Waifu yandere(Collection) - Capítulo 48
- Inicio
- Todas las novelas
- Waifu yandere(Collection)
- Capítulo 48 - 48 Jeanne alter part 4fgo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
48: Jeanne alter part 4(fgo) 48: Jeanne alter part 4(fgo) Tn yacía en una de las camas reforzadas de la enfermería, conectado a varios dispositivos de monitoreo mágico.
Su respiración era débil pero constante, su piel artificial presentaba un pálido temblor con manchas de quemadura de maná en varias zonas del cuello, el pecho y las muñecas, aún marcadas por los amarres que Jeanne había usado.
Asclepius, con su mirada clínica y distante, revisaba los informes con ceño fruncido mientras movía su báculo como si intentara invocar una cura que no existía.
A su lado, Nightingale hervía de tensión.
Su lenguaje corporal era rígido, y cada vez que revisaba una herida, murmuraba entre dientes sobre “negligencia emocional” y “barbarie disfrazada de peversion”.
—Este cuerpo… es artificial, sí, pero tiene un núcleo de maná viviente.
—Asclepius cerró el informe con fuerza—.
No fue creado para soportar estas dosis.
El exceso de energía que esta mujer le introdujo…
no era solo maná.
Había algo más.
Algo…
corrupto.
—Tiene fiebre, pérdida de peso súbita, y niveles de agotamiento comparables a soldados en trincheras.
¿¡Quién demonios lo dejó en ese estado!?
—rugió Nightingale, conteniendo sus impulsos de “curar” por medios violentos.
Cu Chulainn Caster miraba la escena desde la entrada, con los brazos cruzados y la lanza a su espalda, soltando un suspiro que cargaba compasión y resignación.
—Pobre diablo… —murmuró—.
Lo tuvo todo en contra desde que esa bruja le echó el ojo.
En otra parte de Chaldea, Romani Archaman caminaba por los pasillos quemados, con un equipo de drones y asistentes a su alrededor.
Su bata estaba manchada de hollín, y su expresión era la de un hombre al borde del colapso.
Las paredes estaban negras, retorcidas por el calor, y las puertas reventadas dejaban ver el interior de habitaciones calcinadas.
Con un tono que oscilaba entre el sarcasmo y la desesperación, activó su comunicador—Da Vinci, ¿tenemos alguna lista de “brujas con tendencias piromaníacas y apego obsesivo por constructos artificiales”?
Porque vamos a necesitar un nuevo sistema de contención.
Desde el taller, Leonardo da Vinci se reía con nerviosismo, rodeada de pantallas en las que aparecían mapas de calor, sellos defensivos y diseños para reforzar el sótano.
—¡Lo estoy rediseñando como una celda de aislamiento para demonios mayores, si te sirve!
—Perfecto —murmuró Romani—.
Y mientras tanto, nuestro “Maestro”…
—giró los ojos en dirección a la zona residencial—.
Ritsuka se encerró en su cuarto.
Otra vez.
En el sótano, el eco de los golpes retumbaba como martillazos en una cripta.
Jeanne Alter, atrapada dentro del círculo de sellos, golpeaba sin cesar la barrera mágica con las manos ensangrentadas.
Su estandarte había sido sellado lejos, y su cuerpo temblaba por la ira contenida.
Cada golpe resonaba como una campana maldita, acompañada por su respiración entrecortada y sus gritos ahogados.
—¡Devuélvanmelo!
—rugía, con lágrimas negras surcando sus mejillas—.
¡Lo cuidé!
¡Él me necesitaba!
¡Era mío…!
Los sellos solo respondían con un zumbido frío, inmutable, ignorando su dolor, sus palabras, su rabia.
Finalmente, cayó de rodillas, jadeando.
Su voz se volvió un susurro áspero, casi infantil—No quería lastimarlo… Pero en su mente, las imágenes de Tn atado, callado, sumiso, eran las únicas que le traían calma.
