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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 62

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Capítulo 62: artoria saber part 2 (fgo)

Luego de cenar, cada marinero que no estuviera en el turno de la noche se fue a dormir. Artoria se recostó en su rincón asignado mientras los marineros se acostaban en hamacas improvisadas.

El crujido del barco meciéndose en las olas era un arrullo constante, pero no uno que arrullara el sueño. Artoria yacía sobre costales de paja áspera, el olor a sal, madera húmeda y sudor añejo impregnaba el aire. Por más que cerrara los ojos, no podía ignorar la dureza del lecho, tan diferente de las camas de lino perfumado y mantas gruesas que una vez tuvo.

Un sueño fugaz la arrastró a la imagen de Camelot. El Salón del Trono, el estandarte ondeando al viento, las carcajadas de Gawain, las miradas serias de Bedivere. Todo desaparecía como niebla en el amanecer.

Pero fue su propio cuerpo el que la despertó. Sintió la presión. Abrió los ojos de golpe y al mirar hacia abajo, su rostro se contrajo en una mueca de furia resignada.

—Otra vez… —murmuró con un suspiro, apoyando el antebrazo sobre su rostro.

Se sentó, frunciendo el ceño, el corazón latiéndole con irritación. Apretó los dientes. Aún no entendía del todo esa maldición. No era placer, no era necesidad. Solo era una respuesta física absurda a un cuerpo que no pidió.

—¿Cómo soportan esto todos los días los hombres? —gruñó en voz baja—. ¿Cómo no enloquecen?

Respiró hondo. Intentó recordar lo que decía Merlin, aquel brujo desvergonzado”El cuerpo es una herramienta, mi Rey. No una prisión.”

Mentiroso. Maldito. La había encerrado en una paradoja: entrenada como varón, nombrada rey como hombre… pero nacida mujer, obligada a cargar con ambas naturalezas sin nunca poder reclamarlas como propias.

Tardó un rato en calmarse. Finalmente logró ponerse de pie y vestirse con la ropa que Tn le había dado. Una camisa holgada, unos pantalones desgastados. Nada digno de una antigua soberana, pero útil. Acomodó su vaina en la cintura y salió a la cubierta, donde la luz del sol ya golpeaba con fuerza.

El aire salino llenó sus pulmones. Frente a ella, los marineros iban de un lado a otro como hormigas en constante labor. Ataban sogas, izaban velas, lavaban el piso con escobas de crines duras.

Uno de ellos, un joven sin camisa y con una cicatriz en el abdomen, la miró de reojo.

—Oye, ¿el nuevo qué es? —preguntó en voz baja a un compañero.

—¿Quién? ¿Ese que vino con el capitán?

—Sí. Artoria o como se llame. ¿Es un muchacho?

—No sé. No tiene pecho. Así que debe ser hombre.

—Pero tiene el rostro… no sé, raro. Casi bonito.

—Tú solo trabaja, idiota. A menos que quieras que te ponga a fregar las cubas de pescado podrido.

Artoria oyó parte de la conversación. No dijo nada. Apretó los puños. “Ni siquiera ahora me ven por lo que soy.”

Unos pasos firmes resonaron en la madera. Era Tn, bajando del cuarto de mapas, envuelto en su abrigo corto, con una manzana en la mano y una sonrisa leve.

—¡Buenos días, dormilon! —saludó mientras le lanzaba una mirada divertida—. ¿Costales muy cómodos?

Ella arqueó una ceja.

—Preferiría algo que no se mueva tanto.

—Eso puedo arreglarlo, pero dudo que duermas mucho —respondió él con una carcajada suave, dando un mordisco a su fruta—. Vamos, no estés tan serio. Hoy toca limpiar cubiertas, ayudarme a organizar la bitácora y revisar las rutas para cuando lleguemos a Galicia. No es mucho, pero te mantendrá ocupada.

El sol filtraba su luz tibia a través de las velas tensadas por el viento. El olor a sal y madera mojada llenaba el aire. Artoria, aún con el cuerpo algo entumecido, se apoyó brevemente en la barandilla del barco, observando el horizonte, hasta que Tn volvio hablar tras ella.

