Waifu yandere(Collection) - Capítulo 54
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- Capítulo 54 - 54 Nero claudius fgo
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54: Nero claudius (fgo) 54: Nero claudius (fgo) Roma, capital del Imperio, ardía bajo el sol dorado.
Las calles estaban manchadas de sangre fresca y pétalos rojos, como si los dioses hubieran confundido celebración con sacrificio.
Las estatuas erigidas en honor a la emperatriz relucían bajo la luz implacable, mientras la muchedumbre aclamaba un nombre con fervor casi religioso.
—¡Ave Nero!
¡Ave la Rosa de Roma!
En el corazón del Palacio Imperial, bajo un dosel de seda carmesí y mármol pulido, Nero Claudius, emperatriz absoluta de Roma, se reclinaba sobre un trono adornado con hojas de laurel y serpientes doradas.
Vestía una toga ligera, más decorativa que funcional, que dejaba al descubierto su cuello pálido y delicado, perfumado con esencias traídas desde Egipto.
Sus ojos, esmeralda y vivos como brasas, observaban con deleite el plato de frutas que una de sus sirvientas le ofrecía: uvas, higos, dátiles…
Todo lo que Roma podía arrebatar al mundo.
A su alrededor, las jóvenes esclavas servían en silencio.
Sus miradas estaban vacías, sus almas encadenadas.
Ninguna alzaba la vista hacia su emperatriz.
No les estaba permitido.
Una sola mirada podía ser interpretada como un desafío…
y nadie desafiaba a la emperatriz y vivía para contarlo.
Pero ese día, Nero no miraba a sus sirvientas.
Sus ojos estaban fijos en el muchacho encadenado frente a ella.
Tn, joven bárbaro capturado de las Tierras Británicas, permanecía de rodillas sobre el mármol, los grilletes de hierro marcando su piel con heridas recientes.
Su cuerpo, aunque magullado, era robusto, forjado por los vientos helados de su tierra natal.
El cabello, oscuro y largo, caía sobre sus ojos como la tormenta.
No bajaba la cabeza.
No temblaba.
Y eso…
era lo que más fascinaba a Nero.
—¿UMU Sabes, Praetor?
—dijo Nero, alzando una uva entre sus dedos—.
Cuando mis generales me trajeron a este pequeño animal,umu pensaron que querría verlo morir en la arena.
Que serviría como otro espectáculo.
Carne para los leones.
Ah…
qué poco me conocen.
Soltó una risita dulce, casi infantil, pero impregnada de veneno.
—¿Y tú umu?
—preguntó, alzando la voz hacia Tn—.
¿Tienes nombre, o solo gruñes como los otros salvajes de tu estirpe umu?
Tn escupió a un lado, sin apartar la mirada.
—Tn.
Último de mi clan.
¿Vienes a jugar con lo que destruiste?
Un murmullo se esparció entre los esclavos.
Las sirvientas contenían la respiración.
Uno no hablaba así frente a la emperatriz.
Pero Nero sonrió.
Sonrió como un gato al encontrar un ratón que le muerde la cola.
—¡Delicioso umu!
—exclamó—.
¡Oh, eres perfecto!
Tan desafiante, tan lleno de furia, tan umu.
No como estos muñecos rotos que me rodean.
Tú aún tienes fuego.
Se levantó del trono con gracia, caminando lentamente hacia él, sus sandalias resonando como campanas mortuorias sobre el mármol.
—Podría matarte, claro umu—dijo, deteniéndose frente a él—.
O venderte.
O entregarte al circo.
Pero no lo haré.
¿Sabes por qué umu?
Tn no respondió.
Ella se inclinó, tan cerca que su aliento tocó su mejilla.
—Porque te quiero para mí umu.
El joven frunció el ceño, pero Nero no le dio oportunidad de hablar.
—Tus ojos.
Tu espíritu.
Me recuerdan a mí misma.
¿Sabes lo que hace una emperatriz cuando encuentra algo valioso?
Lo guarda.
Lo adora.
Lo encierra.
Retrocedió un paso y extendió los brazos como si ofreciera el mundo.
—Serás mi león dorado, Tn.
Mi salvaje.
Mi único juguete real en esta jaula de oro que llaman imperio umu.
Tn dejó escapar una risa amarga.
—¿Y si intento matarte?
Nero se detuvo.
Por un instante, sus ojos dejaron de brillar con alegría.
—Entonces te amaré más.
El silencio fue absoluto.
