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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 61

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  4. Capítulo 61 - Capítulo 61: Madoka (madoka girls magician)
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Capítulo 61: Madoka (madoka girls magician)

Madoka no sabía dónde estaba.

El aire tenía sabor a hierro oxidado, como si los muros invisibles que la rodeaban estuvieran hechos de sangre evaporada. Frente a ella se extendía un piso de mármol, blanco y negro, un ajedrez perfecto e infinito que crujía con cada paso que daba, como si se quebrara bajo su peso.

Una puerta. Esa había sido la entrada.

Recordaba haberla cruzado para cazar a una bruja. Pero ahora… no había rastro de ella.

Solo vacío. Solo aquel tablero sin fin.

—¿Kyubey…? —su voz tembló, apenas un susurro.

No hubo respuesta.

Madoka tragó saliva, más por necesidad que por convicción. Sus botas repicaban en el mármol sin eco, como si el sonido fuera tragado por una boca invisible.

Caminar era lo único que podía hacer.

A su alrededor, torres retorcidas de hueso blanco se alzaban desde los bordes del tablero. En sus formas reconocía las piezas del ajedrez: caballos con cabezas humanas, alfiles de carne desnuda con símbolos pintados a cuchillo.

Rostros.

Rostros humanos cosidos en las piezas.

Sus ojos estaban cerrados, pero sus bocas parecían susurrar. Madoka no entendía las palabras, solo el dolor detrás de ellas.

—¿Kyubey…? —insistió, con la voz más quebrada.

El ser blanco, siempre presente cuando era incómodo, ahora no aparecía.

Era como si algo lo repeliera.

O como si… lo hubieran matado aquí.

El tablero crujió.

No por sus pasos.

Se reconfiguraba.

Losas enteras se hundían en silencio, y otras emergían del suelo, como piezas cambiando su forma sin control. Era un mundo que se deshacía y reconstruía a cada instante, sin lógica. Cada movimiento creaba nuevas abominaciones: un rey con seis brazos que lloraba sangre, una reina sin rostro que arrastraba una capa hecha de piel de niña.

—Este lugar… —murmuró Madoka, agarrando su alma gema, que temblaba como un corazón enfermo—. Esto no es una barrera… esto es otra cosa.

Caminó más. Intentó no mirar las piezas. Pero una de ellas —un peón hecho de cráneos— la siguió con los ojos.

Ella no gritó. Ya no podía.

Un río rojo dividía el camino. Las baldosas flotaban sobre su superficie, como piezas abandonadas. Madoka saltó de una en una, mientras los rostros bajo el agua la miraban desde el fondo. No eran brujas.

Eran chicas mágicas.

Cadáveres de chicas mágicas.

Su cuerpo temblaba.

Una voz suave, como viento en una catedral en ruinas, dijo algo detrás de ella:

—¿Por qué estás sola, Madoka?

Se giró con un sobresalto.

Nadie.

El tablero ahora tenía forma de espiral.

Como un remolino que llevaba al centro.

A la locura.

O al corazón de algo más.

Y al fondo…

Un trono.

Negro.

Alto.

Inerte.

La silueta que lo ocupaba estaba inmóvil, indistinta, borrosa.

Pero no parecía una bruja.

Tampoco una humana.

Madoka retrocedió un paso.

Y entonces —por fin— sus labios quebrados pronunciaron el único nombre que le quedaba:

—Kyubey…

¿Dónde estás…?

Silencio.

Nada vino.

Solo el crujir del tablero…

Y el leve sonido de algo que empezaba a caminar hacia ella.

La oscuridad se disipó.

No con violencia, sino como si se retirara con vergüenza. La niebla que envolvía el aire se arrastró hacia los bordes del tablero como un telón que se pliega tras una función. Y en el claro que se abrió frente a ella, había un joven.

No parecía mayor que ella.

Vestía un traje extraño, de tonos oscuros y azules que parecían beber luz. Su sombrero de copa estaba adornado con engranajes y una cinta torcida que le daba un aire carnavalesco, como sacado de un cuento mal recordado. En una de sus manos, jugaba con un reloj de bolsillo que giraba entre sus dedos con gracia casi antinatural.

Y entonces, sonrió.

Una sonrisa que no era cruel, pero tampoco humana. Como si hubiera aprendido a sonreír viendo a los espejos hacerlo primero.

Madoka parpadeó.

Y en ese parpadeo…

Su rostro ya estaba frente al de ella.

Demasiado cerca.

Demasiado rápido.

