Waifu yandere(Collection) - Capítulo 4
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 4 - Capítulo 4: Altera (fgo)
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 4: Altera (fgo)
El cielo estaba teñido de rojo, una mezcla de cenizas y fuego que aún danzaba en los restos de una civilización reducida a polvo. En el centro de ese paisaje desolador, Altera, la temida y poderosa destructora, observaba el resultado de su obra. Para ella, esto era natural, casi inevitable; las civilizaciones corruptas debían caer para dar paso a un nuevo orden, o tal vez al vacío absoluto. Pero en esta ocasión, algo inusual llamó su atención.
Entre los escombros ennegrecidos de un templo en ruinas, un débil latido resonó, persistiendo contra todo pronóstico. Movida por una curiosidad inexplicable, Altera se acercó. Allí, acurrucado entre los restos de una biblioteca destrozada, estaba un joven. Sus ropas, sucias y rasgadas, yacían sobre un cuerpo apenas consciente. Sus labios murmuraban algo, quizás el nombre de un libro o un pensamiento perdido.
—¿Qué eres? —preguntó Altera, inclinándose hacia él. Sus ojos carmesí lo examinaron con una intensidad fría. No esperaba una respuesta, pero no podía ignorar su existencia.
El chico, T/N, era un filósofo, un estudioso de las plantas y los minerales. Había pasado su vida buscando respuestas en la naturaleza, lejos de la corrupción que había plagado a su reino. Había sobrevivido al colapso, pero apenas.
Cuando Altera lo tomó en brazos, el contacto lo despertó. Sus ojos se abrieron lentamente, y lo primero que vio fue su figura imponente alta, de cabellos plateados y ojos como brasas. Su presencia era inhumana, una mezcla de amenaza y algo más que no podía definir.
—Tú… eres… —su voz tembló. Un eco del miedo vibraba en cada palabra.
Altera lo miró, ladeando la cabeza como si intentara descifrar su reacción. Había observado humanos en sus últimos momentos, llorando, gritando, incluso suplicando. Pero este chico no reaccionaba igual. Estaba asustado, sí, pero también confundido, como si no entendiera por qué seguía vivo.
Sin saber qué hacer, Altera decidió imitar lo que había visto antes. Se arrodilló frente a él, envolviéndolo en un abrazo firme.
—Esto… calma a los humanos, ¿no? —murmuró con su tono monocorde, como si estuviera hablando consigo misma.
T/N se tensó, incapaz de comprender lo que sucedía. La mujer que había destruido todo lo que conocía lo estaba abrazando, y aunque su toque era frío, algo en su actitud parecía sincero, incluso inocente.
—¿Por qué… estoy vivo? —preguntó, su voz apenas un susurro.
Altera lo miró fijamente, como si buscara una respuesta dentro de sí misma.
—Eres diferente —dijo al fin—. No eres como los demás. No sentí que fueras… innecesario.
El chico tragó saliva, sin saber si debía sentirse halagado o asustado. El miedo seguía presente, pero la confusión era aún mayor.
—Tienes que venir conmigo —añadió Altera, con un tono que no admitía réplica—. Ahora eres mío.
T/N no supo cómo responder. ¿Qué significaba eso? ¿Era un prisionero? ¿Un objeto para estudio? ¿Un experimento más en el caos que ella había desatado?
Altera no lo soltó. Para ella, esto era un experimento propio, una forma de entender a los humanos que siempre destruía. Algo en este chico había despertado su curiosidad, algo que la hacía querer conservarlo, protegerlo. No sabía por qué, pero decidió que lo descubriría.
Mientras las cenizas seguían cayendo como nieve sobre las ruinas, Altera, la gran destructora, se levantó con T/N aún en sus brazos. Un nuevo propósito había nacido en su interior, y aunque no lo entendía por completo, sabía una cosa con certeza: este chico le pertenecía ahora, y nadie se lo arrebataría.
El viaje comenzó al amanecer. O lo que quedaba de él. Con las ruinas del antiguo reino desapareciendo en el horizonte, T/N se vio obligado a seguir a Altera. Cada paso era pesado, cada respiración un recordatorio del agotamiento que lo carcomía. Pero no podía detenerse. Una correa, atada con precisión a su muñeca, le impedía hacerlo.
Al principio, pensó que era un simple mecanismo de control, algo frío y calculado. Pero cuando vio el rostro de Altera al ajustarla con calma, comprendió que su lógica era diferente. No era crueldad, era algo más… peculiar.
—Así no te perderé —dijo con su voz monótona, como si fuera una solución perfecta y obvia.
T/N no pudo evitar sentirse atrapado, pero no solo físicamente. Había algo en los ojos de Altera, en su manera de observarlo, que lo hacía preguntarse qué significaba realmente “pertenecerle”.
El primer día de viaje fue un suplicio. Altera caminaba sin descanso, como si la fatiga fuera un concepto ajeno para ella. Sus pasos eran firmes y seguros, cruzando desiertos de ceniza y colinas devastadas. Pero para T/N, cada kilómetro era un desafío insuperable.
—Por favor… —jadeó, deteniéndose un momento—. No puedo… más…
Altera giró la cabeza hacia él, con su expresión carente de emociones. Observó cómo sus piernas temblaban, cómo el sudor empapaba su frente.
—¿Por qué te detienes? —preguntó, como si realmente no entendiera.
—Porque soy humano. Me canso…
Altera ladeó la cabeza, procesando sus palabras. No respondió. Simplemente tiró de la correa, con una fuerza que casi lo derribó.
—¡Espera! —protestó T/N, plantando los pies en el suelo—. ¡No puedo seguir así!
Por un momento, ella se detuvo, su mirada carmesí fija en él. Algo en su mente hizo clic, un pensamiento simple pero determinante. Si él no podía caminar… entonces no lo haría.
Sin decir nada, Altera se inclinó y lo levantó en sus brazos con una facilidad abrumadora. T/N se quedó inmóvil, sorprendido por el acto.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, su voz cargada de incredulidad.
—Eres mío —respondió ella, con la misma calma de siempre—. No puedo permitir que te pierdas.
Él no supo qué decir. Había algo inquietante en su tono, en cómo lo miraba, pero también algo casi… protector. La forma en que lo sostenía, con cuidado, casi como si fuera un objeto valioso que no debía dañarse, lo confundía.
—No entiendo… ¿Por qué haces esto? —murmuró finalmente.
Altera caminaba sin detenerse, con la mirada fija en el horizonte. Tardó en responder, como si estuviera buscando las palabras correctas.
—Los humanos… siempre se rompen. Siempre desaparecen. Pero tú no lo harás. —Giró la vista hacia él, y por primera vez, T/N creyó ver algo parecido a una emoción en su rostro, aunque era difícil descifrarla—. No lo permitiré.
El silencio se instaló entre ellos mientras el paisaje seguía deslizándose a su alrededor. T/N, cansado y confundido, dejó de resistirse. Por ahora, solo podía aceptar su destino.
Horas después
El sol comenzaba a caer, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Altera finalmente se detuvo junto a un árbol solitario que había sobrevivido al caos. Dejó a T/N en el suelo con cuidado, soltando la correa de su muñeca, pero sin apartarla demasiado.
—Descansa —ordenó.
Él, agotado, se recostó contra el tronco, mirando las estrellas que comenzaban a asomarse. En el fondo, sabía que no tenía escapatoria. Altera era imponente, indescifrable y, de alguna manera, fascinante.
Mientras cerraba los ojos, pudo sentir su mirada fija en él. Como si estuviera asegurándose de que no se desvaneciera.
