Waifu yandere(Collection) - Capítulo 49
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49: Grace Howard part 2 (zzz) 49: Grace Howard part 2 (zzz) Dos k palabras entretenganse en esto mientras termino las demás votaciones que ganaron.
No olviden comentar……..me da cosa ver este lugar tan callado.
El calor del desierto caía como una losa invisible sobre el tejado del bar, incluso después de la puesta del sol.
Las luces de neón parpadeaban débilmente en tonos violeta y verde, luchando contra la oscuridad arenosa de los alrededores.
El local, enclavado en medio de una llanura seca y olvidada por los mapas oficiales de Nueva Eridu, era un lugar donde el polvo se colaba por cada rendija, donde cada día parecía una réplica borrosa del anterior.
Tn estaba inclinado sobre una de las mesas, pasando un trapo con movimientos lentos pero constantes.
Lo hacía más por hábito que por necesidad.
La limpieza era relativa en un sitio donde la arena era parte del mobiliario.
A unos pasos detrás de la barra, Burnice revisaba las botellas con desgano, alineándolas con la precisión de alguien que había hecho esto demasiadas veces como para seguir encontrándole el sentido.
—¿Crees que hoy vendrán menos idiotas que ayer?
—murmuró Burnice sin mirar a Tn.
—No.
Pero tal vez sean idiotas distintos.
—respondió él sin levantar la vista.
Ella soltó una risa seca, casi sin emoción.
Se pasó una mano por el cuello, ya sudado pese al ventilador que giraba lento en el techo, y bufó.
—Te apuesto que hoy vienen esos pendejos del distrito gamma a joder otra vez.
—No acepto apuestas que sé que vas a ganar.
No tardaron.
Unos veinte minutos después, un grupo de jóvenes pandilleros irrumpió con la típica arrogancia de quienes creían que la ciudad les pertenecía.
Chaquetas abiertas, armas mal escondidas, risas amplificadas por las cervezas que traían en la mano.
Uno de ellos, alto y con una cresta teñida de rojo eléctrico, se acercó a la barra con una sonrisa torcida.
—Ey, Burni.
¿Qué dices?
Vamos a armar una fiesta afuera.
Trajimos música, trajes de neón y…
—sacó una bolsita con algo que definitivamente no era azúcar— esto para animar el ambiente.
Burnice ni lo miró.
Sirvió un trago, se lo bebió de un solo golpe y se limpió la boca con el dorso del brazo.
—Pásenla bien.
Pero yo paso.
—¿Qué?
¿Ya te estás volviendo vieja o qué?
Ella lo miró por fin, detrás de sus gafas oscuras.
Su mirada fue como una pistola desenfundada.
—Exacto.
Y las viejas te rompen las piernas si las jodes demasiado.
El tipo se rió, levantando las manos en señal de paz, y volvió con los suyos.
La fiesta comenzó a tomar forma.
Música sintetizada rebotando contra las paredes oxidadas del bar, gritos, luces de colores.
Pero Burnice ya no estaba ahí.
Se había alejado sin decir más palabra, cruzando la puerta trasera que daba a una sala de descanso apenas usada.
El sofá estaba viejo, cubierto de polvo y con un resorte asomando, pero era suyo.
Se dejó caer con un suspiro, encendió un cigarro que ni siquiera fumó, y se colocó las gafas de sol, aunque ya era noche cerrada.
Tn se acercó después de unos minutos, asomándose por el marco de la puerta.
—¿Todo bien?
—Solo…
no quiero ver a nadie, Tn.
Ni hablar.
Solo quiero estar aquí.
Fingir que estoy en otro lugar.
Uno sin música barata, sin luces , sin mocosos con delirios de grandeza.
Tn se apoyó contra la pared, cruzando los brazos.
—Podrías dormir.
Aunque no lo parezca, aquí nadie te va a molestar.
Yo me encargo.
Burnice esbozó una media sonrisa.
—Gracias…
¿Sabes?
Hay días en que me gustaría que el mundo simplemente…
se olvidara de mí.
Tn asintió despacio.
—Lo hace.
Todos los días.
Nosotros sólo lo notamos más.
Ella soltó una risa silenciosa, cerró los ojos, y dejó que el murmullo distante de la fiesta se volviera un eco lejano, como una tormenta que nunca terminaba de llegar.
La noche en el desierto era fría, a pesar del calor seco del día.
Las luces de neón parpadeaban con un zumbido tenue, tiñendo las paredes del bar con tonos rosados y azulados.
Afuera, la arena danzaba al ritmo del viento, como un susurro lejano que hablaba de soledad.
Dentro del bar, la música seguía golpeando, aunque más baja, más arrastrada, como si también se estuviera quedando dormida.
Tn estaba recargado contra la pared, la luz de su celular iluminándole el rostro.
Se desplazaba por la pantalla sin mucho interés, sólo queriendo mantener su mente ocupada, lejos del ruido, lejos de la presión de sentirse observado.
No le gustaban las fiestas, ni la aglomeración de cuerpos, ni los gritos ebrios que llenaban el aire como cuchilladas.
Pero lo soportaba por Burnice… porque ella lo pedía con esa mirada cansada, sin pedirlo del todo.
Del sofá, su voz le llegó apagada por el sueño y el cansancio.
—Tn… ven aquí.
No quiero dormir sola —murmuró, dándose la vuelta con un suspiro.
Tn se quedó quieto unos segundos.
Dudó.
Miró su celular una vez más antes de apagarlo y guardarlo con lentitud.
