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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 257

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Capítulo 257: Lapiz lazuli part 6 Steven universe

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.

Agrego personajes no me pertenecen.

Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.

_________________________________________________________________________________________

Llegar a Australia no le había tomado tanto tiempo como creyó. Lápiz había nadado durante días usando ráfagas de marea, dejándose arrastrar y, cuando era necesario, dominando la Corriente de Australia Oriental. (EAC), puede mover masas de agua cálida a entre 2 y 3 nudos (aproximadamente 3.7 a 5.6 km/h) en promedio, aunque sus “remolinos” (vórtices) pueden alcanzar 5 a 10 km/h (aproximadamente 2.7 a 5.4 nudos), moviéndose lentamente hacia el sur a lo largo de la costa este, con picos de hasta 7 nudos (13 km/h) en zonas superficiales.

Sentía el agua obedecerle, abrirse ante su paso, aunque cada impulso le costaba más de lo normal. Su gema astillada ardía con un dolor sordo, constante, como un recordatorio de su fragilidad.

Cuando finalmente tocó tierra, el agua se retiró de su cuerpo en suaves hilos azulados. Su atuendo cambió casi de inmediato: la ropa invernal se disipó como niebla y volvió su falda azul, el top azul marino que dejaba el abdomen al descubierto y parte de los hombros y la espalda… justo donde su gema seguía rota.

Lápiz apoyó una mano en su costado y suspiró.

—Mantener la forma… cada vez es más difícil —murmuró, con voz cansada.

Avanzó por la playa, la arena caliente bajo sus pies descalzos. A lo lejos vio carteles, señales con símbolos y palabras. Se detuvo frente a uno, frunciendo el ceño.

—No es lo que me esperaba… —dijo en voz baja—. Tampoco el idioma de Tatiana.

Recordó los libros, las letras aprendidas durante la noche en Sarov. Observó con atención.

—Una derivación del inglés… —concluyó—. Humanos… ¿cuántos idiomas necesitan para sobrevivir?

Había irritación en su tono, pero también una curiosidad genuina. Caminó más, siguiendo un sendero costero, hasta que algo pequeño llamó su atención: una caja de madera y vidrio, sencilla, casi frágil. Dentro, varios libros descansaban ordenados.

Lápiz ladeó la cabeza.

—¿Una… cápsula de almacenamiento? —se preguntó.

Abrió la puertecilla con cuidado. Tomó un libro y lo observó como si fuera un alivio de tanto viajar.

—Información… compartida libremente —murmuró, sorprendida—. Qué método tan… humano.

Se sentó en un banco cercano y comenzó a leer. Pasó las páginas una y otra vez, absorbiendo palabras, estructuras, significados. Los sonidos del idioma se ordenaban en su mente con rapidez antinatural.

Un par de humanos pasaron cerca. Una mujer se detuvo, susurrándole algo a su acompañante.

—¿La ves? —dijo en voz baja—. Es… increíblemente hermosa.

—¿Está actuando para algo? —respondió el otro—. Mira su piel… es azul.

Lápiz alzó la vista apenas un segundo. Sus ojos sin pupilas se cruzaron con los de ellos. Los humanos se quedaron inmóviles, incómodos.

—No tengan miedo —dijo ella con calma—. Solo estoy leyendo.

La mujer tragó saliva.

—Ah… claro… lo siento.

Se alejaron apresurados. Lápiz los observó irse y volvió al libro.

—Siguen fascinándose por lo diferente —susurró—. Y aun así… continúan viviendo casi en tranquilidad…..que envidia.

Leyó durante largo rato, hasta que, sin notarlo, la sombra de un gran letrero se proyectó sobre la arena cercana. Letras grandes y claras anunciaban el lugar.

PERTH – AUSTRALIA

Lápiz levantó la mirada lentamente y leyó en voz alta, probando las palabras.

—Perth… Australia.

Cerró el libro y lo sostuvo contra su pecho.

—Centro del continente… —dijo, recordando el mapa—. Si las ruinas siguen existiendo… una cápsula debería estar activa.

Se levantó del banco, dejando el libro con cuidado en la pequeña biblioteca.

—Solo un poco más —murmuró—. Resiste… por favor.

Mientras se alejaba de la playa y se adentraba en la ciudad, ningún humano sabía que aquella gema solitaria caminando entre ellos llevaba consigo el peso de un imperio, un pasado de guerra… y la determinación silenciosa de volver a encontrar aquello que había perdido.

.

.

