Waifu yandere(Collection) - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 Artoria lancer and alter fgo
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55: Artoria lancer and alter (fgo) 55: Artoria lancer and alter (fgo) Las llamas aún bailaban en los escombros.
El hielo de la tundra antártica rodeaba la base, pero el corazón de Chaldea ardía como si el infierno se hubiera soltado desde dentro.
Había sido un atentado.
Nadie lo quiso decir en voz alta al principio, pero el nombre se repitió en los pasillos, entre dientes, como un susurro maldito: Flauros.
La criatura había saboteado el núcleo central de energía espiritual.
Una explosión devastadora, y luego, silencio.
Muchos de los candidatos a Maestro murieron.
Algunos quedaron atrapados entre vigas incandescentes.
Otros fueron calcinados por la onda expansiva.
Ritsuka Fujimaru, el supuesto “último recurso” de la humanidad…
corrió.
Trató de huir antes de que el infierno se desatara, tropezó…
y murió solo.
A nadie pareció importarle.
Solo otra promesa vacía.
Pero Tn sobrevivió.
Tenía el rostro cubierto de ceniza, una herida abierta en el costado, y una mezcla de sangre y lágrimas nublándole la visión.
Romani lo había encontrado a medio camino del laboratorio de Rayshift, arrastrándose con los brazos mientras su pierna derecha colgaba inútil.
No lloraba.
No gritaba.
Solo murmuraba una palabra, una y otra vez-¿Por qué sigo aquí…?
Romani le estabilizó lo mejor que pudo.
Las instalaciones médicas estaban saturadas.
Da Vinci lo cubrió con una manta térmica y se apartó.
Tenían problemas mayores.
El corazón de Chaldea estaba roto.
A pesar de todo, la Singularidad seguía activa.
Una anomalía masiva se detectaba en el sistema de observación espiritual.
Una fractura temporal con un nodo fijo: el año 1273, localizado en la región de Britania.
Tierra maldita.
Energía mágica fuera de escala.
Presencia de Héroes Confirmados.
Pero Olga Marie, quien por milagro había sobrevivido (aunque con la mitad del rostro vendado y la mirada endurecida), alzó la voz con dureza-¡Ningún Rayshift!
¡Nadie más va a morir hasta que estabilicemos Chaldea!
¡La Operación Grand Order queda suspendida!
Los días siguientes fueron un desfile de gritos, heridos y cadáveres.
Muchos Servants vinculados a los Maestros fallecidos habían desaparecido.
Otros, como Mash, seguían estables, aunque sin vínculo espiritual.
Algunos candidatos aún respiraban, pero permanecían en quirófano, entre la vida y la muerte.
Tn fue de los primeros en volver a caminar.
Aunque cojeaba, su mirada no tenía odio…
solo una calma aterradora.
Observaba.
Callaba.
Escuchaba.
Él no había sido el elegido.
Nunca lo fue.
Pero ahora era el único que quedaba.
Da Vinci lo llamó una noche al observatorio.
-Tn, necesito que veas esto.
Las pantallas mostraban una distorsión.
Britania.
Cielo rojo.
Un castillo suspendido en el aire.
Y en el centro de todo…
una figura femenina, con armadura negra, una lanza que destilaba odio, y ojos que miraban directamente a través del monitor, como si supiera que alguien la observaba.
-Artoria Pendragon…
clase Lancer…
Alterada.
No debería estar viva en este punto del tiempo.
Tn inclinó la cabeza.
-¿Qué hace ahí?
Da Vinci frunció el ceño.
-Ella gobierna esa tierra.
Como si fuera suya.
Como si…
ella causara la singularidad.
En lo profundo de su mente, Tn sintió algo quebrarse.
Un nombre susurrado por la lanza.
Un eco sin tiempo.
-Ven, elegido.
El frío de la instalación ya no venía del clima antártico.
Era un frío interno, humano, algo que se instalaba en la médula de cada sobreviviente como un parásito invisible: el agotamiento.
La Sala de Comando, antes luminosa, estaba bañada en luz roja de emergencia.
Paneles agrietados.
Cables colgando como venas abiertas.
Ventiladores apenas girando.
Chaldea ya no era un bastión de salvación.
Era un cuerpo herido que sangraba lento.
Olga Marie Animusphere estaba parada frente a una de las consolas, su único ojo visible reflejando las fluctuaciones de maná en la pantalla.
La otra mitad de su rostro estaba cubierta por una venda manchada de sangre seca.
No dormía desde la explosión.
