Waifu yandere(Collection) - Capítulo 32
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 32 - 32 Caenis part 2 Fgo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
32: Caenis part 2 Fgo 32: Caenis part 2 Fgo Caenis no dormía.
No podía.
Desde el otro cuarto, donde TN reposaba, se oía su respiración entrecortada.
A veces temblaba.
A veces murmuraba palabras sin sentido.
A veces su cuerpo parecía pelear consigo mismo, como si aún en su inconsciencia luchara contra algún dios o demonio que sólo él veía.
Ella lo miraba.
Silenciosa.
Sentada en el marco de la puerta, con los brazos rodeando sus rodillas.
No sabía cuándo había comenzado a preocuparse.
Tal vez desde que lo llevó al agua.
Tal vez desde que sintió el peso de su cuerpo sin fuerzas y lo cargó entre las olas.
Tal vez desde que, por primera vez en años, alguien la tocó sin esperar nada a cambio.
“Idiota…” murmuró con los dientes apretados.
Pero no pudo dejar de mirarlo.
Él no era fuerte como ella.
No era un guerrero.
Y sin embargo, había algo inquebrantable en su calma.
Algo que la hacía querer golpearlo y protegerlo al mismo tiempo.
Caenis tragó saliva, sintiendo ese sabor amargo, agrio, que venía con los recuerdos.
Ella…
una mujer deshonrada.
Marcada.
Engañada por un dios.
No quedaba nada de la doncella que un día soñó con glorias.
Poseidón se lo había arrebatado todo: su cuerpo, su honor, su voluntad.
Y cuando suplicó justicia, los dioses se rieron.
Ella apretó los dientes.
Se levantó de un salto, cruzó la puerta y salió de la cabaña.
El mar rugía como un animal vivo.
Una tormenta se acercaba.
Las olas golpeaban las rocas con una furia que parecía responder a su alma.
La lluvia comenzó a caer.
Pesada.
Fría.
Pero Caenis no se movió.
Con los puños cerrados y los ojos al cielo, rió.
No de alegría.
No de cordura.
De furia.
“¿Eso es lo que les divierte, verdad?!
¿Quitarle todo a alguien y luego ver cómo se arrastra como un perro herido?!
¡¿Eso son, dioses?!” Su voz se alzó como un trueno que respondía al propio cielo.
“¡Maldito seas, Poseidón!
¡Maldito por lo que me hiciste!
¡Maldito por cada día que respiro con esta rabia en el pecho!” Sus gritos se perdieron entre los truenos, pero no necesitaban ser oídos.
El cielo…
parecía estar escuchando.
“Si Thanatos se lo lleva… ¡si le quitan el alma a ese estúpido tranquilo que me mira como si yo no estuviera rota…!” Las lágrimas se confundieron con la lluvia.
O tal vez no lloraba.
Tal vez ya no tenía lágrimas.
“¡No los perdonaré!
¡Ni a ustedes, ni al Olimpo, ni a ningún maldito cielo que crea que puede seguir robando vidas como si fueran juguetes!” Y el cielo, como respondiendo a su juramento… liberó un rayo.
Cayó a pocos metros del mar.
Iluminó la noche como un relámpago de juicio.
Caenis no se inmutó.
Solo alzó la barbilla.
Sus cabellos mojados pegados a su piel morena.
Sus ojos, desafiantes.
Su corazón, ardiendo.
Y entonces… …algo la llamó.
No una voz, no un trueno.
Algo más leve.
Una presencia.
Se volvió de inmediato, con el corazón encogido.
TN.
Lo encontró de pie, apoyado en el marco de la puerta, pálido, cubierto por una manta, con los ojos pesados por la fiebre, pero aún así… vivo.
“Estás loca… ¿sabes?” —dijo con la voz apenas audible.
Caenis se acercó.
No respondió.
Lo rodeó con los brazos con una torpeza casi infantil y lo sostuvo, como si se fuera a romper.
“Malditos dioses…” murmuró ella con la voz quebrada.
“…no se lo llevarán.
No esta vez.” TN no dijo nada.
Solo apoyó la frente en su hombro.
Y por primera vez en bastante tiempo, Caenis se permitió temblar.
La tormenta aún resonaba a lo lejos cuando Caenis lo cargó otra vez en brazos.
No con la fuerza impaciente de un guerrero, sino con la delicadeza torpe de alguien que aún no sabe cómo tocar sin herir.
Lo recostó con cuidado.
Encendió la hoguera con leña seca, el fuego danzando y proyectando sombras cálidas en las paredes de piedra.
TN temblaba.
No de miedo, sino de fiebre.
Pero aún así, sus ojos la seguían con una calma extraña.
No como quien espera ayuda, sino como quien se preocupa.
Ella lo notó.
Frunció el ceño.
—No me mires así —murmuró, sin mirarlo directamente.
Él no respondió.
Solo la observó, como si fuera una constelación rota que aún valía la pena contemplar.
Caenis gruñó para sí y fue a la cocina improvisada, decidida a preparar algo de comida.
