Waifu yandere(Collection) - Capítulo 58
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Capítulo 58: artoria saber (fate)
Todo estaba destruido.
Los campos que una vez resonaron con canciones de victoria ahora yacían en silencio, cubiertos de ceniza y sangre. Las estandartes de Camelot, alguna vez gloriosos, flameaban rotos, desgarrados por el viento como heridas abiertas. Caballeros sin nombre reposaban sobre la tierra, sus cuerpos rígidos y sus ojos aún abiertos, como si no hubieran entendido siquiera cuándo cayó el último golpe. Caliburn, su primera espada, estaba rota. Excalibur, apenas brillando, yacía en el lodo como un juguete olvidado. Y ella… Artoria Pendragon, el Rey de las Leyendas, estaba de rodillas. Su armadura manchada de rojo, no por la gloria de la guerra, sino por el castigo de ser un rey sin redención. Frente a ella, el cuerpo de Mordred aún temblaba ligeramente, la lanza sagrada Rhongomyniad aún atravesando su torso. Su “hija”, su heredera ilegítima, su sombra, había caído no con honor, sino con rencor en sus labios. No hubo palabras de perdón. No hubo reconciliación. Solo silencio. Solo muerte.
La corona de oro rodó por los escalones rotos y se detuvo junto a un charco carmesí. No cayó por el peso. Cayó porque ya no significaba nada. Artoria alzó su rostro hacia el cielo gris, con la mirada vacía, más allá del dolor, más allá de la ira. No lloró. No gritó. Solo preguntó, con una voz tan débil como el susurro de un niño: “¿Por qué… yo…?”
Las respuestas llegaron como dagas invisibles, recuerdos que ardían como llamas negras. Merlín, su guía, su maestro, el mago blanco… el carcelero de su destino. Siempre había hablado en acertijos. Siempre había sonreído mientras la empujaba hacia un camino del cual nunca podría escapar. Nunca le dijo que Camelot nacería para morir. Nunca le advirtió que ella, el rey perfecto, sería la reina de la ruina. Morgan, su hermana, su reflejo distorsionado, nunca buscó amor ni comprensión, solo poder. Usó magia, mentiras y carne para tratar de arrebatarle el trono. En ella, Artoria vio su propia sangre… podrida. Quizás el pecado era hereditario. Quizás ella nunca fue apta para reinar.
Guinevere. La reina que Artoria había querido proteger. La imagen de nobleza, de fe… convertida en traición. No solo la traicionó como esposa, sino como símbolo. Y Lancelot… su caballero más fiel. El que había prometido que jamás la abandonaría. El que rompió sus votos en la oscuridad de una habitación donde el amor era mentira y el deber, una broma cruel. La escena se repetía en su mente una y otra vez: las manos de él sobre la piel de ella, las promesas susurradas al oído, las miradas compartidas a espaldas del rey. Una traición que dolía más que cualquier lanza.
Camelot no cayó en un día. Cayó cada vez que alguien que ella amaba decidió que su deber valía menos que su deseo. Cayó cada vez que la virtud fue cambiada por placer. Cayó con cada mentira, cada silencio, cada beso robado. Y ella, Artoria, el rey perfecto, fue la única que pagó el precio completo.
Ahora, entre los cuerpos, la sangre, la ceniza y el eco de juramentos rotos, Artoria permanecía sola. No había aplausos. No había canciones. Solo el murmullo del viento… y su propia respiración.
El cielo no respondió a su pregunta.
“Si no puedo ser el rey perfecto…”
Artoria se levantó lentamente entre los restos humeantes del campo de batalla. Su cuerpo crujía bajo el peso de la sangre seca, del acero mellado, de los pecados no dichos. En su puño tembloroso tomó a Excalibur, su hoja sagrada, la que había prometido proteger a todos… y que ahora solo servía como un cruel recordatorio de lo que había perdido. La envainó una última vez en Avalon, el relicario inmortal que detenía la muerte, la sangre y el tiempo. Pero no para sanar. No para regresar. Sino para huir.
A su lado, Sir Bedivere, el último de sus leales, gemía entre los restos de los suyos. El único que aún respiraba. Pero él no la vio irse. No supo que su rey aún caminaba entre los muertos. Artoria no le dirigió palabra alguna. Solo lo miró una última vez y pensó: “Deja que crean que caí. Que me fundí con la leyenda. Así será más fácil.”
