Waifu yandere(Collection) - Capítulo 29
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29: Altera part 2 fgo 29: Altera part 2 fgo La habitación de Altera, ubicada en uno de los sectores más aislados de Chaldea, no tenía decoraciones.
No había ventanas.
No había adornos ni recuerdos.
Solo una cama, una mesa con dos platos vacíos, un pequeño baño al fondo, y las paredes tan frías como el acero.
El espacio era más reducido que otras habitaciones, pero eso no le importaba.
A ella nunca le importó.
La cama, sin embargo, hablaba por sí sola.
T/N yacía en ella, con el pecho desnudo cubierto de pequeñas marcas rojizas, besos profundos que habían dejado huellas, gotas de sudor aún deslizándose por su cuello y, entre sus piernas, los rastros de una pasión posesiva que había trascendido lo humano.
Altera lo había reclamado una vez más.
No con palabras.
Nunca con palabras.
Lo hizo con el cuerpo, con la urgencia que solo puede tener quien ha pasado siglos vagando en un mundo que ya no tenía sentido.
Porque mucho tiempo había pasado desde la última vez que lo tuvo.
Mucho tiempo desde que T/N murió.
Ella lo había sentido.
Lo supo cuando su espíritu se extinguió.
Durante años, décadas tal vez, caminó por el mundo como una tormenta.
Arrasó ciudades, imperios, naciones que no tenían culpa de nada.
Ya no eran “malas civilizaciones”, como solía llamarlas con esa lógica marciana.
No.
Simplemente eran cosas en su camino.
Obstáculos entre ella y el recuerdo de un calor que creía perdido para siempre.
Hasta que él volvió.
Y ahora, con su calor junto al suyo, con su respiración temblorosa mezclándose con la suya, con ese cuerpo restaurado —no como un hombre, sino como un Servant— ella pudo, por fin, cerrar los ojos sin sentir odio.
Se sentó en el borde de la cama.
Observó a T/N dormir.
Su rostro estaba tranquilo, pero había algo diferente.
No era exactamente el mismo.
Las almas no vuelven intactas.
Lo sabían.
Él tenía nuevas cicatrices, nuevos miedos.
Nuevas memorias que ella no había compartido.
Pero aún así, su cuerpo recordaba.
Sus dedos buscaron instintivamente el cajón al lado de la cama.
Lo abrió con suavidad —raro en ella— y encontró lo que buscaba.
Una vieja correa de tela reforzada, gastada por el tiempo, pero aún entera.
La había dejado ahí hacía semanas.
O quizás meses.
Ya no entendía el tiempo.
La tomó entre sus manos con una reverencia silenciosa.
Era un símbolo.
No de control.
No solo.
Era…
una promesa rota, y una que debía rehacerse.
—Tu alma no volverá a escaparse —susurró, más para sí misma que para él.
Se agachó y ató la correa al cuello de T/N.
No apretado.
Suavemente.
Como un lazo.
Como un anillo.
Como una cadena invisible que decía: “estás conmigo, estés donde estés”.
T/N no se despertó.
Pero en su sueño, su cuerpo reaccionó.
Se tensó apenas.
Como si su alma sintiera el vínculo.
Como si algo más antiguo que la carne entendiera ese gesto.
Altera sonrió.
No era una sonrisa humana.
Era…
otra cosa.
Algo salvaje y sereno al mismo tiempo.
Luego se acostó a su lado, abrazándolo por la cintura, y cerró los ojos.
No había necesidad de hablar.
No esta vez.
Solo el calor compartido.
Solo el silencio.
Solo la correa.
T/N despertó con una sensación de pesadez en el cuerpo.
Su visión era borrosa, los párpados pegados por el sudor seco y el calor.
Le dolía la pelvis, y cada pequeño movimiento le recordaba la noche anterior… o lo que fuera que Altera había hecho con él.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado.
Minutos.
Horas.
¿Días?
Su percepción del tiempo era tan difusa como su consciencia.
Intentó moverse.
Instintivamente.
Una mano se dirigió al borde de la cama.
Pero algo tiró de él.
Un tirón seco en su cuello.
La correa.
El cuero tensado lo hizo jadear.
Giró la cabeza con dificultad.
El otro extremo estaba firmemente sostenido por ella.
Altera.
Estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda recta, los ojos brillando con esa luz alienígena que mezclaba calma, violencia y algo parecido al afecto.
Sostenía la correa como si fuera parte de su cuerpo.
Como si fuera el cordón que la unía al mundo.
T/N tragó saliva.
O lo intentó.
Su garganta estaba reseca.