Luego caminó con pasos suaves hasta el viejo sofá, incómodo y estrecho.
Se sentó a un lado primero, como si aún necesitara permiso.
Burnice estiró una mano, sin abrir los ojos, y él entendió el gesto.
Se recostó junto a ella, torpemente, sin saber muy bien dónde poner los brazos o las piernas.
Sus cuerpos se acomodaron con esfuerzo, como dos piezas que no encajaban del todo pero intentaban hacerlo.
Burnice se acurrucó contra él, buscando calor más que cercanía emocional.
Tn no dijo nada.
Su respiración era contenida, cuidadosa, como si hasta eso fuera demasiado.
No estaba acostumbrado a los abrazos.
A compartir el mismo espacio.
A sentirse… tocado.
Pero no se apartó.
—Gracias… por quedarte —susurró Burnice antes de quedarse dormida.
Tn no respondió.
Sólo cerró los ojos lentamente.
El bar seguía vivo con el ruido amortiguado de los últimos rezagos de la fiesta, pero dentro de aquel rincón, en ese sofá polvoriento bajo la luz de neón, sólo había una calma frágil, suspendida.
El amanecer llegó sin aviso.
El cielo se tiñó de tonos naranjas y rojos sobre el desierto, como un incendio en cámara lenta.
La puerta del bar se abrió con un crujido por la brisa, y la luz del alba se coló por las grietas y los vidrios sucios.
Dentro, el lugar era un desastre: cuerpos dormidos por todos lados, botellas vacías por el suelo, sillas caídas, el tocadiscos aún girando con una canción vieja y distorsionada, como un fantasma aferrado al mundo.
Burnice abrió los ojos lentamente.
Aún abrazaba a Tn, que dormía con la misma rigidez de quien no sabe cómo hacerlo.
Sintió su respiración tranquila, su calor silencioso.
No dijo nada.
No lo apartó.
Simplemente suspiró, dejando escapar un poco del peso de sus pensamientos, y apoyó una vez más la cabeza en su hombro.
—Otro día más… en este maldito desierto —murmuró con resignación.
Pero no se levantó.
No todavía.
Burnice no se movió.
El cuerpo de Tn a su lado, cálido y delgado como una sombra fiel, le ofrecía una paz extraña, una compañía sin problemas.
Pero el sueño ya no era profundo.
Sus ojos, semicerrados, se pasearon lentamente por el techo del bar, descascarado por el tiempo, luego bajaron hacia las paredes.
Allí estaban las fotografías.
Algunas torcidas, otras con los marcos rajados por la humedad o el polvo del desierto.
Instantáneas de un pasado que ya no encajaba con el presente.
El cartel oxidado arriba de las imágenes aún rezaba con orgullo desgastado: “Los Hijos de Calydon — Los últimos bastardos del Oeste”.
Burnice exhaló pesadamente.
—Lighter desapareció hace meses… idiota imprudente —murmuró, apenas audible.
Sus ojos se posaron en la imagen de un joven sonriente, cigarro en mano, lentes de sol a media nariz.
Siempre hablaba demasiado rápido.
Siempre se lanzaba primero y preguntaba después.
Quizás por eso nunca regresó.
Quizás no quiso.
Siguió mirando.
Lucy.
Una figura femenina, dura y de mirada tajante,enana, captada en la foto mientras secaba vasos tras la barra, como si incluso en la imagen se resistiera a descansar.
Lucy mantenía el lugar a flote ahora, en lo que podía.
Llegaba tarde, salía temprano.
Nunca hablaba mucho, pero su silencio sostenía más cosas de las que los otros se atrevían a cargar.
Piper Wheel… en la foto, aparecía montada sobre su remolque pintado con llamas y símbolos extraños.
Siempre escapista, siempre esquiva.
Salía sólo cuando había que hacer estallar algo o gacer misiones.
El resto del tiempo, simplemente desaparecía en el polvo y la música de su radio antigua.
Pulchra Fellini antes la gata que molestaba, ahora apenas intercambiaban mensajes vagando con esos locos de la Rosa Nacida.
Y Caesar… Burnice apartó la mirada antes de llegar a esa foto.
Su mandíbula se tensó.
Sabía que estaba allí, enmarcada en oro viejo, con su chaqueta de cuero y esa sonrisa que dolía más que cualquier cuchillo.
Caesar King.
La que había sido todo.
La que había roto todo.
La que aún vivía dentro de cada grieta del bar… y de su pecho.
No.
No quería verla.
No hoy.
—¿Por qué carajo sigo aquí?
—susurró, como si preguntárselo al sofá, al polvo, a las botellas vacías fuera mejor que decirlo en voz alta.
Tn se movió ligeramente a su lado, removido por el murmullo.
No abrió los ojos.
Simplemente estiró una mano temblorosa hasta sujetar la suya, apretándola con torpeza, como si su cuerpo actuara sin permiso.
Burnice bajó la mirada y observó sus dedos entrelazados.
No sonrió.
Pero tampoco se apartó.
El tocadiscos aún giraba.
La aguja saltaba cada pocos segundos, como si también intentara recordar una canción que no podía reproducirse del todo.
Afuera, el sol empezaba a subir por encima del horizonte del desierto, lanzando sombras alargadas sobre los cuerpos dormidos de los pandilleros desperdigados.
El aire tenía ese olor a metal caliente y alcohol seco que sólo los bares en el desierto pueden tener.
Burnice volvió a cerrar los ojos.
Quizás cinco minutos más.
Quizás un día más.
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