Waifu yandere(Collection) - Capítulo 28
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28: Diana Cavendish my little witch academy 28: Diana Cavendish my little witch academy La academia Luna Nova era un bastión de magia y tradición.
Sus muros antiguos respiraban siglos de encantamientos, y su cielo perpetuamente nublado parecía contener el poder de generaciones de brujas que aún susurraban con el viento.
Allí, las jóvenes aspirantes a brujas venían de todo el mundo a perfeccionar su arte, bajo el cuidado de estrictas maestras y costumbres inquebrantables.
Sin embargo, aquel año hubo un susurro distinto entre los pasillos.
Una presencia que desentonaba con la armonía del lugar.
Un estudiante varón.
Algo insólito.
Algo casi…
antinatural.
Su nombre era Tn.
No hablaba mucho.
No vestía con orgullo el uniforme.
Y su varita, si bien le fue entregada como a todas, solía estar olvidada en el fondo de su casillero, cubierta de polvo y descuido.
Se sentaba en la parte trasera del aula, con la mirada ausente, como si el mundo entero de la magia le resultara una broma pesada.
Nadie sabía realmente de dónde venía.
Solo que un hombre influyente —Howard Phillips, un nombre que traía murmullos de respeto y miedo— había movido los hilos para que aquel chico estuviera ahí, en Luna Nova.
Un acto sin precedentes.
Un capricho, quizás.
La profesora Ursula, con su eterno aire de dulzura forzada y preocupación sincera, había tomado la tarea de guiarlo.
Siempre con una sonrisa cansada, intentaba razonar con él.
—Tn, al menos termina el ensayo sobre la historia de las runas lunares.
No tiene que ser perfecto… solo un comienzo.
—decía ella, dejando el pergamino frente a él con esperanza.
Tn la miraba, apoyado contra el marco de la ventana, con los pies sobre la silla y el cabello despeinado.
—No quiero aprender magia —contestaba, sin rodeos—.
Howard me dijo que no podía quedarme “tirado como un perro”, así que me arrojó aquí.
Pero esto no es lo mío.
Nunca lo fue.
—Entonces…
¿qué es lo tuyo?
Él solo la miró.
No con rabia, ni tristeza.
Era una mirada vacía, distante, como la de alguien que ha vivido demasiado para su edad y ha olvidado lo que era el deseo.
—Dormir.
Leer libros que no sean de hechizos.
Escuchar música que nadie compone ya.
Y olvidarme del mundo.
Ursula suspiraba.
Había algo en él que la desconcertaba, algo melancólico, algo…
ajeno.
Como si Tn no encajara ni en este mundo ni en ningún otro.
Las demás estudiantes lo evitaban.
Algunas por prejuicio.
Otras por miedo.
Pero una en particular lo observaba desde lejos, sin emitir juicio alguno.
Una joven de porte noble y mirada afilada como la hoja de una espada.
Su nombre era Diana Cavendish.
Y aunque no lo admitiera ni bajo un hechizo de verdad, algo en ese chico le llamaba la atención.
Diana Cavendish no se consideraba arrogante.
Ser una Cavendish no significaba mirar a los demás por encima del hombro… simplemente, implicaba que sabía lo que valía.
Su magia era precisa.
Su teoría, impecable.
Su linaje, legendario.
Pero más allá del apellido, Diana había trabajado duro para honrar la tradición, para ser una figura ejemplar, un faro para las demás estudiantes de Luna Nova.
Y por eso, quizás, le resultaba tan profundamente irritante ver a alguien como Tn dentro de las mismas aulas que ella.
Desde el primer día, aquel muchacho fue un caos flotante entre el orden del conocimiento arcano.
No como Akko, que al menos intentaba y fallaba de formas ruidosas pero honestas.
No.
Tn no intentaba nada.
Ni pociones.
Ni invocaciones.
Ni transformaciones básicas.
Nada.
Vagaba por los pasillos como un gato sin dueño, dormía en clase si podía, y respondía a las instrucciones con un tono tan plano como provocador.
Diana, al principio, pensó ignorarlo.
No valía la pena perder energías en alguien que claramente no pertenecía allí.
Pero entonces escuchó su nombre.
Howard Phillips.
Y todo cambió.
Ese no era un nombre que se pudiera tomar a la ligera.
Phillips era una figura casi mítica en algunos círculos.
Nadie sabía exactamente a qué se dedicaba.
Algunos decían que era un alquimista de eras antiguas, otros que había viajado por planos prohibidos y regresado cuerdo.
