Waifu yandere(Collection) - Capítulo 63
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63: Jeanne d arc ruler (fgo) 63: Jeanne d arc ruler (fgo) El sol de la mañana se filtraba con dulzura entre las nubes, iluminando los campos aún húmedos de rocío.
El sonido del viento entre los árboles parecía una oración suave, como si el cielo entero estuviera en paz.
Jeanne barría con delicadeza la entrada de la capilla, una estructura de piedra modesta pero firme, construida sobre una colina que dominaba la aldea.
No tenía vitrales ni campanario, pero en sus muros se respiraba devoción.
Era su lugar seguro.
Su santuario.
El chirrido de la puerta principal la hizo detenerse.
Tn salía del interior, sacudiéndose el polvo de su sotana, con esa expresión calmada que siempre traía consigo.
Cuando la vio, alzó una mano y sonrió.
—¿Trabajando desde temprano otra vez, Jeanne?
Ella levantó la vista y le devolvió la sonrisa, cálida, simple.
—¿Y tú?
—respondió con un tono juguetón—.
¿Estabas rezando o durmiendo entre los bancos otra vez?
—Una combinación de ambos —bromeó él, acercándose—.
He estado pensando en hornear pan.
¿Te interesa?
Un sonido traicionero resonó en ese momento.
Jeanne se llevó una mano al estómago y bajó la mirada, un leve rubor tiñendo sus mejillas.
—…No estaba esperando que me leyeras la mente —murmuró, avergonzada.
Tn rió con suavidad.
Le gustaba ese gesto.
El rubor.
La humanidad sencilla de Jeanne.
Para muchos, era solo una chica de campo, pero para él, era luz.
Y aunque nadie lo supiera aún, su fe era tan profunda que casi podía tocar lo divino.
—Entonces hornearé suficiente para los dos —dijo él, comenzando a bajar los escalones de piedra que llevaban al horno detrás de la iglesia—.
Aunque si sigues comiendo tanto, tendré que bendecirte con pan sin levadura.
Jeanne le sacó la lengua con delicadeza, divertida, y dejó la escoba apoyada en la pared.
Lo siguió por el sendero que daba al huerto trasero, donde habían plantado trigo y algunas hierbas.
Allí eran ellos mismos.
No el Santo que el mundo esperaba.
No la Doncella destinada a arder.
Solo… dos jóvenes.
Con un sueño.
— Mientras amasaban la harina y mezclaban el agua con levadura, la conversación fluía como el río que cruzaba la aldea.
—Mi madre ha dormido todo el día otra vez —comentó Jeanne en voz baja—.
No creo que recuerde que hoy es domingo.
Tn no respondió de inmediato.
Solo continuó amasando, firme y atento.
Luego, con tono compasivo—¿Y tú?
¿Estás bien?
Ella dudó.
Pero al final, asintió.
—Sí.
Porque tengo esto.
La iglesia.
La misa.
Y a ti.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Era sereno.
Como si no hiciera falta nada más.
Sólo el calor del horno, el aroma del pan naciendo, y la certeza de que eran los guardianes del alma del pueblo.
El calor del horno crepitaba suavemente, llenando el pequeño espacio con el aroma acogedor del pan recién horneado.
Tn, con las mangas remangadas y las manos aún cubiertas de harina, revisaba con atención que las hogazas no se quemaran.
El fuego era temperamental, como el mundo allá afuera, y había aprendido a leerlo con el mismo cuidado con el que interpretaba las Escrituras.
—Jeanne —dijo con tono sereno, sin apartar la vista del horno—, ¿puedes ir preparando la Biblia?
El sermón comenzará pronto.
Ella asintió con una sonrisa.
Siempre le gustaban esas tareas.
Tomar la Biblia, colocarla en el atril con esmero, repasar mentalmente las lecturas del día.
Era como vestir al altar.
Como arreglar a Dios para los ojos del pueblo.
—Claro —respondió con dulzura—.
Me aseguraré de que esté abierta en el pasaje correcto.
Y así lo hizo.
Se limpió las manos en el delantal, subió las escaleras de piedra que daban a la entrada principal, cruzó la nave vacía con pasos ligeros y se detuvo ante el altar.
El aire en la capilla estaba fresco, inmóvil.