—¡Ah! —Madoka cayó hacia atrás, con el corazón disparado y la respiración entrecortada.

Él rió. No una risa burlona, sino como si todo fuera parte de una broma que solo él entendía. Se quitó el sombrero con elegancia teatral y lo puso sobre su pecho mientras le extendía una mano cubierta por un guante blanco, ligeramente manchado de tinta o sangre seca.

—Tn —dijo, inclinando levemente la cabeza como en una reverencia—. Solo Tn. El último relojero que aún no ha sido comido.

Madoka lo observó, insegura.

Sus dedos temblaban, pero aceptó la mano. Al tacto, no era fría. Pero tampoco cálida.

Como si no tuviera temperatura.

Como si fuera un recuerdo sostenido.

—¿Qué… haces aquí? —preguntó ella al incorporarse—. ¿Eres… otro usuario mágico? ¿Un familiar?

Tn ladeó la cabeza. Su sonrisa seguía ahí, pero sus ojos —esos ojos extraños, oscuros con vetas de color girando como relojes rotos— parecían atravesarla.

—¿Aquí? Oh, solo… estoy de paso. Curiosidad, supongo. Este mundo me llamó, con un murmullo como el de una caja vacía. Me pareció… interesante.

Madoka lo miró con recelo.

—Estoy buscando a una bruja. Se suponía que esto era una barrera. Pero… —observó a su alrededor, a las torres de ajedrez vivas y al trono lejano—. Nada aquí tiene sentido. ¿Tú sabes dónde está?

Tn negó suavemente, cerrando su reloj de golpe.

—No hay brujas aquí. Ni las que conoces, al menos. Solo piezas… y las piezas no saben por qué juegan, solo que deben moverse.

—¿Entonces qué es este lugar? —insistió ella.

Tn alzó su sombrero hacia el cielo vacío.

—¿Importa? Si el rey ha caído, el tablero solo sigue girando por inercia. Esta podría ser la última partida, o la primera. Tal vez ya perdimos. Tal vez nunca hubo juego.

Madoka frunció el ceño, incómoda.

—¿Estás… loco?

Tn soltó una carcajada suave, sin dejar de mirarla.

—Probablemente. Aunque eso no me impide saber cuándo alguien se está rompiendo.

Madoka retrocedió un paso.

Él la observaba con la cabeza ligeramente inclinada, como un gato curioso frente a una jaula sin llave.

—Tú también oíste los susurros, ¿no? El río hablaba. Las piezas lloraban. Este tablero fue hecho por alguien… que recuerda demasiado. Alguien que ya no soporta olvidar.

La bruma volvió a cerrar lentamente el espacio entre ellos.

Como si el mundo temiera que hablaran más de la cuenta.

—Debemos irnos —dijo Madoka al fin, en voz baja.

—¿A dónde? —preguntó Tn con esa sonrisa imposible—. El tablero se mueve, no nosotros. Solo nos queda esperar el turno…

O romper las reglas.

Ella no supo qué responder. Solo sabía que ese chico no era normal. Que no debía estar ahí.

Pero también…

Que él era lo único que no la hacía sentir sola.

Madoka no sabía qué pensar del chico extraño.

Era difícil leerlo. No solo por sus palabras que giraban como acertijos, sino por esa sonrisa que no cambiaba, ni cuando hablaba de cosas que helaban la sangre.

Tn avanzó sin decir más, sus pasos resonando suavemente sobre el vacío.

Y entonces… los escalones comenzaron a nacer.

No de piedra ni metal.

Sino de cartas.

Naipes flotantes que se armaban uno por uno, extendiéndose en una escalera imposible que serpenteaba hacia arriba, girando en espiral como una torre viva.

—La bruja… —murmuró Tn mientras caminaba sin mirar atrás—. Es la Reina, ¿sabes?

No como las otras. Las Reinas gobiernan más que los Reyes. Y el Rey, bueno… ya no está.

Sus palabras colgaban en el aire como el humo de un incendio olvidado.

Madoka dudó. Pero estaba sola. Perseguida por el absurdo, atrapada en una pesadilla sin lógica, sin salida. Así que, temblando un poco, puso un pie sobre la primera carta.

No se rompió.

Y así, empezó a seguirlo.

Uno a uno, los escalones se formaban con el sonido leve del papel rozando el aire.

Era frágil. Inestable. El viento soplaba desde abajo como si quisiera hacerla caer. El equilibrio era traicionero.

Pero ascendieron.

