Waifu yandere(Collection) - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Ellen joe part 2zzz
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45: Ellen joe part 2(zzz) 45: Ellen joe part 2(zzz) Amor … qué palabra tan hueca, jamás la pedí, jamás la ofrecí.
No nací para ternura ni promesas, fui el arquitecto del pecado, del sí.
Cometí adulterios con la carne del mundo, bebí del placer sin fin ni pudor.
Fui la semilla de toda corrupción, y el mundo me pagó con horror.
Mi trono, el segundo cielo desde donde observo con tedio y desprecio.
Y tú, Cinder, llama rota por dentro, ¿anhelas de mí lo que nunca aprecio?
No es amor lo que de mí obtendrás, pero un reflejo torcido tal vez bastará.
Si tu deseo es tocar fuego sin alma, te envolveré en lujuria que jamás se calma.
Porque soy Muzan, principio del fin, Paradise lost el todo y su ruina sutil.
No me mires buscando redención, solo obtendrás mi más cruel bendición.
-Segundo cielo El cielo sobre Eridu apenas comenzaba a teñirse de azul claro.
Las luces artificiales de la ciudad aún titilaban con pereza, y el ruido constante que usualmente llenaba las calles estaba atenuado, como si el mundo entero aún durmiera, saboreando los últimos momentos de paz antes del reinicio cotidiano.
En un cuarto silencioso y cálido, Tn dormía profundamente en su cama, recostado de lado con la respiración calma y los brazos envueltos en una manta oscura.
Sobre su pecho, plácidamente extendido, dormía Benny, su gato, hecho un ovillo.
El pequeño felino respiraba al mismo ritmo que su dueño, su pelaje grisáceo contrastando con el entorno minimalista de la habitación.
Cada tanto, movía la cola o soltaba un maullido soñoliento, pero no se apartaba de Tn, como si se negara a dejar esa fuente de calor y seguridad.
El silencio en el apartamento de Tn era casi tranquilizante, apenas interrumpido por el suave murmullo del viento que se colaba entre las rendijas de la ventana.
Afuera, el mundo giraba, pero allí dentro…
solo existía la calma.
A kilómetros de distancia, en un departamento algo más pequeño y mucho más economico, la calma estaba lejos de existir.
Ellen se removía bajo su manta, envuelta en una pijama azul con tematica de tiburón en la capucha y una cola de peluche que se sumaba a la suya real.
Su rostro estaba enterrado en la almohada, ceño fruncido y expresión de total derrota.
Había logrado dormir apenas unas horas tras su agotador y humillante trabajo del día anterior, pero su cuerpo todavía ardía de molestia, y su alma…
aún más.
Entonces el zumbido.
Bzzz—Bzzz.
Bzzz—Bzzz.
El teléfono vibró sobre la mesita de noche.
Ellen, como una bestia despierta a la fuerza, estiró una mano sin mirar y lo tomó con desgano.
Al ver el nombre en pantalla, soltó un gruñido bajo.
ALEXANDRINA – VICTORIA HOUSEKEEPING.
Con un dedo tembloroso aceptó la llamada y llevó el teléfono a su oído, aún enterrada entre sábanas.
—¿Sí…?
—murmuró con voz rasposa.
La voz al otro lado era afilada y profesional, una melodía despiadada de eficiencia.
—Buenos días, Ellen.
Sé que es sábado, pero tenemos un cliente que necesita limpieza inmediata.
Es una solicitud de último momento, y nos falta personal.
¿Estás disponible?
Ellen abrió un ojo, la mirada vidriosa, los pensamientos confusos entre su deseo de descansar y la realidad cruel de que necesitaba el dinero.
Apretó los dientes, recordando el miserable bolso de paga que le arrojaron la noche anterior, la voz cruel llamándola “animal”, y cómo tuvo que sonreír a pesar de todo.
—…
¿Dónde es?
—preguntó al fin, sentándose lentamente en la cama mientras su cola se agitaba con irritación bajo las mantas.
—En la zona residencial alta.
Casa 11B, calle Orquídea.
Cliente exigente, pero paga bien.
Necesita limpieza completa de sala y cocina.
Nada complicado.
Ellen suspiró con una amargura muda.
—Estaré ahí en una hora.
—Perfecto.
Confío en que harás un buen trabajo.
—Y la llamada se cortó sin más.