No podía permitirse ese lujo.
Da Vinci se le acercó con pasos cortos y rápidos, su bata salpicada de aceite y quemaduras leves.
Traía un informe en una tablet agrietada.
-La Singularidad sigue estable…
pero activa.
Y creciendo.
Aparecieron señales de Servants esta mañana.
Al menos tres…
aunque la señal central sigue siendo esa.
Olga ni siquiera giró la cabeza.
-¿Cuál es el nodo?
-Britania.
Siglo XIII.
-Otra vez…
el Rey Arturo.
-No exactamente.
El dedo de Da Vinci tocó el mapa tridimensional.
La imagen se reconstruyó: una isla flotante sobre tierra maldita.
Estandartes negros.
Una niebla púrpura cubriendo castillos que no deberían existir.
Y en el centro, una figura solitaria sobre un trono de acero y huesos.
La lanza en su mano chispeaba con una energía oscura, y su mirada…
Olga sintió un escalofrío.
-¿Quién es ella?
Da Vinci tragó saliva.
-Clase Lancer.
Nombre: Artoria Pendragon.
Registro: Desconocido.
No existe en las bases de datos.
-¿Alter?
-Mucho más.
Esto no es una simple inversión de alineación.
Es como si…
todo ese mundo hubiera sido moldeado para ella.
Como si fuera su sueño…
o su tumba.
Olga murmuró algo entre dientes.
Nadie lo entendió.
Quizá fue una maldición.
O una súplica.
-No tenemos Maestros listos.
No podemos arriesgar un Rayshift a ciegas -dijo al fin.
Da Vinci se encogió de hombros.
-No tenemos opciones.
Si no contenemos esa Singularidad, crecerá.
La línea temporal ya comenzó a doblarse.
La Segunda Guerra Mundial está empezando en el siglo XIV.
Y hay referencias al Imperio Romano combatiendo en las Highlands.
Es una locura.
-¡Y qué quieres que haga, Da Vinci!
¡Romani no ha dormido en dos días!
¡Los Maestros están en coma!
¡Tn…!
La voz de Olga se quebró.
Miró de reojo hacia la sala contigua.
A través del cristal, vio a Tn.
Sentado en una silla metálica, con la pierna vendada y un suero conectado al brazo.
Estaba solo, observando las gráficas flotantes de la Singularidad.
No hablaba.
No pedía ayuda.
No mostraba miedo.
Solo observaba.
Trastornado.
Da Vinci bajó la voz.
-Está caminando.
Respira.
Tiene un núcleo mágico estable.
Y…
ella lo está mirando, Olga.
-¿Qué?
-Artoria.
Esa Lancer Alter.
No ha dejado de mirar hacia la dirección de Chaldea desde que apareció.
En el otro cuarto, Tn se levantó con esfuerzo.
Se acercó al monitor.
La imagen mostraba a la figura del trono.
Ella estaba ahí.
En silencio.
Inmóvil.
Y sin embargo…
Giró la cabeza.
Y lo miró.
A través de la pantalla.
A través del tiempo.
Como si lo reconociera.
-Ahí estás…
-susurró una voz en su mente.
Femenina.
Firme.
Vacía de duda.
Tn retrocedió.
Por un instante, el monitor se distorsionó.
Su reflejo apareció al lado de ella.
Como un eco.
Como si ya estuviera allí, de rodillas, frente al trono.
Romani entró poco después, exhausto, con un informe en la mano.
-Tn.
Lo siento.
No quiero pedirte esto.
Pero…
eres el único.
Tn no respondió.
Solo miró al doctor…
y luego a la pantalla.
La lanza de la reina seguía en alto.
Tn estaba callado.
Demasiado callado.
Pero no era por timidez.
No por obediencia.
Y desde luego, no por indiferencia.
Era miedo.
Era el eco del vidrio rompiéndose, del metal retorcido, del grito de un joven que corrió antes de que el suelo se partiera en dos.
Tn lo había visto.
Vio su espalda al alejarse.
Vio cómo lo empujaba para abrirse paso mientras las alarmas comenzaban a sonar.
Y luego solo hubo fuego, y un rugido como el de un dragón de concreto y acero.
Había perdido audición por un día entero.
Romani le había dicho que era suerte estar vivo.
Pero en sus ojos no había alegría.
Solo culpa, envuelta en bata blanca y ojeras de tres noches.
Tn no era cualquiera.
Había sido un candidato irregular, cierto…
Pero poseía un linaje mágico reconocido en los círculos internos de la Torre del Reloj, particularmente del Departamento de Geomancia y Vida.