—¿Te desperté?
—preguntó con voz baja, casi culpable.
—Mmh…
—ella ladeó la cabeza, observándolo—.
No deberías haberte movido.
¿Por qué te levantaste?
T/N parpadeó varias veces, luchando por enfocar su rostro.
—Tengo sed —murmuró—.
Quiero…
algo de beber.
Por un momento, creyó que Altera lo dejaría levantarse.
Pero no soltó la correa.
Al contrario, la enroscó con más firmeza entre sus dedos.
—Eres un Servant —dijo con tono plano, como si hablara de una ley física inmutable—.
Comer, beber, dormir… no lo necesitas.
T/N suspiró.
Había escuchado esa lógica antes, pero en su boca sonaba diferente.
Sonaba a justificación.
A excusa para mantenerlo allí.
Con ella.
Solo con ella.
—Sí, soy un Servant —respondió, aún tumbado, con voz ronca—.
Pero eso no significa que no disfrute de las cosas.
La mirada de Altera se estrechó, como si procesara cada palabra con lentitud.
No como una humana, sino como una máquina tratando de entender el matiz del deseo.
—Si deseas algo de beber —dijo por fin, arrastrando las palabras con un tono más suave, casi sedoso—, puedo dártelo… —¿Eh?
Ella se inclinó hacia él.
Se acercó, hasta que su aliento caliente rozó sus labios.
—Boca a boca.
T/N parpadeó.
El rostro de Altera estaba a centímetros del suyo.
Esa expresión imperturbable que no era ni amenaza ni ternura.
Solo un mandato cubierto de una caricia.
—Es en serio…
—dijo, con una sonrisa nerviosa.
Altera no respondió.
Extendió una mano y tomó una botella de agua del suelo, junto a la cama.
El agua no estaba fría.
Pero no le importó.
Tomó un sorbo, manteniéndolo en la boca.
Y luego, sin pedir permiso, inclinó la cabeza y presionó sus labios contra los de T/N.
El líquido pasó de una boca a otra, cálido, mezclado con la saliva de ella.
Un beso disfrazado de necesidad.
Cuando se separaron, un delgado hilo aún unía sus bocas.
T/N, jadeando, la miró fijamente.
—Eso…
no es lo que tenía en mente.
—Fue efectivo —dijo Altera—.
Y más íntimo.
Silencio.
T/N sintió su cuerpo vibrar, no de deseo, sino de una mezcla peligrosa entre incomodidad, calor, y una aceptación que no sabía cuándo empezó a dejar entrar.
Miró hacia un lado.
La correa aún colgaba de su cuello.
No estaba apretada.
No lo forzaba.
Pero estaba ahí.
Presente.
Real.
—¿Vas a soltarme alguna vez?
Altera lo miró con calma.
Luego, bajó la vista a la correa.
—No —respondió sin dudar—.
No mientras sigas intentando escapar de lo que eres.
—¿Y qué soy?
Ella se acercó de nuevo.
Susurró, sin emoción, pero con una firmeza brutal: —Mío.
Las palabras de Altera resonaban aún en su oído como un eco frío y constante.
“Mío.” Tn no respondió.
Solo cerró los ojos y exhaló por la nariz.
No había odio.
No había amor.
Solo resignación.
Era como su vida.
Las cadenas no siempre eran de metal.
A veces eran suaves, cálidas, disfrazadas de caricias, pero más firmes que cualquier prisión.
Altera lo arrastraría con ella.
A todos lados.
Sin importar el lugar o el tiempo.
Ya no porque lo necesitara.
Ni siquiera porque lo amara.
Sino porque no podía aceptar que no estuviera.
Y él… simplemente no tenía la voluntad para luchar contra eso ahora.
Y menos siendo un servant de segunda categoria contra ella.
Recordaba aquellas veces, antes de que muriera, cuando compartían noches similares.
Cuando despertaba y la veía acariciarse el vientre en silencio, como si esperara que sus actos con él hubieran sembrado algo… una chispa, una célula, una posibilidad.
Pero nunca sucedía.
Y cada mes que pasaba, cada vez que la veía mirar su propio cuerpo con frustración silenciosa, él también se quebraba un poco más.
—Somos distintos… —murmuró para sí, con la vista fija en el techo—.
No podíamos.
No podemos.
Y ahora menos… ahora que somos esto.
Servants.
Espíritus heroicos.
Copias proyectadas desde el trono de la humanidad.
Simulacros con alma.
No nacen.
No engendran.
No envejecen.
Altera nunca lo dijo en voz alta.
Pero él lo sabía.
