Waifu yandere(Collection) - Capítulo 259
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Capítulo 259: Neopolitan Rwby
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
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Gritaría.
Gritaría hasta que su garganta sangrara, hasta que el mundo la escuchara romperse.
Pero nunca tuvo voz.
El viento le arrancó el aliento cuando cayó desde varios metros de altura. Neo reforzó su aura por instinto, apenas a tiempo. El impacto fue brutal. El suelo no cedió. Su cuerpo sí. Un chasquido seco recorrió su costado, y el mundo se volvió blanco por un segundo. Algo caliente le cubrió un ojo, nublándole la vista.
Aun así, extendió la mano.
No hacia el suelo.
No hacia sí misma.
Hacia el cielo.
“R-romaaan”
Hacia el dirigible que se alejaba, hacia el punto donde Roman había caído, hacia la última certeza que tenía.
Sus dedos temblaron, inútiles, cerrándose sobre el vacío.
“N-no quiero”.
.
.
.
Cuando despertó, el mundo ya había terminado.
Beacon no ardía.
Beacon yacía.
Ruinas, polvo, estructuras partidas como huesos viejos. El aire olía a metal y ceniza. Neo se incorporó con un gemido mudo, apoyándose en su paraguas como si fuera un bastón. Cada paso era una punzada, pero caminó.
Cojeando.
Arrastrando una pierna tras otra.
Gruñendo en silencio.
Su reflejo apareció brevemente en un cristal roto: un ojo multicolor abierto de par en par, el otro cubierto de sangre seca. Su sonrisa no estaba ahí.
No podía hablar.
Pero sabía exactamente lo que quería.
Venganza.
Avanzó poco a poco, resguardándose entre sombras, evitando patrullas, evitando Grimm rezagados. Su aura estaba en niveles críticos; cada uso era un riesgo. No luchó. No persiguió. Sobrevivió como pudo alejandose.
Los días pasaron.
Tal vez semanas.
El tiempo dejó de importar.
Esperó.
Esperó a que el dolor del pecho disminuyera.
A que dejara de toser bilis.
A que su aura respondiera otra vez, aunque fuera débilmente.
Cuando por fin pudo mantenerse en pie sin temblar, Neo entendió algo terrible:
La venganza directa la mataría. Volver con Cinder haria que sus planes se jodieran a largo plazo.
.
Se escondía en un refugio improvisado, una habitación olvidada bajo una estructura colapsada. El techo estaba agrietado. El silencio era absoluto. Sus ojos vagaban lentamente de un punto a otro, calculando, reconstruyendo.
Roman se había ido.
Los secuaces se dispersaron.
Las riquezas robadas… perdidas.
No tenía recursos.
No tenía aliados.
Neo apretó el mango de su paraguas con fuerza. Su cuerpo tembló, no de miedo, sino de furia contenida.
—…
No hubo sonido.
Pero su expresión decía maldita sea.
Fue entonces cuando un recuerdo incómodo apareció.
Una chica de hojalata.
Sonriente.
Obediente.
Estupidamente positiva.
Peligrosamente poderosa.
Penny Polendina.
Neo ladeó la cabeza lentamente. Sus ojos se entrecerraron, brillando con algo distinto a la rabia: curiosidad.
Si Atlas pudo hacer eso…
¿Cuántos más tendrán?
Su mente empezó a moverse. No como un ataque frontal. No como una vendetta ciega. Sino como algo mucho más frío.
Una herramienta.
Un arma que no se cansa.
Un aliado que no traiciona.
Neo dibujó una sonrisa lenta, torcida, carente de humor.
—…
Silencio otra vez.
Pero esta vez, era decisión.
.
.
.
Atlas.
No por poder.
No por gloria.
Sino porque ahí fabricaban monstruos que le serian utiles.
Neo se levantó con esfuerzo, apoyándose en su paraguas. Cada paso dolía, pero su rumbo ya estaba fijado. No iba tras Ruby. No todavía.
Primero necesitaba algo mejor que odio.
Necesitaba un arma que pudiera caminar a su lado.
Y sin saberlo aún, en algún laboratorio olvidado, EL proyecto dormía, esperando a alguien que lo despertara…
.
.
.
No pasó mucho tiempo antes de que pudiera ir a Atlas, pero no fue sencillo.
La caída de Beacon había encendido la paranoia. Las élites atlesianas —malparidos con sonrisas de mas falsas que ls de ella— cerraron filas, y el cobarde de Ironwood se atrincheró como si el mundo fuera a devorarlo mañana. Reclutas de la Academia patrullaban como soldados reales; ojos cansados, dedos tensos sobre gatillos de armas.
Neo caminaba entre ellos sin existir.
Su ropa había cambiado. Su cuerpo también. Ahora parecía una mujer madura, curvas cuidadas, abrigo impecable que combinaba con la estética fría de Atlas. El camuflaje era su mejor arma. Nadie mira dos veces a lo que encaja. Nadie sospecha de lo que pertenece.
Avanzó, observando reflejos en cristales pulidos, corrigiendo detalles mínimos de postura, de ritmo, de respiración. Atlas no era un reino: era una máquina, y ella sabía cómo pasar entre engranajes.
Las instalaciones de investigación no estaban marcadas con letreros amables. Neo las intuyó. Atlas había desperdiciado montones de recursos en crear a Penny; no lo hicieron una sola vez. Nunca lo hacen. Si hubo una, hubo más. Tal vez imperfectos. Tal vez olvidados. Tal vez útiles.
Se deslizó por un acceso secundario y, con un parpadeo, robó la apariencia de un guardia. Luego otra. Cada rostro era mejor que el anterior. Cada pase, más profundo.
Fue entonces cuando la vio.
Una científica de piel muy pálida, cabello blanco largo atado en coleta. Brazos robóticos reluciendo bajo la luz clínica. Bata blanca sobre un traje impecable: polo carmesí, chaleco negro, corbata bien anudada, pantalones grises. Gafas de seguridad rojas. Caminaba rápido, concentrada.
Neo esperó el ángulo.
Un golpe seco, preciso.
-!Gaah!-.
La mujer cayó sin un sonido.
Neo tomó su forma con la naturalidad de un suspiro.
El gafete colgaba recto del bolsillo: “Loremaster”.
Neo sonrió.
—Buenos días, doctora —saludó un guardia al verla salir del pasillo.
Neo alzó la mano y respondió con una sonrisa educada, ensayada.
—…
El guardia asintió, satisfecho, y siguió su camino. Nadie cuestiona a quien parece saber a dónde va.
En una sala de control, Neo —como Loremaster— se detuvo frente a un monitor. Sus dedos se movieron con seguridad prestada, navegando menús, saltando protocolos. Tecleó palabras clave con calma: bio-android, aura storage, prototype, inactive.
La pantalla parpadeó.
—¿Autorización de nivel siete? —murmuró una voz detrás.
Neo giró apenas el cuello. Otro científico, joven, nervioso.
—Retrasos del Consejo —respondió con la voz que no era suya, firme, cansada—. Ironwood quiere resultados. Ahora.
El joven tragó saliva.
—S-sí, doctora. Claro.
El sistema cedió.
Archivos desfilaron. Proyectos cancelados. Unidades desmontadas. Y entonces, una línea llamó su atención.
TN-03
Estado: Inactivo
Observación: modelo desactualizado. Almacenamiento de aura ineficiente.
Neo inclinó la cabeza. Su sonrisa se ensanchó apenas.
—¿Dónde está alojado? —preguntó, sin apartar la vista del monitor.
—Sección subterránea C —respondió el joven—. Nadie baja ahí. Es… obsoleto.
Neo cerró el archivo con cuidado.
—Perfecto —dijo.
No necesitaba algo perfecto.
Necesitaba algo que no estuviera completo.
Y muy abajo, tras capas de metal y polvo, alguien dormía, sin saber que estaba a punto de ser robado no como arma… al menos no una convencional.
.
.
.
Neopolitan era incapaz de hablar, pero sus ilusiones sí podían.
Con esa ventaja silenciosa descendió sin prisa. Su apariencia de científica no levantaba sospechas; nadie cuestiona a quien pertenece al sistema. Los ascensores subterráneos la tragaron, uno tras otro, hasta que el aire se volvió frío y viejo, como si el lugar hubiera sido olvidado a propósito.
La sección C estaba muerta.
Luces tenues. Cápsulas alineadas. Mesas de trabajo cubiertas por telas de polvo. El nombre de Pietro Polendina aparecía en viejos monitores: notas, diagramas, correcciones hechas con cariño casi paternal. Penny había sido un milagro… y después de un milagro, siempre vienen intentos.
Neo caminó entre los restos de proyectos fallidos hasta que lo vio.
La cápsula.
Sonrió.
Dentro, Tn dormía. No como una máquina apagada, sino como alguien cansado. El pecho subía y bajaba con un ritmo lento. Rasgos tranquilos. Ningún gesto heroico. Ninguna sonrisa programada.
—Ahí estás… —dijo una voz suave a su lado.
No era Neo.
Era una ilusión suya: la misma científica, misma bata, misma serenidad falsa. La ilusión se apoyó en la cápsula y miró a Tn con interés clínico.
Neo se sentó frente a la computadora integrada. Sus dedos comenzaron a teclear con rapidez. Diagnósticos aparecieron en pantalla.
Almacenamiento de aura: ineficiente.
Consumo constante.
Modelo desactualizado.
