Waifu yandere(Collection) - Capítulo 51
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51: Mordred pendragon (fgo) 51: Mordred pendragon (fgo) Mordred estaba molesta.
No… estaba furiosa.
Un fuego negro crepitaba bajo su piel, uno que ni siquiera el acero de su armadura lograba contener.
Los pasillos del castillo resonaban con el eco de sus pisadas pesadas.
Las piedras temblaban.
Los sirvientes se apartaban con miedo.
El hijo del Rey Arturo Pendragon había sido rechazado.
Otra vez.
Como si fuera menos que nada.
Como si ni siquiera existiera.
Su puño temblaba mientras aplastaba una rosa blanca, símbolo de la casa real, entre sus dedos enguantados.
La sangre de la flor mezclada con la suya misma manchaba su palma.
No importaba.
Nada importaba en ese momento salvo el nombre que le fue negado.
—”No eres digno.” —había dicho Artoria, la mujer-rey que cabalgaba como leyenda viva, cuya mirada podía cortar más que Excalibur.
—”Nunca lo fuiste.
Ya tengo un hijo.
Un verdadero príncipe.
Tn Pendragon.” El nombre se clavó como un puñal ardiendo en su alma.
Tn Pendragon.
El Caballero Celeste.
Criado desde niño bajo la tutela de Merlín y Lancelot.
Valiente, sabio, carismático.
La gente lo adoraba.
El pueblo cantaba su nombre.
Dicen que cuando cabalgaba por los campos, el sol se detenía a mirarlo.
Que cuando blandía su lanza, los cielos se abrían.
Que sus ojos eran los de Artoria, su voz la de un rey, su porte el reflejo de un ideal.
—Una copia barata —escupió Mordred con rabia—.
Un muñeco perfecto construido para robarme todo lo que era mío.
Ella había vivido entre las sombras.
Criada por Morgana, su madre, quien le había revelado su sangre real como un secreto envenenado.
“Tú eres la hija del Rey.
El verdadero heredero.
Exígelo.
Tómalo.” Y Mordred lo creyó.
Por un momento, fue feliz.
Una felicidad intensa, rabiosa.
Había entrenado como un demonio para estar a la altura de esa sangre.
Se había convertido en caballero.
Uno de los malditos doce de la Mesa Redonda.
Había sangrado por ese trono.
Por ese sueño.
Por ese derecho.
Y sin embargo, aquí estaba.
Viendo a Tn —perfecto, sonriente, vestido con el azul real— tomar su lugar a la derecha del trono.
Mientras ella era ignorada como un bastardo de guerra.
—¿Por qué a él…?
—susurró, mordiéndose el labio hasta sangrar—.
¿Por qué no yo?
No podía soportarlo.
Cada sonrisa que Artoria dedicaba a Tn era una espada en su corazón.
Cada aplauso del pueblo hacia el joven príncipe era una puñalada.
Cada gesto de orgullo era un recordatorio cruel de lo que jamás tendría.
En su habitación, Mordred cayó de rodillas, su espada Clarent temblando entre sus manos.
Miró su reflejo en la hoja.
No había corona sobre su cabeza.
Solo rabia.
Y celos.
Y un odio que crecía, tan puro como el acero que empuñaba.
—Si tú eres el hijo que ella ama… —susurró, sus ojos brillando con locura contenida—.
Entonces yo seré el hijo que la hará arrepentirse.
Las palabras ardían todavía en su lengua, como brasas indomables que no podían ser apagadas ni con litros de sangre.
Mordred caminaba a paso rápido por los pasillos del castillo, gruñendo, escupiendo cada maldición que le venía a la mente.
—¡Hipócrita…!
¡Maldita hipócrita!
Hija de perra ¡Me niegas por ser tu reflejo…!
Los guardias evitaban su mirada, los aprendices de escudero se apartaban como ratas asustadas.
No había uno solo que se atreviera a dirigirle la palabra cuando su aura era un huracán contenido por una delgada cuerda.
Mordred no quería oídos.
Solo quería gritar.
Llegó a sus aposentos.