Y mientras lo hacían, dejaron atrás el tablero.

La torre de cartas se alzó más allá de los rostros cosidos de las piezas, más allá de los cuervos mecánicos que giraban alrededor del sol falso, más allá de todo. Traspasaron las nubes, y por fin, Madoka pudo ver.

Abajo estaba el mundo.

Un páramo infinito de casillas negras y blancas rotas.

Cadáveres de piezas dispersas. Peones destripados. Caballos sin cabeza.

El Rey, lo que fuese, había sido derribado hace mucho.

Lo único que aún quedaba entero… era una figura de Reina con los ojos vendados y labios cosidos, sentada muy, muy lejos.

—¿Qué es esto? —preguntó Madoka en voz baja, con los ojos bien abiertos.

Tn, que había estado mirando hacia arriba, señaló en otra dirección.

—Primero… las piezas. No puedes llegar al corazón si no atraviesas el cuerpo.

Y para eso —dijo con un giro teatral de su sombrero—, debemos hacer la primera jugada.

Madoka siguió la línea de su dedo.

Y lo vio.

Un gigante blanco, de forma humana pero de piel lechosa y agrietada como porcelana vieja. Su cuerpo era largo, desproporcionado, y del rostro chorreaba un líquido negro viscoso, como tinta mezclada con sangre.

Sus ojos no estaban.

Solo un cráneo sonriendo, donde los dientes parecían más largos de lo necesario.

En su espalda crecían columnas rotas, y a sus pies… los restos de otras piezas destrozadas.

Un título invisible colgaba en el aire, como si el mundo susurrara su nombre.

“TORRE”

Madoka sintió que su alma se encogía.

Tn, en cambio, comenzó a canturrear mientras balanceaba su reloj colgando de un dedo.

—♟️ Una pieza para entrar, una pieza para salir…

Pero si quieres ver a la Reina, primero deberás morir… ♟️

Madoka lo miró, horrorizada.

—¿Qué… estás cantando?

—Solo una rima. Las piezas las repiten. Es todo lo que recuerdan. El tablero es para dos, Madoka Kaname.

Ella se congeló.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Tn se llevó un dedo a los labios, con una sonrisa más suave esta vez.

—Tú aún no me lo diste. Pero yo… ya te conocí ………otra jugada.

Y sin más palabras, el chico giró sobre su talón, caminó por un nuevo camino de cartas que se ramificaba de la torre y señaló hacia el monstruo blanco que empezaba a moverse lentamente.

—Hora de movernos, Madoka.

La Reina espera.

Y la Torre… también.

Madoka se murmuró a sí misma, con el corazón latiendo como un tambor de guerra.

—Debo luchar… contra la bruja. No importa si estoy sola.

Su voz era débil, pero decidida.

No tenía a Homura, ni a Sayaka, ni a nadie.

Pero tenía su alma.

Tenía su misión.

Apretó con fuerza su báculo, el rosa brillante de su energía palpitando con luz tímida.

Respiró hondo.

Y corrió.

El sendero de cartas de poker crujía bajo sus pies, formando una rampa ascendente, retorcida, imposible. El viento soplaba con la fuerza de mil alientos condenados, pero ella no se detuvo.

Corrió directo hacia la Torre Blanca, el gigante pálido que se alzaba como un dios enfermo entre los escombros del tablero.

El ser no se movía. Solo la observaba.

Madoka alzó su báculo, gritó un conjuro, y una flecha de luz rosada surcó el aire, explosiva, guiada por el fuego de su esperanza.

Impactó directamente en el torso del monstruo.

¡BOOM!

Un estruendo seco sacudió el mundo.

La Torre tambaleó.

Y luego… abrió su boca.

No era una boca realmente.

Era una falla negra que se extendía como una grieta viva, de la que caía líquido oscuro en torrentes.

No tenía lengua.

No tenía garganta.

Solo un abismo.

Madoka se preparó para un rugido. Pero no hubo sonido.

Solo la sensación de que algo frío se metía dentro de su cráneo.

El ser dio un paso.

Pero antes de que pudiera hacer más, un puño colosal lo golpeó desde un costado.

Un estruendo como de placas tectónicas colisionando resonó en el aire.

La Torre Blanca fue derribada, su cuerpo hecho polvo parcial sobre un ala del tablero.

Madoka jadeó. Y entonces lo vio.

Una segunda Torre.

Torre Negra.

Era igual de enorme.

Pero sus proporciones eran más rectas, más afiladas. Como si hubiera sido tallada a golpes.

