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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 3

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Capítulo 3: Quetzalcoatl (fgo)

Advertencia ⚠️ ⚠️ Futuro contenido para mayores 18 leer bajo su propio criterio

La batalla rugía en los pasillos dorados de Babilonia. El estruendo de espadas y magia llenaba el aire, mientras los Guardianes de Gilgamesh caían uno tras otro ante la imparable fuerza de Quetzalcoatl. La diosa serpiente avanzaba como una tormenta, su imponente figura envuelta en la luz cálida del sol mexicano que parecía brotar de su cuerpo. Su espada, *macuahuitl*, cortaba el aire con una precisión mortal, destrozando los cuerpos de los guardianes de uruk y haciendo que la arena dorada del suelo se tiñera de rojo.

A cada paso, su sonrisa se hacía más amplia, no porque disfrutara de la violencia, sino porque cada victoria acercaba su objetivo: su encuentro con *Él*. Ese ser tan extraño y fascinante que había comenzado a ocupar sus pensamientos. Pero mientras la batalla continuaba, su mente divagaba, y su corazón se llenaba de una curiosa inquietud. ¿Estaría *Él* observando? ¿Estaría *Él* orgulloso de sus victorias?

El sol se ocultaba lentamente cuando una figura llamó su atención en medio de la destrucción. Un hombre. De complexión atlética, con el rostro sudoroso y una expresión llena de determinación, sostenía una antorcha en una mano y, con la otra, intentaba empujar a la multitud de civiles hacia un callejón seguro, lejos del caos de la batalla. Al principio, la diosa no lo notó más allá de un simple mortal más entre la multitud, pero algo en sus movimientos la detuvo.

El hombre no se detenía, no huía. A diferencia de todos los demás que intentaban escapar del peligro, él corría al revés, hacia el infierno mismo. No le importaba que los guardianes de Gilgamesh fueran derrotados en masa ni que su vida estuviera en riesgo. Estaba ayudando a los demás. Estaba luchando por algo que no era suyo, por la vida de aquellos a quienes ni siquiera conocía.

Quetzalcoatl observó con creciente fascinación. Ese hombre, con su aire de desamparo y valentía, le resultaba… extraño. En su mundo, la debilidad humana nunca había sido vista como algo digno de admiración. Pero este… este hombre *sentía* algo por los demás. Su bondad la desconcertaba, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella despertaba. Era una emoción que nunca había experimentado por otro ser humano. Era una fascinación que se convertía rápidamente en algo más.

Con un simple movimiento de su arma, Quetzalcoatl derribó a varios guardianes que intentaban bloquear el paso del hombre. La batalla se calmó momentáneamente, y el agricultor, sin darse cuenta de la magnitud de lo que acababa de suceder, continuó su camino hacia el refugio de los civiles. Quetzalcoatl lo siguió desde las sombras, su mirada fija en él, como si no pudiera apartarse de su figura.

Al final del callejón, el hombre se detuvo a respirar profundamente, apoyando las manos en sus rodillas. Sus ropas, antes simples y de un color azul opaco, estaban ahora empapadas en sudor y sangre. Su rostro reflejaba agotamiento, pero también una feroz determinación. En ese instante, Quetzalcoatl apareció ante él, descendiendo del cielo con una gracia imponente.

“¿Por qué arriesgas tu vida por otros?”, preguntó Quetzalcoatl, su voz dulce pero cargada de una intensidad que solo ella podía proyectar.

El hombre, sorprendido y desconcertado, dio un paso atrás, sin saber cómo responder. Quetzalcoatl se acercó lentamente, sus ojos esmeralda brillando con un fulgor casi depredador.

“No entiendo”, continuó ella, su tono casi juguetón pero con una leve preocupación. “Los humanos siempre han sido tan… frágiles. Y tú… tú no eres un héroe. ¿Por qué te sacrificas por ellos?”

El agricultor, con una respiración irregular, la miró, y por un momento, pensó que lo que veía era solo un sueño. Una mujer tan hermosa como peligrosa, con una presencia que le helaba la sangre. Sin embargo, su corazón le dijo que debía ser valiente, que no debía ceder al miedo.

“Porque… no puedo hacer otra cosa”, dijo él, con un tono de sinceridad inquebrantable. “Las personas, aunque sean débiles, merecen vivir. No puedo quedarme de brazos cruzados mientras los demás sufren. Si todos tomáramos el mismo camino, quizás el mundo sería diferente.”

Quetzalcoatl se quedó en silencio, su mirada fija en él, como si intentara leerlo por completo. Había algo en sus palabras que tocaba algo profundo dentro de ella. Algo que, hasta ese momento, había estado sellado. Su corazón latía de manera extraña, como si le pidiera más, como si estuviera ansioso por algo que aún no entendía.

“Interesante”, murmuró, sonriendo de una manera que podría parecer amable a cualquier otro, pero en sus ojos brillaba una oscuridad palpable. “Tal vez no seas tan insignificante después de todo, humano.”

El agricultor, confundido pero intrigado, la observó mientras ella comenzaba a alejarse.

“Nos volveremos a ver”, dijo ella con voz suave pero llena de una promesa siniestra. “Te estaré observando.”

Y con eso, desapareció en la oscuridad, dejando tras de sí una sensación inquietante. El agricultor no sabía por qué, pero algo en su interior le decía que su vida ya no sería la misma.

Quetzalcoatl había encontrado a alguien de su atención, alguien que había despertado en ella una emoción que nunca había experimentado: el deseo de proteger… pero también de poseer. Y eso, en su mente, significaba que el destino de ese humano estaba, de alguna manera, ya marcado.

El amanecer había comenzado a despuntar en el horizonte cuando Tn despertó de su agitada noche de insomnio. El humo aún se alzaba en espiral sobre las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar. La quietud de la mañana solo era interrumpida por el lejano rugido de las bestias de Tiamat, quienes se deslizaban por las tierras en busca de caos y destrucción. Su pequeño poblado, el lugar donde había vivido toda su vida y trabajado la tierra con sus manos, ya no existía.

La tragedia lo había alcanzado con furia. Tiamat, la madre de todos los monstruos, había lanzado a sus bestias para arrasar la ciudad, y ahora, todo lo que Tn conocía se había desmoronado ante la inmensa fuerza de los dioses. La furia de la Madre Tierra había borrado de un solo golpe lo que había tomado años para que él construyera.

Con el corazón apesadumbrado pero determinado, Tn tomó su único bolso con algunas provisiones y se preparó para lo que debía ser su próximo paso: unirse a la resistencia en Uruk. Había oído rumores sobre la preparación de Gilgamesh para enfrentar a Tiamat, y la necesidad de defender a la humanidad lo impulsó a dejar atrás lo poco que quedaba de su vida.

Sin embargo, antes de llegar a Uruk, decidió descansar en un rincón apartado, cerca de unas antiguas ruinas en lo profundo de la selva. El calor de la jungla lo envolvía, y los sonidos de la vida salvaje resonaban a su alrededor. Era un lugar tranquilo, apartado del ruido de la guerra, y necesitaba reunir fuerzas antes de la siguiente etapa de su viaje. En ese momento, no sabía que alguien lo observaba desde el cielo.

Desde lo alto, sobrevolando la selva con majestuosidad, Quetzalcoatl lo veía. Montada sobre su dinosaurio volador, un *Quetzalcoatlus* de enormes alas extendidas, su figura se recortaba contra el cielo. La diosa serpiente observaba al hombre sin ser vista, flotando en el aire como una sombra que desafiaba la gravedad. Un brillo curioso y casi infantil llenaba sus ojos mientras observaba a Tn, quien descansaba cerca de las ruinas.

“Humano… qué ser tan fascinante”, murmuró Quetzalcoatl mientras recorría el cielo, balanceándose ligeramente sobre su montura. Su risa, que solía resonar en los vientos del desierto, se desbordó con entusiasmo. “¡Mira cómo se esfuerza, como si no tuviera más que su cuerpo y su alma para enfrentar el mundo entero! ¡Eso es… tan emocionante!”