No eran una prisión… pero tampoco eran dignos de un hijo del Rey.
Los cuartos de los Caballeros de la Mesa Redonda estaban organizados por rango, claro.
Gawain, Lancelot, Galahad… ellos dormían cerca del corazón del palacio, con acceso directo a la sala del trono.
Mordred, aunque parte de esa élite sagrada, no era vista con los mismos ojos.
Su linaje era… “cuestionable”.
Su carácter, “volátil”.
Su existencia misma, una mancha que se toleraba por sus habilidades en batalla.
—¡Mierda!
—rugió al patear la puerta con fuerza.
Esta se abrió con un crujido lastimero, como si también compartiera su humillación.
Entró, se despojó de su capa empapada, de sus hombreras, de los guanteletes que todavía conservaban rastros del entrenamiento de esa mañana.
La armadura cayó al suelo como un cadáver metálico.
Bajo la armadura, su atuendo rojo se ceñía a su cuerpo como una segunda piel.
Mordred era un guerrero.
Su físico lo dejaba claro: delgado pero esculpido como una estatua de batalla.
Músculos bien definidos, firmes por años de espada, sangre y sudor.
No había suavidad en su cuerpo.
Solo tensión.
Cayó sobre la cama sin siquiera cubrirse.
Miró el techo como si buscara allí las respuestas que el Rey le había negado.
Sus ojos, normalmente encendidos por arrogancia o fuego, estaban oscuros.
Agrietados.
—…¿Qué tengo que hacer… para que me vea?
La idea de llamar a una sirvienta cruzó su mente.
Una descarga rápida, una orden malhumorada, un insulto que terminara en castigo.
Algo que la distrajera.
Pero no tenía humor para eso.
¿Qué sentido tenía pisotear a alguien más cuando ella era la que se sentía como una sombra indeseada?
En su silencio, su mente giró hacia un rincón que rara vez tocaba.
Su reflejo.
Su cuerpo.
Su voz.
“Soy un hombre, ¿verdad?” Eso le enseñaron.
Eso había creído.
Pero su carne…
no coincidía.
Había visto a los demás.
Sabía que algo era diferente.
Y sin embargo, esa pregunta…
no importaba ahora.
No era relevante si tenía o no un miembro.
No era relevante si era hombre o mujer.
Lo único que importaba era que no era Tn.
Ese bastardo glorioso, celestial, perfecto.
El hijo querido.
Se sentó lentamente en la cama.
Sus ojos estaban abiertos, pero no miraban nada.
En su mente, una imagen se repetía sin descanso: Artoria sonriendo… a él.
A Tn.
Poniéndole la mano en el hombro.
Diciendo: “Estoy orgullosa de ti.” Esa sonrisa…
nunca fue para ella.
Y eso no podía seguir así.
—Tn Pendragon… —susurró el nombre como si lo escupiera—.Príncipe dorado.
Ángel disfrazado de caballero.
Luz perfecta que me roba hasta la sombra.
Apretó los dientes.
La sangre volvió a hervirle en las venas.
Pero esta vez, no era rabia ciega.
Era rabia… enfocada.
Mordred se levantó, su expresión más fría que el acero.
Fue al armario y sacó una capa negra, distinta a la roja que usaba en los combates.
Era más discreta.
Menos ostentosa.
De su escritorio, tomó un viejo mapa del castillo.
Uno que marcaba las rutas de patrullaje nocturno.
Y entre ellas, la habitación del príncipe.
Una sonrisa torcida apareció en sus labios.
—Tal vez… necesitemos hablar, hermanito.
La oscuridad cubría Camelot como una mortaja pesada.
Solo las antorchas en los corredores parpadeaban como ojos que no veían, que no juzgaban.
Mordred caminaba con pasos sigilosos, pero su corazón golpeaba como si llevara una armadura completa.
Cada latido era un martillazo de rabia contenida.
“Si yo no soy digna de ser el heredero, entonces él tampoco lo será.