Neo ladeó la cabeza.
—No eres perfecto —continuó la ilusión, con una sonrisa ladeada—. Pero eso está bien. Los perfectos siempre se rompen de la peor manera.
Neo abrió el menú de armamento. Descartó rifles. Descargó lanzadores. Nada de eso encajaba. Sus ojos se detuvieron en una opción simple.
Espada larga. Sin protección en la empuñadura. Conductor de aura.
Neo asintió para sí misma.
—Eso servirá —dijo la ilusión—. Imaginalo. Atravesar el pecho de esa rosa marchita. Tan rapido y refinado.
Otro monitor mostró advertencias sobre el consumo de aura. Neo las ignoró. Sabía exactamente lo que hacía. Sus reservas no eran masivas, pero se regeneraban rápido. Y si hacía falta… contacto. Siempre había contacto.
Neo presionó ENTER.
La cápsula comenzó a abrirse con un siseo lento. Vapor blanco se deslizó por el suelo. La temperatura bajó un grado.
Tn frunció el ceño.
Luego abrió los ojos.
—… —murmuró, una voz baja, somnolienta—. ¿Ya… terminó?
Neo no respondió.
La ilusión dio un paso adelante.
—Despierta —dijo con calma—. Te necesitamos operativo.
Tn parpadeó varias veces, mirando el techo, luego la sala. No hubo pánico. No hubo sorpresa exagerada. Solo… cansancio.
—¿Otra prueba? —preguntó—. Dijeron que este proyecto estaba cancelado.
Neo se acercó a la cápsula. Extendió la mano. Sus dedos tocaron el pecho de Tn apenas un segundo. Un pulso suave de aura fluyó hacia él.
Tn inhaló con más fuerza.
—Ah… —susurró—. Eso se siente… mejor.
La ilusión sonrió.
—Lo estará —dijo—. Si cooperas.
Tn se incorporó lentamente, sentado al borde de la cápsula. Miró sus manos. Luego a Neo. Sus ojos se detuvieron en los de ella… y algo en su expresión cambió.
—No eres del equipo —dijo—. No te reconozco.
Neo inclinó la cabeza, divertida.
—No —respondió la ilusión—. Pero tampoco eres de nadie ahora.
Silencio.
Tn bajó la mirada.
—¿Puedo… salir de aquí?
Neo extendió la mano otra vez.
—Sí —dijo la ilusión—. Pero primero… necesito que me ayudes a romper algunas cosas.
Tn pensó unos segundos. Observó la sala vacía. Las cápsulas apagadas. El abandono.
—Mientras no tenga que liderar nada —respondió finalmente—. Y mientras no me despiertes muy temprano.
Neo sonrió de verdad.
La cacería acababa de empezar.
Neo disipó la ilusión sin previo aviso.
El aire pareció vaciarse de golpe, como si alguien hubiera apagado una luz invisible. Tn lo notó de inmediato; sus ojos siguieron el punto exacto donde la figura había estado.
—…Ah —murmuró—. Entonces esa no eras tú.
Neopolitan no respondió. Caminó con paso seguro hasta una estantería metálica, revisó cajas etiquetadas y sacó un conjunto de ropa doblada con cuidado, junto con el arma que había elegido. La dejó sobre una mesa cercana: una espada larga, simple, sin guarda en la empuñadura, el metal opaco preparado para conducir aura.
Tn observó el equipo… pero su atención se desvió hacia otra mesa de trabajo.
Allí, cubierto por una sábana parcialmente retirada, descansaba el torso mecánico de otro prototipo. Incompleto. Abierto. Cables como nervios expuestos. No había cabeza. No había brazos.
Tn frunció el ceño.
—… —se quedó en silencio unos segundos—. Eso no llegó a terminarse.
Neo se giró y le tendió la ropa. Era más pequeña que él, tanto en estatura como en presencia, pero no había duda de quién controlaba la sala.
Tn parpadeó, sorprendido por el gesto.
—Ah. Lo siento.
Tomó la ropa y se vistió sin prisa, como si nada de esto fuera urgente. Cuando terminó, miró a Neo de nuevo.
—Entonces —dijo—, ¿qué es exactamente lo que tengo que hacer?
Neo no habló.
En su lugar, una nueva figura emergió a su lado, idéntica a ella: mismo rostro, misma sonrisa ladeada, mismos ojos multicolor. El clon cruzó los brazos con tranquilidad.
—Tu deber es seguirla —dijo—. Te despertó. Te reprogramó lo necesario. Te rescató. Ahora la ayudarás en todo lo que necesite.
Tn ladeó la cabeza.
—Eso no responde mi pregunta.
El clon suspiró exageradamente, llevándose una mano a la sien.
—No te preocupes por cosas triviales.
Tn no apartó la mirada del clon. Luego miró a la Neo real. Luego otra vez al clon.
—…Ella no habla —observó—. Pero tú sí. Y eso significa que está usando su semblanza.
El clon rió suavemente.
—Vaya. Sabes lo que es una semblanza —dijo con tono burlón—. Bien. Respondiendo a tu duda: soy muda. Pero mis creaciones pueden imitar el habla sin problemas.
Tn asimiló la información con calma. No parecía asustado. Solo… la palabra parecia irse de su cabeza.
—Entonces —dijo—, desperté hace poco, me sacaron de una cápsula, me dieron un arma, y ahora se espera que obedezca órdenes sin contexto.
El clon sonrió más.
—Correcto.
Tn se rascó la nuca.
—En teoría —continuó—, mi código fuente incluye obediencia a mi rescatista. También incluye… —bostezó— períodos de reposo. Bastantes, en realidad.
Neo alzó una ceja, claramente no muy convencida.
El clon inclinó la cabeza hacia Tn.
—Mientras obedezcas —dijo—, podrás tenerlo todo.
—¿Todo qué? —preguntó Tn.
El clon señaló vagamente la sala.
—Libertad de movimiento. Actualizaciones. Contacto. Descanso cuando sea posible.
Tn miró la espada sobre la mesa. Luego la cápsula abierta. Luego el torso inacabado del otro prototipo.
Finalmente, suspiró.
—…Está bien —dijo—. Pero no me pidas que lidere nada. Y si no hay una emergencia, prefiero dormir.
Neo sonrió.
El clon desapareció.
Y por primera vez desde que despertó, Tn tuvo la sensación extraña —incómoda— de que acababa de aceptar algo mucho más grande de lo que entendía.
.
.
.
Neopolitan quería seguir el plan y escapar sin problemas.
Eso era lo lógico.
Eso era lo inteligente.
Pero en el fondo de su mente, una idea palpitaba con insistencia: probar el arma que acababa de obtener.
Se detuvo en medio del pasillo y lo miró.
Tn alzó una ceja.
—¿Pasa algo?
Neo levantó ambas manos y empezó a mover los dedos con rapidez.
Tn parpadeó.
—…No entiendo lenguaje de señas.
Neo cerró los ojos un segundo, visiblemente molesta. Se dio una palmada en el rostro, sacó su pergamino y escribió con rapidez. Luego se lo mostró.
“Destruye la institución.”
Tn leyó.
Levantó la vista con calma.
—¿Toda? —preguntó—. ¿Estás segura de que quieres causar ese nivel de desastre?
Neo asintió sin dudarlo.
La enana quería un baño de sangre y destrucción.
No por estrategia.
Por necesidad.
Una morbosidad de desquitarse y saber el alcanze de Tn.
Tn suspiró y se frotó la cara con la mano.
—…Supongo que darle gusto a mi nueva ama entra dentro de mis protocolos —murmuró con desgano—. Aunque esto va a llamar mucha atención.
Neo sonrió.
Tn se giró, desenfundó la espada y cortó la puerta de la Sección C de un solo tajo limpio. La alarma comenzó a aullar.
—Ahí vamos —dijo.
Subieron.
Piso tras piso, pasillo tras pasillo.
Guardias. Científicos. Drones.
Nada los detuvo.
Tn avanzaba con movimientos precisos, casi perezosos. Cada golpe era suficiente. No desperdiciaba energía. Su módulo de combate se activó por completo: análisis instantáneo, cálculo de trayectorias, neutralización inmediata.
—Demasiado fáciles —comentó mientras desviaba disparos—. Atlas confía demasiado en su sistema pero la artilleria esta en la base del General.
Cada vez que su respiración se volvía pesada, Neo lo tocaba: la espalda, el hombro, el costado. Pulsos breves de aura fluían hacia él.
Tn soltaba el aire.
—Gracias… eso ayuda.
El edificio comenzó a arder. No en llamas, sino en caos: sistemas colapsando, muros perforados, niveles enteros inutilizados.
Entonces apareció un grupo grande de guardias, armados y formados.
—Objetivo localizado —gritó uno—. ¡Fuego!
Tn se detuvo.
—Neo —dijo sin girarse—. Tal vez quieras cubrirte.
Se quitó el guante de la mano derecha.
En su contrapalma, un círculo luminoso apareció, girando lentamente. La energía se condensó.
—Ametralladora de aura —murmuró.
Las ráfagas se dispararon en múltiples direcciones, formando una estructura imposible: una especie de torre inclinada de energía que atravesó muros, suelos y defensas como si no existieran. No fue un solo ataque, sino cientos, superpuestos, precisos.
El pasillo quedó vacío.
Silencio.
Neo sonreía.
Sonreía como no pensó volver a hacerlo jamás.
