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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 26

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  4. Capítulo 26 - 26 Ruby Rose rwby parte 3
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26: Ruby Rose rwby parte 3 26: Ruby Rose rwby parte 3 Tn se sentó en el comedor con su bandeja sencilla, como cada mediodía desde que llegó a Beacon.

A su lado, el sonido inconfundible de pasos livianos, una respiración suave, y un dulce “¡Tn!” le anunciaron que Ruby había llegado.

Ella siempre lo encontraba, como si pudiera sentirlo incluso entre la multitud.

—Hoy traje un par de galletas de chocolate que hice anoche… ¡son mejores que las de la cafetería, te lo prometo!

—dijo, animada, sentándose frente a él.

Tn, aunque no sonreía, murmuró un agradecimiento y aceptó una, escuchando con atención cómo ella le narraba las cosas más triviales de su día: cómo Weiss volvió a perder su cargador, cómo Yang molestaba a Blake mientras leía, cómo casi se le cayó Crescent Rose al tropezar en las escaleras… Era cálido.

Tranquilo.

Adictivo.

Una rutina invisible se estaba formando, y Tn, sin saberlo del todo, la esperaba con ansiedad.

Cuando Ruby le pedía ayuda con sus deberes, él asentía con la cabeza, impasible.

Le pedía que leyera los problemas en voz alta, y mientras ella lo hacía con esa voz clara y dulce, Tn comenzaba a escuchar más allá de las palabras: la respiración entre líneas, los pequeños sonidos de sus labios al articular, el leve suspiro cuando se frustraba.

Cada detalle quedaba grabado en su mente, como si su instinto fauno le permitiera trazarla con una precisión enfermiza.

Y algo dentro de él… despertaba.

“Un cordero”, pensó una vez, cuando Ruby se rió por accidente al equivocarse en una respuesta.

Inocente.

Frágil.

Tan fácil de imaginar bajo sus brazos.

De imaginar en silencio.

De proteger.

De tener.

Su mandíbula se tensó.

Los colmillos —ligeramente más marcados que los de un humano— rozaron su lengua por inercia.

Una punzada de calor se expandió por su pecho.

No, no era hambre.

Era… otra cosa.

Ruby se inclinó para ver su expresión.—¿Tn?

¿Te sientes bien?

Él asintió apenas, sus dedos apretando con disimulo su bastón-guía.—Solo…

cansado.

Ella sonrió, sin sospechar.—Mañana puedo traerte café.

¡Yang dice que le queda bien!

Café.

Compartir.

Reír.

Olerla de cerca.

Demasiado.

Tn se puso de pie suavemente, excusándose con una calma medida.

Ruby le ofreció una de sus galletas envuelta en servilleta, y él la aceptó en silencio.

Se marchó antes de que ella pudiera ofrecerle más atención.

Pero mientras caminaba hacia los pasillos vacíos, en su mente no estaba la voz de Glynda, ni el sonido de pasos ajenos, ni el eco de sus piedras… Solo la risa de Ruby.

La suavidad de su voz.

El olor de su cabello.

Y en lo más hondo de su alma —en esa parte más cercana al lobo que al niño— se formaba un pensamiento con dientes.

“Si me trata tan bien… ¿por qué debería compartirla con nadie más?” Y por primera vez, esa oscuridad en su interior no le pareció ajena.

Le pareció natural.

Ruby se quedó sentada sola en la cafetería, mirando el lugar que Tn solía ocupar frente a ella.

Su galleta casera seguía en su mano, a medio camino entre la intención de regalarla o guardarla.

—¿Lo molesté?

—se preguntó en voz baja.

Jugó con sus dedos, apretando la servilleta sin fuerza.

Quizá le pedía demasiada ayuda.

Quizá él no quería pasar tanto tiempo con alguien tan torpe como ella.

Pero entonces recordó su voz: suave, tranquila… nunca se quejaba, nunca la apartaba.

Ruby bajó la mirada, con un nudo en el pecho.

“No quise incomodarlo.” Mientras tanto, en otro rincón del edificio, Tn se había detenido en un pasillo poco transitado.

Sus pasos, antes firmes, se volvieron erráticos.

El muro frío fue su único apoyo mientras se recargaba contra él, presionando su frente sobre la superficie.

Su respiración se volvió entrecortada.

—¿Por qué…?

—murmuró—.

¿Qué me está pasando?

El aroma de Ruby aún se aferraba a sus sentidos como una obsesión dulce.