—. Ven conmigo al camarote. Quiero que revisemos la ruta hacia Galicia. Ahí me vas a demostrar si de verdad sabes hacer algo más que recitar papeles de iglesia.

Artoria asintió en silencio. No le molestaba el tono, estaba acostumbrada a voces autoritarias, aunque en Tn no había soberbia, solo necesidad. Caminó tras él por el estrecho pasillo del barco hasta llegar al camarote del capitán.

El lugar era pequeño, pero ordenado. Había un catre simple, una lámpara de aceite encendida a medio día, y un escritorio donde descansaban mapas enrollados, plumas y una brújula de latón que parecía haber visto demasiadas tormentas.

—Siéntate —dijo Tn mientras sacaba dos rollos de pergamino con rutas costeras—. A ver, vamos a hacer esto fácil. Aquí está la costa sur de Britania, y este es nuestro rumbo… quiero que traces la posible ruta evitando zonas de arrecifes y revises si hay alguna corriente que pueda empujarnos.

—Entendido —respondió Artoria con calma. Su tono era sereno, casi frío, pero su mirada se volvió afilada al ver los mapas.

Mientras ella trabajaba con precisión, Tn observó la vaina que colgaba de su cadera. No había espada alguna.

—¿Sabes? Me ha estado picando la curiosidad desde que te vi. ¿Por qué cargas una vaina sin espada?

Artoria no alzó la vista. Fingió mantener la atención en el mapa mientras respondía, con tono neutro.

—No tenía dinero para una espada. Me la robaron en el camino.

Tn soltó una pequeña risa nasal. No era burlesca, más bien de alguien que ha oído muchas historias.

—Vaya, eso suena típico. Aunque no te imagino dejando que te roben fácilmente.

—No fue exactamente una pelea —añadió Artoria—. Fue… un descuido. Dormía.

Tn asintió, sin insistir. No le parecía buena idea presionar. En realidad, le agradaba el joven. Tenía un aire… diferente. A veces, le parecía más noble que la mayoría de los ricos que había conocido en las ciudades. Y aunque tenía el rostro suave, no tenía la fragilidad de un niño o de una dama. Era raro.

—Bueno, traza lo que veas necesario, y yo ajustaré la brújula y los ángulos. Tengo que guiarme por las estrellas esta noche. Hay viento favorable, así que si no erramos, podríamos llegar en menos de dos semanas.

El silencio volvió a llenar la habitación. Solo el murmullo del agua golpeando el casco y el grito intermitente del timonel—¡Rumbo fijo! ¡Velas tensas!

Artoria terminaba de trazar líneas limpias con pulso firme. Tn la miraba con atención, curioso. Finalmente, preguntó con media sonrisa—¿Dónde aprendiste a hacer esto? No me digas que en una iglesia.

—En una biblioteca… bajo instrucción privada —dijo ella con cautela. Era verdad, en parte. Aunque esa biblioteca estaba dentro de los muros de Camelot, y su instructor era un mago con más misterios que el mar mismo.

—¿Rico alguna vez? —preguntó Tn sin rodeos, apoyando el codo sobre el escritorio.

Artoria lo miró, sin pestañear.

—Lo suficiente como para aprender… lo suficiente como para perderlo.

Tn asintió, comprensivo. No todos los que navegaban tenían historias felices. De hecho, casi ninguno.

—Bueno, Artoria… te comportas más como noble que como grumete, pero haces bien tu trabajo. Eso es lo que importa. Cuando bajemos en Galicia, si no has huido o muerto, te invito una jarra.

—No bebo —respondió ella.

—Bah, nadie lo hace… hasta que llega al puerto —rió Tn mientras volvía a centrarse en el mapa.

Ambos se sumieron de nuevo en el trabajo. Sin tensión. Sin mentiras… al menos no más de las necesarias.

Pero en el fondo de su alma, Artoria sabía que cada paso que daba en ese barco, cada palabra que decía, la alejaba más de lo que fue. Y tal vez, solo tal vez… eso era lo que más necesitaba ahora.

Pasaron un par de horas trazando lineas y midiendo la latitud hasta que finalizaron.