Su aura había descendido. Un vistazo rápido a su pergamino le indicó el estado: 50%. Molesto. Peligroso si seguía así.
Pero ver la destrucción…
Eso lo compensaba.
Neo invocó ilusiones alrededor de ambos: sombras falsas, corredores inexistentes, firmas térmicas dispersas.
—Buen trabajo —dijo una de sus copias, caminando junto a Tn.
—Gracias —respondió él—. ¿Ya podemos irnos?
Neo asintió.
En el caos, entre alarmas y órdenes desesperadas, desaparecieron. Cuando las fuerzas de Atlas lograron llegar al núcleo del desastre, solo encontraron ruinas… y la certeza incómoda de que algo muy peligroso había despertado.
Muy lejos, ocultos por ilusiones, Tn bostezó.
—Avísame cuando pueda dormir —dijo.
Neo lo miró.
Le era algo molesto pero supuso que nada que no pudira solucionar.
.
.
Las alarmas estallaron en Atlas.
Luces rojas bañaron las torres. Comunicaciones cruzadas. Cazadores y fuerzas policiales convergieron hacia el Centro de Investigación sin poder creer los reportes.
—Repite eso —exigió una voz por radio—. ¿Dijiste un solo objetivo?
—Negativo —respondieron—. No hay firmas claras. El lugar está… borrado.
Demasiado tarde.
Muy lejos de ahí, una aeronave civil atravesaba el cielo con rumbo a Mistral. En su interior, pasajeros comunes, rostros cansados, conversaciones triviales. Nada fuera de lugar.
Nada… excepto ellos.
Neopolitan y Tn estaban sentados uno junto al otro, camuflados bajo nuevas apariencias. Ella parecía una joven viajera de mirada tranquila; él, un hombre cualquiera, demasiado relajado para alguien que acababa de reducir un complejo entero a chatarra.
Neo sujetaba la mano de Tn con firmeza. Un flujo constante de aura pasaba de ella a él, suave pero continuo.
Tn, por su parte, dormía.
—… —Neo frunció el ceño y apretó un poco más.
—Mmm… —murmuró Tn sin despertar—. Cinco minutos más…
Neo lo miró, incrédula. Luego suspiró por la nariz, molesta… pero complacida. La demostración de poder había sido impecable. Atlas lo recordaría durante años.
Aun así, algo no encajaba.
¿Por qué Penny no era así de fuerte?
¿Por qué él… sí?
Neo soltó una mano apenas lo suficiente para activar su pergamino. Había descargado todo: especificaciones, notas de desarrollo, fragmentos del código fuente de Tn. Pietro había puesto su corazón en Penny. En Tn… solo intención.
—… —Neo ladeó la cabeza, pensativa.
La aeronave anunció el destino.
—Próxima parada: Mistral, ciudad inferior. Tiempo estimado de llegada: treinta minutos.
Mistral.
Desde ahí podría moverse sin llamar tanto la atención. Planear el siguiente paso. Buscar a Ruby. La venganza seria tan dulce; solo estaba en pausa.
Y hablando de dulces.
El estómago de Neo gruñó.
—…
Suspiró. Tenía hambre. Y su aura seguía mermando lentamente. No era una broma: el problema de quemar aura de forma constante era real. Incluso con su regeneración rápida, aquello no era sostenible.
Miró a Tn, dormido, tranquilo, dependiendo de ella sin siquiera saberlo.
—Oye… —susurró una de sus ilusiones, apareciendo a su lado con voz baja—. Necesitamos arreglarte.
Tn no respondió. Siguió dormido.
Neo apoyó la espalda en el asiento y cerró los ojos un segundo.
Un ingeniero, pensó.
Alguien que pueda arreglar esto.
Tal vez en Mistral.
Tal vez más adelante.
La aeronave siguió su curso, perdiéndose entre las nubes, mientras en Atlas aún gritaban órdenes al vacío… sin saber que lo peor ya se había ido.
.
.
Cuando la nave aterrizó, Neopolitan y Tn descendieron entre empujones suaves y voces cansadas.
Tn estiró los brazos con un bostezo largo, disfrutando el descanso.
—Ahh… eso estuvo bien. Podría acostumbrarme a—
Se detuvo.
Miró alrededor.
No había montañas elegantes.
No había teatros ni luces refinadas.
Había humo, metal viejo, edificios apiñados y calles cubiertas de desechos.
—…Esto no es Mistral —dijo, rascándose la cabeza.
Un altavoz crepitó sobre la plataforma.
—Atención pasajeros. Debido a actividad reciente de Grimm voladores en la ruta, el viaje hacia Mistral ha sido cancelado. El descenso se realizará en Mantle. Disculpen las molestias.
Neopolitan se quedó inmóvil.
Su ojo multicolor tembló.
Mantle.
La contraparte olvidada de Atlas. La ciudad de abajo. Un lugar exprimido hasta el hueso por la Compañía Schnee, lleno de barrios pobres, crimen y desigualdad. Donde la opulencia flotaba sobre cabezas hambrientas.
Neo apretó los dientes.
—… —sus manos se cerraron lentamente.
Tn notó el cambio y la miró de reojo.
—¿Te molesta tanto?
Neo giró la cabeza hacia los pilotos, todavía hablando entre ellos con indiferencia. Durante un segundo, la idea fue tentadora. Muy tentadora.
Queria matarlos y sonaba bien.
Tn inclinó la cabeza.
—Si estás pensando en matarlos… preferiría no hacerlo aquí. Estoy cansado.
Neo soltó el aire por la nariz, irritada. Luego negó con la cabeza. No valía la pena. No ahora.
Sin otra opción, comenzaron a caminar.
Mantle los envolvió rápido: callejones estrechos, luces parpadeantes, miradas desconfiadas. Neo avanzaba con seguridad; conocía lo suficiente la zona para no perderse. Tn iba detrás de ella, manos en los bolsillos, observando todo con atención analítica.
—Este lugar… —murmuró—. Se siente raro y el respirar es algo incomodo.
Neo no respondió, pero redujo el paso apenas, asegurándose de que él la siguiera de cerca.
Tn continuó—Atlas arriba, Mantle abajo. Producción, desechos, gente exprimida. Eficiente. Vaya no recordaba nada de eso cuando me apagaron.
Neo lo miró de reojo, sorprendida por la lectura tan rápida.
—¿Qué? —dijo él—. Dices que no hablo mucho, pero sí pienso.
Siguieron avanzando hasta perder de vista el puerto.
Neo sabía exactamente por qué quería llegar a Mistral. No por su belleza ni su academia, sino por lo que escondía debajo de todo eso: el mercado negro. Información, contactos, rumores. Criminales que hablaban demasiado cuando el precio era correcto.
Y Ruby Rose… siempre dejaba un rastro.
Neo se detuvo frente a un cruce oscuro. Sacó su pergamino y escribió rápido. Se lo mostró a Tn.
“Mistral. Mercado negro. Información.”
Tn leyó y asintió.
—Tiene sentido. Un lugar grande, desordenado, con demasiadas bocas. Siempre alguien sabe algo.
Guardó silencio un segundo y luego añadió:
—Aunque llegar desde aquí no será rápido.
Neo alzó una ceja.
—Mantle no es bonito —continuó Tn—, pero tiene ingenieros. De los que arreglan cosas con chatarra y genio puro. Tal vez puedas… —miró su mano aún enlazada a la de ella— …resolver esto antes de seguir.
Neo dudó.
Su objetivo era Ruby. Siempre había sido Ruby.
Pero su aura seguía bajando.
Y Tn… dependía de ella más de lo que quería admitir.
Finalmente, escribió otra línea y se la mostró.
“Primero arreglarte. Luego venganza.”
Tn sonrió apenas.
—Me parece un buen orden de prioridades.
Y juntos, se internaron más en Mantle, mientras sobre ellos Atlas flotaba indiferente…
Tardaron horas.
Horas recorriendo talleres improvisados, puestos de chatarra, garajes reconvertidos en laboratorios. La mayoría de los ingenieros de Mantle sabían de mecánica pesada, drones viejos, prótesis baratas, robots de carga… pero bioandroides era otra historia.
—Eso que describes suena caro —dijo uno, limpiándose las manos con un trapo—. Demasiado limpio para Mantle.
Otro se rió.
—Si funciona con aura, no lo toco. Chica es imposible que alguien en este chiquero sepa de eso.
A Neo la paciencia se le iba agotando. Algunos idiotas de seguridad defectuosos intentaron meterse donde no debían, y ella los despachó sin esfuerzo, aunque cada enfrentamiento tensaba más su mente cansada.
Y ser casi robada por algunos carteristas empeoraba todo.
Tn caminaba detrás, tranquilo como siempre.
—Si no pueden seguir alimentándome con aura —dijo—, ¿por qué no simplemente me dejas dormir?
Neo se detuvo en seco y lo miró.
Sacó su pergamino y escribió con fuerza, casi marcando la pantalla.
“No. Dormir nos haría perder demasiado tiempo. Necesitamos movernos ya.”
Escribió otra línea sin levantar la vista.
“Las aeronaves no sirven.”
Y una más, con trazo más torcido.
“Tengo hambre.”
Tn leyó todo y ladeó la cabeza.
—Ah. Eso último explica muchas cosas.
Neo lo fulminó con la mirada.
—Está bien —concedió él—. Comer ayuda. Reposo, nutrientes… incluso para ti.
