Waifu yandere(Collection) - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Lucifer part 2 helltaker
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42: Lucifer part 2 (helltaker) 42: Lucifer part 2 (helltaker) El sonido del látigo rompía el aire como un trueno seco.
¡Crack!
Tn cayó de rodillas, la espalda ensangrentada, abierta en cruces rojas por los golpes.
El sudor le caía por la frente.
Su respiración era pesada, pero no emitía gritos.
Sólo jadeos.
Resistencia silenciosa.
Judgment, la demonio del castigo, apretaba el mango del látigo con fuerza.
Su expresión era fría, como debía ser.
Su trabajo era hacer sufrir a los condenados.
Y Lucifer había dado una orden directa.
—Otro —susurró, alzando el brazo—.
No pienses.
Solo hazlo.
¡Crack!
Otro golpe.
Y otra vez… y otra.
Pero cada impacto sobre Tn no era seguido por maldiciones o súplicas.
Solo un susurro bajo, como si el alma humana estuviera orando.
—Perdónalos… —dijo, apenas audible—.
lo m-merezco… Judgment retrocedió medio paso.
Su mirada se endureció.
No era la primera vez que oía esa frase.
Y detestaba que la dijeran en voz alta.
—No eres ningún mártir —le escupió con rabia, como si intentara convencerse a sí misma—.
¡Estás en el Infierno!
Si estás aquí… ¡es porque lo mereces!
Tn levantó la cabeza, su rostro cubierto de sangre y polvo.
Pero sus ojos… no mostraban odio.
Ni rencor.
Solo lástima.
—¿Realmente crees eso?
—preguntó con calma—.
¿Crees que todo lo que haces… es justo?
Judgment apretó los dientes.
Por primera vez, sintió que sus manos temblaban.
—¡Cállate!
—gritó, azotando una vez más.
Tn cayó boca abajo, pero incluso en el suelo, sus labios formaban una plegaria muda.
Creía.
A pesar de todo.
Lucifer lo observaba desde su trono, a través de un espejo ardiente.
Al ver que ni siquiera el dolor físico quebraba la fe de ese humano, apretó los dientes.
—Ni un solo grito… ni una maldición… —murmuró para sí—.
Está aguantando.
Cree que esto es una prueba divina.
Cree que esto… no es mi infierno, sino una lección del Cielo.
Se levantó, sus tacones arrastrándose por los suelos oscuros de su palacio.
—¡Entonces voy a enseñarle lo contrario!
El infierno no era una prueba.
Era una jaula.
Una condena.
Una catedral de desesperanza.
Y si Tn no lo comprendía con castigo físico, Lucifer empezaría a atacarlo desde donde era más fuerte: su fe.
Mientras tanto, Judgment se alejaba en silencio del calabozo.
Algo se agitaba en su pecho.
Algo incómodo.
Una pequeña fisura en la rutina de su existencia infernal.
—No es justo —susurró.
Y por primera vez en siglos… se sintió sucia al obedecer.
El olor a papel viejo y azufre llenaba la oficina infernal de Lucifer.
Montañas de documentos ardían en su escritorio, contratos malditos, condenas selladas con sangre, registros de pecados en idiomas olvidados.
Lucifer los firmaba sin mirar, una pluma de cuerno de dragón danzando entre sus dedos como una daga en manos de un asesino.
Knock knock.
La puerta se abrió de golpe sin esperar respuesta.
—¡Luci!
¿Todavía te torturas con ese papeleo?
—La voz era enérgica, alegre, totalmente fuera de lugar en un sitio como ese.
Lucifer alzó la mirada con fastidio.
Justice, la demonio de la justicia ciega, se paseaba como si el Infierno fuera un parque temático.
Llevaba gafas oscuras, una sonrisa confiada, y una gran jarra de cerveza en la mano.
—¿Vienes a molestarme o necesitas algo?
—espetó Lucifer, su ceño fruncido.
—Ambas cosas —respondió Justice con una risa—.
Escuché que estás obsesionada con una simple alma humana.
¡Qué adorable!
Lucifer detuvo su pluma.
Sus ojos carmesí brillaron con furia apenas contenida.