El caos afuera no le importaba.
Solo quería que él volviera a mirarla… como lo hizo aquella vez, cuando le dijo “déjame respirar”.
Y en ese instante, ese simple recuerdo fue lo que la rompió más que cualquier sello.
La oscuridad se tragó su mente, pero la obsesión… seguía viva.
El puño de Jeanne Alter permanecía firmemente plantado contra la barrera, aunque su piel ya se había desgarrado y la sangre que brotó se carbonizó al contacto con la energía del sello.
Pero no se movió.
No lloró.
No gritó.
Solo jadeaba, con los dientes apretados, el rostro desencajado por una mezcla de dolor físico y vacío emocional.
Cada respiración era más pesada, cada golpe que daba era más desesperado, como si con la próxima embestida pudiera romper no solo la barrera, sino también esa realidad que la había separado de Tn.
Afuera, en el pasillo, varios Casters trabajaban sin descanso.
Sellos mágicos flotaban en el aire, runas complejas se extendían por el suelo como raíces de un árbol místico, mientras Medea, Zhuge Liang, y Paracelso canalizaban maná puro a los círculos de contención.
—No podemos dejar que se debilite, ni por un instante —dijo Zhuge Liang—.
Si esta mujer escapa otra vez, no habrá pasillo que no termine en llamas.
—¿Y el niño?
—preguntó Medea, en un tono bajo—.
¿Aún sigue con vida?
—Asclepius dice que está estable…
pero frágil —resopló Paracelso—.
Cualquier fluctuación mágica intensa podría afectarlo.
En medio de esa conversación tensa, un portazo llamó la atención.
Mash Kyrielight, aún con moretones en los brazos, irrumpió en el pasillo, jadeando, con su escudo a la espalda.
Su rostro estaba decidido, pero sus ojos reflejaban una profunda ansiedad.
—¡Necesito ver a Jeanne… la original!
—¿La Ruler?
—preguntó Zhuge Liang, frunciendo el ceño.
—Sí.
Tal vez…
solo tal vez, si hablan, si se ven… pueda calmarla.
Nadie más podría comprender el dolor de su reflejo distorsionado.
Los magos asintieron en silencio, y Paracelso tomó una pluma mágica para enviar una notificación urgente a los pisos superiores.
La voz de Da Vinci, alterada, sonó por los comunicadores: —Jeanne d’Arc ha sido localizada.
Ya viene hacia el sótano.
Mientras tanto, en la enfermería, Tn yacía aún inconsciente, aunque las máquinas mostraban un patrón de estabilidad creciente.
Su respiración era lenta, y el color en su piel artificial había regresado apenas.
Varias líneas de energía conectaban su cuerpo con nodos de purificación, extrayendo toxinas mágicas acumuladas.
Asclepius y Nightingale continuaban su monitoreo.
Sentado cerca de la puerta, Aquiles observaba todo con atención.
Tenía la lanza cruzada sobre las piernas, el cuerpo relajado, pero los ojos en constante movimiento.
No confiaba en la calma.
—Diablos y hoy que me tocaba patrullar… —murmuró para sí mismo—.
Y ese chico tiene el talento de atraer problemas como si fuera un faro.
En ese instante, un leve cambio en el sonido del monitor cardíaco hizo que todos se giraran.
Tn agitó los párpados.
No se despertó, no aún, pero su cuerpo se tensó ligeramente… como si algo dentro de él recordara el ardor del fuego, el calor de una mano enferma, el olor dulzón de la obsesión.
Aquiles se puso de pie lentamente, su lanza ya en mano.
Por instinto.
En otro pasillo, Jeanne d’Arc, la original, caminaba en silencio.
Su rostro estaba tenso, pero no por miedo.
Era tristeza.
El eco de los golpes de su contraparte se escuchaba incluso desde ahí, entrecortado por el zumbido de la barrera mágica.
—Tanto dolor… tanta furia.
¿Cómo puede un corazón quemarse así… por alguien?