Incluso el viento pareció temer cruzar el umbral del palacio.
—Los romanos creen que el amor es belleza y poder.
Yo creo que es posesión.
Y tú, bárbaro, me perteneces desde el momento en que tus tierras ardieron por mi gloria umu.
Giró sobre sus talones, regresando al trono con la calma de una diosa satisfecha.
—Llévenselo.
Báñenlo.
Vístanlo.
Que ningún grano de polvo manche lo que es mío.
Y si se resiste…
no le hagan daño.
Solo tráiganmelo más encadenado.
umu Las sirvientas asintieron con miedo, mientras soldados se acercaban a Tn.
Y mientras lo arrastraban fuera del salón, el joven alzó la vista por última vez hacia ella.
El mármol del palacio aún vibraba con los ecos de las cadenas arrastradas.
Afuera, las trompetas resonaban anunciando otra victoria en alguna frontera olvidada.
Pero dentro del gran salón, donde el incienso quemaba lentamente y las columnas doradas elevaban el techo como si sostuvieran los cielos, solo el silencio imperaba.
Neron se recostó con languidez en su trono.
Una de sus piernas colgaba hacia un lado, moviéndose con la despreocupación de una niña traviesa.
Sus dedos jugueteaban con una higuera madura, la cual exprimió con un gesto lento, dejando que el jugo viscoso corriera por su mano.
A sus pies, una joven esclava se atrevió a levantar la mirada con timidez.
Por ello, fue pisada con la misma ternura con la que un gato juega con una mariposa.
Nero presionó apenas el cuello de la muchacha con la punta de su sandalia, haciendo que la otra temblara en silencio.
—Shhh~ —susurró la emperatriz, sin mirarla siquiera—.
No respires tan fuerte.
Estropeas mi inspiración.
Fue entonces que un hombre de avanzada edad, cubierto con una toga púrpura adornada con hilos de oro, se adelantó desde las sombras de las columnas.
Gaius Seianus, uno de los consejeros más antiguos de Roma, inclinó la cabeza.
—Imperatrix…
ruego perdón por mi atrevimiento, pero debo cuestionar su decisión —dijo, su tono marcado por una mezcla de respeto y preocupación—.
Ese joven bárbaro…
no es un esclavo común.
No tiene educación, ni sumisión.
Es peligroso.
Rebelde.
¿No sería más prudente enviarlo al coliseo o venderlo a los comerciantes de Cartago?
Nero giró lentamente la cabeza hacia él.
Sus ojos no mostraban furia.
Mostraban algo mucho más aterrador: interés.
—¿Oh?
¿”Prudente”?
—repitió, llevándose el dedo manchado de fruta a los labios—.
¿Desde cuándo Roma conquista el mundo para luego comportarse con “prudencia”?
Umu~.
Seianus tragó saliva, pero no habló.
—Mira a tu alrededor, Gaius —dijo ella, extendiendo el brazo con elegancia—.
Cada piedra de este palacio fue traída desde una tierra lejana.
Cada columna, cada esclavo, cada fruta…
todo es mío porque me aburría de lo común.
Y ahora, ahora aparece él.
Tn.
Un joven tan terco, tan fuerte, tan lleno de odio…
umu…
una joya rústica.
Salvaje, pero bello.
Peligroso, pero joven.
Tomó otra fruta —una granada esta vez— y la partió con las uñas.
El jugo rojo manchó su falda como sangre derramada.
—¿Y no sería divertido, Gaius, ver si el león puede convertirse en un cordero?
¿O si el cordero puede morderme la mano?
—Mordió uno de los granos—.
Umu~…
dulce como el riesgo.
La esclava bajo su pie emitió un leve quejido, y Nero, con lentitud cruel, aumentó la presión apenas un poco.
Sin perder la sonrisa, murmuró—Además…
aunque intente matarme, ¿qué puede hacer un bárbaro contra la emperatriz de Roma?
¿Contra yo, Nero Claudius, quien hizo temblar continentes?
—Frunció ligeramente el ceño, más por afectación teatral que por ira—.
Podría dejar que lo intentara…
y luego reírme mientras su cuchillo se rompe contra mi piel.
Umu~.
Seianus bajó la cabeza.
No había argumento que pudiera interponerse entre la emperatriz y su voluntad.
Mucho menos entre ella y sus caprichos.
—Como desee, Imperatrix —susurró.
Nero miró hacia el corredor por donde se habían llevado a Tn.
