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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 60

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  4. Capítulo 60 - 60 Glynda Goodwitch rwby
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60: Glynda Goodwitch (rwby) 60: Glynda Goodwitch (rwby) El agua de la bañera estaba tibia, pero no alcanzaba a calentarla por dentro.

Las burbujas se habían desvanecido hace rato, dejando sólo la superficie apagada de un líquido inmóvil que reflejaba el techo de baldosas blancas.

Glynda se encontraba sumergida hasta el cuello, los brazos colgando a los costados, como si su cuerpo no tuviese energía ni voluntad de moverse.

Su cabello, suelto, flotaba como una corona pálida alrededor de su cabeza.

Sus labios estaban entreabiertos, no por placer, sino por cansancio.

Y debajo de sus ojos, las ojeras eran más profundas que de costumbre: dos manchas violáceas marcadas por noches de insomnio, días de represión emocional, y un alma agrietada que no encontraba descanso.

Había llovido esa mañana.

A ella le gustaba la lluvia.

O al menos le gustaba antes.

Ahora… ya nada parecía tener sabor, ni forma, ni color.

La Academia se había convertido en una rutina mecánica.

Alumnos irrespetuosos, directivas mediocres, peleas que no llevaban a nada.

Ella enseñaba, corregía, hablaba, caminaba por los pasillos como un fantasma con faldas ajustadas y tacones, y regresaba a casa… sola.

Nadie la esperaba.

Nadie encendía una luz por ella.

Nadie preguntaba cómo fue su día.

Había tenido oportunidades, sí.

Algunos intentos de citas, de abrir su corazón.

Pero todos fallaron.

Todos.

Los hombres la querían por su figura, por su porte, por el prestigio de ser la “estricta pero hermosa Glynda Goodwitch”.

Ninguno se detuvo a verla llorar.

Ninguno se quedó lo suficiente para oír su risa sincera.

Apretó los labios al recordar un rostro en particular.

Qrow Branwen.

Ese bastardo borracho que había intentado disfrazar una noche de deseo con frases vacías sobre “conexión” y “entenderla”.

Cuando despertó a su lado, él ya se había ido.

Sin nota.

Sin palabras.

Solo el olor a alcohol y la vergüenza enredada en las sábanas.

—Cobarde… —murmuró Glynda, no con furia, sino con un desprecio agotado.

Se llevó una mano al rostro y frotó los párpados con torpeza.

Su piel estaba húmeda… no por el agua, sino por una lágrima inesperada que se le escapó sin permiso.

“Estoy harta.” Era un pensamiento recurrente.

No de la vida, no todavía… pero sí del vacío.

Del eco sin respuesta.

De la constante obligación de ser fuerte cuando por dentro se desmoronaba.

¿Quién cuidaba de ella cuando todo se apagaba?

¿Quién veía su vulnerabilidad sin juzgarla?

¿Quién conocía el peso de su nombre?

Nadie.

Y así pasaban los días.

La cazadora perfecta.

La profesora estricta.

La mujer que dominaba el orden con un movimiento de vara.

Pero en su casa, sólo quedaba una bata colgada, una copa de vino a medio beber, y una mujer rota sumergida en una bañera fría.

Una tormenta comenzó a golpear los ventanales.

Y, por primera vez en semanas, Glynda deseó que alguien la escuchara llorar.

Glynda salió de la bañera lentamente, sin prisa.

El vapor todavía flotaba en el aire como un velo tibio, pero ya no ofrecía consuelo.

Se envolvió en su bata blanca y se secó con una toalla, realizando los movimientos casi en automático.

Cada paso que daba hacia el pasillo de su casa resonaba hueco, como si incluso las paredes se hubieran cansado de escucharla.

La casa estaba en penumbra.

Ordenada.

Silenciosa.

Fría.

Encendió la lámpara de la sala con un leve gesto de su semblante cansado y se dejó caer en el sofá, sin elegancia ni postura, simplemente dejando que el peso de su cuerpo decidiera cómo hundirse en los cojines.

El control remoto descansaba en la mesita.

Lo tomó con desgano y encendió la televisión.

“Amor Eterno”.

Esa novela con paisajes dramáticos, besos bajo la lluvia, y un hombre que parecía más una fantasía que una persona real.

Kemal.

El arquitecto honesto, leal, dispuesto a enfrentarse al mundo por amor.