—No es simple.
Es una anomalía —gruñó—.
Un alma santa… en esta era corrupta.
¿Cómo es posible?
¿Quién permitió que algo así se desarrollara sin intervención divina?
Justice se sentó sobre un montón de documentos, con las piernas cruzadas.
Se encogió de hombros.
—Tal vez simplemente… nació así.
Ya sabes, como tú naciste para ser jefa de este infierno podrido.
¿No puede alguien nacer para ser bueno?
Lucifer apretó los dientes.
Bajó la mirada, murmurando con amargura—Otro santo no.
No después de siglos.
No después de que borramos el eco de los verdaderos creyentes de la historia.
Los Papas, los predicadores, todos cayeron.
Incluso los monjes se contaminaron.
¿Y ahora… esto?
Justice sonrió burlona.
—Si tanto te molesta, ¿por qué no lo conviertes en tu juguete?
Llévalo a la cama.
Quizás un poco de amor rompa su fe.
A todos les llega su hora, ¿no?
La mirada de Lucifer fue tan afilada como una hoja de obsidiana.
—No voy a rebajarme a eso.
No le daré placer.
Ni consuelo.
Se levantó con furia, la silla cayendo hacia atrás.
—No voy a entregarle NADA.
Ni una caricia.
Ni una sonrisa.
Solo sufrimiento, hasta que rompa.
Hasta que deje de ser lo que es.
Justice se rió, levantándose también.
—Ay, Luci.
Estás encaprichada, ¿lo sabías?
—Le dio un golpecito en la frente con un dedo y se alejó—.
Hay una fiesta en el sector de las Pesadillas.
Si cambias de opinión, hay comida humana frita.
Y sexo con sucubos, si te interesa.
Antes de cerrar la puerta, Justice se giró una última vez.
—Aunque si me preguntas… —dijo con tono burlón—.
Si tanto te molesta que no te mire, quizá no es porque sea santo… quizá es porque no te teme.
Bang.
La puerta se cerró de golpe.
Lucifer se quedó sola.
El fuego en sus ojos no era solo rabia… era orgullo herido.
Nadie.
Nadie ignoraba a la Reina del Infierno.
Y menos… un miserable humano que aún rezaba por sus verdugos.
Sus uñas rasgaron la superficie del escritorio.
En silencio, una decisión se formó.
Ya no mandaría demonios.
Iba a ir ella misma.
Y esta vez, Tn no saldría intacto.
El eco de los gritos llenaba los pasillos del Infierno como una sinfonía de sufrimiento.
Las cadenas colgaban del techo como serpientes de hierro oxidado, y el suelo, cubierto de brasas y huesos rotos, ardía bajo cada paso.
Justice caminaba silbando, su bastón golpeando rítmicamente el suelo.
Aunque ciega, sus otros sentidos compensaban de sobra.
El olor de la carne quemada, el roce del aire agrietado, los susurros de las almas quebradas: todo era monotono.
La fiesta podía esperar.
A veces, lo interesante ocurría en los rincones menos festivos.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Chasquido.
Grito.
Chasquido.
Grito.
Y una voz.
—No caeré… No aquí… No ahora… Justice frunció el ceño.
Se acercó, apoyándose sobre una columna de huesos.
El inconfundible sonido del látigo de Judgment desgarraba el aire, acompañado por los gritos de una voz masculina.
Pero no eran gritos de rendición.
No eran súplicas.
Eran…
resistencia.
—¿Sigues con la misma canción?
—gritó Judgment, irritada—.
¡Cállate!
¡Este no es un lugar para rezos!
Chasquido.
—…This is who I am, this is… —¡Silencio!
—…Im not play by the rules… —¡Calla, maldita alma terca!
Pero Tn continuaba, con la voz temblorosa por el dolor, pero inquebrantable.
“…This is just the way that i am…” Justice sonrió.
No por burla.
Sino porque, en medio de los gritos, de la tortura, de los lamentos… alguien cantaba.
Una melodía humana, suave, vulnerable… y sin embargo más desafiante que cualquier demonio.
Judgment finalmente se detuvo, jadeando.
El látigo colgaba de su mano ensangrentada.