Lápiz caminó por la ciudad durante horas, buscando algún tipo de mapa, una señal, cualquier indicio que le indicara el camino hacia el centro del continente. Los transeúntes pasaban a su lado con la misma curiosidad silenciosa con la que ella los observaba. Nadie se atrevía a hablarle; nadie salvo miradas rápidas, furtivas, fascinadas.

—Concéntrate… —se dijo en voz baja—. Solo información. Eso es todo lo que necesito.

Entró y salió de varios lugares, leyó carteles, escuchó conversaciones ajenas. Entendía el idioma, sí, pero tratar con los locales era… incómodo. Demasiadas expresiones, demasiadas emociones en la voz, demasiadas preguntas implícitas. Al caer la tarde, la frustración ya pesaba en su pecho como una marea estancada.

—Esto no está funcionando —murmuró.

Sin decir palabra a nadie, volvió a la playa. Se sentó sobre la arena fría, con las piernas recogidas, mirando el horizonte. El mar estaba tranquilo, casi inmóvil. Alzó la vista… y allí estaba la Luna.

Tan cerca.

Tan inalcanzable.

Sus ojos vacíos se endurecieron.

—Estás ahí… —susurró—. Puedo verte… y aun así no puedo llegar.

Apretó los dedos contra la arena.

—Si pudiera llegar al Palacio de Diamante Rosa… —continuó, con voz temblorosa—. Si pudiera encontrar a Tn… todo podría arreglarse.

La noche pasó lenta, silenciosa. Cuando el amanecer tiñó el cielo de tonos suaves, Lápiz notó movimiento. Humanos. Muchos. Corrían hacia el mar cargando plataformas largas y ovaladas.

—¿Qué… hacen? —murmuró.

Los vio lanzarse al agua, caer, levantarse, reír. Algunos eran derribados por las olas; otros lograban deslizarse sobre ellas con gracia. Había emoción, juegos, vida.

No encontraba particularmente divertido caerse al mar durante una ola.

—Se están… divirtiendo —dijo, sorprendida.

Observó con atención. El patrón era claro. El agua no era un enemigo para ellos… era un juego.

Muy diferente a lo que recuerda la ultima vez que vio a los humanos correr del agua.

—Qué curioso… —susurró.

Un grupo de jóvenes humanos la notó. Una chica, de cabello claro y sonrisa amplia, le hizo señas desde la orilla.

—¡Oye! —gritó—. ¿Quieres probar?

Lápiz parpadeó. Miró a ambos lados y luego se señaló a sí misma.

—¿Quien…Yo?

La chica rió.

—¡Sí, tú! Las olas están increíbles hoy. ¡Ven!

Lápiz dudó unos segundos. Observó a los demás: la mayoría llevaba ropa ajustada, diseñada para el agua.

—Adaptación al entorno… —murmuró.

Su cuerpo brilló suavemente, como si el mar la reconociera. La tela de su ropa se transformó en un traje de natación de dos piezas: una braga azul oscuro con una tela corta anudada a la cintura y un sostén negro, sus tiras formadas como si el agua misma las hubiese tejido.

—¡Guau! —exclamó otro chico—. ¿Eso fue… magia?

—No —respondió Lápiz con calma—. Solo… control de forma es algo que suelo hacer.

La chica se acercó y le entregó la plataforma.

-Y esto…-Preguto la gema notando la plataforma.

—Se llama tabla —dijo—. Solo tienes que remar, ponerte de pie cuando llegue la ola y dejar que el agua te lleve hasta la playa de nuevo.

Lápiz sostuvo la tabla, sintiendo la textura bajo sus dedos.

—Remar… levantarme… deslizarme —repitió—. Mantener equilibrio. Usar la energía de las olas.

Miró el mar, luego la tabla, luego a los humanos sonriendo, expectantes.

—Suena… sencillo —concluyó.

Y por primera vez registrada quedaria como una gema surfeaba, Lápiz dio un paso hacia el agua no por huir, no por necesidad… sino por curiosidad.

.

Hizo exactamente lo que le habían indicado.

Lápiz se recostó sobre la tabla y comenzó a remar con movimientos firmes y precisos. El agua respondía a sus brazos como si la reconociera. Avanzó hasta quedar a varios metros de la costa, donde el ruido humano se volvía distante. Entonces se sentó sobre la tabla y esperó.

Pasaron unos segundos.

Nada.

—No vienen… —murmuró, observando el mar.

Frunció ligeramente el ceño.

—Entonces tendré que adelantarlo.

El océano tembló.

Sin que los humanos lo notaran de inmediato, Lápiz extendió su control sobre el agua. Las corrientes comenzaron a reunirse, empujándose unas a otras hasta formar una ola enorme. Cuando la tabla se elevó con la marea, Lápiz se puso de pie con un movimiento natural, casi instintivo.