Una epifanía, retorcida como una espina, nació en su mente. ¿Y si todo este tiempo había estado equivocada? ¿Y si el error fue pretender ser perfecta? ¿Y si nunca debió portar ese maldito trono? La idea era venenosa… pero dulce. Por primera vez, sintió el aire frío sin la carga del deber sobre sus hombros. Sintió una libertad dolorosa y cruel. La locura, suave como un murmullo de hada, latió en su pecho.
—”Está bien…” —susurró al viento, con una sonrisa marchita—. “Está bien si no soy el rey perfecto. Que otro tome el trono. Que alguien más guíe a Britania… porque yo ya no quiero cargar este cadáver de corona.”
Y así, sola, con el manto rasgado ondeando como una bandera de derrota, Artoria marchó. Sus pasos la guiaron, como en un sueño, hacia el lago encantado, donde su destino alguna vez fue sellado. El agua seguía tan tranquila, tan limpia… ajena al dolor de los hombres. Se arrodilló en la orilla, sacó a Excalibur de su vaina y la sostuvo frente a su reflejo. Lo que vio no fue un rey. No fue una santa. Fue una joven destrozada, con ojos vacíos y heridas que no cerraban.
—”Te devuelvo a la leyenda, vieja amiga” —dijo con voz apagada—. “Ya no merezco empuñarte.”
Y con un suspiro que parecía contener siglos, arrojó la espada al lago. Excalibur cruzó el aire como una estrella caída… y se hundió, sin una mano que viniera a recibirla. No hubo ninfa. No hubo milagro. Solo agua. Y silencio.
Artoria guardó Avalon contra su pecho, como si fuera un corazón que no quería perder. Y dio la espalda al lago sin mirar atrás.
Los días se volvieron semanas. Los rumores se esparcieron como peste. “Camelot ha caído”, decían las bocas sucias de los mercaderes. “El Rey León ha muerto”, cantaban los bardos, sin entender el peso de esas palabras. Los reinos vecinos —de Powys, Gales, Escocia y el este sajón— lo escucharon. Y como carroñeros sobre un cadáver, invadieron las ruinas. Quemaron lo que quedaba de los pueblos, saquearon los graneros, violaron los templos. Las piedras sagradas del reino fueron convertidas en trincheras para nuevos reyes de barro.
El pueblo de Britania, sin rey, sin esperanza, fue olvidado por los dioses. Muchos murieron esperando el regreso del Rey. Otros se vendieron a quien les ofreciera pan. La historia seguía. Pero la leyenda se quebró.
Y Artoria…
Artoria caminaba en las sombras de esa isla maldita, envuelta en un silencio cómplice, aferrada a la única certeza que le quedaba”Si yo no puedo salvar este mundo…Entonces no dejaré que nadie más lo tenga.”
Y así nació la llama negra de una voluntad torcida. No por justicia. No por honor.
Sino por una necesidad…
De que alguien, algún día… sufriera como ella sufrió.
Y en esa grieta… estaba esperando alguien. Alguien que la mirara no como rey. Sino como lo que era ahora.
Solo una sombra.
Hambrienta de atención.
De lealtad.
De amor retorcido.
Y pronto, ese alguien…
Los caminos eran sendas de barro, cubiertos por niebla y abandono. No había carretas ni soldados, solo raíces, espinas y cruces improvisadas marcando los cuerpos de campesinos devorados por la guerra. Artoria caminaba entre ellos, oculta bajo una capucha mugrienta, con los pies descalzos y las manos cubiertas de callos. Atrás quedó la armadura de plata, la capa regia, la corona invisible que todos veían cuando decían “Rey Arturo”. Ya no era más esa figura. Ahora solo era Artoria. Solo un nombre. Solo una sombra más entre las ruinas.
Se había cortado el cabello con una daga herrumbrosa, dejándolo desordenado, apenas rozando su nuca. No quería verse más en reflejos. No quería reconocerse. Cada hilo de oro cortado era como arrancar una pluma de un ángel caído. La sangre en sus dedos aún recordaba el filo. Se cubría con ropas de campesino: lino burdo, tela sin teñir, rota en los bordes. A nadie le importaba una joven delgada caminando sola. Y menos aún cuando su cuerpo no revelaba lo que era.
Porque Artoria no era como los demás. Nunca lo fue.