Caminaron hasta encontrar un local pequeño, sucio, con mesas viejas y olor a aceite reciclado. Nada de colores brillantes. Nada de vitrinas dulces.
Neo miró el menú.
Sus hombros cayeron apenas.
No había postres.
No había golosinas.
—…
Suspiró y pidió comida simple. Lo suficiente para mantenerse en pie.
Tn, por su parte, no pidió nada. Se sentó y se recostó sobre la mesa, cerrando los ojos.
—No necesito comer —murmuró—. Esto es suficiente.
Neo golpeó la mesa con los nudillos.
Tac.
Tn abrió un ojo.
Neo escribió y le mostró el pergamino.
“No te duermas. Y deja de ser tan flojo.”
—Qué directa —comentó él—. Me caes mejor cuando no hablas….Je
Neo rodó los ojos, suspiró y extendió la mano, apoyándola sobre la de él. El flujo de aura volvió a pasar, constante, controlado.
—Ah… —Tn soltó el aire—. Eso sí se siente bien.
Neo empezó a comer, despacio, sin soltarlo. Mientras masticaba, su mente seguía trabajando: rutas hacia Mistral, contactos posibles, cómo evitar aeronaves, cómo entrar al mercado negro sin dejar rastro.
Tal vez por tierra.
Tal vez usando rutas criminales.
El estómago lleno ayudaba. El descanso, un poco. Pero el problema seguía ahí.
Tn abrió los ojos y la observó.
—Sabes —dijo—, cuando lleguemos a Mistral, será más fácil. Hay gente que podriaos contactar para lo que sea que este planenado.
Neo alzó una ceja.
—Ingenieros de todo tipo—continuó—. Criminales con talento. Alguien podrá arreglarme… o al menos reducir el consumo.
Neo escribió una última línea y la empujó hacia él.
“Entonces no te mueras antes.”
Tn sonrió apenas.
—Haré lo posible.
Fuera, Mantle seguía rugiendo.
Y en algún punto lejano, Ruby Rose seguía sin saber que alguien ya estaba preguntando por ella.
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Este tn es algo especial, esta cansado porque es un fallo, esperen que lo arreglen 7w7.
Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio
Advertencia contenido grafico de violencia y Advertencia ⚠️ temas cuestionables y sensibles se sugiere que si no es de su agrado salga de aquí y de paso aclaro que personajes o imágenes no me pertenecen crédito a sus autores.
Agrego personajes no me pertenecen.
Imágenes y personajes no me pertenece crédito a sus autores. Advertencia este capítulo contiene escenas para mayores y lenguaje bulgar están advertidos.
—
Mi corazón le pertenece,
solo a él.
Porque lo amo.
Porque lo amo.
Porque lo amo.
Me lo repito tres veces
mientras esta canción
me arrastra bajo el lago,
entre estrellas ahogadas
y silencios que no piden perdón.
Espero renacer,
volver a alzar la vista
y encontrar la luna,
tan blanca
y tan manchada de sangre
como él.
Amar es lo único
que me mantiene con esperanza.
Porque una y otra vez
él regresará al mundo.
Así que alaben.
Canten su nombre.
Pues él es quien merece
todo el amor,
todo el afecto
que un corazón pueda entregar.
Rodeadlo.
Extiendan la mano hacia él.
Cubran ese traje blanco de rojo,
tal como la luna fue cubierta
aquella noche.
Shav.
Shav.
Shav.
Así es como lo alabamos.
Ave sin alas,
así es como es.
El Blanco.
El Vacío.
Un nombre de una persona muerta,
pero más viva
que todos nosotros.
Lloraremos cuando él llore.
Sufriremos cuando él sufra.
Pues por él
todo avanza.
Por él
todo se logrará.
Y aunque sea solos,
aunque sea sangrando,
seguiremos ese camino.
-María Renard
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Beacon quedaba cada vez más atrás.
La aeronave robada atravesaba las nubes a máxima potencia, sus motores vibrando bajo el control preciso de Penny. Sus ojos analizaban rutas, corrientes de aire y posibles radares activos. Su objetivo estaba casi cumplido.
Solo necesitaba alejarse.
Empezar de cero.
Llevó una mano a su abdomen, con un gesto casi inconsciente.
—Desarrollo estable… —murmuró—. Periodo estimado: ocho a nueve meses.
Vida.
Vida real.
Tn permanecía inconsciente en el suelo de la nave, respirando con dificultad pero estable. Penny ajustó un campo de sujeción suave para evitar que se lastimara con las turbulencias.
—Descansa… —susurró—. Yo me encargo de todo ahora.
Mistral aparecía como una posibilidad.
También alguna zona remota, fuera del mapa, lejos de Atlas… lejos de todos.
Mintiendo al mundo, pero protegiendo su futuro.
.
.
.
Muy lejos de ahí, Beacon se caía a pedazos.
Grimm por todas partes.
Droides fuera de control disparando a cualquier cosa que se moviera.
Gritos, explosiones, polvo, fuego.
Cinder y sus aliados habían logrado lo impensable.
Ozpin había caído.
Dentro de la academia, un último grupo de sobrevivientes se atrincheraba en una cámara reforzada. La enorme puerta había sido cerrada a la fuerza.
—¡Ahora! —gritó Winter.
Weiss y Winter alzaron sus armas al mismo tiempo. Glifos brillaron bajo sus pies y contra la entrada.
—¡Dust de hielo, máximo rendimiento! —ordenó Winter.
Una capa tras otra de hielo selló la puerta mientras el metal crujía por los golpes del otro lado.
—Eso no los va a detener para siempre… —murmuró Ren, tensando los puños.
—Pero nos compra tiempo —respondió Glynda con voz firme, aunque sus ojos decían otra cosa.
Dentro de la sala estaban los pocos que quedaban:
Pyrrha, Blake, Weiss, Winter, Ruby, Yang, Glynda, Nora, Ren, Velvet, Coco… y algunos más.
Un silencio pesado cayó sobre todos.
Ruby estaba sentada contra la pared, jadeando, con Ciel en brazos.
La bioandroide estaba destrozada: placas abiertas, cables visibles, un ojo apagado. Yang se apoyaba en la pared cercana, llena de moretones, respirando con dificultad.
—…No debiste cargarla —murmuró Yang—. Casi te mata.
Ruby apretó los labios.
—No iba a dejarla ahí.
Yang no respondió. No tenía fuerzas para discutir.
Velvet temblaba, abrazándose a sí misma.
—Coco… hay… hay demasiados ruidos…l-los chicos e-e-estan…
Coco pasó un brazo por sus hombros.
—Ey. Mírame. Respira conmigo, ¿sí? Uno… dos…
Blake miraba el suelo, la sangre fría recorriéndole la espalda.
—Esto no fue un ataque al azar… —dijo en voz baja—. Fue planeado.
—Atlas… —escupió Yang—. Todo esto paso justo cuando Atlas vino.
Glynda cerró los ojos por un segundo, luego los abrió con dureza.
—De toda la academia… —su voz se quebró apenas—. Los únicos vivos somos los que estamos aquí.
Nadie respondió.
Desde el otro lado de la puerta, algo golpeó con fuerza.
Una, dos, tres veces.
El metal crujió.
Nora apretó su martillo.
—Oigan… cuando esto se abra… no pienso caer sin pelear.
Pyrrha asintió, firme pese al cansancio.
—Nadie aquí lo hará.
Ruby bajó la mirada hacia Ciel.
—No sé si fue una víctima… o una enemiga… —susurró—. Pero nadie merece terminar así.
Winter observó a la androide con el ceño fruncido.
—Atlas creó monstruos… y perdió el control de ellos.Debo encontrar al General.
Weiss cerró los puños.
—Y nosotros pagamos el precio,*suspirar* dudo que alguien afuera lograra sobrevivir.
Otro golpe sacudió la puerta. El hielo comenzó a resquebrajarse.
Glynda apretó los dientes.
—Prepárense.
—Puede que hayamos perdido Beacon… —dijo—.
—Pero aún no estamos muertos.
Y mientras la última línea de defensa se preparaba para resistir, muy lejos de allí, una pequeña nave desaparecía en el horizonte… llevando consigo una mentira, una huida… y una esperanza peligrosa.
.
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Afuera de esas puertas, las hordas de Grimm arrasaban con todo.
Beacon, ubicada en el extremo este de la ciudad y levantada sobre un risco que dominaba Vale, se había convertido en un punto de quiebre. Desde lo alto, las criaturas descendían como una marea oscura, avanzando directo hacia las zonas civiles. Los droides fuera de control disparaban sin distinguir aliados de enemigos, incendiando calles, derribando edificios, sembrando pánico.
—¡No van a aguantar mucho más! —gritó un cazador de Vale por el comunicador—. ¡Estamos desplegando a todos los equipos disponibles!
Pero incluso con cazadores en las calles, la realidad era clara: no era suficiente.
Cinder y su grupo ya habían logrado su objetivo. Se habían retirado antes de que la situación empeorara, dejando atrás una ciudad rota. La masacre duró horas. Horas de gritos, explosiones y sombras devorando luz.
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Dentro de Beacon, los sobrevivientes lograron lo impensable.
Bajaron, pasillo por pasillo, hasta el hangar inferior de la academia. Heridos, exhaustos, cubiertos de polvo y sangre seca. Ahí pudieron reagruparse.
—Hay vehículos terrestres —dijo Coco, apoyándose en su minigun casi vacía—. Uno grande podría llevarnos a todos.
