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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Miyabi hoshimi Zzz
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53: Miyabi hoshimi (Zzz) 53: Miyabi hoshimi (Zzz) Tristeza… ¿por qué existes?

Me lo pregunté entre sombras grises.

Pero el eco de mi voz no halló razón, solo el frío susurro de la desolación.

Miré al quinto cielo, esperé su verdad, pero el tirano de fuego solo dio oscuridad.

Sangriento y altivo, guardó su saber, me negó la respuesta… como debe hacer.

Y sin embargo, en su cruel presencia, hay algo extraño… casi como clemencia.

No palabras, no luz, ni perdón, solo compañía en mi desolación.

Si no hay sentido, si no hay consuelo, al menos hay alguien en este duelo.

Aunque sea un dios mudo y feroz, su sombra me escucha… más que su voz.

 Hoshimi Miyabi.

Jefa de la Sección 6.

Cazadora del Vacío más joven en la historia de Nueva Eridu.

Inalcanzable.

Impecable.

Imperturbable.

Así la veían todos.

Era una sombra de autoridad, un reflejo de perfección.

Los soldados bajo su mando evitaban sostenerle la mirada demasiado tiempo.

La respetaban, la temían.

Algunos incluso la idolatraban.

Pero ninguno la conocía.

Porque nadie sabía lo que ocurría tres veces por semana, al otro lado de una puerta sin logos, en un edificio sin ventanas verdaderas.

El despacho de Tn estaba en el sector neuro-cognitivo, lejos del bullicio, más cerca del olvido que de la vida civil.

Una sala austera, con una lámpara tibia y un sillón largo.

No había diplomas en la pared.

Solo silencio.

Miyabi entró puntual, aunque esta vez no cerró la puerta con la firmeza habitual.

—Llegaste dos minutos tarde —comentó Tn sin levantar la mirada de su cuaderno.

—Una anomalía menor.

No volverá a repetirse.

—No me preocupa la puntualidad.

Me preocupa que hayas dudado antes de entrar.

El silencio fue su respuesta.

Aquel que Miyabi usaba para defenderse del mundo.

Pero él la conocía.

Sabía que no era indiferencia.

Era contención.

—¿Pesadillas?

Ella respiró hondo.

El aire le quemaba.

—No.

Un segundo después.

—…Sí.

—¿La misma escena?

Asintió.

Sus dedos se apretaron sobre el sillón, enguantados como siempre, como si aún necesitara sostener el mango de una katana.

—Los veo atrapados —murmuró sin mirar a nadie—.

Mi clan.

Mi madre.

Hasta el último de ellos.

Dentro del Hollow.

El cielo está rojo.

El suelo es líquido.

No… no tiene forma.

Tragó saliva.

—Y yo solo estoy allí… mirando.

Sin poder hacer nada.

Tn anotó sin prisa.

Luego alzó la vista.

—¿Qué sentiste al despertar?

—Odio.

Culpa.

Una pausa.

El nudo en su garganta temblaba.

—Frío.

Como si el mundo ya no me reconociera.

Él se levantó.

Caminó hasta un panel y activó un campo de aislamiento.

Un zumbido suave indicó que estaban completamente sellados.

Nadie más oiría lo que se diría ahora.

—Puedes llorar si lo necesitas.

Ella lo miró.

Sus ojos de hielo brillaban, pero aún resistían.—No soy débil.

—Nunca dije que lo fueras.

Entonces sucedió.

La respiración se rompió.

Las manos soltaron el control.

Las lágrimas, que nadie en Sección 6 creería posibles, cayeron en silencio.

No sollozaba.

No gritaba.

Solo… lloraba.

Como quien lleva toda una vida posponiendo el colapso.

Tn no se movió.

No la interrumpió.

Solo la acompañó en ese vacío, sin decir palabra, como un punto fijo en un mundo que se desmoronaba.

—A veces —susurró ella—… deseo no haber sobrevivido.

—Y sin embargo, estás aquí —respondió él—.

Luchando para seguir cuerda.