Y Nihan, la mujer atrapada entre el deber y el deseo, entre la oscuridad de su vida acomodada y la llama viva de un amor imposible.

Glynda bebió un sorbo de vino.

Amargo.

Seco.

Como ella.

—¿Dónde está mi Kemal…?

—susurró al aire, sin humor, sin ironía, solo con una punzada de esperanza enterrada muy hondo.

No era una adolescente.

Era una mujer adulta.

Una profesional, una cazadora.

Sabía que el mundo no funcionaba como las novelas.

Y sin embargo… una parte de ella deseaba que alguien, alguien, tocara su puerta sin interés oculto, sin mentiras, sin miedo.

Alguien que no quisiera verla desvestida primero… sino comprendida.

Otra copa.

Otro sorbo.

Las lágrimas ya no caían.

Solo estaban contenidas, flotando tras sus ojos, como una marea contenida por orgullo.

Ni siquiera tenía una mascota.

¿Cómo cuidar de un ser vivo si apenas podía cuidar de sí misma?

No quería condenar a un animal al abandono emocional.

Ya lo hacía consigo.

La escena en pantalla mostraba a Kemal tomando la mano de Nihan, prometiéndole que la salvaría de su prisión.

Y Glynda… cerró los ojos un momento.

Imaginó que esa mano era la suya.

Imaginó que alguien pronunciaba su nombre como si significara algo.

Un suave zumbido interrumpió la fantasía.

El pergamino brilló.

Un nuevo mensaje.

Glynda se enderezó.

Su corazón dio un pequeño salto.

¿Podría ser?

Tal vez era algún contacto de aquella app de citas anónimas que usaba de vez en cuando.

Su rostro adoptó una expresión entre esperanza y precaución.

El pulgar se deslizó.

La pantalla se iluminó.

[Informe: Actualización del rendimiento académico – Estudiantes del primer año de combate, Beacon Academy] La chispa murió.

Su rostro volvió a su neutralidad resignada.

Apretó los labios.

Apagó el pergamino sin responder nada, sin siquiera leerlo completo.

—Por supuesto… —murmuró—.

Claro que era eso… Volvió al vino.

Volvió al sofá.

Volvió a la novela.

Mientras en la pantalla Nihan lloraba abrazada a Kemal, Glynda se acomodó en posición fetal, acurrucada, como si el sofá pudiera protegerla de la realidad.

La verdad era que ella no quería ser rescatada.

Solo quería que alguien deseara hacerlo.

La lluvia seguía golpeando el ventanal, y en su interior, Glynda se dejó arrullar por una mentira bonita.

La mentira de que ella también podía ser amada.

Dormir fue una bendicion.

La alarma vibró a las 6:00 a.

m., rompiendo el frágil silencio de la sala.

Glynda abrió los ojos lentamente, la luz de la mañana ya filtrándose por entre las cortinas.

Lo primero que notó fue la incomodidad en su cuello, luego el leve escalofrío en su piel expuesta.

Su bata se había abierto un poco durante la noche, dejando un hombro desnudo y parte del escote asomando sin pudor… aunque, francamente, ¿a quién le importaba?

Al girar, vio la copa de vino caída en el suelo.

El líquido seco como sangre vieja sobre la alfombra.

—Perfecto… —susurró con resignación.

Se estiró.

Sus huesos crujieron con un sonido tan crudo que por un segundo se sintió más vieja de lo que realmente era.

Un suspiro profundo emergió de sus labios.

No uno dramático.

Uno cansado.

Uno de esos que se dan cuando sabes que el día apenas empieza y ya quieres que termine.

Se dirigió al baño, se lavó el rostro con agua fría y miró su reflejo.

Ojeras.

Piel apagada.

Mirada ausente.

Un poco de maquillaje lo arreglaría, al menos lo suficiente como para evitar preguntas.

Eligió una blusa blanca que moldeaba su torso con discreta elegancia, una falda corta —práctica y formal— y la capa púrpura que colgaba de sus hombros como el único símbolo de autoridad que aún conservaba.

Sus gafas, pulcras.

El maquillaje, justo lo necesario para esconder el insomnio.

Y así, con el ceño ligeramente fruncido, caminó hacia la Academia Beacon, sintiendo el peso de cada paso.