“¿Qué soy para ella?”, pensó antes de quedarse dormido.
Altera, sentada a su lado, se permitió un momento de reflexión. Los humanos eran frágiles, complicados. Pero este chico era diferente. Había algo en él que le daba un propósito distinto al de la destrucción.
Y aunque no lo comprendía del todo, sabía una cosa: no dejaría que nadie, ni siquiera él mismo, lo alejara de su lado.
El día había amanecido fresco y despejado, un respiro entre la interminable devastación. Altera había decidido continuar su camino hacia un lugar que desconocía, pero como siempre, su presencia era imponente, su marcha constante y su objetivo inquebrantable. T/N, con el rostro cansado pero lleno de una curiosidad silenciosa, la seguía, atado a ella por la correa que Altera nunca se apartaba de su muñeca.
Pero ese día algo cambió. Altera se detuvo abruptamente cuando vio algo en el suelo. Un pequeño par de piedras brillaban bajo los rayos del sol, reflejando colores que T/N reconoció de inmediato: cristales, minerales, su pasión.
T/N se acercó rápidamente, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia ellos. Sus dedos tocaron la superficie de las piedras, el brillo y las formas complicadas llenaban su mente con preguntas y admiración. Para él, no existía mayor alegría que la de descubrir algo nuevo sobre la naturaleza, y esas piedras prometían un conocimiento invaluable.
Altera, al verlo tan absorto, observó la correa que lo conectaba a ella. El chico estaba tirando de ella, intentando alejarse un poco. Sin comprender del todo, pensó que quizás lo que él quería era… jugar. Los humanos, pensó, siempre buscan distracción, cosas que les entretengan, y esta podría ser una oportunidad para darle algo que lo hiciera sentirse libre.
—Si quieres, puedes investigar —dijo Altera con calma, soltando un poco de la correa para darle algo más de espacio.
T/N, sorprendido por la repentina libertad, no pudo evitar mirar hacia atrás. Altera lo observaba con esos ojos fríos, pero algo en su tono le decía que no había malicia detrás de su decisión. Sin embargo, el miedo seguía latiendo en su pecho. No podía olvidar que ella lo había destruido todo, que tenía el control absoluto de su destino.
Con la correa aún sujetándola de su muñeca, T/N se permitió un respiro. Altera lo observaba, como siempre lo hacía, pero parecía permitirle algo más de autonomía.
“Tal vez pueda escapar”, pensó T/N, echando una mirada rápida hacia el horizonte. Pero la realidad lo golpeó enseguida. Altera estaba a tan solo unos pasos de distancia, su velocidad sobrehumana podría alcanzarlo en un parpadeo. El miedo y la lógica lo hicieron detenerse.
“No puedo escapar”, se dijo a sí mismo, mordiéndose el labio en frustración.
Decidió enfocarse en lo que tenía frente a él. Las piedras. Las formaciones minerales estaban ante él como un oasis de conocimiento. Con dedos temblorosos, comenzó a examinarlas con más detalle. Cada grieta, cada color, cada textura le ofrecía pistas sobre su origen y composición. Era como un campo de estudio abierto solo para él, y por un momento olvidó la correa, olvidó a Altera.
Mientras T/N se sumergía en su investigación, Altera observaba en silencio, siguiendo con la mirada cada movimiento del chico. Había algo en su actitud que le intrigaba. La forma en que sus ojos brillaban con emoción al tocar las piedras era una de esas rarezas humanas que no podía entender del todo, pero que, sin saber por qué, le parecía valiosa.
—¿Te gustan? —preguntó, acercándose un paso más.
T/N, al escucharla, levantó la vista y vio su rostro, impasible, pero con un leve atisbo de curiosidad.
—Sí… —respondió, respirando profundamente, aún con la correa alrededor de su muñeca—. Son… preciosas.
Altera no sabía qué hacer con esa información. “Preciosas”, dijo él. ¿Qué significaba eso para los humanos? No lo entendía, pero pensó que quizás eso podría ser algo importante. No quería que su prisionero, por así decirlo, se sintiera molesto o triste. Lo miró durante unos momentos más, observando cómo sus manos manipulaban las piedras con gran destreza, como si fueran más que simples objetos, como si fueran claves hacia algo más grande.
De repente, como si algo hubiera hecho clic en su mente, Altera dio un paso hacia él.
—Bien. No te perderé de vista. Pero puedes quedarte aquí todo el tiempo que quieras.
T/N la miró, sorprendido por lo que acababa de escuchar. Por un momento, pensó que tal vez podía aprovechar esta oportunidad para explorar más, sin la constante presión de su correa. Pero al mirar la mirada fija y alerta de Altera, se dio cuenta de que no podría irse tan fácilmente. No podía escapar de ella, ni aunque lo intentara.
Y entonces, algo extraño comenzó a suceder. La presión de su situación, de estar atrapado, se empezó a mezclar con algo diferente: una sensación de extraña protección. Altera no lo dejaba ir, pero al mismo tiempo no lo apresaba con dureza. Era como si lo estuviera cuidando, aunque no comprendiera por qué.
El chico volvió a centrarse en las piedras, su pasión por el estudio creciendo cada vez más, mientras Altera permanecía a su lado, vigilante, pero en una distancia que él no había pedido. Era su forma de libertad, un extraño tipo de libertad que, aunque forzada, de alguna manera se sentía… única.
El sol comenzaba a desvanecerse, tiñendo el cielo con tonos cálidos que rápidamente se desvanecían en la fría noche. Altera, como siempre, no mostraba señales de cansancio, su marcha imparable. Pero mientras caminaba, algo en el comportamiento de T/N le llamó la atención. Había comenzado a aceptar su situación, a dejar de intentar escapar o resistirse tanto, aunque su mirada aún llevaba la carga del miedo y la confusión.
Durante las últimas horas de su viaje, T/N había decidido algo: si no podía escapar, al menos podría encontrar algo que lo mantuviera ocupado, algo que le ofreciera algo de normalidad en medio de la absurda situación en la que se encontraba.
En sus manos, pequeñas piedras que había recogido a lo largo del camino ahora formaban una hilera, su mente trabajando en un nuevo propósito. Lo que podía hacer ahora, pensó, era algo simbólico. Algo que podía darle sentido a todo esto. Así, con las manos temblorosas, comenzó a trabajar en una pulsera rudimentaria, atando las piedras con hilos, creando una pequeña joya, una pieza de su mundo antiguo que deseaba ofrecer a la extraña criatura que lo había apresado.
Altera caminaba a su lado, sin entender lo que hacía, pero observando con atención cómo sus dedos se movían con precisión. No interrumpió su labor, simplemente se limitó a seguir el rastro del chico, permitiéndole tomar su tiempo. Quizás, pensó, los humanos necesitaban de estas ocupaciones para mantener la mente enfocada.
Finalmente, T/N terminó la pulsera. Aunque era pequeña y simple, había puesto parte de su esfuerzo en ella. La miró un momento, dudando si dársela o no. Pero algo lo empujó a ofrecerla, a hacer algo en este mundo de destrucción y vacío que tuviera un propósito.
—Es para ti —dijo en voz baja, extendiéndole la pulsera.
Altera se detuvo por un momento. La mirada fría y carmesí la recorrió de arriba abajo, observando el regalo en sus manos. No entendía del todo el gesto, pero había algo en esa simple pieza que la conmovió de una manera que no podía explicar. Había algo en el hecho de que T/N hubiera creado algo para ella, algo que él mismo había trabajado con sus propias manos, sin orden ni lógica, pero con dedicación.