Era un desastre.
El pescado se le pasó, el pan quedó duro y la mezcla de hierbas que usó no combinaba con nada.
La ansiedad le trepó por el cuello, algo ridículo en ella, que había enfrentado a bestias y a hombres y a dioses sin temblar.
Pero ahora… ahora se sentía absurda.
Volvió con el plato en la mano y lo dejó a un lado del fuego.
No se atrevía a mirarlo.
—Es lo que hay —dijo con sequedad—.
Si no te gusta, muérete.
TN soltó una pequeña risa.
Su voz era débil, pero cálida.
Casi traviesa.
—Huele… interesante.
Como tú.
Caenis lo miró, y él sonrió apenas.
Ella lo fulminó con la mirada, pero el rubor le subió al rostro.
—Idiota… —gruñó entre dientes, mirando hacia otro lado.
Aun así, TN tomó el plato con manos temblorosas y probó un bocado.
Sus ojos se iluminaron.
No de sorpresa, sino de ternura.
—Sabe bien.
—No mientas.
—Ella giró el rostro.
Estaba tensa, como una cuerda al borde de romperse.
—No miento —respondió él, suave—.
Sabe a alguien que quiso que yo comiera.
Eso es mejor que bien.
El silencio se hizo espeso.
El fuego crepitaba.
La tormenta se alejaba.
Caenis tragó saliva y lo miró de reojo.
No entendía por qué esas palabras la dolían tanto.
—¿Por qué saliste de la casa?
—preguntó de pronto—.
No estabas en condiciones.
¿Querías morirte congelado?
TN alzó la vista.
Sus ojos eran profundos, pero no oscuros.
Como si llevaran dentro una noche quieta, más amable que terrible.
—Te escuché gritar —respondió, simplemente—.
Pensé que… algo malo te estaba pasando.
Ella abrió los ojos, sorprendida.
Por un instante, se sintió desarmada.
—¿Tú… saliste por mí?
Él asintió, sin dramatismo.
Como si fuera la cosa más natural del mundo.
Caenis bajó la mirada.
Él apenas estaba cubierto por una manta.
Estaba enfermo, débil, exhausto.
Y aun así… se había arrastrado fuera, solo porque pensó que ella sufría.
Una oleada de algo desconocido le quemó el pecho.
No era ira.
No era rabia.
Era miedo.
—Eres un maldito estúpido —murmuró con voz ronca, sentándose a su lado.
TN se recostó un poco más, cerrando los ojos, sonriendo.
—Tal vez.
Pero no podía quedarme quieto si tú llorabas.
Ella lo miró.
Lo miró de verdad.
No como a un niño perdido.
No como a una carga.
Sino como a alguien que, por alguna razón injustificable, comenzaba a importarle.
Suspiró, vencida.
—No vuelvas a salir cuando llueva, idiota.
Me harás preocuparme.
TN abrió un ojo.
—¿Y eso está mal?
Ella apretó los labios, furiosa consigo misma.
Luego negó con la cabeza.
—Sí.
Porque no sé cómo dejar de hacerlo.
Y por un instante… …Caenis deseó que la tormenta no regresara nunca.
Pasaron los días.
TN se fue recuperando poco a poco, como una flor que sobrevive al invierno.
Su voz volvió con más fuerza, y aunque aún se cansaba rápido, ya podía caminar breves tramos hasta la orilla y contemplar el mar, con Caenis a unos pasos, pescando.
Ella… también había cambiado.
Aprendió a lanzar la red con precisión, a distinguir las corrientes, a sentir el tirón del pez como si fuera una extensión de su propio cuerpo.
Era torpe al principio, pero persistente.
Y TN la guiaba con una paciencia que ella no comprendía.
—¿No te aburres?
—le preguntó una vez, después de que fallara tres veces seguidas.
—¿De qué?
—respondió él con una sonrisa tranquila.
—De mí.
De verme fallar.
TN negó con la cabeza.
—Me gusta verte aprender.
Te hace bien.
Ella no supo qué responder, pero esa noche, por primera vez, durmió sin pesadillas.
Un día, la paz se rompió.
Una barca llegó a la playa, traída por un pescador de rostro envejecido por el salitre.
Venía con noticias, como siempre venían en las islas: tardías y deformadas, pero no menos terribles.
—La guerra —dijo con la voz grave—.
Helena, la esposa de Menelao, fue raptada.
El príncipe Paris se la llevó a Troya.
Agamenón, hermano del rey, está convocando a todos los héroes griegos.
Será una gran campaña.
Dicen que durará años.
Caenis sintió que el estómago se le hundía.
No era una ciudadana común.
Era una heroína de sangre.
Una de sangre noble.
Una de las que podían hacer la diferencia.
El mensaje no era explícito, pero claro: Tarde o temprano, vendrán por ti también.
TN escuchó desde lejos, su expresión volviéndose seria.
Caenis apretó los dientes, miró el suelo.
El sol comenzaba a caer y el mar parecía más oscuro de lo normal.
