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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 36

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  4. Capítulo 36 - 36 Grace Howard zzz
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36: Grace Howard (zzz) 36: Grace Howard (zzz) Grace Howard estaba emocionada.

No, más que emocionada: estaba en éxtasis.

Sus ojos brillaban detrás de las gafas de seguridad mientras ajustaba las perillas del panel de control.

Ante ella, una enorme cápsula de soporte vital se alzaba majestuosa, bañada en una tenue luz azulada.

Dentro, suspendido en un líquido de preservación, flotaba él.

Una figura joven, masculina, de rasgos suaves y una complexión atlética cuidadosamente esculpida.

Cada fibra de su ser había sido modelada por las manos de Grace: músculo por músculo, célula por célula.

La etiqueta en la cápsula lo decía todo: “Proyecto Bio & Ride: Tn” Grace acarició la cápsula con la punta de los dedos enguantados, como si tocara algo sagrado.

—Mi pequeño…

—murmuró en voz baja, una sonrisa temblorosa curvando sus labios.

Durante años, había perfeccionado sus máquinas.

Las amaba, más que a cualquier ser humano.

Cada motor, cada circuito, cada pieza de acero frío era como un hijo para ella.

Pero no era suficiente.

No para Grace.

Quería más.

Quería crear vida.

Aplicando su vasta experiencia en ingeniería de materiales, cibernética y biotecnología, diseñó a Tn desde cero.

Mezcló tejidos sintéticos con arquitectura cibernética de última generación.

Un bio-androide: su obra maestra.

Su “bebé”.

Su “hijo”.

Grace recordaba la emoción cruda, visceral, que sintió al moldearlo.

La euforia de ver sus manos dar forma a la perfección misma.

Casi perfecto…

Pero no del todo.

Aún faltaba lo más importante: encender su conciencia.

Había descartado usar archivos primarios de comportamiento estándar.

No quería un adulto rígido, ni un asistente robótico obediente.

Grace quería algo joven.

Maleable.

Dependiente de ella.

Por eso diseñó su mente como la de un adolescente, fresca, curiosa, vulnerable.

El panel junto a la cápsula parpadeaba suavemente, indicando que los sistemas estaban listos.

Solo necesitaba presionar un botón.

Solo eso, y Tn abriría los ojos por primera vez…

Pero Grace dudaba.

Su mano temblaba sobre el interruptor.

¿Y si no me quiere?

¿Y si se escapa?

¿Y si no me llama “madre”?

Una punzada amarga atravesó su pecho.

No podía soportarlo.

—Todavía no…

—susurró, retirando la mano.

Se sentó en el suelo del laboratorio, abrazando sus piernas, mirando la cápsula como una niña mira una caja de regalos prohibida.

Tn flotaba en su letargo, ajeno a la ansiedad de su creadora.

Tan cerca.

Tan lejos.

Grace apoyó la cabeza contra sus rodillas y sonrió de manera ausente.

—Pronto, mi amor…

Pronto serás todo lo que siempre soñé…

Las luces parpadearon débilmente sobre ellos, como estrellas tristes en un cielo de acero.

La noche en Nueva Eridu era fría y larga, y el nacimiento de un monstruo aún esperaba su momento.

En las profundidades del edificio de Belobog Heavy Industries, Koleda Belobog, la joven presidenta, hojeaba unos reportes en su despacho mientras suspiraba largamente.

Una vez más, su mente regresaba a la misma preocupación de siempre: Grace Howard.

—¿Está…

bien?

—se preguntó Koleda en voz baja, ladeando la cabeza con el ceño fruncido.

Grace era brillante, sí.

Insustituible.

Una genio absoluto en su campo.

Pero a veces…

A veces Koleda temía que su ingeniera estrella estuviera a un paso de volverse loca.

En contraste, Ben, el oso corpulento y taciturno, no parecía darle importancia.

Se limitaba a hacer su trabajo, soldando vigas de soporte y gruñendo satisfecho.

Anton, más jovial, estaba ocupado jugueteando con un dron, completamente ajeno al drama latente en los laboratorios de la compañía.

Grace, mientras tanto, caminaba por los pasillos de la zona de herramientas, tarareando una melodía desafinada.

Sus caderas se balanceaban con cada paso, y sus enormes pechos —desproporcionados para su delgada figura— rebotaban de forma cómica bajo su bata.

—Necesito más componentes conductores…

y…

—murmuraba, hojeando una lista garabateada mientras sujeta una botella de bebida energética con la otra mano.

De vez en cuando, alguien del personal técnico la miraba de reojo, preguntándose en silencio cómo alguien tan excéntrica podía ser uno de los pilares de Belobog Heavy Industries.

Pero Grace no se daba cuenta.