Lo arrastraré, ensangrentado si es necesario, hasta la cama del Rey y de la Reina… y haré que vean con sus propios ojos quién merece ese trono.” Sus dedos apretaban el pomo de su espada como si ya sintiera el cuello de Tn bajo su filo.
Mordred no pensaba en piedad ni en razón.
Solo en orgullo.
Solo en la herida sangrante que Artoria le había abierto.
Finalmente, llegó.
La puerta estaba mal cerrada.
No tenía guardias.
¿Qué clase de príncipe no era siquiera protegido?
Mordred empujó con rabia contenida… y entró.
Pero lo que vio no fue un enemigo.
El cuarto estaba en penumbra.
La luna entraba por el ventanal, derramando su luz como un juicio frío.
Y en medio de esa cama de sábanas blancas, estaba Tn Pendragon, el caballero celeste, sin camisa, su cuerpo expuesto como una escultura olvidada por los dioses: musculatura firme, piel pálida, cabello desordenado y mejillas manchadas de sudor.
Pero no dormía.
Temblaba.
Las sábanas se agitaban débilmente.
Sus dedos estaban crispados.
Mordred, por un instante, pensó que era miedo… hasta que vio las manchas.
Sangre.
Pequeñas gotas, oscuras y secas, en la almohada.
Su pecho subía y bajaba con dificultad, y sus labios murmuraban palabras que no tenían sentido.
Era un delirio febril, y su respiración silbaba como un soldado herido en el campo de batalla.
Mordred no supo por qué dio un paso atrás.
Por un instante, su rabia fue desplazada por algo más antiguo, más humano, más inquietante.
“¿Qué…?” No era justo.
Él debía ser el mimado.
El heredero.
El bastardo perfecto.
¿Entonces por qué estaba así… roto?
—¿Tn…?
—susurró sin pensarlo, y la palabra salió como si fuera un nombre que conocía desde su nacimiento.
El príncipe no respondió, pero giró levemente la cabeza.
Sus ojos, medio abiertos, estaban vidriosos, pero algo en él reconoció la figura en la puerta.
Una sonrisa débil se dibujó en sus labios cuarteados.
—¿Mordred…?
—susurró con voz rasposa, confundiéndola con un ángel o un enemigo.
Esa voz… Esa voz no pedía pelea.
Pedía ayuda.
Mordred dio un paso al frente… luego otro… y antes de darse cuenta, estaba sentada al borde de la cama.
Quería gritarle, golpearlo, arrastrarlo como planeó.
Pero sus dedos, en cambio, rozan su frente húmeda con el dorso de la mano.
“Está ardiendo en fiebre.
Está… muriendo.” Por primera vez en su vida, Mordred no sabía qué hacer con su espada.
Y lo más aterrador de todo fue lo que sintió en ese momento: Compasión.
Y deseo.
Pero no deseo carnal, no aún.
Deseo de ser reconocida por él.
De ser necesitada por alguien.
De no estar sola.
El calor que emanaba del cuerpo de Tn no era el de un guerrero encendido por la batalla, sino el de un fuego lento, traicionero, que devoraba desde adentro.
Mordred apretó los dientes cuando sus manos tocaron su frente: ardía.
Podía sentir cómo el pulso latía bajo la piel, como un tambor ahogado que no encontraba ritmo.
—¿Dónde están los malditos sirvientes…?
—murmuró.
Sus ojos brillaban con rabia, no por Tn, sino por el abandono.
—¿Dónde está ese bastardo de Merlin?
¿No se supone que este crío es el tesoro del reino?
Mordred pasó una mano por el vientre del príncipe, revisando sin vergüenza, sin pudor.
Buscaba alguna herida, una infección, algo.
Pero no encontró ni cortes, ni hematomas, solo la piel suave, caliente, el vientre firme de un joven criado para pelear como un Pendragon.
Su pecho subía y bajaba con dificultad.
No era veneno.
No era una maldición.
Era una fiebre normal, natural… ¿y aun así lo habían dejado solo?
“Claro…”, pensó con sarcasmo amargo.
“Todos suponen que el hermoso y perfecto Tn no necesita ayuda.
