Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Waifu yandere(Collection) - Capítulo 39

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Waifu yandere(Collection)
  4. Capítulo 39 - 39 Ruby Rose part 4 rwby
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

39: Ruby Rose part 4 (rwby) 39: Ruby Rose part 4 (rwby) La mañana había empezado como cualquier otra en Beacon: con pasos perezosos por los pasillos, estudiantes medio dormidos cargando libros, y el sol filtrándose cálidamente por las ventanas del salón principal.

Pero para Ruby Rose, aquel no era un día común.

Con ambas manos temblorosas, estaba frente a Tn, que esperaba en silencio.

El joven fauno estaba quieto, con la cabeza levemente ladeada, sus orejas de lobo moviéndose con atención.

No podía ver, pero percibía claramente el leve temblor de Ruby, el susurro nervioso de su respiración, el aroma inconfundible del perfume de Weiss, y sobre todo… el suave aroma de tela nueva entrelazada con emoción.

Ruby estiró los brazos, su voz trémula como papel arrugado.

—E-estaba pensando que… tú… bueno, a veces olvidas tu bufanda vieja, y como ya se acerca el frío y…

y bueno… ¡aquí tienes!

Tn no se movió al principio.

El aroma lo envolvió como un lazo invisible.

Podía oler el algodón recién, la fragancia dulce —ligeramente floral— impregnada en la tela, y algo más… algo que no sabía poner en palabras.

Las orejas de Tn se alzaron ligeramente.

—Oh… por los cielos… —chilló Ruby de forma aguda, tapándose la boca con ambas manos mientras sus mejillas se encendían de rojo.

¿Por qué tenía que ser tan lindo?

Tn ladeó la cabeza, confundido, tocándose las orejas con lentitud.

—¿Te… pasa algo?

—¡N-nada!

¡Sólo que… te ves muy… orejilindo!

—exclamó sin pensar, deseando tragarse las palabras de inmediato— ¡Digo!

¡Nada, no importa!

El fauno asintió lentamente, aún sin comprender del todo, y dijo con suavidad—Ruby… no hace falta que me des algo.

No tienes que… molestarte conmigo.

Las palabras le salieron con dificultad, como si una espina se clavara dentro de él.

Sintió una punzada en el pecho, justo en ese rincón que solía mantener vacío.

¿Por qué le dolía decir eso?

Ruby bajó la cabeza.

Su voz fue apenas un susurro.

—¿No te gusta…?

Ese murmullo hizo que algo temblara dentro de Tn.

Se sintió como si hubiera pateado una flor por accidente.

Se acercó un paso y extendió las manos con torpeza, buscando el regalo que aún no había tocado.

—No es eso… —dijo, más bajo— Me agradas, Ruby.

De verdad.

Solo que… no quiero que pienses que tienes que darme cosas para estar conmigo.

Ruby levantó los ojos, sorprendida.

Sus mejillas seguían rojas, pero ahora su sonrisa tímida estaba de vuelta.

—Tonto… no lo hice por obligación.

Lo hice porque quería.

Y porque… me hace feliz verte con algo que te abrace cuando yo no esté cerca.

Tn abrió ligeramente los labios.

No sabía cómo responder a eso.

El silencio se alargó un instante.

—Ahora —dijo Ruby, tomando aire con decisión—, ponte la bufanda.

¡Quiero ver cómo te queda!

Tn titubeó, y luego tocó con sus dedos la tela.

Buscó con cuidado los extremos, trató de rodearse el cuello… pero sus manos se torcieron un poco, y la bufanda se cayó.

Ruby soltó una risita suave.

Se acercó sin pedir permiso, con un rubor terco en las mejillas, y dijo—Déjame ayudarte… ¿sí?

Él asintió.

Ruby se puso frente a él, alzando la bufanda y pasándola con cuidado alrededor de su cuello.

Sus dedos rozaron la piel.

Él se estremeció levemente, sin alejarse.

Sus rostros estaban cerca.

Muy cerca.

—Ahí está… —susurró Ruby al terminar el nudo simple— Perfecto.

Tn tragó saliva.

Sus manos se cerraron alrededor de la tela, como si buscara memorizar su textura.

Su voz salió en un susurro ronco.