Su firma se encontraba en manuscritos arcanos sellados, y su presencia era respetada incluso por la directora Holbrooke.
¿Por qué él —una leyenda viviente— habría recomendado a alguien como Tn?
Diana no podía dejar de preguntárselo.
Y así, sus ojos —los mismos que habían observado constelaciones y artefactos sellados por siglos— comenzaron a posarse en el chico del rincón.
Observaba sus silencios.
Sus respuestas evasivas a Ursula.
La forma en que parecía más cómodo entre sombras que bajo la luz de los salones.
Notaba sus manos: no eran torpes.
Tenían marcas antiguas.
Cicatrices.
No eran manos de alguien flojo…
sino de alguien que había peleado, trabajado.
Alguien que lo ocultaba.
Un día, mientras repasaba mentalmente una lista de ingredientes para la clase de botánica, se encontró con su reflejo en una ventana del corredor…
y detrás de ella, a Tn.
Sentado bajo el gran sauce del jardín, con un libro en las piernas.
No era un grimorio.
Era algo viejo, sin título, con páginas dobladas.
Leía con concentración, casi devorando las palabras, como si fueran la única cosa en el mundo que aún le hablaba.
Y por primera vez, Diana no sintió molestia.
Sintió curiosidad.
—¿Quién eres realmente…?
—susurró para sí, sin darse cuenta.
Tal vez no era simple desdén lo que nacía hacia él.
Tal vez era el inicio de una inquietud más profunda, una grieta en su rígido mundo de perfección.
Y sin saberlo aún, esa grieta comenzaba a crecer.
Sucy Manbavaran no era una chica fácil de entender.
Sus ojos medio cerrados y su sonrisa perpetuamente ambigua hacían que la mayoría de las estudiantes le dieran un amplio margen de espacio.
Parecía vivir en una mezcla constante entre el letargo y el veneno, entre los hongos que cultivaba y los comentarios que soltaba sin filtro.
Pero con Tn, las cosas eran distintas.
A veces, ella se sentaba junto a él sin decir palabra.
Compartían el silencio.
A veces intercambiaban frases breves, comentarios crípticos, como si jugaran a entenderse en un lenguaje secreto.
Diana lo había notado más de una vez.
Y cada vez que los veía, un leve cosquilleo le subía por la nuca.
Era fastidio, se decía.
Pura frustración.
Los raros siempre se atraen… y eso no tenía que ver con ella.
Y sin embargo… La noche anterior al gran informe que preparaba para la directora Holbrooke, su concentración fue desviada por un pensamiento que no la dejaba en paz.
¿Qué ocultaba Tn en su casillero?
Si era tan desordenado, seguramente no lo habría cerrado bien.
No era invasión, se dijo a sí misma.
Era… prevención.
Curiosidad razonable.
Investigación estratégica.
Se escabulló en la penumbra del pasillo, cuando la mayoría de las estudiantes dormían y la profesora Ursula hacía su ronda nocturna.
Se movió con precisión, como si fuera parte de una operación.
Y allí estaba: el casillero de Tn.
No tenía cerradura mágica, solo una cinta casi colgando.
Al abrirlo, Diana hizo una mueca de desagrado.
El interior era un caos: rollos de pergamino con tinta corrida, frascos de ingredientes rotos, una varita rota, y una túnica sin lavar.
Pero no fue eso lo que le llamó la atención.
Fue una carta.
Arrugada.
Doblada en tres, como si hubiera sido leída y lanzada con descuido.
Y tenía algo muy particular al frente: las iniciales H.
P.
El corazón de Diana dio un salto.
Con dedos tensos, tomó el papel y lo abrió con cuidado, como si desarmara una bomba arcana.
Esperaba hechizos ocultos.
Esperaba instrucciones mágicas, sellos prohibidos, advertencias del inframundo.
Pero no.
Era… una carta mundana.
Terriblemente humana.
“Tn, si estás leyendo esto, es porque esa maldita directora me obligó a escribirte algo decente.
Y ya sabes que odio todo lo que huela a sentimentalismo, así que no esperes lágrimas ni consejos sabios.” “Pero escucha bien: no puedes seguir siendo un parásito.
Si algún día me pasa algo —y créeme, en mi línea de trabajo eso no es una posibilidad, es una estadística—, quiero saber que al menos intentaste hacer algo con tu vida.
Aunque sea aprender a hervir agua sin explotar la cocina.
No se trata de ser un héroe.
Se trata de no ser un flojo.” “Tienes talento.
Solo que lo usas para perder el tiempo.
