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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 41

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  4. Capítulo 41 - 41 Diana Cavendish part 2
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41: Diana Cavendish part 2 41: Diana Cavendish part 2 Tn llegó a su habitación y se dejó caer de espaldas en la cama sin siquiera sacarse los zapatos.

Su capa estaba sucia, su ropa manchada de barro seco.

El techo no ofrecía respuestas, solo el mismo vacío de siempre.

—Bien… fallé —murmuró al techo, exhalando profundamente.

El doble no había funcionado.

Y con eso, la posibilidad de evitar la clase de Croix se esfumaba.

Otra sesión de preguntas que no quería responder, explicaciones que no necesitaba y que no le importaban.

“Esto es un desperdicio de magia.

Un desperdicio de energía.” No era depresión.

Era desinterés profundo.

Como si su presencia ahí fuera una broma mal escrita que nadie quería admitir.

El día siguiente trajo otra tortura: clase de Teoría Mágica Aplicada.

Un título bonito para decir “trabajo en equipo obligatorio”.

Tn se sentó con el ceño fruncido, jugando con su lápiz encantado, haciendo que levitara y se golpeara contra su frente.

La profesora —una mujer risueña pero estricta con una varita que usaba más como puntero que como arma— anunció los equipos con voz clara—Vamos a dividirnos en parejas.

El objetivo es crear una runa de uso dual que sirva tanto para ataque como para defensa.

Es un ejercicio de entendimiento mutuo.

Ya saben: armonía mágica.

Tn levantó la mano.

—¿Puedo trabajar con Lucy?

La profesora lo miró con una sonrisa amarga.

—¿Tú y Lucy?

No.

Juntos serían la receta perfecta para una siesta prolongada.

—Fair enough —respondió Tn, sin interés en discutir.

—Harás equipo con Cavendish —continuó la profesora.

El salón estalló en murmullos.

Diana, que estaba escribiendo algo en su libreta, levantó la cabeza como si le hubieran lanzado un balde de agua fría.

—¿Disculpe?

—preguntó, sin alzar la voz pero dejando claro que estaba ofendida.

—Él es uno de los más talentosos… potencialmente.

Y tú eres nuestra mejor estudiante.

Tal vez, trabajando juntos, algo bueno salga de esta mezcla.

Diana golpeó levemente su frente contra la mesa.

No con fuerza, pero con suficiente frustración para que Amanda y Constanze la miraran con compasión.

Tn alzó una ceja.

—¿Tengo piojos o por qué golpeas la mesa?

Diana lo fulminó con la mirada.

—Eres un flojo.

Desordenado.

Cínico.

No me interesa perder el tiempo contigo.

—Entonces estamos de acuerdo.

Esto será una experiencia enriquecedora para nadie —replicó Tn con una mueca apenas perceptible.

La profesora ignoró el intercambio.

Les entregó un pergamino con las instrucciones, tinta conductiva y una gema de energía compartida.

—Tienen hasta el fin de semana para traer resultados.

Y recuerden: deben entenderse para que la runa funcione.

Si uno de los dos se resiste, fallará.

Tn tomó el pergamino con una mano y lo agitó hacia Diana.

—¿Tu habitación o la mía?

—¡La sala común, por supuesto!

—espetó ella, escandalizada.

—Qué convencional.

Entendido.

Los demás equipos se dispersaron, muchos riendo, otros cuchicheando.

Tn y Diana caminaron en silencio por los pasillos.

La tensión podía cortarse con una daga.

Finalmente, al sentarse frente a frente en una mesa redonda de la sala común, Diana habló—No pienso hacer todo el trabajo por ti.

Tn sacó una pequeña caja con materiales y plumas encantadas.

—Tranquila.

No quiero que digas que te estresé.

Solo haz lo tuyo de forma perfecta.

Yo haré lo mío de forma… aceptable.

Nos encontraremos en el medio.

No necesito que me enseñes, Cavendish.

—Entonces, ¿por qué no te esfuerzas así en clases?

Vi lo que hiciste con esos prototipos de dobles.

Eres mejor de lo que aparentas.

Tn se detuvo un momento.

Su mirada se volvió un poco más seria.

Luego respondió con tono seco—Porque lo que quiero no se enseña aquí.

Y tú no puedes darme lo que busco.

Diana no supo qué contestar.

Por primera vez, el muro entre ambos pareció agrietarse, aunque solo por un segundo.