—Buen trabajo —dijo Tn tras revisar los trazos con atención—. Las rutas están claras y evitan bien las zonas peligrosas. Vamos a guiarnos por esto. Si todo sale bien, alcanzaremos Galicia sin perder carga… ni hombres.

Artoria solo asintió, satisfecha. Había cumplido su parte. En teoría, como cartógrafa —o eso era ahora, al menos ante estos hombres— no tendría que hacer nada más que trazar rutas y escribir reportes. Pero la quietud y el lento vaivén del mar no eran algo que supiera disfrutar con facilidad. Estaba acostumbrada al deber constante. A los estandartes. A la espada. A cargar con el peso del Reino.

—Si no te molesta —dijo de pronto—, haré un inventario de los suministros. Solo para tener algo que hacer.

Tn la miró de reojo, y encogió los hombros.

—Haz lo que quieras, cartógrafo. Mientras no robes ron ni raciones, puedes contar hasta las ratas si así lo prefieres.

Sin perder más tiempo, Artoria descendió sola hacia la bodega. El aire era más denso allí abajo, saturado de sal, humedad y madera envejecida. Las linternas colgaban de ganchos oxidados y apenas iluminaban las estanterías donde se almacenaban toneles, cajas de víveres, herramientas, sogas enrolladas y telas dobladas.

Tomó un pergamino limpio y comenzó a escribir:

—“Tres barriles de sal seca… seis sacos de arroz… dos toneles de ron…”

El trabajo era simple, pero reconfortante en su monotonía.

Entonces, al apartar una lona vieja, lo vio.

Una pila de banderas cuidadosamente dobladas, algunas con los colores de ciudades portuarias: Lisboa, Marsella, Palermo…

Y entre ellas, la que hizo que su mano temblara apenas un segundo.

Blanca, azul profundo, y el dorado gastado del viejo león de Pendragon.

La bandera de Camelot.

Se quedó en silencio. Incluso el barco pareció detenerse por un instante, como si el mar mismo supiera el peso de aquel símbolo.

El corazón de Artoria se encogió, golpeando lento, pesado. Su respiración se volvió tenue mientras sus dedos acariciaban la tela ya ajada, pero aún firme.

No supo si esa bandera era parte de alguna mercancía antigua, una reliquia saqueada o algo que el capitán había recogido sin saber su valor.

Quizá no importaba.

“Camelot ya no existe”, pensó. “No como antes. No como debía.”

Sus ojos se cerraron un instante. No lloró. Ya no tenía lágrimas para eso. Solo un suspiro leve escapó de sus labios. Un suspiro que traía siglos de peso contenido.

—Otro rey más digno… tomará mi lugar —murmuró, en voz baja, como si al decirlo pudiera entregar finalmente el trono invisible que aún cargaba sobre los hombros.

Guardó la bandera con cuidado entre las otras, asegurándose de no doblarla mal ni dejarla sucia. No era por orgullo. Era respeto. A lo que fue. A los caídos. A sí misma.

Volvió al pergamino y siguió escribiendo:

—“Seis banderas. Estado: comerciables. Una de procedencia antigua… no esencial.”

Y entonces, como si el momento no hubiera ocurrido, regresó a su tarea.

Porque ya no era Rey.

Era Artoria, la cartógrafa.

Pero las estrellas sobre su cabeza seguían siendo las mismas que guiaron a los caballeros de la mesa redonda…

Y aunque su espada no estuviera a su lado, el peso de su historia jamás la abandonaría.

Artoria terminó de registrar el último tonel, enrolló el pergamino y subió lentamente hacia la cubierta. El aire marino, salado y fresco, la recibió como un bálsamo. El sol ya estaba en descenso, tiñendo el cielo de un naranja profundo que se reflejaba sobre las olas tranquilas como un mar de fuego líquido.

Arriba, los marineros mantenían todo en orden. Nadie holgazaneaba ni se quejaba. Todos sabían qué hacer y cuándo hacerlo. Las manos curtidas se movían con precisión: amarraban sogas, limpiaban, ajustaban las velas. Cada uno cumplía su papel con la resignada naturalidad de quienes llevan años en el mar.