—Si llegamos hasta él… —murmuró Blake, mirando el radar—. Los Grimm ya están cerca.
Las municiones se acababan.
El aura estaba casi agotada.
Nora respiraba con dificultad, Ren apenas se mantenía en pie.
Ruby apretaba los dientes, sosteniendo su arma con manos temblorosas.
Glynda observó el hangar, los accesos colapsando uno a uno. Por primera vez desde que muchos la conocían, había desesperación en sus ojos.
—No podemos sostener otra embestida… —susurró.
Fue entonces cuando, en medio del ruido lejano de los Grimm, una voz tranquila se escuchó.
—Vaya… qué desastre.
Todos se giraron al mismo tiempo.
Detrás de ellos, como si siempre hubiera estado ahí, había un chico.
Aparentaba entre catorce y dieciséis años, de estatura media, 1.70 cabello oscuro y ojos verde avellana. Vestía el uniforme escolar de la academia: chaqueta azul oscuro, shorts cortos, calcetines altos, corbata perfectamente acomodada.
En una mano… sostenía una taza de café.
Bebió un sorbo con calma.
—Slurrpppp Ah~ Definitivamente no es un buen día para un festival.
—…¿Quién eres tú? —preguntó Yang, levantando los puños pese al cansancio.
Antes de que nadie más reaccionara, Winter dio un paso al frente, pálida.
—Five… —dijo, alzando la voz—.
—¿Qué diablos haces aquí?
El chico levantó una ceja, mirando su café.
—¿Eso es forma de saludar?
Weiss giró de inmediato hacia su hermana.
—¿Lo conoces?
Winter tragó saliva. Un leve rubor apareció en su rostro.
—Y-yo… —vaciló—.
—Es… es mi pareja.
El silencio fue absoluto.
—¿¡QUÉ!? —exclamó Yang.
—¿Tu… novio? —preguntó Weiss, incrédula—. ¿TÚ?
Winter desvió la mirada, tensa.
—No es relevante ahora.
Five sonrió apenas, como si la situación le resultara divertida.
—Relájense. No vine por drama familiar.
Dio otro sorbo a su café y luego miró alrededor, evaluando el estado del hangar, los heridos, las defensas rotas.
—Recibí órdenes de arriba —continuó—.
—Parece que la información filtrada viajó rápido. Muy rápido.
Glynda frunció el ceño.
—¿Órdenes… de quién?
Five dejó la taza a un lado… y por primera vez, su expresión se volvió seria.
—De Atlas.Los altos mandos quieren limpiar el desastre antes de que esto se vuelva imposible de ocultar.
Ruby apretó su arma.
—¿Limpiar… cómo?
Five miró hacia una de las compuertas del hangar, donde ya se escuchaban golpes lejanos.
—Sobrevivan cinco minutos más —dijo—.
—Después de eso… yo me encargo.
Los Grimm rugieron al otro lado de las puertas.
Y por primera vez desde que Beacon cayó, una chispa de algo parecido a esperanza apareció entre los sobrevivientes.
—¿Espera. Cómo que tú te encargas? —preguntó Winter, tensa.
Pero antes de que Five respondiera, algo hizo clic en su mente.
—Espera… —murmuró—. ¿Qué información? ¿Qué está pasando en Atlas?
Weiss dio un paso al frente.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí? El hangar estaba sellado.
Five no contestó de inmediato. Simplemente arrojó su pergamino.
—Atrápalo.
Winter reaccionó por reflejo. Lo tomó en el aire, desbloqueó la pantalla… y su rostro perdió todo color.
Archivos tras archivos desfilaron ante sus ojos.
—No… —susurró—.
—No, no, no…
Experimentos ilegales.
Discriminación sistemática.
Abuso de poder.
Proyectos secretos de armamento.
Los nombres Penny Polendina y Ciel Soliel aparecían una y otra vez, junto a esquemas, órdenes selladas y proyecciones futuras que helaban la sangre.
—Dime que esto no es real… —pidió Winter, con las manos temblando—.
—Dime que es falso.
Five la observó en silencio. No con frialdad, sino con algo parecido a lástima.
—Lo siento.
Winter sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
Weiss miró la pantalla por encima de su hombro.
—…Atlas hizo todo esto.
—Y más —añadió Five—.
—Esto solo es lo que alcanzó a filtrarse antes de que intentaran borrar los rastros.
Las puertas del hangar crujieron, una grieta se abrió en el metal.
—No tenemos tiempo —dijo Glynda con firmeza.
Five miró a Weiss.
—No estaba tan lejos de Vale —explicó—.
—Llegué rápido gracias a un pequeño truco.
—¿Qué truco? —preguntó Ruby.
Five sonrió de lado.
—El tipo que no quieres aprender.
Otro impacto sacudió el hangar.
—Escuchen —continuó Five—. Agarren la van blindada. Salgan ahora.
—¡No! —dijo Weiss, sujetando a Winter—. ¡Vienes con nosotros!
Winter reaccionó, girándose hacia él.
—Five, vámonos. ¡Esto no es una orden, es—!
—No —la interrumpió con suavidad—.
—Yo les voy a dar tiempo.
Metió las manos en los bolsillos y sonrió de forma mezquinamente tranquila, como si todo aquello fuera solo otro día complicado.
—¡Five! —quiso gritar Winter.
—Oe…Glynda verdad —dijo él, girándose hacia la profesora—.
—Hazme un favor.
Glynda sostuvo su mirada. Entendió al instante.
—Llévense a Winter —dijo Five—.
—Ahora.
—¡No te atrevas! —protestó Winter.
Glynda apretó los dientes… y activó su semblanza.
—¡¿Profesora Glynda?! —exclamó Weiss.
La energía envolvió a Winter, levantándola del suelo.
—¡Five, suéltame! —gritó ella—. ¡Five!
—Confía en mí —respondió él, sin alzar la voz.
La lanzó dentro de la van justo cuando Coco encendía el motor.
—¡Todos dentro! —gritó Coco.
Blake, antes de subir, tomó una captura del pergamino de Five, copiando los archivos más importantes.
—Esto no puede perderse —murmuró.
La van arrancó.
Mientras se alejaban, Winter golpeó la puerta interior con el puño.
—¡IDIOTA! —gritó—. ¡NO TENÍAS QUE QUEDARTE!
Five los observó alejarse. Solo entonces soltó el aire que había estado conteniendo.
—Bien… —murmuró.
Las puertas del hangar finalmente cedieron. Grimm y droides inundaron el lugar.
Five sacó una pistola y una daga, revisándolas con calma.
—Hora de trabajar.
Sus ojos brillaron con determinación.
Y dio un paso al frente, solo, contra la marea.
Un grimm con aspecto de leon con garras tan largas y afiladas,el pelaje negro como la noche, huesos expuestos como una coraza, lo miraba de frente.
Un gran grito salio de la garganta de la criatura.
-Hola bestia~.
La sonrisa mas tranquila se noto en el rostro del Hargreeves. La daga en su mano se movio con rapides con un agarre fluido mientras la pistola hacia un click.
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La van blindada avanzó entre los árboles hasta que el bosque comenzó a abrirse. Las ramas golpeaban la carrocería, las ruedas patinaban sobre lodo y grava, pero nadie dijo una sola palabra.
Dentro del vehículo reinaba un silencio pesado.
Pyrrha tenía las manos entrelazadas, la mirada baja.
Ruby apretaba el borde de su capa, con los ojos enrojecidos.
Yang miraba al frente, la mandíbula tensa, conteniendo algo que no sabía si era rabia o miedo.
Weiss estaba sentada junto a Winter… y no dijo nada cuando vio a su hermana romperse en silencio.
Winter lloraba sin sonido.
No quería que nadie la mirara así.
Nadie lo hizo.
Blake, en cambio, sostenía un pergamino. Leía y releía los archivos filtrados. Sus orejas fauno temblaban, pero poco a poco… una sonrisa dura apareció en su rostro.
—Si esto es real… —murmuró— Atlas no podrá esconderse.
—No podrá —respondió Glynda, con voz grave—. Los otros reinos exigirán respuestas.
—Justicia —añadió Blake en voz baja.
Ciel permanecía inmóvil, apagada, apoyada contra el lateral del vehículo. Ruby no soltó su mano en ningún momento.
Finalmente, la van se internó aún más en el bosque… y se perdió entre los árboles.
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Lejos de allí, una aeronave descendía lentamente en una zona abierta, rodeada de vegetación espesa y un lago tranquilo que reflejaba el cielo.
Las compuertas se abrieron.
Penny descendió primero, cargando a Tn sobre su hombro. Caminó hasta el borde del claro y se detuvo.
Sus sensores analizaron el entorno.
—Agua potable… —murmuró—. Suelo estable. Recursos suficientes.
Exhaló, casi como si pudiera sentir alivio.
—Aquí… —susurró—. Aquí estará bien.
Dejó a Tn con cuidado cerca de la aeronave y comenzó a descargar provisiones, cables, herramientas. Su mente ya estaba trabajando, reorganizando, planeando.
Ese sería su hogar.
Tn gimió.
Abrió los ojos lentamente.
—…¿Qué…? —murmuró, parpadeando.
Intentó moverse.
No pudo.
—¿Qué…? —dijo, más alerta— ¿Por qué estoy atado?
Giró la cabeza y vio el lago, el cielo abierto, los árboles.
—¿Dónde diablos estamos?