Los pasillos ya estaban llenos cuando llegó.

Voces, risas, murmullos.

Y sin embargo, cuando Glynda caminaba, todo parecía vaciarse a su paso.

Algunos alumnos bajaban la mirada.

Otros simplemente se giraban, como si su presencia fuera una amenaza más que una figura de guía.

Nadie le sonreía.

Nadie la saludaba con genuino afecto.

Lo que algunos llamaban respeto era, en realidad, una mezcla de miedo y desprecio.

“Ahí viene la bruja de hielo.” “¿Por qué siempre tan amargada?” “Seguro está sola.

Se nota.” Ella los oía.

Aunque fingiera que no.

Aunque su rostro permaneciera impasible.

Entró a su aula.

La clase comenzó… y con ella, el suplicio.

Pubertos con exceso de energía, falta de disciplina y cero atención.

Uno sacó su pergamino para jugar.

Otro se reía entre dientes con su compañero.

Al fondo, alguien arrojó una bola de papel cuando ella giró la vista hacia la pizarra.

Su mano tembló.

Su voz permanecía firme, pero su paciencia colgaba de un hilo delgado.

La fusta, ese recordatorio de su dominio, estaba en su escritorio… y por un instante, solo por un segundo, pensó en usarla.

No por crueldad.

Por desahogo.

Pero no lo hizo.

La compostura era todo lo que le quedaba.

Y no iba a perderla por un grupo de niños que no entendían el peso de ser sola, cansada y olvidada.

Finalmente, la campana sonó.

El ruido más hermoso de su día.

Los estudiantes salieron con prisa, como si escaparan de una celda.

Ninguno dijo gracias.

Ninguno miró atrás.

Glynda permaneció en el aula unos segundos más, completamente sola.

El eco de sus propios pasos al caminar hacia la ventana fue su única compañía.

Afuera, el cielo estaba nublado.

Un suspiro.

Otro.

—No puedo seguir así… Se lo dijo a sí misma.

En voz baja.

Casi sin creérselo.

Y sin embargo, no lo sabía aún… Pero en algún rincón del mundo, alguien —aún desconocido— había empezado a moverse.

Y su llegada cambiaría todo.

Las clases finalmente habían terminado.

Glynda caminaba por los pasillos de Beacon sin decir palabra, los pasos firmes de sus tacones resonando con cada metro que recorría.

Cada golpe del zapato contra el suelo era como un latido cansado, una afirmación de rutina más que de autoridad.

Los pasillos estaban casi vacíos a esa hora, solo quedaban ecos… y sombras alargadas por el atardecer.

—Ugh… mis pies… —murmuró para sí, bajando la mirada un segundo, mientras su ceño se fruncía con hastío.

La jornada había sido como tantas otras: extenuante, repetitiva, sin recompensa emocional.

Ya no esperaba palabras de gratitud ni muestras de afecto, pero a veces se preguntaba si alguien notaría siquiera si un día desaparecía de Beacon.

Subió a su vehículo, se quitó las gafas, y cerró los ojos por un segundo.

Solo uno.

Después condujo hasta su hogar.

La puerta se abrió con un suspiro metálico.

Entró sin saludar.

No había nadie a quién saludar.

Nadie que respondiera.

El lugar estaba limpio —demasiado limpio—, pero demasiado silencioso.

Demasiado ordenado, como si no se viviera realmente ahí.

Glynda dejó caer su bolso sobre el aparador.

Se quitó la capa.

Se desabotonó la blusa con lentitud.

Soltó el broche de su sostén con una exhalación profunda.

Luego la falda.

Las medias.

Los tacones que le estaban matando desde hacía horas.

Todo quedó en el suelo del pasillo como piel que ya no necesitaba.

Estaba completamente desnuda por un instante, pero no sintió pudor.

No en su casa.

No en su prisión.

—Libre… al menos aquí… —murmuró, con ironía amarga.

Entró a su habitación y buscó una de sus pijamas cómodas: una camiseta vieja, grande, con el logotipo desgastado de una banda que alguna vez le gustó, y un short de algodón que apenas le cubría los muslos.

El sonido de la nevera abriéndose fue lo más humano que había oído en todo el día.

Asaltó el refrigerador como una ladrona experta.

Sacó un poco de queso, pan, un trozo de pastel que había guardado “para una ocasión especial”… y por supuesto, su tesoro: el helado de vainilla con chocolate belga.