Con un leve movimiento, Altera aceptó el regalo. No dijo nada al principio, simplemente observó cómo la pulsera se ajustaba a su muñeca. No comprendía lo que significaba, pero de alguna manera sentía un vacío que se llenaba un poco con ese simple gesto. Algo en su pecho, una sensación extraña, desconocida, se despertó. Era un sentimiento humano, un tipo de afecto, pero Altera no sabía cómo nombrarlo.
—Gracias —dijo finalmente, su voz aún carente de emoción, pero con un matiz que quizás solo T/N podría notar: una leve suavidad que no existía antes.
T/N la miró, sorprendido por la respuesta. Aunque era fría y distante, en ese momento sintió que quizás había logrado algo, algo que podría no significar mucho para ella, pero que era lo único que podía ofrecer en su mundo caótico.
—
La oscuridad se había instalado por completo, cubriendo el paisaje desolado. Altera seguía caminando, con T/N a su lado, aunque en algún momento él comenzó a quedarse atrás. Había agotado todas sus fuerzas durante el día, y la caminata se había vuelto demasiado pesada para él. Sin pensarlo, sus ojos comenzaron a cerrarse, y su cuerpo se desplomó en el suelo, exhausto.
Altera, al notar su caída, se detuvo en seco. Observó al chico durante un momento, su cuerpo tendido entre las rocas. No sabía qué hacer, pero en algún lugar de su mente, una parte de ella deseaba… no dejarlo allí. No quería que desapareciera, no quería perderlo. La correa, que normalmente ataba a su muñeca, estaba ahora simplemente colgando de su mano, olvidada en su prisa por reaccionar.
Con un movimiento suave, Altera se inclinó hacia él. Le rodeó con sus brazos, levantándolo con facilidad, como si fuera tan liviano como una pluma. T/N no despertó, la fatiga lo había dominado completamente.
Altera lo sostuvo en sus brazos por un momento, observando su rostro dormido. Algo en esa imagen la hizo sentir una incomodidad que no podía definir. ¿Por qué lo estaba cargando? ¿Por qué no lo dejaba en el suelo, como cualquier otra cosa que no valiera la pena?
Pero no lo hizo. En su lugar, lo acercó a ella y se acomodó en el suelo, colocando a T/N cuidadosamente a su lado. Sin embargo, en lugar de simplemente descansar, Altera cerró los ojos. No era que tuviera sueño, de hecho, no necesitaba descansar como los humanos, pero se quedó allí, en esa postura extraña, fingiendo dormir junto a él.
Algo dentro de ella, algo que no podía identificar, la impulsó a hacer eso. En ese momento, no era la destructora, ni la entidad fría que borraba civilizaciones enteras. Era solo una figura, un ser inmenso, que se permitía la fragilidad de un momento como ese.
Con los ojos cerrados y su cuerpo ligeramente inclinado hacia el de T/N, Altera permitió que la noche avanzara, sabiendo que no necesitaba dormir, pero experimentando, por primera vez, algo cercano a la vulnerabilidad humana.
La oscuridad de la noche seguía dominando el paisaje, envuelto en el silencio absoluto de las ruinas. T/N, con el rostro empapado en sudor frío, se despertó lentamente, un leve malestar llenando su mente al darse cuenta de la incomodidad en su cuerpo. Abrió los ojos, apenas consciente de dónde se encontraba. Sus ojos se movieron al principio lentamente, fijándose en las piedras y escombros que lo rodeaban. Pero lo que realmente llamó su atención fue la figura a su lado.
Altera estaba allí, cerca de él, tan cerca que podía sentir el frío de su presencia. Estaba acostada, los ojos cerrados, su respiración regular y tranquila. Algo en la escena lo descolocó.
¿Qué había sucedido?
T/N recordó vagamente cómo había caído desmayado durante el día, agotado por el esfuerzo de caminar bajo el sol inclemente. Pero ahora, se encontraba aquí, recostado en el suelo junto a la figura imponente de Altera. Ella no había mostrado ningún signo de incomodidad, ni de molestia por tenerlo cerca, lo que le pareció extraño.
Estaba tan cerca de ella, de hecho, que en su confusión, su corazón empezó a latir más rápido. Había una distancia física entre ellos, pero esa cercanía era casi palpable. Altera no se había apartado, ni siquiera se había movido mientras él dormía. Siendo alguien tan calculadora y distante, su actitud parecía fuera de lugar.
Con sumo cuidado, T/N se incorporó ligeramente, mirando a Altera mientras su mente intentaba comprender la situación. Recordaba la correa que la conectaba con él, siempre tirante, siempre recordándole su cautiverio. Pero no estaba atado ahora. Altera lo había dejado libre mientras él dormía.
¿Por qué? pensó. ¿Acaso había confiado en él por un momento? ¿O era una trampa?
El chico, con el corazón acelerado, miró su entorno rápidamente, pero no hubo señales de peligro inmediato. Sin embargo, esa tranquilidad no duró mucho. Una leve presión en su muñeca lo hizo mirar hacia abajo. La correa. Seguía allí, como un recordatorio constante de que no podía escapar.
Justo cuando comenzó a pensar que podía intentar levantarse y alejarse, algo en el aire cambió. Sintió la mirada de Altera sobre él. Sus ojos carmesí se abrieron lentamente, y la fría figura se incorporó con una agilidad sobrehumana.
—¿Despiertas? —preguntó, su voz suave pero firme. No parecía sorprendida por su despertar.
T/N no sabía qué hacer, si quedarse quieto o intentar huir. Pero algo lo mantenía en su lugar, una extraña sensación de estar atrapado en su presencia.
—¿Por qué…? —no pudo terminar la pregunta.
Altera no parecía inmutarse. En lugar de hacer un movimiento brusco o gritar, se limitó a mirarlo. Sus ojos rojos no mostraban enojo, solo una calma inquebrantable.
—Porque no quiero que te vayas —respondió simplemente.
T/N tragó saliva, sin comprender. No era la respuesta que esperaba. No estaba acostumbrado a este tipo de respuestas directas. La correa seguía conectándolos, un lazo tangible entre ellos, pero ahora parecía haber algo más. Altera no había reaccionado con furia, como lo haría una criatura implacable. No había destruido nada, no había atacado.
Lo observó con detenimiento, como si estuviera esperando algo. Como si esperara una reacción de su parte.
—No te he hecho nada —dijo ella, su tono casi… protector, aunque T/N no podía entender qué la impulsaba a decir eso.
T/N, aún confundido, bajó la vista a la correa, y luego a sus propios pies. Por un momento, una pregunta flotó en su mente: ¿Qué haría si intentara escapar ahora?
Pero el miedo a la velocidad de Altera, a su fuerza superior, lo mantuvo quieto. Sabía que si lo intentaba, ella lo alcanzaría en cuestión de segundos. Y aún así, había algo más que lo frenaba. Algo que no podía identificar, algo que no comprendía, pero que sentía profundamente.
Altera se acercó lentamente, sin apresurarse. Al estar tan cerca, pudo ver cómo sus ojos parecían analizarlo, escudriñarlo, como si estuviera buscando algo en él. No sabía si estaba buscando debilidad, sumisión, o algo que ni ella misma comprendiera.
—Tienes algo… interesante —dijo, mirando la pulsera que T/N le había dado antes. Su tono era neutro, pero había un atisbo de curiosidad en su voz, algo que no había estado allí antes.
T/N se sorprendió. Ella estaba mirando el regalo que le había dado, una simple pulsera de piedras que él había creado con sus propias manos. Algo tan insignificante, pero que para él había sido un acto de desesperación, un intento de comprender cómo funcionaba este mundo loco en el que se encontraba. Ahora, Altera la llevaba como una pequeña joya.