Aunque la piel de Tn estaba abierta, marcada por las heridas, sus ojos miraban a un punto invisible más allá del dolor.
Quizás el cielo.
Quizás solo esperanza.
—Ya terminaste —dijo Judgment con molestia al notar la presencia de Justice—.
Le toca descansar… si es que eso existe aquí.
—Mm.
Bonito recital —murmuró Justice mientras se acercaba, bastón en mano—.
¿Te importa si le robo unos minutos?
Judgment gruñó, pero asintió.
Luego desapareció por uno de los pasillos laterales.
Justice se quedó sola con Tn.
El chico estaba encadenado a la pared, sangre escurriendo de su espalda, su respiración agitada.
Pero en sus labios aún flotaba una parte de la canción.
—Interesante elección musical —comentó Justice, sentándose en una roca cercana.
Tn apenas levantó la vista.
—¿Quién… eres?
—Una oyente —respondió ella, divertida—.
Aunque admito que cantar mientras te latiguean es una forma muy… dramática de mostrar fe.
Tn la observó.
Sabía que no era humana.
Lo sentía.
Pero tampoco era como los otros.
Había… calma en ella.
—¿Vienes a hacerme preguntas?
¿Tentarme?
Justice rió con suavidad.
—No, chico.
Solo quería verte de cerca.
Ver —bueno, oír— por qué diablos tienes a Lucifer tan alterada.
¿Tienes idea del lío que estás causando?
Tn cerró los ojos.
—Solo quiero volver a la Luz… No me importa Lucifer, ni tú, ni este lugar.
—Mmm, sí… esa respuesta solo la enoja más, ¿sabes?
—Justice alzó el bastón, marcando un compás en el aire como si dirigiera una orquesta invisible—.
Lo curioso es que no mientes.
No hay rencor en tu voz.
No hay odio.
Solo…
esperanza.
Fe auténtica.
Qué raro suena eso aquí abajo.
Tn abrió los ojos, mirándola con cierta tristeza.
—¿Te parece raro… que alguien quiera creer en algo mejor?
Justice sonrió, aunque sus ojos cubiertos por lentes oscuros jamás se movieron.
—En este lugar, chico… eso es más raro que un demonio virgen.
Silencio.
Justice se levantó.
—Te dejaré cantar en paz.
Solo una advertencia: si Lucifer se aparece, no cantes.
Ella odia las melodías… porque le recuerdan el coro del Cielo.
Y mientras se alejaba, sin mirar atrás, murmuró para sí misma—Esa alma… no durará mucho.
Pero si sobrevive… el Infierno cambiará.
Justice se sacudió el cabello plateado mientras salía de la habitación envuelta en vapor.
La puerta crujió al cerrarse tras ella, dejando atrás gemidos apagados y risas entrecortadas de dos súcubos exhaustas.
Se colocó los lentes oscuros con una sonrisa satisfecha en el rostro.
—Buen trío… pero nada supera la buena comida —murmuró, estirándose.
Mientras caminaba por los pasillos de mármol quemado, se topó con una figura familiar: Zdrada, apoyada contra una columna, fumando un cigarro que olía a azufre y flores marchitas.
—Mira quién salió arrastrando el alma —se burló Zdrada, exhalando humo por la nariz—.
¿Te divertiste, cieguita?
—Siempre me divierto, pero no tanto como tú pretendiendo que eres dura —le respondió Justice, sonriendo de medio lado.
Ambas rieron.
Viejas conocidas, amigas por momentos, enemigas por deporte.
—¿Y bien?
¿Te unes a otra ronda?
—preguntó Zdrada con una ceja levantada.
Justice negó con un gesto relajado.
—Nah.
Hora de alimentar al perrito.
Bueno, a las tres perras —corrigió—.
Ya sabes, esas loquitas adorables con colmillos: Cerberus.
Zdrada chasqueó la lengua.
—¿Tú y tus perras…?
—¿Celosa?
—dijo Justice con un guiño antes de desaparecer tras la esquina.
** Llegó a la cámara de carne donde colgaban chuletas, corazones y restos aún humeantes.
Con un movimiento elegante de su bastón, hizo caer un par de trozos grandes de carne fresca a una bolsa ensangrentada.
