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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 35

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  4. Capítulo 35 - 35 Weiss schnee part 2 rwby
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35: Weiss schnee part 2 (rwby) 35: Weiss schnee part 2 (rwby) La noche había caído sobre Beacon, envolviendo la academia en un silencio tibio y reconfortante.

Cada habitación destilaba un ambiente distinto, reflejo de quienes dormían en su interior.

En el equipo RWBY, todo parecía transcurrir en una extraña paz.

Weiss, aún con un leve sonrojo en su rostro, dormía plácidamente en su cama, abrazando una almohada como si fuera su posesión más preciada.

Una leve sonrisa adornaba sus labios mientras soñaba con futuros perfectos que ahora incluían a cierto chico de palabras prohibidas.

En la cama inferior, Ruby estaba sentada con las piernas cruzadas, leyendo bajo la tenue luz de su lámpara portátil.

El cómic entre sus manos era una historia que había encontrado en una tienda vieja de Vale: “Vash, el Ave de Hermes”, un héroe imparable de cabello dorado y sonrisa melancólica, cuya pareja era Mirko, una heroína fauno con rasgos de coneja, fuerte y determinada.

La historia era intensa.

Acción vertiginosa, enemigos temibles, alianzas heroicas.

Ruby no podía apartar los ojos de las páginas.

Hasta que…

Pasó la página a un tomo más avanzado.

Y ahí estaba.

Una advertencia de edad.

Ruby, inocente como siempre, pensó que era debido a la violencia de las batallas.

Qué equivocada estaba.

En lugar de una pelea, se topó de frente con una escena sumamente explícita: Vash y Mirko, juntos, demasiado juntos, en un dibujo tan detallado y vívido que Ruby dejó escapar un chillido ahogado, cubriéndose la cara con el cómic.

—¡¿Qué estoy leyendo?!

—susurró desesperada.

El recuerdo inmediato de Yang descubriéndola leyendo ese tipo de material prohibido le cruzó la mente, provocándole un escalofrío.

“¡Ruby, eso no es para niñas pequeñas como tú!” “¡¿Dónde conseguiste esa cosa?!” Se encogió en su cama, roja como un tomate, cerrando el cómic de golpe y escondiéndolo debajo de la almohada como si fuera evidencia criminal.

A su lado, Blake murmuró algo en sueños, acurrucada en su manta, un ronroneo suave saliendo de su garganta.

Más allá, Yang seguía despierta, balanceando suavemente sus piernas al ritmo de la música de Alan Walker en su pergamino, inconsciente del pequeño drama que Ruby estaba viviendo a su lado.

Mientras tanto, en otro rincón de Beacon… Tn se encontraba sentado en la oscuridad de su habitación, apenas iluminada por la luz azulada que se filtraba de la ventana.

Su semblante era sereno, pero por dentro, sus pensamientos hervían.

El beso de Weiss, la declaración, la mirada determinada que ella le había lanzado… todo se repetía en su mente como una melodía que no podía detener.

Sentía algo extraño en el pecho.

Algo que le costaba nombrar.

Su entrenamiento, su disciplina, su vida entera hasta ahora se había basado en controlarlo todo: No sonreír demasiado.

No llorar.

No hablar.

No amar.

Todo para evitar que su Semblanza causara daño.

Y ahora, una simple acción había encendido algo dentro de él.

¿Podía permitirse sentirlo?

¿Podía…

querer algo?

Sacudiendo la cabeza, Tn decidió no pensar más.

No ahora.

Se levantó, sacó unas vendas especiales —diseñadas para amortiguar el sonido de cualquier palabra que escapara en sueños— y cubrió su boca cuidadosamente.

Ató el nudo con precisión, asegurándose de que no se soltara durante la noche.

Solo entonces, permitiéndose un leve suspiro a través de su nariz, se tumbó en su cama.

Miró al techo durante varios minutos, su corazón aún palpitando suavemente.

Antes de cerrar los ojos, una última imagen pasó por su mente: Weiss sonriendo de manera posesiva mientras le tomaba la mano.

Su corazón dio un salto.

Su semblante se mantuvo firme.

Mañana sería otro día.

Pero en el fondo, sabía que su vida ya había empezado a cambiar.

Y no había marcha atrás.