Los bancos de madera crujían levemente con cada paso, como si reconocieran su presencia.
Pero entonces, algo cambió.
Apenas sus dedos rozaron la cubierta de cuero de la Biblia, un latido —violento, profundo— golpeó su pecho.
Su corazón pareció romper el ritmo de la tierra misma.
Jeanne se llevó una mano al pecho.
Respiró hondo.
Trató de parpadear el mareo que de pronto nubló su visión.
Y entonces… lo escuchó.
No con los oídos, sino con el alma.
Una voz, no humana, ni completamente divina, se abrió paso como un eco entre las naves de la iglesia vacía.
“Alza la espada en nombre de la justicia divina.
Expulsa a los invasores.
Corona al delfín.
Lleva a los hombres donde solo los santos caminan.
El tiempo se agota, Doncella.” Su respiración se volvió irregular.
El mundo pareció inclinarse hacia ella.
Un hilo de sangre resbaló desde su nariz.
Tembló, llevándose una mano temblorosa al rostro.
¿Qué había sido eso?
¿Dios?
¿Un ángel?
¿O su mente, rota por el dolor, el hambre, la guerra?
Apoyó la otra mano en el atril para no caer.
Cerró los ojos.
Respiró.
El susurro se desvaneció como niebla entre los vitrales.
El aire volvió a ser normal.
El tiempo retomó su curso.
Limpió la sangre con la manga.
No podía dejar que Tn la viera así.
Con el corazón aún latiendo con fuerza, volvió a tomar la Biblia.
Acomodó las páginas con cuidado, como si nada hubiese ocurrido.
Su mirada, sin embargo, estaba distante.
Había algo nuevo en ella.
Una sombra.
Una llama.
Una carga.
Salió de la iglesia con la expresión serena que siempre mostraba, aunque por dentro todo había cambiado.
Al llegar al horno, Tn la saludó con un gesto de cabeza.
—Justo a tiempo.
Están dorándose bien —dijo, señalando los panes.
Jeanne sonrió.
No le contó nada.
No todavía.
Solo observó el fuego y pensó, por primera vez, que el pan y la espada compartían más que la forma.
Y en silencio, sintió miedo.
No por ella.
Sino por lo que vendría.
Jeanne se mantuvo en silencio, el pan entre sus manos temblaba apenas, imperceptible para ojos ajenos.
El recuerdo de aquella voz resonaba en su interior, no como un eco sino como una semilla enterrada, viva, esperando brotar.
No comprendía quién le había hablado, ni por qué a ella, y por sobre todo se rehusaba a nombrarlo como una revelación divina.
Decir algo así sin pruebas era un acto de arrogancia, posiblemente de herejía.
¿Y si no era Dios, sino una prueba del Diablo?
No, debía callar… al menos hasta entender.
Tn retiró los panes del horno con cuidado, colocándolos sobre una bandeja de madera.
El aroma cálido del trigo cocido llenó la pequeña estancia, y al sentarse frente a Jeanne, le ofreció uno con una sonrisa honesta.
Ella aceptó, y mordió con avidez.
Su estómago rugía de alivio, y por un momento, el mundo pareció correcto: eran solo dos jóvenes compartiendo pan, como siempre.
—La misa será pronto —murmuró Tn, con la voz tranquila de quien ya ha vivido suficientes domingos para no temerles.
Y así fue.
La capilla, aunque humilde, se llenó con una docena de almas fieles.
Ancianos, madres con sus hijos, algún veterano cojeando por viejas heridas.
Todos se sentaban en los bancos de madera, esperando escuchar palabras que calmasen la inquietud de sus corazones.
A pesar de que Tn no era sacerdote con plenos derechos, su conocimiento y su fervor eran tales que la diócesis le había otorgado el permiso para llevar las ceremonias en ese rincón olvidado de Francia.
Jeanne ayudaba en todo.
Encendía las velas, limpiaba el altar, entregaba los libros de oraciones a los más pequeños.
Pero su verdadera alegría estaba después, cuando se sentaba en un rincón del patio y rodeada por niños curiosos, les contaba historias.
—David era un joven pastor, no mayor que tú —le decía a un niño de cabellos enredados—.