—Lo hice para ti… —dijo, aunque su voz sonaba más apagada de lo que esperaba. El miedo seguía allí, acechando, pero también un sentimiento raro, algo entre la frustración y una pequeña chispa de esperanza.
Altera no dijo nada por un momento. Su mirada pasó de la pulsera a su rostro, y por un segundo, T/N pensó que podría recibir una respuesta más cálida, o quizás una reacción fría, como estaba acostumbrado.
Pero Altera simplemente se inclinó ligeramente hacia él, y sus palabras fueron tan simples como su gesto:
—Gracias.
La gratitud, aunque sutil, era un cambio. Un cambio que T/N no podía entender del todo. Sin embargo, en ese pequeño gesto, hubo una sensación de humanidad, de conexión, que no podía ignorar.
Cuando el viento nocturno levantó un poco de polvo, ambos permanecieron en silencio, sin moverse. La correa seguía allí, pero por un momento, no parecía tan importante. En su lugar, había algo más: una extraña tregua, un entendimiento mutuo, aunque no verbalizado, que flotaba entre ellos.
—
T/N caminaba al lado de Altera, pero su mente estaba distante, perdida en pensamientos oscuros y confusos. Aunque su cuerpo seguía obedeciendo, su mente no podía dejar de revolotear en torno a una pregunta: ¿Qué quería realmente Altera de él?
Al principio había pensado que todo esto era una simple captura, un acto de dominio por parte de una entidad insensible que destruía sin razón. Pero con cada día que pasaba a su lado, algo en el comportamiento de Altera comenzaba a desafiar sus suposiciones.
No la entendía. No comprendía por qué no lo mataba. No comprendía por qué, después de tanto tiempo, lo seguía manteniendo cerca, sin mostrar la frialdad absoluta que se esperaba de ella. Y más aún, algo en su actitud hacia él había cambiado, algo que él no podía explicar, algo que lo confundía más que nunca.
Mientras caminaban, Altera comenzó a notar algo que no había percibido antes. T/N parecía más agotado que de costumbre. Su paso era más lento, sus hombros caían ligeramente, y su respiración se volvía más pesada.
Observó en silencio durante unos momentos, sus ojos rojos como brasas analizando cada detalle de su estado. En su mente, algo se disparó. No podía dejarlo desvanecerse. Quizás… necesitaba alimento.
—T/N —dijo con voz firme, aunque sin la crueldad que solía acompañar sus palabras—. Necesitas comer.
T/N la miró, algo atónito por el repentino cambio en la conversación, y frunció el ceño.
—No necesito que me cuides, Altera. No… no tengo hambre —respondió, aunque su estómago retumbó traicionero.
Altera no pareció convencida. Sin decir una palabra más, la figura imponente de la guerrera comenzó a avanzar más rápido, con una dirección clara. En cuestión de minutos, alcanzó a una criatura salvaje, una bestia que merodeaba por las ruinas. Con una facilidad aterradora, Altera la derribó, utilizando su fuerza brutal y su rapidez para inmovilizarla sin esfuerzo.
T/N la observaba desde la distancia, aún un poco mareado, sin saber si debía sentirse agradecido o preocupado por la situación. Cuando Altera regresó con el cuerpo de la bestia, lo arrojó ante él con un gesto que reflejaba algo más cercano a la indiferencia que a la preocupación.
—Comerás esto —ordenó.
T/N frunció el ceño y dio un paso atrás, su cuerpo tenso.
—No… no puedo comer carne cruda. No es… no es seguro.
Altera lo observó sin entender. Sus ojos rojos se clavaron en él, interrogantes, como si tratara de resolver un rompecabezas complicado. T/N notó la falta de comprensión en su mirada y, por un momento, sintió una extraña sensación de frustración.
—¿Qué quieres decir con “no es seguro”? —preguntó, su voz suave pero con un toque de curiosidad genuina. No sabía nada sobre la comida humana, no sabía cómo funcionaban esas “costumbres” que T/N tomaba por naturales. En su mente, comer carne cruda no era diferente a cualquier otra acción.
T/N dudó un momento. Estaba tan cansado que no quería discutir, pero sabía que si no explicaba, Altera seguiría sin entender. Respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos mientras miraba la bestia frente a él.
—Los humanos no pueden comer carne cruda porque tiene bacterias y parásitos que pueden enfermarnos. Cocinarla mata esos microorganismos, haciéndola segura para comer. Es… es una cuestión de supervivencia. Sin cocción, podrías enfermarte gravemente o incluso morir.
Altera permaneció en silencio por un momento, observando al chico con la mirada fija, procesando sus palabras. Finalmente, asintió lentamente, como si estuviera considerando lo que acababa de decir. No entendía del todo el concepto de “cocinar”, pero al menos podía ver que para T/N era algo necesario, algo que no debía ser ignorado.
—Entonces… cocinar… hace que sea seguro —dijo, intentando repetir las palabras que había escuchado.
T/N asintió, aliviado de que finalmente estuviera comprendiendo, aunque aún no sabía si todo esto iba a ser suficiente para que Altera dejara de ser tan imprudente.
—Sí, eso es —respondió con más calma.
Altera se quedó quieta por un momento, mirando la carne cruda. Luego, sin decir palabra, se agachó y, con una rapidez asombrosa, comenzó a arrancar fragmentos de las rocas cercanas. Con un par de movimientos certeros, creó un pequeño fuego con la ayuda de algunas piedras, utilizando lo que parecía ser un conocimiento instintivo para encender una llama. La fascinación en su rostro era evidente; no comprendía bien cómo funcionaba todo esto, pero al menos parecía que estaba siguiendo el proceso.
Pronto, el olor a carne quemada comenzó a llenar el aire. T/N observó con creciente preocupación cómo el fuego consumía la carne de la bestia. A pesar de haber solicitado que se cocinara, no esperaba que fuera tan… mal hecho. El olor era espantoso, y la carne estaba claramente quemada por completo, crispada y amarga. Altera miró el trozo de carne quemada, satisfecha por haber “cocinado” como le había indicado.
—Está cocida ahora —dijo con una mirada casi triunfante, esperando que T/N la aceptara.
T/N miró la carne, ahora completamente desfigurada, su estómago retumbando de hambre, pero una mezcla de disgusto y desesperación llenó su mente. No era lo que esperaba, pero no tenía elección. Sabía que debía comer, aunque fuera amargo, aunque fuera repulsivo.
—Esto… esto no es lo que quise decir —dijo entre dientes, pero al final, con un suspiro resignado, tomó un trozo de carne quemada y lo mordió. El sabor era horrible, pero al menos le daba algo de energía.
Altera lo observó en silencio, sin comprender la incomodidad que T/N estaba sintiendo. Para ella, la carne estaba simplemente cocinada, tal como lo había solicitado. Pero algo en su expresión, algo en el brillo apagado de sus ojos, le hizo comprender que algo no estaba bien.
—¿No es adecuado? —preguntó, su tono aún serio, pero con un atisbo de duda.
T/N levantó la vista, sus ojos cansados y un poco irritados, pero también agradecidos, porque al menos había algo que comer.
—No… no es lo mejor, pero… gracias por intentar —respondió con la voz baja, mordiendo otro pedazo.
Mientras comía, la sensación de incomodidad se mantenía. Altera la había cazado y cocinado, pero no había podido hacer las cosas de manera correcta. Algo tan simple, pero tan difícil de comprender para ella.
