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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 40

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  4. Capítulo 40 - 40 Leonardo da vinci part 3 fgo
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40: Leonardo da vinci part 3 (fgo) 40: Leonardo da vinci part 3 (fgo) En cuanto terminó de ver los primeros bocetos que Tn garabateaba distraídamente en la pared de su taller, Da Vinci se giró con rapidez, sacando su tableta personal de su abrigo con la misma velocidad con la que otros sacaban un arma.

—¡Perfecto, perfecto!

—murmuraba mientras navegaba por el sistema de Chaldea, ya en modo de planificación completa—.

La habitación de Tn… justo al lado de la mía.

No, no, demasiado obvio.

Mejor…

que compartamos el mismo pasillo.

¡Sí!

Y su taller…

mmm, mejor expando el mío.

Nos sirve a ambos, y así puedo vigilarlo cuando empiece a encerrarse como solía hacer.

¡Y puedo robarle ideas sin que lo note!

Sonreía como una niña con un juguete nuevo.

Pero su mirada estaba calculada perfeccionista.

Tocaba planos, hacía gestos de amplitud con las manos, midiendo visualmente el espacio del taller.

—Voy a tener que demoler esa pared —decía en voz alta—.

Esa sala de entrenamiento intermedia no sirve para nada.

¿Quién necesita tanto espacio para yoga?

Mientras tanto, en la sala de observación, Ritsuka aún intentaba entender todo.

—¿De verdad eran tan… cercanos?

—preguntó en voz baja, aún con la imagen de Da Vinci tomando a Tn de la mano como si lo hubiese reclamado para siempre.

Romani, que ya llevaba varias tazas de café en lo que iba del día, soltó un largo y cansado suspiro.

—¿Tú quieres seguir con vida?

—preguntó de manera directa.

Ritsuka parpadeó, confundido.

—¿Eh?

—Entonces no sigas haciendo preguntas sobre eso.

Créeme, no quieres despertar los celos de Da Vinci.

No cuando por fin ha recuperado a alguien que… bueno —hizo un gesto con la mano, buscando la palabra adecuada—, que le importó de verdad.

El joven maestro se cruzó de brazos, aún un poco escéptico.

—Pero se supone que los Servants no deberían tener tanto apego.

¿No es parte del trato?

¿Que son ecos del pasado?

Romani lo miró con compasión.

—Algunos Servants son ecos.

Otros… son heridas abiertas que nunca sanaron.

Tn no es un eco, Ritsuka.

Es una cicatriz en el corazón de Da Vinci.

Una que acaba de empezar a latir otra vez.

Ritsuka guardó silencio ante esas palabras, observando la cámara donde Da Vinci reía sola mientras proyectaba planos y sugería pintar el techo del taller .

Tn, por su parte, seguía trazando líneas con lentitud, sin mirarla, pero sin alejarse tampoco.

—¿Y si él no se queda?

—preguntó finalmente Ritsuka.

Romani se quedó callado por unos segundos.

Luego respondió—Entonces, por primera vez desde que la conociste… verás a Da Vinci llorar.

La pantalla mostró a Tn girando levemente la cabeza, apenas lo suficiente para mirar de reojo a Da Vinci.

Ella seguía hablando sola, pero su sonrisa era genuina, viva.

Y en ese gesto pequeño, imperceptible para la mayoría, Tn también sonrió.

Muy débilmente.

Como si una parte suya —una olvidada entre fuego y cenizas— estuviera volviendo a despertar.

Tn dejó el pincel apoyado en el borde del frasco con un leve clic y se apartó del mural recién terminado.

La pintura aún estaba fresca, brillando bajo la tenue luz del taller: una figura femenina envuelta en constelaciones, una corona de engranajes sobre su cabeza y una pluma en lugar de cetro.

La expresión del retrato era serena, pero los ojos… los ojos eran los de Da Vinci.

Sin decir palabra, Tn se limpió las manos con un paño y se dirigió hacia la puerta, con esa calma melancólica que parecía arrastrar siglos con cada paso.

Da Vinci, atrapada entre ajustar los planos de la expansión del taller y estudiar el mural, se dio cuenta un segundo tarde.