Su cuerpo, modificado por un hechizo de Merlin, compartía ambas naturalezas. Tenía un sexo masculino… y otro femenino. Una condición mágica, antinatural, destinada a un fin que ahora le parecía asqueroso: procrear. No como madre. No como padre. Sino como herramienta. Como símbolo viviente de unión perfecta entre rey y reina. Merlin, ese bastardo de sonrisa suave, lo justificó como necesario.
“Para que el linaje de Pendragon no muera, mi rey. Para que pueda engendrar sin importar quién sea su pareja. Así lo quiso el destino.”
Artoria había aceptado entonces. Callado. Porque el deber era más fuerte que la vergüenza. Pero ahora, al caminar sin nombre, sin corona, la verdad la golpeaba como latigazos invisibles.
—”Engendrar…” —escupió la palabra al aire con desprecio, mientras avanzaba entre zarzas—. “¿Para qué? ¿Para que crezcan hijos que me claven una lanza por la espalda como Mordred? ¿Para que me quiten el trono? ¿Para que Ginebra se acueste con mis caballeros y se justifique con lágrimas de nobleza?”
El sabor del rencor era amargo. Podía sentirlo en su lengua, como hierro oxidado.
Apretó el paquete escondido contra su pecho: Avalon, envuelta en trapos y piel curtida, la única reliquia que había mantenido. Su magia era silenciosa ahora, dormida, pero latía como un corazón que no quería morir. No podía dejarla atrás. No porque aún soñara con curarse… sino porque la necesitaba si deseaba sufrir sin morir.
Porque Artoria ya no temía al dolor.
Solo temía al olvido.
Los aldeanos la ignoraban, como se ignora al polvo en las botas. Algunos veían sus ojos y bajaban la mirada. No por miedo. Por incomodidad. Había algo en su presencia, incluso oculta, incluso sucia, que les recordaba algo más grande. Algo caído. Como mirar un león famélico enjaulado.
Los niños no se le acercaban.
Los perros no le ladraban.
Las hadas no le hablaban.
Una noche, en un bosque cerca del antiguo condado de Dumnonia, encendió una fogata. El humo se elevó en espiral, bailando entre ramas como un espectro. Artoria contempló sus manos. Llenas de tierra. Manchadas. Con cicatrices cruzando las palmas.
—”¿Qué soy ahora…?” —preguntó a nadie, con voz quebrada—. “No soy rey. No soy reina. No soy hombre. No soy mujer. No soy salvadora. No soy leyenda. Solo… carne que respira. ¿Es eso todo lo que queda de mí?”
Y por primera vez en mucho tiempo… lloró. No lágrimas regias. No llanto digno.
Lloró como un ser humano. Solo. Perdido. Roto.
Y mientras el fuego se apagaba, algo en su interior susurraba”Aún no es el final. Aún no has caído lo suficiente.”
La fogata había menguado a brasas apagadas. Artoria se sentó en cuclillas, envuelta en su capa de trapo, con los ojos cansados clavados en la leña humeante. El calor era débil, pero suficiente para mantener a raya el frío de la madrugada. El bosque que la rodeaba era silencioso, salvo por el crujir ocasional de una rama seca o el ulular distante de una lechuza que, quizá, la vigilaba desde las sombras.
Sus pensamientos eran más ruidosos que la noche.
—”No puedo quedarme aquí…” —murmuró, su voz áspera por la falta de uso—. “Britania… es una tumba. Mi tumba. Si permanezco, moriré entre las ruinas que yo misma levanté.”
Pensó en Irlanda. Las tierras de los druidas, de viejas alianzas rotas y aún más antiguos rencores. En Hispania, las costas lejanas donde se decía que las ciudades brillaban con templos dorados. Pensó en la Galia, en las provincias ahora invadidas por tribus bárbaras… y luego, más allá, la ruta de la seda, el mito de una tierra lejana que se extendía más allá del océano y del mundo que conocía.
—”Si tan solo pudiera…” —pero el pensamiento se ahogó en la realidad.
No tenía oro. No tenía joyas. No tenía una identidad que pudiera intercambiar por pan. Solo tenía Avalon, la vaina inmortal, envuelta y oculta entre sus cosas. No podía venderla. No por valor sentimental… sino porque era su única defensa. El último escudo contra el mundo.
Y sobre su cuerpo… no, ni siquiera consideró eso.
No podía usar su carne como moneda.