La mañana había llegado a Beacon con su habitual bullicio.

Estudiantes caminaban de un lado a otro, libros en manos, armas a la espalda, algunos bostezando, otros emocionados por el nuevo día de entrenamiento y clases.

En uno de los salones de estudio, Tn ya estaba presente.

Sentado cerca de una ventana, rodeado de libros y notas, repasaba silenciosamente todo lo que podía.

Su semblante era calmado, y sus movimientos, meticulosos.

El joven maldito no dejaba nada al azar.

Siempre en silencio.

Siempre invisible.

Hasta hoy.

La puerta del aula se abrió con un golpe sutil pero elegante.

Los murmullos cesaron de inmediato.

Ella había llegado.

Weiss Schnee, la heredera, la Reina de Hielo, caminaba con paso seguro, el porte digno de su apellido, el cabello perfectamente peinado, su uniforme pulcro, cada gesto calculado como una sinfonía de perfección.

Y sus ojos… Fijos en Tn.

El salón, aunque lleno, pareció vaciarse de importancia para ella.

Tn alzó la vista y la vio acercarse.

Con su educación habitual, hizo un pequeño movimiento de cabeza en señal de saludo, evitando hablar para no causar ningún accidente con su Semblanza.

Weiss respondió con una pequeña sonrisa —tan breve que podría haberse confundido con una mueca de cortesía— y, sin pedir permiso, se sentó a su lado.

Los pocos estudiantes que aún se atrevían a mirar la escena sintieron una punzada en el corazón.

¿La Reina de Hielo sentándose con “Labios Malditos”?

¿Después de haberlo besado el día anterior?

Era una visión que nadie en su sano juicio habría creído posible.

Weiss, tras acomodarse la falda con toda la gracia del mundo, tosió suavemente para llamar su atención.

Tn, obediente, desvió la mirada hacia ella.

—Tn —dijo en voz baja, pero firme—, como mi novio, deberías acostumbrarte a pasar tiempo conmigo.

Hizo una breve pausa para asegurarse de que la escuchaba bien.

—Preferiría que nuestras interacciones se limiten a saludos y estudio.

Entiendo que no seas de hablar mucho, así que no habrá necesidad de conversaciones largas.

Tn parpadeó lentamente, tratando de procesar esas palabras.

¿Novio?

¿Él?

¿Ella?

Era como estar en un sueño bizarro.

Toda su vida había evitado la cercanía emocional con los demás.

Había evitado reír, gritar, llorar, amar… Había evitado todo lo que pudiera desatar su poder.

Y ahora, una de las chicas más admiradas de Beacon estaba afirmando, de manera fría y directa, que eran pareja.

Sin opciones.

Sin preguntas.

Como si fuera un hecho absoluto.

Tn no dijo nada —no podía permitírselo—.

Simplemente observó a Weiss mientras ella sacaba de su bolso un par de libros, su cuaderno de notas y un par de plumas de lujo.

El momento se impregnó de una rutina inesperada: Weiss escribiendo con concentración.

Tn leyendo en silencio.

El murmullo de la sala se había transformado en un silencio incómodo.

Uno tras otro, varios estudiantes que albergaban aún una mínima esperanza de cortejar a Weiss, al ver aquella escena, suspiraron derrotados y abandonaron el aula.

Algunos con lágrimas en los ojos, otros murmurando maldiciones contra la mala suerte.

Para ellos, el mensaje era claro como el cristal: La Reina de Hielo ya tenía dueño.

Y ese dueño era el temido “Labios Malditos”.

Nadie en su sano juicio querría enfrentar la combinación de la autoridad social de Weiss y la peligrosa Semblanza de Tn.

Era una barrera perfecta.

Inquebrantable.

Weiss, satisfecha al ver cómo la competencia se esfumaba, sonrió muy levemente mientras garabateaba en su cuaderno.

Tn era perfecto.

Sumiso.

Obediente.

Silencioso.

Y ahora, suyo.

Aunque fingieran, en el fondo, Weiss comenzaba a disfrutar más de lo que debería esta pequeña farsa.

Y Tn, aunque su rostro se mantuviera impasible, sentía algo muy distinto burbujear en su interior.

Una mezcla desconocida de calor, miedo… y algo que se parecía mucho a esperanza.

