Waifu yandere(Collection) - Capítulo 30
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 30 - 30 lucifer Helltaker
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
30: lucifer Helltaker 30: lucifer Helltaker El infierno no arde como lo imaginas.
No es fuego eterno ni gritos sin fin.
Es burocracia.
Firmas.
Documentos que no terminan nunca.
Y en medio de todo eso… Lucifer.
Vestida impecablemente como siempre, con su traje negro entallado, camisa blanca sin una sola arruga, y su copa de vino eterno en la mano, Lucifer hojeaba papeles con un tedio sofisticado.
—¿Cuántas almas corruptas más hay hoy?
—susurró para sí misma mientras firmaba el contrato número 304 del día.
Su voz, aunque cansada, seguía siendo afilada como un cuchillo.
Fue entonces cuando una notificación distinta parpadeó en su escritorio.
📨 “Transición celestial inminente.
Alma tipo: Santa.
Origen: Humano.
Época: 2050.” Lucifer alzó una ceja.
—¿Santa?
¿En este siglo?
¿2050?
—repitió, casi divertida.
Cerró su carpeta con un chasquido elegante y se inclinó hacia la pantalla.
—Oh… Tn, ¿eh?
El archivo se abrió.
Nombre: Tn Edad al morir:00000 Causa de muerte: Ataque de feministas desquiciadas Pecados cometidos: Ninguno registrado Virtudes predominantes: Misericordia, Fe inquebrantable, Amor incondicional, Humildad Lucifer entrecerró los ojos.
Hacía siglos que no veía un registro así.
Ni siquiera los papas actuales tenían almas limpias.
Siempre había algo: ambición, deseo, duda.
La santidad real… se había extinguido hace mucho.
O eso creía.
—¿Una fe genuina?
En pleno siglo de realidad aumentada, guerras por IA y religiones plastificadas… ¿Tú decidiste creer de verdad?
Sintió algo que no había sentido en eones: curiosidad.
Levantó su copa de vino y dio un sorbo.
Se recostó ligeramente en su silla, dejando que la oscuridad de su oficina se tornara aún más densa.
El infierno no era un lugar donde la luz brillara… y sin embargo, esa alma… Brillaba.
—No puedo dejar que simplemente subas.
Necesito verte.
Necesito saber… ¿cómo puede alguien así seguir naciendo en un mundo que se ahoga en cinismo?
Movió su dedo sobre el teclado infernal.
🔒 Override celestial request.
Código 0666.
Acceso directo permitido.
Y sonrió.
Esa sonrisa que sólo Lucifer puede dar.
Tranquila, elegante… y peligrosamente interesada.
—Bienvenido al infierno, Tn.
Solo será una charla.
Una pequeña entrevista… antes de que tomes tu camino.
Estoy segura de que el cielo puede esperar.
Y en lo más profundo del infierno, una sala blanca se preparaba.
No era una celda, ni una cámara de tortura.
Era… una oficina perfectamente iluminada, con café caliente y una sola silla frente a la de Lucifer.
El alma estaba por llegar.
El alma de Tn flotaba.
Podía sentirlo: una puerta blanca, lejana, brillante… El cielo, quizá.
O algo parecido.
Una calidez envolvía su espíritu, como si el final no fuera algo malo, sino una promesa cumplida.
Pero entonces… Una fuerza sutil, casi accidental, lo desvió.
Un parpadeo cósmico.
Un error burocrático…
o una voluntad más antigua y caprichosa.
Y Tn, sin entender cómo, abrió los ojos en una oficina.
Las paredes eran negras como la tinta, decoradas con cuadros que mostraban paisajes imposibles: bosques invertidos, ciudades colgantes, mares de estrellas muertas.
El aire olía a café recién hecho… y algo más: incienso, tal vez.
Algo eterno.
Frente a él, un escritorio.
Y tras él… ella.
Una mujer sentada con elegancia antinatural.
Traje formal negro, camisa blanca, guantes impecables, tacones que apenas tocaban el suelo.
Su cabello blanco caía como una cascada helada sobre sus hombros.
Sus ojos carmesíes brillaban con inteligencia peligrosa… y desde su cabeza se alzaban dos cuernos blancos, curvos, elegantes.