Aunque en la penumbra de sus pensamientos reconoció una verdad brutal: alguien podría pagar por ella. Su apariencia, si se lavaba, si se presentaba como uno u otro, despertaría curiosidad… o deseo. Pero no habría aceptación. No habría normalidad. Un ser como ella, con ambos sexos, sin reino, sin título… sería visto como un monstruo. Un demonio. Un producto de alquimia. Sería perseguida. Señalada. Usada.
—”No me convertiré en eso.” —espetó con rabia contenida—. “No soy un objeto. No soy una curiosidad de feria.”
Aunque la idea se desvanecía, el hambre no. Su estómago rugía con violencia, como un foso seco devorando aire. Ya no tenía raciones, ni siquiera pan duro o carne salada. Solo había tierra, hojas, y lo que pudiera encontrar entre los matorrales.
Así que se levantó. Se internó en el bosque, con pasos sigilosos y los ojos afilados como los de un lobo. Los nobles habían muerto. El banquete se había acabado. Ahora solo quedaban las sobras del mundo.
Cerca de un arroyo, encontró un arbusto cubierto de moras negras, dulces pero pocas. Las comió lentamente, sintiendo el jugo manchar sus dedos. Más adelante, reconoció unos hongos pálidos, uno de los pocos que aún recordaba como no venenosos, gracias a las enseñanzas de viejos sirvientes y de su nodriza.
—”De haber sabido que terminaría aquí… hubiera aprendido a cazar.” —rió por lo bajo, amarga.
Pero era una risa rota. Una que se apagaba antes de nacer del todo.
Se sentó junto al arroyo, dejando que el agua le lavara las manos y el rostro. El reflejo en la superficie le devolvió una imagen que casi no reconocía: ojeras marcadas, labios secos, mirada vacía. No el rey. No la espada. Solo una criatura herida que aún no sabía si debía seguir caminando… o dejarse morir.
Un susurro cruzó su mente, como una vieja profecía olvidada:
“El león sin trono no ruge, pero tampoco muere. Solo camina. Solo espera.”
Y ella aún esperaba algo.
Aunque no sabía qué.
Quizá una señal.
Quizá castigo.
Quizá alguien.
Pero por ahora, solo recogió sus cosas, ocultó a Avalon bajo su capa y volvió al sendero, con la firmeza de quien ha perdido todo… y por eso mismo ya no teme a nada.
El bosque se abría a un claro donde un río de aguas frías y limpias serpenteaba entre piedras y raíces. Artoria lo encontró al atardecer, cuando los rayos naranjas del sol se filtraban entre las hojas altas. El canto del agua era apacible, casi hipnótico. Llevaba días caminando sin rumbo, con los pies adoloridos, el estómago vacío y la mente asfixiada en pensamientos que no cesaban.
Se arrodilló en la orilla. Bebió primero, como un animal sediento, y luego dejó que el agua corriera entre sus dedos. Después se quitó la capa sucia, las ropas andrajosas y se metió con lentitud al río. El frío le mordió la piel, pero no retrocedió. Sumergirse fue un acto de renuncia y purificación. Como si pudiera lavar el pasado. Como si pudiera borrar el título de Rey.
Mientras se enjabonaba con barro y frotaba su piel con piedra, sintió ese peso familiar entre sus piernas. Su mirada descendió, resignada, al miembro colgante que compartía su carne con los órganos de una mujer. Era un error. Un hechizo impuesto por aquel maldito brujo, Merlin.
—”Nunca me preguntaste…” —susurró al aire—. “Nunca me diste a elegir.”
Sabía que estaba hablando sola, pero no le importaba. Desde que dejó atrás a Bedivere, su voz solo encontraba eco en los árboles. El hechizo de dualidad —ese intento de hacerla fértil, útil, un ‘rey completo’— nunca dejó de resultarle ajeno. El miembro masculino solo le servía para orinar, pero a veces se endurecía sin razón, con dolorosa obstinación, y entonces caminar se volvía incómodo, humillante. Más de una vez tuvo que esperar a que el cuerpo la obedeciera antes de seguir.
—”¿Qué clase de monstruo soy ahora?” —se preguntó, sin esperar respuesta.
Terminó el baño y salió del agua temblando. Exprimió sus ropas y las tendió sobre unas piedras calientes cerca de la orilla. Luego encendió una fogata con ramas secas y un poco de corteza que había recogido antes. Se sentó junto al fuego, desnuda, envuelta solo en su capa, esperando que el calor secara su cuerpo huesudo.