El aula permanecía silenciosa, salvo por el pasar de hojas y el leve rasgar de lápices.

Weiss, escribiendo con la perfección que se esperaba de una Schnee, de pronto, en un gesto “inocente”, dejó que su mano resbalara por el escritorio hasta topar la de Tn.

Un contacto casual.

O eso aparentaba.

La reacción fue inmediata.

Tn, quien estaba concentrado en su lectura, sintió el roce suave y cálido sobre su piel endurecida por los entrenamientos y, por un segundo, se tensó como un resorte.

Su mirada bajó rápidamente hacia sus manos unidas.

Podía sentir su pulso acelerarse, un tamborileo sordo en sus oídos.

Y aunque todo su ser le gritaba que se alejara para no causar un accidente, hizo un esfuerzo titánico para controlar sus emociones.

Con extrema cautela, como si pronunciara un conjuro peligroso, Tn murmuró con voz baja, apenas un suspiro—Suave… muy suave… Weiss, aún escribiendo, sonrió con compostura, como si las palabras de Tn fueran un halago trivial… Pero por dentro, por dentro estaba al borde de explotar de vergüenza.

¡¿Qué demonios estaba haciendo?!

¿Desde cuándo ella, una Schnee, se permitía sentir esas cosquillas absurdas en el estómago por algo tan simple como un comentario torpe de un chico?

No podía, no debía, no quería sentir eso.

Todo era por conveniencia.

Todo era para alejar a esos inútiles pretendientes.

Y sin embargo… Sin pensarlo demasiado, impulsada por un extraño y nervioso deseo, Weiss se inclinó y depositó un beso fugaz en la mejilla de Tn.

El aula se llenó de jadeos ahogados y murmuros inmediatos.

Hasta el profesor levantó una ceja, confundido.

Tn, por su parte, se quedó congelado, como una estatua de mármol.

El calor del beso se extendió por su rostro como una llamarada silenciosa.

Weiss, retirándose con elegancia, le sonrió como una emperatriz complacida, y susurró con voz suave pero de autoridad—Ya sabes, cariño.

Como mi novio, pasaremos muchos días así, estudiando juntos.

Tn asintió débilmente, todavía procesando lo que acababa de pasar.

Los murmullos crecieron en intensidad.

Los rumores volaban como hojas al viento.

Weiss Schnee estaba verdaderamente enamorada de “Labios Malditos”.

Más tarde, tras terminar de copiar sus apuntes, Weiss se levantó con gracia impecable y se dirigió a su casillero para guardar sus cosas.

El pasillo estaba relativamente vacío, solo algunos estudiantes dispersos caminaban apresurados hacia sus siguientes clases.

Weiss abrió su casillero, ajustó su tarea en su sitio, y justo cuando cerró la puerta de metal, escuchó un golpe sordo a su lado.

Giró bruscamente.

Una joven estudiante, de primer año a juzgar por su insignia, estaba ahí, temblando visiblemente.

Weiss arqueó una ceja con desdén, ya preparada para reprender cualquier insolencia.

Pero entonces, la muchacha, encogiéndose sobre sí misma, susurró con voz temblorosa—A-aléjate de Tn… La sala pareció congelarse en un segundo eterno.

Weiss, con fría elegancia, ladeó la cabeza, su cabello blanco deslizándose como un manto de nieve.

—¿Perdón?

—su tono era frío como el acero.

La muchacha tragó saliva con dificultad, las lágrimas amenazando en sus ojos.—Tn… él… él es… demasiado bueno.

—Su voz apenas era un hilo.—Usted… usted no lo merece.

Usted es fría… mandona… egoísta… ¡él no debería estar atrapado con alguien como usted!

Las palabras cortaron el aire como cuchillas invisibles.

Weiss no respondió de inmediato.

La miró como si fuera algo inferior, como si fuera un insecto osando levantar la voz ante una reina.

¿Que no lo merecía?

¿Que Tn era “demasiado bueno” para ella?

Un frío mucho más intenso que cualquier Schnee natural empezó a formarse dentro de su pecho.

Y, sin embargo, su rostro permaneció sereno.

Inexpresivo.

Se inclinó ligeramente, tan cerca que la pobre estudiante retrocedió un paso.