—¡¿Qué demonios?! —gritó alguien desde la orilla.

—¡Esa ola no estaba ahí! —exclamó otro.

Lápiz avanzó. La ola creció aún más y, justo cuando parecía que iba a caer sobre ella, la cresta se curvó, formando un túnel perfecto. La tabla la llevó directo al interior del barril.

Conocido como “barril” o “tubo” (barrel riding o tubing), es una de las experiencias más buscadas y emocionantes en el surf, donde la cresta de una ola rompe y forma un cilindro hueco que el surfista atraviesa, desapareciendo por un momento en la ola misma, lo que requiere gran habilidad y sincronización.

El mundo se volvió agua y eco.

El cabello de Lápiz se agitaba con la fuerza del mar, sus brazos abiertos manteniendo el equilibrio. El sonido del océano envolviéndola era profundo, constante… vivo.

—Es… —susurró— liberador.

Su gema palpitó. No de dolor. De emoción.

Por un instante, no era una gema prisionera, ni una fugitiva, ni un recuerdo olvidado. Estaba haciendo algo humano… y le gustaba.

La ola la escupió de regreso a la luz y la llevó hasta la playa. Lápiz descendió de la tabla con suavidad mientras los jóvenes humanos estallaban en gritos y aplausos.

—¡¿Vieron eso?!

—¡Entró en el tubo!

—¡Eso fue una locura wooooooooo yo tambien quiero!

Varios se arrojaron al mar intentando atrapar una ola similar.

La chica que la había invitado se acercó riendo, con los ojos brillantes.

—¡No esperaba eso! ¡Esa ola fue gigantesca!

Lápiz la miró, aún respirando hondo.

—Fue… estimulante —respondió con sinceridad.

.

Pasaron un par de horas más. Olas, risas, intentos fallidos de los humanos por imitarla. Al final, Lápiz volvió a sentarse en la arena, con el mar calmándose frente a ella. La chica se dejó caer a su lado.

—Oye… —dijo—. Nunca te pregunté tu nombre.

Lápiz miró el horizonte antes de responder.

—Lápiz.

La chica sonrió.

—Bonito nombre. Yo soy Maya.

Hubo un breve silencio. Luego Lápiz giró el rostro hacia ella.

—¿Sabes dónde queda el centro del continente?

Maya parpadeó varias veces.

—¿El centro… de Australia?

—Sí.

Maya soltó una risa nerviosa.

—Esa es… una pregunta rara.

Se giró y gritó hacia un chico que estaba secándose el cabello con una toalla.

—¡Oye, John! ¿Sabes dónde está el centro de Australia?

El chico, pelicafe y con el cabello cayéndole sobre los ojos, levantó la vista.Tenia un papel enrollado en la mano mientras estaba recostado en su tabla de surf.

—Eh….*inhalar* fuuuuuu~ Depende May desde dónde lo mires —respondió encogiéndose de hombros provando otra calada y escupio mas humo—, ufffff~ pero si estamos en Perth… el punto más reconocido sería Uluru.

Pensó un segundo otra calada.

—*inhalar* Diooooossss que buena esta cofff *toser* Unas veintitrés horas y media en coche. Como dos mil cincuenta kilómetros más o menos.-Sorbio una ultima vez.

Maya silbó.

—Eso es… lejos.

Miró a Lápiz con curiosidad.

—¿Eres de allá?

—No —respondió Lápiz con suavidad—. Tengo… asuntos que resolver.

Maya la observó un instante más, luego sonrió con naturalidad.

—Bueno… si necesitas llegar, podemos llevarte. Siempre quise volver a pasar por ahí.

Lápiz la miró, sorprendida.

—¿Harías eso… por mí?

Maya se encogió de hombros.

—¿Por qué no? Además, después de lo que hiciste en el mar… creo que mereces un aventón.

.

.

Y para su sorpresa, Maya cumplió.

Lápiz iba sentada en la parte trasera, justo detrás del conductor, dentro de un vehículo que para sus estándares era… primitivo. Sin embargo, para los humanos parecía moverse a una velocidad más que aceptable. Maya estaba a su lado, apoyada con naturalidad, mientras el viento entraba sin obstáculos: no había ventanas, ni techo. El aire agitaba sus cabellos con fuerza.

—Es un Jeep Gladiator pero le decimos el Fredmobil —dijo Maya con una sonrisa, notando cómo Lápiz observaba cada detalle—. Tiene espacio para cinco. Es perfecto para viajes largos.

Lápiz asintió lentamente.

—Es… resistente —comentó, eligiendo bien la palabra.