Su risa.

El leve roce de su mano al pasarle una hoja.

La calidez de su presencia… Su mente, que siempre había sido una jaula fría, ahora ardía.

Su corazón latía con violencia.

Y por primera vez desde que llegó a Beacon, tuvo miedo.

No del exterior.

No de los otros alumnos.

Sino de sí mismo.

Mordió su brazo, con fuerza, apretando los colmillos para ahogar el grito que quemaba en su pecho.

La sangre no brotó, pero el dolor lo ancló a la realidad.

Poco a poco, sus instintos se calmaron, como una bestia domada a medias.

Se dejó caer al suelo.

Lentamente,con movimientos mecánicos, comenzó a peinarse la cabesa con su mano, tratando de volver a su centro, de encontrar ese equilibrio que Ruby le arrebataba sin saberlo.

—¿Por qué ahora?

—susurró al aire vacío—.

¿Por qué justo cuando…

tengo una amiga?

Era una palabra desconocida en su alma.

Amiga.

Una palabra suave.

Frágil.

Como ella.

Pero había algo más detrás de eso.

Algo más profundo, más oscuro.

No era solo gratitud lo que sentía.

Ni ternura.

Era algo más físico.

Más cruel.

Algo que no podía controlar del todo.

Y por eso se alejaba.

Por eso no quería mirarla con sus ojos muertos.

Porque aunque ciego… podía verla más claramente que nadie.

Podía imaginar sus labios, sus ojos preocupados, su aroma envolviéndolo.

Y en lo más oscuro de su mente, surgía una voz apenas susurrante.

“No la pierdas.

Nunca la pierdas.” Pero aún no sabía si eso significaba protegerla… O encerrarla.

El sonido de los pasos de Tn resonaba en el pasillo vacío cuando se encontró con dos figuras familiares.

Cardin Winchester y Jaune Arc.

Ambos reían entre sí, con esa falsa camaradería que sólo florece en la sombra del desprecio.

—Mira quién viene, el chico raro —soltó Cardin con sorna, cruzando los brazos—.

El perro pulguiento de Beacon.

—¿Dónde están tus orejitas hoy, Tn?

¿Se te cayeron de la cabeza?

—agregó Jaune, con una sonrisa nerviosa que intentaba ocultar su incomodidad.

Aún así, no se detenía.

Tn no respondió.

No los miró.

Sus ojos, blancos y apagados, no necesitaban ver para percibir el veneno en sus palabras.

Siguió caminando, intentando pasar entre ellos, como si no existieran.

Pero Cardin, incapaz de tolerar el desprecio silencioso, levantó la mano y trató de sujetarlo por el hombro.

Fue un error.

La barrera telekinética de Tn se activó al instante, envolviendo su cuerpo como un escudo invisible.

Cardin fue repelido con fuerza, su cuerpo cayendo pesadamente contra una de las paredes.

Jaune apenas pudo gritar antes de sentir la misma energía invisible arrojarlo al suelo.

Tn se detuvo.

No por culpa, sino por control.

—No vuelvan a tocarme —murmuró con una voz gélida, sin una pizca de furia, solo una amenaza muerta que calaba hasta los huesos—.

No quiero hacerles daño… pero no me obliguen a olvidar quién soy.

Y sin esperar respuesta, siguió su camino hacia su habitación.

Mientras tanto… Ruby estaba sentada en su cama, abrazando una almohada contra su pecho.

Sus ojos miraban al techo, pero en su mente solo estaba él.

Tn.

¿Por qué se había ido así?

¿Había sido su culpa?

—Tal vez lo molesté… —dijo en voz baja, como si temiera decirlo muy alto y convertirlo en verdad.

Yang se acercó desde el escritorio, apoyándose en el borde de la cama con una sonrisa torcida pero cálida.

—¿Molestar?

Ruby, ¿has visto cómo te mira ese chico o bueno lo mejor que mira?

Si algo, se ve más tranquilo contigo que con el resto del mundo.

Ruby la miró con una mezcla de esperanza y vergüenza.

—¿Tú crees?

—¡Obvio!

Solo está…

¿cómo decirlo?

Raro.

¿Pero quién no lo está?

Quizá le gustas y no sabe cómo lidiar con eso —dijo, dándole un leve golpe en el hombro—.

Dale algo.

Un regalo.

Algo que le diga “hey, me importas”.

Así de simple.

Ruby miró su escritorio.