Quetzalcoatl se mantenía oculta, pero no podía apartar los ojos del hombre que, a pesar de todo, continuaba con su viaje. Su actitud lo intrigaba aún más: no temía, no se doblegaba ante la tragedia, sino que avanzaba. Era como si la esperanza de la humanidad misma residiera en sus manos, y eso tocaba algo profundo dentro de ella. Algo que ni siquiera ella comprendía completamente.

“¿Qué es lo que me atrae de ti, Tn?” La diosa murmuró, haciendo círculos en el cielo. “¿Es tu espíritu? ¿Tu humanidad? ¡Ay, esto es tan emocionante!” Su voz se elevó en un tono casi de éxtasis. “¡Sí, claro! ¡Eso es! Me fascinas, humano… tu pasión, tu valentía. ¡Voy a seguirte! ¡Voy a observarte de cerca, para ver qué tan lejos puedes llegar!”

Sin embargo, algo en su pecho comenzaba a incomodarla. Era una sensación que nunca había experimentado antes, una mezcla de curiosidad y algo más, algo que no podía entender completamente. Algo que quería explorar más profundamente.

Quetzalcoatl descendió lentamente, ocultándose entre las copas de los árboles, siempre manteniendo su presencia oculta. Mientras tanto, Tn, ajeno a su vigilancia, se encontraba descansando junto a unas viejas ruinas, con las piernas estiradas sobre el suelo cálido y la vista fija en el cielo, como si buscara respuestas en las nubes.

“¿Qué harás ahora, humano?”, se preguntó en voz baja Quetzalcoatl. “¿Seguirás corriendo hacia la oscuridad, hacia la ciudad de Uruk, donde los dioses mismos están luchando? ¿O acaso tienes algo más en mente? ¡Hmmm, qué emocionante es todo esto! ¡Te estoy observando!”

En ese momento, la figura de Tn se incorporó, sintiendo una extraña presión en el aire, pero no sabía de qué se trataba. Quetzalcoatl, sin embargo, no podía contener su entusiasmo.

“¡Quetzalcoatl, la diosa del viento y la luz, te observa! ¡Te sigo con todo mi ser, humano!” Su risa llenó el aire como un eco divino, resonando a través de la selva y el viento.

Tn, al escuchar el viento susurrando de manera extraña, se puso en pie. Su mirada se fijó en las copas de los árboles, pero no vio nada. No comprendía lo que sentía, pero una sensación inquietante lo invadió. Algo… o alguien, lo observaba. Algo lo estaba siguiendo.

“¿Quién…?” pensó para sí, pero antes de que pudiera terminar la frase, el cielo se oscureció por un momento. Algo pasó sobre él, como un susurro de la naturaleza misma.

Quetzalcoatl, desde su posición elevada, dejó escapar una risa baja y juguetona. “No te preocupes, humano. Estoy aquí… ¡pero por ahora, solo como observadora! No quiero arruinarte la diversión aún. Sin embargo…” Una sonrisa traviesa apareció en su rostro, “Si llegas a Uruk, si sigues avanzando con ese coraje… me encargaré de que nada te haga daño. ¡A tu lado, nada podría destruirte!”

Mientras el agricultor miraba hacia el cielo con una creciente sensación de incomodidad, Quetzalcoatl desapareció entre las nubes, dispuesta a seguirle, a protegerle… y a marcar su destino con su presencia.

“¡Nos veremos pronto, Tn!”, dijo con voz profunda y llena de emoción, “¡Nos veremos muy pronto!”

La jungla estaba en silencio, pero Tn no podía oírlo. Su cuerpo había colapsado por el agotamiento, y la oscuridad que lo rodeaba era todo lo que conocía. Durante días había luchado, resistido, pero el ataque de las bestias de Tiamat había sido demasiado. Aquel golpe brutal en la cabeza había sido el último empujón que su cuerpo no pudo soportar, y cayó al suelo, inconsciente, rodeado por la maleza y los ecos del peligro.

No obstante, el destino tenía otros planes para él.

Desde lo alto, el rugido celestial de una entidad divina cortó el aire. Un resplandor de fuego iluminó la selva. Quetzalcoatl descendió con una gracia sobrenatural, su figura imponente surcando el cielo como un rayo. Su espada de maya brillaba con un resplandor dorado intenso, cortando el aire con una precisión mortal. La diosa serpiente aterrizó con una explosión de energía en el centro del campo de batalla, y en un abrir y cerrar de ojos, destrozó a las monstruosas criaturas de Tiamat.

“¡No te preocupes, humano!” exclamó con voz firme y llena de una energía desbordante. “Te protegeré.”

Con un único movimiento de su espada, las bestias cayeron una a una. La furia de la diosa era imparable. Sus ojos esmeralda se contrajeron como las pupilas de una serpiente mientras su espada cortaba y destrozaba todo a su paso. En cuestión de segundos, las bestias ya no eran más que sombras caídas en el suelo, destrozadas por la fuerza inhumana de Quetzalcoatl.

El sonido de la batalla cesó. La selva, ahora en calma, estaba cubierta por los restos de las criaturas derrotadas. Quetzalcoatl, con la respiración tranquila y el rostro sereno, se acercó al cuerpo de Tn. Él yacía inconsciente en el suelo, vulnerable y herido.

Quetzalcoatl se agachó a su lado, su mirada fija en su rostro. Un sentimiento extraño, una mezcla de fascinación y algo más profundo, llenó su pecho. Lo observó con atención, evaluando cada rasgo de su rostro, cada detalle que la hacían humano. Algo dentro de ella comenzó a palpitar con fuerza. Quetzalcoatl no entendía por completo qué sentía, pero sabía que no podía dejarlo ir.

“Lo hiciste bien, Tn”, murmuró con suavidad, pasando sus dedos por su rostro. “Eres tan… valiente.” La diosa sonrió con suavidad, pero sus ojos brillaron con una intensidad inquietante. “Pero no puedes quedarte aquí. No… no puedo dejar que te pase algo más.”

Quetzalcoatl lo levantó con una facilidad, abrazándolo en sus brazos. La calidez de su cuerpo herido hizo que su corazón latiera con más fuerza, como si algo dentro de ella estuviera despertando. El sentimiento de poder que experimentaba al sostenerlo tan cerca la llenaba de una mezcla de orgullo y posesión.

“No lo puedo dejar,” murmuró para sí misma, mirando al hombre inconsciente que sostenía en sus brazos. “Te he estado observando desde lejos, Tn. Y ahora que te tengo… no dejaré que nadie más se acerque a ti. No quiero que te escapes de mí.”

Quetzalcoatl alzó la vista hacia el cielo, que comenzaba a oscurecer. Con un fuerte salto comenzo a alejarse del lugar. Tn seguía inconsciente, completamente entregado a sus brazos. La diosa voló por encima de la selva, dejando atrás las ruinas de la batalla. Saltando y moviendose rapidamente, cortaban el aire con facilidad mientras ascendía hacia otra dirección.

“Te protegeré, Tn”, murmuró mientras seguía moviendose, con una determinación que no dejaba lugar a dudas. “Pero lo que más quiero es mantenerte cerca de mí. Quiero que estés solo conmigo.”

Su sonrisa se amplió mientras miraba al hombre inconsciente en sus brazos. No solo lo había salvado, lo había tomado para ella misma, bajo su control. Su corazón palpitaba con una extraña emoción mientras lo sostenía. La suavidad con la que lo acariciaba, la intensidad de su mirada, todo se sumaba en una sensación de posesión, de necesidad. No importaba si él no lo entendía, no importaba si él no lo deseaba. Ella decidiría por él.

con una suavidad inquietante. “Nunca más volverás a estar solo.Estarás a mi lado”La ciudad de Uruk ya no era su destino. Ahora su único destino era Tn. Nada ni nadie podría interponerse en su camino.