El conductor, un hombre de complexión robusta llamado Fred, soltó una risa algo desordenada mientras mantenía una mano firme en el volante.

—¡Resistente es poco chica! Este viejo me ha llevado por medio desierto y sigue andando. Incluso cuando atropelle un canguro ChicOoo. Esa cosa salio de la nada.

Las palabras eran algo diferentes al ascento que Lapiz habia escuchado.

Lápiz lo miró un segundo más de lo necesario. Su mente registró algo extraño en él, una irregularidad en sus reflejos, en su manera de hablar.

Está fuera de sus facultades, pensó, pero no dijo nada.

En el asiento del copiloto iba otra chica, relajada, con los pies casi sobre el tablero. El vehículo avanzaba rápido, devorando kilómetros de carretera mientras el paisaje comenzaba a oscurecer.

—Oye —dijo Maya, girándose hacia Lápiz—. ¿Te divertiste en la playa?

Lápiz asintió sin dudar.

—Sí. Fue… diferente. Pero agradable.

—Se te notaba —respondió Maya—. Nunca había visto a alguien así en el agua.

Hubo una breve pausa antes de que Maya, con tono curioso pero sin malicia, preguntara:

—Puedo preguntar algo… ¿no?

—Puedes.

—¿Por qué tu piel es azul?

Lápiz no se tensó. No se ocultó.

—Es normal para mí.

Maya parpadeó, luego se encogió de hombros.

—Supongo que eso es suficiente.

Sonrió, genuina.

—¿Y qué te pareció el mar? ¿La playa?

Lápiz miró al frente, observando la carretera perderse en la noche.

—El océano… es mi fuente de comforte. Siempre e estado en el, y nunca deja de ser él mismo. Me resulta familiar.

Maya la observó con atención.

—Eso suena a alguien que lo entiende de verdad.

Sin darse cuenta, Lápiz comenzó a simpatizar con ella. Maya era… normal. No intentaba imponer nada, no exigía respuestas. Tenía un apego honesto hacia el mar, algo que resonaba profundamente en ella.

Podría ser…

…mi segunda amiga humana, pensó.

Tatiana apareció fugazmente en su mente. Maya se le parecía un poco. No en apariencia, sino en esencia.

El viaje continuó con una calma inesperada. Entonces Fred giró una perilla y el vehículo se llenó de sonido.

—Hora de música —anunció.

De la radio comenzó a salir una melodía suave, rítmica. La voz era clara, casi melancólica.

“Hey, hey, hey, hey

Your lipstick stains

On the front lobe of my left side brains

I knew I wouldn’t forget you

And so I went and let you blow my mind”.

Maya sonrió al reconocerla.

—Oh, esta es buena.

—¿Qué es eso? —preguntó Lápiz la voz era una melodia parecia a algo que escucharia de una perla.

—Música —respondió Maya—. La canción se llama Hey Soul Sister.

“Hey, soul sister

Ain’t that Mr. Mister on the radio, stereo

The way you move ain’t fair you know

Hey, soul sister

I don’t wanna miss a single thing you do tonight”.

Lápiz inclinó ligeramente la cabeza.

—Mhp es una agradable melodia.¿Y de qué trata?

Maya pensó un momento.

—Habla de una conexión profunda con alguien especial. De admirar los pequeños detalles. De sentir que dos personas… encajan. Como almas gemelas.

Las palabras atravesaron a Lápiz más fuerte de lo que esperaba.

Su gema vibró débilmente.

Sin decir nada, se recostó contra el costado del vehículo, apoyando la frente cerca del borde, dejando que el viento arrastrara las lágrimas que comenzaban a caer de sus ojos sin pupilas.

—¿Lápiz? —preguntó Maya con suavidad.

—Estoy bien —respondió ella en voz baja.

La melodía continuó.

“The way you can cut a rug

Watching you is the only drug I need

So gangsta, I’m so thug

You’re the only one I’m dreaming of

You see, I can be myself now finally

In fact, there’s nothing I can’t be”.

—Tn… —susurró, casi sin sonido.

Maya no lo notó.

La carretera siguió extendiéndose bajo la noche. Las estrellas aparecieron una a una sobre ellos, y aunque el cansancio humano comenzaba a notarse, Fred no disminuyó la velocidad.

—Seguiremos hasta donde dé el tanque —dijo—. Luego vemos.

Lápiz cerró los ojos un instante, dejando que la música y el viento la envolvieran, mientras el jeep avanzaba, llevándola cada vez más cerca del centro del continente… y, quizá, un poco más cerca de él.

.

.