—¿Eh?

¿A dónde vas?

—preguntó, levantándose de golpe y tropezando con una silla mal colocada.

—Voy a caminar —dijo él sin mirar atrás—.

A ver qué es este “Chaldea”.

—¡Oh!

¡Te acompaño!

—respondió Da Vinci de inmediato, casi tropezando con sus propias palabras.

Se acercó corriendo, sin importarle el estado de su bata manchada de pintura ni su cabello revuelto por la emoción.

Tn giró levemente el rostro hacia ella, los ojos entrecerrados como si midiera el peso de las palabras que iba a decir.

—No tienes que distraerte por mí, Leo.

Sé que estás ocupada.

Leo.

Esa palabra —esa voz— la atravesó.

Fue como si todo el tiempo que había guardado su compostura, todo el decoro, todo el orgullo de su genio renacentista… se derritiera de golpe.

Su corazón palpitó tan fuerte que sintió que el pecho no le alcanzaba.

Su respiración se trabó apenas un segundo, lo suficiente para que el temblor llegara hasta su vientre.

Se obligó a tragar saliva y parpadear varias veces, esperando que Tn no notara su repentina fragilidad.

—No… —dijo al fin, y su voz casi se rompió en un suspiro—.

No tienes idea de cuánto tiempo… de cuántos años pasé sin verte.

Buscándote en códigos, en señales, en sueños… Hasta dejé de esperar que fueras real otra vez.

Pero aquí estás.

Tn la observó en silencio.

Había visto a pocos Servants en Chaldea desde que llegó, y en todos ellos notaba el mismo eco: nostalgia, confusión, la distancia de los siglos.

Pero en Da Vinci… había algo distinto.

No era sólo el pasado lo que la quemaba por dentro.

Era el presente.

Era él.

Y lo sabía.

Su expresión cambió apenas.

La rigidez de su rostro se relajó.

Una pequeña sonrisa, más íntima que amplia, asomó en su boca.

—Entonces, Leo… muéstrame el camino —dijo con suavidad—.

Quiero conocer este nuevo mundo contigo.

Da Vinci se quedó inmóvil un segundo.

Luego asintió con fuerza, como si el alma le hubiese vuelto al cuerpo de golpe.

—¡Sí!

¡Por supuesto!

Te enseñaré todo.

Desde la biblioteca hasta la cámara de invocación.

Y… y hay un invernadero.

Y una zona de entrenamiento.

Y una cafetería horrible, pero puedo mejorarlo.

¡Ah, y el hangar!

—Su voz se aceleraba, y su entusiasmo rebotaba por las paredes.

Tn la dejó hablar, como siempre lo hacía, mientras caminaban juntos por los pasillos largos y silenciosos de Chaldea.

Algunos Servants se detenían a mirar.

Otros sólo los observaban con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

Pero Da Vinci no veía nada de eso.

Sólo lo veía a él.

Y por primera vez desde que regresó a este mundo, ella no se sentía sola.

Porque su viejo amigo caminaba otra vez a su lado.

Y esta vez… no pensaba dejarlo ir.

—Y aquí —dijo Da Vinci mientras extendía los brazos como si presentara una obra de teatro— está la maravillosa, terrible y eternamente disputada cafetería de Chaldea.

Tn observó el amplio recinto.

Era un lugar ruidoso, lleno de vida, con bandejas flotando, discusiones triviales y gritos de victoria sobre quién había conseguido el último panecillo dulce.

Al fondo, sentadas con poses imperiales, estaban varias versiones de Artoria Pendragon —Saber, Lancer, Rider, incluso una que llevaba gafas de sol y comía con elegancia ofensiva—, todas mirando con vigilancia marcial lo que ocurría a su alrededor.

—¿Están…

defendiendo la mesa central?

—preguntó Tn con una ceja levantada.

—Desde hace semanas —respondió Da Vinci con una risa musical—.

Aparentemente, es “territorio sagrado” desde que Lancer Artoria encontró su café favorito allí.

Ni siquiera Karna se atreve a sentarse sin pedir permiso.

Tn asintió lentamente, sin ocultar su incomodidad leve ante tanto ruido y dinamismo.