“Te he elegido, Tn”, murmuró para sí misma, con la voz cargada de una mezcla de dulzura y una posesión inquebrantable. “Y no te dejaré ir. No… nunca más.”

Tn despertó lentamente, su cabeza aún pesando por el golpe que había recibido. El dolor lo golpeó, pero algo más lo hizo abrir los ojos. La luz era tenue, filtrada a través de lo que parecían ser grandes columnas de piedra y estructuras en ruinas. El aire olía a flores y frutos, una mezcla entre lo fresco de la selva y el aroma de la madera envejecida. No estaba en la jungla, ni en Uruk. No estaba ni siquiera cerca de los campos de batalla donde había estado luchando… estaba en algún lugar diferente. Un templo, quizás, o lo que quedaba de uno.

Confuso, intentó incorporarse, pero un dolor agudo recorrió su cuerpo. Miró alrededor, viendo el lugar desordenado, pero marcado por una extraña energía que parecía emanar de todo. La construcción, aunque antigua, era majestuosa. En la pared, había intrigado dibujos, no reconocía nada de eso.

De pronto, un sonido suave lo hizo volverse. La figura que apareció ante él era inconfundible, una silueta tan impresionante como la luz que la rodeaba. Quetzalcoatl.

La diosa de la serpiente lo observaba con una mezcla de dulzura y una fascinación casi predatoria. Su sonrisa era amplia, llena de algo tan genuino como peligrosa. Sus ojos brillaban con un poder sutil, pero el resplandor que emanaba de ella no era solo divino. Había algo más, algo que parecía magnetizarlo, atraerlo hacia ella sin que pudiera evitarlo.

“Te despiertas finalmente…” dijo Quetzalcoatl, su voz suave pero llena de una autoridad natural que solo una diosa podría tener. “No te preocupes, humano. Estás a salvo. Te he traído aquí para cuidarte, para que descanses. Aquí estarás a salvo, bajo mi cuidado.”

Tn parpadeó, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. ¿Cómo había llegado aquí? ¿Cómo había sido llevado hasta este templo tan lejos de Uruk y la selva? Miró a la diosa con desconfianza. Todo aquello le parecía surrealista. No podía confiar en ella.

“No…” dijo en voz baja, levantándose con esfuerzo. “¿Por qué me trajiste aquí? No necesito tu ayuda…”

Quetzalcoatl no se inmutó. Simplemente, caminó hacia él con una gracia hipnótica, sus pasos ligeros, pero firmes balanceando un poco sus caderas. Su presencia se hizo aún más imponente a medida que se acercaba, y el aire a su alrededor parecía cargarse de una energía indescriptible.

“Lo sé, lo sé”, dijo con una sonrisa traviesa mientras se agachaba frente a él. “Es difícil confiar en mí, lo entiendo. Soy… algo aterradora, ¿verdad?” Su voz se suavizó, y sus ojos brillaron con una calidez que solo parecía aumentar la intensidad de su presencia. “Pero no te preocupes, humano… *todo está bien*. Yo solo quiero lo mejor para ti.”

Tn intentó apartarse, pero algo en el tono de su voz lo detuvo. La manera en que lo miraba, la suavidad en sus palabras, la forma en que su presencia invadía cada rincón del templo, comenzaba a nublar su juicio. La desconfianza que sentía empezaba a disiparse, reemplazada por un sentimiento cálido, inexplicable… algo que no podía describir.

Quetzalcoatl sonrió aún más ampliamente, mostrando sus dientes afilados de forma encantadora. Su risa, suave y suave, llenó el espacio. Y fue entonces cuando algo comenzó a ocurrir. De su boca salió un pequeño hilo de humo morado, que se dispersó lentamente por el aire, envolviendo a Tn como una niebla seductora. El aire, de repente, estaba impregnado con una energía extraña.

Era como si la niebla lo atrapara, y con cada inhalación, una sensación de calma lo invadía, como si sus temores y dudas se desvanecieran en la nada. Quetzalcoatl observó con placer cómo Tn empezaba a relajarse, su expresión menos tensa, su cuerpo menos rígido. Un brillo encantador apareció en sus ojos mientras ella veía cómo el humano caía lentamente bajo su influencia.

“Es extraño, ¿no?” dijo con una voz que sonaba casi juguetona, pero también con una profunda satisfacción. “Lo que puedo hacer con mi… *encanto*. Un simple toque de mi, y pronto todo lo que sientes, todo lo que piensas, lo que temes, desaparece. Y en su lugar… solo queda la sensación de *confianza*.”

Tn, aunque todavía consciente de que algo no estaba bien, comenzó a sentir algo inexplicable. Su mente, que antes había sido escéptica y recelosa, ahora solo quería descansar en la seguridad de las palabras de la diosa. Algo dentro de él comenzaba a ceder, un suave tirón que lo acercaba más y más a Quetzalcoatl. Su resistencia se desmoronaba lentamente, y no sabía por qué.

La diosa acercó su rostro al suyo, con una expresión de satisfacción creciente. “No tienes que temerme, Tn. Yo solo quiero lo mejor para ti. Desde que te vi… supe que sería contigo con quien compartiría mi poder, mi vida. Eres *tan* especial.”

Tn sintió que su corazón latía más rápido, como si las palabras de Quetzalcoatl tuvieran un poder sobre él más allá de cualquier otra cosa que hubiera experimentado. Sus ojos dorados brillaban como estrellas y, de alguna manera, sentía que el mundo entero desaparecía cuando ella lo miraba. Ya no tenía miedo, ya no se sentía extraño. Ahora solo deseaba estar cerca de ella.

Y Quetzalcoatl, al ver cómo el humano caía cada vez más bajo su influencia, sonrió ampliamente, satisfecha. “Eso es… Quédate conmigo, Tn. No importa lo que pase, no importa lo que digan los demás. Solo tú y yo. Siempre.”

El humo morado comenzó a disiparse, pero lo que quedaba en el aire no era solo magia; era el sentimiento profundo de posesión, de cariño… de amor… que la diosa sentía por el humano.

“Finalmente estás conmigo, Tn…” dijo Quetzalcoatl, su voz ahora casi un susurro. “Y nadie, nunca, podrá separarnos.” le dio un tierno beso al humano haciendo que se recostaba más cerca.

Los días pasaron en la tranquila y aislada selva, donde el templo antiguo, custodiado por Quetzalcoatl, se convirtió en un refugio para Tn. La diosa, con su poder y su misterioso encanto, lo había cuidado de manera constante, y cada vez que él despertaba, la calidez de su presencia lo envolvía, apaciguando sus miedos y dudas. Aunque Tn no comprendía por completo lo que estaba sucediendo, la figura de Quetzalcoatl se había vuelto imprescindible para él. La diosa había llenado su vida de una sensación de seguridad, pero también de posesión, algo que ya no podía negar en su corazón. Era como si ya no pudiera estar lejos de ella.

Mientras tanto, en otro rincón del mundo, las autoridades de Chaldea seguían su misión de restaurar la humanidad. Habían detectado una anomalía en la selva donde Quetzalcoatl había dejado su rastro, y el equipo fue enviado para investigar. Ritsuka Fujimaru, el maestro (incompetente) de Chaldea, acompañado por Mash Kyrielight, Ana, Merlin, y Jaguar Warrior, se desplazaban hacia el sitio donde se encontraba la diosa.

La misión era clara: encontrar a Quetzalcoatl, convencerla de unirse a su causa y, si fuera necesario, traerla de regreso a Uruk para combatir la amenaza de Tiamat y restaurar el equilibrio del mundo. Pero sabían que la tarea no sería fácil. Quetzalcoatl era una de las figuras más poderosas y complejas que habían encontrado en sus viajes. La diosa serpiente no era alguien que simplemente se uniera a ellos sin más.