—Gracias… Ruby dio un paso atrás, todavía sonriendo, y luego empezó a alejarse, apretando sus libros contra el pecho para calmar su corazón.

Tn se quedó en el lugar, con la bufanda apretada contra su cuello.

En su pecho, el corazón latía… más fuerte de lo normal.

Más humano.

Las horas pasaron con la lentitud silenciosa de un otoño suave.

El aire dentro de Beacon estaba cargado con el murmullo de plumas sobre papel, voces de profesores y el arrullo sutil del viento que acariciaba los ventanales.

Tn permanecía sentado en su pupitre, quieto y recto, con la bufanda bien ceñida al cuello.

Era suave.

Cálida.

Un poco larga, lo suficiente como para ondear cuando caminaba, como si quisiera abrazarlo incluso cuando Ruby no estaba cerca.

El perfume, aunque débil por el paso de las horas, todavía se aferraba a la tela.

Para él, eso bastaba.

Era su ancla.

No sabía de qué color era.

Nunca lo sabría.

Pero no importaba.

Era de Ruby.

Y eso era suficiente.

No necesitaba verla para imaginarla.

La risa entrecortada que soltaba cuando estaba nerviosa, sus pasos acelerados cuando intentaba llegar puntual a clase, el ligero sonido metálico de su guadaña que nunca soltaba del todo, y, sobre todo, la manera en que decía su nombre con una sinceridad que nadie más usaba.

Mientras él permanecía en silencio, concentrado en recordar cada pequeño matiz de su voz, del otro lado del aula, Ruby estaba completamente roja, tratando de esquivar los codazos persistentes de su hermana.

—Entonces, hermanita —dijo Yang, sonriendo de oreja a oreja—, ¿cómo va el asunto de tu “novio”?

Ruby casi se ahoga con su propio aliento.

—¡No es mi novio!

—exclamó, bajando la voz de inmediato cuando varios estudiantes giraron a ver— Solo… le di una bufanda.

Nada más.

Yang cruzó los brazos, claramente disfrutando del espectáculo.

—Claro, claro.

Solo una bufanda, con perfume, envuelta con cariño, y que además le pusiste mientras te acercabas a su cuello con el rostro todo rojo.

Muy neutral todo, Rose.

Ruby hundió el rostro entre los brazos, gimiendo.

—¡Yang, para…!

En una mesa cercana, Velvet Scarlatina dibujaba con una sonrisa tranquila, sus orejas de conejo moviéndose al compás del ambiente animado del salón.

Frente a ella, su cuaderno abierto revelaba un boceto en progreso.

Allí, sobre el papel, Tn estaba sentado en una banca, con su bufanda ondeando en el aire mientras Ruby reía junto a él, cubriéndose la boca con timidez.

Sus expresiones no eran románticas ni exageradas, sino tiernas, ligeras… genuinas.

Coco Adel se inclinó por encima del hombro de Velvet y soltó un silbido bajo.

—Wow… eso es adorable.

¿Estás dibujando un fanart en vivo?

Velvet sonrió sin apartar el lápiz del papel.

—No es fanart.

Solo… me pareció bonito verlos así.

Tn siempre camina solo.

Hoy no.

Hoy parece más tranquilo.

Más feliz.

Me gusta dibujar cuando alguien por fin encuentra un lugar donde sentirse bien.

Coco levantó una ceja, cruzándose de brazos.

—Huh.

Bueno, el chico tiene estilo.

Esa bufanda realmente le da un aire de protagonista melancólico de novela.

Velvet rió suavemente.

—O tal vez… solo necesitaba a alguien que creyera en él.

Mientras tanto, en otro rincón de Beacon, Tn caminaba por los pasillos después de clase, guiándose por la vibración del suelo, por los ecos y sus sentidos agudos.

Las voces, las respiraciones, el sutil crujir de cada paso… todo era un mapa en su mente.

Pasó junto a una ventana abierta, y la brisa acarició su rostro.

La bufanda ondeó suavemente a su alrededor.

Por un instante, una extraña emoción le recorrió el pecho.

No miedo.

No furia.

Era… calma.

Melancolía.

Algo cálido que no sabía nombrar.

Se detuvo.