Esa era una de las razones por las que lo mantenía cerca.
Una forma de conservar viva esa ilusión rota.
De pronto, la presión en su cuello cambió.
La correa fue tirada suavemente hacia un lado y luego anudada con firmeza a un soporte metálico junto a la cabecera de la cama.
Una medida simple.
Pero clara.
Altera se levantó sin decir más.
Estaba apenas cubierta por las sábanas que resbalaban por su piel nívea.
Pero antes de que diera un paso fuera de la cama, motas de luz comenzaron a bailar alrededor de su cuerpo.
El aire chispeó.
Fragmentos de su traje comenzaron a materializarse desde la nada, pixelados, luminosos, como una armadura digital que envolvía una diosa.
Era bella.
Inhumana.
Perfecta.
Lejano el recuerdo de la mujer que alguna vez había tocado con ternura.
—Hay comida en la cafetería —dijo, sin mirarlo—.
Iré a traerte algo.
Tú… no te vayas.
Su voz no era de amenaza.
Era de certeza.
Como si la advertencia fuera tan innecesaria como decir que el sol saldría.
—Volveré pronto —añadió.
Y sin esperar respuesta, cruzó la puerta y desapareció.
Tn se quedó solo.
El sonido del cierre automático resonó como un portazo emocional.
Intentó moverse.
El cuero de la correa tiró apenas, recordándole su lugar.
Podía desatarse.
Podía romper el soporte.
Sabía cómo.
Pero no lo hizo.
No por miedo.
Sino porque una parte de él… no quería hacerlo.
Porque la libertad, a veces, dolía más que la cadena.
Se sentó en la cama.
El cuerpo aún adolorido.
La garganta seca otra vez.
Pero ahora no por la sed.
Miró el rincón de la habitación donde Altera solía dejar sus armas.
Las lanzas.
Las espadas flotantes.
Herramientas de una guerra que ella ya no peleaba… porque su nueva batalla era él.
Y él era el campo de esa guerra.
Afuera, el pasillo se mantuvo en silencio.
Dentro, Tn cerró los ojos otra vez.
Y esperó.
Porque sabía que ella volvería.
Siempre volvía.
Los pasos de Altera resonaban con un ritmo uniforme en la fría losa de la cafetería de Chaldea.
No era habitual verla ahí.
No porque se creyera superior, sino porque, simplemente, no necesitaba esas cosas.
Comer.
Beber.
Socializar.
Eran actos humanos.
Y ella era una fuerza de la destrucción.
Pero ahora, su presencia perturbaba la rutina.
Uno tras otro, los Servants fueron desviando la mirada hacia ella, disimulando con torpeza el asombro.
Tomaba comida al azar.
Un trozo de carne asada que chisporroteaba aún.
Un cuenco de frutas frescas.
Tres postres coloridos, demasiado dulces para su paladar.
Un pescado entero, decorado con finas hierbas.
Todo sobre una sola bandeja metálica que apenas resistía el peso.
Ni un solo vaso.
Ni una sola bebida.
Ella misma le daría eso a Tn.
De su boca a la suya.
—¿Está comiendo?
—murmuró Saber Lily, mirando desde su mesa, su voz apenas un susurro con aroma a té.
—Tal vez le dio hambre… o… curiosidad —aventuró, incómoda, aunque sin mucha convicción.
En una esquina, Medea (Caster), con su capucha baja y su mirada siempre inquisitiva, levantó la vista un instante desde su libro.
—Nah.
No es hambre —dijo con voz baja, como para sí misma—.
Es él.
Su amante fue invocado.
tch ue desperdicio.
Altera tenia una bonita forma, lo suficiente para ser un maniqui para sus vestidos.
Alguien la escuchó.
No supieron quién.
Pero el rumor comenzó a extenderse como una enfermedad invisible.
En la mesa de los guerreros irlandeses, donde el aire siempre olía a licor y camaradería, Fergus Mac Róich soltó una carcajada al verla pasar.
—¡Heh!
¿Quién lo diría?
La reina de la extinción… ¡sirviendo bandejas!
—dijo, golpeando a Cu Chulainn en el hombro con una sonrisa burlona.
Diarmuid, más refinado, levantó una ceja mientras bebía su café.
—Dicen que hay alguien nuevo en su cuarto.
Alguien que ella… cuida.
—¿Cuida?
—se burló Cu—.
¿O será que él la cuida a ella?
—No, no —Fergus rió con fuerza—.
¡Si es capaz de hacerla moverse por él, debe ser más peligroso de lo que parece!
Imagínense… ¡domar a una mujer como esa!