Su voz fue un susurro glacial:—¿Y quién crees tú que decide lo que yo merezco?

La estudiante tembló aún más fuerte, incapaz de responder.

Weiss, con una pequeña sonrisa depredadora, se enderezó y dio media vuelta, caminando con la cabeza en alto, su uniforme ondeando con elegancia tras de ella.

Tn era suyo.

Y nadie, absolutamente nadie, se lo arrebataría.

Aunque ella misma aún no entendiera del todo por qué sentía ese latido acelerado en su pecho cada vez que pensaba en él.

El eco de los pasos de Weiss resonaba a lo largo del pasillo, cada uno firme y seguro como una sentencia.

Sin embargo, no había avanzado mucho cuando, de pronto, sintió que alguien la sujetaba del uniforme.

Se detuvo en seco.

Giró su cabeza lentamente, con el mismo temple helado que mostraba en los combates.

Era la misma estudiante temblorosa.

La joven, visiblemente desesperada, la miraba con lágrimas en los ojos, apretando el tejido de su uniforme.

—¡No me ignores!

—suplicó, su voz quebrándose en la replica.

Weiss no dijo una palabra.

Simplemente alzó una mano con elegancia fría, y un círculo de glifos azulados se materializó bajo los pies de la chica.

En un segundo, la fuerza del glyph la impulsó hacia atrás como una muñeca de trapo, estrellándola contra una pila de mochilas apiladas al borde del pasillo.

Un gemido bajo escapó de la estudiante mientras trataba de ponerse en pie, aturdida.

Weiss se acercó entonces, sus tacones resonando con un ritmo intimidante.

Se agachó ligeramente, su rostro tan cerca que la chica podía ver el brillo helado en sus ojos azulados.

Su voz, baja y cortante como un cuchillo de plata, resonó en el silencio del corredor—Voy a mantener a Tn cerca.

Muy cerca.

Para que tú y todos los demás me dejen “tranquila”.¿Y sabes qué pasará si vuelves a molestarme?

El rostro de Weiss se curvó en una sonrisa que no llegaba a sus ojos.—Entonces vas a descubrir cuánta influencia tiene realmente el nombre Schnee… y te aseguro que no vas a disfrutarlo.

La estudiante, pálida como el papel, solo pudo asentir frenéticamente, sus labios temblando en silencio.

Weiss se irguió, sacudiéndose imaginariamente el uniforme como si limpiara la suciedad del aire, y siguió su camino.

La clase de biología ya había comenzado cuando Weiss llegó.

El profesor apenas alzó la vista para hacerle un leve gesto de asentimiento, señalándole que tomara asiento.

Y allí estaba Tn.

Sentado en una de las filas cercanas a la ventana, su expresión seria mientras escribía notas en su libreta, evitando a toda costa hablar o hacer movimientos bruscos.

Weiss no dudó.

Con una elegancia, se deslizó hasta su lado y se sentó junto a él, como si fuera el acto más natural del mundo.

Tn, notando su presencia, desvió la mirada hacia ella.

Sus ojos, grandes y silenciosos, mostraban una mezcla de sorpresa y una pizca de nerviosismo.

Su boca seguía cubierta con una venda ligera para evitar emitir sonidos involuntarios mientras dormía —una precaución que parecía haberse vuelto costumbre incluso estando despierto.

Weiss le dirigió una pequeña sonrisa serena.

Debían mantener la mentira, después de todo.

El teatro debía continuar.

Sacó su cuaderno y empezó a copiar las notas del pizarrón.

De reojo, notó cómo algunos estudiantes, especialmente varias chicas, murmuraban entre ellas, lanzándole miradas llenas de celos, tristeza o rencor.

Y Weiss…disfrutó cada segundo de ello.

Porque en esa mentira tejida por necesidad, en esa farsa fría de amores falsos, había encontrado algo mucho más satisfactorio: el control absoluto.

Ella no necesitaba amor.

Solo necesitaba que el mundo supiera que Tn era suyo.

Y aunque Tn aún parecía atrapado en la confusión, Weiss sabía que, poco a poco, ella le enseñaría a aceptar su nueva realidad.

No era necesario que comprendiera todo de inmediato.

Con el tiempo, él entendería que su sitio estaba junto a ella.