Su favorito.

No era una cena saludable.

Tampoco era un premio.

Era una tregua consigo misma.

Se sentó en su sofá con una bandeja improvisada sobre sus piernas.

Encendió la televisión.

Y como cada noche, ahí estaba: Amor Eterno, la telenovela que le hablaba de algo que jamás había tenido realmente.

Kemal estaba con Nihan viendo una pintura que ella misma hizo.

Palabras dulces.

Miradas que decían todo.

Caricias que calmaban dolores profundos.

Glynda no era experta en pinturas o muestras de afecto.

Pero entendía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Tomó una cucharada de helado.

Frío.

Dulce.

Artificialmente reconfortante.

—¿Dónde estás tú…?

—susurró sin sarcasmo esta vez.

Su voz era casi un lamento.

La televisión iluminaba su rostro mientras masticaba en silencio.

Hubiera llorado… pero ya no quedaban lágrimas.

Solo helado, una pantalla, y un corazón lleno de polvo.

La cuchara colgaba de sus dedos, medio helada, cuando el ping del pergamino sonó sobre la mesa.

Glynda alzó una ceja.

Lo tomó sin expectativas, esperando otra notificación académica, pero al ver el nombre Leyla, su expresión cambió ligeramente.

Leyla… compañera de años en la academia.

No eran íntimas, pero había algo genuino en ella.

Una mujer libre, audaz, que nunca había permitido que la vida le cerrara las alas.

Leyla: “¡Vamos esta noche!

No acepto un no.

El club se llama Arkadance.

Te vendrá bien, Glyn.

Solo una copa, una charla, y luego vuelvés a tu cueva si querés 😘” Glynda suspiró con resignación.

Cerró los ojos por un momento.

No quería salir.

Pero tampoco quería seguir exactamente igual.

—Una copa… solo una —se dijo mientras se levantaba lentamente del sofá.

Fue al baño, se miró en el espejo.

Se quitó la pijama sin mirarla, y abrió el armario.

Eligió un vestido negro medianamente ajustado, sin ser vulgar, pero que delineaba con claridad su figura —la cual aún conservaba esa mezcla de firmeza y gracia que los años no le habían quitado.

Se soltó el cabello, lo cepilló hasta que cayera como una cascada dorada sobre sus hombros.

Se quitó las gafas, aplicó un poco más de maquillaje que de costumbre.

Sus ojos, enmarcados con sombra tenue y delineador, parecían mucho más vivos.

Tacones.

Bolso pequeño.

Perfume discreto.

Y una advertencia para sí misma: “No más de dos tragos.” Cuando llegó frente al club nocturno, las luces de Arkadance parpadeaban en tonos púrpura y azul, un latido neón que parecía empujarla hacia un mundo más cálido, más humano.

Leyla la esperaba en la entrada, con una sonrisa amplia, vestida con una chaqueta de cuero y una falda roja brillante.

Al verla, silbó juguetonamente.

—¡Vaya, vaya!

¡Alguien decidió romper corazones esta noche!

—Solo vine para evitar tus mensajes de acoso —respondió Glynda, conteniendo una sonrisa.

Leyla se rió y la tomó del brazo.

—Entramos, tomamos algo, y bailamos un poco.

Nada más.

Palabra de cazadora.

Glynda asintió con leve resignación, y juntas cruzaron las puertas.

El ambiente dentro de Arkadance era vibrante.

Luces giraban en los altos ventanales, la pista de baile estaba llena de jóvenes y adultos veinteañeros bailando como si el mundo terminara esa noche.

Algunas parejas se besaban sin vergüenza.

Otras se reían en grupos.

El DJ controlaba el tempo como un dios moderno.

Sonaba una mezcla envolvente de synthpop con ritmos electrónicos suaves.

El aire olía a perfume, licor dulce… y a una vida que Glynda había olvidado cómo se sentía.

Se sentaron en la barra.

El bartender —un joven de mirada felina y sonrisa afilada— se acercó al verlas.

—¿Qué les sirvo, señoritas?

Leyla no dudó—Dame un Midnight Rose.

Para ella… —miró a Glynda—, algo elegante.

Quizás un Negroni.

Glynda asintió lentamente, cruzando las piernas mientras observaba el lugar.