Su mirada cayó en una pequeña caja de metal que usaba para guardar herramientas de mantenimiento de Crescent Rose.

Adentro, una bufanda que habia comprado durante una misión.

—¿Y si le doy esto…?

—preguntó, tomándola con cuidado.

Yang sonrió.

—Una bufanda, ¿eh?

Suena muy tú.

Estoy segura que le encantará.

Ruby la sostuvo con ambas manos, decidida.

“Mañana… se la daré.” Y en la oscuridad de su habitación, Tn se dejó caer sobre su cama.

Las voces de Cardin y Jaune ya no importaban.

Lo que le dolía, lo que aún latía en su pecho, era otra cosa.

El miedo.

El miedo a que Ruby lo viera como todos los demás.

El miedo a que ese calor que sentía cerca de ella… se convirtiera en fuego.

Porque, aunque no podía verla… soñaba con sus ojos.

La mañana comenzaba con el brillo dorado colándose por las ventanas del dormitorio de las chicas del equipo RWBY.

Ruby Rose se encontraba en su escritorio, con las mejillas ligeramente sonrojadas, sosteniendo entre sus manos una bufanda de lana suave, color vino tinto.

No era nueva, la había comprado meses atrás en un intento fallido de regalo para Yang… pero ahora tenía un propósito mejor.

Un nuevo destino.

—¿Estás segura de esto?

—preguntó Blake, sin levantar la mirada de su libro, aunque sus horejas se movían con curiosidad—.

Podrías simplemente decírselo.

—¡No!

—exclamó Ruby, cubriéndose el rostro con la bufanda—.

No es así…

¡Solo quiero que sepa que me importa!

Yang, sentada en el borde de su cama, soltó una carcajada y alzó el pulgar.

—Y por eso vamos a hacer que huela como un maldito sueño romántico.

Ruby, ven, vamos a…

eh…

“pedir prestado” un poco de perfume.

Ruby asintió, y en sigilo casi militar, ambas se deslizaron hacia la mesita personal de Weiss.

La botella de cristal azul zafiro relucía bajo la luz del sol.

Ruby tomó una pequeña cantidad y roció ligeramente la bufanda.

Solo un poco.

Lo suficiente para que, cuando él la tocara, pudiera oler algo que lo hiciera pensar en ella.

En ese preciso momento, Weiss salió del baño con una toalla sobre los hombros.

—¿Qué están haciendo?

—¡N-nada!

—gritó Ruby, escondiendo la bufanda tras su espalda.

Yang, sin perder el ritmo, se colocó entre su hermana y la schnee con una sonrisa astuta.

—Nuestra pequeña Ruby va a conseguir novio, Weiss…

Y ni tú, ni tu perfume de marca, ni tu título de Reina del Hielo vas a detenerla.

Weiss enrojeció.

—¡Eso no es excusa para robar mis cosas!

—Shhh…

piensa en el amor, Schnee.

Piensa en lo que nunca tendrás si no cooperas —murmuró Blake desde su cama, sin apartar los ojos del libro, provocando una explosión de gritos por parte de Weiss que fue rápidamente silenciada por las risas de sus compañeras.

Mientras tanto, en la habitación de Tn… El joven fauno estaba acostado sobre su colchón, los ojos blancos fijos en el techo.

No dormía del todo.

Solo respiraba.

Solo intentaba calmar lo que dentro de él ardía.

Sus colmillos ya no sobresalían, pero el eco de su instinto seguía en su pecho, susurrándole que Ruby no era solo una amiga.

Era algo más.

Algo que no sabía cómo definir.

Y entonces, decidió dormir.

Quería olvidar la sensación del brazo mordido.

Quería olvidar cómo sus dedos temblaban.

Quería olvidar cómo por primera vez, temía hacerse daño a sí mismo más que a los demás.

En la oficina de Ozpin… Qrow Branwen apretaba un vaso de café con tanta fuerza que parecía querer romperlo.

Estaba pálido.

El informe que había traído no tenía nada.

Nada.

Solo vacíos.

Solo datos inútiles.

—Vivió en las calles de Vale.

Siete años.

Nadie sabía su nombre.

Nadie lo cuidaba.

Ciego desde el nacimiento, según los médicos de un orfanato que ya ni siquiera existe.

Sobrevivía comiendo de la basura.

Peleaba con otros chicos como un animal.

Hasta que… —Qrow tragó saliva— ese maldito apareció.