El equipo se adentró en la espesa selva, sus pasos firmes pero cautelosos, hasta llegar al templo. De lejos, la estructura parecía imponente, pero había una atmósfera extraña que flotaba en el aire, como si el lugar estuviera impregnado de algo sobrenatural. Cuando finalmente llegaron, se encontraron con Quetzalcoatl, de pie ante el templo, su presencia tan imponente como siempre. Ella los observó con su característica sonrisa, pero sus ojos esmeralda no mostraban la calidez que Ritsuka y los demás esperaban encontrar.

“¿Qué es lo que quieren de mí?” preguntó la diosa, su tono calmado pero con una firmeza inquebrantable. Su espada de maya resplandecía a su lado, pero no parecía amenazante, sino como una extensión de su propio ser.

Ritsuka dio un paso al frente, sintiendo una extraña mezcla de respeto y tensión. “Quetzalcoatl, hemos venido a pedirte que te unas a Chaldea. Necesitamos tu poder para luchar contra Tiamat y restaurar la humanidad. Te necesitamos.”

Quetzalcoatl lo miró en silencio, sus ojos evaluándolo, casi como si estuviera considerando sus palabras, pero la respuesta fue rápida y cortante.

“No, no me interesa unirme a ustedes”, respondió ella, su voz fría y definitiva. “No tengo nada que ver con ustedes ni con sus guerras.” Parte verdad parte mentira, tenía algo mucho más que cuidar.

Merlin, siempre persuasivo y con su peculiar encanto, intervino con una sonrisa juguetona. “Pero, querida Quetzalcoatl, ¿no ves lo que está en juego? La humanidad podría desaparecer. Necesitamos tu ayuda. Tu poder podría cambiar el destino de todos.”

Quetzalcoatl desvió su mirada hacia él, y su expresión se volvió aún más distante. “No me interesa salvar a la humanidad. No me interesa pelear con ustedes, ni con nadie. Mi único interés es… algo mucho más cercano a mí.” Dijo esto sin rodeos, como si la respuesta ya estuviera dada de antemano.

“Pero…” comenzó Ritsuka, sin saber cómo continuar. “¿Por qué rechazar la oportunidad de salvar a todos?”

“Porque *yo* ya tengo lo que quiero”, interrumpió Quetzalcoatl, su tono más duro, como una advertencia. “Y no tengo intención de compartirlo.”

Con esas palabras, la diosa dio media vuelta y comenzó a alejarse, desatando una sensación de impotencia en el equipo. Mash, preocupada, intentó acercarse un poco más, pero Quetzalcoatl simplemente levantó una mano en señal de silencio.

“Déjenme en paz”, dijo, sin girarse. “No busquen más. No soy su aliada.”

El equipo observó cómo la diosa desaparecía entre las sombras del templo. Cuando pensaron que todo estaba perdido, un holograma apareció repentinamente frente a ellos: el Professor Romani, el director de Chaldea.

“Ritsuka, Mash… ¿qué está pasando? ¿Por qué no la han convencido?” preguntó Romani, su rostro reflejando preocupación.

“Quetzalcoatl se ha negado a unirse a nosotros”, dijo Ritsuka, frustrado. “No parece interesada en la causa de Chaldea.”

Romani suspiró y le pidió que se acercaran más al templo, aún sin entender la razón detrás de su rechazo. “¿Por qué se niega? ¿No es la salvación de la humanidad algo que le importa?”

Pero, en ese momento, algo extraño sucedió.

A lo lejos, en la oscuridad del templo, Quetzalcoatl había llegado a su morada privada. El gran salón, estaba envuelto por una atmósfera cálida y protectora. En el centro del templo, en una cama improvisada, Tn dormía profundamente, como siempre lo hacía desde su llegada. Quetzalcoatl se acercó a él en silencio, su rostro suavizándose, como si todo su ser estuviera imbuido por el deseo de protegerlo.

La diosa se agachó a su lado, acariciando suavemente su rostro. Cuando sus dedos tocaron la piel de Tn, una sonrisa tranquila se dibujó en sus labios, pero en sus ojos brillaba una obsesión inquietante.

“Él es mío”, murmuró para sí misma, su voz suave pero cargada de una intensa posesión. “Y nadie lo tomará de mí. Ni siquiera ellos.”

Quetzalcoatl, sin pensarlo dos veces, abrazó a Tn con ternura, sosteniéndolo contra su pecho mientras lo arrullaba en su regazo. Sus cabellos dorados brillaban a la luz tenue, y su rostro reflejaba una profunda satisfacción al tenerlo cerca. Cerró los ojos, respirando profundamente, disfrutando de la sensación de su cuerpo contra el suyo.

“Te cuidaré, Tn”, susurró, con la suavidad de una amante. “Eres todo lo que necesito. Y nadie, ni siquiera Chaldea, podrá separarnos. Estaré a tu lado, siempre.”

En ese momento, Quetzalcoatl cerró los ojos y exhaló lentamente, liberando una pequeña nube de humo morado que salió de su boca. Este humo se esparció lentamente por la habitación, creando una atmósfera que rodeaba a Tn y a la diosa, sumiéndolos en una paz inquietante.

“El mundo puede caerse a pedazos, pero tú y yo, Tn, siempre estaremos juntos”, murmuró ella, abrazándolo aún más fuerte.

Mientras los miembros de Chaldea seguían fuera del templo, sin comprender la magnitud del rechazo de la diosa, Quetzalcoatl ya había tomado su decisión. Había encontrado lo que más deseaba: alguien a quien amar y proteger, alguien que ahora era *solo suyo*.

El sol comenzaba a ponerse en el horizonte, y la selva, aunque misteriosa y peligrosa, parecía calmada. El equipo de Chaldea, liderado por Ritsuka, había vuelto a acercarse al templo de Quetzalcoatl, pero esta vez con la firme determinación de enfrentar a la diosa. A pesar de que el rechazo de Quetzalcoatl había sido claro y contundente, Ritsuka no podía permitirse abandonar la misión. La humanidad estaba en peligro, y no podía permitir que la diosa se mantuviera al margen.

“Si no podemos convencerla, entonces tal vez debamos *desafiarla*,” dijo Ritsuka con una resolución tensa. “Debemos hacerle entender lo importante que es su ayuda. Si ella está tan preocupada por su humano, entonces tal vez eso nos dé una oportunidad.”

Mash, siempre cautelosa, lo miró con una mezcla de duda y preocupación. “Senpai, no sabemos a lo que nos enfrentamos. Quetzalcoatl es una de las entidades más poderosas que hemos encontrado. Y… bueno, ya has visto cómo ha reaccionado antes.”

Pero Ritsuka estaba decidido. Sabía que solo si la diosa se unía a su causa podrían derrotar a Tiamat. “Lo haremos con cautela. Solo… necesitamos que vea que estamos de su lado.”

Con esa determinación, el grupo se adentró nuevamente en la selva, hacia el templo que ya parecía menos acogedor y más imponente con cada paso. Al llegar, la puerta de piedra se abrió ante ellos como si ya los estuviera esperando. Sin embargo, no sabían lo que les esperaba dentro.

Quetzalcoatl, como si estuviera observando todo desde el principio, estaba allí, en el centro del templo, completamente ajena a su entrada. En sus brazos yacía Tn, profundamente dormido, con una expresión relajada y pacífica en su rostro. Quetzalcoatl lo sostenía con ternura, sus dedos acariciando suavemente su cabello mientras le susurraba palabras suaves que solo él podía oír.

“Eres todo lo que quiero, Tn. Nunca dejaré que nadie te arrebate de mis brazos…” murmuraba la diosa, completamente absorta en su humanidad.

Sin embargo, la tranquila escena fue rota cuando el equipo de Chaldea irrumpió en el templo, con Ritsuka al frente, decidido a convencerla por cualquier medio. Su mirada se fijó en Quetzalcoatl, pero lo que vio en sus brazos lo dejó completamente atónito.