Como mármol tallado.
Ella tomó un sorbo de su café, cruzó una pierna sobre la otra, y señaló el asiento frente a ella.
—Toma asiento.
Por favor.
Tn obedeció.
No por miedo.
No por presión.
Solo… porque todo en esa escena parecía inevitable.
—Estás muerto —dijo la mujer, como quien habla del clima.
Tn asintió lentamente.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—La muerte… nos llega a todos.
—Su voz era tranquila, como si lo hubiera aceptado hacía mucho tiempo.
Lucifer entrecerró los ojos.
Interesante.
No lloraba, no gritaba, no negaba.
La mayoría de las almas puras —cuando las pocas veces aparecían— se mostraban confundidas, angustiadas, o eufóricas por su “recompensa”.
Tn, en cambio, era sereno.
Como si la muerte solo fuera otro paso, no un final.
—No muchos aceptan ese hecho tan fácilmente —comentó ella con un dejo de admiración fría—.
Pero claro… tú no eres como los demás.
Tn ladeó la cabeza.
—¿Quién es usted?
La mujer dejó su taza sobre el platillo con un pequeño cling.
—Lucifer.
CEO del Infierno.
Un silencio denso cayó en la habitación.
Tn no respondió al instante.
No por miedo, sino por procesamiento.
CEO.
Esa palabra sí la conocía.
En su tiempo, lo era todo.
El jefe.
El que manda.
¿Y ella… decía ser la jefa del infierno?
—…No se parece a lo que esperaba.
Lucifer rió.
Una risa elegante, baja, como el tintinear de cadenas de plata.
—Me lo dicen mucho.
Esperaban fuego, tridentes, un tipo rojo con mala actitud.
No una mujer con buen gusto y agenda apretada.
—¿Y por qué estoy aquí?
—preguntó Tn finalmente—.
¿No se supone que debería… ir al cielo?
—Oh, claro —respondió ella, con una sonrisa ladeada—.
Solo que tenía… curiosidad.
Hacía siglos que no veía un alma como la tuya.
Brillante.
Limpia.
—Tan limpia que me pregunté si era real.
¿Un truco, quizás?
¿Un error en el sistema?
¿O… un milagro moderno?
Tn la miró con calma.
—No soy perfecto.
—Nadie lo es —respondió Lucifer con un destello de algo…
¿melancólico?—.
Pero tú brillabas incluso al morir.
Eso me llamó la atención.
Se inclinó sobre su escritorio, entrelazando sus dedos con gracia.
—Así que decidí detenerte.
Solo por un momento.
Para hablar.
Para ver… si hay algo más.
Algo que el cielo no verá, pero yo sí.
El alma de Tn seguía sin alterarse.
No por ignorancia, sino por aceptación.
—¿Y si no hay nada más?
Lucifer sonrió.
Una sonrisa enigmática.
Peligrosa.
Fascinada.
—Entonces, Tn… tal vez te dejaré ir.
O tal vez… no.
Lucifer se recostó un poco más en su silla.
Su mirada, escarlata como brasas vivas, se mantenía fija en Tn.
Una prueba.
Un juego.
Una provocación.
La Reina del Infierno no hacía esto con cualquiera.
Pero esta alma… era distinta.
No gritaba, no suplicaba, no intentaba escapar.
No la deseaba.
Y eso, para Lucifer… era casi insultante.
O tal vez, irresistiblemente interesante.
Y además… estaba molesta.
Miguel —su hermana, su eterna rival celestial— le había negado una petición semanas antes.
Así que arrebatarle una de sus más brillantes joyas humanas… tenía algo de dulce venganza.
Una sonrisa fina se dibujó en su rostro.
No malvada.
No grotesca.
Sino pulida, peligrosa, casi adictiva.
—¿Sabes?
Podrías tenerlo todo —murmuró Lucifer mientras lentamente se inclinaba hacia adelante—.
Vida.
Riquezas.
Juventud eterna.
—Podría devolverte al mundo con poder, con belleza, con sabiduría… o con lo que desees.
Podrías ser adorado, temido, recordado.
Solo tienes que decirlo.
Tn la observó.