Donde la Blanca tenía liquidez, la Negra tenía dureza.

Donde la Blanca lloraba oscuridad, la Negra parecía contenerla en su interior como una jaula sin barrotes.

Tn sonrió desde donde estaba sentado, bebiendo algo invisible de una taza de porcelana.

—El lado negro… hace su movimiento.

Sus palabras se deslizaron por el aire como una jugada anunciada en un tablero eterno.

Madoka no supo si sentir alivio o más miedo.

Pero el alivio se desvaneció en segundos, cuando una ráfaga violenta de viento hizo temblar el camino de cartas.

Se tambaleó. Sus pies resbalaron.

Y cayó.

Por un instante, creyó que todo se había terminado.

El vacío la abrazaba con manos frías.

Pero una mano la sostuvo.

—¡Ah…!

Tn la tenía de la muñeca, su rostro asomándose por el borde, como si nada fuera urgente.

Su otra mano sostenía su sombrero de copa con gracia absurda.

—Estas distracciones… no durarán mucho —dijo suavemente—. Las piezas no luchan por nosotros, solo se matan entre sí. Y cuando terminen… nos mirarán a nosotros.

Madoka temblaba. No solo por el vértigo, sino por las palabras.

Tn la subió con facilidad y la dejó sentarse en el filo del camino.

—¿Qué… fue eso? —susurró ella.

—Dos Torres. Una blanca. Una negra. —Tn giró su reloj de bolsillo entre los dedos—. La Reina vigila desde lejos.

Pero las Torres… son guardianes del orden.

Una protege.

La otra… destruye.

Madoka bajó la cabeza.

—¿Y por qué me atacó?

—Porque no eres parte del juego —respondió él con voz casi dulce—. Eres una anomalía. Una pieza que no pertenece. Y eso… molesta al tablero.

Él se incorporó, se estiró como un gato y luego le ofreció la mano nuevamente.

—Vamos, Kaname Madoka. La partida no ha hecho más que comenzar.

Abajo, los restos de la Torre Blanca comenzaban a recomponerse.

La Torre Negra ya se alejaba, desapareciendo hacia la otra punta del tablero.

Y muy lejos, en lo alto del cielo simulado, la Reina cosida y sin ojos ladeaba levemente la cabeza… como si sonriera.

El camino de naipes crujió… y colapsó.

Madoka apenas alcanzó a gritar cuando el suelo desapareció bajo sus pies.

La caída fue suave al principio, como si descendieran por un sueño sin fin.

Pero la velocidad aumentaba.

El viento aullaba.

La gravedad se volvía hambre.

Entonces Tn, siempre un paso fuera de las reglas, sacó un pañuelo.

No parecía gran cosa. Blanco. Doblado. Ligeramente arrugado.

Pero cuando lo lanzó al aire, el pañuelo se desplegó, creciendo como una bandera atrapando viento invisible, y luego los envolvió.

El aire se detuvo.

Madoka sintió como si flotara en una burbuja de seda.

Ambos descendieron con suavidad, como si la caída hubiera sido parte de un acto de magia cuidadosamente ensayado.

No tardaron en tocar suelo.

Frente a ellos, a lo lejos, más allá de una colina cubierta de niebla, estaba el puesto de la Reina.

Una estructura imposible. Parte trono, parte jaula, parte catedral.

Pero entre ellos y su destino… un bosque.

Tn guardó el pañuelo como si fuera una carta común, y comenzó a caminar, sin mirar atrás.

—Ven. No debemos quedarnos aquí.

Madoka lo siguió. Sus pies crujían la hierba seca, pero no había olor a naturaleza.

El bosque era silencioso como una tumba sumergida. Y las ramas… se retorcían como dedos.

Apenas habían avanzado unos pasos, cuando Tn detuvo su andar.

—No mires hacia arriba —dijo, con una voz más seria que antes.

Eso fue todo lo que dijo.

Pero era una advertencia que venía con un peso que no podía ignorarse.

Y por eso Madoka sintió el impulso.

Volteó.

Sus ojos subieron entre los troncos.

Y vio.

Las copas de los árboles no eran hojas.

Eran cuerpos.

Cuerpos pintados, inmóviles, blanquecinos o ennegrecidos, cosidos entre sí en posiciones de plegaria, castigo o rendición.

Los torsos eran tallos.

Los brazos eran ramas.

Las cabezas eran frutos secos que colgaban con hilos sangrientos.

Peones.

Peones blancos y negros.

Cientos.

Miles.