Artoria los observó en silencio, apoyada discretamente junto a un mástil. En tierra, hombres así habrían sido campesinos rudos o soldados de frontera, quizás incluso ladrones o forajidos. Pero aquí, bajo el mando de Tn, todos seguían una disciplina curiosamente eficiente.

—Buen trabajo, muchachos —escuchó decir al capitán mientras pasaba entre ellos—. Mantened la vela principal estable. El viento cambiará al anochecer.

Un par de marineros asintieron y se apresuraron a cumplir la orden. Nadie dudaba de Tn. Era joven, sí. Pero había carácter en su voz, firmeza en su paso. Tenía esa mirada de los que no tiemblan, y una lengua que sabía cuándo hablar y cuándo no.

Artoria se quedó un rato más en cubierta, observando cómo el timón giraba lentamente bajo las manos del piloto. Cuando Tn se acercó para verificar el rumbo, ella se mantuvo cerca, en silencio. En algunas ocasiones, él le señalaba un punto en el cielo o una alteración en las estrellas, y ella lo marcaba mentalmente en los mapas que más tarde perfeccionaría.

No hablaban mucho. Pero la compañía era cómoda. Una rutina no escrita se formó entre ellos, con Artoria como una sombra tranquila, siempre presente en los márgenes del trabajo diario.

Y así, las horas se deslizaron en la serenidad del oficio.

Cuando la luna comenzó a escalar los cielos oscuros, los hombres del turno nocturno emergieron, bostezando y estirándose, para relevar a sus compañeros. El cambio fue rápido, disciplinado, casi sin palabras. El barco parecía una criatura viva que nunca dormía del todo.

Artoria descendió tras la cena —arroz, pan duro, pescado salado— y se dirigió a su rincón habitual en la bodega. El día la había dejado exhausta, pero no en el mal sentido. El cansancio físico era una bendición comparado con las cargas de reyes, los dilemas de tronos y las guerras eternas.

Se dejó caer entre los costales de paja, la tela áspera del saco rascándole la espalda a través de su camisa, y acomodó su cuerpo con cuidado. No era cómodo, pero se había acostumbrado ya. Poco a poco, incluso el dolor tenue en la espalda se volvió parte del descanso.

Un rayo de luna se filtraba entre los tablones del casco superior, iluminando su rostro con una luz tenue y plateada. Sus mechones dorados brillaban suavemente bajo ese halo, como si la noche reconociera aún a quien alguna vez fue Rey.

Cerró los ojos con un suspiro.

“¿Es esto lo que merezco?”, pensó. “Una vida sin corona, sin deber. Sin Excalibur.”

Pero la respuesta vino con el silencio:

No se trataba de merecer.

Se trataba de vivir.

Y mientras el barco se mecía suave, como una cuna entre las olas, Artoria durmió.

No como rey. No como leyenda.

Sino como un simple viajero más en el mundo.

Un nombre perdido entre mapas, una historia antigua ocultándose entre costales y banderas olvidadas.

La noche había caído por completo, cubriendo el mundo con su manto negro moteado de estrellas. El crujir suave de la madera y el lamento tenue del viento eran los únicos sonidos que llenaban el camarote del capitán.

Tn estaba solo, sentado tras su escritorio. Un mapa extendido sobre la mesa mostraba con tinta fresca el recorrido hasta Portugal. Pequeñas marcas indicaban paradas, rutas alternativas, y coordenadas cuidadosas trazadas junto a anotaciones en su caligrafía firme.

Las velas parpadeaban suavemente, proyectando sombras sobre las paredes y sobre los instrumentos de navegación que colgaban a su alcance: una brújula de bronce ligeramente oxidada, un astrolabio, y un sextante que había heredado de su viejo maestro.

Frunció los labios, pensativo. Portugal sería sencillo: entregar mercancía, negociar precios y abastecerse. Pero el mundo cambiaba, y no se podía depender de un solo destino. Britannia ya no era el bastión estable que una vez fue. Las noticias hablaban de asedios constantes, del caos en las rutas terrestres, y de incursiones nórdicas que no perdonaban ni castillos ni puertos.