Parpadeó una vez.
—Gracias, pero no.
Lucifer se detuvo.
—¿No?
—repitió con un tono más bajo, incrédulo.
—Ya viví.
Ya sufrí.
Ya entendí.
Solo quiero… seguir la luz que vi.
Seguir adelante.
Una calma brutal en sus palabras.
Una certeza que ni la muerte ni la Reina del Infierno podían manchar.
Lucifer se irguió.
Sus labios se fruncieron apenas, como quien encuentra una grieta en su plan.
—Oh, pero aún no has visto todo lo que puedo ofrecer.
Con movimientos sutiles, desabrochó el primer botón de su traje.
Luego otro.
Su escote blanco contrastaba con la oscuridad del entorno.
La tela se abría como una flor prohibida, revelando una piel que parecía esculpida por los mismos pecados del mundo.
Esperaba una reacción.
Una mirada.
Un rubor.
Un temblor.
Pero Tn no reaccionó.
Ni un pestañeo de deseo.
Ni incomodidad.
Solo silencio.
Tranquilidad.
Aceptación.
Lucifer, por primera vez en siglos, sintió una pizca de… frustración.
¿Ni eso funcionaba?
—¿Nada de esto te interesa?
—No vine a desear.
Solo vine a morir —respondió Tn con voz suave.
La Reina del Infierno chasqueó la lengua, casi divertida.
—¿Eres acaso un monje disfrazado?
¿Un viejo santo reencarnado?
¿Un pedazo de luz perdido en la época de plástico y algoritmos?
—Tal vez —respondió él—.
O solo alguien que se cansó de correr tras espejismos.
Lucifer se reclinó en su silla otra vez, cruzando las piernas con lentitud.
Una sombra danzaba tras sus ojos.
No ira… sino curiosidad creciente.
Este alma no quería riqueza.
No quería placer.
Ni siquiera la oportunidad de volver.
Solo quería la luz.
Solo quería partir.
—¿Sabes lo que eso me hace sentir, Tn?
—preguntó ella con voz más baja.
Él negó suavemente.
Lucifer bajó la mirada por un segundo.
Luego lo miró con un destello peligroso.
—Me hace querer quedarte aquí… un poco más.
—Puedo irte… si puedo —dijo Tn, con esa calma desarmante.
Lucifer se quedó en silencio.
Por un instante, sus ojos dejaron de brillar.
—Quédate un tiempo —murmuró entonces, girándose con una sonrisa forzada—.
Y si te portas bien, te daré… placeres.
Comida.
Bebida.
Mujeres súcubo si así lo deseas.
Las mejores.
Diseñadas para complacer cualquier rincón de tu alma… si es que aún te queda una.
Tn no respondió.
Solo la observó con expresión neutra.
Luego suspiró.
—Yo solo quiero irme.
Lucifer no respondió.
Dio media vuelta, sus tacones resonaron en el suelo de mármol infernal, y salió de la sala con una leve sacudida de su larga cabellera blanca.
Tn se quedó allí.
Solo.
Una sala de mármol oscuro con detalles carmesíes.
Fría, vacía.
Con un aire pesado, pero no insoportable.
Silencio.
Y, fuera de esa habitación… la verdadera cara del Infierno.
Cuando Lucifer atravesó el umbral, el paisaje cambió de forma brutal.
Las paredes limpias y elegantes dieron paso a piedras ensangrentadas, puertas de hierro fundido, y gritos.
Las almas atormentadas se retorcían en jaulas vivas, en ríos de fuego y lodo negro.
Los demonios hechos de roca, con ojos como carbones encendidos, custodiaban los pasillos con lanzas de obsidiana y rostros sin piedad.
Rojo, negro, púrpura profundo.
El color de la condena.
El hogar de los caídos.
Lucifer caminaba con paso firme, pero cada paso parecía más pesado que el anterior.
La rabia hervía en su pecho.
Y entonces, sin pensarlo, golpeó una pared con su puño.
El muro estalló en pedazos como si fuera cristal, y una ráfaga de fuego emergió del impacto.
Sus dedos estaban intactos, pero su rabia no.
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo se atrevía ese humano a rechazarla?