En su mente, solo existía una cosa: Tn.

Dentro de la cápsula de soporte vital, algo se agitaba.

No era mucho.

Apenas un susurro.

Una pequeña conciencia incipiente, como una chispa titilante en la vastedad de la oscuridad.

Tn.

La sinapsis sintética parpadeó fugazmente.

Un leve movimiento de los párpados cerrados.

Nada consciente.

Solo un reflejo…

una señal de que la vida empezaba a despertar.

Grace regresó a su laboratorio descalza, sus pies deslizándose sobre el piso metálico, la botella golpeando suavemente contra su muslo a cada paso.

Colocó las herramientas sobre una mesa improvisada y, con una sonrisa, se acercó a la cápsula.

—Hora de mimarte un poco, mi querido Tn —dijo, en tono meloso.

Dejó la bebida a un lado y se agachó frente a los paneles de mantenimiento de la cápsula.

Abrió una compuerta lateral, revelando el entramado de cables y tubos que mantenían a su “hijo” con vida.

Con movimientos expertos, revisó conexiones, purgó residuos de nutrientes, ajustó niveles de oxígeno…

De vez en cuando, mientras trabajaba, su bata resbalaba un poco, y tenía que detenerse a acomodarla torpemente, murmurando molestamente sobre “gravedad injusta”.

No se daba cuenta de que, dentro de la cápsula, Tn había movido ligeramente un dedo.

Un gesto minúsculo.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para que un pequeño “plop” sonara en el líquido de suspensión.

Grace levantó la cabeza, parpadeando.

—¿Hmm?

¿Qué fue eso?

—preguntó al vacío, ladeando una oreja.

No obtuvo respuesta.

Solo el zumbido constante de la maquinaria, y el latido sordo de la cápsula trabajando.

Sonrió, divertida, pensando que había sido su imaginación.

—Debo estar demasiado emocionada…

—se rió entre dientes, apoyando la mejilla contra la cápsula con ternura.

Del otro lado del cristal, la débil conciencia de Tn…

la sintió.

Sintió su calidez.

Su voz.

Y en ese instante, algo cambió dentro de la mente en construcción.

No un pensamiento.

No un razonamiento.

Solo una impronta primitiva: “Esta voz…

es importante…” Y en silencio, mientras su creadora trabajaba despreocupada, Tn soñó con ella.

La luz azulada de los monitores parpadeaba suavemente en la penumbra del taller.

El sonido del líquido circulando dentro de la cápsula era como una canción de cuna para Grace, quien seguía absorta trabajando en los paneles de mantenimiento.

Pero entonces…

Beep.

Un pitido bajo, casi imperceptible, rompió la monotonía.

Grace entrecerró los ojos.

Algo había cambiado.

Se incorporó lentamente, acercándose al monitor principal.

Los gráficos que antes eran planos —líneas rectas y predecibles— ahora mostraban picos irregulares.

Movimientos involuntarios.

Signos de actividad neural.

—No puede ser…

—susurró Grace, la voz apenas audible, como si temiera romper la magia.

Los paneles mostraban niveles de bioelectricidad fluctuantes, respiración mínima autónoma…

Incluso pequeñas contracciones musculares.

Tn estaba respondiendo.

Sin haber sido activado manualmente.

El corazón de Grace latió con fuerza salvaje contra su pecho.

Sintió que el aire le quemaba los pulmones.

Su cuerpo, tan acostumbrado a la calma de los laboratorios, temblaba.

De emoción.

De éxtasis.

Un sudor frío resbaló por su frente, bajando por su cuello hasta empapar la bata.

Sus piernas flaquearon ligeramente, obligándola a apoyarse contra la cápsula para no caer.

—Ja…

Ja…

¡Ja ja ja ja!

—rio, ahogada, como una niña ante su juguete favorito.

Sus ojos, normalmente brillantes de inteligencia, ahora destellaban con un brillo febril.

Un brillo de orgullo, de afecto retorcido.

Como una madre que acaba de sentir la primera patadita de su bebé no nacido.

Grace apoyó ambas manos temblorosas sobre el cristal de la cápsula.

Tn, suspendido en el líquido nutritivo, apenas movía un dedo…

pero lo movía.

Ella contuvo un sollozo de felicidad, frotando su frente sudada contra el vidrio.

—Eres increíble, Tn…

—susurró con devoción, sus labios apenas rozando la superficie fría del cristal—.

Mi precioso niño…

Mi obra perfecta…

Su respiración se volvió irregular, sus mejillas ardían.

Cada pequeño pitido de los monitores era como música celestial en sus oídos.

No necesitaba más razones.

No necesitaba más pruebas.

Tn quería vivir.

No porque un programa lo obligara.

No porque ella lo ordenara.