—No puedo jugarme la carga… ni la tripulación —murmuró para sí mismo, mientras con el dedo seguía una nueva ruta trazada hacia el este.

Francia… luego Escandinavia.

Un comerciante inteligente no solo vendía bienes: vendía alianzas. Y con los nórdicos expandiéndose como olas salvajes, tener una entrada segura a sus costas, incluso con solo una bandera blanca y palabras en común, podía significar la diferencia entre vivir o arder en una aldea saqueada.

Se estiró, echando el cuerpo hacia atrás en la silla, que crujió como protestando. Llevaba demasiadas horas despierto, ajustando los detalles, preparando cálculos de raciones, ventas posibles y riesgos asumibles. El ron ya no hacía efecto, y la tinta manchaba sus dedos como si fueran heridas.

Pasó una mano por su cabello, despeinándolo sin intención, y luego se frotó los ojos. La fatiga era como una marea que se le subía por las piernas y anidaba en los hombros.

Se quedó un momento allí, en silencio, con la mirada perdida en la vela oscilante. El barco era su hogar, su responsabilidad, y su condena. No había descanso completo para un capitán, no cuando cada decisión suya podía hundirlos a todos.

A través de la pared de madera, escuchaba levemente el ritmo del barco. Abajo, los marineros dormían como piedras, incluso el nuevo cartógrafo —ese joven extraño de cabellos dorados y modales refinados. Tn no terminaba de entenderlo. Decía ser pobre, pero hablaba con la cadencia de los nacidos en palacio. Sus manos no eran las de un labrador o un pescador. Había algo en él… algo oculto.

Pero por ahora, servía. Y no había dado problemas.

Tn cerró los ojos un momento más, dejándose llevar por el sonido distante de las olas rompiendo suavemente contra el casco del barco.

Portugal, luego Francia… después, con suerte, Escandinavia. Y quizás, si los dioses del mar no se enfadaban, regresar a casa con las bodegas vacías y las bolsas llenas.

Inspiró hondo, abrió los ojos y, con un último vistazo al mapa, apagó una de las velas. Luego se recostó en su silla, con la cabeza apoyada contra la madera, y dejó que el cansancio lo tomara por fin.

En la quietud del camarote, el capitán cerró los ojos.

La tormenta vendría después.

Por ahora, era noche.

El calor la envolvía como una jaula. El aliento agitado salía en ráfagas breves, casi temblorosas, y el sudor le cubría la frente y el pecho. Artoria se movía entre los costales de paja, retorciéndose, atrapada en un sueño que no era más que una extensión de su condena.

El rojo era omnipresente.

Gritos.

Mordred, atravesado por una lanza, sus ojos reflejando odio y dolor al mismo tiempo.

Lancelot, huyendo entre sombras, la sangre de Gareth aún goteando en su espada.

Los Caballeros de la Mesa Redonda enfrentándose entre sí como bestias rabiosas.

El juramento, roto. La gloria, desgarrada. Camelot, ardiendo.

Excalibur caía de sus manos, brillando con una luz cruel.

Su padre, Uther Pendragon, con esa mirada vacía y fría como el acero, la entrenaba no como hija… sino como herramienta.

No como un rey… sino como un arma.

Y luego, el rostro de Vortigern.

Su tío.

Corrupto, hambriento, monstruoso. Y aun así……familiar.

Recordó cómo su espada lo atravesó. Cómo gritó. Cómo cayó, sin redención, sin paz.

La visión se disolvió en oscuridad.

—¡No! —jadeó al despertar.

Sus ojos se abrieron de golpe. La bodega del barco era un susurro tenue de respiraciones. Los demás marineros dormían profundamente, ajenos a los fantasmas que la perseguían. El balanceo del barco era rítmico, casi reconfortante, pero su corazón latía con una violencia que nada tenía que ver con las olas.

Su respiración era entrecortada. Sus manos temblaban. Miró sus palmas.

No había sangre. Pero el peso seguía ahí.

El peso del deber.

Del fracaso.

Del reino que nunca fue.