Su sangre venía de los Andes, donde las viejas magias de la tierra aún dormían en volcanes apagados y ruinas selladas con plata.
Su familia era antigua, aunque no influyente.
Criado entre rituales olvidados, ofrendas al sol y pactos con espíritus de lluvia.
Una tradición sudamericana mixta, que había logrado sobrevivir al desprecio europeo gracias a su precisión en el control del maná terrestre.
Y a su obsesiva ética.
“No abras puertas que no estés dispuesto a sellar”, le repetían de niño.
Ahora estaba en Chaldea.
Y el mundo entero había sido incinerado.
No entendía el cómo.
Ni el por qué..
Solo sabía que la humanidad…
como concepto, como continuidad, como idea…
había sido borrada.
El sistema leyó su código genético.
Su circuito mágico.
Su nombre sellado en registros arcanos.
Y aún así, él era tan humano como los demás.
¿Por qué él había sobrevivido?
¿Por qué los demás gritaban tanto…
y ahora no gritaban en absoluto?
En su habitación provisional -una enfermería con olor a quemado y sangre coagulada- Tn se sentó en el suelo.
No en la cama.
No podía dormir en la cama.
Ahí había muerto uno de los técnicos que intentó cubrir la explosión con su cuerpo.
Su sangre se había filtrado por la costura.
Nadie la limpió bien.
Él la veía.
La sentía.
Olía el campo quemado.
Cerró los ojos.
Su pulso era irregular.
No por debilidad.
Sino por los recuerdos.
Había visto algo en medio del estallido.
Algo como un ojo flotando en el cielo, hecho de llamas negras.
Y luego…
nada.
Solo el crujir de la carne, las paredes derrumbándose, el chillido de los servidores mágicos al sobrecargarse.
Ahora estaba solo.
Era fuerte.
Pero el silencio pesaba más que cualquier herida.
Romani le había ofrecido sedantes.
Él se negó.
Tenía que estar despierto.
No podía permitirse dormir cuando el mundo afuera ya no soñaba.
En una de las pantallas, un monitor repetía en bucle los registros de energía.
Chaldea lo había detectado.
Una anomalía creciente.
Una Singularidad que podía tragarse el tiempo mismo.
Y en el fondo, esa pregunta que no podía sacarse de la cabeza: ¿Qué clase de ser pudo incinerar la historia de la humanidad sin que nadie lo viera venir?
Tn cerró los ojos, y pensó en su familia.
En las montañas.
En los viejos sellos de piedra que tanto respeto exigían.
Ahora todo eso estaba muerto.
Y él.
Él era lo único que quedaba.
[Singularidad] El cielo estaba roto.
Las nubes no flotaban, sino que se retorcían como serpientes atrapadas en un bucle eterno de tormenta.
Truenos sin sonido sacudían la atmósfera.
El viento no era viento: era ira con forma de aire.
Y en el centro de ese mundo ahogado, una fortaleza flotaba sobre los restos de lo que alguna vez fue Britania.
No quedaba nada de la isla.
No piedra.
No río.
No bosque.
Solo cenizas…
y una lanza, aún clavada en la tierra como si el Rey mismo deseara que su castigo jamás terminara.
Artoria, el Rey de las Tormentas, se sentaba en el trono de una ciudad que ya no existía.
El trono ya no tenía base.
La sala era apenas un marco destrozado de columnas colapsadas, sostenidas por la voluntad de una diosa derrotada.
Su armadura estaba sucia, resquebrajada, ennegrecida por el fuego divino.
Su rostro…
oculto por su casco.
Pero su mirada ardía como un cielo antes del diluvio.
Ella no debería existir.
La historia ya la había enterrado.
Los anales del tiempo marcaban la caída de Britania tras una brutal invasión bárbara.
Una tierra rodeada por enemigos.
Un reino sitiado por tribus sin piedad.
Pero Artoria no se rindió.
No…
Ella tomó la lanza.
Rhongomyniad.
La lanza sagrada que sostenía el mundo, que conectaba lo mortal con lo divino.
Una reliquia tan antigua que incluso el Rey Dragón temía su uso.
Y ella la usó.
La usó sin límites.
La desató como una tormenta sobre sus enemigos.
Los bárbaros murieron.
Desaparecieron.
Ni sus huesos quedaron.
Pero también Britania ardió.
Montañas rotas.
Ríos evaporados.
Bosques calcinados.
Gente incinerada, reducida a sombras pegadas al suelo.