T/N, agotado y con la boca amarga, pensó que si algo debía quedar claro en ese momento era esto: Altera no sabía nada sobre lo que él necesitaba. No lo comprendía en absoluto. Y mientras ese pensamiento se formaba en su mente, se dio cuenta de que no era solo la comida lo que debía preocuparle. Tenía mucho más que cuestionar sobre las verdaderas intenciones de Altera.
El tiempo había pasado lentamente para T/N. Día tras día, caminaban a través de las ruinas, con el sol quemando sus espaldas y el cansancio acumulándose en cada paso que daba. Altera parecía no notar la fatiga de su acompañante; su destino era siempre el mismo: avanzar, avanzar, y destruir lo que encontrara en su camino. Pero T/N comenzó a darse cuenta de algo: ya no quedaban más civilizaciones para que Altera arrasara.
Las vastas y desoladas tierras que atravesaban solo contenían ruinas, paisajes quemados, y tierras vacías. No había más que destruir. La sed de Altera parecía haber disminuido, y por primera vez, la guerra sin sentido que ella libraba parecía haber llegado a un punto muerto.
En este vacío, T/N también notaba cómo su propia situación cambiaba. Sus ropas, una vez nuevas, ahora estaban hechas jirones, desgastadas por el tiempo y las travesías. Su cuerpo, antes fuerte por sus estudios y trabajo, ahora se sentía cada vez más débil por la falta de descanso adecuado y la constante presión de caminar bajo el yugo de la correa de Altera.
Un día, mientras descansaban en la orilla de un río, T/N sintió la humedad en el aire, el susurro de las aguas cristalinas. Su piel, opaca por la suciedad y el sudor acumulado, anhelaba un momento de alivio. Por un momento, olvidó todo. Olvidó a Altera, olvidó la correa, y se centró únicamente en la sensación de frescura que emanaba del agua.
T/N miró el río con deseo. Luego miró a Altera, que estaba de pie, observando el horizonte como siempre. Finalmente, con una sensación de urgencia que lo impulsó a actuar, se acercó a ella.
—¿Podemos… tomar un baño? —preguntó tímidamente, aunque algo en su voz sonaba más como una súplica que como una sugerencia.
Altera lo miró con una expresión fría y distante, como si no comprendiera el concepto. Había sobrevivido sin necesidad de tales lujos, pero algo en la petición de T/N le hizo detenerse por un momento.
—¿Un baño? —preguntó, su voz carente de emoción, pero de alguna forma curiosa—. ¿Por qué es necesario?
T/N, sintiendo que le costaba explicar algo tan básico, suspiró.
—Porque… la piel se ensucia, se siente pesada y… desagradable. Los humanos necesitamos agua para limpiar nuestro cuerpo, Altera. Además, el agua del río es fresca. Ayuda a descansar el cuerpo.
Altera, aunque no entendía completamente, vio la insistencia en la mirada de T/N, y por primera vez, algo en su interior pareció ceder. Aunque le resultaba innecesario, aceptó.
—Está bien. Pero no me parece necesario —respondió con indiferencia.
T/N no dijo nada más y, al ver que Altera lo había permitido, se dirigió rápidamente al agua. La sensación de frescura lo envolvió de inmediato, aliviando su piel, su mente, y por un momento, olvidó todo el caos a su alrededor. Nadó hacia el centro del río, disfrutando de la libertad momentánea, sin la correa, sin la presencia de Altera siguiéndolo, al menos por un tiempo.
Pero el respiro fue corto.
Altera observaba desde la orilla, su mirada fija en el chico mientras se movía en el agua. En su mente, algo estaba sucediendo. Aunque no comprendía del todo por qué los humanos deseaban tales cosas, vio a T/N por un momento como algo más que una carga. Parecía tan pequeño, tan vulnerable en el agua, y algo en ella se activó. No podía dejarlo ir. No debía.
De repente, un impulso de acción recorrió su cuerpo. Altera, con rapidez y sin pensarlo, se acercó al agua. La alcanzó en cuestión de segundos, y antes de que T/N pudiera darse cuenta, emergió del río, con la fuerza y rapidez de una depredadora. En un solo movimiento, lo atrapó por los brazos, llevándolo de nuevo hacia la orilla con la misma correa que siempre había usado para mantenerlo cerca.
T/N, sorprendido por la velocidad de Altera, no tuvo tiempo de reaccionar antes de ser arrastrado fuera del agua. Por un momento, luchó contra la fuerza que lo sujetaba, pero al final se dio por vencido. No podía competir con ella.
—No debías irte tan lejos —dijo Altera, su tono sereno pero firme, como si todo esto fuera parte de algo inevitable.
T/N, empapado y humillado, miró el agua y luego a Altera, su rostro irritado, pero sabiendo que no podía escapar. A pesar de todo, al menos el agua lo había renovado, aunque fuera brevemente.
—No te preocupes. No intentaré escaparme de nuevo —murmuró, ya demasiado cansado para protestar.
Pero la sorpresa no terminó allí. Altera, con su usual falta de comprensión por las costumbres humanas, observó a T/N con una mirada calculadora. Sin decir nada, se alejó un poco y, en su lugar, se dirigió hacia el río de nuevo. T/N, aún atado a su correa, observó cómo Altera se sumergía bajo el agua, su figura moviéndose con fluidez como una sombra. Minutos después, salió del agua con un enorme pez en las manos.
T/N, aún desconcertado por sus acciones, la observó mientras ella dejaba caer el pez en la orilla. La temible guerrera, en un acto que podría haber parecido completamente irracional, lo miró fijamente.
—Este pez… te servirá para comer. Lo he cazado para ti. Es lo más cercano a lo que haces cuando cocinas, ¿verdad? —preguntó Altera, sin el menor atisbo de emoción.
T/N, aun asombrado por su aparente “cuidado”, no pudo evitar sentirse agradecido, aunque el gesto fuera torpe e incompleto. Aunque el pescado crudo no era exactamente lo que esperaba, no pudo evitar pensar que Altera, por alguna razón, lo estaba tratando de una forma diferente.
—Gracias —dijo en voz baja, sus ojos reflejando una mezcla de gratitud y frustración.
Altera no respondió. Solo observó, como si esperara que T/N actuara según su propio ritmo, sin presionar.
Así, a pesar de todo lo que había sucedido, algo había cambiado sutilmente. T/N ya no solo veía a Altera como la fuerza destructiva que arrasaba todo a su paso. En sus ojos, comenzó a vislumbrar una figura más compleja. Aunque su naturaleza seguía siendo la misma, algo en ella había comenzado a entenderlo, de una manera que él no podía describir.
El sol ya se estaba ocultando en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo y naranja mientras Altera y T/N caminaban por un sendero solitario entre las colinas. La rutina parecía continuar de manera monótona, con Altera sin mostrar ningún cambio en su comportamiento. Aunque había comenzado a entender algunas costumbres humanas, su existencia seguía siendo la de una fuerza imparable, arrasando todo a su paso, incluida cualquier noción de descanso.
T/N había comenzado a aceptar su situación, resignado a caminar al lado de Altera, pero su mente estaba llena de incertidumbres. Cada día se sentía más atrapado, más pequeño ante la magnitud de la presencia de la guerrera. Sin embargo, había algo que guerrera. Sin embargo, había algo que había cambiado sutilmente en él: ya no sentía el mismo miedo que antes. Quizá estaba tan acostumbrado a estar con ella que el terror inicial se había convertido en una extraña sensación de dependencia.
Pero esa noche, todo cambió.