El jeep continuó durante horas por la vasta zona desértica del centro de Australia, el Red Centre Way, un camino interminable de tierra rojiza que atravesaba el corazón del Outback australiano. A ambos lados se alzaban formaciones antiguas, erosionadas por milenios, y a lo lejos se intuían siluetas míticas como Uluru y Kata Tjuta, aunque la noche comenzaba a tragárselo todo.

Lápiz seguía recostada en la parte trasera, sin ventanas, observando el cielo estrellado. La fauna aparecía de vez en cuando: sombras rápidas cruzando la carretera, ojos brillando entre los arbustos, criaturas que para ella resultaban curiosas… algunas peligrosas, otras simplemente fascinantes.

—Este lugar es… enorme —murmuró.

—Eso es el Outback —respondió Maya, medio dormida—. Te hace sentir pequeña… pero te *bostezar* acostumbras cuando lo exploras.

Fred soltó una risa corta.

—Mientras no choquemos con algo, todo irá bie-.

No terminó la frase.

El impacto fue brutal.

Algo golpeó el costado del vehículo con una fuerza antinatural. El jeep giró violentamente, los neumáticos chillaron contra la tierra y el mundo se volvió una masa caótica de metal, arena y fuego. Lápiz salió despedida, su cuerpo rodó y se arrastró varios metros por el suelo rojizo hasta detenerse.

—¡Nnngh…! —jadeó, incorporándose con dificultad.

El aire olía a combustible y humo. Alzó la mirada.

El jeep estaba envuelto en llamas. Fred permanecía inclinado sobre el volante, inmóvil.

—…Fred —susurró.

No hubo respuesta.

—¡Maya! —gritó, el pánico filtrándose por su voz—. ¡Maya, responde!

Un grito desgarrador cortó el aire.

La otra chica había salido del vehículo… solo para ser atrapada por algo que emergía de la oscuridad. Una criatura deforme, retorcida, con una gema opaca incrustada en su cuerpo monstruoso. Sus extremidades eran irregulares, su forma errática, y su rugido carecía de razón.

—N-no… —alcanzó a decir la humana.

La criatura la tomó del cuello.

Un crujido seco.

El cuerpo cayó sin vida sobre la arena.

Lápiz se quedó helada.

—…una gema… corrompida… —murmuró, reconociéndola al instante.

Su mente recordó lo que eran: gemas dañadas por la corrupción, reducidas a bestias salvajes, sin memoria, sin identidad, solo instinto y destrucción.

—¡MAYA! —gritó de nuevo.

Giró desesperada.

La vio.

Maya estaba tendida en el suelo, inconsciente, con un hilo de líquido carmesí escurriendo por su frente. Su pecho aún se movía, débilmente.

—…vive —susurró Lápiz, con un alivio que duró apenas un segundo.

La criatura la vio entonces.

Rugió.

Un golpe brutal impactó contra Lápiz, enviándola varios metros hacia atrás. Su cuerpo chocó contra una roca, el aire escapó de sus pulmones.

—¡Ghh…!

La gema corrompida avanzó, arrastrándose, gruñendo, lista para rematarla.

Lápiz se levantó lentamente, temblando… no de miedo, sino de rabia.

—No… —dijo entre dientes—. No otra vez.

Sus ojos vacíos se fijaron en la bestia.

—Ya perdí demasiado.

El suelo comenzó a vibrar. El agua contenida en las plantas secas, en la humedad subterránea, incluso en el aire, respondió a su llamado. Chorros líquidos se alzaron y tomaron forma, solidificándose en lanzas de agua afiladas que flotaron a su alrededor.

—Ellos… —su voz se quebró—. Fueron amables conmigo.

La criatura lanzó otro rugido y se preparó para atacar.

—Más amables que mis propias hermanas gema.

Lápiz dio un paso al frente, el agua girando violentamente a su alrededor.

—No permitiré que toques a nadie más.

Las lanzas apuntaron a la gema corrompida.

—Si este mundo está lleno de monstruos… —murmuró—. Entonces aprenderé a luchar como uno.

El viento del desierto sopló con fuerza, avivando las llamas del jeep, mientras el agua se elevaba, lista para desatarse.

Arrojó todo lo que tenía contra esa cosa.

—¡Fuera de aquí! —gritó Lápiz, alzando ambos brazos.

Las lanzas de agua salieron disparadas como proyectiles. La gema corrompida respondió con un alarido inhumano y escupió ácido, una sustancia verdosa que silbó al contacto con el aire. Cuando ambos ataques chocaron, el agua hirvió, evaporándose en una nube abrasiva.

—¡Gh…! —Lápiz retrocedió, cubriéndose el rostro—. ¿Ácido…?