Sino porque sí.

Una chispa real, genuina, espontánea de existencia.

Eso era mucho más de lo que cualquier ingeniero en Nueva Eridu había soñado jamás.

Grace, aún presionando su frente contra la cápsula, cerró los ojos y susurró—Pero todavía no…

mi amor…Todavía no estás listo…

Acarició el cristal con la yema de los dedos, como si acariciara la mejilla de un hijo dormido.

—Pronto…

muy pronto…Y entonces…

serás mío por completo…

Sonrió.

Una sonrisa cálida, dulce…

y completamente, deliciosamente desequilibrada.

Mientras tanto, dentro del tanque, Tn soñaba.

Soñaba con una voz suave, un rostro difuso, unas manos tibias…

Y una idea primitiva surgía en su naciente mente: “No estoy solo…” El taller antes caótico de Belobog Heavy Industries había cambiado.

En el rincón más aislado, lejos del ruido de maquinaria y los gritos de operarios, un pequeño santuario tomaba forma.

El Bangboo —un adorable modelo con orejas de conejo, bautizado “Muffin”— se balanceaba en una escalera improvisada, sujetando un rodillo de pintura demasiado grande para su cuerpo pequeño.

Con movimientos torpes pero entusiastas, ayudaba a cubrir las paredes en un suave tono azul celeste.

Un mural empezaba a surgir: Un cielo despejado, suaves nubes, estrellas doradas dibujadas a mano…

Todo impregnado de una ternura que parecía fuera de lugar en un taller industrial.

Y al centro del mural, un boceto más detallado: Un joven de cabello blanco y ojos ambarinos —una representación idealizada de Tn— rodeado de engranajes flotando como halos.

Grace, de pie en medio de ese escenario, contemplaba todo con una sonrisa soñadora.

Un pañuelo atado en su cabeza protegía sus mechones rebeldes del polvo.

Estaba descalza, sus pies manchados de pintura, y llevaba una enorme camiseta que alguna vez había sido de Anton (“Property of Belobog Heavy Industries”) como improvisada ropa de trabajo.

Sostenía entre sus manos un pequeño moisés de acero reforzado que había soldado ella misma, cubierto de sábanas de algodón artesanal.

—Todo tiene que ser perfecto…

—murmuraba con devoción—.

No quiero que mi niño vea algo feo cuando abra sus ojitos…

Mientras colocaba cojines a prueba de impactos alrededor del moisés, un par de pasos se acercaron al taller.

Koleda Belobog.

Su enana figura se asomó por la puerta abierta, su único ojo visible brillando con ligera irritación.

—¿Grace…?

—preguntó en voz alta, los brazos cruzados—.

¿Qué…

qué demonios estás haciendo aquí?

Grace, como si despertara de un trance, giró lentamente hacia ella.

Su cabello estaba desordenado, su rostro sudado y manchado de pintura.

Pero su sonrisa…

su sonrisa era demasiado amplia, demasiado tierna.

Muffin el Bangboo agitó su rodillo de pintura, saludando alegremente a Koleda.

“¡Pintura feliz!”, chirrió.

Koleda frunció el ceño.

—Estoy…

—empezó Grace, limpiándose las manos en la camiseta— …preparando el cuarto de mi pequeño.

Su voz era dulce como la miel, pero algo en su tono hizo que la piel de Koleda se erizara.

—¿Tu pequeño…?

—repitió Koleda, intentando sonar neutral.

Grace asintió con una felicidad peligrosa, sus ojos azules brillando con un amor casi sobrenatural.

—Mi Tn…

Mi bebé perfecto…

—dijo, acariciando con ternura una de las paredes mientras hablaba.

El Bangboo pintaba un pequeño corazón bajo el retrato de Tn, sin comprender del todo el extraño ambiente que reinaba.

Por un momento, Koleda solo parpadeó, procesando lo que veía.

Su único ojo se achicó un poco, una gota de sudor nervioso bajó por su sien.

—…Okey.

—soltó simplemente.

Y con una lentitud casi cómica, retrocedió.

Un paso.

Otro paso.

Hasta que se perdió de vista, como si su instinto de supervivencia le advirtiera que no debía hacer más preguntas.

Grace, satisfecha, soltó una risa bajita.

Muffin chirrió felizmente.

El cuarto siguió tomando forma: Muñecos de peluche de engranajes, móviles colgantes que giraban con formas de herramientas, luces tenues de tonos cálidos.

Cada detalle pensado con amor obsesivo.

Grace ya podía verlo…

Podía imaginarlo corriendo hacia ella, sonriendo, llamándola “mamá” en voz baja…

—Pronto, Tn…

—susurró mientras abrazaba un cojín como si fuera un bebé—.Muy pronto…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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