Mientras caminaban por un sendero rocoso, una pequeña distracción fue suficiente. Altera, completamente absorta por un rastro en el aire, había dejado de prestar atención a T/N. En ese breve momento de descuido, un grupo de bandidos apareció de entre las sombras. Estos, al notar la debilidad de T/N, pensaron que podría ser una víctima fácil. Con rapidez, lo rodearon y, antes de que pudiera reaccionar, lo capturaron, arrastrándolo hacia una cueva cercana.
Altera, ajena al secuestro de su compañero, continuaba inspeccionando el entorno. No fue hasta que el silencio la alertó que se dio cuenta de la falta de T/N. Al volverse, vio que su correa ya no estaba en su muñeca. En su lugar, solo quedaba un pedazo de cuerda cortada, dejada de forma despectiva en el suelo. La confusión inicial se convirtió rápidamente en una ola de furia.
Un grito de rabia desgarró el aire mientras Altera corría en dirección al sendero por el que ella y T/N habían llegado. Sabía que algo estaba mal, que algo había sucedido, y el horror de la posibilidad de perderlo comenzó a consumirla. Destruyó todo a su paso, derribando rocas y árboles, sin importarle el caos que causaba. No podía perderlo. No podía.Las ruinas, las rocas, todo a su alrededor parecía desmoronarse con cada paso suyo, como si el mundo mismo estuviera respondiendo a su ira. Con cada trozo de tierra que se derrumbaba, la furia crecía. Nada podría detenerla.
Finalmente, Altera encontró la entrada de la cueva. La oscuridad de la entrada parecía retener algo más que sombras, algo siniestro. Ella entró sin vacilar, su espada brillando con una furia imparable.
Dentro, los bandidos estaban discutiendo entre sí. Pensaban que T/N llevaba algo de valor, quizás oro o piedras preciosas. Pero, al revisar su mochila, solo encontraron minerales y piedras, lo que hizo que su frustración creciera.
-¿¡Qué es esto!? -gritó uno de los bandidos, levantando una de las piedras de T/N-. ¡Pensé que tenía algo de valor! ¿Dónde está el oro? ¿El botín?
T/N, atrapado y debilitado, no dijo nada. Estaba demasiado cansado y dolorido por el trato que le daban, y por un instante, pensó que quizás la única salida era callar y esperar. El cansancio le pesaba cada vez más.
Pero entonces, una ola de sonido comenzó a retumbar en la cueva. Los bandidos levantaron la vista, atónitos, mientras las paredes temblaban con la fuerza de un impacto cercano. La entrada de la cueva se iluminó con la figura de Altera, que avanzaba sin piedad, cada paso resonando como una sentencia de muerte.
-¡¡No!! -gritaron los bandidos, aterrados, pero era demasiado tarde. Con un solo golpe de su espada, la cueva se estremeció, las rocas cayendo sobre los hombres, sepultándolos en su furia imparable.
T/N, aún atado, vio cómo los bandidos fueron rápidamente aplastados por el colapso de la cueva. Altera se acercó a él sin decir una palabra, su mirada llena de una rabia ciega. Con una rapidez aterradora, cortó las cuerdas que lo mantenían prisionero, y lo levantó sin esfuerzo, como si fuera un objeto inanimado.
T/N, débil y aún confundido, se dejó llevar por Altera, sin fuerzas para resistirse. No sabía si estaba agradecido o aterrorizado, pero la sensación de ser arrastrado con tanta brutalidad por ella era algo que no podría olvidar.
Altera, al salir de la cueva con T/N en sus brazos, no dijo una sola palabra. Pero en su corazón, algo había cambiado. La obsesión había crecido, algo oscuro y profundo que la llenaba por completo.
Se detuvo en medio de la nada, mirando al chico con una intensidad feroz. Su respiración aún era agitada por la furia desatada, pero al mirarlo, su rostro se suavizó, aunque solo ligeramente. La correa ya no estaba en su muñeca, pero en su mente, la idea de no dejarlo escapar nunca había calado hondo.
-Nunca volveré a perderte -dijo, en un susurro bajo, que solo ella parecía escuchar-. Nunca.
La promesa, aunque hecha en silencio, era más fuerte que cualquier palabra. Y en ese instante, T/N comprendió algo fundamental: Altera, aunque le hubiera mostrado un lado protector, también poseía una oscuridad que podría consumirlo por completo si alguna vez decidía liberarse de ella.
Pero no había escape. No lo habría.
Después de lo ocurrido en la cueva, algo en Altera había cambiado. La furia que había experimentado al ver a T/N atrapado por los bandidos seguía ardiendo en su interior, pero, en lugar de desbordarse como lo había hecho antes, se había transformado en una concentración silenciosa. Ahora, cada acción que realizaba tenía un solo propósito: asegurarse de que T/N estuviera siempre cerca, bajo su control. Nada ni nadie podría separarlos.
Al día siguiente, mientras caminaban a través de un bosque desolado, T/N notó algo distinto en el comportamiento de Altera. Ella caminaba con una determinación aún más marcada que antes. Había un brillo en sus ojos, algo más allá de su habitual indiferencia. Un brillo que T/N no podía descifrar, pero que no le gustaba. Era como si la presencia de Altera estuviera aún más opresiva, más imparable.
De repente, Altera, sin previo aviso, le colocó una nueva correa alrededor de la muñeca de T/N. Esta vez, sin embargo, no fue una correa de cuerda como antes, sino una hecha de un material más duradero, más rígido, con un diseño que parecía haber sido pensado específicamente para asegurarse de que no pudiera liberarse. El toque de Altera era firme y meticuloso, sin ni siquiera un indicio de duda.
T/N, que ya se había acostumbrado a la correa, no mostró sorpresa. Ni gratitud, ni resistencia. Era inútil protestar. La nueva correa solo confirmaba lo que ya sabía: estaba atrapado. Aceptó su destino, aunque la sensación de incomodidad siempre lo acompañara.
—Ahora, estarás seguro —dijo Altera, su tono inexpresivo, pero con una extraña certeza en su voz.
T/N no respondió. No había nada más que decir. La realidad era clara para él. Altera no se alejaba de él. No lo dejaría ir. Ya no esperaba nada más de su vida más que seguir siendo su “compañero”, aunque esa palabra nunca fuera pronunciada por Altera. Para ella, era solo una posesión. Y T/N, en este punto, solo podía conformarse con ello.
Durante los siguientes días, Altera se mostró aún más protectora. Cazaba con un enfoque meticuloso, recolectaba plantas y alimentos con una destreza sorprendente, y siempre, sin falta, llevaba a T/N consigo, asegurándose de que nunca estuviera solo. Era una vigilancia constante: desde el amanecer hasta el atardecer, Altera no se apartaba de él ni un solo momento. La correa era su recordatorio perpetuo de que no había escape.
Un día, T/N comenzó a sentirse extraño. Su cabeza estaba pesada, su cuerpo débil, y un dolor sordo comenzó a apoderarse de su pecho. Sintió que una fiebre empezaba a subir, pero sabía que no podía quejarse. No podía mostrar debilidad. Sin embargo, Altera, con su aguda percepción, notó de inmediato los cambios en su compañero.
Cuando vio a T/N tambalearse, con la mirada perdida, su expresión se endureció. En un abrir y cerrar de ojos, lo agarró por los hombros, sosteniéndolo con firmeza. La obsesión que había comenzado a tomar forma en su interior la impulsó a hacer algo que nunca había considerado antes: cuidar de él de manera mucho más personal, mucho más cercana.