No era una gema luchadora. Nunca lo había sido. Su función siempre fue crear, moldear, dar forma… no destruir.

Pero no tenía elección.

Extendió las manos de nuevo, buscando más agua.

Nada.

El Outback era seco, cruel, sin ríos cercanos. El líquido disponible era mínimo. Su control se resentía, su gema fracturada palpitaba con dolor.

—No… no basta… —murmuró.

La criatura no esperó.

Con un rugido salvaje, la gema corrompida la embistió. Un golpe la lanzó contra el suelo, otro impactó en su costado. El aire escapó de sus pulmones o lo que podia llamar pulmones.

—¡Aahgghg…!

El tercer golpe la dejó de rodillas. El mundo le dio vueltas. Su visión se llenó de polvo rojo.

—Levántate… —se dijo a sí misma—. Levántate, Lápiz…

La bestia alzó un brazo monstruoso para rematarla.

Entonces, en su desesperación, lo sintió.

No era agua.

Era… líquido.

El calor.

El hierro.

La vida que se había escapado.

Los cuerpos cerca del jeep.

Los humanos.

—N-no… —susurró, horrorizada—. No… eso no…

Pero su poder respondió antes que su mente.

El líquido carmesí se elevó del suelo, tembloroso, formando hilos irregulares que flotaron alrededor de ella. Lápiz abrió los ojos de par en par.

—Yo… yo no quería… —su voz se quebró.

Las lágrimas comenzaron a caer, mezclándose con el polvo.

—Perdón… perdón…

Los hilos se movieron, obedientes.

—Ustedes… —sollozó—. Me ayudaron… me cuidaron…

Su mirada tembló al posarse sobre el cuerpo de Maya.

—Maya…

La criatura atacó de nuevo, pero esta vez se encontró con algo distinto.

—¡No te acerques! —gritó Lápiz.

El líquido se reorganizó, tomando forma. Hidromimética.

Frente a la gema corrompida surgieron clones de agua, figuras líquidas que imitaban su silueta grotesca, copiando incluso sus movimientos. La bestia dudó por primera vez, atacando a uno, luego a otro, destrozándolos… pero cada golpe era absorbido, reformado.

—No… —jadeó Lápiz—. No voy a huir más.

Aun así, la criatura seguía avanzando. Golpeaba, destrozaba, rugía. Incluso en desventaja, luchaba como un animal acorralado.

—Entonces… —Lápiz levantó ambos brazos—. Esto termina aquí.

El agua restante se arremolinó violentamente.

—Burbujas de Agua.

Una enorme burbuja líquida envolvió a la gema corrompida, cerrándose como una prisión transparente. La bestia golpeó con furia.

—¡Crack! ¡Crack!

—No… —susurró Lápiz, temblando—. No vas a salir.

La burbuja resistió.

Sus manos se cerraron en puños.

—Lo siento… —murmuró—. De verdad lo siento.

Desde el interior de la burbuja, estacas líquidas se formaron y atravesaron a la criatura desde todos los ángulos.

El rugido final se ahogó.

La gema corrompida explotó en humo, fragmentos de su gema cayeron al suelo con un sonido seco, opaco, muerto.

Silencio.

Lápiz se acercó lentamente, respirando con dificultad. Miró los restos.

—No… —dijo con voz rota—. No volverás.

Su pie descalzo descendió.

Crunch.

Una vez.

Otra.

Otra más.

—No… —aplastó otro fragmento—. No vas a lastimar a nadie más.

Cada pisotón era acompañado por un sollozo contenido.

—No… no otra vez… no…

Cuando terminó, cayó de rodillas.

El viento del desierto sopló suavemente, llevándose el humo y el olor metálico. Lápiz permaneció ahí, temblando, con las manos manchadas, llorando en silencio.

—Maya… —susurró—. Perdón…

La noche del Outback la envolvió, y por primera vez desde que fue liberada del espejo, Lápiz Lazuli entendió algo terrible:

Había cruzado una línea.

Y ya no había vuelta atrás.

Se levantó del suelo con el cuerpo temblando, las manos aún manchadas, y lo poco que pudo hacer fue acomodar los tres cuerpos uno al lado del otro. Sus movimientos eran lentos, casi mecánicos, como si su mente se negara a aceptar lo que veía.

—No… —murmuró con la voz rota—. Esto no es justo…

El viento caliente del desierto sopló sobre ella, llevándose el olor metálico y el humo del vehículo calcinado. Lápiz apretó los dientes, sintiendo cómo algo dentro de su gema se retorcía.

—¿Por qué lo pierdo todo? —preguntó al vacío—. ¿Por qué… apenas un día…?