Ozpin alzó la vista desde la carta con las iniciales H.P.

El papel parecía vibrar con su mera presencia.

—¿Howard?

Qrow asintió.

—Lo sacó de las calles.

Los informes dijeron que tenia un bastón blanco, una bufanda.

Desde entonces, nadie se atrevió a tocar al chico.

Como si el puto mundo supiera quién lo respaldaba.

Ozpin desvió la mirada hacia la ventana.

Aún podía recordar la voz de Howard resonando como el aullido de una tormenta en su mente.

Aquel ser que ni los dioses querían enfrentar.

—Ese hombre… no es humano —dijo Ozpin, con un leve temblor en la voz.

—¿Y Tn?

Ozpin cerró los ojos.

—Si Howard Lovecraft lo considera digno de protección… entonces nosotros también deberíamos.

Aunque nos cueste el alma.

Esa noche, Ruby sostuvo la bufanda entre sus manos.

—Mañana —susurró—.

Mañana se la daré.

Sin saber que, en ese mismo momento, Tn soñaba… con una voz que no recordaba y un bastón golpeando la piedra húmeda de un callejón.

“Te encontrarás con una flor carmesí.

Protégela.

Porque si la pierdes… todo se volverá ceniza.” La habitación del equipo RWBY estaba bañada en sombras suaves, interrumpidas por la luz plateada de la luna que entraba por la ventana abierta.

El silencio de la noche se veía constantemente interrumpido por los pequeños sonidos de una convivencia peculiar y entrañable.

Ruby, acurrucada en su cama con la bufanda envuelta entre sus brazos como si fuera un peluche, murmuraba entre dientes con una sonrisa boba en el rostro.

—Aquí tienes, Tn… la hice para ti… ¿te gusta?…

¿hueles eso?…

es amor, no perfume robado… Pequeñas burbujas de saliva comenzaban a asomar por la comisura de su boca mientras su cuerpo daba vueltas, como si estuviera regalando la bufanda en sueños una y otra vez.

En su cabeza, Tn sonreía y aceptaba el regalo… para luego tomar su mano.

Ruby, incluso dormida, se sonrojó.

En la cama vecina, Yang estaba inmersa en una batalla mucho más física.

Roncaba con fuerza, tan fuerte que la lámpara temblaba un poco en su base.

Cada cierto tiempo soltaba una patada al aire, murmurando entre dientes.

—¡Nadie toca a mi hermana, maldito cabron!

¡Como que bebes!

Luego se giró bruscamente, abrazando su almohada como si fuera un saco de boxeo, y soltó un resoplido casi orgulloso.

En el rincón más tranquilo del cuarto, Blake se encontraba hecha un ovillo, sus orejas moviéndose levemente al compás de su respiración.

Parecía una gata completamente a gusto, cubierta hasta el cuello con su sábana y con su libro favorito pegado al pecho.

Sus labios se movían en un susurro apenas audible.

—Los libros… viajero pervertido… salva la princesa… si~ dale mas duro~… De vez en cuando fruncía el ceño, como si soñara con una historia demasiado frustante para su gusto, pero pronto se relajaba de nuevo, como si el calor de su equipo bastara para espantar los malos recuerdos.

Y por último, Weiss Schnee, emperatriz del orden nocturno, dormía como si estuviera en una cámara real.

Perfectamente alineada con su almohada, con un antifaz de seda azul celeste cubriéndole los ojos y una pequeña ceja alzada incluso en el sueño.

Sin embargo, su murmullo traicionó toda su fachada de elegancia contenida.

—Five… detente… ya te dije que no uso ese tipo de “armas” en las primeras citas… Un rubor leve coloreó sus mejillas, y su mano se alzó como si empujara a alguien con un abanico invisible.

—Y tampoco necesito que me incistas asi~ ahhhh~… Se giró con un suave suspiro y murmuró una última vez.

—Aunque… si insistes… Mientras tanto, en otra habitación del campus… Tn, envuelto en el silencio, permanecía aún despierto.

Sus sentidos eran más agudos de noche, cuando la oscuridad lo hacía sentir menos…

diferente.

Podía oír el murmullo del viento contra las ventanas, el crujido de los tablones, incluso el ritmo lento y profundo de los corazones de quienes dormían cerca.

El joven fauno suspiró, cerró los ojos y trató de dormir.

Tn se despertó unos segundos, tocándose el pecho con el ceño fruncido.

Su corazón latía despacio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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