—Nada como el almuerzo infernal —murmuró mientras caminaba hacia la vieja entrada sellada del sector de los Sabuesos.
Al abrir la compuerta, fue recibida por un estruendo de ladridos, chillidos alegres y zarpazos en el suelo.
Tres figuras saltaron sobre ella, lamiendo, gruñendo y empujando con una mezcla caótica de alegría: las diablillas de Cerberus.
—¡Tranquilas!
¡Que traigo carne!
—rió Justice, cayendo de espaldas mientras las tres cabezas intentaban saludarla a su modo.
Les arrojó las chuletas y se sentó sobre una roca mientras las veía (o imitaba) destrozar la carne con dientes brillantes y risas ferales.
Cuando terminaron, las tres se acercaron como cachorras entrenadas.
Justice acarició sus cabezas, sonriendo.
—Les tengo un favor, dulces diablillas.
Las tres inclinaron sus cabezas, en sincronía, con ojos brillando como brasas.
Atentas.
—Quiero que cuiden a una alma —empezó, jugando con su bastón—.
El humano encadenado en la celda de castigo siete.
El que canta como idiota mientras lo latiguean.
Cerberus se relamió, curioso.
Normalmente no cuidaban humanos… los comían.
O jugaban con ellos.
O ambas.
—No lo toquen.
Solo… cuiden su entrada.
Nadie entra ahí sin mi permiso, ni el de Judgment, ni el de Lucifer.
Cualquier otro demonio… lo espantan.
¿Entendido?
Las tres asintieron, ladrando una tras otra.
—Perfectas —murmuró Justice, levantándose—.
Lo sé, lo sé, es raro.
Pero no lo hago por él.
No es por pena.
Es que me gusta cómo canta… y me da curiosidad qué pasará si sigue resistiendo.
Se detuvo un momento, pensativa.
—Además, Lucifer se está volviendo loca con él.
Y eso… eso lo hace aún más divertido.
Cerberus, felices, comenzaron a dar vueltas, listas para su misión.
—Vamos, chicas.
Que ningún idiota con cuernos meta la nariz donde no debe —dijo Justice con un tono juguetón mientras se alejaba.
Desde la distancia, las carcajadas de la diablilla ciega se mezclaron con los ecos del Infierno.
Y mientras tanto, en la celda siete, Tn dormía, cubierto en sangre seca, murmurando una canción incompleta… sin saber que el Infierno, poco a poco, comenzaba a inclinarse para observarlo.
Cerberus —las tres en una— caminaban por los oscuros pasillos del Infierno como si fueran parte de una procesión absurda: orejas erguidas, colas danzantes, y una energía casi ofensiva para el silencio perpetuo de ese sector de tortura.
Justice les había dado una orden clara: vigilar al humano, no dejar pasar a nadie que no fuera Judgment o Lucifer, y por supuesto, cuidarlo.
Pero no dijo nada sobre no jugar.
—“¿Pero no podemos solo… un poquito?” —dijo la primera, rebotando sobre sus botas como si estuviera al borde de un estallido.
—“¡Sí!
¡Si lo cuidamos, también podemos jugar con él!
¿Cierto?” —dijo la segunda, relamiéndose los labios con una lengua larga y traviesa.
—“¿Y si no quiere?” —dudó la tercera, más tímida—.
“¿Y si se enoja Justice?” Las tres se quedaron pensativas… durante exactamente cuatro segundos.
—“¡Vamos a verlo primero!
¡Si está dormido, lo despertamos!” Corrieron a la celda que se les había asignado custodiar.
Estaba cerrada, por supuesto, pero eso no era un problema: Justice no se molestaría si solo miraban un poco.
Empujaron con sigilo exagerado la puerta y asomaron sus cabezas, una sobre la otra.
Ahí estaba.
Tn.
Desnudo de cintura hacia arriba, con la espalda marcada por los latigazos de Judgment, respirando con dificultad.
Encadenado aún, como si esperaran que volviera a rebelarse.
Las tres diablas hicieron un puchero simultáneo.
—“No puede jugar así…” —murmuró una, mientras sus orejas se agachaban decepcionadas.