Pero no dijo nada.

Su mirada vagó por el techo, los marcos grises de las paredes, el suelo impoluto… todo demasiado blanco, todo demasiado simétrico.

Da Vinci lo notó, por supuesto.

Lo conocía demasiado bien.

—Ya estás pensando en cómo podrías pintar esas paredes, ¿cierto?

—Chaldea tiene alma, pero no tiene rostro —murmuró él—.

Está viva, pero es anónima.

Como un cuerpo sin cicatrices.

Da Vinci sonrió.

Esa era la forma de hablar de Tn: poética, algo sombría, cargada de imágenes.

No decía mucho, pero cuando lo hacía… era una pintura en palabras.Tan poeta como siempre ja esos clerigos nunca apreciaron ese talento.

Continuaron el recorrido.

Llegaron a la biblioteca, donde varios Casters se encontraban sumidos en lecturas, invocando hologramas de grimorios o discutiendo teorías mágicas con enojo académico.

Shakespeare recitaba en voz alta, ignorado por todos excepto por Hans Christian Andersen, que lo callaba cada cinco minutos con un conjuro de silencio.

—Aquí suelo venir a desconectarme —explicó Da Vinci—.

Aunque últimamente, no me dejan en paz.

—Miró de reojo a Shakespeare, que ahora declamaba en dirección a una lámpara.

Tn caminó entre las mesas de lectura, dejando que sus dedos rozaran los lomos de los libros.

No se detuvo a abrir ninguno.

Solo escuchaba, como si quisiera recordar cada rincón sin perturbarlo.

Después pasaron a la zona de entrenamiento.

Allí, el ambiente era radicalmente distinto.

Mash estaba practicando con su escudo, sudor en la frente, mientras Heracles y Musashi intercambiaban golpes en un duelo amistoso que hacía temblar las paredes.

—Este lugar es todo menos silencioso —comentó Tn, cubriéndose los oídos cuando un impacto sacudió el aire.

—Sí, pero es bueno para liberar tensiones —dijo Da Vinci, llevándolo de nuevo a los pasillos principales.

Durante todo el paseo, algunos Servants comenzaban a notar algo.

Leonardo da Vinci rara vez se apartaba de su taller más de lo necesario.

Y mucho menos hacía recorridos turísticos.

Y jamás se la había visto tan feliz, tan radiante, tan… viva.

A la distancia, Nursery Rhyme y Jack the Ripper cuchicheaban en voz baja con Medea Lily, mientras Astolfo, con una sonrisa traviesa, los miraba como si ya supiera toda la historia sin que nadie le contara nada.

—¿Quién será ese nuevo?

—preguntó Nursery Rhyme, con la curiosidad de los cuentos no contados.

—Sera una nueva mami —murmuró Jack.

—Da Vinci parece muy… apegada a él —dijo Medea Lily, inocente pero no ciega.

Ese era amor……un amor de una mujer que mataria por eso.

—Apuesto a que fue su amante perdido reencarnado —bromeó Astolfo, antes de reír con fuerza.

Y aunque nadie lo confirmaba, la escena de la genio caminando tan cerca del nuevo Caster, sonriendo como si cada rincón del mundo hubiese recuperado color… dejó una impresión.

Pero Tn no estaba pendiente de las miradas.

Ni siquiera le interesaban.

Lo único que importaba era la voz de Leo guiándolo, como tantas veces antes.

—¿Hay algún lugar tranquilo con luz natural?

—preguntó, deteniéndose de pronto.

—¿Para pintar?

—Da Vinci respondió sin pensarlo.

Luego sonrió—.

Sí.

Te llevaré allí.

Es uno de mis rincones secretos.

Solo tú y yo.

Y mientras caminaban hacia ese rincón oculto, Tn por primera vez desde su invocación sintió que Chaldea… podría ser un hogar.

El rincón era un milagro contra el hielo eterno del Ártico.

La tormenta de nieve aullaba afuera, pero no podía tocar aquel pequeño santuario.

La luz del sol atravesaba un techo de cristal mágico, brillante y tibio como un amanecer que se negaba a morir.