Si yo no estoy para empujarte… al menos empújate tú.
Maldito vago.” —Howard Phillips.
Ps:tengo que golpear al dodo y al alcoholico.
Diana se quedó helada.
El papel temblaba entre sus dedos.
No era lo que esperaba.
No había secretos arcanos.
No había grandes planes.
Solo un intento desesperado —grosero, incluso tierno a su manera— de una figura legendaria por guiar a alguien que parecía haberse resignado a perderse.
Una punzada de algo —¿culpa?, ¿vergüenza?— atravesó el pecho de Diana.
Había juzgado a Tn como un error en el sistema.
Un estorbo.
Pero esto… esto contaba otra historia.
Guardó la carta con torpeza, como si quemara.
Cerró el casillero con más fuerza de la necesaria y se alejó.
Su informe aún no estaba terminado.
Pero su percepción del “desperdicio de estudiante” había comenzado a cambiar.
Diana se había cambiado ya a su pijama de franela azul, el cabello cuidadosamente peinado antes de acostarse, como era costumbre en su disciplina rigurosa.
Pero el sueño no llegaba.
Se tumbó en la cama con el dosel cerrado, rodeada del silencio de la noche mágica, mientras la brisa hacía crujir suavemente los cristales encantados de la ventana.
La carta aún pesaba en su mente, tan presente como si la estuviera leyendo una vez más bajo la tenue luz de su lámpara.
“Tienes talento.
Solo que lo usas para perder el tiempo.” ¿Quién era realmente Tn?
No tenía apellido.
Eso era casi imposible entre brujas y magos.
En el mundo arcano, un apellido era más que herencia: era linaje, era historia, era poder acumulado por generaciones.
Pero él no tenía uno.
Solo “Tn”.
¿Era hijo ilegítimo de Howard?
¿Un protegido secreto?
¿Un experimento, quizás?
No…
Howard Phillips, el Howard Phillips, no haría eso a la ligera.
Y sin embargo, lo cuidaba.
Eso estaba claro en la carta, aunque lo disfrazara de regaños y sarcasmo.
Y lo más desconcertante de todo era una pregunta que no se atrevía a formular en voz alta: ¿Por qué le importaba a ella?
¿Por qué esa carta le había hecho doler el pecho?
En otra parte de la academia, en un cuarto en condiciones muy diferentes, Tn se encontraba acostado boca abajo sobre una cama desordenada.
Su túnica aún colgaba de un gancho hecho con un hueso de monstruo y una cuerda oxidada.
Había pociones sin etiquetar sobre la mesa, libros a medio abrir y una taza con algo que definitivamente había dejado de ser té.
No era flojo, o al menos eso pensaba.
Solo… ¿para qué ordenar algo que vas a usar de nuevo en unas horas?
El caos era práctico.
O al menos, funcional.
Se rascó la cabeza y miró al techo, donde una runa mal trazada parpadeaba suavemente con energía mágica residual.
“¿Y si me echaban?” La idea le parecía… tentadora.
¿Volver a casa?
¿A su pequeña rutina en la vieja cabaña al lado del lago?
Con el tío Vash, que siempre parecía meterse en problemas, con esa mirada perdida en las estrellas.
O Five, el tipo malhumorado con aire de viejo asesino que siempre lo corregía sin piedad pero le pasaba libros que “algún día te harán falta, si dejas de ser tan idiota”.
Y Summer, que le preparaba la sopa más rica del mundo y le decía que podía hacer lo que quisiera, pero que al menos lavara los platos.
Sonrió, apenas.
Un hogar raro, pero hogar al fin.
Entonces pensó en Howard.
¿Por qué demonios lo había mandado a Luna Nova?
Tn ya sabía lo básico.
Trucos.
Sellos.
Conjuros de defensa.
Sabía cosas que no venían en los libros de la academia.
Howard se lo había enseñado todo en expediciones, en ruinas, en viajes.
Pero aquí… le pedían que memorizara la historia de una planta mágica que no usaba desde el siglo XV.
¿Cuál era el punto?
“Quizás…”, murmuró al techo.
“…sabe que me estoy oxidando.” Howard siempre decía que la magia se dormía si no la usabas para algo nuevo.
¿Lo había mandado aquí para que hiciera suya la magia?
¿Para que encontrara algo que valiera la pena hacer?
O tal vez… solo quería que tuviera un poco de juventud normal.
Fuera lo que fuera, no se lo iba a agradecer tan fácil.