Esa noche no hablaron.
Pasaron dos días más.
El viento cambió de dirección.
Y con él, el silencio entre ellos creció como una grieta imposible de tapar.
TN se acercó a ella al amanecer, mientras Caenis afilaba su lanza.
—¿Te irás, verdad?
—preguntó, sin rodeos.
Ella no respondió de inmediato.
Solo miró el filo, como si pudiera encontrar una excusa entre los reflejos del metal.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Caenis respiró hondo.
Luego lo miró.
Sus ojos eran fieros, pero heridos.
—Soy griega.
Y soy fuerte.
No soy una campesina.
Si llaman, no tengo derecho a decir que no.
TN dio un paso más cerca.
—¿Y si no vas?
—¿Y si vienen por mí?
¿Si queman esta casa?
¿Si piensan que estoy escondiendo mi espada como una cobarde?
—No lo eres.
Ella lo fulminó con la mirada.
—¡No entiendes!
Tú eres un pescador.
Un hombre común.
Nadie te pedirá que luches.
A mí sí.
Y lo peor… —su voz se quebró— …es que parte de mí aún quiere pelear.
Aún quiere demostrar que no fui destruida por Poseidón.
Que aún soy… alguien.
TN la escuchó en silencio.
Y luego, con calma, respondió: —¿Y la otra parte de ti?
—¿Qué?
—¿La otra parte?
¿La que ya no quiere guerra?
¿La que se ríe cuando fallas pescando, la que me insulta cuando me preocupo por ti, la que se sienta en la playa sin armadura?
Caenis tragó saliva.
—Esa parte… no sabe cómo sobrevivir.
—Podrías intentarlo —susurró él—.
Por ti.
Por mí.
Por lo que empezamos a construir aquí.
Ella lo miró largo rato.
El mar rugía detrás, como si reclamara su lugar.
El mundo pedía que se convirtiera otra vez en Caenis la guerrera.
Pero TN… le ofrecía la posibilidad de ser simplemente Caenis.
Y eso, quizás, era más aterrador.
La luna se alzaba como una centinela de plata sobre el mar.
Dentro de la humilde cabaña, la llama de la higuera se consumía lentamente, sus sombras bailando en las paredes.
TN dormía, respirando con suavidad, ajeno a lo que Caenis planeaba.
Ella lo miraba.
Cada línea de su rostro, cada cicatriz nueva que había sanado, cada gesto vulnerable que solo le mostraba a ella.
Sabía que no habría un después.
Que si respondía al llamado de Agamenón, la Caenis que TN conocía moriría para siempre en los campos de Troya.
Así que tomó una decisión.
Una última noche.
Se despojó de su ropa, no como una guerrera, sino como una mujer que amaba con una mezcla de rabia y ternura.
Se deslizó en el lecho junto a él, buscándolo, besándolo con fuego en la sangre y un nudo en el corazón.
TN despertó brevemente durante aquella unión silenciosa.
Le devolvió el gesto, sin palabras, solo con la fuerza de sus manos, con la necesidad desesperada de aferrarse a ella.
No sabían si era amor.
No sabían si era despedida.
Pero era real.
Era humano.
El amanecer llegó como una maldición.
El lecho estaba frío.
El lugar donde Caenis había dormido, vacío.
TN abrió los ojos lentamente, sintiendo su cuerpo extraño, pesado… pero satisfecho.
Quiso llamarla.
—¿Caenis…?
No obtuvo respuesta.
Se incorporó, con dificultad, y fue en ese momento cuando sintió el dolor.
Agudo, brutal.
Como un hierro candente atravesándole el muslo.
Gritó.
Y cayó al suelo, la manta cubriéndolo a medias.
Su pierna.
Dislocada.
El dolor le nublaba la vista.
Apenas podía respirar.
Intentó arrastrarse, intentando pensar que quizás había sido un accidente… pero en el fondo, lo entendió.
No fue una caída.
No fue una maldición.
Fue ella.
Caenis.
Lo había herido.
Lo había dejado roto.
Para que no pudiera seguirla.
Mientras tanto, en el barco de madera que surcaba las aguas rumbo al campamento griego, Caenis mantenía la vista fija en el horizonte.
El sol nacía detrás de ella, pero para su corazón, solo había sombras.
Rodeada de soldados, voces, risas y engreidas, ella se sentía más sola que nunca.
Había vuelto a ponerse la armadura.
Había vuelto a ceñirse la lanza.
Había vuelto a matar a la Caenis que fue pescadora.
Pero dentro de su pecho, una imagen se clavaba como una espina: TN.
Su rostro dormido.
Su voz susurrando su nombre.
Su expresión de paz… antes de que ella lo traicionara por protección.
“No podía dejarte seguirme.” “No podía permitir que murieras en un lugar que no es tuyo.” “Lo siento.” Ella tragó saliva.
Apretó los dientes.
La guerrera había regresado.
Pero Caenis… la mujer… la humana… se había quedado atrás, llorando en silencio, en una cama vacía.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com