Y fue suficiente para que ambos supieran que este trabajo en equipo no sería solo una tarea escolar.

Diana regresó a su habitación esa tarde con el ceño fruncido, apretando el pergamino de instrucciones con fuerza.

—No me va a arrastrar hacia el fracaso —murmuró para sí misma, dejando caer su mochila sobre el escritorio.

Con disciplina impecable, colocó su varita sobre la mesa, desenrolló el pergamino, y comenzó a trabajar.

Su gema adquirió un brillo verde pálido.

Una runa de viento bien equilibrada, que podía ser tanto ofensiva como defensiva.

Al tocarla con su varita, la energía respondía con elegancia: una ráfaga precisa y afilada, y luego un domo de aire giratorio que repelía proyectiles.

Diana sonrió.

Había perfeccionado ese tipo de magia desde pequeña.

La runa vibraba con estabilidad.

—Esto es lo que pasa cuando se tiene disciplina —musitó con orgullo, aunque un leve nudo de inquietud se colaba en su estómago.

Tn.

Ese desastre con piernas.

Ese chico que parecía siempre mirar todo desde una montaña lejana, sin interés alguno.

¿Acaso trabajaría en su parte del proyecto?

¿Le importaría lo suficiente?

La respuesta llegó desde otra parte del campus.

Tn estaba sentado en el suelo de su habitación, sin camiseta, rodeado de libros abiertos, papel arrugado y manchas de tinta flotante.

—Si no hago esto, la rubia me grita…

y no tengo energía para eso —dijo mientras se pasaba una toalla por la cara, aún con rastros de barro del entrenamiento fallido del día anterior.

Frente a él, una gema azul vibraba lentamente, brillando con un pulso líquido.

Su hechizo era de agua.

No porque fuera lo más útil, sino porque era lo más cómodo para él.

El agua no discutía.

Solo fluía.

Había creado una estructura mágica que al activarse lanzaba una ráfaga húmeda capaz de empapar a cualquiera y, si se invertía, generaba un muro flotante, ideal para detener ataques físicos y mágicos ligeros.

—Suficiente para que no me maten en la evaluación.

Y para que Diana no me dé otra charla moralizante sobre “responsabilidad y dedicación”.

—Hizo una mueca, como si imitara su tono.

Colocó la gema en una caja simple y se tiró en la cama con los brazos detrás de la cabeza.

—Mañana me toca verla.

Que los dioses me den paciencia… o sordera.

A la mañana siguiente, Tn caminaba por el campus con las manos en los bolsillos, ignorando los murmullos que su presencia generaba.

Diana lo esperaba ya sentada en una banca junto a una fuente, con su uniforme impecable y expresión crítica.

—Llegas tarde.

—Estoy aquí antes del mediodía.

Eso es milagro suficiente.

—¿Trajiste tu gema?

Tn sacó la cajita sin decir una palabra.

Diana tomó la suya.

Ambas piedras brillaban con intensidad: el verde de Diana, ordenado y exacto; el azul de Tn, cambiante y caprichoso.

—Debemos sincronizar la frecuencia mágica —dijo ella, seria—.

Si no hay compatibilidad, ambas fallarán.

—¿Y qué pasa si eso ocurre?

—Pues repruebas.

Y yo repruebo contigo.

Tn alzó una ceja.

—¿Tan grave sería arruinar tu expediente perfecto?

Diana lo miró con dureza.

—¿Tú crees que todo el mundo aquí tiene alguien que lo inscriba sin razón, que lo malcríe con comida y lo deje vaguear?

Algunos trabajamos para llegar a donde estamos.

Eso hizo que Tn bajara la mirada, no molesto… sino pensativo.

—No pedí estar aquí —dijo al fin, en voz baja.

—Y yo no pedí trabajar contigo.

Pero aquí estamos.

Así que hagámoslo bien.

Ambos se sentaron en el césped, uno frente al otro.

Cruzaron sus varitas sobre las gemas y pronunciaron la palabra de activación.

—“Converge.” La luz verde y azul se entrelazó al principio con dificultad, como si las magias se resistieran a tocarse.

Hubo un zumbido agudo, una vibración incómoda… y luego, la fusión.

La gema brilló con un tono turquesa brillante, estable y pulsante.

Habían funcionado.

La runa mixta estaba viva: una barrera giratoria de agua y viento, y un proyectil que al explotar dejaba una nube brumosa que cegaba y empapaba.