Se giró sobre el colchón y suspiró, viendo la lámpara encenderse y apagarse con chispas inestables.
“No me vas a domesticar…” Pero muy en el fondo, sabía que tal vez, solo tal vez… no le disgustaba tanto estar allí como fingía.
La mañana comenzó como tantas otras, con Tn despertando tarde, gruñendo por el frío que se colaba por la ventana mal sellada.
Se pasó la mano por el abdomen, notando el leve ardor de un corte viejo, recuerdo de una “práctica de defensa” mal supervisada con Sucy.
Su torso, aunque marcado, era ágil, atlético por inercia más que por disciplina.
Lo justo para esquivar bolas de fuego y no morir por una caída accidental en un portal inestable.
Revisó con desgana su ropa: túnica arrugada pero sin manchas, medias disparejas, botas sin pulir… suficiente.
Salió al pasillo con paso lento y ojos aún entrecerrados.
Las miradas no tardaron.
—Timidez disfrazada de curiosidad.
—Algunas sonrisas contenidas.
—Un par de cejas fruncidas.
—Y, por supuesto, la expresión cansada de las que ya sabían que no iba a hacer nada útil ese día.
Pero él caminaba igual.
Como si nada lo tocara.
Como si todo lo demás fuera una ilusión mal hecha.
Entró al aula justo cuando el timbre mágico vibraba en el aire.
La profesora Croix Meridies, puntual como un reloj digital, ya estaba ahí.
Su bata blanca relucía con encantamientos de limpieza automática, y en su pupitre flotaban una docena de esquemas holográficos de artilugios mágicos de última generación.
Croix era una mujer de ciencia mágica.
Tecnología, invención, eficiencia.
Venía de Italia y hablaba con precisión, como si cada palabra tuviera una fórmula detrás.
Y Tn… era su pesadilla.
Ni bien tomó asiento en su pupitre, se recostó con un brazo detrás de la cabeza y el otro jugueteando con dos runas comunes.
Les dio forma lentamente, moldeándolas con gestos que hablaban de costumbre más que de estudio.
Las runas brillaron, chispearon, y luego… se transformaron.
Una se volvió una versión en miniatura de una cabra malhumorada.
La otra, una versión caricaturesca de la profesora Croix con lentes sobredimensionados.
Algunas alumnas rieron entre dientes.
Croix, sin despegarse de su explicación sobre núcleos de energía mágica para bastones, lo observó por el rabillo del ojo.
Aguantó.
Contó hasta tres.
Pero entonces Tn murmuró, no muy bajo—Ojalá pudiera irme ya…
La clase se congeló.
La runa-cabra se detuvo.
La runa-Croix la miró horrorizada.
Croix entrecerró los ojos.
Se acercó al pupitre de Tn con los brazos cruzados y ese tic eléctrico que hacía vibrar los cables de su bastón mecánico.
—¿Perdón?
—preguntó con tono plano, afilado.
Tn alzó la mirada, perezosa, casi aburrida.
—Que quiero irme.
No es difícil de entender.
No pedí estar aquí.
Howard me obligó, y si por mí fuera, estaría en casa durmiendo o…
no sé…
viendo qué le pasó a mi escoba mágica rota.
Croix parpadeó.
Una parte de ella, muy muy pequeña, intentó sentir empatía.
Tal vez Howard lo metió ahí para darle rumbo.
Tal vez era uno de esos casos perdidos que necesitaban una figura firme.
Pero otra parte mucho más grande y rencorosa quería lanzar a ese muchacho por una ventana encantada.
—Tn, ¿quieres ser expulsado?
—preguntó con fingida cortesía.
—No —respondió él, sin sarcasmo.
—Quiero que me dejen tranquilo.
Eso era incluso peor.
Croix apretó la mandíbula.
Su bastón chispeó.
Luego exhaló con fuerza y escribió su nombre en el aire con un sello digital.
—Tn, vas a quedarte después de clase.
Si no te gusta mi clase, entonces vas a construir una versión tuya que sí la soporte.
Un duplicado rúnico, automatizado, con control emocional y programación de asistencia.
—¿Qué?
—Tú dijiste que no querías venir.
Pues crea a alguien que pueda venir por ti.
A ver si al menos sirves para eso.
Las estudiantes se quedaron en silencio.
Diana levantó una ceja, atenta desde la tercera fila.
Tn… sonrió.
No era una sonrisa alegre.
Era una sonrisa de desafío.
—Está bien —murmuró con voz baja—.
Será divertido hacer algo más competente que yo.
Croix lo miró fijamente.