A mirarla como si fuera una simple burócrata del abismo.
A ignorar su cuerpo, su oferta, su poder.
—¡Ignorarme… A mí!
—escupió con voz ardiente.
Su mirada se tornó fuego puro.
Llamas brotaron de sus ojos, quemando los bordes de la pared rota.
Un demonio cercano intentó hablar, pero se desintegró al contacto con su aura.
Lucifer giró con violencia.
Caminó con pasos rápidos de regreso a su oficina, cruzando puertas selladas, pasillos ardientes, corredores llenos de cadenas y gritos.
Se dejó caer en su trono de mármol oscuro y respiró hondo.
Frente a ella, montones de papeles infernales esperaban su firma.
Pactos.
Maldiciones.
Registros de almas.
Todo eso.
Pero su mente no estaba ahí.
Estaba en él.
Ese hombre.
Ese Tn.
Ese trozo de carne y espíritu que no se quebró ante su belleza, que no pidió nada, que solo deseaba volver a la luz.
Y por eso mismo… … ahora ella no lo dejaría ir.
La Reina del Infierno estaba reclinada en su trono.
Rodeada de columnas talladas con blasfemias antiguas y vitrales de llamas congeladas, el aire a su alrededor vibraba con ira contenida.
Firmar.
Leer.
Sellar.
Repetir.
Cada documento que le pasaban los súcubos era leído y sellado con una gota de su sangre, como mandaban las leyes infernales.
Pero sus manos estaban tensas, sus uñas se clavaban ligeramente en el cuero del trono.
Tn.
Aquel hombre.
Aquel alma incorrupta.
Debería haber sido algo fácil.
Una sonrisa.
Una tentación.
Un vistazo de carne y placer.
Y caer.
Así había funcionado por milenios.
Pero él… Él solo había suspirado.
Lucifer lanzó un suspiro más profundo y dejó caer los papeles sobre la mesa de obsidiana.
—Demonios sensuales desnudos… —murmuró, jugando con un bolígrafo hecho de hueso—.
Nah, muy fácil.
Lo ignorará.
Como me ignoró a mí… Un tic le cruzó el ojo izquierdo.
Reprimió un gruñido.
—¿Tortura?
—pensó en voz alta, tocando la punta afilada de una daga ceremonial—.
¿Dolor?
dudo que eso sirviera.
Los santos…
están hechos para la resistencia.
No sufren como los demás.
Y si sufren, lo hacen en silencio.
Y lo peor… lo peor… es que no pueden quebrarse con lo normal.
Desde la llegada de ese supuesto “Mesías”, hace más de dos mil años, el Infierno no había recibido un alma tan pura.
Las puertas del Cielo eran rápidas con los suyos.
Se llevaban a los santos antes de que pudieran siquiera ver el umbral del averno.
Pero esta vez se le escapó.
Y ahora Lucifer tenía en sus garras una joya perdida del Reino de la Luz.
Solo que no sabía qué hacer con ella.
—Tendremos que retenerlo —dijo en voz alta, para sí—.
Antes de que Miguel se dé cuenta.
Si ese ángel se entera de que lo tengo, vendrá con su espada y su moral estúpida… Se levantó de su trono y comenzó a caminar de un lado a otro.
Su mente, afilada como las cuchillas del abismo, empezó a formular algo más complejo.
No placer.
No dolor.
Una guerra lenta.
Un desgaste sutil.
—Que se aburra —susurró con una sonrisa torcida—.
Que escuche los gritos, pero nunca vea de dónde vienen.
Que oiga plegarias invertidas, y nunca pueda responderlas.
Que camine por pasillos sin fin… buscando la luz… pero solo encuentre más sombra.
Sus ojos carmesíes brillaron.
—Vamos a ver cuánto tarda su fe en oxidarse.
Entonces giró hacia su espejo infernal, una superficie de sangre congelada que le mostraba la sala donde Tn permanecía.
Sentado.
Solo.
En silencio.
Con una expresión serena.
Lucifer se mordió el labio.
Aún no la miraba.
Ni siquiera a través del reflejo.
—Oh, vas a mirarme, alma tonta.
—Antes de que esto termine……vas a rogarme por quedarte.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com