Alzó una mano, acariciando el borde de la bufanda.

Y sin darse cuenta, esbozó una pequeña sonrisa.

No se la quitó el resto del día.

Tn caminaba con calma por el pasillo de piedra, aún sintiendo el tenue aroma de Ruby en la bufanda que le rodeaba el cuello.

Había sido un buen día, o al menos uno tranquilo.

El aire se sentía menos pesado, y la voz de Ruby aún resonaba débilmente en su mente como una melodía suave.

Fue entonces que todo se rompió.

Un cuerpo más pesado que el suyo lo embistió de lado, sin aviso.

No pudo anticiparlo; el empujón fue seco, directo, cobarde.

Tn, sintiendo cómo su pie rozaba el vacío por un segundo antes de recuperar el equilibrio precario.

No llegó a caer, pero…

…la bufanda.

La sintió aflojarse.

El nudo se deshizo.

Y luego, como si el universo se burlara de él, un sonido sordo: flop…

tela suave golpeando el suelo.

Tn parpadeó.

No veía nada, pero sentía el mundo detenerse.

Sus orejas de lobo se aguzaron.

El eco de unas botas pesadas.

Una pisada brusca.

Un crujido leve que no debería haberse escuchado sobre tela.

—¿Qué es esto?

¿Tu babero, perrito?

Skyrim.

Otro bruto con uniforme.

Compañero de Cardin.

Una sombra de arrogancia con voz chillona que creía que pisotear a los débiles lo hacía más alto.

—Mira nada más… qué ridículo.

¿Te la regaló tu ama?

—rió con malicia, mientras pisoteaba la bufanda—.

Bah, como si un sucio fauno mereciera algo así.

El aire se volvió más denso.

Tn no respondió.

No podía.

Porque ya no sentía la bufanda sobre su cuello.

Y eso lo paralizó.

Su pecho se contrajo de golpe, como si algo invisible le apretara el corazón.

Dio un paso hacia donde creía que estaba la bufanda, sus manos temblando, extendiéndose a ciegas por el suelo, rozando nada más que piedra, polvo y burla.

—¡Mírenlo!

—gritó Skyrim a unos estudiantes que pasaban cerca—.

¡Miren al pobre animalito buscando entre la mugre!

¿Esperas que tu hocico te ayude?

Una patada le rozó la mano.

Otra golpeó su hombro, haciéndolo tambalear mientras seguía en el suelo.

Tn no emitió palabra.

Su respiración era entrecortada.

Sus manos encontraron el borde de algo suave, manchado, húmedo, cubierto de tierra.

La bufanda.

La apretó contra su pecho con ambas manos como si fuera lo último que poseía.

Y en su interior, algo…

…algo se quebró.

—Beacon no debería admitir animales.

Eres un estorbo.

¿Crees que por tener orejitas tristes y cara de perrito asustado mereces estar aquí?

El silencio fue su única respuesta.

Pero sus orejas se alzaron.

Lentamente.

Con tensión.

Su semblanza se activó de forma involuntaria.

El aire alrededor de Tn vibró.

El suelo tembló de manera casi imperceptible.

Y la voz de Skyrim comenzó a apagarse, tragada por la presión que se acumulaba alrededor del fauno.

Tn se incorporó lentamente, la bufanda aún contra su pecho.

El polvo le cubría el rostro, y aunque no podía ver, sabía exactamente dónde estaba Skyrim.

—No… —dijo Tn, su voz ronca y baja, apenas un susurro—.

No vuelvas a tocar esto.

—¿Qué dijiste, basura?

Y entonces, sin previo aviso, la energía alrededor de Tn explotó hacia afuera como una ola silenciosa.

Skyrim fue arrojado de espaldas contra la pared, su cuerpo chocando con un golpe sordo.

El pasillo quedó en silencio.

Tn respiraba con dificultad, su semblanza retrocediendo, disolviéndose en el aire como niebla caliente.

Un par de alumnos observaron desde lejos, pero ninguno se atrevió a intervenir.

Con manos temblorosas, volvió a anudar la bufanda como pudo alrededor de su cuello, sin importar que estuviera sucia o rasgada.

Porque era suya.

Y había venido de ella.