Su mirada se volvió distante por un momento, teñida de algo ambiguo: emoción, tal vez.
Ansias.
—Hace tiempo que no me divertía…
—susurró, más para sí misma que para nadie—.
Siempre es política, guerras, aplausos vacíos…
pero este chico.
Este Tn…
sí que sabe mirar.
Me miró como si pudiera romperme.
Como si no tuviera miedo umu.
Lentamente, acarició el borde de su copa de oro, mientras el viento acariciaba las cortinas con suavidad, como si Roma misma contuviera la respiración.
—Esa mirada…
es mía ahora.
Como lo es él.
Y cuando él lo entienda…
La sonrisa de Nero se torció, mostrando los colmillos dulces de una emperatriz que se cree diosa.
—…también será mío su corazón.
Umu~.
El vino, oscuro y espeso como la sangre joven, se derramó lentamente desde el borde de la copa.
Resbaló por la pierna desnuda de la emperatriz como un río carmesí, bajando por su muslo terso hasta llegar al empeine de su pie, donde se estancó entre los dedos.
La esclava a sus pies temblaba.
Nero bajó la mirada, sosteniendo la copa apenas ladeada, como si aquello hubiese sido un accidente.
Pero sus ojos —brillando de malicia y placer— contaban otra historia.
El salón estaba en silencio.
Las otras sirvientas no se atrevían a respirar más de lo necesario.
—Te ensucié, Flor de la Decadencia —dijo Nero con voz suave, no sin sorna—.
Qué torpe de mi parte… umu~.
Levantó la pierna, cruzándola lentamente sobre la otra, dejando el vino esparcido sobre su piel como tinta sobre pergamino.
La esclava no supo qué hacer… hasta que la orden cayó, como una guillotina disfrazada de caricia.
—Límpialo.
Con tu lengua.
El rostro de la esclava palideció, y sus labios temblaron.
Pero obedeció.
Se inclinó más, con los ojos bajos, y comenzó a lamer el vino caliente de la piel de su dueña.
Nero exhaló, un suspiro lánguido, como si se tratara de una brisa primaveral.
—Mmm… umu… No hay placer más puro que hacer que los indignos saboreen lo que nunca les pertenecerá —musitó—.
Yo, Nero Claudius Caesar Augustus Germanicus, emperatriz de todas las cosas hermosas, soy arte viviente.
¿No es así, pequeña Flor?
La esclava asintió apenas, sin dejar de obedecer.
—Más lento —ordenó Nero, como si estuviera guiando el trazo de un pintor—.
Disfruta el privilegio, aunque sea por última vez.
No todos nacen para tocar a una diosa.
Levantó la copa y bebió lo poco que quedaba.
Luego la dejó caer al suelo de mármol sin cuidado alguno.
El oro tintineó, pero nadie se atrevió a recogerla.
Por un instante, Nero cerró los ojos.
Recordó el jardín de su infancia.
Las estatuas rotas.
Los cánticos de la corte.
Las risas, ahogadas por el sonido del fuego.
Y sobre todo, a él.
—Tío Calígula… —susurró, con un tono cargado de nostalgia extraña—.
Siempre fuiste tan… vibrante.
Tan ruidoso, tan libre.
Decías que el mundo era tuyo, ¿no?
Que los dioses envidiaban nuestra locura.
La esclava se detuvo, temiendo haber hecho algo mal.
Nero acarició su cabello sin mirar, como quien acaricia a un perro viejo.
—Te extraño, ¿sabes?
—continuó Nero, ya no hablando con nadie en particular—.
Todos dijeron que estabas loco.
Que tu final fue justo.
Pero yo… yo te amaba.
Tú fuiste el único que me entendió.
La sangre imperial… es una flor envenenada, ¿verdad?
Umu…
Abrió los ojos, esmeraldas como el alba al atardecer, pero vacíos como una pintura antigua.
—A veces creo que fui la última que nació con sangre digna en sus venas.
Ya no quedan flores, solo espinas… umu.
Se levantó del trono con la gracia de una actriz, dejando que su túnica cayera a un lado, revelando más piel de la que ocultaba.
Se giró lentamente hacia las columnas, su voz alzándose con teatralidad, como en un monólogo destinado a los dioses mismos.
—Pero Roma aún florece…
mientras yo respire, Roma será arte, guerra, deseo y belleza.
Yo soy el Imperio.
Yo soy su voz.
Y nadie, nadie me quitará lo que es mío.
Umu~.
Volvió a mirar hacia la puerta por la que se habían llevado al joven Tn.