Ellen lanzó el teléfono al colchón con un bufido, su cara enterrándose de nuevo en la almohada.
Golpeó la cama con ambas manos antes de incorporarse con pesadez.
Caminó al baño arrastrando los pies, el estampado de tiburones en su pijama agitando con cada paso lento, como una parodia cruel de su estado de ánimo.
Mientras se lavaba la cara con agua helada, se miró al espejo.
Ojeras, expresión cansada, y una rabia muda que le encendía la sangre.
—Un día me hartaré…
—susurró a su reflejo.
A lo lejos, en su mundo silencioso, Tn comenzaba a despertar.
Benny, aún sobre su pecho, abrió un ojo con pereza al sentir el leve movimiento de su dueño.
Tn, con los ojos entrecerrados, le dio suaves palmadas al felino.
—¿Dormiste bien, Benny…?
—murmuró, con voz baja y tranquila.
Benny respondió con un corto maullido y se estiró antes de saltar con elegancia al suelo.
El joven se incorporó, frotándose los ojos mientras la luz grisácea del amanecer se colaba por la ventana.
Hoy no tenía apuro.
Había terminado sus reportes, tenía su hogar limpio —gracias a Corin— y no tenía visitas agendadas.
Pero su mente le decía algo más…
algo sutil, como un cosquilleo en la nuca.
“Podrías llamar a los servicios de Victoria otra vez.
Tal vez…
pedir que vengan de nuevo.
¿Esa chica de la cola…
cómo se llamaba?
Ellen.” Tn sonrió ligeramente.
Sí…
tal vez más tarde.
Ellen salió finalmente de su edificio, ya cambiada, con el uniforme maid de Victoria Housekeeping.
Su rostro era una máscara de fatiga y resignación.
Mientras subía al tranvía que la llevaría a su destino, miró su reflejo en el cristal de la ventana.
Otra casa, otro cliente.
Pero algo dentro de ella le gritaba que esta vez no se quedaría callada si la trataban mal.
Tenía una sensación distinta.
Como si ese sábado no fuera tan común como creía.
La casa del contratista era grande, elegante y cuidadosamente decorada, pero tan vacía de calidez como el alma del hombre que la habitaba.
Ellen no tardó en darse cuenta: desde el momento en que cruzó la puerta principal, notó las miradas.
No eran las de alguien que valora el trabajo de una maid.
Eran las de alguien que se cree dueño de todo lo que ve.
—Puedes empezar por la sala…
y después, si te queda energía, el piso de arriba —dijo el contratista con una sonrisa ladeada que se le clavó a Ellen en la espalda.
Ella asintió en silencio, sin devolver la mirada.
Lo que siguió fue un calvario hecho de comentarios disfrazados de cumplidos, miradas que duraban más de lo necesario, silencios incómodos y una presencia que parecía siempre estar demasiado cerca, incluso cuando no debía.
Cada rincón que limpiaba lo hacía con más fuerza, como si pudiera borrar el asco de su piel con la escoba, como si restregar el suelo pudiera limpiar también la rabia contenida.
Cuando por fin terminó, ya era mediodía.
El hombre le entregó la paga sin una palabra amable, solo con un gesto de cabeza que parecía un permiso para irse, como si fuese un objeto útil que ahora podía retirarse a su estantería.
Ellen la tomó sin contar el dinero, simplemente queriendo largarse.
El cielo estaba encapotado, y las primeras gotas comenzaron a caer justo cuando salía a la calle.
Caminaba rápido, apretando el pequeño bolso de su pago contra su pecho, cuando sintió el tirón en su falda.
Se detuvo.
Rasgado.
Se miró el borde del vestido de maid: estaba roto, desgarrado por un clavo oxidado que sobresalía.
Ellen cerró los ojos con fuerza.
—Estupendo… —murmuró con una voz que vibraba de agotamiento.
—Ahora tendré que pagar otro maldito uniforme…
La lluvia cayó con más fuerza.
No como una brisa, sino como una sentencia.
Fría.
Constante.
Implacable.
Ellen caminó bajo ella sin paraguas, sin correr.
Solo dejándose mojar, como si la lluvia pudiera hacer lo que no podía: borrar el día.
El departamento de Ellen era un caos en comparación con la perfección impersonal de las casas que solía limpiar.
Pero era suyo.