En el suelo, una alfombra espesa y suave cubría cada centímetro, como si alguien hubiera tejido nubes para pisarlas.

—Te aconsejo quitarte los zapatos —dijo Da Vinci con una sonrisa traviesa mientras ella ya lo hacía, soltando una pequeña risa cuando la alfombra acarició sus pies—.

Esto fue un capricho mío.

A nadie le gusta el suelo helado.

Tn la imitó, desatando las correas de sus botas con parsimonia.

Cuando sus pies tocaron la alfombra, se detuvo un segundo, sorprendido.

Era como tocar la calma.

Sin una palabra, caminó hacia el centro del lugar bañado por el sol y simplemente se dejó caer al suelo.

El cuerpo tenso, las ideas pesadas, todo se liberó en un suspiro mientras sentía cómo el calor del sol le acariciaba el rostro.

Por un instante, no fue un espíritu heroico, ni un Caster, ni un hombre que había muerto hace siglos.

Solo fue Tn, pintor, perdido entre siglos de soledad, encontrando por fin una isla en el tiempo.

Da Vinci lo miró desde la entrada, su figura bañada en la luz dorada.

Sintió un nudo en el pecho.

No pudo evitar seguirlo y se recostó a su lado, el cabello cayendo como una cortina entre ambos.

—¿Por qué nunca te encontré en el Trono de los Héroes?

—preguntó, casi en un susurro.

No como una demanda.

Sino como un lamento que había guardado por demasiado tiempo.

Tn tardó en responder.

Pero cuando lo hizo, sus palabras salieron con la serenidad de quien ya había aceptado su camino.

—Cuando desperté allí…

solo había desierto —dijo sin abrir los ojos—.

No había trono, ni muros dorados, ni multitudes.

Solo arena y cielo.

Caminé durante días, semanas, no sé.

Hasta que vi una torre en el horizonte.

Estaba vacía.

La tomé como hogar.

Pintaba.

Y a veces, algunos espíritus pasaban.

Charlábamos.

Luego se iban.

Da Vinci cerró los ojos también, escuchando el eco de esa soledad.

—Cuando llegué, te busqué.

Por todas partes.

Consulté registros, le pregunté a otros.

Incluso pregunté a viejos enemigos.

Pero tú…

eras como una sombra.

—Quizá no quería ser encontrado —susurró Tn.

—O quizá el mundo no estaba listo para traerte de vuelta —respondió Da Vinci, con una sonrisa triste.

El silencio se asentó entre ambos, cálido, pero no vacío.

—Pero ahora estás aquí —añadió ella, girándose para mirarlo—.

Estamos juntos de nuevo.

Como en los viejos tiempos.

Como cuando te arrastraba por las calles de Venecia para pintar un fresco.

Tn sonrió, por primera vez en mucho tiempo.

Una sonrisa real.

Leve, sutil.

—Y tú seguías insistiendo en que la luz del relámpago era perfecta para el dramatismo.

—¡Lo era!

—rió Da Vinci, soltando una carcajada que llenó la habitación—.

¡Tú simplemente eras un cobarde para las alturas!

Tn soltó una exhalación parecida a una risa.

Los años pesaban, pero ahí, en ese rincón del mundo y del tiempo, dos viejos amigos se reencontraban.

No como leyendas.

No como Servants.

Sino como lo que siempre habían sido: dos almas errantes que encontraron consuelo en la compañía del otro.

Y el sol, falso pero cálido, les abrazaba con una ternura que el mundo les había negado por siglos.

La calidez del sol artificial, la paz de ese santuario de cristal, y la cercanía de Tn fueron demasiado para el cuerpo exhausto de Da Vinci.

Al principio, luchó contra el peso en sus párpados.

No quería dormir.

No ahora.

No cuando por fin lo tenía cerca, cuando la distancia de los siglos parecía borrarse por un instante.

Pero la paz era traicionera.

Su cuerpo, negado al descanso durante semanas, la venció sin pedir permiso.

Y entonces, los ojos de Da Vinci se abrieron… pero no en la sala iluminada por el sol de Chaldea.

Estaba en las calles de Venecia.