Sus labios se curvaron en una sonrisa perversa.
El recuerdo de su mirada salvaje aún vibraba en su mente como una nota sostenida.
—Y tú, mi pequeño bárbaro… tú también aprenderás a amar esta flor.
Aunque tengas que sangrar por cada pétalo.
La risa de Nero llenó el salón, como la risa de una niña jugando con cuchillas.
El pie de la emperatriz se levantó lentamente… y con un movimiento seco, impactó contra el vientre de la esclava aún postrada a sus pies.
El sonido fue sordo, como un cuerpo cayendo al suelo.
La joven gimió en silencio, su cara aún pegada al suelo pulido, resistiendo la tentación de llorar.
—Tu lengua fue precisa, pero te faltó pasión —murmuró Nero, como si hablara de una obra de teatro mediocre—.
La limpieza sin vigor no es más que servidumbre vacía.
Umu.
Sin esperar respuesta, giró con gracia y desdén.
Sus pasos resonaban en el mármol, firmes y rítmicos, como el retumbar de tambores de guerra.
La emperatriz salió del salón sin mirar atrás, dejando la esclava temblando sobre el suelo, sin atreverse a moverse, sin esperanza, sin lágrimas.
Solo el frío.
—Dejo el papeleo a mis sombras, ya me aburren los números —dijo Nero con un leve gesto de su mano derecha mientras caminaba por los pasillos del palacio.
Los escribas y consejeros que la seguían agacharon la cabeza en silencio.
Sabían que era inútil contradecirla.
Nero Claudius avanzaba como una diosa entre mortales.
Los muros estaban adornados con frescos de sus propias victorias.
Estatuas suyas, en mármol blanco y oro, la mostraban con túnicas alzadas, cetros en mano, pies sobre dragones derrotados y reyes vencidos.
Al llegar a la entrada de los jardines imperiales, las puertas se abrieron como si el mismísimo cielo le cediera el paso.
El aire olía a mirra y al dulce perfume de cientos de rosas floreciendo.
Rosas carmesí, como heridas abiertas en la tierra fértil de Roma.
Nero sonrió con ternura… pero sus pensamientos no eran puros.
Caminó entre los rosales como si fuera una doncella soñadora, tocando los pétalos con dedos suaves, inhalando profundamente su fragancia.
Pero en su mente, las rosas eran otra cosa.
Eran látigos.
Eran cadenas.
Eran grilletes de oro.
—¿Te gustarán las rosas, pequeño bárbaro?
—susurró para sí—.
¿O acaso solo conoces el olor de la sangre y el lodo de tus tierras malditas?
Sus labios se curvaron con un placer enfermizo.
—Encadenado… sí.
Atado como un perro.
umu Tus ojos mirándome con furia, resistiéndote… y luego, cuando la voluntad se rompa… cuando tu alma se curve como tu espalda bajo el látigo… ahí, umu, en ese instante… ¡ahí serás mío de verdad!
Nero se detuvo, apoyando la espalda en el tronco de un ciprés alto.
Cerró los ojos.
Su respiración se hizo más pesada.
Imaginó a Tn arrodillado, el torso desnudo marcado por las correas de cuero, el sudor bajando por su piel endurecida, la mirada aún salvaje, pero domesticada a medias.
El corazón de Nero latía como un tambor de guerra.
—Ah… ah, Calígula…
tú sabías de esto, ¿no?
—dijo, tocando su pecho con una mano temblorosa—.
Esa llama… ese latido… es lo que separa a los vivos de los cadáveres glorificados.
Se inclinó, recogió una rosa, y la sostuvo frente a sus ojos.
—Roma me pertenece.
El mundo me pertenece.
Y él también me pertenecerá.
Como una rosa arrancada de la tierra bárbara para florecer aquí… bajo mis pies, bajo mi sombra, bajo mis leyes.
Clavó una uña en el tallo.
Una gota de sangre emergió y resbaló por su dedo.
Nero la llevó a su boca, saboreando el hierro dulce.
—Umu…
incluso el dolor puede ser hermoso si yo lo decido.
Suspiró, profundamente.
El viento movía su túnica, acariciando su piel con el frescor de la tarde.
La visión de Tn, encadenado en la penumbra de su alcoba, arrodillado y jadeante, ya no era una posibilidad.
Era un destino inevitable.