Tn ya no escuchaba.

No con claridad.

No el sonido del mundo.

Solo eso…

un rugido interno que crecía como una tormenta atrapada bajo su piel.

Su respiración era pesada, entrecortada, y sus colmillos —herencia animal que rara vez mostraba— se asomaban entre sus labios, afilados como advertencias.

El cuerpo de Skyrim temblaba en el suelo, una mezcla de terror y dolor, sus piernas sacudiéndose débilmente mientras la fuerza invisible de la semblanza telekinética de Tn lo mantenía aplastado contra el piso.

Los murmullos de los estudiantes se volvieron gritos lejanos.

Algunos corrieron, otros se quedaron paralizados.

Skyrim chilló.

—¡Me está matando aghghgh!

¡¡Me está matando ese maldito animal!!

Pero Tn no lo escuchaba.

Estaba apretando la bufanda con tanta fuerza contra su pecho que sus nudillos se tornaron blancos.

La tierra, el desprecio, la humillación… todo hervía en su interior como una olla a punto de estallar.

Y entonces… Una explosión de aire, un destello de luz.

Glynda Goodwitch irrumpió en la escena con su característico paso firme y su semblanza activada, el aura de control rodeándola como una tempestad contenida.

—¡Detente ahora mismo!

—gritó con autoridad, extendiendo su semblanza.

Su telequinesis se activó, una ola invisible tratando de empujar y contener el cuerpo de Tn.

Pero algo extraño ocurrió.

La energía de Glynda titubeó.

Se dispersó…

como si la voluntad de Tn la repeliera.

Los ojos de Glynda se estrecharon.

—…¿Qué eres tú?

Tn no respondía.

Estaba quieto.

Silencioso.

Pero no sumiso.

La bufanda temblaba entre sus manos.

Su semblanza y la de Glynda chocaban como dos presiones atmosféricas incompatibles.

Una era orden, la otra, ira reprimida.

Y en medio de todo, la figura encorvada del fauno, con el rostro cubierto de polvo y los labios apretados por la rabia muda.

Glynda dio un paso más cerca.

—Tn.

Necesito que te tranquilices.

Ahora.

Él no se movía.

No respondía.

Pero el temblor de sus dedos decía más que mil palabras.

El miedo.

La furia.

El recuerdo de la voz de Ruby.

El suave perfume.

El tacto de una tela ahora rasgada.

Todo colapsando.

—Tn… por favor, —repitió Glynda, esta vez con algo que parecía… compasión.

El rugido dentro de él cedió lentamente.

Tn bajó la cabeza.

El aire dejó de oprimir.

Skyrim gimió, liberado, y fue rápidamente llevado por un grupo de alumnos a la enfermería, su rostro pálido, su orgullo destruido.

Glynda suspiró y agitó la mano.

La energía en el ambiente se dispersó.

—Tn.

No tienes permitido atacar a otros estudiantes.

Ven conmigo.

No discutió.

No protestó.

Solo asintió con la cabeza baja, como una sombra rota.

Caminó detrás de Glynda en silencio, su andar pesado, pero sin soltar jamás la bufanda entre sus dedos.

Mientras cruzaban el pasillo hacia el edificio de administración, algunos estudiantes lo miraban en silencio.

Otros apartaban la mirada.

Nadie hablaba.

Y Tn, en su silencio, solo pensaba en una cosa.

“Ella me la dio…” “Ella me la dio…” Como un mantra.

Un ancla que lo salvaba de perderse del todo.

El despacho de Glynda Goodwitch estaba sumido en un tenso silencio.

El reloj marcaba el paso de los minutos, pero ninguno de los dos hablaba.

Tn estaba sentado frente al escritorio, las manos sobre sus rodillas, la bufanda arruinada aún envuelta entre sus dedos.

No la soltaba.

Glynda, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, lo observaba con una mirada que mezclaba juicio y lástima.

Finalmente habló—¿Quieres decirme qué pasó exactamente?

Tn bajó un poco la cabeza.

Sus orejas se movieron apenas.

—Me empujó.

Me quitó la bufanda que Ruby me regaló… la pisó, la ensució…

y dijo que yo era un animal.

Un sucio fauno.

Como siempre lo hacen.