El reloj marcó los treinta minutos, pero ninguno se movió.

Ese día, la máscara de Miyabi no regresó a su rostro al salir del consultorio.

Solo un leve temblor en sus labios… como si dudara de quién era realmente cuando no sostenía una espada.

Miyabi salió del consultorio sin mirar atrás.

Su respiración aún era algo irregular, los ojos ligeramente enrojecidos y húmedos por el llanto que, como siempre, solo permitía escapar dentro de esas cuatro paredes selladas.

Sacó un pequeño pañuelo blanco, lo pasó por su rostro con disciplina militar, eliminando todo rastro de debilidad.

Sus orejas se movieron apenas, de forma casi imperceptible, un reflejo involuntario de tensión.

Se obligó a calmarlas.

No podía permitirse ni una grieta cuando estaba afuera.

No podía olvidar quién era: la jefa de la Sección 6, la Cazadora del Vacío más joven de la historia.

Una figura de autoridad, perfección y disciplina.

Y una mentira, en muchos aspectos.

Enderezó la espalda, exhaló, y comenzó a caminar en dirección al cuartel general.

Los pasillos de la ciudad de Nueva Eridu estaban tan vivos como siempre, pero para Miyabi todo parecía envuelto en una bruma lejana.

Personas saludándola, reportes flotando en las pantallas, luces de seguridad parpadeando con suavidad.

Ella simplemente avanzaba, como una sombra elegante y silenciosa, con una mirada tan vacía como la zona que juró destruir.

En la Sección 6, todos estaban ya trabajando.

Asaba Harumasa ajustaba el equipo de contención, y un par de reclutas discutían tácticas frente al holograma del Mapa Etéreo.

Cuando Miyabi entró, todos se irguieron con respeto inmediato.

—Buenos días, jefa —dijo uno de los agentes.

Ella asintió apenas, sin una palabra.

El silencio era su idioma más común.

Subió al segundo nivel sin mirar a nadie.

Caminó con paso firme hasta su oficina, pero no entró.

En vez de eso, giró y se dirigió a la zona de entrenamiento.

Necesitaba mover su cuerpo, hacer que los músculos hablaran por ella, porque si no, si se quedaba quieta… tal vez pensaría demasiado en él.

Comenzó con entrenamientos básicos, luego movimientos más complejos.

Sus pies se deslizaban con precisión perfecta sobre el tatami, Sin Cola a su lado, sellada.

El sudor le comenzaba a correr por la frente, pero ni eso era suficiente para hacerla olvidar el eco persistente de la voz de Tn, suave,cálida sin ser invasiva.

Esa voz que le había dicho que no estaba rota.

Que no era un monstruo por haber sobrevivido.

“¿Te molesta no poder llorar frente a los demás, Miyabi?” “Ese no es su derecho.

Solo tú puedes decidir cuándo mostrarte débil.” Las palabras volvían, como dagas suaves, como caricias peligrosas.

En cada exhalación, recordaba el momento en que sus manos temblaron frente a él.

Y cómo él no retrocedió.

Yanagi la observaba desde una esquina, en silencio, como siempre que notaba que su jefa estaba más distante de lo usual.

Miyabi había sido su amiga durante años, y sin embargo… había algo que nunca lograba entender del todo.

Un vacío que no se llenaba con misiones, ni con victorias.

—Entrenas más que antes —comentó Yanagi finalmente, cruzándose de brazos.

Miyabi no se detuvo.

—¿Te molesta?

—No.

Pero me preocupa Jefa.

Desapareces por horas últimamente.

Nadie sabe a dónde vas.

Algunos dicen que estás cazando etéreos por tu cuenta.

¿Es eso cierto?

Una pausa.

Miyabi se detuvo y secó su frente con la manga.

Luego respondió sin mirarla.

—La información se filtra menos cuando voy sola.

Era una media verdad, lo suficiente para que Yanagi no sospechara… todavía.

—No está sola Jefa, Miyabi.

Puede hablar conmigo, lo sabe.

La jefa de la Sección 6 giró levemente el rostro.