La luz del sol se filtraba a través de los ventanales altos cuando los guardias arrastraron a Tn por un pasillo de mármol blanco, cubierto de frescos dorados que glorificaban conquistas romanas… algunas de las cuales él mismo había presenciado en carne propia.
No entendía el idioma por completo, pero sí las risas burlonas, las miradas altivas, el lenguaje universal del desprecio.
—Aquí se lavan a las bestias antes de servirlas al palacio, —murmuró uno de los guardias, empujándolo sin piedad hacia una cámara húmeda donde el vapor ascendía en espirales danzantes.
Tn fue arrojado sin ceremonia dentro de una fuente de agua tibia, su cuerpo golpeando el borde con un crujido sordo.
El calor del agua no aliviaba nada.
No su furia, no su orgullo roto.
Al instante, varias sirvientas esclavas se acercaron, con túnicas translúcidas y miradas apagadas.
No hablaron.
Solo actuaron.
Manos frías, ágiles y sin emociones empezaron a despojarlo de sus harapos.
Rasgaron las telas sucias y ensangrentadas como si fueran piel muerta.
No hubo pudor, ni ternura.
Solo eficiencia.
Tn gruñó, resistiéndose al principio, su instinto gritando que debía escapar, pelear, buscar a la mujer que había destruido su tribu… y hacerla sangrar.
Pero bastó una mirada alrededor.
Seis guardias romanos, bien armados, con lanzas alzadas, ojos fríos.
Y más allá, quizás otros diez.
Todos listos para actuar.
No, no podía vencerlos.
No en ese momento.
No con cadenas aún pesando sobre sus muñecas.
Maldijo en su lengua natal, una maldición ancestral, y se dejó caer contra la piedra de la fuente, resignado a la humillación momentánea.
Las sirvientas le lavaron el cabello, le limpiaron las heridas con vinagre, lo enjabonaron con aceites perfumados de incienso y mirra.
Él se mantenía tenso como una fiera atrapada, con los ojos clavados en el techo abovedado, mordiendo el interior de su mejilla para no gruñir.
Una de las jóvenes, con manos temblorosas, trató de secarle el rostro con una toalla bordada.
Tn la miró.
Por un instante, creyó ver algo en sus ojos.
¿Compasión?
¿Miedo?
Pero no importaba.
Nada importaba.
Porque después, vinieron las cadenas.
—¡Muévete, bestia!
—le gritó uno de los centuriones mientras ajustaban los grilletes de bronce sobre sus muñecas y tobillos recién lavados.
El sonido del metal chocando contra sí mismo era ahora el nuevo tambor de guerra.
Lo encadenaron como a un animal sagrado a punto de ser sacrificado, con argollas incrustadas en la piedra del piso.
Y entonces lo llevaron.
Las puertas se abrieron.
Altas.
Majestuosas.
Decoradas con oro y marfil.
Los aposentos imperiales no eran una simple habitación.
Eran un templo a la vanidad.
Un altar construido para una emperatriz que se creía flor, diosa y verdugo.
El suelo estaba cubierto con alfombras escarlata y los muros respiraban poder.
El aire olía a incienso de rosas y uvas dulces.
En el centro, un gran diván vacío, rodeado por columnas.
Ahí lo arrojaron.
El sonido del cuerpo golpeando la alfombra fue ahogado, pero no así el orgullo herido.
—Quédate ahí.
No hables.
No te muevas.
—dijo uno de los guardias, clavándole el extremo del arma en el abdomen para dejar clara su advertencia.
—La emperatriz vendrá cuando lo desee.
Y cuando eso ocurra, no tolerará desobediencia —añadió otro, mientras ajustaba una última cadena a un anillo de hierro empotrado en el suelo.
Tn apretó los dientes.
Quería escupirles.
Quería romper sus huesos.
Pero sabía que solo aceleraría su ejecución.
No… no aún.
Así que cayó de rodillas.
El cuerpo tenso, los brazos detrás de la espalda, la mirada baja, pero el corazón ardiendo como una forja.
Pensó en su hermana.
En su madre.
En los cuerpos sin vida entre el barro de su aldea.
En los estandartes romanos ondeando entre las ruinas.
—Vendrás, emperatriz…
y cuando lo hagas, verás lo que has creado.
No un esclavo.
No un juguete.
Una bestia en silencio… esperando el momento de morder.
Y así, en medio del lujo, la humillación y el silencio, Tn esperó.
Encadenado.
Desnudo de poder, pero no de voluntad.
La emperatriz llegaría.
Y cuando lo hiciera… el juego comenzaría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com