Penny se acercó y se arrodilló frente a él. Su expresión era suave, casi tranquila.
—Estás a salvo —dijo—. Te saqué del peligro.
—¿Del peligro? —Tn frunció el ceño— Penny, ¿qué pasó en Beacon?
Ella bajó la mirada un segundo.
—Beacon… cayó.
Las palabras fueron simples. Directas.
Tn se quedó inmóvil.
—…¿Qué?
—No quedó nada —continuó Penny—. Hubo caos. Ataques. Traición. No era seguro para ti.
Tn miró al vacío, más allá del lago.
—Beacon… cayó… —repitió, incrédulo— ¿Cómo… cómo fue posible?
No levantó la voz.
No gritó.
Solo se quedó ahí, mirando la nada, como si el mundo que conocía se hubiera desvanecido de golpe.
Penny lo observó en silencio.
Y por primera vez, no dijo nada más.
Pero algo andaba mal.
Tn frunció el ceño, respirando con dificultad mientras intentaba procesar todo.
—No… —murmuró—. No creo que me estés mintiendo… pero esto no tiene sentido.
Miró a su alrededor otra vez. El bosque, el lago, el silencio absoluto.
—Si Beacon cayó… ¿cómo terminamos aquí?
Penny se puso de pie y caminó unos pasos, observando el entorno como si ya lo hubiera aceptado.
—Porque aquí podemos empezar de nuevo —respondió con serenidad—. Una nueva vida, lejos de ellos.
—No bromees con eso —replicó Tn, elevando la voz—. Tenemos que volver. Contactar con Atlas. Con Ozpin, con alguien. ¡Esto no está bien!
Penny se giró lentamente para mirarlo.
—Atlas planeaba desactivarme —dijo, sin rodeos—. Desmantelarme. Estudiarme. Usarme como piezas.
Tn se quedó en silencio.
—Tú lo sabías —continuó ella—. Pietro te lo dijo. Y aun así… seguiste actuando como si no pasara nada.
Las palabras le cayeron como un peso en el pecho.
—Yo… —tragó saliva—. Pensé que… que te irías. Que desaparecerías. Por eso… por eso te dejé hacer lo que querías.
Penny inclinó la cabeza.
—No estoy enojada contigo —dijo suavemente.
Se acercó y se agachó hasta quedar a su altura. Sus ojos verdes no tenían furia, solo una calma inquietante.
—Te perdono.
—¿Perdonarme… por qué? —preguntó Tn, desconcertado.
—Por no elegirme —respondió—. Por aceptar que otros decidieran mi final.
Tn negó con la cabeza.
—Penny… esto no es perdón. Tenemos que regresar y ayudar..
Ella sonrió levemente.
—No. Esto es elegir y elijo lo que yo quiera.
Tn sintió un escalofrío.
—¿Elegir qué?
—Una familia —dijo Penny—. No como ellos la definen. No como Atlas la diseña. Una familia donde nadie sea descartable.
Los ojos de Tn se abrieron.
—Penny… no. No me pongas en eso. No puedes decidir por mí.
—Tal vez no ahora —admitió ella—. Pero sé que algún día lo entenderás.
Tn comenzó a forcejear con las ataduras.
—¡Suéltame! ¡Esto está mal!
Penny dio un paso atrás.
—Necesitas tiempo para pensar —dijo con voz tranquila—. Yo iré a preparar nuestro hogar.
Se alejó hacia la aeronave, sacando herramientas, cables, módulos. Moviéndose con precisión, como si todo estuviera bajo control.
Tn la miró, impotente.
—Penny… —llamó—. Esto no es felicidad. Esto es una jaula.
Ella se detuvo un segundo, sin voltear.
—Las jaulas se sienten distintas —respondió— dependiendo de quién tenga la llave.
Luego siguió trabajando, dejándolo solo con sus pensamientos, el bosque en silencio… y la certeza de que nada volvería a ser simple.
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Tn seguía forcejeando con las ataduras improvisadas, respirando con dificultad. Sus manos temblaban, no por cansancio físico, sino por la ansiedad que se le acumulaba en el pecho.
—Penny… esto está mal —dijo con la voz quebrada—. Tenemos que volver. Atlas… Pietro… alguien va a venir.
Ella no respondió de inmediato.
Penny estaba afuera, concentrada. Sus espadas giraban con precisión quirúrgica, cortando troncos, afinando tablas, encajándolas con una fuerza que no dejaba margen de error. Cada movimiento era exacto, casi maternal. La cabaña comenzaba a tomar forma, lenta pero firme, como una promesa imposible de deshacer.
—Atlas ya tomó su decisión —respondió finalmente, sin mirarlo—. Y tú lo sabías.
Tn se quedó en silencio.
—No querían que siguiera funcionando —continuó Penny—. Querían apagarme. Desarmarme. Analizarme pieza por pieza.
Se giró hacia él, con una expresión suave, casi triste.
—Tú solo fingiste no saberlo… para no despedirte.
Las palabras le golpearon más fuerte que cualquier arma.
Con los días, Penny dejó a Tn dentro de la aeronave averiada. No como castigo, sino como “protección”, según decía. Le llevaba comida, agua, mantas. Siempre hablaba con él, incluso cuando él se negaba a responder.
—Tienes que comer —le decía, acercándole un plato con pescado del lago—. Te debilitas cuando no lo haces.
—No soy un prisionero tuyo —murmuraba Tn.
Penny inclinaba la cabeza.
—No. Eres parte de mi familia.
Eso era lo que más lo descolocaba.
Mientras tanto, ella comenzó a realizar ajustes en su propio cuerpo. Escaneos, calibraciones, rutinas internas que Tn no entendía del todo. Una noche, mientras revisaba unos datos proyectados en el aire, habló con una serenidad inquietante.
—Estoy preparando una incubación sintética —dijo—. No como los humanos. No así.
Lo miró con una sonrisa suave.
—Una nueva vida. Nuestra.
—Penny… —Tn negó con la cabeza—. No puedes decidir algo así sola.
—Ya lo hice —respondió sin alzar la voz—. Y no estoy enojada contigo. Te perdono.
—¿Perdonarme… por qué?
Ella se agachó a su altura, mirándolo directamente a los ojos.
—Por dudar. Por tener miedo. Eso es humano.
Su voz se volvió más cálida.
—Pero lo hago por nuestro hijo. Para que no esté solo. Para que no lo abandonen como intentaron hacer conmigo.
El tiempo pasó.
Algo dentro de Tn comenzó a ceder. No fue de golpe. Fue lento. La rutina. El silencio del bosque. La constancia de Penny. Cada día, su mente parecía menos aferrada a la idea de escapar y más… cansada de luchar.
Cuando la cabaña estuvo terminada, Penny le dio más libertad. Salían juntos. El lago brillaba bajo la luz del amanecer. Aprendieron a cultivar frutos, a recolectar miel sin dañar las colmenas.
—Cuando todo esté listo —le dijo una tarde, mientras ajustaba un pequeño dispositivo de incubación—, podrás ir y venir libremente.
—¿De verdad? —preguntó Tn, sorprendido.
—Sí —asintió—. Pero volverás. Porque querrás hacerlo.
Meses después, el proceso era visible. No un embarazo humano en toda regla, sino una gestación artificial integrada en su núcleo, cuidadosamente monitoreada. Penny caminaba más despacio, y ahora era Tn quien se encargaba de traer comida, de mantener el cultivo, de vigilar el entorno.
—Descansa —le decía él—. Yo me encargo hoy.
Ella lo observaba con una expresión serena, casi satisfecha.
—Lo sabía —susurró—. Íbamos a prosperar.
Dos almas en un bosque lejano.
Una cabaña junto al lago.
Una familia naciendo lejos del mundo que los rechazó.
Y Tn, sin darse cuenta del momento exacto, ya no pensaba en huir… sino en proteger.
.
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El embarazo ya era imposible de ocultar.
El proceso había llegado a su punto crítico.
Tn caminaba de un lado a otro dentro de la cabaña, pasándose la mano por el cabello una y otra vez, respirando rápido.
—Penny… yo no sé qué hacer —admitió por fin, con la voz rota—. Dime que no estoy arruinándolo.
Ella estaba sentada, tranquila pese a todo. Su respiración era controlada, sus sensores monitoreando cada variable posible. Levantó la vista y le dedicó una sonrisa serena.
—Lo estás haciendo bien —dijo—. Solo sigue mis indicaciones.
—Eso no ayuda —murmuró él—. Nada de esto estaba en mis planes.
Penny extendió una mano y la apoyó sobre la de él.
—Tampoco estaba en los míos… al principio. Pero ahora sí lo está.
Horas pasaron.
Agua. Mantas. Silencio interrumpido solo por respiraciones tensas y algunos gritos ahogados. Tn no recordaría cada detalle con claridad después; su mente estaba demasiado saturada, demasiado asustada para registrar todo.
Y entonces… el sonido cambió.
Un llanto.
Pequeño. Frágil. Real.
Tn se quedó completamente quieto.
—¿Eso es…? —susurró, incapaz de terminar la frase.
Penny levantó la mirada, y por primera vez su voz tembló, no por error de sistema, sino por emoción.
—Sí.
Entre sus brazos había una bebé, envuelta con cuidado en una manta improvisada. Era pequeña, cálida, con movimientos torpes y un llanto que llenaba la cabaña de una presencia nueva, irreversible.