Una sombra de sonrisa se dibujó, sutil, forzada.

—Lo sé.

Pero hay cosas que sólo el vacio puede comprender.

Yanagi no insistió.

Estaba acostumbrada a las respuestas enigmáticas de Miyabi.

Lo que no sabía era que esa respuesta no era para ella.

Era para él.

Para Tn, que la había visto romperse, que la había escuchado decir entre lágrimas: “No sé si me duele estar viva o me da miedo que me guste estar muerta por dentro.” Y él… simplemente había dicho: “Entonces vivamos un poco, aunque sea dentro de estas paredes.” Solo él sabía qué era Miyabi cuando la máscara caía.

Solo él.

Y esa exclusividad… era algo que, poco a poco, comenzaba a llenar una necesidad peligrosa en el corazón de la cazadora.

Yanagi se marchó sin decir más.

Confiaba en que Miyabi encontraría su ritmo, como siempre.

Era fuerte, siempre lo había sido.

Pero no se percató de que, esta vez, la fuerza era apenas un delgado velo que se tensaba al borde de romperse.

Miyabi continuó entrenando, empujando su cuerpo más allá del límite.

Golpe tras golpe.

Patadas, fintas, desplazamientos.

El sonido seco de sus pisadas resonaba por toda la sala como un tambor de guerra.

No había descanso, no podía haberlo.

Porque en el silencio, en el reposo, los recuerdos volvían.

Hasta que su pierna cedió.

Se desplomó de rodillas, jadeando, las manos apoyadas contra el suelo como si la gravedad pesara más de lo normal.

El sudor le caía en riachuelos por el rostro.

Intentó levantarse, pero algo en su visión parpadeó…

cambió.

Sangre.

En sus manos.

Roja, espesa, caliente.

Los dedos comenzaron a temblar.

—No…

—susurró, la voz quebrada, como un ruego.

Parpadeó.

Una, dos veces.

Ya no había nada.

Solo sus guantes mojados de sudor, temblorosos.

El asco fue inmediato y total.

Se arrancó los guantes con torpeza, arrojándolos lejos, y comenzó a frotarse las manos con fuerza contra su ropa, con una furia casi infantil.

Como si pudiera raspar los pecados que no existían.

—Sal de mi cabeza…

—murmuró con rabia contenida.

Se levantó, temblorosa, como una marioneta cuyos hilos apenas se sostenían.

Salió del dojo con paso rápido, evitando a todo aquel que pudiera verla.

El pasillo hasta su oficina se hizo eterno.

Cada paso la obligaba a contener el temblor en sus piernas.

Su mirada estaba opaca, casi vidriosa, como si viera algo que los demás no podían ver.

Al llegar, cerró la puerta tras de sí con fuerza.

Se apoyó contra ella, jadeando, sintiendo que todo se le venía encima.

“Control.

Control.

Respira.” Tomó asiento en su escritorio, aún con los dedos crispados.

La habitación estaba silenciosa, estéril.

Solo el zumbido leve del sistema de ventilación la acompañaba.

Frente a ella, una pila de informes esperaba.

Misiones.

Fallos de equipo.

Análisis de rutas hacia los sectores colapsados.

Datos.

Lógica.

Certeza.

Se aferró a los informes como si fueran su única tabla de salvación.

Comenzó a leer.

Uno por uno.

Subrayó detalles.

Tomó notas.

Corrigió errores de sintaxis.

Buscó patrones en los análisis de incursiones.

Pero por más que intentaba enfocarse, las palabras se volvían líquidas ante sus ojos.

Cada tanto su mirada se desviaba, perdida.

Veía las sombras en las esquinas.

Sentía el eco de los gritos antiguos.

Los suyos.

Los de su gente.

Y por un instante fugaz, deseó estar de nuevo en ese consultorio.

Allí no necesitaba fingir.

Allí podía llorar.

Allí, él la escuchaba sin juzgarla.

Tn.

La simple imagen de su rostro la hizo exhalar de forma lenta.