El Rey, en su desesperación, había matado todo lo que deseaba proteger.
Sus caballeros la miraron…
y huyeron.
Bedivere lloró sangre antes de arrojar su espada.
Gawain la llamó monstruo y desapareció sin dejar rastro.
Lancelot ya no volvió del lago.
Y Merlin, ese bastardo de sonrisas ambiguas, se desvaneció sin una sola palabra.
Ni reproche.
Ni consuelo.
Artoria fue abandonada por todos.
Y en su soledad, el Grial le habló.
No con palabras.
Sino con ecos.
Con visiones.
Le mostró un faro, lejano, en otro mundo, fuera del flujo.
Una luz artificial, suspendida en la nada.
Chaldea.
La esperanza de volver atrás.
De arreglar su error.
De rehacer la historia.
Pero apareció el Fallo.
El caballero roto, el único que no huyó…
porque ya no tenía voluntad.
Una amalgama de armadura sin rostro y alma rota que la acusaba sin hablar.
Cada noche, la miraba desde el fondo de la fortaleza, de pie entre los escombros, inmóvil como una estatua.
Como si su odio fuera una tumba que se negaba a ser sellada.
Ahora, el Rey de las Tormentas miraba el horizonte.
Donde la tormenta jamás terminaba.
Donde ningún sol nacía.
Sentada, inmóvil.
Como si esperara una orden que nunca llegaría.
Pero algo había cambiado.
La lanza vibraba en la distancia.
El aire había cambiado de sabor.
Y el Grial…
el Grial latía.
“Viene alguien.” “Otro intruso del mundo roto.” “Uno que no tiene nombre en mi historia.” El casco de Artoria crujió mientras alzaba la cabeza.
-¿A qué clase de desesperado enviará el faro esta vez?
Y por primera vez en siglos, se puso de pie.
Las luces parpadeaban.
El pasillo principal de Chaldea aún olía a ozono quemado y sangre reciente.
Cada rincón era un recuerdo del atentado que casi los aniquila.
Las paredes aún mostraban grietas, y los monitores seguían lanzando advertencias que nadie tenía fuerzas para responder.
Olga, con un vendaje cubriendo su ojo izquierdo y parte del rostro, se mantenía firme frente a la consola central del cuarto de invocación.
Su rostro estaba más pálido de lo habitual, el sudor se acumulaba en su frente, y sus manos temblaban muy ligeramente.
No dormía desde el ataque.
No comía desde que vio los cuerpos del Equipo A cubiertos por sábanas médicas.
Y aun así, se negaba a caer.
Da Vinci apareció detrás de ella, arrastrando una caja de herramientas, con su habitual sonrisa disminuida a una línea cansada.
-La estabilidad del sistema de invocación está regresando…
por ahora -murmuró mientras sus dedos se deslizaban por los controles-.
Pero si quieres Servants, vamos a necesitar más que suerte.
-No tenemos tiempo para esperar a que la suerte nos abrace -escupió Olga, pero una punzada como fuego le atravesó el cráneo, justo detrás del vendaje.
Se tambaleó y se sostuvo de la consola.
Da Vinci la atrapó antes de que cayera.
-Estás forzando tu cuerpo.
Esa herida no es superficial.
-No tengo tiempo de ser débil -murmuró Olga con voz baja, ronca.
Se liberó bruscamente del agarre de Da Vinci, sin mirarla.
-¿Cómo están los candidatos?
Da Vinci suspiró y cargó los registros.
En las pantallas flotantes aparecieron los archivos de los ocho candidatos activos.
Cinco mujeres.
Dos hombres.
Y Tn.
-Siete de ellos están en recuperación, pero en condiciones razonables -dijo Da Vinci-.
Solo dos pasaron las últimas pruebas físicas.
El resto tiene fatiga mágica, desequilibrio mental…
o trauma.
-¿Y el octavo?
-Olga preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Da Vinci la miró de reojo.
-Tn aún sufre de un trastorno disociativo leve.
Es funcional, pero retraído.
Su cuerpo está bien.
Su mente…
quizás no tanto.
-Un magus de la Torre del Reloj -dijo Olga-.
Graduado, con experiencia en la manipulación de líneas mágicas antiguas.
Su familia trabajaba con sellos espirituales vinculados a las selvas de Sudamérica.
¿Sabes lo que eso significa?
-Que es peligroso si se rompe.
O útil si se mantiene firme.
-Exactamente -susurró Olga mientras contemplaba el perfil de Tn.