Y en ningún otro lugar.

El timbre final sonó, anunciando la conclusión de la clase.

Los estudiantes comenzaron a guardar sus cosas con prisa, ansiosos por llenar la cafetería antes de que se acabara la comida caliente.

Pero Weiss no tenía prisa.

Ella guardó meticulosamente sus pertenencias, y luego —sin pedir permiso ni explicar nada— tomó a Tn de la mano y comenzó a arrastrarlo fuera del aula.

Tn apenas pudo reaccionar.

Sus dedos temblaron ligeramente bajo el agarre de Weiss, pero no se resistió.

La miró, confundido, mientras ella caminaba con la cabeza en alto, ignorando por completo las miradas curiosas que se clavaban en ellos.

Al llegar a la cafetería, el murmullo de las voces se intensificó como un enjambre de abejas.

Varias cabezas se giraron en su dirección; los rumores que ya flotaban en el aire parecían materializarse en susurros audibles.

Weiss caminó con decisión hacia la fila de comida.

Tomó dos bandejas: una para ella, cuidadosamente equilibrada con una ensalada ligera y té helado, y otra para Tn, cargada de platos más contundentes, como carne asada y arroz.

Sin perder su compostura, le extendió las dos bandejas a Tn.

—Llévalas, vamos a comer juntos.

No era una petición.

Era una orden envuelta en el tono más dulce que Weiss pudo reunir.

Tn, obediente como siempre, aceptó sin decir nada.

Sus pasos, aunque algo torpes por el peso de ambas bandejas, lo llevaron hasta una mesa aislada en la esquina de la cafetería, donde Weiss ya lo esperaba sentada con impecable elegancia.

En otra mesa cercana, el ambiente era… bastante diferente.

Ruby había sacado su cómic otra vez, murmurando palabras para sí misma mientras devoraba una montaña de fresas cubiertas de chocolate.

Sus ojos brillaban con emoción mientras susurraba: —Toga es god… Bakugo sigue cayéndome mal… pero Mirko y Vash son la mejor pareja.

La pobre no entendía que el tomo que estaba leyendo estaba lleno de escenas explícitas que no eran exactamente… batallas épicas.

Ignorante de la gravedad de sus descubrimientos, Ruby siguió pasando las páginas con las mejillas sonrojadas.

Yang, sentada frente a ella, devoraba una hamburguesa, escuchando música en su pergamino, moviendo ligeramente la cabeza al ritmo.

Blake, en contraste, parecía perdida en su propio mundo, comiendo papas fritas lentamente mientras su mirada se perdía en la ventana cercana.

De vez en cuando, sus orejas felina —que había dejado salir por comodidad— se movían perezosamente.

No muy lejos, en otra mesa… Jaune Arc miraba su pergamino con expresión de derrota.

En la pantalla, los foros estudiantiles ardían con fotos borrosas de Weiss y Tn juntos en clase, de la mano, compartiendo bandejas.

Los comentarios eran un caos de lágrimas, corazones rotos y teorías conspirativas.

Jaune suspiró, dejando caer su cabeza sobre la mesa.

—¿Cómo pasó esto…?

—se lamentó en voz baja, su alma saliendo de su cuerpo en forma de un suspiro triste.

A su lado, Pyrrha Nikos comía tranquila, observándolo de reojo.

No dijo nada.

Simplemente siguió masticando su ensalada con gracia, su atención oscilando entre Jaune y la figura de Weiss a lo lejos.

Para Pyrrha, la escena era clara:Weiss parecía… diferente.

Más serena.

Más…

viva.

Sus gestos hacia Tn no parecían solo actuados; había una dulzura real que se filtraba a través de su habitual muro de hielo.

¿Era posible que todo esto fuera solo un teatro?

¿Que realmente empezara a sentir algo por el chico extraño conocido como “Labios Malditos”?

Pyrrha desvió la mirada, pensativa.

Mientras tanto, en su mesa, Weiss cortaba delicadamente su ensalada mientras robaba miradas fugaces a Tn.

Él comía en silencio, respetuoso y casi… adorablemente incómodo.

Y Weiss, sin quererlo del todo, sentía una tibieza extraña creciendo en su pecho.

—Perfecto… obediente… callado… inteligente… Su pequeño muñeco de porcelana.