Ahí estaba Tn, en un sueño profundo, completamente entregado a los cuidados de la diosa. Quetzalcoatl lo sostenía con una mirada tan protectora y posesiva que era imposible ignorarlo. Pero eso no fue lo que causó el mayor impacto. La diosa los observó en silencio, y el silencio en el aire se volvió cargado de tensión.

“¡¿Qué hacen aquí?!” la voz de Quetzalcoatl retumbó por todo el templo, tan poderosa y aterradora que hizo que todos se detuvieran en seco. Su mirada, antes suave y amorosa hacia Tn, se endureció al instante, transformándose en furia. “¡¿Cómo se atreven a entrar en mi templo sin permiso?! ¡¿Cómo osáis interrumpir mi tiempo con *él*?!”

Ritsuka, sorprendido y algo asustado, intentó mantenerse firme. “Quetzalcoatl, te pedimos disculpas, pero necesitamos tu ayuda. El mundo está en peligro, y Tiamat…”

“No me importa *Tiamat*,” interrumpió ella con fuerza, sus ojos brillando con furia. “No me importa lo que esté pasando en el mundo. Lo que me importa es *él*.” Con un movimiento brusco, Quetzalcoatl estrechó aún más a Tn contra su pecho, como si quisiera marcar su territorio. “¡Lo *necesito* conmigo, no con ustedes!”

El equipo de Chaldea se quedó en silencio, completamente desconcertado por la intensidad de su reacción. Pero fue Jaguar Warrior quien, sin dudar, dio un paso adelante, enfrentando a la diosa con una postura nerviosa pero firme.

“ku-ku,” dijo Jaguar Warrior, usando un tono que no era ni desafiante sino sumiso. “Por favor, contén tu ira. Se lo importante que es ese humano para ti, pero también sabemos lo importante que eres para el mundo. Necesitamos tu ayuda para detener a Tiamat. Si no lo hacemos, todo lo que has construido, todo lo que amas, desaparecerá.”

La diosa serpiente levantó la vista, mirándola con una intensidad que hizo que Jaguar Warrior se sintiera como si estuviera ante una tormenta. Sin embargo, la guerrera no se dejó intimidar. Ella sabía que Quetzalcoatl no era solo un monstruo de poder, sino una figura que también podía comprender la responsabilidad, aunque a su manera.

“*Kuku*,” dijo Quetzalcoatl, un tono casi afable pero claramente cargado de frustración en su voz. “Esas palabras… no sirven aquí. No sé cómo podríais hacerme entender algo así. No tengo interés en salvar al mundo. Mi único interés está aquí, con él,” dijo, mirando nuevamente a Tn en sus brazos.

Pero Jaguar Warrior no se rindió. “Sé que lo amas, Gran kuku , pero si Tiamat gana, no quedará nada para que *él* proteja. Ni siquiera tú podrás salvarle entonces.”

La diosa calló por un momento, su mirada bajando a Tn, que seguía durmiendo en sus brazos. La suavidad de su expresión volvió brevemente, y su rostro se llenó de una mezcla de tristeza y determinación. Finalmente, soltó un suspiro largo, como si estuviera tomando una decisión interna.

“Lo sé,” murmuró, casi para sí misma, pero suficientemente alto como para que el grupo la escuchara. “Lo sé… pero *él* es mío, y nadie lo tomará de mí. Pero…” Sus ojos dorados se levantaron hacia ellos con un brillo peligroso. “Si realmente necesitan mi ayuda, tendrán que demostrarme que son dignos de ella.”

“¿Cómo?” preguntó Ritsuka, sin atreverse a dar un paso más, sabiendo que cualquier error podría desatar la furia de la diosa.

Quetzalcoatl lo miró fijamente, y una sonrisa juguetona pero peligrosa apareció en su rostro. “De una manera muy simple. Deberán demostrarme que tienen la fuerza para mantenerlo a salvo, que pueden protegerlo *como yo lo hago*.”

En ese momento, la presión en el aire se hizo aún más intensa. La diosa estaba ofreciendo una oportunidad, pero a su manera. Quetzalcoatl no iba a unirse solo porque se lo pidieran; ella quería saber que ellos tenían la capacidad de proteger a Tn, alguien que había llegado a ser más que solo un humano para ella.

“Así que, *si realmente quieren mi ayuda*, tendrán que probar que pueden ganarse mi confianza,” dijo con una sonrisa desbordante de poder. “Y, por supuesto, si fallan… no les quedará más opción que irse.”

Ritsuka, Mash y el resto del equipo se miraron entre ellos, comprendiendo que su desafío no había hecho más que comenzar.

La atmósfera dentro del templo era tensa, cargada de una presión palpable. El equipo de Chaldea, a pesar de la desconfianza de Quetzalcoatl, se mantenía firme. Ritsuka, Mash, Jaguar Warrior y Merlin se preparaban para lo que fuera necesario, sabiendo que la diosa serpiente no iba a hacerles un favor por simple bondad. Quetzalcoatl, con su presencia tan imponente como siempre, los observaba detenidamente.

“¿Qué están esperando?” preguntó Quetzalcoatl con una sonrisa astuta, mientras se acomodaba en su posición con Tn aún en brazos. “Creen que pueden ganarme, ¿verdad? ¿Piensan que pueden *demostrarme* que son dignos de mi ayuda?”

Merlin sonrió con su típica confianza. “Lo cierto es que no estamos aquí para demostrarte nada, Quetzalcoatl. Estamos aquí porque *necesitamos* tu ayuda, y ya sabes lo que está en juego.”

“Lo sé muy bien,” respondió la diosa, sus ojos brillando con intensidad. “Pero la única manera en que demostrarán que son dignos es enfrentándose a mí.”

Ritsuka dio un paso al frente, con una expresión decidida. “Quetzalcoatl, ¿realmente crees que esto es lo que *él* querría? ¿Que lo dejes a un lado y nos ignores mientras el mundo está en peligro?”

La diosa lo miró fijamente, y por un breve instante, su rostro mostró un destello de duda. Pero inmediatamente se recuperó, su sonrisa de nuevo mostrando esa mezcla de desafío y diversión. “Aún no me convencen. Si desean mi ayuda, deberán luchar por ella.”

Y sin más, Quetzalcoatl desenvainó su espada de maya, una extensión de su poder divino, y la levantó con una rapidez fulgurante. Su presencia llenó el espacio con una sensación de peligro tan intensa que el aire mismo parecía temblar. Con un rápido movimiento, lanzó un ataque hacia el equipo de Chaldea, demostrando la enorme diferencia entre su poder y el de ellos. La explosión resultante hizo que el suelo temblara, y el equipo apenas tuvo tiempo de esquivarla.

En un abrir y cerrar de ojos, Quetzalcoatl había derrotado a cada uno de ellos sin esfuerzo. Mash fue la primera en caer, su escudo apenas desviando un ataque antes de ser arrojada hacia atrás por la fuerza del impacto. Jaguar Warrior intentó defenderse, pero sus esfuerzos fueron en vano; la diosa serpiente era demasiado rápida, aplicandole una llave de pierna para estrellar su cara contra el suelo. Merlin intentó usar su magia, pero antes de que pudiera conjurar siquiera un hechizo, Quetzalcoatl había cortado su conjuro con un simple movimiento de su espada (lo golpe en la cabeza). Ritsuka, aunque valiente, no tuvo oportunidad de enfrentarla. En un parpadeo, la diosa los tenía a todos derrotados en el suelo, con el único sonido que quedaba siendo el eco de su risa triunfante.

“¿Eso es todo lo que tienen?” Quetzalcoatl dijo con una voz burlona mientras miraba a los derrotados. “¿Realmente creían que podían desafiarme así?”

Pero cuando iba a ordenarles que salieran de su templo, fue Merlin quien, con una sonrisa que ocultaba algo más serio de lo que mostraba, habló con calma.