Diana parpadeó, sorprendida.

—No está mal.

Es… incluso buena.

—Sí, sí, felicítame después.

¿Ya puedo irme?

—No.

Ahora tenemos que escribir el informe teórico juntos.

—… Tn maldijo internamente.

Y aunque no lo admitiría jamás, algo dentro de él —algo pequeño— comenzaba a respetar a Diana Cavendish.

Y Diana… también empezaba a sospechar que detrás de esa pereza estratégica, había un cerebro más afilado de lo que aparentaba.

El aula vacía estaba silenciosa, apenas iluminada por los rayos dorados de la tarde que entraban por las ventanas altas.

Tn y Diana compartían una mesa al fondo, sus pergaminos extendidos, las plumas flotando con movimientos precisos —en el caso de Diana— y perezosos —en el de Tn.

—No olvides poner el título —dijo Diana, sin mirarlo, mientras escribía con elegancia su parte del informe—.

Y por favor, no uses abreviaciones mágicas sin explicar sus componentes.

Tn, sentado con una postura relajada, giró su pluma entre los dedos.

—¿Poner un título no lo hace parecer más serio de lo que es?

—No ponerlo lo hace parecer escrito por un niño de siete años.

—Touché.

Diana suspiró.

Cada minuto con él era como tratar de alinear los planetas con voluntad pura.

Pero al menos, estaba escribiendo… más o menos.

Lo observó por el rabillo del ojo.

Su uniforme estaba abierto por el cuello, con los botones superiores desabrochados.

La túnica parecía colgarle como si fuera una sugerencia y no una prenda formal.

La tela caída revelaba parte de su clavícula y un atisbo de cicatriz vieja.

Diana se mordió el labio inferior de forma inconsciente.

—Concéntrate —se reprendió mentalmente, volviendo su atención al pergamino.

Pero los ojos volvían, inevitablemente.

Tn tenía esa forma molesta de ignorarla completamente y, aun así, hacerla consciente de su presencia.

No hablaba mucho, pero su aura era…

densa.

Como una tormenta contenida.

Finalmente, ambos terminaron su parte del informe.

—Intercambiemos —dijo Diana, estirando el brazo para recibir su hoja.

Tn hizo lo mismo, aunque con más desgano.

Mientras Diana leía su informe, comenzó a detectar errores.

Faltas ortográficas, frases incompletas, un par de nombres mal citados… pero en el fondo, la estructura tenía sentido.

Tn había escrito con claridad sus procesos, las decisiones tomadas en la creación de su gema, e incluso había incluido una nota personal: “No es perfecto, pero funciona.

Como yo.” Diana arqueó una ceja… y no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa.

Tn, por su parte, miró la hoja de Diana y solo garabateó en una esquina una carita feliz sonriente con dos brazos levantados.

Luego se la pasó de vuelta con una expresión neutra.

—¿Qué demonios es esto?

—preguntó ella, mirándolo con incredulidad.

—Mi forma de decirte que lo hiciste bien.

—Una carita feliz no es una rúbrica académica.

—¿Quieres una estrella dorada también?

Diana gruñó, pero no pudo evitar reír por lo bajo.

Era la primera vez que se reía cerca de él.

O al menos, que no lo hacía por burla.

Pasaron el resto del día juntos, revisando la gema fusionada.

Al tocarla con ambas varitas al mismo tiempo, la piedra respondía con una energía híbrida —fluida y precisa— como si las personalidades de sus creadores se hubiesen forzado a colaborar, y lo hubiesen logrado a pesar de todo.

—Podemos mejorar el domo si añadimos un anillo de presión alrededor del borde —dijo Diana, entusiasmada—.

Así el viento giraría más rápido, y el agua ganaría fuerza centrífuga.

—¿Quieres que hagamos una torbellino defensivo?

—preguntó Tn.

—Exacto.

Un Ojo de Huracán.

Tn se encogió de hombros.

—Está bien.

Me gusta el caos elegante.

Ella lo miró un segundo.

Esa frase… parecía describirlo perfectamente.

Cuando el sol comenzó a caer, el aula se tiñó de un naranja tenue.

Diana guardó sus cosas y se puso de pie.

—Gracias por trabajar, Tn.

A pesar de tu estilo…

peculiar.

—Gracias por no gritarme más de lo necesario.

Un silencio flotó entre ambos.

Casi cómodo.

Casi.