Inconscientemente, sus dedos buscaron el bolsillo interior de su uniforme, donde guardaba una nota doblada.

Era un fragmento de su último encuentro con él.

Unas palabras escritas con su caligrafía sobria.

“No estás sola.

Lo que ves no define quién eres.” Volvió a doblarla con cuidado, como si fuera un amuleto.

La pila de informes seguía frente a ella.

Pero por unos segundos, ya no importaban tanto.

El frío de su oficina, el vacío del mando, la mentira de su fuerza… todo parecía más soportable cuando pensaba en él.

Y en lo profundo de su mente, en ese rincón oculto tras sus miedos, una semilla comenzaba a germinar.

No era gratitud.

No era alivio.

Era necesidad.

Una que no permitiría compartir con nadie más.

El zumbido leve de la computadora era lo único que rompía el silencio en la oficina.

La pila de informes seguía ahí, desordenada, marcando el rastro de una mente que se había forzado demasiado.

Miyabi permanecía sentada, el cuello torcido en un ángulo incómodo, los ojos cerrados y la respiración pausada.

Parecía tranquila.

Pero sus dientes estaban apretados.

Los dedos se movían levemente como si buscaran algo que no estaba allí.

En su rostro, pequeñas contracciones.

Un grito contenido.

—No…

—susurró, con voz ahogada en su propio sueño.

Dentro de su mente, todo era rojo.

Fragmentos rotos de memoria: gritos lejanos, fuego, figuras etéreas desvaneciéndose en su sangre, las paredes de su hogar cubiertas de símbolos invertidos y cadáveres.

Y al fondo, esa figura… sin rostro.

Esa sombra que la observaba cada vez que cerraba los ojos.

Miyabi gruñó en sueños, tensa, las uñas clavadas en sus propios brazos.

Un sudor frío le recorría la columna.

Y entonces despertó.

Un jadeo.

Su pecho se alzó como si hubiese estado corriendo.

Miró en todas direcciones, los ojos dilatados, como una bestia arrinconada.

Por un instante no supo dónde estaba.

Luego, la luz pálida de la computadora le devolvió la realidad.

La oficina.

El escritorio.

El mismo lugar de siempre.

Suspiró profundamente, apoyando una mano sobre el teclado.

La pantalla mostraba el informe que se había quedado leyendo… ya sin sentido alguno.

Las letras eran manchas para su vista cansada.

Apagó todo de golpe.

Cerró los archivos, apagó la terminal, y se levantó como si la silla quemara.

—Ya basta por hoy… —murmuró, aún con el corazón acelerado.

Tomó su chaqueta y salió sin saludar a nadie.

Las luces del cuartel se atenuaban con la noche, y el aire de Eridu tenía un peso particular cuando uno salía solo.

Caminaba con paso firme pero lento.

Las calles estaban mojadas por la lluvia de la tarde.

Faroles rotos lanzaban destellos irregulares.

Las orejas de Miyabi se movían ligeramente ante cada ruido.

Cada paso ajeno.

Cada sombra que se proyectaba demasiado larga.

“Todo está en mi cabeza”, se repetía.

Pero los reflejos no mentían.

La ciudad se abría frente a ella como un animal dormido.

Hermosa y letal.

Finalmente llegó a su edificio.

Subió las escaleras en silencio, con la llave ya en la mano.

La puerta se abrió sin esfuerzo.

Todo estaba oscuro.

—Estoy en casa… —dijo, como un ritual vacío.

Y fue entonces que una sombra saltó hacia ella.

Con reflejos de entrenamiento, Miyabi esquivó limpiamente hacia un costado, desenfundando medio su cuchillo sin pensarlo.

Pero al ver de qué se trataba… suspiró.

Un gato blanco, de pelaje enredado y orejas puntiagudas, la miraba desde el suelo, como si midiera su reacción.

—Tú otra vez…

—sonrió, aliviada, guardando el arma.

El gato volvió a maullar, agitando la cola, y se le acercó frotando su cabeza contra la pierna de Miyabi.

—Siempre sabes cuándo necesito desconectarme, ¿eh?