Tal vez más.

Madoka se tapó la boca con ambas manos, un espasmo recorriendo su espalda.

Sus rodillas casi cedieron.

Tn no la miró, pero su voz bajó hasta convertirse en un murmullo pegajoso—Caíste en el terreno de los Alfiles… y ellos son quienes guían la fe del tablero.

Los peones que fracasan… se siembran.

Los que dudan… se arraigan.

Madoka apenas podía respirar.

—¿Qué… qué clase de tablero es este?

Tn se encogió de hombros, como si hablara del clima.

—Quien sabe…..solo la reina lo decide~.

Ella tragó saliva, apretando su báculo con fuerza.

—No quiero… convertirme en eso.

—Entonces sigue caminando —susurró él—..

Ambos siguieron.

La neblina se hacía espesa.

Y aunque no había viento, los árboles crujían con voces bajas. No eran palabras. Eran rezos sin sentido, repetidos como un error programado.

De pronto, una figura cruzó el camino.

Era alta.

Cubierta por una túnica de retazos blancos.

Su rostro era una máscara con un ojo en cada diagonal.

Y en su espalda… una cruz de hierro, colgando.

Un Alfil.

Se detuvo.

Los miró.

No hizo nada.

Tn no se inmutó. Siguió caminando.

Madoka lo imitó.

Pero cuando dio tres pasos, sintió algo entre sus piernas.

Miró hacia abajo.

Y vio una mano negra saliendo del suelo, tomando su tobillo.

—¡Ah!

Una voz surgió desde las raíces—Avanza, peón… avanza hasta que sangres.

Madoka gritó.

Intentó liberarse.

El suelo se abrió más.

Pero Tn giró apenas su sombrero y dijo con calma—Los rezos no pueden tocarte si sabes que no eres su dios.

El brazo… se desvaneció.

Como una sombra que nunca existió.

Madoka jadeó, tambaleándose.

—¿Por qué no atacan?

Tn no se detuvo.

—Porque aún no es su turno.

Silencio.

Pero en algún lugar del bosque, se escuchó un campanazo.

Lento.

Hueco.

La Reina se había levantado.

La Reina se levantó.

‘Eso no estaba bien’

No caminó.

‘No,no,no,no,no,no,no,no,no,no’

No flotó.

Simplemente ya estaba de pie.

Sus dedos —largos como agujas tejedoras— se deslizaron lentamente por su rostro cosido.

Tomó el hilo que cerraba su ojo derecho y, con una sola tirantez, lo descosió.

Detrás del velo, un ojo carmesí emergió.

No brillaba: ardía con deseo, con juicio, con hambre.

Su sonrisa se extendió más allá de los límites de la carne, curvándose como una herida vieja.

Estaba desnuda y vestida a la vez.

No por prendas, sino por la imposibilidad de mirar su cuerpo sin que el alma misma sintiera vergüenza.

Piel que no era piel.

Textura que cambiaba con la mirada.

Sus pies flotaban apenas sobre el suelo… pero por donde tocaban, dejaban manchas negras, como si estuviera deshaciendo el mundo bajo sus pasos.

El Alfil que los acompañaba —silencioso hasta ahora— se arrodilló.

Su máscara se inclinó.

Y sin más, desapareció entre los árboles en busca de más peones.

Madoka tragó saliva.

Su báculo temblaba en sus manos, pero lo sostuvo con fuerza.

El corazón golpeaba su pecho como un tambor de guerra… pero no huyó.

La Reina la miró.

Pero no atacó.

Aún no.

En cambio, desapareció.

Madoka apenas tuvo tiempo de girarse cuando, en un solo parpadeo, la Bruja estuvo justo detrás de Tn.

Y antes de que él pudiera reaccionar…

—Shhh… —susurró la Reina—, tú eres el favorito del tablero.

Tomó su rostro con ambas manos.

Y lo hundió contra su pecho.

Pero no fue un gesto maternal.

No fue un acto de compasión.

Fue un acto de dominación. Demasiado cruel para un humilde relojero.

El pecho de la Reina se abrió como una flor de carne, revelando una boca negra cosida desde dentro, de la que escapaba una niebla pútrida.

La boca se descosió sola, hilo a hilo, mientras emitía una voz que no era voz: una combinación de jadeos, risas infantiles, susurros de amantes muertos y el eco del lamento de los sacrificados.

Palabras prohibidas.

Palabras vulgares, crueles y lujuriosas.

Palabras venenosas, que descendían como aceite por los oídos de Tn.