El hambre era una constante. La sentía en el estómago, sí, pero también en los huesos, en los dedos, en el alma. Era una necesidad que ya no recordaba cómo saciar con dignidad. No sabía cazar. Nunca aprendió. Como rey, siempre tuvo cocineros, corderos asados, frutas frescas y pan caliente. Ahora, ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que comió carne.
Se contentó con las últimas moras recolectadas y unas raíces insípidas. Las masticó con desgano, sin sabor, solo por necesidad. Cada bocado le recordaba que, aunque ya no fuera rey, seguía viva. Y eso dolía.
Mientras el fuego crepitaba, su mirada se volvió hacia el cielo oscurecido. Las estrellas empezaban a parpadear entre nubes grises. Se preguntó cómo estarían las tierras que una vez gobernó. Camelot había caído. Mordred muerta. Ginebra desaparecida. Los caballeros, muertos o perdidos. Bedivere la creía fallecida, y eso era mejor así.
—”Quizás ya quemaron el castillo.” —murmuró.
Los reinos vecinos, esos que juraron lealtad cuando su espada brillaba, la traicionaron como chacales hambrientos en cuanto olieron la sangre. Cada señor menor, cada príncipe cobarde, aprovechó la caída para saquear, conquistar, y proclamarse nuevo rey. Incluso los nórdicos —los paganos bárbaros— habían cruzado el mar y plantado sus banderas sangrientas en tierras britanas.
La isla sangraba. El ideal de unidad estaba muerto.
Y ella… ella seguía viva. Arrastrándose como una sombra sin propósito.
—”¿Y si me marcho?” —se preguntó, mirando las llamas—. “¿Y si dejo esta isla para siempre?”
La idea había nacido días atrás y ahora germinaba con más fuerza. Buscar un barco. Cruzar el mar. Desaparecer. Nadie sabría que alguna vez fue Rey. Nadie sabría que alguna vez fue Artoria Pendragon.
Pero el mundo, allá fuera, era tan cruel como Britania.
Y aún no tenía nada… salvo a Avalon.
Esa maldita vaina inmortal.
Su único tesoro.
Su único peso.
Suspiró, acurrucándose junto al fuego. No lloró. Ya no tenía lágrimas.
Pero en la quietud de la noche, una rama crujió en la oscuridad.
Artoria se tensó. Instinto de guerrera.
No estaba sola.
El lobo emergió entre las sombras de los árboles, su pelaje grisáceo salpicado por la humedad del bosque y los restos del barro. Gruñó con fuerza, mostrando los colmillos afilados mientras sus ojos ambarinos se fijaban en Artoria, aún desnuda, con el cabello húmedo y la vaina de Avalon abrazada a su pecho como único amparo. Su cuerpo reaccionó de inmediato, tensándose como si aún portara su armadura de guerra, pero lo único que cubría su piel era el temblor leve del frío matinal.
—Maldición… —murmuró con los dientes apretados, retrocediendo un paso, con la mirada fija en el animal. No tenía espada, no tenía escudo, no tenía nada.
El lobo, sin embargo, no atacó. Tras un gruñido más, pasó junto a ella con desinterés depredador y se acercó al río. Bebió tranquilamente, salpicando el agua con su hocico. Artoria lo observó sin moverse, apenas respirando, como si cualquier ruido pudiera romper aquel frágil equilibrio. Finalmente, el lobo se marchó sin mirar atrás, desapareciendo entre los árboles igual que había llegado.
Solo entonces Artoria suspiró con alivio, notando cómo sus piernas le temblaban por la tensión. Se apresuró a recoger su ropa ya seca, poniéndosela con movimientos rápidos y mecánicos. Se cubrió lo mejor que pudo con aquella ropa de campesino, se aseguró de ocultar la vaina entre sus harapos y apagó el fuego con tierra húmeda.
El camino le aguardaba de nuevo.
Caminaría hacia la costa. Aún no sabía a cuál puerto ir exactamente, pero su instinto le decía que debía moverse hacia el este o hacia el sur. Había oído mencionar puertos pequeños desde donde partían barcos mercantes rumbo a Bretaña, a las costas del norte de Hispania, incluso a tierras más allá del continente. Lo difícil no sería encontrar uno, sino subir a bordo sin levantar sospechas.
—Necesito dinero —se dijo, mientras avanzaba con paso firme pero disimulado, evitando caminos transitados.