Mash, que caminaba junto a ella, asintió.
—No es solo obsesión.
Lo que sentía… era real.
Pero se torció.
Se volvió tóxico.
Y ahora… ella ya no sabe distinguir amor de necesidad.
—Entonces tengo que recordárselo —dijo Jeanne—.
Aunque me odie.
Aunque me vea como una impostora.
Y así, ambas mujeres se acercaron al umbral del infierno, al borde del abismo donde Jeanne Alter temblaba, consumida por su propio fuego.
La siguiente palabra podría salvarla… o desatar algo peor.
Las puertas del sótano se cerraron lentamente tras la salida de Mash, dejando atrás un silencio tenso que solo se rompía por los ecos sordos de un puño golpeando la barrera mágica.
El fuego que una vez había envuelto el recinto ya no ardía con intensidad, pero las marcas carbonizadas seguían allí, como cicatrices sobre la estructura.
Jeanne d’Arc, la verdadera, se mantuvo a unos metros de la barrera, observando a su contraparte que seguía golpeando con una furia ciega, sin detenerse siquiera a respirar.
La piel de su brazo estaba destrozada, ennegrecida, y cada impacto dejaba una huella nueva de sangre abrasada que se evaporaba al contacto con los sellos reforzados.
Jeanne Alter, el reflejo oscuro de la doncella, no parecía notar el dolor.
Solo gruñía, temblando de frustración.
—Jeanne… —dijo la Ruler, con voz suave—.
Tienes que parar.
La mirada que recibió a cambio fue la de un animal acorralado.
Ojos inyectados en ira, labios temblorosos de rabia contenida.
—¡Cierra la boca, maldita hipócrita!
—escupió Alter, la voz temblorosa y herida—.
¡Tú no entiendes nada!
¡Nada!
Él es mío, ¡míoooo!
¡Lo cuidé, lo protegí, lo alimenté!
¡Lo amó… como nadie más lo hará jamás!
Jeanne se mantuvo firme.
Tragó saliva, sintiendo un leve temblor en su columna, pero no retrocedió.
—Lo sé… que lo amabas.
Pero lo hiciste de una forma que le estaba haciendo daño.
Tn estaba… muriendo, Jalter.
Y no te diste cuenta.
O no te importó.
Jeanne Alter rió, pero era una risa rota, vacía, teñida de veneno.
—¿Y qué?
—gruñó, golpeando la barrera una vez más—.
¡Él nunca se quejó!
¡Nunca me pidió que parara!
¡Él se quedaba a mi lado porque me necesitaba!
¡Porque me pertenecía!
—No, Jalter—dijo la Ruler, acercándose lentamente al límite de la barrera—.
Porque no podía huir.
Por primera vez, la bruja dudó.
Sus dedos dejaron de apretar el aire con furia.
Bajó la mirada un segundo, como si la frase hubiera rozado una herida que aún ardía.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—preguntó Alter con una mueca amarga—.
¿Convertirte en su nueva salvadora?
¿Robarme lo único que me queda?
Jeanne dudó un instante, y luego respondió con una voz triste, pero firme—No quiero quitarte nada.
Solo quiero salvar lo que aún queda de ti.
Silencio.
Pesado.
Insoportable.
Jeanne Alter alzó la cabeza, con una sonrisa vacía y una sombra amarga en los ojos.
Pero justo cuando iba a replicar, Jeanne añadió—Además… ¿a dónde lo llevarías?
¿A dónde huirías con él?
Estamos atrapados en el Polo Ártico.
Y el mundo… ya no existe.
Fue incinerado.
Destruido.
Allá afuera no hay nada.
La Ruler sabía que esas palabras eran crueles.
Pero eran necesarias.
La bruja parpadeó.
Por primera vez en horas, dejó caer ambos brazos.
Temblaban.
La frustración se convirtió en confusión.
Miró alrededor, como si de pronto notara las paredes, los sellos, la soledad.