Algo en esa sonrisa le dio escalofríos.
El sonido de la campana mágica marcó el final de las clases.
Mientras los pasillos se llenaban de risas, pasos y murmullos, Tn se desvió silenciosamente hacia una zona poco transitada del campus: un claro terroso cerca del invernadero abandonado.
Allí, entre raíces retorcidas, maleza y tierra suelta, colocó con cuidado varios materiales encantados.
Un maniquí viejo.
Un golem de arcilla.
Trozos de cristal de memoria.
Ramas talladas con runas básicas.
No era la primera vez que creaba algo.
De hecho, su talento para construir era superior al de muchos.
Lo que le faltaba era disciplina.
Motivación.
Deseo.
Pero esa orden de Croix lo había picado.
No porque quisiera impresarla.
Sino porque no le gustaba perder.
Probó primero con el maniquí: le insertó un núcleo rúnico y una runa de eco mental.
Por un segundo, pareció parpadear… y luego explotó con una descarga de humo púrpura.
Tn retrocedió tosiendo, cubriéndose con el brazo.
Su túnica ya manchada de tierra no ayudaba.
Siguió con el golem.
Lo talló con precisión, incluso le dibujó los ojos con tinta mágica.
Movía los brazos, incluso caminaba… pero al momento de hacerle una pregunta, solo repetía “error de flujo” como una grabadora rota.
—Ugh…
estúpido bloqueador de sinapsis…
—murmuró Tn, frustrado, mientras se dejaba caer sentado sobre la tierra.
Desde la distancia, entre los árboles, Diana observaba.
No sabía exactamente por qué estaba ahí.
¿Curiosidad?
¿Duda?
¿Desconfianza?
Pero lo que encontró fue…
dedicación.
Tn trabajaba con paciencia, una que nunca mostraba en clase.
Dibujaba esquemas en la tierra, probaba combinaciones, corregía fallos.
No tenía ningún libro abierto.
No necesitaba uno.
“¿Memoria fotográfica?”, se preguntó Diana.
“¿O sólo mucha más experiencia de la que aparenta?” Se cruzó de brazos, atenta, evaluando cada intento fallido.
Y entonces, de pronto, Tn se quitó la parte superior de la túnica, dejándose el torso desnudo mientras con una manga mojada se limpiaba la cara cubierta de polvo y barro.
El sudor resbalaba por sus hombros marcados, una musculatura discreta pero bien entrenada.
No era vanidoso, ni lo hacía para lucirse.
Simplemente, hacía calor, y la mugre le molestaba.
Diana frunció el ceño.
No por pudor.
Por sorpresa.
Desde su escondite, escuchó jadeos apenas contenidos.
Risitas.
Susurros femeninos.
Algunas estudiantes que habían decidido “pasar por ahí” se habían detenido para mirar más de lo que debían.
Una de ellas, Amanda, no pudo evitar soltar un comentario—Vaya, con ese cuerpo, pensé que dormiría mejor que estudiar… Diana sintió una punzada extraña.
No de celos, se dijo.
No era eso.
Era…
molestia por la frivolidad.
Por la distracción.
Nada más.
—¿No tienen nada mejor que hacer?
—gruñó, apartando la vista, fingiendo indiferencia.
Pero sus mejillas estaban rojas.
Muy rojas.
Tn, ajeno a todo, seguía intentando, murmurando cosas para sí mismo.
—Si la runa espejo se sobrecarga, podría enlazar un fragmento de mi “yo”… pero eso…
me quitaría parte de mi memoria emocional…
Guardó silencio.
Observó una última figura a medio construir, esta vez hecha de un armazón de ramas flexibles, ojos de obsidiana y un núcleo mágico tallado a mano.
—Último intento del día, antes de que me den ganas de prender fuego a todo esto…
Se inclinó.
Concentró su energía.
El viento se calmó.
Las hojas se detuvieron.
La figura tembló.
Parpadeó.
Miró a Tn.
Y entonces dijo, con una voz apenas audible: —“No quiero estar aquí.” Tn se congeló.
Diana también.
Era él.
Su voz.
Su cansancio.
………..Carajo.
Y antes de que pudiera procesarlo… el doble colapsó.
La estructura se quebró como una rama seca, cayendo al suelo en silencio.
Tn soltó una carcajada amarga.
Se sentó otra vez, hundiendo el rostro entre las manos.
No lloraba.
Solo reía.
El jodido maniqui resulto ser igual y se arranco el nucleo magico para no estar ahi.
Diana… no supo qué pensar.
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