Afortunadamente, no era del todo inútil. Sabía leer y escribir latín y bretón, y algo de gaélico. Conocía las leyes, las escrituras, podía llevar registros o escribir cartas. No era mucho, pero para algún mercader que requiriera ayuda con documentos o mapas, eso podía ser suficiente. Podía ofrecer su conocimiento. No su cuerpo. No su nombre. No su historia. Solo su mente. Eso era todo lo que aún sentía como suyo.
El bosque comenzó a despejarse un poco. A lo lejos, vio el tenue rastro de humo saliendo de una cabaña. Se detuvo a cierta distancia, observando en silencio. Un campesino tal vez. O un cazador. Podía ser una oportunidad para pedir un poco de pan o simplemente obtener direcciones.
Pero Artoria dudó. Cada vez que se acercaba a alguien, recordaba los rostros del pasado. La traición de Ginebra, la sonrisa hipócrita de Lancelot, la risa burlona de Mordred. Su pecho ardía con una mezcla de tristeza y furia.
—No confíes —se susurró.
Y entonces dio la vuelta. No se detendría aún. Aún podía resistir un día más sin pan, sin seguridad, sin compañía.
A cada paso, sentía menos como el rey que alguna vez fue. Y más como una sombra del mundo que ella había intentado construir y que la devoró.
Pero seguía caminando.
Porque rendirse era morir.
Y Artoria aún no estaba lista para dejar que el mundo se quedara con su último aliento.
(Puerto de Gales)
El puerto olía a sal, sudor y madera húmeda. Las gaviotas chillaban desde los cielos nublados mientras las olas golpeaban con insistencia los costados de las embarcaciones amarradas, como si el mar pidiera a gritos que lo dejaran engullir algo más. El Sigilosa María se mecía suavemente entre otras naves, más grandes y más llamativas, pero pocas tan tenaces como ella.
En el muelle, Tn —marinero de mirada aguda, manos encallecidas y alma curtida por el viento salado— supervisaba las últimas cargas. Sacos de grano, barriles de pescado ahumado, telas rústicas y herramientas de hierro. Era mercancía modesta, pero en Portugal pagarían bien por cualquier cosa que no viniera en manos sajonas o normandas. Tn había aprendido a negociar con pragmatismo y a navegar con paciencia. Era joven aún, pero no un novato; los años en el mar le habían enseñado que el océano no toleraba la arrogancia, solo la resiliencia.
—¿Todo está asegurado? —preguntó al contramaestre mientras repasaba con la vista los barriles apilados.
—Casi todo, capitan. Pero… —el hombre hizo una mueca— nos falta el ron. El último barril estaba medio podrido. No durará ni una semana en alta mar.
Tn exhaló, cansado. El ron no era solo bebida, era calma para las noches turbulentas, moneda de cambio y medicina para los días de tormenta. No podía zarpar sin eso.
—Muy bien. Iré yo al mercado —dijo, rascándose la nuca. Su tono era resignado pero firme. No confiaba en los demás para tratar con los comerciantes locales, no cuando había tantas lenguas, tantas mentiras y tantos oídos atentos a cualquier acento extranjero.
Cruzó los tablones que lo separaban del muelle y descendió a paso seguro entre los andamios. Llevaba un morral de cuero en bandolera con monedas de cobre y plata, y una pequeña daga envainada en el cinturón. No era guerrero, pero sabía defenderse si lo acorralaban. El mercado estaba algo alejado del puerto, subiendo una calle adoquinada que olía a sangre seca de pescado y fruta pasada. Entre los toldos improvisados, los gritos de los vendedores competían con los chillidos de las ruedas de madera de los carros.
Mientras caminaba, su mirada fue atrapada fugazmente por una figura entre la multitud. Una joven —o tal vez no tan joven— caminaba con la cabeza gacha, vestida con harapos de campesino, pero con una postura extrañamente digna, como si el mundo pesara sobre sus hombros y aún así se negara a inclinarse. Su cabello dorado y corto asomaba bajo la capucha. Había algo en su andar… algo en sus ojos verdes, apagados pero atentos, que lo hizo fruncir el ceño.
No parecía una mendiga. Y sin embargo, no era del todo una aldeana común. No tenía las manos callosas ni el andar torpe. Tampoco tenía la expresión vacía de quien ya se ha rendido. Era más como un lobo herido, disfrazado de cordero.