El niño de oro.
El reflejo puro del Rey.” Pero ahí estaba, delirante, sudando, murmurando su nombre con voz quebrada.
—Mordred… Ella frunció el ceño.
Esa forma de decir su nombre… no tenía odio.
Ni desprecio.
Sonaba casi…
confiada.
—No te equivoques, idiota —dijo ella sin convicción—.
No he venido a ayudarte… solo… no sería honorable vencerte así.
Se levantó de un salto, caminó hasta el escritorio y abrió los cajones con torpeza, sin preocuparse por el ruido.
Frascos, pergaminos, plumas.
Nada útil.
Pasó a los estantes, derribó un jarrón, corrió una silla.
Ropa, cartas, libros de heráldica.
Mordred apretó los dientes.
—¿¡Ni siquiera tienes agua cerca, príncipe perfecto!?
—gritó con furia frustrada.
Luego se quedó callada al ver que Tn se removía.
“Estoy haciendo el ridículo.” Pero no podía irse.
No quería irse.
Volvió junto a la cama, sus pasos pesados por la culpa que no quería admitir.
Mordred miró a su alrededor hasta que vio un paño en la esquina de la habitación.
Lo tomó, lo empapó en una tinaja medio olvidada cerca de la puerta, y regresó.
Se sentó, lo exprimió y lo colocó con torpeza sobre la frente de Tn.
El contacto hizo que él suspirara levemente.
Mordred se quedó quieta.
Silencio.
El primer silencio verdadero desde que había entrado en esa habitación.
—No es justo —murmuró.
Su voz era baja, apenas un suspiro en la oscuridad—.
No es justo que tú seas el hijo… y que yo sea el monstruo.
Sus dedos, aún con guanteletes, se quedaron junto a la mejilla de Tn.
—Pero si de verdad vas a ser mi rival por el trono, entonces más te vale sobrevivir, caballero celeste.
Tn respiró con más calma por un momento.
Mordred no se movió.
La luna seguía esparciendo su juicio, pero por primera vez… no parecía condenarla.
El toque fue débil, tembloroso, como el roce de una pluma herida.
Tn, entre delirios, había extendido su mano buscando algo… alguien.
Y sus dedos tocaron los de Mordred por un instante.
Ella sintió ese contacto como una descarga extraña, incómoda, y reaccionó con una mezcla de rabia y nerviosismo.
Apartó su mano de golpe como si el tacto de Tn la hubiera quemado.
—¡No te atrevas!
—gruñó con voz baja—.
Más te vale no morir, ¿me oyes?
No voy a dejar que ganes compasión solo por lucir como una flor marchita.
Se levantó bruscamente, escupió al suelo con desprecio y salió de la habitación.
El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por candelabros lejanos.
Mordred caminaba con pasos firmes y duros, como si cada pisada buscara apagar su propio conflicto interno.
Su pecho palpitaba con una rabia que no era fácil de nombrar.
No era sólo odio.
No era sólo celos.
Era algo más amargo.
“¿Por qué me miró así?” “¿Por qué me llamó por mi nombre como si… confiara en mí?” “¡Soy su enemiga!” Giró la esquina de un pasillo lateral y se topó con una joven sirvienta cargando ropa blanca en una cesta.
La tomó del brazo sin pensarlo, arrastrándola hasta una columna cercana y empujándola contra la pared de piedra.
—¡Tú!
—gruñó Mordred, con la voz grave y amenazante—.
Ve ahora mismo a buscar al boticario.
El príncipe Tn está enfermo.
Si no lo atienden, alguien va a perder la cabeza esta noche… ¿¡entiendes!?
La joven tembló, sus ojos llenos de terror.
Soltó la cesta, que cayó con un golpe sordo, y asintió con rapidez.
—S-sí, señor caballero… ¡A la orden!
¡A la orden!
Salió corriendo por el pasillo, con los pasos resonando contra el mármol como campanadas de pánico.
Mordred la observó desaparecer con una mueca de disgusto.
“No soy ni rey, ni noble.
Solo un perro con armadura.