Madoka gritó su nombre.

Intentó correr hacia él.

Pero una fuerza la detuvo. No física.

Una sensación de que si daba un paso más, ella también sería maldecida.

Tn tembló.

Sus pupilas se dilataron y luego se tiñeron completamente de negro.

Su sonrisa desapareció.

Su expresión se borró.

Y sus brazos cayeron.

Como si estuviera muerto por dentro.

Como si la Reina le hubiera devorado el alma con palabras.

Madoka gritó de nuevo.

—¡Tn! ¡Responde!

Nada.

Él no se movía.

Solo su pecho subía y bajaba… lentamente.

La Reina alzó la mirada hacia Madoka.

Su boca ya no estaba.

Había vuelto a coserse sola.

Pero sus ojos hablaban por ella.

Decían “Este no es tu turno. Este fue el suyo. El tuyo viene después.”

Y entonces extendió su brazo.

De su palma, surgió una figura que brotó como humo, y tomó forma de una niña sin rostro: una Dama Negra, con un vestido de plumas y un cetro de cráneos diminutos.

La Reina acarició la cabeza de su creación… y luego la soltó.

La Dama Negra descendió lentamente, flotando hacia Madoka.

Tn cayó de rodillas.

Vacío.

Y Madoka…

Madoka levantó su báculo.

Ya no por coraje.

Ni por esperanza.

Sino porque era lo único que le quedaba.

Se preparó para pelear.

Porque si no lo hacía, el tablero la tragaría como lo hizo con Tn.

Y entonces, la Reina susurró desde dentro de la Dama Negra.

—Jaque.

Madoka gritó.

No de miedo.

No de dolor.

Sino de resistencia.

—¡NO! —su voz cortó el aire como una campana desesperada en medio de la niebla—. ¡No voy a dejarte ganar!

Y en un instante, disparó.

Un torrente de luz rosa brotó de su báculo, pura como una estrella en explosión, e impactó contra la figura de la Dama Negra, que apenas comenzaba a moverse con su cetro macabro.

El impacto la desintegró en una ráfaga de humo negro y chillidos incorpóreos.

Pero Madoka sabía que no había terminado.

No era así de simple.

Porque el verdadero peligro no era esa figura.

Era Ella.

La Reina.

La Bruja.

Madoka corrió.

Saltó entre los cuerpos-arboles del bosque, lanzando hechizos de dispersión, dejando estelas de luz tras de sí, esquivando con precisión casi sobrenatural los rayos negros que se arqueaban como relámpagos malditos.

Pero la Reina la seguía.

Con cada paso que daba, el suelo se pudría.

La hierba temblaba.

Las sombras se convertían en lenguas y garras.

Y entonces, con un solo gesto de fastidio, la Reina arrancó su vestido.

Y el mundo calló.

No porque quedara desnuda —no en el sentido humano—.

Sino porque su cuerpo era una mentira, una ilusión, una contradicción visual: expuesta pero intangible.

Sus formas parecían humanas por un momento, y luego eran geometrías imposibles, carne invertida, espejos de carne. Un vientre demasiado delgado para se rhumano su sona pelvica cosida los labios vaginales cosidos como si protegieran su pureza.

Un fluido espeso —negruzco, iridiscente como petróleo— brotaba de su pecho, o tal vez de su boca.

La lógica no se aplicaba aquí.

Ella era la Bruja, y la Bruja era el Tablero.

Y el Tablero la adoraba.

Tn seguía en el suelo.

Sus ojos, vacíos.

Su cuerpo, rendido.

Su mente, atrapada en una maldición hecha de palabras imposibles de recordar.

—Tn… —susurró Madoka, entre ataques—. ¡Despierta… por favor…!

Pero no hubo respuesta.

La Reina sonrió.

Una sonrisa perfecta.

Demasiado perfecta.

Porque tras ella, sus labios estaban cosidos aún por una costura superior, como si su verdadera boca estuviera aún sellada.

Hasta ahora.

Con una delicadeza monstruosa, tomó el hilo que sujetaba su boca superior.

Y lo arrancó.

La costura se deshizo con un sonido como de seda desgarrándose…

Y la boca se reveló.

No era solo una cavidad.

Era un altar de dientes inmaculados, tan blancos que dolían, tan simétricos que se volvían antinaturales.

Y entonces, lamió sus labios.

Con una lengua bífida, serpentina, rosada y negra.

—Pequeña Reina sin corona… —susurró la Bruja con una voz que no venía de su garganta, sino del mundo mismo—. ¿Aún crees que hay esperanza?