En la imagen, el joven de cabello algo largo estaba sentado en una camilla, mirando en silencio un monitor, ajeno a los murmullos y al caos que lo rodeaban.
No hablaba mucho.
No pedía nada.
Pero cada vez que lo observaban, estaba entendiendo más que los demás.
-¿Y Mash?
-preguntó Olga tras un instante.
Da Vinci negó suavemente con la cabeza.
-Romani no permite que se levante.
Su fusión espiritual está estable, pero incompleta.
Se niega a activarla sin una razón absoluta.
-Tenemos una singularidad activa.
Eso es una razón.
-No para él -respondió Da Vinci mientras cruzaba los brazos-.
No quiere arriesgarla.
Y sinceramente…
tampoco deberías quererlo tú.
¿Recuerdas lo que hizo la lanza a esa línea temporal?
Olga apretó los dientes.
Una línea roja surgió desde el vendaje de su rostro, como si su ojo herido reaccionara al recordar ese nombre.
-Entonces tendremos que enviar a alguien.
Aunque sea solo.
Aunque esté roto.
Aunque no vuelva.
Su mirada recorrió la lista.
Uno de los varones tenía pánico mágico.
Una mujer tenía un brazo prostético que aún no funcionaba.
Otro tenía síntomas de pérdida de memoria.
Y entonces, estaba Tn.
El más silencioso.
El que no estaba tan jodido.
Pero cuyos ojos…
observaban demasiado.
-Él -dijo Olga al fin, con una decisión seca y temblorosa.
-¿Tn?
-Está lo suficientemente entero.
No tengo el lujo de esperar a un héroe.
Me basta con alguien que sepa escuchar, que no pierda la cabeza y que no huya como Fujimaru.
La mención del nombre hizo que Da Vinci desviara la mirada.
-Estamos tan malditamente desesperados que un simio nos serviria-susurró ella con rabia contenida.
Desde el otro lado del vidrio, Tn levantó la cabeza, como si pudiera oír cada palabra a través de los muros.
Sus ojos se enfocaron en el rayo que salía del monitor, indicando la posición de la singularidad.
Una tierra devastada.
Una lanza clavada en el mundo.
Un cielo de tormentas.
La enfermería olía a desinfectante y sangre reciente.
Tn había estado recostado durante horas, en silencio, con la mirada fija en el techo fracturado.
Aun sentía la explosión en su piel.
Aun escuchaba el rugido del fuego que devoró la humanidad desde las costas hasta las montañas.
Un error mágico.
Un error global.
Una extinción.
La Torre del Reloj no tenía precedentes para esto.
Pero él sí.
Lo vio todo.
El sonido del monitor se encendió con un leve zumbido.
-Tn -la voz de Olga Marie sonó quebrada pero firme-.
Preséntate en la sala de comando.
No hubo emoción en su voz.
Solo órdenes.
Solo necesidad.
Tn se levantó, se calzó los zapatos sin prisa y caminó por los corredores desiertos de Chaldea.
A su paso, las luces fallaban.
Las puertas se abrían con retardo.
Los techos aún tenían polvo suspendido en el aire.
La sala de control apenas contenía vida.
Los monitores parpadeaban con imágenes a medio cargar.
Varias consolas estaban apagadas o funcionando a medias, con chispas ocasionales emergiendo de conexiones forzadas.
El corazón de Chaldea latía débil, sostenido por voluntad más que por tecnología.
Tn entró sin emitir palabra, su andar lento aún marcado por los efectos de la explosión.
No había sido el más fuerte, ni el más brillante…
pero sí uno de los pocos que aún podía caminar.
Eso bastaba.
En la sala ya estaban Olga Marie, Da Vinci y, entrando segundos después, un Romani Archaman que parecía más cadáver que hombre.
Su bata médica estaba manchada de sangre seca, su rostro pálido, sus ojos lejanos.
Se desplomó en una silla sin pronunciar saludo alguno.
Da Vinci lo miró, pero no dijo nada.
Había cosas que no necesitaban ser mencionadas.
No hoy.
Tn se sentó sin que nadie se lo pidiera.
No hacía preguntas.
No esperaba respuestas.
Solo respiraba.
Frente a ellos, Da Vinci proyectó un mapa en una de las pantallas todavía funcionales.
-Localizamos la singularidad -empezó, con voz neutra, como si estuviera dando parte de un accidente de tráfico-.
Britania.
Período Artúrico.
Pero…
no es como debería.
Olga frunció el ceño mientras se sostenía el lado izquierdo del rostro.
El vendaje que cubría su ojo estaba húmedo de sangre.
Un espasmo la sacudió, pero resistió.
-Define “no como debería”.
Da Vinci amplió el mapa.
La imagen mostró una tierra quemada, devastada.
En el centro de todo: una fortaleza flotante, sostenida por nubes negras y rayos constantes.
-No hay rastros de Camelot.
No hay ciudad.
No hay leyendas.
Solo ruinas…
y una presencia extremadamente poderosa.
El Grial está allí.
No sabemos en manos de quién.
Romani alzó la vista, por fin hablando-Enviar a alguien ahora es una locura…
Mash todavía está en observación.
Los demás están en condiciones críticas o inestables.
-¡Entonces usa al que puede caminar!
-estalló Olga, su voz quebrándose mientras la sangre bajaba por su mejilla desde el vendaje.
Silencio.
Todos miraron a Tn.
Un sobreviviente.
Un recurso.
Un posible mártir.
Da Vinci no discutió.
Ella entendía lo que era necesario.
-Tn…
la misión es sencilla: entra en la singularidad, localiza el Grial y recupéralo.
Si lo extraes, la anomalía colapsará por sí sola.
Chaldea necesita ese Grial…
no solo para restaurar el equilibrio.
Lo necesitamos para sobrevivir.
Romani cerró los ojos.
Había visto demasiadas misiones fallar.
Olga bajó la voz, exhalando dolor y determinación.
-Si mueres, que sea rápido.
Pero si sobrevives…
salva lo que queda.
Y sin más ceremonia…
la cuenta regresiva hacia lo desconocido comenzó.
Tn se ajustó el cinturón de seguridad del Rayshift Pod.
El zumbido mecánico llenaba la cápsula mientras los pocos técnicos disponibles calibraban lo justo para que no se desintegrara en tránsito.
No hubo ritual.
No hubo oración.
Solo el clic metálico de una compuerta cerrándose.
La cápsula vibró, y luego…
desapareció.
El aterrizaje fue brutal.
Tn cayó rodando por un suelo húmedo y ennegrecido, la hierba quemada crujía bajo su peso.
Un olor a ozono y cenizas llenaba el aire, mientras el cielo rugía con relámpagos que parecían estar vivos, cazando.
Chasqueó la mandíbula y se incorporó con esfuerzo.
No había animales.
No había viento.
Solo la tormenta.
Su comunicador chilló antes de estabilizarse.
-Aquí Olga.
¿Copias?
-la voz sonaba áspera, como si su ojo vendado siguiera molestándola.
Tn presionó el botón en su cuello.
-Tn.
Copio.
Estoy dentro.
Todo…
parece muerto.
Da Vinci intervino desde el otro canal, su tono más técnico: -Estás en la zona sur de lo que queda de Britania.
Las lecturas indican nula presencia de bestias mágicas.
Lo que sea que vivía aquí fue erradicado.
Por completo.
Tn escaneó el horizonte.
A lo lejos, sobre colinas quemadas, podía distinguir lo que alguna vez fue un bosque…
ahora reducido a troncos calcinados.
Más allá, en el cielo como una herida abierta, una fortaleza flotaba entre nubes oscuras.
Un rayo cayó y destrozó una montaña entera.
Sin previo aviso.
-Contacto visual con la estructura anómala.
Parece…
una base aérea.
No se mueve, pero el clima se concentra alrededor de ella.
-Ese es el centro de la singularidad -confirmó Da Vinci-.
Pero no te acerques todavía.
Olga, continúa tú.
El canal se mantuvo en silencio unos segundos.
Luego, la directora habló, con voz contenida: -No tenemos información clara sobre los Servants activos.
Hemos detectado formas leves, pero no se manifiestan por completo.
Pueden estar debilitados…
o esperando.
Evita contacto hasta que sepamos si son hostiles.
Prioridad: sigilo y análisis.
No eres un héroe, Tn.
Solo nuestros ojos en el campo.
Tn no respondió de inmediato.
Su mirada seguía fija en una figura que creía haber visto entre la niebla, en la cima de una colina: una silueta vestida de blanco con una lanza a su lado.
Pero cuando parpadeó…
ya no estaba.
Solo la lluvia.
Solo el ruido lejano de truenos.
-Entendido -susurró Tn, finalmente-.
Procederé con precaución.
Y comenzó a caminar.
A solas, entre las ruinas del mito.
(Como se pidio a artoria lancer y su version alter tengo que pensar como meterlas a ambas)
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