Cuando cerró la puerta tras de sí, dejó caer el bolso, las llaves, el paraguas inútil que no sacó, y por último, a sí misma.
Su cuerpo se desplomó en la cama con un suspiro derrotado.
Allí, en medio del silencio, solo se oía el golpeteo de la lluvia en la ventana…
y el pequeño sonido entrecortado que escapaba de su garganta.
Un sollozo.
No era escandaloso.
No era dramático.
Era como un gemido contenido, como el llanto de alguien que no quiere llorar pero ya no puede evitarlo.
El llanto de alguien que ha tenido suficientes días malos para saber que mañana probablemente será igual.
Se giró, abrazando su almohada.
—Odio esto… odio esto… odio esto… —murmuraba, apenas audible.
Mientras tanto, en su apartamento, Tn observaba la lluvia caer desde su ventana.
Benny, acurrucado en el alfeizar, seguía con la mirada cada gota que resbalaba por el cristal como si fueran pequeñas criaturas en una danza silenciosa.
Tn sostuvo una taza de té caliente entre las manos.
Había considerado llamar a Victoria Housekeeping.
Tal vez para limpiar de nuevo, tal vez para volver a ver a esa chica tiburón con ojos irritados y voz cortante.
Pero no lo hizo.
—Llueve.
No es necesario —dijo en voz baja, más para sí mismo que para nadie.
Observó a Benny, luego volvió su vista a la calle gris.
Por alguna razón, pensó en ella.
La imagen de Ellen, cruzó por su mente.
No sabía por qué.
Tal vez fue el clima.
Tal vez fue que había algo en ella que dejaba una marca.
No como un rayo de luz… sino como una cicatriz silenciosa que uno aprende a reconocer.
Tn dejó la taza en la mesa y caminó hacia su estudio.
Tenía la idea de escribir algo.
Tal vez un fragmento.
Tal vez una idea.
Suspiró.
Y volvió a mirar la lluvia.
El cielo de Eridu parecía envuelto en un gris interminable, una sinfonía de gotas golpeando contra los cristales y el asfalto, como si el mundo hubiera decidido tomarse un respiro lento y melancólico.
La ciudad bajaba el volumen, las calles se volvían fantasmas, y dentro de su apartamento, Tn vivía esa pausa como si fuera un eco de sí mismo.
Se había despertado temprano, aunque no tenía motivos para hacerlo.
Benny dormía sobre el respaldo del sofá, con una pata colgando y los ojos entrecerrados.
Tn lo observó por un instante, luego se acercó a su estantería y comenzó a hurgar entre los libros.
Casi por inercia, su mano se deslizó hasta un tomo grueso y forrado en cuero viejo.
No era un libro.
Era un álbum de fotos.
No recordaba haberlo abierto en mucho tiempo.
Tal vez años.
Tal vez más de los que podía contar con claridad.
Se sentó en el suelo, cruzando las piernas como un niño, y lo abrió.
La primera imagen era familiar: sus padres.
Una pareja sencilla, con sonrisas torpes, tomadas de la mano frente a una casa que ya no existía.
El recuerdo le arrancó una mueca más que una sonrisa.
Pasó la página.
Un chico rubio con gafas redondas de sol le sonreía con descaro, haciendo el gesto de paz con los dedos, como si el mundo fuera suyo y no hubiera razón para preocuparse por nada.
Tn entrecerró los ojos.
Ese rostro…
tenía algo.
Algo que no lograba ubicar.
—¿Quién eras tú?
—murmuró.
Siguió pasando las páginas.
Cada una era un desfile de rostros que no recordaba del todo.
Una mujer rubia con ojos verdes y un adorno debajo de su labio inferior.
No eran normales… parecían joyas, esmeraldas.
Más adelante, un joven de peinado impecable, bastón fino y bufanda, posando con arrogancia frente a lo que parecía un monumento.
—Demasiadas historias…
—dijo Tn para sí, sin emoción pero con cierto peso.
Benny bajó del sofá y se acercó a él, maullando suave, como si sintiera que su amo necesitaba volver al presente.
Tn lo miró, cerrando el álbum lentamente.
—Sí, ya lo sé —dijo con un suspiro, dejando el libro a un lado—.
La lluvia no va a parar en todo el día, ¿verdad?
Benny maulló otra vez, con insistencia esta vez.