La humedad del canal, el murmullo de la multitud, los pasos apresurados sobre piedra antigua.

Todo era real.

La ciudad que amó, la cuna de su genio… y de sus peores pesadillas.

La gente gritaba, empujaba, se agolpaba alrededor de una plaza.

Da Vinci sintió cómo su corazón se comprimía.

Algo dentro de ella ya sabía lo que estaba ocurriendo, incluso antes de ver.

—No… —susurró, temblando.

El sonido metálico del hierro raspando piedra la guió.

Cruzó la multitud, abrió paso con manos temblorosas, y allí lo vio.

Tn.

Atado a un poste de ejecución, el rostro manchado de sangre seca y tierra.

Su cuerpo, maltratado.

La tela de su túnica apenas cubriéndolo.

Las marcas de tortura recientes visibles como cicatrices abiertas ante el mundo.

Frente a él, un verdugo sostenía una hoja de ejecución —gruesa, cruel— mientras un sacerdote alzaba la voz, condenándolo por herejía, por blasfemia, por crear arte que desafiaba el dogma.

Da Vinci sintió náuseas.

No solo físicas, sino espirituales.

Ella conocía este día.

Sabía de esta ejecución.

Había evitado asistir.

No por cobardía… sino porque no pudo soportarlo.

Y ahora lo revivía en carne propia, atrapada en ese sueño, en ese recuerdo compartido entre Servant y Maestro.

Era el vínculo del contrato, el eco inconsciente de las memorias más marcadas en el alma del espíritu heroico.

Sus piernas flaquearon.

Se dejó caer de rodillas.

La multitud gritaba improperios, como bestias hambrientas de sangre.

Nadie notaba su presencia.

Ella no era más que un espectro, una intrusa en el recuerdo de su amigo.

Tn la miró.

No la juzgó.

No gritó.

No pidió ayuda.

Solo la miró con esos ojos llenos de resignación, con la quietud de quien ya lo ha perdido todo.

Y Da Vinci sintió cómo algo dentro de ella se rompía.

—¡NO!

—gritó de repente, luchando por moverse.

Sabía que era un sueño.

Sabía que no podía cambiar nada.

Pero no le importaba.

No podía ver esto sin hacer nada.

Se levantó tambaleante, empujó a un hombre imaginario y corrió hacia la plataforma.

Los gritos se hicieron más lejanos, el mundo borroso, como si el mismo sueño intentara rechazar su voluntad.

—¡Tn!

¡NO!

¡NO DE NUEVO!

¡NO OTRA VEZ!

Y por un instante, cuando su mano extendida casi alcanzó la de él… …el mundo se detuvo.

El verdugo no bajó la hoja.

El sacerdote calló.

La multitud se congeló.

Todo estaba en pausa.

Tn la miraba.

Esta vez, con una leve sonrisa.

—Lo sabías, ¿no?

—dijo su voz, clara, real, como si hablaran en la misma habitación—.

Que esto me pasaría.

Que era inevitable.

Da Vinci no respondió.

Solo lloraba.

Lágrimas cálidas, furiosas.

—No quiero perderte otra vez —murmuró, apretando los puños—.

No después de haberlo visto con mis propios ojos.

—Pero ya lo perdiste —respondió él con ternura, sin reproche—.

Hace siglos.

Lo importante es que ahora estoy aquí.

Que tú estás aquí.

Y que… al menos por un tiempo, podemos estar juntos.

Da Vinci cayó de rodillas frente a él.

Ya no gritaba.

Solo lloraba en silencio, como una niña frente a una tumba que nunca se atrevió a visitar.

—Perdóname por no estar allí ese día… Tn no dijo nada.

Solo inclinó ligeramente su rostro, rozando con su frente la suya.

Y entonces el sueño se desvaneció.

Cuando Da Vinci despertó, lo hizo en ese cálido refugio artificial, en la habitación bañada de luz.

El cuerpo de Tn aún recostado a su lado, respirando tranquilamente.

Dormido.

Ella lo miró largo rato.

Luego, con manos temblorosas, acarició su cabello.

—Nunca más —susurró—.