“Lo que no comprendes, Quetzalcoatl,” comenzó Merlin, “es que si Tiamat gana, *él* también sufrirá las consecuencias.” Señaló a Tn, que permanecía dormido en los brazos de la diosa. “El mundo se desmoronará, y todo lo que has estado protegiendo, todo lo que amas, también desaparecerá. Tn no será inmune a eso.”

Un silencio pesado llenó el templo. Quetzalcoatl, que había estado lista para hacerlos salir a la fuerza, se detuvo al escuchar esas palabras. Su mirada cambió de una expresión arrogante a una de duda por un breve momento. La idea de que Tn, el único ser que significaba tanto para ella, pudiera verse afectado por la destrucción del mundo la perturbó. Su control, hasta entonces tan firme, comenzó a tambalear. Los ojos dorados de la diosa reflejaron una inseguridad momentánea, algo que nunca había mostrado ante nadie.

“*Tn…*” murmuró para sí misma, como si el solo pensamiento de perderlo la hiciera vacilar.

Merlin, viendo su reacción, no dejó de insistir: “Si Tiamat triunfa, nadie estará a salvo, ni siquiera tú ni el mundo que has creado aquí. Necesitamos tu poder para detenerla. Necesitamos tu ayuda, Quetzalcoatl.”

Quetzalcoatl se quedó en silencio durante unos momentos que parecieron eternos. Finalmente, se acercó al equipo con paso lento, la espada en su mano todavía resplandeciendo. Observó a Tn en sus brazos y luego levantó la vista, encontrando en los ojos de Ritsuka una mezcla de esperanza y urgencia.

Suspiró profundamente y, con una mueca que parecía entre tristeza y aceptación, habló en voz baja. “Lo entiendo… pero *él* es mi prioridad. Si voy a ayudarles, será porque lo necesito también. Si Tiamat destruye el mundo, perderé todo lo que he estado protegiendo.”

Con un movimiento, Quetzalcoatl se agachó, acariciando el cabello de Tn una última vez antes de mirarlo con intensidad. El amor en sus ojos era obvio, pero también lo era la preocupación.

“*Te protegeré… siempre*,” susurró, más para sí misma que para cualquiera más.

Acto seguido, la diosa de la serpiente dio la vuelta, ya decidida. Caminó rápidamente hacia el altar donde Tn descansaba, tomando su cuerpo con cuidado, casi con ternura, y lo alzó en sus brazos como si fuera lo más valioso que poseía.

“Voy a llevarlo a Uruk,” dijo Quetzalcoatl con una firmeza renovada, su voz ya no tan desafiante, sino más determinada. “Si ustedes están dispuestos a enfrentar a Tiamat, entonces les ayudaré, pero en mis propios términos. No me separen de él, ni por un segundo.”

Sin darles tiempo a responder, la diosa se despidió de ellos con un gesto suave, un brillo decidido en sus ojos. Desapareció en un parpadeo, llevándose a Tn con ella en un resplandor llameante que iluminó el templo. Los miembros de Chaldea, aunque derrotados, comprendieron finalmente la magnitud de lo que acababa de ocurrir.

Ritsuka miró el lugar por donde Quetzalcoatl había desaparecido, con una expresión de alivio mezclado con preocupación. Sabía que la ayuda de la diosa sería crucial para detener a Tiamat, pero también sabía que su lealtad hacia Tn complicaría las cosas aún más.

Tras el largo y tenso viaje desde su templo en la selva, Quetzalcoatl, con Tn aún en sus brazos, llegó finalmente al Templo de Gilgamesh. El templo, imponente y lleno de tesoros invaluables, era un lugar de poder y orgullo, pero para Quetzalcoatl, lo que realmente importaba era la presencia de *Tn*. Su amor por él la mantenía alerta, y aunque la alianza con Chaldea era necesaria para derrotar a Tiamat, no podía dejar que nada ni nadie pusiera en peligro su vínculo con el humano que había decidido proteger.

Al llegar, el equipo de Chaldea comenzó a organizarse y discutir estrategias. La batalla contra Tiamat se acercaba y, aunque contaban con aliados poderosos, aún quedaban detalles por resolver. Sin embargo, no contaban con una presencia inesperada en el templo.

Siduri, una mujer de mirada cálida y ojos llenos de amabilidad, una de las asistentes más cercanas de Gilgamesh, había estado observando a Tn desde que el equipo llegó. Había algo en el joven humano que la cautivó de inmediato, una aura de vulnerabilidad y, a la vez, un profundo deseo de protección. Había algo misterioso en él que parecía atraerla. Siduri, conocedora de los complejos juegos del destino, no pudo evitar sentir una fuerte conexión con Tn, como si su presencia en el templo fuera señal de que debía estar a su lado.

Sin embargo, esa atracción no pasó desapercibida para Quetzalcoatl. En cuanto Siduri se acercó a Tn con la intención de hablar con él y conocerlo mejor, la diosa de la serpiente se tensó visiblemente. Aunque su sonrisa se mantenía, sus ojos reflejaban un creciente desdén. Para ella, Tn era suyo. Nadie, *absolutamente nadie*, debía acercarse a él.

Siduri, por su parte, mostró una sonrisa amable y se inclinó ante la diosa de la serpiente, como una muestra de respeto. “Parece que tu joven compañero está muy bien cuidado, Quetzalcoatl. ¿Quién es él?”

Quetzalcoatl apretó los dientes, sintiendo una punzada de celos recorrer su cuerpo. *Nadie lo tocaría. Nadie lo robaría de ella*. Pero, aunque su furia interna era evidente, se obligó a mantener la calma. “Es mi… compañero. Su nombre es Tn. Está bajo mi protección.”

Siduri no se dejó intimidar por la amenaza tácita que la diosa serpiente había emitido. En lugar de alejarse, se acercó a Tn, observando su rostro con una fascinación inusitada. “Qué ser tan intrigante. Me pregunto qué lo hace tan especial. Siento que hay algo en él que no puedo entender.”

Quetzalcoatl notó la admiración en los ojos de Siduri y, con un suave movimiento, usó su habilidad: su *encanto*. Una habilidad que no solo alteraba las emociones de los humanos, sino que los hacía confiar plenamente en ella. De inmediato, las palabras de Siduri se tornaron suaves, y la atracción que sentía por Tn se intensificó. Quetzalcoatl la observó mientras, poco a poco, la mujer comenzaba a mostrar signos de total fascinación por el joven humano.

“Él es más que especial,” susurró Quetzalcoatl con una sonrisa de dientes afilados, notando cómo el encanto empezaba a hacer efecto. “Pero, querida Siduri, quizás te gustaría… comprenderlo mejor desde la distancia. Yo me encargaré de él. Siempre será *mío*.”

Siduri, ahora un tanto confundida y embriagada por la presencia de Quetzalcoatl, asintió levemente, sin darse cuenta de cómo su voluntad comenzaba a estar influenciada por la diosa. “Sí… entiendo. Te agradezco por compartirlo conmigo. *Es un humano realmente fascinante*…”

Quetzalcoatl, satisfecha con el efecto de su habilidad, continuó observando a Siduri mientras la mujer se alejaba, sin saber que había caído bajo el control de la diosa. Quetzalcoatl no podía permitir que nadie más se interpusiera en su amor. Tn ya era parte de su vida, y lo sería para siempre. Ninguna otra mujer, ni siquiera Siduri, podría tomarlo de ella.

*

Durante los días siguientes, el equipo de Chaldea y los aliados en el templo comenzaron a formar su plan para detener a Tiamat. La amenaza de la diosa primigenia era cada vez más inminente, y todos sabían que la batalla final sería devastadora. Aunque la presencia de Quetzalcoatl fue de gran ayuda, su motivación seguía siendo una mezcla de proteger a Tn y su propio orgullo divino.

En esos días, Chaldea se preparaba para lo que sería su enfrentamiento más grande. Aunque el poder de Quetzalcoatl era esencial para su victoria, aún quedaban pruebas por superar.