—Es una niña —dijo Penny, casi en un susurro.
Tn se acercó lentamente, como si temiera que un movimiento brusco pudiera romper aquel momento.
—Es… hermosa —dijo, sorprendido de oírse decir eso.
Penny sonrió, y en esa sonrisa no había cálculo, ni programación, ni simulación alguna.
—Soy una madre —dijo con una mezcla de asombro y orgullo—.
El pináculo de la evolución humana… y algo más.
Toda la información que había descargado sobre maternidad, cuidado infantil y desarrollo temprano fluía ahora con naturalidad. Cada gesto parecía sencillo, casi instintivo.
Para Penny, todo tenía sentido.
Para Tn… no tanto.
Sostenía a la bebé con cuidado, rígido, sin saber exactamente qué debía sentir. Y eso lo asustaba más que cualquier otra cosa.
—No sé cómo se supone que deba sentirme —confesó en voz baja—. Sé que debería estar feliz… pero también tengo miedo. Mucho miedo.
Penny lo observó con atención.
—Eso es normal —dijo—. Los padres primerizos sienten amor, ternura… y también ansiedad, agotamiento, incluso confusión.
Hizo una pausa.
—Lo leí. Pero ahora lo veo.
Tn miró a la pequeña, que poco a poco dejaba de llorar.
—Tengo una hija… —murmuró—. No estaba listo para esto.
—Nadie lo está —respondió Penny con suavidad—. Eso no significa que no seas suficiente.
Hubo un silencio tranquilo.
—¿Cómo la llamaremos? —preguntó él finalmente.
Penny inclinó la cabeza, pensativa. Sus ojos se iluminaron levemente mientras procesaba recuerdos, nombres, significados.
—Grace —dijo—. Grace Polendina.
Tn repitió el nombre en voz baja.
—Grace…
Los ojos de Penny grababan cada segundo. Cada respiración. Cada gesto torpe de Tn sosteniendo a su hija. Todo quedaba respaldado en un pequeño servidor interno, un archivo que podría conservar intacto durante toda una vida.
Este momento.
Este inicio.
Penny estaba feliz.
Y aunque Tn aún no entendía del todo lo que sentía, sabía una cosa con absoluta certeza:
Nada volvería a ser igual.
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Era su delirio….su familia.
Aunque ella no iba a conformarse con solo una hija.
Luego de dejar a la pequeña en la cuna de madera, Penny y Tn se recostaron en la cama improvisada. La cabaña estaba en silencio, interrumpido solo por el murmullo del lago y el crujir lejano de los árboles.
Penny se acurrucó contra él, rodeándolo con cuidado, como si temiera despertarlo.
—Me gustaría tener más hijos —dijo en voz baja, casi soñadora—.
Una gran familia… risas, pasos pequeños corriendo por aquí.
Tn soltó una risa cansada, apenas audible.
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(SUCULENCIAAAAAAA)
Penny chasquea la lengua al verlo tendido debajo de ella.
Tn se retuerce, empujándola, pero el peso de su mano contra su pecho lo mantiene pegado a la cama. Resiste el impulso de querer alejarse, conformándose con un gruñido agudo mientras chasquea los dientes cuando su mano libre se acerca demasiado a su boca.
Su mirada es calida, posesiva como la amarga escarcha que se le pega a los dedos. “¿Necesito recordarte?”, empieza lentamente, “¿que es lo que necesito? Te estabas portando tan bien, y yo me porte bien”. Entorna la mirada mientras se inclina hacia adelante. Demasiado cerca, pero él la deja, reprimiendo la desagradable réplica en la punta de la lengua. Penny roza con los nudillos el borde afilado de la mandíbula de Tn. Su risa es suave y calmada mientras de repente le agarra la barbilla con fuerza, obligándolo a mirarla.
Se miran fijamente. Los ojos claros de Penny lo recorren con la mirada. Su boca se curva en una sonrisa burlona. “A pesar de toda la lucha que has dado, siempre volverás a mí, ¿verdad?”
Tn finalmente gruñe, un rugido a través de su mueca de desespero. -N-no es lo que crees, simplemente quiero dormir un poco-.
Penny es alguien muy activa en su opinión sexual, pero solo lo maltrata un poco si le apetece. Normalmente, es de las que follan rápido, desesperada por correrse y luego quedarse abrazada de él mientras recoge todo el semen que puede, lo que les conviene a ambos, aunque eso implique lidiar con sus extrañas tendencias. Le pasa el pulgar por el labio inferior, tirando de la piel.
Perfecto, piensa. Tan, tan perfecto, que es por eso que está aquí, con la lujuria llenándole el pecho. Penny se deleita perversamente con sus defectos, pasando el pulgar por el labio, una y otra vez, observando cada detalle y grabando de nuevo.
—¡Adelante! —espeta Tn con un movimiento de cadera. Su pene está duro, atrapado en sus pantalones de dormir, ansiando algo más que una pequeña fricción por ms que se negara.
Penny lo agarra con más fuerza. Le duele la mandíbula. -¡Impaciente!-, murmura. -¿Tan rápido has olvidado que yo llevo las riendas?-.
Por un instante los esmeraldas que reflejaban felicidad y pureza, se cambiaron a un rojo intenso.
-Te dejé entrar. Puedo encerrarte fácilmente.-
—¿Y qué haria con eso? —La sonrisa de Penny es mas enfermiza—. Tendría que hacer todo el trabajo y darte una felacion,pero me siento de humor para intentar algo mejor. —Su mano afloja su agarre en la barbilla y la acaricia con fingida dulzura—. Bueno… —La mano en su pecho se mueve, sus uñas clavándose en su piel desnuda—. Tengo una necesidad.
—Pues adelante. Cuanto antes te folle…
—¡Qué mal genio! —Hay una falsa dulzura en el murmullo de Penny. Sus uñas se arrastran sobre su piel, dejando rastros rosados y elevados a su paso.
Tn sisea ante la punzante presión, lo que solo la hace sonreír. Arde, pero es un ardor intenso; su polla se contrae bajo ella. Ella lo siente. Desearía poder borrarle esa sonrisa, pero su necesidad de mojarse la polla es mucho más importante ahora mismo.
Los dedos de Penny rozan su piel. Tn gime, arqueándose ante el contacto, odiando la facilidad con la que su cuerpo reacciona.
-Como era de esperar-, ríe. Ya lo han hecho tantas veces que sabe lo que le gusta y cómo reaccionará. Un pulgar roza la parte superior, girando alrededor del bulto hasta que se endurece. Su piel está casi demasiado fría. El crio se siente denso en el aire, su Delirio brilla en la mesita de noche.
—Ah~ Ah~ P-penny —sisea—. Aghg~ por favoooor ya hazlo o dejame …
-Desde luego, no estoy aquí por otra razón-. Sus palabras son sarcásticas, irónicas, frívolas, como si él fuera solo un objeto debajo de ella. Tn está a punto de responder cuando ella le retuerce el cuello, rodándolo entre el pulgar y sus dedos. Él grita,o intenta sacudiendo las caderas.
Finalmente, él se mueve, deslizando las manos por sus costados antes de posarse inmóviles contra la curva de su cintura. Ella está casi desnuda, pues estaban en su habitación con una bata fina y vaporosa y nada más. La seda envuelve a Tn mientras ella se inclina sobre él. Baja las caderas, frotándose contra su miembro, dejando escapar un suspiro entrecortado que le hace temblar las piernas.
Y luego ella se aleja, provocando que Tn muerda una maldición.
-Es divertido verte retorcerte. Qué necesidad tan grande, llamándome y siendo demasiado difícil.
—No estoy necesitado. No estoy… —Las palabras de Tn se convierten en un gemido cuando Penny extiende la mano por debajo de ella para presionarla contra sus pantalones.
Así es. Un poco, como lo demuestra la forma en que su pene se contrae bajo sus dedos. Lo suficiente como para odiar tener que follar con ella. Al menos es algo que Penny no le reprocha a pesar de sus provocaciones; incluso ella es lo suficientemente lista como para no ir y dormirlo de nuevo,ella queria ver sus reacciones y no obtendriá mucho de él estando dormido.
“Creo que sí”, canta, con la palma de la mano contra él. Recorre la línea de su pene con un toque ligero, rozando la tela suave con los dedos. Es algo. Un poco que alivia, pero Tn no puede evitar levantar las caderas, buscando una fricción más directa. “Debería hacerte rogar por ello…”
“Ahhhh AHhh~.”
La mano de Penny se queda quieta, todavía apoyada contra él como un peso incómodo. Es engañosamente fuerte; la mano contra su pecho le impide alejarla. Sumado a la diferencia de altura, Tn solo puede retorcerse debajo de ella.
“Es una pequeña petición”, dice. “No estoy sola. Haz esto y te cuidaré”.
Tn frunce el ceño. “Solo porque te conviene. Al fin y al cabo, eres algo egoísta”.
Penny le retuerce el cuello. Un dolor agudo lo recorre, se filtra en sus entrañas y se desliza por su pene. Gime, incapaz de contenerlo, lo que la hace sonreír. “Ahí lo tienes. ¿Tan duro fue?”, le pregunta. “Sabes que me encanta oír esos sonidos y grabar todo”.
Un pequeño precio a pagar si eso significa hundir su polla en su estrecho calor. “Pues adelante. Ponte a trabajar y sácame esos sonidos.”