Su Tn.

Y ahora, todos lo sabían.

Era suyo.

Y no pensaba dejarlo ir.

Nunca.

La cafetería seguía ruidosa, pero para Weiss y Tn, el bullicio parecía desvanecerse, como si existiera solo un pequeño mundo entre los dos.

Mientras cortaba con elegancia un pequeño trozo de fruta, Weiss levantó su cuchara en dirección a Tn.

Sus ojos azules brillaban con una intensidad que rozaba la travesura.

—”Ah~” —hizo, suavemente, imitando a una madre alimentando a su hijo, cerrando los ojos y abriendo apenas su boca en gesto de indicación.

Tn se quedó congelado.

La sangre pareció drenar de su rostro.

Sus manos temblaron ligeramente sobre la mesa.

Todo su entrenamiento emocional, toda su disciplina, le decía que no debía involucrarse emocionalmente.

Pero sus instintos… esos instintos humanos enterrados profundamente… le ordenaban que obedeciera.

Con movimientos mecánicos y rígidos, Tn se inclinó hacia adelante y abrió un poco la boca, permitiendo que Weiss le alimentara.

La cuchara rozó sus labios.

El sabor dulce de la fruta apenas lo registró; su mente estaba demasiado ocupada procesando el cosquilleo de la cercanía.

Weiss, al verlo comer obedientemente, sonrió de una manera que pocas veces permitía a los demás ver.

Era una sonrisa pequeña, orgullosa… íntima.

Pero no terminó ahí.

Rápidamente, tomó otro pedazo de fruta, probó la cuchara ella misma —un beso indirecto, una travesura inocente pero cargada de intenciones— y volvió a cargarla, como si nada hubiera pasado.

Y Weiss saboreó la fruta…

y el ligero calor que quedaba en la cuchara.

Un leve rubor subió a sus mejillas, pero lo disimuló con la dignidad fría que caracterizaba a una Schnee.

Tn, sin embargo, estaba procesando todo a la velocidad de un caracol.

¿Esto era normal en una relación?

¿Estaba… mal sentirse tan vulnerable en algo tan pequeño?

Su pecho dolía de un modo desconocido, pero permaneció en silencio, respetando la ilusión que Weiss había tejido entre ambos.

En otra mesa, Ruby seguía enfrascada en su cómic.

Sus ojos recorrían las viñetas de forma frenética, mientras el cómic mostraba cada vez más escenas explícitas: batallas feroces, Detroy smash… y, luego, escenas bastante subidas de tono que hacían que las orejas de Ruby parecieran dos tomates.

En ese momento, Yang —mientras devoraba otra hamburguesa con música sonando en sus auriculares— levantó la vista.

Con la boca medio llena, preguntó—¿Qué lees, Rubes?

Ruby, reaccionando con velocidad sobrehumana, cerró de golpe el cómic, casi rompiéndolo por la mitad.

Ocultándolo tras su espalda, balbuceó—¡N-Nada!

Solo una historieta de héroes, ¡muy divertida!

¡Acción y… cosas normales!

Yang frunció el ceño por un momento, pero luego se encogió de hombros y volvió a su comida.—Ajá.

Solo no me hagas ir a buscarte cuando no puedas dormir por… “cosas normales”.

Ruby soltó una risita nerviosa, jurándose a sí misma no leer esos tomos antes de dormir jamás.

(O al menos no sin poner una sábana encima como precaución).

Mientras tanto, en su rincón privado de la cafetería, Weiss y Tn terminaron de comer.

Weiss limpió su boca con una servilleta de forma impecable, mientras Tn seguía mirándola de reojo, procesando aún la intensidad de todo lo que había pasado.

Ella se levantó con gracia, tomó su bandeja y la de él, y luego le sonrió: —Vamos.

Tenemos que mantener las apariencias, ¿recuerdas?—le susurró, como si no fuera ella la que más disfrutaba del juego.

Tn asintió en silencio, siguiéndola como una sombra fiel.

Y mientras caminaban juntos, muchos ojos los siguieron también:algunos llenos de envidia, otros de tristeza, y algunos… de creciente resentimiento.

Porque Weiss Schnee había reclamado a Tn.

Y en Beacon, todos lo sabían ya.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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