Y sus brazos se alargaron.

No como un hechizo.

No como un acto.

Sino como una decisión.

Se extendieron como tentáculos de carne sagrada, largos como catedrales, cruzando el bosque, rompiendo árboles, y apuntando directamente hacia Madoka.

La chica saltó.

Disparó.

Rodeó un árbol hecho de cuerpos aún temblorosos.

Pero la Reina la alcanzó.

Una garra le rozó la pierna, y Madoka cayó, rodando por el suelo cubierto de hojas de papel y ceniza.

Sangre.

Dolor.

Temor.

La Reina la estaba cazando.

Y Tn…

Tn murmuró algo.

Un susurro que nadie oyó.

Un nombre.

Una idea.

Una negación.

Porque en su interior…

Algo se partía.

Y la Reina, desde arriba, rió.

Porque el Jaque estaba puesto.

Y el Mate estaba a punto de ser declarado.

Madoka esquivó por poco el zarpazo de la Reina.

Su respiración era agitada.

Su cuerpo temblaba.

Pero su corazón…

…brillaba.

Era esperanza.

Pequeña, temeraria, infantil.

Pero verdadera.

Y esa luz no fue ignorada.

Los árboles que la rodeaban —formados por peones blancos y negros convertidos en cuerpos crucificados, fundidos en madera y carne— comenzaron a despertar.

Uno por uno.

Sus cabezas colgantes se alzaron.

Sus bocas se abrieron.

Y por primera vez, sus ojos lloraron.

Lágrimas negras.

Lágrimas blancas.

Lágrimas de un juego sin sentido.

—¿Por qué jugamos…? —dijo uno.

—¿A quién servimos…? —preguntó otro.

Y sus manos, aún rígidas como ramas muertas, se alzaron.

Contra la Reina.

Contra aquella que traicionó la partida.

Las manos negras fueron las primeras en actuar.

Peones del Rey Negro, sacrificados sin gloria, usados como escudos.

Pero ahora…

Ahora eran ira.

Garras salieron de los árboles.Brazos se desprendieron del follaje artificial.

Se estiraron como sombras hacia la figura de la Reina, que aún reía entre dientes.

Hasta que la tocaron.

Y la sujetaron.

—¡TRAICIÓN! —gritó una voz.

—¡BRUJA! —rugió otra.

Las manos negras se aferraron a su piel imposible, a sus pechos corruptos, a sus piernas sagradamente profanas.

La envolvieron como una tumba.

Como un manto.

Como un castigo.

Y la Reina rugió.

Su voz ya no era dulce.

Era áspera.

Rabiosa.

—¡Mis piezas! ¡MIS PIEZAS! ¡YO SOY EL CENTRO!

Pero el tablero ya no la obedecía.

Los peones blancos gritaron, confundidos.

Algunos intentaron impedir la ofensiva.

Pero al intentar detener a los peones negros…

Fueron detenidos a su vez.

Porque en el fondo, la lógica de la partida ya había colapsado.

El bosque ardía en movimiento.

Las piezas se volvían contra su Reina.

El juego se rebelaba.

Y Madoka, viendo todo, sintió su corazón latir con fuerza.

—…es posible… —susurró.

Y entonces corrió.

Corrió hacia donde Tn yacía.

Inerte.

Silente.

Maldito.

Se arrodilló junto a él.

Sostuvo su rostro entre sus manos.

Y lloró.

—¡Despierta! ¡Por favor! ¡Tn… esto no puede acabar así!

Pero él no respondía.

Sus ojos eran un espejo vacío.

Sus labios, inertes.

La Reina, aprisionada, aún gritaba maldiciones.

Su cuerpo se rompía y regeneraba bajo las manos negras que no soltaban.

Y entonces…

Madoka acercó su frente a la de Tn.

Y murmuró—Si tú no puedes luchar… entonces yo lo haré por los dos.

En ese instante, una chispa.

Pequeña.

Diminuta.

Un latido.

Uno solo.

Los dedos de Tn temblaron.

Sus ojos, aún negros, se contrajeron.

Y una voz…

Una que no era suya.

Una que estaba dentro.

—La Reina no se mueve sin el Rey…

—Pero el Rey ha muerto…

—…entonces, ¿quién la gobierna?

Tn exhaló.

Y sus labios susurraron, como si recordaran algo lejano—…el tablero… aún no ha terminado.…

Madoka lo sostuvo más fuerte.