—Estás enfermo —dijo Altera, y su voz, normalmente fría, se tornó extraña, como si estuviera tratando de comprender algo que aún le era ajeno—. No voy a permitir que te debilites. No.
Con una rapidez inquietante, Altera lo llevó a un lugar seguro, dentro de una cueva, lejos de las inclemencias del tiempo. T/N, aún débil, no podía hacer más que seguirla con los ojos entrecerrados.
Altera, con una mirada fija, comenzó a hacer algo que parecía completamente fuera de lugar para alguien como ella: comenzó a desvestir a T/N con una suavidad que era casi desconcertante, como si tratara de calmarlo, como si intentara transmitirle algo con su toque. La frialdad que solía dominar su cuerpo parecía disiparse momentáneamente, reemplazada por una extraña ternura.
—Vamos a curarte —murmuró, casi para sí misma, mientras sus manos recorrían suavemente la espalda de T/N. Altera nunca había estado tan cerca de otro ser humano, nunca había sentido la necesidad de tocarlos de esta manera, pero algo dentro de ella la empujaba a hacerlo, algo que se estaba volviendo tan visceral como el aire que respiraba.
T/N, sintiéndose completamente atrapado en el momento, no sabía qué hacer. No podía negar que, de alguna manera, el calor de sus manos lo estaba ayudando a sentirse mejor, aunque el gesto le resultara extraño. Sin embargo, al sentir la conexión tan profunda con Altera, una mezcla de incomodidad y algo inexplicable comenzó a formarse en su pecho.
Mientras las manos de Altera continuaban acariciando su espalda y recorrian asu cuerpo, un resplandor débil comenzó a rodearlos. Un destello de energía surgió de su cuerpo, una especie de transferencia mágica. Altera no lo entendía completamente, pero su deseo de mantener a T/N a salvo parecía superar todo lo demás.
La transferencia, que para T/N era una experiencia curiosa, le permitió sentir el poder de Altera fluyendo hacia él. Un calor reconfortante llenó su cuerpo, apagando la fiebre que lo había debilitado. Sin embargo, también sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal: algo en esa interacción no era natural. Altera no era como los humanos, y su toque tenía algo de… posesivo.
Altera continuó acariciándolo, su rostro inmutable, pero dentro de su pecho, su obsesión crecía. Ahora, al ver a T/N recuperarse, vio cómo su control sobre él se afianzaba aún más. No podía permitir que nada ni nadie lo separara de ella. Lo necesitaba. Su existencia ya no era solo una cuestión de sobrevivir. Era algo mucho más oscuro. Una necesidad que no podría saciarse, no mientras T/N estuviera a su lado.
Cuando finalmente T/N abrió los ojos, ya no era el mismo. Estaba más débil, más dependiente de Altera, sin poder liberarse de la conexión que ella había comenzado a formar con él.
Altera, al ver su recuperación, sonrió levemente. Su sonrisa era fría, distante, pero también llena de una satisfacción oscura.
—Ahora… nunca podrás alejarte de mí —dijo en un susurro, casi como una promesa.
T/N, en silencio, se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Altera había comenzado a atraparlo de una manera que no podía comprender, pero sabía que no tenía escapatoria. La obsesión de ella lo rodeaba, y él ya no tenía fuerzas para luchar contra ella.
El paso del tiempo, aunque ajeno a Altera, era algo que T/N ya no podía eludir. A pesar de que había aprendido a vivir bajo la mirada constante de la guerrera, los años comenzaban a pesarle. Sus músculos se tornaron más débiles, su piel más arrugada, y su corazón, alguna vez lleno de dudas, ahora llevaba consigo la calma de la resignación. Había llegado a aceptar, en su interior, que su vida estaba ligada a Altera, y aunque no entendiera completamente las motivaciones de ella, había aprendido a encontrar consuelo en la compañía de la guerrera. De alguna forma, se sentía a salvo, incluso si todo lo que tenía que hacer era seguirla.
El sol, que alguna vez brilló sobre las vastas llanuras por las que habían vagado juntos, comenzaba a desvanecerse, y el cuerpo de T/N ya no respondía como antes. Sabía que su final estaba cerca, lo podía sentir. Había vivido mucho más de lo que había esperado en un mundo marcado por la destrucción de Altera, pero el peso de los años y la inevitable fragilidad humana lo alcanzaban finalmente.
Altera, quien nunca había cambiado, lo observaba en silencio. Era incapaz de comprender la naturaleza de lo que le sucedía a T/N, pero sí entendía que algo dentro de él estaba muriendo. Sin embargo, lo que más le perturbaba era el sentimiento creciente en su interior. Algo se rompía, algo que nunca había experimentado antes.
T/N, con una sonrisa débil en sus labios, aceptó su destino sin miedo. Había pasado los últimos años con Altera, y aunque no podía negar la naturaleza posesiva de ella, había llegado a comprender que de alguna manera, ella lo necesitaba. Había aprendido a ver en sus ojos una necesidad, una que no podía llenar nadie más. Y aunque su vida había sido corta, la había vivido en su totalidad.
En su último aliento, T/N susurró
—Estoy contento… de haber vivido con… contigo.
Altera, observando cómo la vida de T/N se desvanecía, no entendió inmediatamente lo que significaba su partida. Las palabras de T/N resonaron en su mente, pero no tuvo tiempo de procesarlas. Al ver su cuerpo quedarse frío y sin vida en sus brazos, algo indescriptible se rompió dentro de ella. Un sentimiento de vacío, de pérdida, que ni siquiera su increíble fuerza podía detener.
El aire alrededor de ellos parecía vibrar, como si el cielo mismo estuviera respondiendo a la tragedia. Las lágrimas, que nunca antes Altera había permitido mostrar, comenzaron a caer, una tras otra, como perlas perdidas. Era una sensación extraña para ella, esa fragilidad humana que nunca antes había experimentado, algo que jamás había tenido en cuenta en su búsqueda de destrucción.
—¡NO! —gritó, su voz resonando por todo el paisaje, mientras las lágrimas seguían cayendo. El cielo retumbó, como si la misma naturaleza estuviera acompañándola en su dolor, pero no podía detenerse. T/N ya no estaba.
El tiempo pasó, y Altera, inmortal como siempre, continuó su andar solitario, su dolor guardado en un rincón de su corazón. La leyenda del alquimista y la dama de blanco y espada del arco iris empezó a tomar forma, transmitida de boca en boca. Los rumores de un alquimista que había sido acompañado por una dama con una espada mágica que derribaba imperios se extendieron por todo el mundo. La historia de Altera y T/N, aunque ya lejana, se convirtió en un mito.
Sin embargo, un día, el destino tenía una curiosa forma de devolver lo perdido.
Chaldea, la organización encargada de proteger la línea temporal, invocó a T/N como un servant, bajo la clase de Caster. La energía mágica de Chaldea hizo posible que T/N, por razones desconocidas, regresara al mundo de los vivos, pero esta vez como un espíritu invocado. Su forma, aunque familiar, estaba impregnada con la esencia de un servidor, una versión diferente de la que Altera había conocido.
Cuando T/N apareció ante los miembros de Chaldea, todos quedaron sorprendidos. Un alquimista que había sido olvidado por el tiempo, ahora en una nueva forma. Sin embargo, lo que nadie esperaba fue la aparición de una figura que lo observaba desde las sombras. Era ella, la dama de blanco, la guerrera con la espada del arco iris: Altera.
Sus ojos, fríos como siempre, se clavaron en la figura de T/N, y una expresión que no podía describirse completamente cruzó su rostro. Aunque T/N ya no era el mismo, aunque su alma había sido invocada por otros, algo dentro de Altera no podía ignorarlo. Lo que sintió fue un deseo irrefrenable, una necesidad que se avivó al verlo allí, en ese estado.