La derrota de Gorgona, quien había estado causando estragos como uno de los sirvientes más poderosos de la clase Avenger, había sido una de las victorias más significativas para el equipo. Con la ayuda de los demás, lograron derrotar a Gorgona en una batalla complicada, y esa victoria les dio una pequeña esperanza. Sin embargo, sabían que Tiamat sería un desafío mucho mayor.

Ritsuka, Merlin, Mash y el resto del equipo de Chaldea se reunieron en una sala del templo de Gilgamesh para revisar sus estrategias. Quetzalcoatl, que había estado supervisando desde las sombras, se unió a la discusión, su presencia reconociendo la gravedad de la situación.

“*Gorgona* fue solo un obstáculo. Tiamat no caerá tan fácilmente,” dijo Merlin, con una sonrisa cautelosa. “Pero ahora sabemos que tenemos algo de ventaja. La clave estará en su debilidad: la energía primordial.”

“Sí, pero necesitamos a alguien que pueda enfrentarse directamente a ella,” comentó Ritsuka. “Y esa alguien, lo sabemos, eres tú, Quetzalcoatl. Pero también necesitamos la fuerza de todos nuestros aliados para derrotarla.”

Quetzalcoatl asintió, pero no pudo evitar mirar hacia Tn, que descansaba cerca de ella, como si su presencia fuera la única razón por la cual luchaba. *Él es la razón por la que todo esto vale la pena.* “Lo sé. Pero si voy a luchar, no me separaré de él. Él estará conmigo.”

Merlin, observando la dinámica entre ellos, no pudo evitar hacer una ligera broma. “Parece que el poder de Tiamat no es lo único que debemos temer… La protección de Quetzalcoatl hacia su querido Tn podría ser igual de peligrosa.”

Mash sonrió nerviosamente, mientras Ritsuka aprovechaba el momento para volver al tema serio. “Necesitamos actuar rápido. Si Tiamat destruye todo, no habrá forma de proteger a nadie, ni siquiera a *él*,” dijo, mirando a Tn con una mirada seria.

Quetzalcoatl se enderezó, poniendo toda su atención en el plan. “De acuerdo. Estaré lista cuando llegue el momento. Tiamat no sabe lo que le espera.”

*

La atmósfera en el templo se volvía más densa a medida que se acercaba el día del enfrentamiento. Tiamat estaba cerca, y Chaldea sabía que la batalla final estaba a punto de comenzar. La amenaza era real, y el futuro de la humanidad pendía de un hilo. Con el poder de Quetzalcoatl a su lado y la estrategia ya trazada, solo quedaba esperar el momento adecuado para enfrentarse a la diosa primigenia y salvar el mundo.

Pero Quetzalcoatl no podía evitar preocuparse, incluso mientras se preparaba para la lucha. Tn estaba a su lado, y nada ni nadie la separaría de él. Su amor por él era tan fuerte, tan absoluto, que nada podría quebrantar su determinación.

*El mundo podría caer, pero mientras yo tenga a Tn, nada más importa.*

Después de la ardua batalla contra Tiamat en Babilonia (inframundo), donde Quetzalcoatl y el equipo de Chaldea lograron finalmente derrotar a la diosa primigenia, la paz momentánea que siguió a la victoria fue aplastante en su quietud. Mientras los héroes celebraban la victoria, en lo profundo de su ser, Quetzalcoatl no podía dejar de sentir un vacío, una sensación indescriptible de pérdida, como si algo dentro de ella estuviera desmoronándose.

Tiemblen, heridos por el peso de la batalla, los restos de la energía primigenia de Tiamat comenzaron a disiparse en el aire. Quetzalcoatl observó en silencio mientras el portal hacia el futuro, hacia la salvación, comenzaba a cerrarse. De repente, sintió como si su poder se desvaneciera, como si la conexión con el mundo que había sido creada para proteger a Tn se desvaneciera. El campo de batalla, ahora tranquilo, se volvía silencioso e incierto.

Fue entonces cuando sintió una repentina y desgarradora sensación de pérdida. ¿Por qué no podía sentir la tierra como antes? ¿Por qué su conexión con el mundo parecía desvanecerse, como si todo lo que había hecho se desmoronara ante sus ojos?

Tn, el joven humano que tanto amaba, que había protegido a toda costa, estaba frente a ella, todavía tendido en el suelo, algo herido, pero vivo. Sin embargo, el hecho de que la batalla hubiera concluido significaba que sus destinos estaban llegando a una encrucijada. Algo dentro de ella le decía que él debía irse, que debía separarse de la diosa.

El pensamiento la aterraba.

“¡Tn!” Quetzalcoatl gritó con desesperación mientras corría hacia él. Sus manos temblaban mientras se acercaba y se arrodillaba junto a su cuerpo, abrazándolo fuertemente contra su pecho. “No… no me dejes… no ahora. No después de todo lo que hemos vivido.”

Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos dorados. Quetzalcoatl, una diosa de poder inigualable, la serpiente emplumada de las leyendas, estaba llorando. Su cuerpo entero temblaba mientras apretaba a Tn más cerca, con el miedo de perderlo arrebatándola por completo. No podía imaginar su existencia sin él. Había protegido al hombre que amaba, y ahora, después de todo, sentía como si lo estuviera perdiendo todo.

“Por favor…” murmuró entre sollozos. “No… no me dejes sola.”

En ese momento, Merlin apareció de la nada, con su habitual sonrisa en su rostro, aunque sus ojos reflejaban una preocupación genuina. Sabía que la situación con Quetzalcoatl era difícil. A pesar de su naturaleza divina, la diosa había mostrado su vulnerabilidad de una manera que nadie había esperado. La preocupación por Tn, por lo que significaba para ella, había eclipsado su capacidad de ver las posibilidades que se abrían ante ellos.

“Quetzalcoatl…” dijo Merlin con voz suave pero firme, acercándose a ella. “Sé que esto es difícil, pero aún hay una solución.”

Quetzalcoatl, al escuchar su voz, levantó la mirada hacia él, los ojos llenos de desesperación. “¿Qué quieres decir? ¿Cómo puede haber una solución si… si él está perdiéndose de mí? ¡¿Qué más puedo hacer?!”

Merlin la miró con una serenidad inquietante. “Lo que quiero decir, Quetzalcoatl, es que *Tn* no tiene por qué irse. Podría llevarlo a Chaldea. Si lo llevo allí, *podrán convocarte como un Servant*.”

Las palabras de Merlin llegaron como un rayo en la tormenta que atormentaba a la diosa. ¿Qué? ¿Convocarla como Servant? La idea parecía casi imposible, pero al mismo tiempo, se dio cuenta de que Chaldea tenía formas muy especiales de manejar a los Servants. Si Tn la convocara seguiría siendo suyo, pero al mismo tiempo, podría estar protegido, junto a ella.

“Chaldea…” repitió Quetzalcoatl, pensativa, acariciando el cabello de Tn, que seguía en sus brazos. “¿Es esa la respuesta? ¿Llevarlo a un lugar donde pueda estar seguro y a la vez seguir conmigo? ¿Como un Maestro?”

Merlin asintió. “Exacto. Allí, en Chaldea, podrías tener a Tn siempre a tu lado. Lo protegerías, pero también le darías la oportunidad. El hechizo de invocación podría llevarlo a ese futuro, y tú estarías con él. A través de los vínculos que existen en Chaldea, podrías mantenerlo cerca, a salvo, y… bueno, nunca más tendría que separarse de ti.”se estaba jugando el cuello al hacer esto pero, sería interesante ver como lidian con esto.

Quetzalcoatl, aunque aún atrapada en su ansiedad, comprendió que esto era lo único que podría mantener a Tn cerca sin que él desapareciera de su vida. Era la única solución que tenía sentido. Podría seguir protegiéndolo, seguir estando a su lado sin que su amor por él se viera amenazado.