Recordó la risa nerviosa de Maya, sus preguntas torpes, la forma en que la miraba como si Lápiz fuera algo hermoso y no una herramienta rota. Una humana que vivía apenas un instante comparado con los siglos de una gema… y aun así, ese instante había sido suficiente.

—Ni siquiera mis hermanas… —susurró—. Ninguna de ellas hizo nada por mí…

El líquido carmesí respondió a su dolor. Se deslizó por la tierra obedeciendo su voluntad, cortando el suelo con precisión silenciosa. Lápiz lloró mientras cavaba, cada lágrima cayendo y perdiéndose en la arena roja.

—Lo siento… —dijo mientras acomodaba los cuerpos en la fosa—. No quería que fuera así… Lo siento, Fred… lo siento…

Se detuvo frente a Maya. Sus manos temblaron.

—Tú… tú fuiste amable conmigo —murmuró—. Más que cualquier gema jamás lo fue.

El suelo se cerró. Un adiós improvisado, indigno para una vida humana, pero era todo lo que podía ofrecer.

Lápiz se quedó de pie unos segundos, en silencio, hasta que el dolor se volvió demasiado grande para sostenerlo dentro. Entonces, con un sollozo ahogado, condensó parte del líquido carmesí. Este se elevó, solidificándose en una esfera lisa que flotó a su lado.

—No quiero estar sola… —confesó en voz baja—. Acompáñame, Maya… por favor…

La esfera vibró levemente, obediente, permaneciendo a su costado mientras Lápiz comenzaba a caminar. Su camino no estaba tan lejos… lo sentía. El desierto se extendía infinito, pero ella avanzó, buscando, tocando la tierra, las rocas, escuchando con algo más que oídos.

Hasta que las vio.

—¿Inscripciones…? —murmuró, acercándose.

Eran estructuras antiguas de piedra y roca, erosionadas por el tiempo, cubiertas de símbolos de gema. Lápiz pasó sus dedos por los muros, cerrando los ojos.

—Por favor… —susurró—. Solo… ábrete…

Hubo un leve temblor. Una sección del muro se deslizó con un sonido profundo y antiguo.

—Gracias… —dijo, sin saber a quién.

Caminó hacia el interior. Descendió por pasillos fríos, la luz apagándose poco a poco, la esfera carmesí flotando fielmente a su lado. Sus pasos resonaron hasta que llegó a una sala amplia. En el centro, una gran computadora aún activa. Y frente a ella…

—Una cápsula… —sus ojos se abrieron—. Aún funciona…

Se acercó con cautela, sus manos moviéndose solas al tocar los controles. Datos antiguos pasaron frente a sus ojos.

—Viaje estelar… —leyó—. Coordenadas… Luna…Palacio rosa.

Tragó saliva.

—Tal vez… —su voz tembló—. Tal vez allí pueda encontrarlo… o desaparecer…

Programó la cápsula. El compartimiento se abrió con un siseo suave. Lápiz miró la esfera carmesí.

—Ven conmigo —pidió—. No me dejes…

Entró. La cápsula se cerró, y el sistema comenzó a activarse. La esfera flotó a su lado mientras la nave se elevaba lentamente desde las profundidades de la Tierra.

.

.

.

Mientras tanto, en Ciudad Playa, un portal se activó con un destello de luz dentro de la casa en la bahia.

—Este tampoco —dijo Garnet, cruzándose de brazos.

—Llevamos días así —respondió Perla, claramente frustrada—. Si Lápiz pasó por ahi, no dejó rastro alguno.

—Lo que significa que no quiere ser localizada por medios convencionales—dijo Garnet con calma—. O que ya no está en este planeta.

En la habitacion, Steven estaba sentado en la cama, castigado pero inquieto. Perla entro y se acercó y le tomó los hombros.

El chico les hbaia contado algo muy serio.

—Steven, dijiste que soñaste con Lápiz —dijo con suavidad—. ¿Qué viste exactamente?

Steven bajó la mirada.

—No era… un sueño normal —respondió—. Yo podía sentirla. Estaba muy triste… lloraba mucho…

Garnet se inclinó un poco.

—¿Dónde la viste? —preguntó.

Steven frunció el ceño, concentrándose.

—Había… edificios —dijo lentamente—. Y agua… como un puerto. No sé dónde… pero sentía que estaba lejos… muy lejos…

Perla intercambió una mirada con Garnet.

—Un puerto… —susurró—. Eso ya es algo.

Un puerto en todo el planeta……ya era algo.

Steven apretó los puños.

—Tenemos que ayudarla —dijo—. Está sola… y tiene mucho miedo.

Garnet asintió.