Se llevó una mano al rostro, intentando recuperar el control, deslizando los dedos por su frente húmeda, su mandíbula tensa. Cerró los ojos unos segundos, pero el silencio de la bodega se volvió insoportable.

Entonces lo sintió.

Otra vez.

Esa maldita… erección.

Producto del sobresalto, de la adrenalina desbordada, de un cuerpo que aún no sentía como suyo, que aún la traicionaba con cada noche mal dormida.

Mordió el interior de su mejilla, frustrada.

—¿Por qué sigues apareciendo…? —susurró, con odio, bajando la vista hacia sí misma.

La paja crujía bajo su cuerpo. Quiso golpear algo.

Cortárselo. Arrancarlo. Librarse de ello.

Pero no había boticarios. No había sacerdotes. No había hechiceros que supieran cómo convertir su cuerpo en lo que su alma dictaba.

Solo había nudos de cuerda, sal, madera y mar.

Y una misión vacía.

Cerró los puños, fingiendo calma, mientras volvía a recostarse sobre el costal. No podía dormir. Pero tampoco podía permitirse perder la compostura. A su alrededor, los marineros dormían. Ninguno sospechaba. Ninguno entendía.

Artoria volteó el rostro hacia la pared de madera, y la luna, colándose entre las rendijas del casco, iluminó sus cabellos dorados.

Se sintió como una parodia de una doncella encerrada.

O de un rey caído.

Contuvo una risa amarga. Y se obligó a respirar lento.

Otra noche más.

Otro peso más.

Y mañana… seguiría fingiendo.

El silencio de la noche era espeso, casi asfixiante. Solo el sonido del mar golpeando suavemente el casco del barco, y el crujido ocasional de la madera, rompían la monotonía de las sombras.

Artoria, aún tumbada entre los costales de paja, giró el rostro y extendió una mano hacia un rincón oculto por mantas y lona. Sus dedos tocaron algo frío y familiar.

Avalon.

La tomó con cuidado, como si sostuviera el corazón de un muerto. La vaina dorada brillaba débilmente bajo la luz de la luna, su superficie tersa, casi líquida. El objeto más sagrado que había poseído… y el más cruel.

El receptáculo de una bendición que se sentía como maldición.

Podía curar cualquier herida. Podía cerrar la carne desgarrada, sellar venas rotas, detener la muerte misma.

Incluso…

Artoria bajó la mirada a su entrepierna, maldiciendo en silencio. Incluso eso. Incluso si se lo cortaba.

Avalon lo restauraría.

La magia de las hadas no entendía el deseo. Solo seguía el designio de conservar, de proteger.

De preservar a su Rey. Incluso cuando ese Rey odiaba el cuerpo que llevaba.

Un suspiro escapó de sus labios.

Doloroso. Lento.

El sueño se volvió imposible, así que se sentó, cubriéndose con la manta áspera que usaba como cobija. El frío entraba por las rendijas del casco.

Pero no era eso lo que helaba su pecho.

Pensó en ella.

En Morgan.

Su media hermana. Su bruja. La serpiente de sonrisa venenosa.

Durante un tiempo, Artoria la había amado. No de forma romántica, sino como se ama a alguien que fue parte de una infancia frágil. Como se ama al último pedazo de familia.

Pero Morgan le había robado todo.

Su confianza.

Su fe.

Y lo más importante: su descendencia.

—Mordred… —susurró, amargamente.

El eco de ese nombre se perdió entre el murmullo de las olas.

Morgan no solo había querido destruir su reino. No solo había intentado socavar su autoridad, sembrar traición en su corte, humillarla como mujer y como rey…

También le había robado su semilla.

Engendrado a un hijo en secreto, moldeado por el odio.

¿Y para qué?

Para verlo morir empalado por su propia lanza.

Para verla mancharse las manos con la sangre de su “herencia”.

No quedaba nada.

Camelot había ardido.

La Mesa Redonda era polvo.

Y Artoria… Artoria vivía.

Demasiado.

—¿Y ahora qué? —preguntó a la nada.

Podría seguir aquí.

Como cartógrafo en un barco mercante.