—“¡Pues lo soltamos!” —dijo otra, ya caminando con decisión hacia las cadenas.
No había malicia en sus actos, solo esa infantil impaciencia demoníaca por interactuar.
Las cadenas cayeron al suelo con un sonido seco.
Tn se removió, pero no despertó del todo.
Seguía medio dormido, cuerpo tenso por el dolor, pero en ese estado semiconsciente de quien no sabe si sueña o sufre.
—“Mira su carita…” —susurró una.
—“¡Toda sucia!” —gritó otra con repugnancia exagerada.
Sin más, una de las hermanas acercó su rostro y le lamió la mejilla con un movimiento amplio y húmedo.
La sangre seca se fue, dejando una marca brillante.
Las otras dos, sintiéndose desafiadas, lo imitaron rápidamente: una en la frente, otra en el cuello.
Tn, entre murmullos, apenas abrió los labios—“…solo…
quiero dormir un poco más…” El trío se congeló.
—“¿Dormir?” —dijeron las tres al unísono.
—“¿Pero si duerme no juega?” —preguntó una, decepcionada.
—“Y si no juega, ¿para qué estamos aquí?” —añadió otra.
Aun así, Justice les había dado una misión.
Y Justice era la única demonio que respetaban como a una alfa.
—“Entonces…
hoy dormimos contigo.” —“¡Pero mañana juegas, sí o sí!” —“¡Prometidooo!” Las tres cabezas de Cerberus —o mejor dicho, las tres hermanas demonio que compartían nombre, entusiasmo y exceso de energía— se quedaron en silencio al oír a Tn murmurar.
—“¿Quiere dormir?” —susurró una, ladeando la cabeza.
—“¿Después de tanto látigo?” —preguntó otra, mientras le daba golpecitos suaves con la punta de la cola a uno de los tobillos de Tn.
—“¡Pero queríamos jugar!” —gimió la tercera, haciendo un pequeño berrinche mientras sus hermanas imitaban su quejido con unísonos chillidos.
Sin embargo, Justice había sido clara.
Cuidarlo.
No romperlo.
Nada de “mucho mordisquear”.
Cerberus se acercó con cuidado, sus colas meneándose de forma sincronizada, conteniendo el deseo de brincar encima del humano como si fuera un peluche nuevo.
Una hora pasó.
Tal vez dos.
Las Cerberus estaban inquietas.
Jugaban piedra-papel-tijera entre ellas, a mordidas y tirones de pelo, pero en silencio.
Tn se removía de vez en cuando, gimiendo levemente en sueños.
A veces por el dolor físico aún reciente.
A veces por visiones celestiales lejanas que ya casi no podía recordar.
—“¿Crees que Justice nos lo dejará para siempre?” —dijo una, esperanzada.
—“¡Podríamos enseñarle a ladrar!” —dijo otra, con una sonrisa demencial.
—“Y a buscar huesos en los pozos de almas” —sugirió la tercera con total seriedad.
Entonces, Tn abrió un ojo.
Las tres cabezas se inclinaron sobre él como si fueran una sola criatura, grandes sonrisas demoníacas brillando en la oscuridad.
—“¡Hola~!” —canturrearon.
Tn pestañeó.
Las heridas en su espalda dolían.
Su alma pesaba.
Pero la escena era tan absurda, tan fuera de lugar… que por un segundo, simplemente dijo—“¿Estoy soñando…
o me rodearon…
tres jovenes?” Las tres se ofendieron fingidamente, llevándose las manos al pecho.
—“¡P-perros guardianes!” —respondieron al unísono con un chillido teatral.Como compararlas con jovenes comunes.
—“¡Somos Cerberus!” —“Y tú eres nuestro humano favorito~” —“¡Casi tanto como Justice!” Tn se recostó otra vez, tapándose los ojos con una mano y murmurando—“Esto debe ser otra prueba divina…
una muy estúpida.” Las tres rieron como niños traviesos.
Si era prueba o castigo, no les importaba.
Tenían un nuevo juguete, y lo cuidarían… a su manera.