Pero hoy… hoy esa basura de reino me va a obedecer.” Volvió sobre sus pasos, no hacia los aposentos del príncipe, sino hacia los suyos.
Su habitación seguía igual: silenciosa, sobria, fría.
Tiró la capa al suelo, pateó su armadura contra la pared, y se dejó caer sobre la cama, aún vestida con su traje rojo.
El calor de Tn aún le ardía en las palmas, como si la fiebre lo hubiera contagiado.
Pero no era fiebre.
Era algo más enfermizo.
Se cubrió los ojos con un brazo.
“Tn Pendragon… ¿qué se supone que eres para mí?” Silencio.
Y, en medio de ese silencio, algo retorcido comenzó a germinar:Una semilla de interés.
De duda.
De obsesión.
Porque Mordred ya no sabía si quería salvarlo… o destruirlo con sus propias manos.
La luna se filtraba a través de los vitrales de la cámara real, bañando la alcoba en un azul pálido y gélido.
Artoria Pendragon, Rey de Camelot, se hallaba sentada en el borde de su lecho.
A su lado, Ginebra dormía plácidamente, su respiración calmada, su figura delicada envuelta entre las sábanas de seda.
Aquel lecho compartido no era más que un símbolo.
No había amor carnal entre ellas.
Desde el nacimiento de Tn, Artoria jamás volvió a acercarse a su esposa con intención alguna.
El deber estaba cumplido.
La sangre real había sido extendida.
Artoria tomó una bata de lino blanco, la colocó sobre sus hombros y salió de la habitación.
Su paso era lento, medido, como si arrastrara consigo el peso de más que solo una corona.
Caminó en silencio por los pasillos del castillo, su mente llena de pensamientos que se negaban a silenciarse.
“Mordred…” “Sangre de Morgana… ¿cómo esperas que confíe en ti, cuando el mal de Camelot corre por tus venas?” Apretó los dientes.
No era fácil.
No lo era nunca.
Ella no deseaba una hijo, y menos aún una hijo forjada en la oscuridad, con la magia de su hermana traidora, y criada con rencor.
Pero Tn… Artoria frunció el ceño, deteniéndose en una ventana desde la cual se podía ver el jardín bañado por la luna.
Tn no era la perfección que todos suponían.
Su porte regio, su educación impecable, su sonrisa contenida y mirada firme… eran una máscara.
Ella lo sabía.
Porque lo había visto.
Por las noches, cuando el castillo dormía, y el silencio reinaba, Tn se debilitaba.
Su cuerpo temblaba, como si sus entrañas ardieran.
Lo escuchaba toser sangre.
A veces desde los corredores, a veces desde detrás de su puerta entreabierta.
Ella nunca entraba.
Solo observaba.
“Mi hijo…” Por primera vez en mucho tiempo, la palabra pesó en su interior.
“¿Es esto castigo divino?
¿Que el hijo perfecto sea una vela que se apaga lento?” Artoria sintió su pulso acelerarse.
No de miedo.
De culpa.
De impotencia.
“Y aun así… es él a quien elegí.
No Mordred.
No la hija ilegítima de la oscuridad.” Pero esa decisión no borraba las grietas.
El precio por engendrar un heredero había sido alto: se había mutilado a sí misma emocional y físicamente, aceptando ese injerto que Merlin le preparó, ese miembro artificial que la convirtió en algo más que Rey y menos que humano.
Y el resultado… era un príncipe condenado.
“¿Sería Mordred más fuerte?” Negó con la cabeza.
“No.
El poder no lo es todo.
Pero… ¿me equivoco al rechazarla?” El pasillo estaba frío.
Silencioso.
Pero algo palpitaba en el aire.
Como si los destinos de los hijos del Rey comenzaran a entrelazarse.
Uno, envuelto en fiebre.
Otra, consumida por la rabia.
Y Artoria, en medio, con las manos manchadas de elecciones que jamás dejaron de sangrar.
El eco de sus pasos en el mármol despertaba viejos recuerdos, cada uno más punzante que el anterior.