Glynda cerró los ojos por un momento.

El suspiro que dejó escapar fue largo y amargo.

—¿Quiénes?

Tn respondió sin pensarlo.

—Cardin.

Skyrim.

Jaune a veces… otros.

Se burlan, me golpean cuando nadie mira.

Me escupen en el pasillo.

Dicen que no pertenezco aquí.

Que Beacon no es lugar para un ciego.

Para un fauno.

La profesora no dijo nada de inmediato.

Sus dedos se crisparon contra su brazo.

Sabía que Tn no mentía.

Había oído rumores.

Miradas.

Silencios cómplices en el comedor, en las clases, en los pasillos.

No era la primera vez que alguien acusaba a Cardin o a su grupo.

Pero Beacon tenía una reputación que mantener.

La academia no podía verse envuelta en escándalos internos.

—No puedo castigar a todos por un testimonio, Tn —dijo al fin, en voz baja pero firme—.

Entiende…

no es justo.

Para ti, tampoco lo es.

Pero esta academia forma cazadores.

No activistas.

Y no puedo arriesgar todo por una sola queja.

Tn bajó aún más la cabeza.

Sus dedos apretaron la bufanda arrugada.

Glynda cambió de tono.

—Estarás en detención por ahora.

Solo puedes ir a tu habitación y al salón de estudio privado.

Nada de entrenamiento.

Nada de misiones.

Te quiero lejos de problemas.

Tn asintió, despacio.

—¿Puedo irme?

Glynda lo observó largo rato.

Finalmente, asintió con un gesto de la cabeza.

—Puedes.

El fauno se levantó, sin decir una palabra más, y salió de la oficina sin levantar la vista.

Tn caminó en silencio por los pasillos, guiándose por la memoria, por el eco, por los leves cambios en el aire.

Nadie se cruzó con él, o si lo hicieron, no se atrevieron a acercarse.

Cuando llegó a su habitación, cerró la puerta detrás de sí y se apoyó contra ella por un largo momento.

La respiración pesada.

El alma rota.

Luego caminó a tientas hasta la cama y se dejó caer sobre ella con un golpe sordo.

La bufanda quedó sobre su pecho, arrugada, manchada de tierra.

El aroma aún estaba ahí… ligero, dulce, inocente.

Ruby.

Se dio la vuelta, como una bestia herida buscando consuelo.

Soltó un gruñido bajo, más animal que humano.

No de rabia.

No de furia.

De pena.

Las palabras de Ruby volvieron a su mente como cuchillas de luz: “Quiero que la tengas tú.

Porque…

tú me agradas, Tn.” Y ahora estaba arruinada.

Como él.

Sus orejas temblaron.

Hundió la cara contra la almohada.

Y no lloró.

No podía.

Ya no sabía cómo.

Pero dolía.

Como si el alma se le hubiera roto en un color que nunca pudo ver.

La noche apenas comenzaba a calentar la habitación de Tn cuando, unos minutos antes de que Ruby se presentara en su puerta, la joven había escuchado rumores inquietantes en el pasillo.

Al pasar cerca del salón, dos estudiantes susurraban con tono alarmado—¿Supiste que Tn se peleó hoy?

—Sí, dijeron que se volvió salvaje contra Cardin y unos cuantos.

Dicen que su semblanza lo sacó a tal punto que ni Glynda pudo controlarlo.

El corazón de Ruby se aceleró.

Su mente se llenó de preguntas y temor: ¿Estaba bien?

¿Le habían hecho daño?

La imagen de Tn, su rostro siempre sereno y la bufanda que ella le había regalado, se tornaba ahora en un eco distante de violencia.

Sin pensarlo, corrió hacia la puerta de su propio dormitorio y, con el pulso agitado, se dirigió al pasillo en busca de Tn.

Al llegar frente a la puerta de la habitación de Tn, Ruby se apoyó contra ella y, con voz alta y temblorosa, llamó—Tn… por favor, ábreme.

Necesito verte.

El silencio era espeso como niebla en el cuarto de Tn.

Solo se escuchaba su respiración, agitada.

Su corazón martilleaba como si intentara romper su caja torácica.

La voz de Ruby, suave pero insistente, seguía al otro lado de la puerta.