—¿Atún, entonces?
—preguntó Tn con una pequeña sonrisa.
Se levantó con pereza, caminando hacia la cocina.
El abridor de latas hizo su característico clic, y Benny saltó de alegría contenida, siguiendo a su humano como una sombra pegajosa.
—No te acostumbres a esto todos los días, glotón —dijo, colocando el plato con trozos de atún en el suelo.
Benny respondió con un gruñido satisfecho, su pequeña lengua ya trabajando mientras devoraba la comida con entusiasmo.
Tn volvió al sofá, tomando su taza de té ahora tibia, y miró por la ventana.
La lluvia finalmente cesó, dejando tras de sí una calma empapada y húmeda.
El sol ni siquiera se molestó en salir del todo; apenas una tenue claridad se filtraba entre las nubes desgastadas.
Pero dentro del pequeño departamento de Ellen, todo seguía igual de gris.
Ella seguía tirada en su cama, su uniforme de maid mojado pegado a su piel como una segunda condena.
No tenía fuerzas ni voluntad para moverse.
Sólo el frío comenzó a colarse por las fibras mojadas y a morderle los hombros.
Entonces, con un suspiro seco, se obligó a levantarse.
El baño se llenó pronto de vapor, pero ni el agua caliente ni el jabón parecían suficientes para arrancar el cansancio adherido a sus músculos.
Con expresión hosca, Ellen agarró su cola húmeda y empezó a frotarla con fuerza.
Sentía que tenía que limpiarla, no sólo por higiene… sino porque la odiaba en ese momento.
Porque era lo primero que los demás notaban.
Porque le recordaba lo que la gente murmuraba cuando creían que no escuchaba.
—”Animal asqueroso”…
—masculló, apretando los dientes.
Siguió tallando, incluso cuando ya estaba limpia.
Como si al hacerlo pudiera arrancar las palabras que otros habían arrojado sobre su cuerpo.
Solo paró cuando la piel sensible empezó a arder.
Al salir del baño, el espejo empañado devolvía apenas una silueta triste.
Se puso ropa cómoda, una camiseta ancha y pantalones de algodón que le quedaban grandes pero seguros.
En el silencio de su habitación, Ellen tomó su pequeña caja metálica y comenzó a contar el dinero del día.
Billetes doblados, monedas de propina, y el sobre mediocre que aquella mujer le había lanzado con desprecio.
Separó los montones.
—Alquiler…
agua…
electricidad…
comida…
escuela…
—enumeró en voz baja.
Se mordió el labio inferior.
No alcanzaba.
Apretó el puño.
Podía sobrevivir, sí, pero cada semana era una cuerda más tensa.
Y el trabajo de maid, por más que le diera ingresos, venía cargado de humillaciones.
De miradas incómodas.
De voces que la reducían a algo que no era.
Sentada al borde de la cama, Ellen apoyó los codos sobre sus rodillas y cubrió su rostro con ambas manos.
Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración.
Luego bajó las manos y miró al techo.
—¿Vale la pena?
—se preguntó en voz baja.
Estaba cansada.
El colegio la agotaba.
El trabajo la destrozaba.
Y, aun así, sobrevivía.
Pero solo eso.
Sobrevivir.
Como si todo fuera un castigo con días contados.
Aún mojada del cabello, se dirigió a la pequeña cocina y se sirvió un poco de té verde en una taza rajada.
Tomó un sorbo mientras contemplaba la ciudad a través de la ventana empañada.
El mundo seguía girando, y a nadie le importaba si ella se caía.
—Tal vez debería buscar otra cosa…
algo menos degradante —murmuró.
Pero al pensarlo, se dio cuenta de que no tenía muchas opciones.
Con su aspecto, sus rasgos, y el prejuicio constante, incluso los trabajos más comunes la evitaban.
Y dejar la escuela no era opción.
Era lo único que mantenía una chispa de posibilidad para su futuro, aunque doliera mantenerla encendida.
Sonó su teléfono.
Una notificación de Alexandrina: “Mañana hay otra solicitud.
Cliente nuevo.
¿Puedes?” Ellen no respondió.
Cerró la pantalla.
Guardó el teléfono en el cajón.
Tomó otro sorbo de té.
Y por un instante… pensó en dejar todo.
Pero no hoy.
Hoy solo quería respirar.
Hoy solo quería existir.
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