Tn parpadeó, pero la figura desapareció entre los puestos. Se encogió de hombros. No era su asunto. Pero aún así, no podía evitar pensar que esa persona no pertenecía a ese lugar. Como él, tal vez venía huyendo de algo.
Suspiró. Tenía un barril de ron que conseguir. Tal vez después pensaría en fantasmas con ojos de reina caída.
El sol comenzaba a descender por el horizonte, pintando de cobre el cielo marino y tiñendo las nubes con pinceladas suaves de púrpura. Tn caminaba entre la multitud del mercado con el barril de ron sobre el hombro, esquivando carros y vendedores como quien recorre un terreno ya conocido. Su mirada era aguda, como la de un lobo acostumbrado a olfatear problemas antes de que se volvieran amenazas. Fue entonces cuando escuchó aquella voz.
—Por favor, sé leer… y escribir. Puedo ayudar a llevar cuentas, cartas, mapas… cualquier cosa.
Tn giró la cabeza, curioso. Era la misma joven de antes —la que no parecía del todo mendiga ni del todo campesina— de pie frente a un puesto de especias donde un comerciante regordete la miraba con burla.
—¿Leer y escribir? No me hagas reír, chiquillo. ¡Vete de aquí antes de que llame a los guardias! —bufó el hombre, apartándola con un ademán brusco.
Artoria bajó la mirada. Se dio media vuelta sin decir más, apretando los dientes mientras su estómago rugía. Ya no tenía orgullo, solo hambre y cansancio. A cada paso se hundía más la idea de que no era nadie, que su tiempo como rey había sido solo una ilusión… que tal vez siempre fue una mentira.
—¡Oye! —Tn la detuvo, dejando el barril de ron en el suelo con un golpe seco. La voz fue firme pero sin agresividad.
Artoria se giró con lentitud. Su mirada era desconfiada, pero no desafiante. Por un instante, el marinero dudó si había sido buena idea intervenir, pero luego sacó de su morral un papel arrugado, sucio por los bordes, y se lo extendió.
—¿De verdad sabes leer? Léeme esto —dijo. Era un viejo trozo de manuscrito, un versículo del Evangelio según Lucas, que usaba a veces para enseñar disciplina a los grumetes más devotos.
Artoria tomó el papel entre sus manos con dedos temblorosos, lo observó y leyó en voz clara y segura:
—“El que es fiel en lo muy poco, también en lo mucho es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo mucho es injusto.” Lucas, capítulo dieciséis, versículo diez.
Tn sonrió. No era una mentira. Aquella persona hablaba con cadencia, y leía con la familiaridad de quien alguna vez lo hizo ante cortesanos y escribas.
—Perfecto. Justo lo que necesito. —Se cruzó de brazos—. ¿Sabes contar? ¿Llevar registro de mercancías? ¿Copiar mapas?
Artoria lo observó, midiendo sus palabras, su intención. Vio honestidad en sus ojos, una simpleza que contrastaba con la falsedad de tantos nobles que alguna vez le prometieron lealtad. Dudó un instante, pero luego asintió con un leve movimiento.
—Sí, puedo hacerlo.
—Bien. —Tn alzó el barril de ron otra vez sobre el hombro—. Estoy zarpando al amanecer. El Sigilosa María. No es un barco lujoso, pero es fuerte. Y necesito a alguien que sepa leer. Mis hombres son buenos navegando… pero apenas pueden firmar sus nombres. ¿Te interesa el trabajo?
Artoria vaciló, mirando hacia los muros del mercado como si esperara que apareciera algún vestigio de su antigua vida… pero no quedaba nada. Camelot era ceniza. Ella era ceniza.
—Sí. Lo acepto.
Tn asintió con satisfacción y, sin decir más, empezó a caminar rumbo al puerto. Artoria lo siguió en silencio, con la vaina de Avalon atada con cuerdas improvisadas bajo la túnica, escondida junto a su última esperanza. Cada paso hacia el Sigilosa María era un paso más lejos de la corona, del trono… y de la persona que alguna vez fue.
Esa noche, en la bodega del barco, entre olor a madera y sal, Artoria durmió por primera vez en días sobre un saco de arroz, con un trabajo en mano y una brújula rota en el corazón.