Trazar mapas, corregir rutas, fingir que era solo un hombre más con rostro suave y pasos firmes.

O podría abandonar todo.

Buscar una tierra silenciosa en Europa.

Perderse en una villa sin nombre, una vida sin propósito.

A veces se preguntaba si podía tener algo parecido a lo que otros llamaban “vida común”.

Una esposa.

Un hogar.

Hijos.

Pero esa idea se desvanecía rápido.

¿Quién aceptaría lo que ella era?

Un cuerpo partido.

Un alma dividida.

Ni hombre, ni mujer.

Ambos, pero ninguno.

En su mundo no había palabras.

Quizás ahora, en este mundo moderno, alguien le llamaría “futanari”.

O hermafrodita.

Términos médicos.

Términos lejanos.

Pero eso no le devolvía su humanidad.

No le devolvía la paz.

Guardó Avalon. La envolvió con cuidado, como si envolviera una herida que aún sangraba.

Se recostó otra vez.

No para dormir.

Sino para fingir que lo intentaba.

Fuera, el mar seguía su curso, ignorando reyes caídos y corazones rotos.

Y en el silencio de la madrugada, Artoria cerró los ojos.

Solo para huir de sí misma un poco más.

El sol despuntó lentamente por el horizonte, tiñendo el mar de un ámbar pálido. Las velas del barco crujieron al recibir la brisa matutina, y el timón giró suavemente con los ajustes del rumbo. Una nueva jornada comenzaba.

Artoria se desperezó entre los costales, el cuerpo aún algo entumecido. Se incorporó con lentitud, sacudiendo la paja de su ropa mientras el resplandor dorado de la mañana iluminaba sus cabellos. El sudor de la noche aún se sentía pegado a su espalda, pero lo ignoró. Como tantas veces antes.

En la pequeña zona común, compartieron un desayuno ligero: pan duro, un poco de queso curado y agua. Nada lujoso, pero suficiente. Los marineros se movían con disciplina; sabían lo que debían hacer, y la figura de su capitán, Tn, bastaba para mantener la estructura.

Artoria se acercó al timón para repasar una vez más los mapas que ella misma había trazado. Las rutas se mantenían estables. El clima era favorable. No habría desvíos inesperados, al menos por ahora.

—Portugal está cerca —dijo una voz detrás de ella.

Tn.

El capitán se apoyaba con los brazos cruzados junto a la baranda, observando el horizonte con expresión serena, aunque su mirada —siempre profunda, siempre divertida hacia el mar— parecía ir más allá de las aguas. Como si ya estuviera en otro puerto, en otro plan.

—Unos días allá, descargamos, vendemos lo que podamos… luego Francia. Y después, Escandinavia. —Su voz era tranquila, segura—. Si todo va bien, para entonces Britannia será solo un recuerdo lejano. Y quizás un poco más segura si ganamos el favor de los nórdicos.

Artoria se tensó. Le costó disimularlo. Francia.

El nombre la golpeó como una flecha olvidada.

—Francia… —murmuró, apenas audible.

Las imágenes volvieron sin que las deseara: Lancelot exiliado por su traición, por su amor prohibido con Guinevere. Su desesperación. Su huida. Y, más tarde, su regreso. No por redención. Sino para morir.

Gawain lo esperó en un duelo pactado.

Ambos cayeron.

La gloria se desangró en la arena.

Y Camelot…

Camelot ya estaba muerta entonces.

Un escalofrío le recorrió la columna. El aire de la mañana ya no le parecía tan fresco.

—¿Estás bien? —preguntó Tn, ladeando ligeramente el rostro hacia ella.

Artoria se irguió. Carraspeó con cierta rudeza, ocultando su temblor.

—Sólo… un mareo. El estómago vacío —respondió, mirando el mapa como si le importara más de lo que en realidad lo hacía.

Tn no insistió. Asintió, como si aceptara la mentira, o como si comprendiera que había heridas que no se curaban preguntando.

—Faltan solo un par de días —dijo entonces con una pequeña sonrisa—. Aprovecha para trazar las rutas hacia Marsella o Burdeos. Cualquiera de esos dos puertos será útil.