El rostro se le deformó en una mueca de odio y vergüenza.
—¡Mentira!
—susurró primero.
Luego gritó—: ¡Mentira, mentira!
¡Tenía un plan!
¡Íbamos a escapar!
¡A encontrar un lugar para los dos…!
¡Donde nadie se interpusiera… donde no me lo robaran…!
La verdad cayó sobre ella como una cuchilla lenta.
El mundo no tenía salvación.
No había refugio más allá de esos muros.
Solo una tormenta blanca, hielo eterno… y ruinas calcinadas.
—No era por amor… —murmuró Jeanne Alter, apenas audible—.
Era por miedo, ¿no?
Sus ojos ardían.
Pero no de fuego.
De lágrimas contenidas.
Jeanne se acercó un poco más a la barrera, colocando su mano con suavidad contra el sello, desde su lado.
—Tn… aún vive.
Está en la enfermería.
Lo están cuidando.
Él…
no te odia.
Pero necesita tiempo.
Y tú también.
—No lo merezco… —susurró Alter, dejando caer la frente contra la barrera—.
Pero tampoco quiero soltarlo.
—Entonces empieza por no quemar lo que te queda —dijo Jeanne, con dulzura—.
Empieza por quedarte aquí… y pensar en lo que hiciste.
El silencio volvió a caer en el sótano.
Jeanne (Ruler) hablaba con serenidad, el tono pausado y suave, como si intentara apaciguar un animal herido y acorralado.
Hablaba de redención, de segundas oportunidades, de cómo el amor mal dirigido puede tornarse en cadenas y heridas… pero Jeanne Alter —Jalter— ya no la escuchaba.
O, más bien, fingía hacerlo.
Detrás de esos ojos de tono ámbar encendido, el pensamiento de la bruja era una máquina en marcha, afilada, rápida, impulsada no por la lógica, sino por una voluntad fanática.
Ya tenía un plan.
Uno perfecto.
“Fingiré,” pensó mientras asentía apenas con un movimiento de cabeza vacío, “que estoy calmada… que acepto todo.
Me dejarán salir.
Me dejarán acercarme.
Solo necesito una brecha.” La sonrisa que luchaba por no dibujarse en sus labios era peligrosa, casi infantil.
Ella iba a esperar.
Y cuando se presentara la oportunidad, iría por él.
Por Tn.
Suyo.
Solo suyo.
Lo tomaría entre sus brazos y buscaría uno de los Griales almacenados en los compartimientos restringidos.
Con el poder del Grial podría forzar una Singularidad en algún rincón perdido de Francia, tal vez una versión arruinada y ardiendo de su patria, un lugar donde nadie se atreviera a buscarlos.
Allí lo tendría todo.
Un mundo solo para ellos dos.
Una eternidad teñida de fuego y afecto.
Jeanne seguía hablando, sin darse cuenta de la mueca siniestra que se dibujaba en los ojos de su reflejo.
“…y si alguna vez de verdad lo amaste, entonces también debes aceptar que el amor no es posesión, Jalter,” dijo con firmeza la Ruler, clavando sus ojos en los de la Alter.
Fue entonces cuando Jalter soltó una risita ronca, seca, más por hastío que por burla.
Se estiró en el suelo como si fuera una adolescente aburrida en medio de un sermón.
Y entonces, sin cambiar el tono, lanzó—Ya acabaste con tu monólogo celestial, Jeanne la Pura… perra¿o falta el versículo donde me dices que me bañe en agua bendita y no me masturbe frente a imagenes santas?
—giró su rostro, con expresión de desprecio—.
Lárgate.
Y saca tu trasero de mi vista antes de que me den ganas de vomitar.
Jeanne (Ruler) se quedó en silencio unos segundos, dolida pero no sorprendida.
Respiró hondo, sin rabia, y simplemente asintió con la cabeza.
—Volveré cuando estés lista para hablar de verdad.