El crepúsculo se derramaba sobre el puerto cuando el Sigilosa María zarpó, deslizándose sobre las olas con el sigilo que le daba su nombre. A bordo, la vida se movía con ritmo y crudeza, como en todo navío de hombres rudos y callados. Los marineros, curtidos por el sol y el salitre, hacían sus deberes entre canciones obscenas y golpes de broma. En la bodega, entre el vaivén de las cajas y redes, Artoria descansaba envuelta en una manta áspera, con la cabeza recostada sobre su vaina envuelta en tela. Su cuerpo entero dolía de cansancio acumulado, pero su mente no encontraba reposo.
Había escuchado susurros. Risas. Comentarios.
—¿Ese nuevo? Tiene cara de muchacha, pero no tiene pechos… ¿No será un eunuco?
—Nah, sólo es un crío. Muy limpio para ser uno de nosotros.
—Oye, pero camina raro… igual está mal de la cadera.
Artoria no los miró ni respondió. Solo frunció levemente el ceño. No por los comentarios en sí —después de todo, había soportado burlas y escarnios de enemigos y aliados por igual— sino porque, por primera vez, las palabras habían tocado algo más profundo.
“No tiene pechos”, dijeron.
¿Y qué si no? ¿Acaso eso definía a una mujer?
En el pasado, había sido Rey. El Rey. Había montado a caballo, dado órdenes, blandido espadas y llevado armadura. Había sido guía, baluarte y mártir… y sin embargo, en momentos así, en el silencio del hambre o el sueño, cuando el cuerpo dolía y el alma tambaleaba, se descubría pensando: “¿Realmente soy una mujer, si no tengo lo que otras tienen? ¿O soy simplemente un hueco entre dos verdades que no me pertenecen?”
El crujido de las tablas y un golpe seco de botas sobre la escalera la sacaron de sus pensamientos. Tn descendía con su paso despreocupado y una sonrisa traviesa.
—¡Escuché ratas gruñendo! —gritó, fingiendo alarma. Luego se rió—. Tranquilos, marineros. No son ratas… ¡es el estómago de ustedes gritando por comida!
Las carcajadas resonaron por la bodega.
—Vamos, mujerzuelas de mar. Hora de cenar.
Los hombres se reunieron sin ceremonia. Se sentaron en círculo alrededor de cajones viejos que servían de mesa. Tn trajo una olla con arroz aún humeante, pan duro y pescado salado. No era banquete de reyes, pero era sustento, y eso bastaba.
Artoria se unió al grupo, más por el hambre que por el deseo de compañía. Se sentó cerca de Tn, con los ojos bajos pero atentos.
Uno de los marineros, con dientes amarillos y voz rasposa, alzó una ceja mientras se llenaba la boca de arroz.
—¿Este es el nuevo? ¿Un recluta?
Tn no levantó la mirada de su plato cuando respondió—Se llama Artoria. No es recluta. Me ayudará con los mapas, el cuaderno de bitácora y las cuentas. Sabe leer. Ustedes no.
Las risas fueron más suaves esta vez, algo incómodas. El mismo marinero soltó un “pues que escriba bonito entonces” y siguió comiendo. El asunto parecía zanjado.
Artoria miró el plato frente a ella. No era mucho, pero después de días de hambre, era como un festín. Comió con calma, sin devorar, pero sin disimular el agradecimiento. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se irguió un poco, con una dignidad que aún sobrevivía entre sus ruinas.
—Me llamo Artoria —dijo sin pretensión—. Antes… fui alguien importante. Pero ya no importa. Ahora solo trabajo. Y espero llevarme bien con ustedes.
Los marineros la miraron, algunos con curiosidad, otros con burla apenas contenida. Pero nadie dijo nada hiriente. Uno asintió, otro levantó su taza de ron, y otro simplemente eructó.
Tn, por su parte, sonrió. No se burló. No cuestionó. Solo la miró de reojo, como quien sabe que hay más historia detrás, pero no la va a forzar a salir.
—Bienvenida al Sigilosa María, Artoria. Aquí nadie es lo que parece. Ni siquiera el capitán.
Y así, entre ron agrio y bromas vulgares, Artoria se convirtió en parte de la tripulación. No como un rey caído. No como un caballero errante. Sino como una persona… flotando en el mar, dejando atrás un pasado que ya no la reconocía, y buscando —quizá por primera vez— una vida que no estuviera escrita por espadas ni profecías.
(6k palabras y bien, que les parece queria algo nuevo y frsco de artoria porque ya eh visto artoria invocada de servant o siendo caballero de artoria, pero que tal una artoria que viajo por el mundo, descuiden si sera yandere pero como me gusta el camino lento jejejej)
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