Nunca más permitiré que te arrebaten de mi lado.

Da Vinci acariciaba con ternura el cabello de Tn, sintiendo bajo sus dedos la textura suave, rebelde, inofensiva… tan humana.

Él dormía, su rostro ligeramente relajado, como si ese refugio solar, ese oasis de quietud en el corazón gélido de Chaldea, hubiera calmado las heridas del alma que el tiempo nunca terminó de cerrar.

Él dormía, como los pintores lo hacían.

Como los soñadores necesitaban hacerlo.

Da Vinci se llevó la mano a la mejilla, y al sentirla húmeda, comprendió la magnitud de lo que había visto.

El sueño no fue solo una ilusión.

Fue una confesión.

Un grito del pasado en forma de recuerdo compartido.

—Lloré por ti… —susurró con la voz rota.

Su pecho ardía.

Tn había sido torturado, quebrado, atado.

Los inquisidores de la iglesia lo habían presionado para traicionar, para delatar a otros pensadores, artistas, alquimistas, aquellos que compartieron ideas prohibidas, libertad de pensamiento, ciencia sin cadenas.

Y él, él no delató a nadie.

Ni una palabra.

Fue ejecutado como un perro.

Quemado como si fuera impuro.

Da Vinci apretó los dientes.

Sintió cómo el odio hervía bajo su piel, como si un río negro subiera desde su corazón hasta sus ojos.

No era solo tristeza.

Era rencor.

Ella recordó bien.

La presión, los sobornos, los favores políticos que tuvo que activar desde las sombras solo para rescatar lo poco que quedaba de él: algunos lienzos, apuntes, bocetos, fragmentos de sus diarios, versos escritos a medias.

Nada quedó del cuerpo de Tn, solo la memoria que ella misma resguardó, escondida incluso de sus mecenas.

El mundo se olvidó de él.

Pero ella no.

Y ahora estaba aquí.

Vivo.

Respirando.

Inocente.

Inquietantemente igual a como lo recordaba, como si los siglos no lo hubieran corrompido.

Dejó de acariciarlo.

Se inclinó, su cabello cayendo como una cortina marron y suelta a los lados de su rostro mientras lo observaba de cerca.

Tn, dormido, no mostró miedo.

Ni inquietud.

Como si, incluso en sueños, supiera que estaba a salvo con ella.

—Te juré que protegería tu legado… pero no fue suficiente —susurró—.

Esta vez no cometeré el mismo error.

Y entonces, un pensamiento oscuro surgió en ella, tan suave como una pluma y tan cortante como un bisturí.

Despreciaba a la Iglesia.

La misma que lo destruyó.

Y, por extensión, sentía una punzada incómoda hacia todos los Servants vinculados a esa institución.

No era odio abierto, no una enemistad declarada.

Pero cuando veía a alguien como Jeanne d’Arc pasear con su estandarte, o a los diferentes mártires hablar de fe y redención, sentía que su pecho se endurecía.

¿Qué sabían ellos del dolor?

¿Qué sabían del precio de ser libre?

Los respetaba, quizás.

Pero no los perdonaba.

Tampoco los veía como iguales.

Porque en su mente, aquellos que alguna vez sirvieron a la institución que quebró a Tn, no podían comprender la magnitud de lo que había ocurrido.

Y menos aún… del crimen de haber olvidado su nombre.

Acarició una vez más el rostro de Tn, esta vez no con ternura, sino con determinación.

—Dormí, amore mío —susurró—.

Yo cuidaré este mundo por ti ahora.

No dejaré que te toquen.

No permitiré que se repita.

No esta vez.

Se levantó con cuidado, cubriendo su cuerpo dormido con una manta ligera.

Caminó hacia una terminal en la pared y empezó a modificar registros, programaciones internas.

Quería acceso total al sistema médico, al sistema de seguridad, y a la lista de interacciones de los demás Servants.

Si alguien se acercaba demasiado a Tn… lo sabría.

Da Vinci sonrió para sí misma.

Una sonrisa apenas visible.

Fría.

Protectora.

Ligeramente desequilibrada.

—Eres mío, Tn.

Este mundo no te merece… pero yo sí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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