Se arrodilló y lo abrazó, presionando su cara contra el suave pelaje.

Por un momento, no hubo gritos ni informes, ni visiones de sangre.

Solo ese calor pequeño, ronroneante, y un latido que no era suyo.

—A veces me pregunto si tú también entiendes…

si me ves como él me ve —susurró con suavidad, acariciando al gato.

El animal la miró con esos ojos indiferentes y monotonos que solo los gatos poseen.

Como si supiera demasiado y simplemente no quisiera hablar de ello.

Miyabi cerró los ojos.

Por esta noche, al menos, podía respirar.

Pero en el fondo, una idea persistía, silenciosa y dulce.

¿Y si mañana volviera a verlo?

¿Y si al final… él era el único que podía sostenerla cuando el mundo se rompía?

La cocina era pequeña, sencilla, iluminada solo por la tenue luz bajo la campana.

Miyabi movía los dedos con cierta lentitud, como si su cuerpo aún estuviera sacudiéndose la tensión del día.

El agua burbujeó en la olla.

Abrió un paquete de ramen instantáneo y lo dejó caer con suavidad.

A su lado, el gato la miraba desde la encimera, maullando con esa mezcla de exigencia y cariño felino.

Ella rió por lo bajo.

—Sí, sí, ya te doy lo tuyo… impaciente.

Abrió una lata de atún especial y la sirvió en un pequeño plato de cerámica con forma de pez.

El sonido de la comida cayendo fue suficiente para que el gato se arrojara a comer con energía, moviendo su cola con gusto.

Miyabi lo observó por un momento, con una sonrisa tranquila, una que solo nacía cuando nadie más la veía.

—Tú sí sabes disfrutar las cosas simples…

Cuando el ramen estuvo listo, lo llevó en un cuenco humeante a la mesa baja de la sala.

Comió en silencio, mirando la televisión encendida sin volumen.

Algún noticiero o documental repetido.

Las imágenes no tenían importancia; el calor de la comida y la tenue luz bastaban para hacerle sentir algo parecido a la paz.

Una vez terminó, lavó todo con la misma precisión con la que limpiaba su arma.

Era casi un ritual.

Una forma de aferrarse al control.

Luego caminó hacia su habitación.

El gato la siguió con pasos suaves, como una sombra peluda.

—No me mires así, sabes que también necesitas dormir.

Miyabi abrió un cajón y se quitó la ropa del día, dejando todo ordenado en su silla.

Se puso una camisa blanca larga que le llegaba hasta los muslos y unas bragas oscuras.

El contraste entre su seriedad habitual y la comodidad de su atuendo doméstico era marcado… pero no importaba.

Allí, sola, no tenía que fingir.

El gato ya estaba sobre la cama, amasando las sábanas con sus patas delanteras.

Miyabi se dejó caer junto a él, con un suspiro prolongado.

Apagó la luz.

La habitación quedó en penumbra, iluminada apenas por las luces lejanas de Eridu que entraban por la ventana.

El aire estaba tibio, y el ronroneo del gato llenaba el silencio con una cadencia hipnótica.

—A veces pienso que no debería seguir yendo… —murmuró, mientras acariciaba con suavidad el lomo del animal—.

Que si me acerco más a él… perderé el equilibrio.

El gato levantó la cabeza y la miró.

Sus ojos eran profundos, inalterables, como si pudieran absorber todos los pensamientos de Miyabi y no emitir juicio alguno.

Ella cerró los ojos.

—Pero cuando estoy con él… siento que no estoy sola.

Una pausa.

—Eso es peligroso, ¿verdad?

El gato se acomodó contra su pecho, tibio, confiado.

Y por esa noche, las sombras de su mente se replegaron, al menos por unas horas.

Miyabi se dejó llevar por el sueño, no por la calma, sino por el agotamiento.

Porque sabía que mañana volvería a esa oficina.

Y volvería a mirarlo a los ojos.

Y volvería a sentir ese nudo.

Ese deseo prohibido, ansioso, dulce.

Esa necesidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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