El sudor frío empapaba su frente, su cuerpo aún palpitaba por el dolor de las heridas no del todo curadas, pero su mente, aunque nublada, intentaba aferrarse a la coherencia.
A su alrededor, el aroma del azufre era ligeramente opacado por el olor extraño a cuero, pelo chamuscado… y perfume dulce, artificial, como si alguien hubiera intentado disfrazar el infierno con colonia barata.
Tres pares de ojos lo miraban.
—“¡Ya despertó~ asi que podemos jugar!” —canturreó una de las Cerberus.
Se acercó a él con la emoción de una niña encontrando un nuevo juguete.
Sus pupilas parecían espejos de fuego.
Tn respiró con dificultad.
Apenas podía mover el torso sin que sus músculos gritaran.
—“…no…” murmuró apenas, con la voz áspera como una hoja seca—.
“…no quiero jugar…” Por un segundo, el silencio reinó.
La Cerberus que había hablado se quedó quieta, parpadeando lentamente.
Su expresión pasó de emocionada, a confundida… a disgustada.
—“…¿No quiere jugar?” —repitió en voz baja.
Su ojo tembló.
Su sonrisa cayó como una máscara rota.
Sin previo aviso, su pie descendió con rapidez sobre la pierna de Tn.
Hubo un crujido seco, un sonido brutal que rompió la calma.
El aire abandonó los pulmones de Tn en un jadeo entrecortado, casi un grito, pero su orgullo lo contuvo.
La pierna se le tensó de inmediato, y los bordes de su visión se oscurecieron un instante.
—“¡HEY!” —gritaron las otras dos Cerberus al unísono, abalanzándose sobre su hermana—.
“¡Justice dijo que lo cuidáramos, no que lo partiéramos en pedazos!” —“¡Fue solo un poquito!” —refunfuñó ella, empujándolas—.
“Ni siquiera usé toda la fuerza… ¡solo quería que reaccionara!
¡No se vale si no responde!” La empujaron lejos de Tn, gruñendo como perros molestos.
—“¡No somos perros de guerra, somos niñeras!” —gritó una de las hermanas, cruzando los brazos.
—“¡Y Justice nos dijo que si lo rompemos esta vez nos quitara la guardia!” —añadió la otra con pánico real.
Tn apenas respiraba.
En parte por el dolor, y por la absurda escena que acababa de presenciar.
Intentó incorporarse, pero su pierna herida se dobló debajo de él y volvió a caer con un golpe sordo.
—“…no quiero morir por juego…” murmuró con frustacion latente, entre dientes.
Las tres Cerberus lo miraron.
La que lo había herido pareció hacer una mueca de culpa…
o algo parecido.
—“No queríamos eso…” dijo en voz baja, encogiéndose un poco—.
“Es solo que… tú no gritas.
No lloras.
No haces ruidos divertidos.
Eres muy silencioso.
Es raro.” Las otras dos la miraron con desaprobación.
Una de ellas, de orejas más grandes, se arrodilló junto a Tn y le tomó la mano con suavidad.
—“¿Podemos hacer algo para que te sientas mejor…?” preguntó con una voz sorprendentemente dulce.
Tn la miró.
Esas pupilas brillantes, de demonio disfrazado de inocencia, no mostraban crueldad… solo una torpe empatía.
Como si entendieran que algo estaba mal, pero no supieran cómo arreglarlo.
—“…déjenme… dormir.” Las tres se quedaron quietas.
—“…¿Y si soñamos contigo?” —susurraron, casi esperanzadas.
Tn, aún jadeando, cerró los ojos con resignación.
—“…hagan lo que quieran… solo no me rompan más…” Las tres Cerberus se acurrucaron cerca de él.
Esta vez con más cuidado, con sus colas moviéndose lentamente como si intentaran consolarlo.
La que lo lastimó suspiró, murmurando—“…no quería romperlo… solo quería jugar…” —“Entonces…
espera a que pueda pararse sin sangrar.
Así es más divertido,” le respondió su hermana, acariciándole el cabello.
Y así, en la quietud forzada del dolor, Tn volvió a cerrar los ojos.
Con tres demonios velando su descanso, cada una aprendiendo —a su manera— qué significaba cuidar.
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