—Entonces no dejaremos de buscar —respondió—. Aunque el camino sera algo dificil.

Muy lejos de allí, una cápsula surcaba el espacio, llevando dentro a una gema rota… y a un recuerdo que se negaba a morir.

.

Espacio.

.

La cápsula se desplazaba con buena velocidad, atravesando el vacío hasta que la Luna apareció frente a ella. Lápiz observó en silencio cómo la estructura emergía de la oscuridad: el Palacio de Diamante Rosa.

Seguía en pie. Alto, esbelto, con su forma de torre imposible y ese tono rosado que alguna vez simbolizó esperanza… o al menos eso había creído.

—Así que… aún existes… —murmuró.

La cápsula aterrizó con suavidad. Las puertas se abrieron y Lápiz dio el primer paso dentro del palacio, la esfera carmesí flotando fielmente a su lado. El interior estaba adornado con imágenes de las cuatro Diamantes: Blanco, Azul, Amarillo… y Rosa. Murales que hablaban de colonización, de orden, de un futuro que nunca llegó a cumplirse como fue planeado.

—Rosa… —susurró—. Todo esto pasó por ti… por todos ustedes…

Avanzó por los pasillos, subiendo niveles, sintiendo el eco de sus pasos como si el lugar estuviera vacío desde hacía siglos. Cada imagen parecía observarla, juzgarla. La esfera carmesí vibró levemente.

Que hbaia pasado con su Diamante, acaso volvio a planeta madre.

La esfera carmesi parecio girar.

—No me mires así —dijo Lápiz, con la voz quebrada—. Yo también fui abandonada.

Finalmente llegó a lo alto. La computadora madre seguía activa, emitiendo una luz constante. Lápiz se acercó, respiró hondo y colocó sus manos sobre la superficie.

—Solo dime dónde está… —pidió—. Solo eso…

Sus ojos blancos se iluminaron mientras los datos fluían. Coordenadas, archivos antiguos, órdenes selladas por Planeta Madre. Entonces lo vio.

—No… —susurró.

En la pantalla apareció el registro: Obsidiana – Designación: Tn.

Estado: Único espécimen restante.

—¿Único…? —su voz tembló—. ¿Qué significa eso…?

Leyó más. Sus manos comenzaron a temblar.

—“Orden de erradicación de gemas tipo obsidiana”… —leyó en voz alta—. ¿Qué… qué hicieron…?

El motivo apareció claro, frío, impersonal: la rebelión de las Gemas de Cristal, la muerte de Diamante Rosa. Castigo. Ejemplo…..

Que hizo planeta madre.

—No… no… —negó con la cabeza—. No pueden haber hecho eso…

La esfera carmesí se agitó con fuerza. Lápiz sintió un dolor punzante en su gema, como si fuera a partirse.

—Lo dejaron solo… —susurró—. Igual que a mí…

Todo se derrumbó en ese instante. El plan. El discurso que había preparado. La idea de pedir ayuda a Planeta Madre. Todo era una mentira.

—Si vamos allí… —dijo con un hilo de voz—. Nos destruirán…

De pronto, la rabia explotó. Lápiz golpeó la computadora con ambas manos.

—¡MALDITA SEA! —gritó—. ¡TODO ESTO!

El eco de su voz resonó por la torre. Jadeó, respirando con dificultad, lágrimas deslizándose sin control.

—No… no puedo rendirme… —se dijo—. No ahora…

Respiró hondo y volvió a mirar la pantalla.

—Encuéntralo… —ordenó—. Encuentra a Tn.

La computadora respondió. Una nueva localización apareció: una base construida sobre un asteroide, flotando lejos de rutas comunes.

—Ahí estás… —susurró, con una mezcla de alivio y terror—. Aguanta… por favor…

Copió la localización. Cerró los archivos. Se dio media vuelta y comenzó a descender la torre a toda prisa, la esfera carmesí siguiéndola de cerca.

—No dejaré que te destruyan —dijo con determinación—. No dejaré que estés solo… como yo lo estuve…

Si tan solo supiera.

Llegó a la cápsula de escape y se detuvo un segundo, apoyando la frente contra la superficie fría.

—Maya… —murmuró—. Prometí proteger… y fallé…

Hizo una pausa.

—Pero esta vez no voy a fallar.

Entró en la cápsula. Los sistemas se activaron de inmediato.

—Destino fijado —dijo en voz baja—. Asteroide… base obsidiana.

La cápsula se lanzó al espacio, alejándose del palacio rosado que quedaba atrás, mientras Lápiz apretaba los puños, decidida.

—Resiste, Tn… —susurró—. Ya voy.

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Como me encanta la esencia

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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