No se sentía incómoda… aún.

Pero tampoco relajada.

Bebió con lentitud.

El alcohol era fuerte, el trago dulce-amargo, perfecto.

No hablaba mucho, pero escuchaba a Leyla reír, contar alguna anécdota de cuando eran estudiantes.

Algo en esa risa genuina le recordaba que el mundo no era solo rutina y decepción.

Su mirada recorrió el club con neutralidad hasta que se detuvo un segundo en la figura de un hombre solitario, sentado en la esquina más oscura del bar.

No bailaba.

No hablaba.

Solo bebía en silencio.

Pero Glynda lo ignoró.

Aún no lo conocía.

Esta noche no buscaba amor.

Solo buscaba olvidar.

Y por ahora, eso era suficiente.

La música seguía latiendo como un corazón artificial, bombeando vida a todos los rincones de Arkadance.

Luces púrpuras y celestes danzaban sobre los rostros de los asistentes, como si el mundo fuera solo ese instante brillante.

Glynda llevaba media copa cuando lo notó.

El hombre de la esquina —el que no bailaba, no hablaba, no sonreía.

Apoyado en la barra con los codos, la cabeza gacha, como si el mundo fuera un ruido lejano para él.

Su chaqueta negra colgaba con cierto descuido, como si se la hubiese arrojado encima al salir sin pensar demasiado.

No parecía incómodo ni molesto.

Solo… descolgado.

El bartender, mientras agitaba un trago con hielo, alzó la voz hacia él: —¡Ey, Tn!

¿Otra ronda?

El hombre levantó la cabeza lentamente.

Tenía el cabello algo revuelto, ojeras tenues marcaban sus ojos grises, como si apenas hubiese dormido.

—Solo agua… —murmuró con voz baja, ronca.

Glynda arqueó una ceja con evidente sorpresa.

¿Agua?

¿En un club nocturno lleno de licor y libertades?

Qué clase de hombre venía aquí solo para hidratarse.

El bartender le dejó una jarra y un vaso limpio.

Tn se sirvió con calma, como si fuera lo más natural del mundo.

Glynda, sin querer, lo observó unos segundos de más.

Y Tn… lo notó.

Levantó los ojos y la miró directamente.

No con interés, ni con atrevimiento.

Solo… consciencia.

Como si verla lo hubiese sacado brevemente de su letargo.

Glynda sintió que su corazón dio un leve salto, incómodo.

Apartó la mirada con rapidez, tomando su copa como excusa.

Leyla lo notó todo, como siempre.

—Te descubri, Glyn… —sonrió apoyando la barbilla en su mano—.

Lo miraste.

Y él te miró de vuelta.

—No seas ridícula —dijo Glynda en voz baja—.

Solo lo observé porque pidió agua.

¿Quién hace eso?

—Él.

Tn —respondió Leyla con tono casual—.

Es uno de los socios del lugar, ¿sabías?

No le gusta la atención.

Pero sin él no tendríamos ni esta bebida ni esta música.

Glynda ladeó la cabeza.

—¿Socio?

Parece apenas mayor que mis alumnos.

—Lo es —confirmó Leyla—.

Es joven.

Pero es el que trajo las conexiones con los distribuidores.

Y, bueno… con el DJ.

Apuesta segura, si me preguntás.

Glynda giró lentamente los ojos y murmuró con voz irónica: —Por favor… cállate.

Leyla soltó una carcajada leve, mientras tomaba otro sorbo de su trago brillante.

Glynda volvió a mirar al frente, hacia el espejo que cubría toda la pared tras la barra.

Reflejos distorsionados de luces, de rostros borrosos, de su propia figura.

Y en el reflejo, justo detrás, podía ver de reojo a Tn, aún con la misma expresión vacía.

Ajeno al ruido.

Ajeno a todo.

Excepto, quizás, a ella.

Por un instante, solo un instante… la idea cruzó su mente: “¿Qué hace alguien como él en un lugar como este… sin querer estar aquí?” Y luego desechó el pensamiento.

Porque Glynda Goodwitch no tenía tiempo para misterios.

Solo vino a tomar una copa.

¿Verdad?

Glynda Goodwitch no recordaba en qué momento exacto las cosas comenzaron a perder el equilibrio.

Primero fue la risa, fácil y liviana, saliendo de su garganta como una bocanada de aire fresco.