—Y con un último vistazo triste, se retiró.
Las puertas se cerraron tras ella con un siseo sutil.
Jalter quedó sola.
La expresión de falsa indiferencia desapareció al instante.
Ahora tenía que actuar con lo mejor que sabia.
Se llevó las manos detrás de la cabeza y fingió relajarse, pero por dentro ya analizaba los tiempos, los relevos de los magi caster que alimentaban los sellos, y cuánto tiempo más podría durar su “actuación”.
—Un poco más —susurró con una sonrisa rota, entre dientes—.
Solo un poco más.
Pronto, Tn… muy pronto… volveremos a estar juntos.
Y esta vez… no dejaré que nadie nos separe.
El silencio en la enfermería era espeso, sólo interrumpido por el leve zumbido de las máquinas que monitoreaban los signos vitales de Tn.
Su cuerpo seguía maltrecho, un lienzo maltratado por los excesos de mana y el influjo oscuro que Jeanne Alter había volcado sobre él.
Las venas en sus brazos aún brillaban con un tenue tono violáceo, señal del veneno mágico que lentamente era expulsado de su organismo.
Nightingale se movía como una sombra por la sala, sus ojos brillando con obsesiva devoción médica.
En un momento, intentó acercarse para “revisar más a fondo” el torso de Tn, las manos ya bajando hacia los cierres de su bata médica.
Fue entonces cuando Asclepius, con una mirada helada y un suspiro de absoluta exasperación, colocó su báculo entre ambos con un golpe seco.
—No es necesario desnudar al paciente si ya detectamos la fuente de la intoxicación.
—dijo, sin siquiera mirarla.
Nightingale sólo chasqueó la lengua y murmuró algo sobre “protocolos ineficientes”.
En un rincón cercano, Aquiles se mantenía firme con los brazos cruzados, observando a Tn con una expresión endurecida.
Se notaba cansado, pero había algo en su mirada que indicaba que no se iría todavía.
—Me quedaré un rato más.
Por si acaso…
—murmuró, más para sí mismo que para los presentes.
Mientras tanto, Romani avanzaba por uno de los pasillos ennegrecidos.
El hollín cubría las paredes, algunas pantallas estaban destrozadas y los sistemas de emergencia habían sido inutilizados por las explosiones mágicas provocadas por la rabia de Jeanne Alter.
A su alrededor, varios servants y personal de mantenimiento trabajaban en silencio, recogiendo escombros, limpiando cenizas y reemplazando conductos.
—Esto va a tardar semanas…
—dijo Romani, mientras frotaba su rostro con una mano—.
¿Por qué no me fui con Mash cuando tuve la oportunidad?
Hablando de ella, Mash estaba ausente.
Silenciosa.
Se había encerrado en su cuarto luego de ver el desastre que ocurrio porque ella queria reviasr una habitacion.
En otra parte de las instalaciones, Jeanne (Ruler) entraba a su habitación.
Se quitó la armadura lentamente, como si el peso del día fuera más insoportable que el del metal.
Se arrodilló frente al pequeño altar improvisado que había construido con algunas flores artificiales y una cruz de madera desgastada.
Juntó las manos… y empezó a orar.
No por ella.
No por Tn.
Oraba por su otra yo.
La que lloraba con fuego.
La que no sabía cómo amar sin destruir.
—Dios… ¿acaso también amas a quienes no saben amar?
—susurró, temblando.
Y en la cocina… el caos.
Santa Martha abría refrigeradores, alacenas y cajones como si fuera una operación de rescate.
Postres, galletas, chocolates, helado, pudín… lo que pudiera encontrar, lo empacaba en una bolsa improvisada.
Había dicho que era por el estrés.
Aunque se notaba que parte de eso era puro antojo.
—¡Esto es por el bien de Tn!
¡Y por mi salud mental!
—gritó, mientras alejaba a un servant anónimo que intentaba tomar una manzana.