Sin pensarlo, Altera se acercó rápidamente, ignorando las miradas curiosas de los miembros de Chaldea. Nadie podía comprender lo que estaba sucediendo, pero todos observaban en silencio mientras ella tomaba la muñeca de T/N y, con un movimiento rápido, le colocaba una correa similar a la que había usado tantas veces en el pasado.
T/N, aún confundido por su nueva existencia, miró a Altera con desconcierto. No entendía por qué ella hacía esto. Estaba rodeado de extraños, en un lugar que no reconocía, y sin embargo, Altera estaba allí, actuando como si nada hubiera cambiado.
Los miembros de Chaldea, atónitos ante la escena, comenzaron a murmurar entre sí.
—¿Qué está pasando aquí? —dijo uno de los técnicos, sin comprender la dinámica entre ambos.
Altera, sin responder, solo miró a T/N con una intensidad peligrosa en sus ojos. Nadie podía ver lo que se escondía detrás de esa mirada, pero T/N, en lo más profundo de su ser, sabía que no había escape. Ella había regresado a buscarlo, y ahora, más que nunca, la obsesión de Altera por él estaba más viva que nunca.
La correa, el vínculo que nunca se rompió, estaba de vuelta.
Y con ella, la historia de la dama de blanco y el alquimista, ahora convertidos en un mito, continuaba, pero con un giro inesperado. Esta vez, Altera no dejaría que T/N se escapara. No importa cuán diferente fuera, él seguía siendo suyo.
La correa era un recordatorio, no solo para T/N, sino también para todos los que los observaban. Altera, con su fría determinación, arrastraba a T/N por los pasillos de Chaldea como si él fuera una simple posesión. La correa, un símbolo inconfundible de su control, se deslizaba a su lado mientras T/N seguía, como siempre, a su lado. No había resistencia en su caminar, solo un silencio incómodo que parecía envolverlos a ambos.
El resto de los Servants, que de alguna forma ya se habían acostumbrado a la presencia de T/N en Chaldea, no podían evitar mirar la extraña escena. Algunos de los Servants masculinos se acercaron en pequeños grupos, observando con una mezcla de confusión y curiosidad.
—¿Cómo puede dejar que lo trate así? —preguntó uno de ellos en voz baja, observando cómo Altera mantenía su paso firme mientras T/N simplemente la seguía, con la mirada distante y vacía.
Otro Servant masculino, que conocía las leyendas sobre Altera, frunció el ceño.
—Es… la Dama de Blanco. La que nunca perdona, la que destruyó imperios enteros… Todos dicen que su relación con el alquimista fue algo más que una simple conexión. Pero… ¿hasta qué punto es ella tan posesiva? —preguntó, intrigado.
—No lo sé —respondió el primero, todavía sin creerlo—, pero si algo he aprendido en Chaldea es que no deberíamos cuestionar demasiado a los Servants, especialmente a ella.
Mientras tanto, entre los Servants femeninos, se escuchaban susurros, algunos llenos de fascinación, otros de simpatía.
—Parece que no ha cambiado nada —comentó una de ellas, mirando a Altera con atención—. Como en la leyenda. El alquimista siempre sigue a su dama, sin importar lo que pase.
Otra Servant, más joven, agregó:
—Es… algo raro. ¿Cómo puede vivir de esa manera? Ella parece más una sombra que una persona real. Pero, al mismo tiempo, tiene algo… algo que la hace poderosa, incluso cuando está con él.
Los murmullos se esparcieron rápidamente por Chaldea. La historia del alquimista y la Dama de Blanco ya había llegado a oídos de muchos. Sin embargo, ahora, al verlos en persona, algo de esa leyenda cobraba vida ante ellos. El vínculo entre Altera y T/N era tan evidente que no podía ignorarse, pero la manera en que Altera controlaba cada aspecto de su existencia comenzaba a generar preguntas.
Mientras tanto, T/N no reaccionaba. Estaba acostumbrado a este trato de Altera, pero la atmósfera en Chaldea era diferente. El murmuro constante de los Servants, las miradas curiosas y las preguntas que surgían le recordaban que ya no estaba en el mismo mundo, ya no estaba en la misma realidad que antes. Aún así, la correa lo mantenía atado a Altera, un recordatorio constante de que su destino estaba sellado.
Altera, al notar que algunos Servants comenzaban a mirarlos, no mostró ningún signo de incomodidad. En su mente, todo era simplemente una cuestión de propiedad. T/N era suyo, y nada cambiaría eso, no importa cuántos ojos curiosos se posaran sobre ellos.
La joven Servant que había comentado antes sobre la leyenda observó a Altera con una mezcla de admiración y temor.
—Es… extraño, ¿no? Todos pensaban que el alquimista había muerto con la leyenda. Pero parece que, de alguna forma, sigue siendo fiel a su dama, incluso en esta nueva vida.
Otro Servant se acercó y susurró, mirando a T/N:
—¿De verdad piensa que T/N está tan atrapado en ella? No parece que tenga voluntad propia. ¿Qué tipo de vida es esa?
Altera, que había escuchado fragmentos de las conversaciones, no mostró ni el más mínimo cambio en su rostro. Su única preocupación era mantener a T/N cerca de ella, y la correa era el símbolo de su total control. A los ojos de Altera, no era nada extraño. Era simplemente lo que debía ser. T/N había sido suyo antes, y lo seguiría siendo en esta nueva forma. Nada ni nadie podía cambiar eso.
Algunos de los Servants masculinos intercambiaron miradas, sintiendo una mezcla de simpatía por T/N y de incomodidad ante la influencia que Altera tenía sobre él. Sin embargo, pocos se atrevían a acercarse demasiado. Sabían que Altera no perdonaba fácilmente a quienes intentaban interferir con sus deseos.
En un pasillo más alejado, Altera se detuvo finalmente y se giró para mirar a T/N. Él la miró en silencio, sin decir nada. En su rostro no había emoción alguna, solo una resignación silenciosa. La correa, que ahora parecía ser una extensión natural de su cuerpo, era el único vínculo tangible entre ellos.
—¿Te has acostumbrado a tu nueva vida? —preguntó Altera, su voz fría, casi desconectada de cualquier emoción humana.
T/N no respondió de inmediato. La pregunta resonó en su mente, pero no podía encontrar las palabras adecuadas. ¿Qué podría decir? ¿Qué podía hacer más allá de seguirla? Su vida, de alguna manera, había estado siempre bajo su control, y lo seguiría estando, por mucho que intentara escapar de la verdad.
—No tienes que responder —murmuró Altera, mientras continuaba caminando, arrastrando a T/N de nuevo por los pasillos de Chaldea—. Pero recuerda, no hay nadie que pueda separarnos. Eres mío, T/N, y eso nunca cambiará.
Las palabras fueron claras y frías, y T/N sabía que Altera no estaba dispuesta a escuchar nada en contrario. No importaba cuánto se hubiera transformado él o el mundo que lo rodeaba. Lo único que importaba era que Altera seguía siendo la misma, y él estaba atado a ella por un vínculo invisible pero irrompible.
Los murmullos de los Servants continuaron, pero para Altera y T/N, no había nada más que el camino que recorrían juntos, con la correa siempre entrelazada entre ellos, un símbolo de una relación que, aunque incomprendida por muchos, era tan poderosa y eterna como el mismo tiempo.
—
Fin……..
O tal vez no 7w7.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com