—Tn… por favor… solo quiero verte.

Solo… dime que estás bien.

Él no respondió de inmediato.

Su puño temblaba sobre el pomo.

El tacto de la bufanda sucia aún estaba en su mano, arrugada como su ánimo.

Y sin embargo… Con un suspiro bajo, casi un gemido animal de rendición, Tn abrió la puerta lentamente.

No necesitaba ver para saber que Ruby estaba ahí.

Podía olerla: flores y metal, dulzura y pólvora.

El mundo se redujo a ese aroma.

Ruby lo miró, los ojos rojos empañados.

—¡Tn!

Antes de que él pudiera decir algo, ella usó su Semblanza, y el mundo se convirtió en una ráfaga de pétalos rojos y un cuerpo cálido que chocaba contra el suyo.

Ruby lo abrazó con fuerza.

Él trastabilló, cayendo de espaldas con un sonido sordo contra el colchón.

Ruby encima.

No como un gesto romántico ni planeado.

Solo pura necesidad.

Puro instinto de consolar.

—Escuché lo que pasó… —susurró ella, con la voz rota—.

Te peleaste con ese idiota… ¿Estás bien?

¿Te hizo daño?

Tn no sabía cómo reaccionar.

Sus brazos estaban alzados, suspendidos en el aire como si no le pertenecieran.

Su mente gritaba órdenes contradictorias.

Aléjala.

Abrázala.

No te muevas.

Húndete en su olor.

Huye.

Pero Ruby estaba ahí.

Respiraba sobre él.

Su cabello rozaba su cuello.

Su cuerpo temblaba levemente de angustia.

Y algo dentro de Tn —algo profundo, enterrado y feroz— despertó.

Su semblante cambió.

Los colmillos emergieron, involuntarios.

Sus orejas se tensaron.

Sus pupilas, aunque ciegas, se afilaron bajo los párpados.

Y entonces, imágenes que no eran suyas comenzaron a quemarle la mente.

Ella en un vestido rojo… corriendo entre los árboles.

Él, el lobo, siguiéndola entre la niebla.

Ruby, caperucita, girando con una sonrisa.

Invitando.

Entregándose.

Y él… solo dientes, solo hambre.

Solo necesidad de protegerla o devorarla.

—Ruby… —gruñó, su voz ronca, casi salvaje—.

No… no deberías… Ella alzó el rostro y lo miró, confundida, pero sin miedo.

—¿No debería qué?

Él tragó saliva.

Sus manos finalmente bajaron y rozaron su espalda.

El contacto fue leve, tembloroso.

Como si temiera romperla.

Como si temiera romperse a sí mismo.

—No deberías… estar tan cerca.

No está bien.

Ruby lo miró largo rato.

Luego, con voz suave, acariciando las heridas de su alma, respondió—No me importa.

Solo quiero que sepas… que no estás solo, Tn.

Que no eres un animal.

Eres mi amigo.

Y si alguien te hace daño otra vez… estaré ahí.

¿Está bien?

Sus palabras perforaron su pecho.

Ruby no entendía lo que pasaba dentro de él.

No podía entender cómo la parte más humana y más salvaje de Tn estaban peleando por tomar el control.

Pero su voz lo apaciguó.

Como una canción.

Como un bálsamo.

Ruby deslizó la bufanda arruinada de entre sus dedos y la miró con tristeza.

—Podemos arreglarla, ¿sabes?

Puedo coserla.

Tal vez no quede como nueva… pero aún será tuya.

Aún será mía.

Tn respiró hondo.

Sus colmillos se retrajeron.

Sus músculos, lentamente, se relajaron.

Él no dijo nada.

Solo asintió en silencio.

Ruby, con una pequeña sonrisa, se acomodó a su lado en la cama.

No se marchó.

Solo se quedó.

Como quien no necesita razones para acompañar a alguien roto.

Y Tn… por primera vez en mucho tiempo… no se sintió solo.

La habitación de Tn estaba en penumbra, iluminada apenas por la débil luz que se filtraba desde el pasillo.

El aire olía a tela vieja, a rabia y vergüenza aún latente.