La luz a su alrededor se hizo más intensa.

Los peones continuaban su lucha.

Y desde lo profundo del suelo…

Un nuevo ruido emergía.

Una pieza oculta, una que nadie esperaba.

Una Reina Blanca que nunca fue coronada.

Una jugadora que no existía en los registros.

Y Madoka…

…comenzaba a entender.

Los brazos de los peones negros sujetaban a la Reina.

Ella gritó, pero no de dolor.

—¡MI CABALLO!

Y el Caballo respondió.

Desde el vacío entre los árboles, un estallido de luz blanca rasgó el aire.

Una figura se materializó en un galope imposible:

un Caballero de Armadura Blanca, ornamentada con espadas curvas y decoraciones que parecían dientes.

Sus ojos brillaban con celo fanático, y su espada larga cantaba al cortar.

Con un solo movimiento, el Caballo cortó los brazos que sujetaban a la Reina.

Manos negras cayeron al suelo, arrastrando savia y sangre.

La Reina se alzó.

Libre.

Manchada.

Y riendo.

Pero no por victoria.

No aún.

Tn ladeó su cabeza. El brillo negro en sus ojos palpitaba, pero se desvanecía lentamente.

Con dificultad, sacó una joya de su ropa.

Brillaba como una estrella roja encerrada en cristal.

Temblaba.

Latía.

Madoka extendió sus manos.

Y él se la entregó.

La sintió al tocarla.

Su esencia.

Era el alma de Tn.

Madoka lo miró, confusa.

Temerosa.

—¿Esto… eres tú…?

Tn asintió débilmente.

—Hice un trato —susurró—. No con la Reina. Ni con la Bruja.

—¿Entonces con quién…?

Tn la miró.

Y por un instante, sus ojos dejaron de ser negros.

Fueron vacíos.

Inmensos.

Y llenos de un fuego blanco.

—Con el Vacío entre movimientos.

—¿Qué…?

Tn sonrió.

Y con voz firme, dijo—Te entrego mi esperanza, Madoka… para que termines esta partida.

Porque yo ya no puedo.

El Caballero Blanco cargó hacia ellos.

Pero fue interrumpido.

Peones negros se le arrojaron encima.

Algunos volaron en pedazos, otros fueron partidos por la espada blanca…

Pero resistieron.

Luchaban por algo más que un berserker enfurecido.Luchaban por algo más que el tablero.

Luchaban por significado.

Y entonces…

La Reina rió.

Su rostro brillaba de placer.

Un líquido viscoso chorreaba por sus mejillas.

—¿Creías que esto era lo peor? —susurró con una voz de mil lenguas ¿Creíste que el Jaque era mi final?

Abrió su vientre.

Sus manos tocaron sus pechos con movimientos ritmicos. La costura en su entrepierna sangraba.

La costura de su abdomen se desgarró.

Y desde dentro…

Una pieza más emergió.

No blanca.

No negra.

Roja.

Un núcleo palpitante en forma de corona.

Con piernas.

Con sonrisa humana… y ojos sin rostro.

El Príncipe.

Una figura prohibida.

Una pieza que no existe en ningún tablero.

Una pieza que rompe la partida.

El aire se quebró.

El cielo se fracturó.

Las reglas sangraron.

Tn se puso de pie. Sus piernas tambaleaban, pero sus ojos estaban claros.

—Derrota a la Reina —le dijo a Madoka—Yo me ocuparé… del error.

Extendió su brazo.

Y una sombra negra cabalgó desde las raíces.

Un Caballero Negro, armado con una lanza que parecía hecha de huesos.

Sin rostro.

Sin voluntad propia.

Solo un reflejo.

Tn lo señaló.

Y el Caballero corrió hacia el Príncipe.

Choque.

Explosión.

Cadenas de lógica rota envolviendo sus cuerpos.

La partida ya no tenía árbitro.

Solo jugadores rotos.

Madoka apretó la joya de Tn contra su pecho.

Y su bastón resplandeció.

No con magia rosa.

Con luz blanca.

La esperanza se volvió arma.

El amor se volvió acero.

Y el deseo de un final… se volvió corte de juicio.

Ella avanzó.

Hacia la Reina.

Que aún se reía.

Que aún sangraba.

Y la partida…reiniciaba en fuego.

(Yare yare yare yare yare……..digan comentarios o preguntas sobre algo del lore que hago. Tal Vez actualice mis otro fics sobre los oc porque sip, este canal nacio para los oc pero probé los tn y no me salen tan mal.)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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