Luego, el calor del licor resbalando por su lengua, quemando apenas.

Leyla le pasaba vasos sin nombre, coloridos y decorados con trozos de fruta o pequeñas sombrillitas ridículas.

Glynda reía de eso también.

Se prometió solo dos tragos.

Pero alguien pidió una ronda más.

Y otra.

Y cuando ella se dio cuenta, su copa estaba vacía por cuarta o quinta vez.

La música del club se había vuelto una masa borrosa, un golpeteo incesante en sus oídos.

Las luces la mareaban.

A su alrededor, los cuerpos danzaban sin sentido, el mundo girando con una lentitud confusa.

—Voy…

necesito el baño —balbuceó, más para sí misma que para Leyla, que ya hablaba con otro grupo de gente cerca de la pista.

Tropezó levemente con sus propios tacones, apoyándose en la pared para mantener el equilibrio.

Caminó tambaleante, empujando la puerta del baño de mujeres.

Apenas cruzó el umbral, se dirigió al lavabo más cercano.

El mareo llegó como una ola.

Y vomitó.

Todo el licor, toda la amargura, todo el arrepentimiento contenido.

Sus uñas se clavaron en el borde del mármol frío, su cuerpo encorvado, temblando.

El sonido de su estómago traicionándola se ahogaba bajo el eco de la música lejana y el zumbido de los focos fluorescentes.

Sus ojos se aguaron.

No por el dolor.

Ni por el alcohol.

Sino por la humillación.

Por saberse sola.

Por haber buscado, una vez más, una salida al vacío… en el lugar equivocado.

Se quedó así, respirando con dificultad, el pecho subiendo y bajando.

El labial corrido, las mejillas rojas por la náusea, los ojos hinchados.

El reflejo en el espejo no parecía ella.

Parecía una mujer derrotada.

El sabor amargo del licor mal digerido aún le quemaba la garganta.

Glynda se sujetó del borde del lavabo, jadeando suavemente, odiando con cada fibra de su ser la sensación de vulnerabilidad.

Se enjuagó la boca con agua del grifo, su reflejo en el espejo mostraba un rostro más cansado que elegante.

Entonces, una mano apareció junto a ella.

Sostenía un pañuelo limpio.

Ella lo tomó sin pensar, con gratitud reflejada en sus ojos antes de darse cuenta de quién era.

Tn.

Él no dijo nada al principio.

Solo se quedó ahí, sin invadir su espacio, sin mirarla con juicio.

Glynda frunció ligeramente el ceño, retrocediendo apenas, aún limpiándose los labios.

Su voz fue un poco más ronca de lo habitual cuando preguntó: —¿Qué haces aquí?

—Salí a tomar aire fresco —murmuró él, como si sus palabras fueran hojas arrastradas por el viento.

Ella lo estudió un momento.

Su chaqueta aún colgaba de un hombro.

Tenía los ojos hundidos, los hombros levemente encorvados.

Como si llevara un peso invisible que el mundo no podía ver.

Parecía igual de jodido que ella.

Se apoyó contra la pared, cruzando los brazos, respirando profundamente.

El silencio se instaló entre ambos, suave, no incómodo.

La música del club llegaba apagada, amortiguada por las paredes gruesas.

Todo lo demás parecía lejano.

Fue Glynda quien, armándose de un poco de valor en forma de ironía seca, murmuró: —¿Qué te pasa?

Pareces el tipo de persona que también odia estar aquí.

Tn no la miró.

Bajó la mirada hacia el suelo, como si buscar respuestas ahí tuviera más sentido que en cualquier conversación.

Sus labios se movieron apenas.

—No estoy de humor últimamente.

Una respuesta simple, honesta.

Pero tenía un eco raro.

Como si viniera de más lejos que sus propias palabras.

Glynda no dijo nada al principio.

No por falta de opinión —eso nunca fue problema para ella— sino porque entendía ese tono.

Esa sensación de estar entre gente, música y ruido, y aun así sentirse como un fantasma.

Se recargó en la pared contraria.

No lo miró directamente.

No tenía que hacerlo.

—Bienvenido al club —susurró, casi con una sonrisa apagada—.

Aunque no estoy segura de que el aire fresco de este lugar haga algo.

Tn inclinó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos por un segundo.

—No, no lo hace —respondió.