Artoria cerró los ojos por un momento, recostando la frente contra una de las columnas del pasillo.
El frío de la piedra no podía apagar la calidez ardiente del pasado.
Aquel día…
el día del nacimiento de Tn.
El grito de Ginebra resonaba aún en su memoria, agudo, desgarrador, más allá del dolor físico, un clamor de carne que traía al mundo a un heredero imposible.
La sala estaba bañada en luz, pero Artoria solo recordaba la sangre.
Tanta sangre.
Y allí, con expresión distante pero manos firmes, estaba él—Merlin, el mago de las flores, el sabio que tejía destinos como si fueran hilos en una rueca.
Sus ojos no reflejaban emoción cuando sostuvo al recién nacido en brazos, ni cuando lo envolvió en un paño blanco marcado con runas antiguas.
—“Tiene el corazón del Dragón Rojo, mi Rey,” —dijo Merlin, sus palabras flotando en la cámara como oráculos tallados en piedra—, “pero ese mismo corazón…
lo destruirá.” Artoria apenas podía mantenerse de pie.
Ginebra lloraba, aún débil, aún conectada a la nueva vida que temblaba entre las manos del mago.
El niño era hermoso, incluso entonces.
Sus ojos entreabiertos brillaban como zafiros limpios, y su piel era pálida como la porcelana, casi translúcida.
Pero lo que yacía en su sangre era otra historia.
Una maldición envuelta en bendición.
—“Su linaje es potente.
Sus venas arden con maná puro, pero esa pureza no es humana.
No sin consecuencias.” —Merlin hablaba como si estuviera explicando un experimento fallido, no un destino trágico—.
“Su sangre se envenena a sí misma.
Vivirá, sí… pero por pocos años.” Artoria cayó de rodillas.
Las lágrimas no llegaron.
Nunca llegaban.
Ella había elegido esto.
Había pedido ese injerto, esa mutación que la convirtió en Rey y madre por igual.
Había aceptado el consejo de Merlin, había engendrado con su esposa como si fuera un Rey verdadero.
Y el resultado… fue un hijo condenado desde la cuna.
—“¿Cuánto tiempo?” —preguntó con la voz vacía, hueca.
Merlin guardó silencio antes de responder.
—“Quizás hasta los veinte.
Tal vez un poco más.
No lo sabremos hasta que el maná comience a cristalizar en su médula.
Pero…” —hizo una pausa, una que retumbó como un golpe de martillo— “si tenemos suerte, podrá engendrar un heredero antes de su muerte.
Nietos, mi Rey.
Ese es el verdadero legado.” Nietos.
Artoria sintió una rabia seca, profunda.
No por el destino del niño, sino por cómo Merlin hablaba de él.
Como si su hijo no fuera más que un recipiente.
Un puente entre coronas.
“¿Es eso todo lo que es?” Y sin embargo, aceptó.
Porque en el fondo, ella no deseaba repetir el proceso.
El injerto la había dejado marcada.
No en el cuerpo —eso se curó— sino en el alma.
Había creado vida, sí, pero al costo de arrancar parte de su humanidad.
Nunca volvió a tocar a Ginebra.
No podía.
Lo que compartían ahora era silencio, deber, apariencia.
La Reina(rey) regresó lentamente a su alcoba.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que salió, pero la luna ya se ocultaba detrás de las nubes.
Cuando abrió la puerta, Ginebra dormía aún, una figura serena entre las sábanas blancas.
Artoria se sentó a su lado, sin desvestirse.
Acarició su rostro con ternura vacía.
—“Nuestro hijo…” —murmuró—, “cargará un peso que nadie debería soportar.
Y yo… no puedo salvarlo.” A lo lejos, en otro ala del castillo, Mordred dormía intranquila.
Y en otra habitación, Tn respiraba con dificultad, la fiebre subiendo, sus sueños rotos por visiones de fuego y sangre.
Que tal el capitulo eh 7w7.
Quiero probar que pasa cuando alguien como Mordred que se auto percibe hombre se siente atraída por otro hombre en una época medieval……….Dios que buena idea.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com