—Entendido —respondió Artoria, más mecánicamente que de forma consciente.

Tn se apartó con una última mirada antes de bajar hacia la bodega para revisar los registros del cargamento.

Y Artoria quedó sola otra vez.

Sola con el sonido del mar, con el tacto del papel bajo sus dedos, y con los fantasmas de un pasado que aún sangraban dentro de ella.

Francia…

La tierra que le quitó a Lancelot. La tierra donde las mentiras de amor se volvieron condenas.

Cerró los ojos un instante.

Solo un instante.

Y luego volvió a trazar líneas, como si los mapas pudieran dibujarle una ruta lejos del dolor.

Artoria respiró profundamente, una, dos veces. Como si pudiera calmar con aire el oleaje de su mente.

—No me reconocerán —murmuró, como si al decirlo en voz baja, lo convirtiera en verdad.

No llevaba su armadura ni la capa azul que ondeó con orgullo en los campos de batalla. Excalibur, el fulgor dorado que partió montañas y tronos, no colgaba de su cadera, ni siquiera descansaba cerca. Solo Avalon, esa vaina maldita que curaba más de lo que debía, y que regeneraba lo que ella prefería perder, la acompañaba envuelta en paños, oculta.

A los ojos de cualquiera, era solo una viajera. Una cartógrafa al servicio de un capitán joven y competente.

Tn era un comerciante, no un caballero, no un noble.

Y ellos, simples marineros, no pisarían castillos ni cruzarían espadas.

Solo puertos y tabernas.

Así debía ser. Así estaba bien.

Artoria se encontraba en el camerino asignado —un cuarto modesto con una litera, una mesa de trabajo para sus mapas y una lámpara de aceite. La madera crujía suavemente bajo sus pies descalzos. Había pasado gran parte del día limpiando instrumentos de navegación y organizando pergaminos.

Fue entonces que, al buscar un pergamino enrollado en uno de los cajones laterales del pequeño escritorio, notó un objeto clavado en el interior de la madera.

Una cruz.

Pero no una común.

Su diseño era peculiar: dos líneas horizontales, una más pequeña sobre la otra, y en la base inferior una especie de lazo serpenteante, un bucle que se enroscaba como si atrapara el tallo mismo de la cruz. La madera en la que estaba tallada se sentía más fría al tacto, como si esa forma tuviera una voluntad antigua grabada en su esencia.

Artoria ladeó el rostro. Frunció ligeramente el ceño.

No era una cruz latina ni ortodoxa, tampoco era una cruz templaria como las que llevaban algunos de sus caballeros conversos. Había visto muchas cruces en su vida, muchas interpretaciones del símbolo cristiano… pero esta no era ninguna que conociera.

Observó de cerca el lazo en la parte inferior.

¿Un infinito?

¿Un nudo sin fin?

¿O algo… que se devora a sí mismo?

Un murmullo sutil pareció danzar entre las paredes del camerino, apenas perceptible. Como un crujido marino. Como el lamento de una criatura durmiente.

Pero Artoria, racional incluso en sus momentos de duda, solo suspiró. Supuso que debía de ser algún símbolo náutico, tal vez una variante usada por navegantes que mezclaban religión con superstición. Tal vez una cruz para aquellos que cruzaban las profundidades, una fe para los que no veían tierra por semanas.

—Será de algún marinero. Tal vez de Tn —murmuró para sí, rozando el símbolo con los dedos.

Aunque, en el fondo, algo no se sentía del todo correcto. No era un símbolo de salvación.

No para ella.

Y sin embargo, lo dejó estar.

Se enderezó, cerró el cajón y tomó sus herramientas para seguir trabajando en los mapas del día siguiente.

Pero su mente no olvidó.

Esa cruz de doble línea y nudo.

Ese emblema con un eco profundo.

Como si algo antiguo, algo marino, algo que había dormido por eones, la hubiera observado.

Y en la calma del barco, entre los murmullos de las velas, una voz sin voz pareció repetirle en su lengua extinta:

“nataivel…”

Aunque Artoria no entendía ese nombre.

No todavía.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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