Diana comenzó a caminar hacia la salida, pero antes de cruzar la puerta, se detuvo.

—Tn.

—¿Qué?

—Tu gema.

No estaba mal.

Tiene… talento.

Tn parpadeó.

Luego, sin emoción visible, asintió.

—Lo mismo puedo decir de la tuya.

Aunque la tuya usa demasiado aire.

Me dio frío.

—Buen.

Te lo mereces.

Y se fue.

Tn quedó solo en el aula.

Miró el pergamino con la carita feliz, luego la gema turquesa que habían creado juntos.

La sostuvo entre los dedos, viéndola brillar.

—“Caos elegante”… eh.

Guardó la piedra en su bolsillo y se marchó, la sonrisa más sutil dibujándose en su rostro.

Se alejo caminando hacia su habitacion.

La habitación de Diana estaba envuelta en una penumbra suave.

Las cortinas apenas dejaban pasar la luz de la luna, filtrando un resplandor azulado que daba un aire tranquilo, casi íntimo, al espacio.

El silencio solo era roto por el suave golpeteo del viento contra el cristal de la ventana.

Diana se había desvestido ya, cambiando su uniforme rígido por una camiseta holgada y unos pantalones cómodos.

Con la cabeza recostada en su almohada y la mirada perdida en el techo, la gema mágica descansaba en su mesita de noche, aún brillando débilmente con los colores fusionados del agua y el viento.

Turquesa, como el mar agitado bajo una brisa poderosa.

Suspiró.

—¿Qué hago pensando en él a estas horas…?

Se giró sobre sí misma, frunciendo el ceño.

Su mente volvía una y otra vez a Tn.

No era por la gema, no exactamente.

Había algo más.

Algo… inquietante.

No malo.

Pero incómodo.

Como un cosquilleo persistente en el estómago cuando se piensa en algo que no se puede definir.

Al principio fue solo una molestia.

Tn era el clásico estudiante flojo, irreverente, con aire de “nada me importa” que parecía chocar contra todo lo que Diana representaba.

Disciplina, excelencia, control.

Pero poco a poco, esa imagen comenzó a resquebrajarse.

Tn había hecho el trabajo.

No solo eso, lo había hecho bien.

Con su estilo, sí, algo desordenado, pero genuino.

No era un tonto.

Sabía lo que hacía, solo que parecía no importarle… o tal vez sí, pero no sabía cómo demostrarlo.

Había escrito con una sinceridad que desarmaba.

Y eso la había afectado.

“No es perfecto, pero funciona.

Como yo.” Una frase tan tonta.

Y tan honesta.

Y ese dibujo absurdo de la carita feliz…

Diana apretó los labios para no sonreír.

—¿Será lujuria?

—pensó por un momento.

Tn no era feo, para nada.

Tenía ese tipo de atractivo informal, salvaje, sin esfuerzo.

Su físico era notable, sí.

Lo había visto sin la parte superior del uniforme mientras trabajaba afuera con los intentos de clones.

Era normal que algunas estudiantes suspiraran.

Y, por supuesto, ella no era de piedra.

Pero… no era eso.

La atracción física era sencilla de reconocer.

Y aunque había algo de eso, lo que realmente la confundía era lo que había detrás.

La forma en que él la ignoraba sin desdén, como si no necesitara demostrar nada.

La manera en que parecía cargar un peso invisible, incluso si jamás hablaba de él.

Era como si debajo de esa fachada despreocupada… hubiera algo más.

—Es un misterio —murmuró.

Y los misterios, para alguien como Diana, eran una debilidad.

Se tapó el rostro con el brazo, frustrada consigo misma.

—No estoy enamorada.

Solo estoy… intrigada.

Eso es.

Curiosidad académica —se dijo con firmeza.

Pero sus palabras no tenían la convicción habitual.

Porque sabía, muy en el fondo, que no era solo eso.

Tn era una contradicción con piernas.

Y Diana Cavendish… siempre había querido resolver contradicciones.

Cerró los ojos.

Mañana tocaría probar la gema fusionada en un entorno de práctica.

La presentación final se acercaba.

Era mejor dormir.

Pero incluso cuando el sueño comenzó a vencerla, su último pensamiento fue una imagen de Tn, sentado con desorden, pluma en mano, escribiendo en su pergamino con una ceja alzada y una sonrisa sutil.

Y por primera vez en mucho tiempo, Diana durmió con una sonrisa ligera en el rostro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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