Se rieron.
El sonido era fuerte, pero hueco.
Ignoraban la verdad.
No sabían que, si alguien dominaba en esa relación, no era Tn.
Y si alguien estaba encadenado, no era Altera.
Ella escuchó.
Por supuesto que lo hizo.
Su oído era fino.
Pero no reaccionó.
No se giró.
No les dio el gusto de una mirada.
Solo siguió caminando.
Con la misma calma con la que destruyó civilizaciones enteras.
Con la misma frialdad con la que borró imperios.
Hasta que llegó a la puerta.
Una última mirada a la comida.
Lo suficiente para que Tn comiera bien.
Demasiado, quizás, para un solo humano.
Pero no era solo comida.
Era una ofrenda.
Un tributo.
Un acto de afirmación.
Él le pertenecía.
Y ella era la que lo alimentaría.
La que lo mantendría vivo.
La que lo sostendría, aun si sus dedos se manchaban de sangre para lograrlo.
Con ese pensamiento, desapareció del umbral, rumbo a su habitación.
Tras ella, los murmullos crecían.
Risas.
Suposiciones.
Algunas morbosas.
Otras respetuosas.
Todas equivocadas.
Y el aire en la cafetería se volvió más pesado.
Como si la sombra de una espada invisible se hubiera quedado flotando.
La espada llamada Altera.
El clic metálico del seguro se soltó con un leve chasquido cuando Altera regresó a la habitación.
Cerró la puerta sin mirar a Tn.
Sus ojos estaban fijos en la bandeja que sostenía.
La dejó con cuidado sobre la mesa pequeña.
Los platos crujieron ligeramente, chocando entre sí.
Tn aún estaba en la cama, medio cubierto por las sábanas revueltas, con la correa descansando flojamente en su cuello.
Pero esa calma no duró.
—Ven —ordenó Altera, sin levantar la voz.
Tiró de la correa con un gesto lento pero firme, y Tn cayó con torpeza al suelo, sus manos amortiguando la caída sobre la alfombra áspera.
El tirón no fue violento, pero sí claro.
Inevitable.
Ella lo guió arrastrándolo hacia la mesa.
Como un amo que pasea a su mascota.
Tn se sentó sobre sus rodillas frente al plato de comida.
Sus ojos recorrieron los elementos: fruta fresca, carne humeante, pescado decorado, y dulces.
Todo se veía… normal.
Humano.
Agradable, incluso.
Una parte de él suspiró.
Al menos se veía comestible.
Alzó la mano para tomar uno de los cubiertos… pero el tirón lo detuvo en seco.
—No —dijo Altera, desde la silla.
Estaba justo frente a él, sentada con las piernas cruzadas.
Su expresión era neutra, pero sus ojos brillaban con una emoción que Tn no terminaba de entender.
Fascinación, tal vez.
O estudio.
Ella acercó una pequeña porción de carne a su boca con los dedos.
No con los suyos: con los de él.
Los tomó, los envolvió en su palma, y lo guió.
Tn tragó saliva.
Abrió la boca.
El bocado fue depositado sin violencia, pero con una precisión ritual.
—Vi esto una vez —murmuró ella, sin mirarlo directamente—.
Un amo alimentando a su perro.
Era algo tan extraño… y cálido.
Sus dedos acariciaron el borde de su mentón con torpeza, como si intentara copiar lo que alguna vez observó en silencio y sin entenderlo del todo.
—No lo comprendía —continuó—.
Pero… ahora creo que puedo imitarlo.
Tomó un poco de fruta esta vez.
La sostuvo con dos dedos y la llevó a sus labios.
—Tú serás el perro.
El bocado fue suave.
Dulce.
Casi melancólico.
Como la imagen que había descrito.
—Y yo… el amo.
Tn tragó sin decir nada.
Pero su respiración se volvió más pesada.
No por temor.
Sino por esa vieja resignación familiar.
Aquella sensación de que lo que él deseaba poco importaba en las relaciones que tejía el destino.
Siempre era arrastrado.
Siempre acababa al lado de una fuerza mayor que él.
Y, sin embargo, allí estaba.
Siendo alimentado, bocado a bocado, por una mujer que lo veía como algo que debía conservar.
No solo por deseo, sino por necesidad.
Ella se inclinó un poco más.
Su aliento rozó la frente de Tn mientras le ofrecía un trozo de pescado.
—Eres mío —susurró.
Y Tn, por alguna razón, no pudo negar esa afirmación.
No del todo.
No mientras seguía de rodillas.
No mientras seguía recibiendo alimento de su mano.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com