El silencio regresó, cómodo esta vez.

Dos adultos.

Dos extraños.

Dos almas empolvadas en cansancio, compartiendo el mismo rincón de una noche demasiado ruidosa.

Y por un momento, no necesitaron más que eso.

Glynda tomó el pañuelo con dedos temblorosos y se limpió con cuidado el rostro, aún sintiendo el ardor en la garganta y el frío en la piel.

Tn se mantenía a una distancia prudente, de pie, apoyado ligeramente contra la pared, su postura relajada pero su mirada…

lejana.

—¿Qué haces en el baño de damas?

—preguntó Glynda con voz ronca, más por reflejo que por molestia real.

Tn desvió la mirada hacia la puerta y luego volvió a verla con tranquilidad.

—No hay baño de damas —respondió—.

Ni de caballeros.

Los baños aquí son mixtos.

Nadie los usa, casi todos están demasiado ocupados en la pista o borrachos en la barra.

Pensamos que era una forma más práctica de aprovechar el espacio.

Glynda parpadeó.

Por un momento, su rostro se suavizó y rió entre dientes, seca y bajito.

—Claro que lo hicieron por eso…

para ahorrar espacio y ahorrarse remodelaciones.

—Eso, y porque a nadie le importa demasiado cuando hay luces brillantes y alcohol gratis —añadió Tn con una sonrisa débil.

Ella lo miró de reojo.

La iluminación del baño no era la mejor, pero por primera vez lo vio con atención.

Tn tenía un rostro joven, sí, más joven que el suyo, aunque no parecía un crío.

Había algo en él…

no inocente, pero sí honesto.

Herido.

—No bebes —murmuró Glynda, dejando que la afirmación colgara en el aire.

—No me hace bien —dijo Tn encogiéndose de hombros—.

Y ya tengo suficiente con la cabeza como está, no necesito nublarla más.

—¿Dolor de cabeza o dolor del alma?

Él sonrió apenas, pero no fue una sonrisa alegre.

Fue de esas sonrisas rotas que uno usa cuando no quiere llorar frente a otro.

—Mi pareja me dejó —confesó—.

Así, sin decir nada.

Solo…

se fue.

Una mañana desperté y ya no estaba.

Sin una nota, sin un mensaje, sin explicaciones.

Glynda sintió algo apretarse en su pecho.

Una parte de ella quiso hacer una broma seca, quitarle peso al asunto.

Pero no lo hizo.

Porque lo que acababa de escuchar… no era ajeno.

No del todo.

—No sé si eso es peor —dijo suavemente— o si lo mío lo es.

Tn la miró, curioso.

Glynda se cruzó de brazos, aún contra la pared, como si el frío de los azulejos le ayudara a mantener la compostura.

—Yo nunca tuve una pareja.

No en serio.

Salidas, citas, alguna noche con vino y silencio.

Pero nunca llegaron a quedarse.

Nunca llegaron a conocerme.

—Suspiró—.

Supongo que también se fueron, solo que…

antes de siquiera estar.

Por un instante, el bullicio lejano del club parecía irrelevante.

Eran solo ellos dos.

Dos extraños con corazones hechos trizas, compartiendo palabras que quizás no se habían permitido decir antes.

—A veces —dijo Tn—, creo que el problema soy yo.

Glynda lo miró fijamente.

—A veces yo también.

Pero otras…

otras creo que solo tuvimos mala suerte.

Él asintió en silencio.

Glynda se incorporó del lavabo, más estable.

—Gracias por el pañuelo —dijo, levantándolo un poco como gesto.

—De nada.

No me gusta ver gente ahogándose sola.

Un silencio cómodo se asentó entre ellos.

No era amistad, ni era algo romántico.

Era…

comprensión, en estado crudo y real.

—¿Quieres que te acompañe a sentarte un rato fuera?

—ofreció Tn—.

No prometo que sea divertido, pero al menos sera menos ruidoso.

Glynda pensó en rechazarlo.

Pero en realidad no quería regresar aún.

No quería volver a su casa vacía.

No quería dormir.

No quería pensar.

—Solo si hay una banca y no música electrónica —respondió finalmente.

Tn sonrió con más sinceridad esta vez.

—Hecho.

Y juntos, salieron del baño.

Más livianos.

Y quizás…

no tan solos como creían.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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