Ya con varios paquetes en los brazos, se detuvo frente a un microondas, pensativa.
—Quizás… quizás le sirva algo dulce cuando despierte.
Nada ayuda más al corazón que el azúcar… y una buena paliza a la bruja loca, claro.
Martha soltó una pequeña carcajada y salió rumbo a la enfermería, sin saber que la verdadera tormenta aún estaba por llegar.
Porque, en lo más profundo del sótano, Jeanne Alter sonreía mientras las runas del sello titilaban débilmente… comenzando a reaccionar ante el drenaje de energía.
Jeanne Alter permanecía sentada sobre el suelo frío del sótano, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada contra la pared.
Su puño aún sangraba lentamente por los golpes anteriores contra la barrera, pero ella no parecía notarlo.
Su expresión era la de alguien sumida en un mar de pensamientos…
peligrosos, incoherentes, casi infantiles en su furia desmedida.
—Tomo el grial…
agarro a Tn…
quemo la biblioteca de esa zorra santa… le meto una bofetada a Jeanne que le tuerza la cara hasta la próxima cruzada… y luego…
hmm… sí, luego reescribo Francia.
—murmuraba en voz baja, como quien planea algo que claramente no entiende las consecuencias—.
No puede ser tan difícil… ¿verdad?
¡Sólo hay que tomar el Grial!
¡Uno pequeñito!
Hablaba como si estuviera discutiendo consigo misma, con la mente llena de humo negro y fuego.
Y aún así, en medio de esa locura, había algo retorcidamente brillante en su tono: la certeza de que iba a hacerlo.
Sus ojos,ardiendo, se levantaron hacia la barrera que la mantenía contenida.
Las runas brillaban, pulsando con un ritmo artificial.
Jeanne Alter entrecerró los ojos.
Podía sentirlo: el flujo del mana.
Del otro lado de la barrera, los magos estaban haciendo lo posible por mantenerla reforzada.
Varios Casters, conectados a través de círculos de transferencia, entregaban parte de su reserva para que el sello no se deshiciera.
—Estúpidos… creen que pueden encerrarme para siempre… —gruñó, sonriendo con los colmillos apenas visibles.
Y entonces recordó algo: Ritsuka.
Ese débil, torpe, absolutamente inútil Master al que medio Chaldea protegía como si fuera un santo.
Jeanne Alter apretó los dientes y bajó la mirada.
—Con ese cobarde siendo el eje del sistema… el flujo de energía no durará.
Ya deben estar priorizando los sistemas médicos y la reconstrucción.
No podrán alimentar la barrera por siempre… —dijo con una sonrisa maliciosa, mientras se recostaba de lado, fingiendo cansancio.
Estaba esperando.
No la fuerza, ni el perdón, ni siquiera una disculpa.
Esperaba el momento.
El instante justo en que el maná flaqueara, cuando los Casters parpadearan, cuando Jeanne bajara la guardia o Ritsuka hiciera una de sus típicas estupideces.
Porque entonces… entonces iba a liberarse.
En otro rincón de su mente, Jalter aún pensaba en Martha.
La había empujando a gritos a un par de paredes.
Jeanne Alter no sabía si estaba más furiosa por lo de las biblias voladoras o porque esa mujer había intentado acercarse a su Tn con esa expresión de “ay pobrecito”.
¡¿Quién se creía que era?!
—Voy a quemar cada biblia con mi nombre escrito en ella… ¡y si me habla otra vez de redención, le arranco las entranas!
—masculló apretando los dientes.
Afuera del sótano, la tensión crecía lentamente.
Los sellos seguían brillando… pero el parpadeo entre los pulsos mágicos comenzaba a espaciarse.
Sutil.
Invisible para cualquiera sin sentido mágico agudo.
Pero para alguien como Jeanne Alter, que había nacido del odio, de la distorsión, del fuego… era como una campana resonando suavemente.
La debilidad estaba llegando.
Y cuando llegara, ella iba a arder.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com