada puede ser feliz o bueno.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com