Ruby seguía allí, sentada en el borde de su cama, sin temor, solo con esa extraña ternura que parecía imposible en un mundo que se empeñaba en herirlo.

Tn temblaba un poco.

No por frío, sino por algo que no sabía nombrar.

Sus ojos no se alzaban, clavados en el suelo, como si mirar a Ruby fuera demasiado, como si ella fuera el fuego y él un trozo de papel a punto de arder.

—Tn… —dijo Ruby suavemente, tocando su hombro con dedos cálidos, sinceros—.

¿Quieres… recostar la cabeza aquí?

Su mano bajó hacia su regazo y lo señaló con una dulzura que no se podía rechazar.

Él abrió la boca para negarse.

No.

No podía.

No debía.

Pero entonces las manos de Ruby lo guiaron, firmes pero gentiles, lo empujaron con una ternura decidida hasta que su cabeza descansó sobre sus piernas.

El calor que emanaba de ella lo envolvió de inmediato.

Sus sentidos, ya alterados, se agudizaron con brutal claridad: el suave olor a rosas que siempre la acompañaba, el leve ritmo de su respiración, el temblor casi imperceptible en sus muslos, como si el contacto también la afectara.

Ruby le sonrió desde arriba.

Una sonrisa pequeña, apenas curvada, privada, secreta.

Una sonrisa que Tn no pudo ver… pero que deseaba desesperadamente.

—Podría… arreglar tu bufanda —murmuró ella, mientras sus dedos comenzaban a acariciar con delicadeza las orejas de lobo que Tn había intentado ocultar toda su vida—.

También podría visitarte después de clases, mientras estés en detención.

Tal vez… podríamos hablar.

Y por la noche… puedo venir otra vez.

Solo a charlar.

Tal vez traer galletas… las de chocolate que te gustan.

Las palabras de Ruby caían como gotas suaves, cada una despertando algo en él.

Su pecho dolía.

Su corazón latía con fuerza, demasiado cerca de la garganta.

Las caricias sobre sus orejas eran peligrosamente reconfortantes.

Y aun así, cada una encendía un foco rojo dentro de él, una alarma que lo empujaba hacia los rincones oscuros de su mente.

Porque mientras Ruby hablaba, mientras le ofrecía cariño, apoyo, humanidad… otra parte de Tn comenzaba a resbalar por un abismo más profundo.

Ruby, en su mente, ya no era solo la dulce voz que lo acariciaba.

Era una figura entre la niebla, una niña vestida de rojo caminando sola entre los árboles de un bosque que olía a sangre y a invierno.

Él, entonces, era el lobo que la seguía, siempre desde lejos, acechando sin quererlo, sabiendo que si se acercaba demasiado… si cedía al hambre… la destrozaría.

«No quiero hacerle daño», pensó Tn, pero su cuerpo ardía.

Las orejas se erizaban con cada roce.

Su sangre hervía con impulsos que no podía controlar.

Sus garras apenas retraídas, sus colmillos apretados, y esa voz interna—la del instinto, la del lobo, la de la bestia fauno—susurraba.

“¿No ves que se entrega sola?” “¿No ves que se acerca sin miedo?” “Tómala.

Hazla tuya.

Ella quiere quedarse.

Quiere ser parte de ti.” —Tn… —Ruby rompió el silencio, bajando la cabeza para mirarlo de cerca, sus dedos aún moviéndose en las suaves curvas de sus orejas—.

Está bien si no quieres hablar.

Pero… no tienes que pasar por esto solo.

La ternura lo quebró.

Sintió un nudo en la garganta, no de tristeza, sino de esa mezcla extraña de deseo, culpa, dolor y un afecto que nunca aprendió a manejar.

Cerró los ojos con fuerza.

No podía dejar que Ruby viera los suyos: brillaban, apagados, hambrientos.

—Ruby… —murmuró con la voz rasposa, apenas humana.

—¿Sí?

Pero no dijo más.

Se quedó quieto, temblando, con los puños apretados y la frente apoyada contra sus muslos.

Ruby no se movió.

No se asustó.

Siguió ahí, en silencio, con las manos sobre él, como si eso fuera lo único que necesitaba.

Como si su presencia bastara para alejar a la bestia.

Y, por esa noche, tal vez sí lo fuera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo