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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 56

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  4. Capítulo 56 - 56 Leonardo da Vinci part 4fgo
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56: Leonardo da Vinci part 4(fgo) 56: Leonardo da Vinci part 4(fgo) La definición de paraíso para muchos es…

Paisajes.

Tranquilidad o vicios vanos.

Yo era parte de ese grupo o eso creía.

Hasta que en una aburrida e infeliz noche de caza…

Un nuevo paraíso pareció delante de mi.

Inexistente hasta entonces.

Un paraíso que reía, lloraba se enojaba, que agradecía y simplemente hermoso.

A los cuatro vientos canto cual era su sueño cuan convencida estaba de hacerlo realidad.

A través de melodías que contenía el mensaje de su corazón.

Ridículo en su momento, y eventualmente tan adorable.

Me mira y me repite constantemente qué me enviará al paraiso….

Me río la veo y me pregunto de que esta hablando.

A qué paraíso tengo que ir si ya estoy con ella.

 Da Vinci acomodó suavemente la cabeza de Tn sobre sus muslos, con el mismo cuidado que un escultor tendría al colocar la última pieza en su obra maestra.

Se aseguró de que estuviera cómodo, que el calor del sol artificial lo abrazara, y que ni una sola brisa de ese mundo helado lo alcanzara.

Ella ya no quería dormir.

No podía.

El sueño aún pesaba como una losa sobre su pecho, tan vívido, tan real… Las sogas, la sangre seca en la comisura de sus labios, los gritos en latín, el filo de la hoja descendiendo bajo el juicio divino de hombres que no entendían la luz que brillaba en Tn.

Y lo peor… La expresión de aceptación en su rostro.

No miedo.

No odio.

Solo resignación.

Como si supiera que su fin era inevitable… y que ni siquiera ella vendría por él.

Da Vinci bajó la mirada hacia su rostro dormido.

Tn respiraba suavemente, su expresión era plácida, como si por fin hubiera hallado un rincón en el mundo donde pudiera bajar la guardia.

—Perdóname —susurró, su voz una brisa cálida—.

Por no haber estado ese día… por no haber quemado Roma entera si hacía falta.

Deslizó con cuidado un mechón de cabello oscuro de su frente.

El corazón le palpitó con fuerza.

Era hermoso.

Increíblemente hermoso.

No el tipo de belleza arrogante ni el tipo celestial que a veces ciertos Servants ostentaban, sino algo más íntimo, más humano.

Una belleza construida con silencios, con pinceladas, con gestos contenidos.

La clase de belleza que no grita, que no necesita atención, pero que una vez la ves… no puedes dejar de mirar.

El deseo de tener su cuaderno de bocetos la golpeó con fuerza.

Quería dibujarlo.

No como un proyecto, no como arte.

Como un gesto de amor silencioso.

Un retrato solo para ella, como los que hacen los amantes cuando el mundo duerme y todo lo que existe es ese instante robado a la eternidad.

Pero se mordió el labio.

No.

No iba a estropearlo.

No esta vez.

No lo iba a transformar en una idea ni en un trazo.

Tn ya había sido arrancado del mundo una vez.

Ahora, lo único que merecía… era paz.

Así que lo sostuvo, acariciando suavemente su cabello.

Lo escuchó respirar.

Sintió el peso de su confianza en sus piernas.

Y por primera vez en muchos años… No pensó en teorías, ni en invenciones, ni en fórmulas alquímicas.

Solo se permitió estar.

Allí.

Junto a él.

En ese mundo de cristal y luz solar, escondido del hielo eterno de Chaldea.

Permaneció así durante lo que sintió como una eternidad.

El tiempo se volvió irrelevante.

Y en su pecho, entre los restos de ese corazón herido por siglos de soledad, una semilla enterrada en lo más profundo de su alma empezó a latir.

Amor.

No el amor de carne o deseo.

Sino ese amor ancestral, puro, primitivo.

El que arde cuando dos almas se reconocen a través del tiempo, del fuego y del silencio.

—Nunca más permitiré que te quemen —murmuró, apenas audible.

Y entonces, como si lo hubiera escuchado en sueños, Tn suspiró suavemente… y su cuerpo se acurrucó un poco más en sus piernas.

Da Vinci cerró los ojos.

Pero no para dormir.

Solo para guardar ese momento.

Para congelarlo como una obra perfecta.

Como un recuerdo sagrado.

Da Vinci permanecía en silencio, sus dedos jugando distraídamente con un mechón de cabello de Tn.

El calor del sol artificial llenaba la sala, dándole un toque casi celestial a la escena.

El mundo entero parecía detenido.

A pesar de su paz, pensamientos fugaces cruzaban su mente como sombras en un espejo de agua.

Ideas…

poco éticas.

Un instante de desvarío donde imaginó su nombre unido al de Tn en un documento matrimonial.

Otro donde su imaginación —traviesa y traicionera— la llevó por caminos más carnales.

Pero sacudió la cabeza.

—No, no, no —se murmuró—.

¡Da Vinci!

¡Compórtate!

Se dio una palmada mental.

Él está durmiendo.

Está descansando.

No es momento para eso.

Tn no era una fantasía, ni una pieza decorativa.

Era su amigo.

Su mejor amigo.

Y eso debía bastar.

Fue entonces que los altavoces de Chaldea se encendieron con su molesto zumbido habitual.

—Sr.

Da Vinci, su presencia es requerida en el sector de— Un suspiro exasperado cruzó sus labios.

Da Vinci no movió ni un músculo, pero con un giro de muñeca activó el comunicador incrustado en su pulsera.

—Romani.

Soy yo.

Si vuelves a hacer que una sola notificación me interrumpa en los próximos minutos… Su voz bajó de tono, dulce como la miel y más venenosa que el arsénico.

—…me veré obligada a exponer todo tu historial de búsqueda en Google frente al comedor principal.

¿Nos entendemos?

Al otro lado hubo un largo y mortal silencio.

Luego, un jadeo ahogado.

—¡E-está bien!

¡No diré ni una palabra más!

¡Desconectaré los anuncios!

¡Borraré los mensajes!

¡Haz como si Chaldea no existiera!

—Romani chilló con desesperación—.

¡Solo no muestres lo de las enfermeras francesas del siglo XVIII!

Falso el buen Romani tenia tanta pornografia en los monitores que podria abastecer un pais entero con puro entretenimiento.

Da Vinci sonrió, satisfecha.

—Sabia decisión, doctor.

Cerró el canal y volvió a mirar a Tn.

Siguió acariciándole el cabello.

Ya nada más importaba.

Chaldea podía derrumbarse si quería.

El mundo podía congelarse del todo o estallar.

Su prioridad era él.

Ella no lo iba a dejar solo.

No otra vez.

No después de haberlo perdido una vez en el pasado.

No después de haberlo visto morir entre las manos de hombres que no comprendieron su luz.

El calor del momento, la cercanía de su cuerpo, el murmullo constante del viento de nieve tras las paredes de cristal… Todo le decía que ese lugar, ese instante, ese ahora, era sagrado.

—No eres un Servant más para mí —le susurró, sabiendo que, aunque dormido, él quizás la escuchara en algún rincón de sus sueños—.

Eres el último recuerdo de mi humanidad.

La chispa que encendía mis días, cuando todo lo demás era oscuridad.

Sus dedos se deslizaron por su frente, con ternura infinita.

—Y ahora… por fin… estás aquí.

Y en ese rincón escondido del mundo helado… Mientras todo Chaldea se detenía por miedo a romper ese instante…

Da Vinci, la genio, la creadora, la científica, la soñadora… Solo fue una mujer que se negaba a soltar la mano de aquel que una vez fue su mundo.

El suave murmullo de la sala de sol se quebró con un suspiro tranquilo y un leve bostezo.

Tn, con los párpados aún pesados y los cabellos algo desordenados, despertó sintiendo algo cálido y suave bajo su cabeza.

Durante un instante, no pensó.

Solo sintió.

Ese calor…

esa textura…

Abrió los ojos lentamente y, al reconocer las piernas de Da Vinci como su improvisada almohada, no pudo evitar una leve sonrisa, cansada pero genuina.

Era como aquella tarde lejana, en la vieja Italia, cuando ambos terminaron exhaustos tras horas de trabajo en el campo, y sin decir palabra se recostaron bajo un manzano a compartir el silencio.

Ese recuerdo, como un susurro dulce, cruzó su mente.

Se incorporó con calma, sus movimientos pausados como si temiera romper el momento.

Da Vinci lo observaba con atención, un pequeño brillo en los ojos, como si estuviera tratando de memorizar cada segundo.

Tn estiró los brazos con languidez, soltando otro leve bostezo.

Luego giró su rostro hacia ella.

—Buen día —dijo Da Vinci, con una voz baja, casi musical.

Tn asintió suavemente, sus ojos entrecerrados por la luz dorada.

Con una ternura inesperada, acarició con calma la cabeza de Da Vinci, sus dedos deslizándose entre su cabello castaño.

—Gracias…

por ser mi almohada —murmuró, con un dejo de afecto.

No era una broma, ni una burla.

Era una muestra de confianza.

De esa intimidad rara que solo compartes con alguien que fue parte de ti durante tanto tiempo que ya no sabes dónde termina uno y empieza el otro.

Da Vinci bajó la mirada, y por primera vez en mucho tiempo, se sonrojó de verdad.

Un leve temblor cruzó sus labios, indecisa entre reírse o esconderse detrás de alguna excusa técnica.

Pero no dijo nada al principio.

Solo desvió los ojos, como si de pronto sus propios sentimientos la sobrepasaran.

—¿Quieres… volver a mi taller?

—preguntó finalmente, recomponiéndose—.

O…

si prefieres, puedo mostrarte tu habitación.

Ya está lista.

Te la preparé justo como creo que te gustaría… Tn parpadeó.

No respondió de inmediato.

Miró a su alrededor, a ese jardín encantado encerrado en cristal, a la alfombra mullida, al falso cielo iluminado por el sol artificial…

y luego a Da Vinci, aún con el cabello desordenado y las mejillas ligeramente sonrojadas.

—Puedo ver mi habitación después —dijo finalmente, en voz baja—.

Pero… me gustaría ir contigo al taller.

Si no es molestia.

Da Vinci parpadeó, sorprendida.

Luego sonrió.

Fue una sonrisa pequeña, honesta.

Una que nacía del corazón, no de su ego o su genialidad.

—Por supuesto que no es molestia, tonto —bromeó con dulzura—.

Vamos, antes de que Romani vuelva a intentar llamarme y termine sin historial ni dignidad.

Ambos rieron.

Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, el aire alrededor de Tn no se sentía tan pesado.

Había luz en el mundo.

Aunque fuera artificial, aunque fuera prestada.

Porque Da Vinci estaba allí.

Y a su lado, incluso los días más fríos de Chaldea podían parecer primavera.

El largo pasillo de Chaldea se extendía ante ellos, brillando tenuemente con luces blancas como la nieve.

El aire era limpio, casi demasiado limpio, como todo lo demás en aquel santuario artificial.

Pero para Tn y Da Vinci, el paseo no era simple tránsito: era una memoria revivida.

—Verdad o pregunta —soltó Da Vinci con una sonrisa pícara mientras caminaban lado a lado.

Tn la miró de reojo, levantando apenas una ceja.

—¿Ya empezamos?

—¡Por supuesto!

Como en los viejos tiempos.

Vamos, el que se niegue a responder pierde el derecho a pedir postre en la cena —bromeó, girando sobre sus talones con una elegancia juguetona.

—…Pregunta —murmuró Tn.

—¿Recuerdas la vez que nos perdimos camino al mercado de la plaza y terminamos en el burdel de Madame Rosa?

—preguntó Da Vinci con una sonrisa traviesa.

Tn parpadeó lentamente.

—Recuerdo que tú fingiste ser una noble extraviada para que nos dieran vino gratis.

—¡Y tú te hiciste pasar por mi primo mudo!

—rió ella, dando una palmada.

—Era más sencillo que explicar por qué teníamos mapas y planos entre las ropas —dijo él con un suspiro casi nostálgico.

Ambos rieron en voz baja, esa risa compartida entre quienes llevan una historia en común.

Pero la calidez del momento se quebró con una sola presencia.

Al girar en una intersección del pasillo, los pasos de alguien se acercaron con prisa… y ahí, de pie bajo la luz blanca como una estatua viva, estaba ella.

Juana de Arco.

Clase: Archer.

Sus ojos celestes brillaban con esa mezcla de fe inquebrantable y entusiasmo puro.

Su atuendo era distinto del de la Santa original: un traje ágil y ligero de natacion, con tonos marinos y detalles plateados.

Pero el aura de santidad, de ardor y justicia, seguía flotando a su alrededor como incienso.

—¡Oh!

—exclamó Juana, alzando las manos—.

¡Tú debes ser el nuevo Servant!

¡Bienvenido!

Qué dicha conocerte.

Antes de que Tn pudiera siquiera reaccionar, Jeanne ya había acortado la distancia y, con una sonrisa radiante, tomó ambas manos de él entre las suyas.

Da Vinci sintió cómo algo dentro de ella…

crujía.

Instintivamente, dio un paso adelante y colocó un brazo entre ambos, resguardando a Tn tras de sí como si Jeanne fuese una amenaza tangible.

Su otra mano apretaba con fuerza el borde de su túnica, resistiendo el impulso —peligrosamente intenso— de invocar su Noble Phantasm ahí mismo.

—Estamos ocupados —dijo Da Vinci con una sonrisa tensa, los ojos afilados como bisturíes—.

De camino a mi taller, de hecho.

Trabajo importante.

Muy delicado.

Sumamente confidencial.

Gracias por el saludo.

Que tengas un día…

bendecido.

Jeanne parpadeó, ligeramente confundida, pero aún amable.

—Oh, claro, no quisiera entorpecer su agenda.

Solo quería dar la bienvenida.

¡Espero que podamos hablar más tarde, Tn!

Tn, aún con las manos sostenidas por la arquera, las retiró con delicadeza.

—Gracias…

por la bienvenida.

Su voz era neutra, cortés.

Pero Da Vinci reconoció esa expresión: Tn estaba siendo educado.

Nada más.

Con un elegante giro, Da Vinci lo tomó por el brazo como quien protege algo frágil y valioso, y lo llevó con rapidez por el pasillo, alejándose de Jeanne.

Una vez que estuvieron lo bastante lejos, Da Vinci murmuró por lo bajo, sin mirarlo: —Lo siento… no puedo evitarlo.

Hay algo en los que llevan ese tipo de…

fe…

que me da ganas de desmantelarles el alma átomo por átomo.

—Lo sé —respondió Tn suavemente.

Sus ojos no mostraban juicio, sino comprensión.

—No es solo por lo que hicieron contigo —añadió Da Vinci, deteniéndose un momento para observarlo—.

Es por lo que nos arrebataron a todos los que creamos belleza en una época donde ser libre de pensamiento era motivo de hoguera.

A ti, más que a nadie.

Tn bajó la mirada por un segundo.

Luego, con una sinceridad seca pero tierna, respondió—Nunca te juzgaría por eso.

Da Vinci sintió que algo se ablandaba en su pecho.

—…Gracias.

Siguieron caminando en silencio, pero esta vez el juego se había detenido.

No porque el momento fuera tenso, sino porque entre ellos ya no hacía falta hablar.

El taller de Da Vinci los esperaba.

El pasillo se extendía con serenidad mientras las luces suaves acompañaban los pasos de los dos genios.

Tn caminaba con las manos tras la espalda, observando los muros de Chaldea como si tratara de encontrar algo oculto entre sus estructuras asépticas.

Da Vinci, a su lado, sostenía su mirada al frente, aunque en su interior hervía un torbellino de pensamientos más caóticos que cualquier fórmula alquímica.

Tn no juzgaba a Da Vinci por su reacción.

Ni por su odio.

Muy en el fondo… él también lo compartía.

Su mente, fría y metódica, recordaba con precisión cómo clérigos envueltos en túnicas bordadas de oro habían incendiado estudios, confiscado instrumentos, prohibido textos y destruido modelos anatómicos que podrían haber salvado incontables vidas.

El recuerdo era una herida vieja, pero no cerrada.

El fuego que devoró sus avances también devoró la inocencia que alguna vez tuvo respecto al bien común.

La iglesia lo convirtió en mártir antes de que pudiera convertirse en leyenda.

Suspiró.

No valía la pena pensar en eso ahora.

No mientras caminaba junto a ella.

A su lado, Da Vinci apretaba ligeramente el paso.

No porque estuviera apurada.

Sino porque su mente aún seguía atrapada en lo que acababa de ocurrir.

“La zorra.” Así la llamó internamente, sin remordimiento alguno.

Esa sonrisa brillante, esa actitud piadosa, esa piel bronceada envuelta en un traje de baño ridículamente ceñido que dejaba tan poco a la imaginación.

Una representación perfecta de la hipocresía: pureza por fuera, presunción por dentro.

Claro que Jeanne de Arco era hermosa.

Desquiciantemente hermosa.

Esa silueta, esa confianza, ese tono de voz que parecía bendecido por ángeles.

Pero Da Vinci sabía la verdad.

Tn no era como los otros.

No era un hombre que babeaba por curvas o por sonrisas seductoras.

No era un animal que respondía al instinto.

Era…

distinto.

Era un hombre de ciencia.

De alma vasta.

De mirada profunda que solo se detenía en lo que valía la pena contemplar.

Él jamás se fijaría en alguien como Jeanne.

Porque Jeanne no era su igual.

Y eso, Da Vinci lo sabía con una certeza dolorosamente cálida.

—¿En qué piensas, Leonardo?

—preguntó Tn, alzando una ceja sin girar del todo la cabeza.

Da Vinci pestañeó, sobresaltada un instante, atrapada en medio de sus pensamientos.

Luego ladeó el rostro con su típica sonrisa serena, aunque algo cargada de ironía.

—Pensaba que los trajes de baño son una forma fascinante de propaganda visual —respondió con ligereza.

Tn la miró.

No dijo nada.

Pero la comisura de su labio se alzó apenas.

Un gesto minúsculo.

Ínfimo.

Pero para Da Vinci, ese gesto era más valioso que cualquier victoria bélica.

—Supongo que eso es un “sí” a volver al taller —dijo ella, retomando el paso mientras el umbral de su santuario se acercaba.

—Supongo que sí —repitió Tn, más para sí mismo que para ella.

La puerta se deslizó suavemente al entrar al taller, dejando atrás los pasillos de Chaldea.

Dentro, los planos, artefactos, pinturas y dispositivos de diseño imposible llenaban el aire con una energía que solo dos mentes como las suyas podían comprender.

La sinfonía del intelecto vibraba entre frascos de cristal, modelos mecánicos y libros abiertos con fórmulas garabateadas al margen.

Da Vinci se giró, lo miró fijamente unos segundos y, con una voz que salió más suave de lo que esperaba, le dijo: —Sabes… jamás te habrías fijado en alguien como ella, ¿cierto?

Tn la observó, sin sorpresa.

Simplemente la miró.

Y luego respondió, con una calma que helaba y reconfortaba a la vez—Mi mirada no busca cuerpos.

Solo almas afines.

Da Vinci bajó la cabeza un momento.

Su cabello cayó como un velo de luz sobre sus mejillas.

Y sonrió.

No dijo nada más.

No hacía falta.

En ese taller, entre la creación, los recuerdos y los silencios compartidos, no había espacio para falsedades, ni para trajes provocativos, ni para gestos impostados.

Solo dos almas.

Iguales.

La calma del taller se impregnaba como incienso suave, mezclado con el zumbido mecánico de sistemas activos y el destello tenue de monitores flotantes.

Da Vinci había adoptado una postura relajada, una pierna cruzada sobre la otra mientras maniobraba una de sus múltiples pantallas holográficas.

Su sonrisa seguía presente, pero había adquirido una ligera curvatura aguda, apenas perceptible… como el filo de una navaja oculta en una pluma.

A unos pasos, Tn estaba absorto en su propia búsqueda.

Había activado un mapa tridimensional de Chaldea, proyectado desde una delgada tableta en sus manos.

Con un dedo marcaba áreas vacías o poco transitadas, zonas que podrían convertirse en lienzos.

No necesitaba reconocimiento, solo espacio.

Espacio para pintar, para transformar aquel frío complejo en algo más humano.

Algo con alma.

—Este pasillo norte… tiene buena iluminación natural.

Podría funcionar —murmuró Tn, más para sí mismo que para ella.

Da Vinci lo observó desde el rabillo del ojo.

Su voz, su concentración… todo en él era metódico, medido, como un poema escrito con bisturí.

Pero Da Vinci conocía otra faceta de él.

Una que muy pocos podían ver: la de alguien que, aún con sus cicatrices, seguía intentando devolver belleza al mundo.

Pero ella… ella no podía permitirse ese lujo.

No cuando el mundo aún escondía veneno detrás de hábitos blancos y cruces doradas.

Sus dedos se deslizaron con precisión sobre su consola.

Una serie de cámaras, antes destinadas a vigilancia general, comenzaron a moverse silenciosamente.

Los mecanismos no emitieron más que un zumbido leve.

Ella redirigía una por una hacia zonas específicas de Chaldea… dormitorios y alas de entrenamiento donde residían Servants relacionados con la Iglesia.

—Solo vigilancia preventiva —se dijo a sí misma, con una falsa inocencia infantil mientras apretaba otro comando.

Una imagen se desplegó en su pantalla.

Santa Marta, en su habitación.

La mujer acababa de desvestirse sin pudor alguno, quedándose de pie, contemplando su reflejo como si estuviera en una catedral.

Da Vinci alzó una ceja.

Su mirada crítica no se dejó llevar por ningún impulso carnal.

Era desdén puro, frío, calculado.

—No eres una santa —murmuró, con voz baja y gélida como el mármol.

Las ideas en su mente empezaban a distorsionarse un poco.

No por locura, sino por resentimiento.

Un resentimiento que se había cocido lento, a fuego bajo, por siglos.

Aquellos que se presentaban como mártires y profetas… eran los mismos que habían destruido libros, oprimido pensadores, quemado cuerpos y borrado nombres del saber humano.

Y lo habían hecho en nombre de Dios.

Ahora, esos mismos “santos” caminaban por los pasillos de Chaldea.

Radiantes.

Elogiados.

Incluso pretendiendo extenderle la mano a alguien como Tn.

No.

No lo permitiría.

—Tú no lo ves, ¿cierto?

—murmuró, mirando a Tn a través del reflejo del monitor—.

Pero yo sí.

Ellos ven tu alma.

Y si no la entienden… intentarán encadenarla.

Cerró la pestaña de Santa Marta con un deslizamiento rápido, y activó un protocolo silencioso.

Códigos ocultos en el sistema de seguridad, escritos con su firma.

Cualquier movimiento inusual por parte de esos Servants sería registrado.

Cada palabra, cada reunión, cada gesto.

Y si alguna de ellas osaba intentar algo con él, Da Vinci no dudaría en hacer uso de su autoridad.

Mientras tanto, Tn seguía concentrado, dibujando con su dedo sobre la pantalla los espacios que pintaría.

Murales conceptuales, paisajes imposibles, estructuras que parecían existir entre el sueño y la memoria.

Da Vinci lo miró, y por un segundo… todo el veneno se desvaneció.

Su corazón vibró con una ternura tranquila.

—¿Sabes qué colores usarás primero?

—preguntó ella, alzando la voz suavemente.

Tn levantó la vista.

Sus ojos, grises como tormenta apagada, se iluminaron apenas.

—Tonos cálidos.

El gris de estos pasillos me recuerda a un hospital.

Da Vinci sonrió.

No había frase más suya que esa.

—Entonces comienza con fuego.

—dijo—.

Yo cuidaré las puertas mientras tú pintas las ventanas.

Tn asintió, sin cuestionar.

Y mientras él comenzaba a reunir los materiales para su arte, ella se dedicó a preparar la trinchera.

Porque Da Vinci era muchas cosas.

Inventora.

Artista.

Genio.

Pero ahora… era su guardiana.

Y si alguna vez la Santa Inquisición volvió a alzar la cabeza entre esos muros, entonces que sepan que esta vez… Leonardo da Vinci no volvería a morir en la hoguera.

Pasaron los minutos discutiendo sobre que murales pintar primero.

El ligero ruido del estomago pidiendo alimento, les dejo en claro que necesitaban alimento.

El brillo artificial del comedor de Chaldea era tenue, casi melancólico, reflejando la quietud de una base siempre en vigilancia.

Las luces frías no alcanzaban a disipar el ambiente gélido del lugar, aunque en ese instante dos figuras rompían con esa monotonía: Tn, sentado en una mesa del rincón más alejado, y Da Vinci, regresando de la zona de autoservicio con ambas bandejas entre las manos.

Conversaban antes de eso sobre los murales.

Tn quería plasmar una representación abstracta del flujo del tiempo como un río en reversa, y Da Vinci había sugerido añadir rostros humanos a la corriente, como símbolo del precio del conocimiento.

Aquello los mantuvo en un diálogo apasionado hasta que el crujido de sus estómagos venció la discusión.

—Te traje sopa caliente.

Con carne, no con esa cosa gelatinosa que sirve Boudica en los días festivos —murmuró Da Vinci mientras se acercaba.

Pero justo en ese momento, mientras Tn esperaba tranquilo, con la espalda recta y la mirada perdida en el patrón del suelo, Medb apareció.

Como siempre, su entrada no fue casual.

La Reina del Ulster caminaba con una seguridad que rayaba en la provocación, sus caderas ondulando con la cadencia de alguien que sabe que es observada… y que le gusta.

Su largo cabello rosa se mecía con cada paso, sus labios curvados en una sonrisa coqueta y peligrosa.

—Mmm… ¿y tú quién eres?

—preguntó, su tono seductor como miel derramada.

Tn parpadeó.

Su expresión permaneció neutra, pero era evidente que algo en él se tensó.

No por timidez, sino por incomodidad.

Aquella mujer lo miraba como si fuera un trofeo, un objeto.

Era una sensación que él conocía bien.

Y que detestaba.

—Soy Tn.

—¡Oh, misterioso!

Me encantan los hombres con secretos.

¿Estás ocupado ahora?

Porque tengo algo de tiempo libre… y tú pareces necesitar una guía en este lugar tan frío —dijo mientras apoyaba una mano en la mesa, muy cerca de la suya.

Entonces ocurrió.

¡THUMP!

Un golpe seco y cortante resonó en el comedor.

Las pocas charlas de otros Servants se apagaron como una vela al viento.

La bandeja metálica de Da Vinci cayó con fuerza sobre la mesa, dejando vibraciones en el aire.

Junto a ella, su presencia se impuso como una sombra colosal.

La mirada de Da Vinci era inhumana.

No de rabia, sino de algo mucho peor: control absoluto de su odio.

Fría, peligrosa.

Sus ojos brillaban con un fulgor contenido, como los de un depredador que se abstiene de matar solo porque aún no es el momento.

Medb giró la cabeza lentamente hacia ella.

Sus labios aún estaban curvados, pero su espalda se había tensado.

Da Vinci no hablaba.

No necesitaba hacerlo.

Todo en su rostro gritaba una sola cosa: “Te atreves a tocarlo… y terminarás sin dedos.” El silencio se volvió sofocante.

Finalmente, Medb rió con una nota nerviosa, alzando ambas manos en un gesto despreocupado.

—Vaya, vaya… qué territorial, Leo.

No sabía que eras de esas —dijo, girándose sobre sus talones—.

No hay problema.

Ya vendrá otro con menos escolta.

Y sin mirar atrás, la Reina se fue, su sonrisa desapareciendo apenas dobló la esquina.

Tn miró a Da Vinci en silencio mientras ella colocaba los platos con aparente calma.

Ella se sentó frente a él como si nada hubiese pasado, revolviendo su sopa con elegancia.

Sin embargo, su pulgar temblaba apenas perceptiblemente.

—Gracias por la intervención —dijo Tn, su voz suave, sin reproche.

Da Vinci alzó la mirada, esta vez más serena.

—No te preocupes.

Me niego a dejar que alguien como ella te use como entretenimiento.

Te mereces algo más que eso… y además, yo te vi primero.

Tn alzó una ceja, como si hubiera oído mal.

—¿Qué?

—Nada —respondió ella rápidamente, mordiéndose los labios antes de reír un poco—.

Solo prueba la sopa, tonto.

Antes de que se enfríe.

Tn obedeció, y aunque no sonrió, sus ojos sí brillaron con un poco más de vida.

Da Vinci bajó la mirada, tocando el borde de su cuchara con la yema de los dedos, y pensó: “Que intente acercarse otra…

y me encargaré personalmente de que sus Command Seals aparezcan en la lista de revocados.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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