Presentar un desafío es la mejor manera de conseguir exactamente lo que quiere. Penny muerde el anzuelo, con una sonrisa en el rostro. Le baja los pantalones y los tira a un lado. Se remueve, hundiendo las rodillas en el colchón hasta que su coño se cierne sobre su pene. Penny está mojada, ya goteando por sus muslos. “Exigente”, reflexiona, pasando las uñas desde el esternón hasta la ingle, rascando el vello áspero.
Tn le tira de las caderas hacia abajo en respuesta, oponiéndole finalmente un poco de resistencia. “Creo que te excita decirme qué hacer”.
Ella ríe, dejándose caer contra él. “Claro. Pero, como ya dije, disfruto mucho de tus sonidos”. Su polla se desliza contra su coño. Sus pliegues son adictivamente húmedos, y Tn gime, desesperado por penetrarla como es debido. “¿Ves? Así sin más. Disfruto mucho dejándote en ese estado”.
—Te tiemblan las piernas —dice Tn, decidido a superarla—. ¿Estás igual de necesitada? ¿Mi polla es tan buena como tú?
Penny no le da la satisfacción de acceder. Le agarra la polla, acariciándola con lánguida firmeza, probando su peso. “Bastante decente”, dice finalmente. “Satisfactorio hasta el punto de volver”.
Tn sabe que su polla es más que decente, pero cualquier protesta que tenga se le muere en la boca cuando ella alinea su polla y se hunde. Un calor intenso y sofocante. Su coño lo traga hasta la raíz, resbaladizo hasta el punto de destrozarlo. Penny no pierde tiempo, levanta las caderas solo para volver a bajarlas.
El placer estalla. Tn gime, clavándose en sus caderas, guiando sus movimientos. Por una vez, ella no lo detiene. Gime, un sonido sensual que sale de su boca. De repente, su tacto no es tan frío, sino abrasador; sus dedos dejan rastros de calor por donde pasan.
Las necesidades de Tn son simples. El objetivo es simplemente correrse. Objetivamente, Penny es hermosa, hermosa como el amanecer escarchado en invierno. Sin embargo, aquí, de cerca, es diferente, sonrojada y con la cara rosada. La odia.La ama. Ella lo saca de quicio y le da miedo, pero el orgullo retumba en su pecho al pensar que es su pene al que acude para conseguir su objetivo.
Él se mueve con ella, cogiendo cada movimiento de cadera de Penny. El roce resbaladizo de su piel llena la habitación, por lo demás ensordecedora. El aire es sofocante, el olor a sexo es penetrante y acre.
La mano de Penny desciende para tocarse, sus dedos rodeando su clítoris mientras se frota contra la polla de Tn, presionándola hasta el fondo de su cuerpo. “Inútil en algunos sentidos. Podrías estar haciendo esto por mí”.
Podría. “No lo haré”, dice, con una sonrisa maliciosa que le amarga el ánimo. “Estoy dispuesto a dar caridad hasta cierto punto”.
Una burla gotea de la lengua de Penny. -¡Qué regalo, me lo suplicas, supongo! Esto es… ah, mmm…-
Tn planta los pies en la cama, y con el cambio de ángulo, Penny pierde el sentido. Se aprieta contra él, forzando su pene a penetrarlo profundamente. Suspiros suaves y entrecortados, arrullos molestos, maldiciones susurradas: todo lo excita. Penny es una visión mientras cabalga su polla, disfrutando de su placer. El placer en sus entrañas comienza a apretarse, apoderándose de él.
“Joder”, dice.
—Joder, sí. —Penny gime, con la cabeza echada hacia atrás hasta que la larga y sinuosa línea de su cuello queda a la vista. No besarse es una regla vehemente, pero no hay desacuerdos sobre cómo marcarse mutuamente. Tn no tuvo la oportunidad de morder su suave carne esta vez. En cuanto entró en la habitación, se subió a su regazo y tomó el control.
Tn la atrae hacia él, follándola más rápido. Bofetada, bofetada … Penny no deja de tocarse, pellizcando su clítoris mientras se hunde contra él. Lo observa con los ojos entrecerrados en una mirada embriagadora, entrecerrados por la excitación. Una mirada desquiciada. Algo peligroso. Tn le devuelve la sonrisa burlona, con los labios fruncidos al sentir su final acercándose.
“Dioses, te aha ah ahhh ahhh ahhh ahhh amoooooo”, dice ella. “Amoooo cómo esto… cómo nosotros…” Jadea, apretándose alrededor de su polla, corriéndose con un chorro de semen sobre sus muslos. “Joder, joder…” Se retuerce sobre él, montándolo mientras él la folla hasta el orgasmo. Penny gime, un sonido que impacta a Tn hasta la médula.
Claro, ella ana esto, vulnerable, perdida en su placer . Es algo que ignoran en mutuo entendimiento. Todo esto es un medio para un fin. Sus embestidas caen a un ritmo irregular. La mano de Penny se ralentiza, acariciando su clítoris mientras se estremece sobre él. “Dentro”, dice. “Anda, córrete. Quiero sentirlo. Quiero…”
Tn se corre a sus órdenes, consumiéndose en su calor intenso. Gime, arqueándose en la cama, derritiéndose contra las almohadas mientras todo se vuelve blanco. Más maldiciones. Más clichés de amor mientras sus dedos se deslizan sobre su piel sudorosa, maravillándose de cómo sus músculos se contraen bajo su agarre.
El sexo con amor les sienta bien, piensa como siempre después. Penny está relajada sobre él, con los ojos brillantes por la neblina y las secuelas del placer, y Tn se siente ebrio.
Su polla la chupa con un húmedo lamido . Los dedos de Penny se frotan el coño y suspira. “Siempre dejas un desastre, ¿verdad?”, pregunta, deslizando los dedos sobre su entrada manchada de semen. “Qué travieso”.
La ira le recorre el pecho. “Ahhh Ahhhh y-ya podemos dormir…”
“¿Debería tratar de optimizar mas tu rendimiento?”
Tn se queda quieto. Ay. Es un placer poco común y ella lo sabe. Rara vez lo deja disfrutar. Siempre es rápido entre las sábanas: él se hunde en ella, se divierten, y luego su día continúa.
Penny se ríe de su expresión. Se da la vuelta hasta que su espalda queda pegada a la cama, con las piernas abiertas, su coño al descubierto. Extiende sus pliegues, mostrándolos, relucientes con su semen y su semen. “Anda, entonces. Si quiero asegurarme de tener mas bebes necesito grandes cantidades de tus fluidos”.
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(FIN DE SUCULENCIAAAA)
Ronda tras ronda Penny exigia mas y mas hasta que un leve bulto se formó en su vientre.Estaba tan llena que bien podría tener otro hijo.
—P-podemos… parar y seguir luego —murmuró Tn tirado en la cama lleno de sudor con su polla flácida y pelvis doliendo—. Ahora mismo mi cerebro dejó de funcionar hace horas.
Ella sonrió y dejó un beso suave en su mejilla sus ojos volvieron a ser esmeraldas.
—Descansa —susurró—. Yo me encargo.
Se subio encima de el metiendo su polla flácida dentro de ella con un gemido, espero a que se pusiera dura mientras Tn parecía gemir.
Ella estaba usando su erección para mantener todo el semen dentro de ella y asegurarse de no desperdiciar nada.
-Ahhh~ esto servirá.
No pasó mucho antes de que ambos se quedaran dormidos, el agotamiento pesando más que cualquier pensamiento.
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A la mañana siguiente, la luz entró tímidamente por la ventana. Penny estaba sentada junto a la cuna, sosteniendo a su hija con una delicadeza casi reverencial. Tn, mientras tanto, trabajaba en el pequeño huerto, todavía en silencio, removiendo la tierra con movimientos automáticos.
Dentro de la cabaña, Penny repasaba información en su mente.
Cuidar a un recién nacido implica alimentar a demanda con leche materna de preferencia. Mantener higiene adecuada. Proteger del frío. Estimulación suave mediante voz y contacto.
Era… fascinante.
Miró a la pequeña, que apenas comenzaba a abrir los ojos. Dos puntos oscuros la observaron con curiosidad, y luego apareció una sonrisa torpe, sin dientes, pura.
—Hola, Grace —dijo Penny con voz suave—. Buenos días.
La bebé emitió un pequeño sonido, algo entre un balbuceo y un suspiro.
Penny rió en voz baja.
—Sí… yo también estoy feliz.
La meció con cuidado, tarareando una melodía simple que había aprendido de antiguos registros. Sus sensores registraban cada microexpresión, cada movimiento diminuto, guardándolo todo como un tesoro.
Fuera, Tn se detuvo un momento y miró hacia la cabaña. No sabía exactamente por qué, pero algo en su pecho se apretó… y al mismo tiempo se calmó.
—Supongo que… esto es real —murmuró para sí mismo, volviendo a trabajar. Esto podria denominarse como sindrome de estocolmo pero siendo honestos jamas tuvo una gran meta en todo el esquema de su vida.
Dentro, Penny continuó meciendo a su hija, convencida de una cosa con absoluta certeza:
Ser madre no era una función.
Era una experiencia.
Y estaba decidida a vivirla por completo.
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Bueno penny ya esta llegando a su final (canónico) y les preguntare,disfrutaron el viaje,acaso están satisfechos, porque esta fue de las primeras yanderes que hice y bueno la hice hace bastante tiempo y debo decir que jamás pensé que esta cosa llegara lejos.
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