“De acuerdo…” dijo finalmente, con una mezcla de dolor y alivio en su voz. “Haré lo que sea necesario. Lo llevaras a Chaldea.”

—

Días después, en Chaldea…

Tn despertó lentamente, sintiéndose desorientado, con el sonido de un suave pitido en sus oídos y una ligera sensación de incomodidad en su cuerpo. Abrió los ojos, sorprendéndose al ver que estaba en un lugar extraño, rodeado de pantallas, máquinas y luces brillantes. No era Babilonia. No era su hogar. Y lo más desconcertante: ¿Qué había pasado con Quetzalcoatl?

Unas manos suaves se acercaron a él, y Romani, el director de Chaldea, apareció junto a él con una sonrisa tranquilizadora.

“Ah, parece que ya despertaste, Tn,” dijo Romani con una calidez profesional, mientras revisaba algunos monitores cercanos. “¿Cómo te sientes? No te preocupes, estás a salvo. Estás en Chaldea.”

Tn, aún aturdido, trató de sentarse, pero se sintió algo mareado. “¿Chaldea? ¿Pero… qué… pasó?”

Romani, al ver la confusión en su rostro, se apresuró a tranquilizarlo. “No te preocupes. Pareces haber venido de un lugar muy lejano… un lugar llamado rhode Island , ¿correcto? Estuviste involucrado en el ataque y estuviste durmiendo durante bastante tiempo, pero ahora estás aquí, con nosotros. Estás seguro.”

Tn, aún tratando de ordenar sus pensamientos, asintió lentamente. A pesar de las extrañas circunstancias, algo le decía que, de alguna manera, debía aceptar la situación. Pero en su interior, algo faltaba, como si una parte de él estuviera incompleta, y no podía evitar preguntarse dónde estaba Quetzalcoatl.

Mientras tanto, en las sombras de Chaldea, Quetzalcoatl observaba desde lejos. Aunque su rostro mostraba una serenidad falsa, no podía evitar la sensación de *vacío* que recorría su pecho. Tn estaba allí, a salvo, pero ella todavía lo veía como suyo, y nada podría cambiar eso.

“Te protegeré… *siempre*,” susurró Quetzalcoatl, con su mirada fija en el joven humano mientras se apartaba lentamente.

El aire en Chaldea estaba cargado de incertidumbre cuando, por fin, Quetzalcoatl fue convocada. La diosa, quien había estado ausente en las sombras durante algún tiempo, apareció de repente ante los miembros de Chaldea, con su presencia deslumbrante y su energía vibrante que llenaba la sala. La ceremonia de invocación había sido exitosa, y allí estaba ella, fuerte como siempre, pero con un brillo inquietante en sus ojos esmeraldas.

Sin embargo, algo había cambiado. Quetzalcoatl ya no era solo la diosa serpiente emplumada que había conocido en Babilonia. Ahora, ella estaba completamente centrada en una única meta: Tn.

Nada más materializarse, la diosa comenzó a buscarlo, su mirada fija, fija en la única persona que realmente le importaba. Todos en Chaldea estaban ocupados con sus propios asuntos, pero Quetzalcoatl no veía a nadie más. No había otros aliados, no había enemigos, solo Tn.

Finalmente, lo encontró, tal como había esperado. El joven humano estaba en una sala cercana, atendido por el personal de Chaldea y tratando de adaptarse a su nueva vida en este mundo extraño. Quetzalcoatl no pensó dos veces antes de irrumpir en la habitación donde se encontraba.

“¡Tn!” Exclamó con una mezcla de alegría y desesperación, entrando sin previo aviso. La puerta apenas se cerró antes de que ella lo abrazara fuertemente, presionándolo contra su pecho, como si el mundo entero estuviera a punto de desmoronarse si lo dejaba ir.

Tn, algo confundido y aturdido, miró a la diosa con los ojos entrecerrados. “Quetzalcoatl… ¿qué…? ¿Por qué…?”

Pero no hubo tiempo para respuestas. Con un movimiento rápido, Quetzalcoatl usó su encanto divino, esa habilidad única que le permitía manipular las emociones humanas a su favor. La atmósfera en la habitación se llenó de una suave niebla morada, envolviendo a Tn en un torbellino de sensaciones cálidas y reconfortantes. La conexión entre ambos se selló una vez más.

Él, ahora completamente cautivado por su presencia, no pudo resistirse a la sensación de completitud que le envolvía. No podía entenderlo, pero en ese momento no importaba nada más. Estaba bien. Estaba con ella.

“Ya estamos juntos,” susurró Quetzalcoatl, con una sonrisa amplia y una chispa casi peligrosa en sus ojos. “Finalmente… todo es perfecto. Tú y yo, *siempre* juntos.”

La diosa no le dio tiempo a hablar más. Lo tomó suavemente de la mano y lo llevó hasta su cama. Sin decir palabra, se recostó junto a él, abrazándolo con fuerza, asegurándose de que Tn no pudiera escapar, mientras lo rodeaba con su cálido cuerpo y envolvía la habitación en una calma tensa, pero protectora.

“Mío… solo mío,” murmuró una y otra vez, como si repitiera un mantra, mientras sus dedos acariciaban lentamente el cabello de Tn. La paz que sentía en ese momento era absoluta. Quetzalcoatl no quería que nada ni nadie interfiriera, ni siquiera en sus pensamientos. Este mundo… su vida… todo era perfecto, mientras Tn estuviera a su lado.

—

Mientras tanto, en Avalon…

Merlin, el mago de las flores, observaba pensativo desde su refugio en Avalon. Los recientes acontecimientos lo tenían inquieto. Había sido él quien sugirió que Tn fuera traído a Chaldea. Había sido él quien había previsto que Quetzalcoatl sería un aliado valioso en la lucha contra las amenazas que acechaban la humanidad. Pero al ver la forma en que la diosa había actuado después de su invocación, no podía evitar sentirse un tanto culpable.

“¿Hice lo correcto?” se preguntaba, mirando al horizonte, donde la brisa acariciaba la hierba. “¿Debería haberme detenido antes de…? No sé…”

Pero en ese momento, fue interrumpido por una pequeña criatura que, sin previo aviso, saltó desde la oscuridad y aterrizó directamente en su cara.

Fou, el pequeño y travieso ser de múltiples formas —parte conejo, parte ardilla, parte gato—, gruñó de manera juguetona, mientras mordisqueaba la capa de Merlin y causaba un lío total.

“FOOOOOUUUUU FOUUUU KYYYYYYUIUUUU”

Traduccion: muere merlin.

“¡Hey! ¡Suéltame, pequeño demonio!” Merlin se quejó, mientras trataba de liberarse de la criatura, pero Fou no dejaba de saltar alrededor de su rostro y de morder su cara, como si tratara de arrancasela . “¿Sabes qué? Me estás distraído, ¿por qué no vas a molestar a alguien más?”

Fou, con su carita llena ira, emitió un pequeño sonido burlón y saltó, lanzándose hacia la pared con la misma energía que siempre lo caracterizaba. Aunque sus acciones parecían caóticas, en su interior, Fou representaba ese recordatorio constante de que, a veces, las cosas no siempre son lo que parecen. Las decisiones no siempre tienen respuestas simples.

Merlin, tocándose la frente, suspiró, consciente de que la situación en Chaldea, aunque llena de complejidad, estaba más allá de su control. Quetzalcoatl y Tn estaban juntos, y no había vuelta atrás.

—

Mientras tanto, en Chaldea…

Quetzalcoatl, abrazada a Tn, sonrió satisfecha, completamente ajena a las complicaciones que se desarrollaban en Avalon. Su mundo ahora giraba solo en torno a él. Y mientras sus ojos dorados brillaban con satisfacción, murmuraba para sí misma, repitiendo una y otra vez.

“Finalmente estamos juntos… nadie nos separará. Ningún dios, ningún destino… solo tú y yo.”

—

FIN

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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