Y sin embargo, venció a un gigante con solo una piedra y su fe en Dios.
Los niños escuchaban con los ojos brillantes.
En esos momentos, Jeanne olvidaba el mundo.
Olvidaba la guerra, el hambre, la sangre.
Solo existía la fe.
Y Tn, desde lo alto del atrio, observaba esa escena con una ternura discreta.
Ella era luz para ese lugar.
Pero en algún rincón de su alma, esa semilla seguía latiendo.
Y pronto, no podría seguir ignorándola.
La misa había terminado con la suave nota de un último amén.
Las almas sencillas del pueblo se retiraban, arrastrando consigo los murmullos de oraciones y el eco de pecados livianos ya perdonados.
Jeanne se despidió de Tn en la entrada de la capilla, todavía con la falda ligeramente sucia por el polvo del camino.
—Para tu madre —dijo él, extendiéndole una pieza de pan envuelta en un paño limpio—.
Dile que la recordamos en nuestras oraciones.
Jeanne sonrió con gratitud, y en sus ojos brilló una chispa cálida.
—Gracias, Tn.
De verdad… gracias.
El camino de regreso fue silencioso, flanqueado por árboles sin hojas que parecían rezar en silencio por la primavera.
El sol comenzaba a hundirse, lanzando un resplandor dorado que sólo hacía que el mundo pareciera más antiguo y gastado.
Cuando llegó a su hogar, la realidad volvió a abrazarla con su aliento agrio.
Era una cabaña pequeña, de paredes de madera gris por la humedad, techos que crujían incluso sin viento, y una puerta que chirriaba como si se quejara de ser abierta.
Adentro, la penumbra reinaba.
El hogar olía a encierro, a polvo y a silencio muerto.
Su madre estaba tirada sobre la mesa del comedor, medio cubierta por un manto de lana raído.
No se movía, salvo por el leve subir y bajar de sus hombros al respirar.
Su cabello, antaño dorado como el de Jeanne, caía en hebras opacas sobre su rostro.
Sus mejillas eran hundidas, la piel marcada por la pérdida.
Jeanne se acercó con suavidad, como si temiera que su madre fuera de cristal.
—Mamá… traje pan.
Tn lo horneó.
Dice que rezó por ti.
Su madre abrió los ojos, apenas.
Dos orbes grises, húmedos de algo que no era llanto, sino agotamiento.
Gruñó bajo, como si hablar le costara.
Apartó la mano cuando Jeanne le ofreció el pan.
—No tengo hambre —murmuró apenas, volviendo a cerrar los ojos como si con eso pudiera desaparecer del mundo.
Jeanne bajó la mirada, pero no forzó la situación.
Colocó el pan sobre la mesa, y se quedó allí un momento, en silencio.
Miraba a su madre y se veía a sí misma años después.
Mismo rostro, misma forma de las manos.
Mismo cuerpo frágil, destinado a desgastarse.
Se levantó sin decir más, caminó hasta la pequeña habitación que compartía con su madre, y comenzó a desatarse el vestido.
Pero entonces, un susurro volvió.
No venía del mundo.
Venía de dentro.
Un eco.
“Le coronarás.
Le llevarás a Reims.
Francia renacerá por tu fe.” Jeanne se detuvo, sus dedos aún en los cordones de su ropa.
No temblaba.
Ya no.
La sangre no cayó esta vez.
Pero la voz… era la misma.
Y cada vez más clara.
La noche había caído como un manto espeso sobre la aldea.
El viento se colaba entre las rendijas de la cabaña, susurrando historias viejas, tal vez de guerras, de santos, o de cosas que ninguna iglesia se atrevería a nombrar.
Jeanne, ya dentro de su pequeño cuarto, se desvistió con parsimonia, doblando su ropa de faena con cuidado y colocándola en un taburete junto a la pared.
Se puso su camisón blanco, de lino sencillo, bordado en los bordes por manos que ya no estaban en este mundo.
Antes de acostarse, Jeanne se arrodilló junto a la cama.
Sus dedos se entrelazaron, y bajó la cabeza, cerrando los ojos.
—Señor, escucha mis palabras… —murmuró, apenas audible.
Rezaba como cada noche, pero esta vez su voz parecía más rota, más cansada, como si el alma misma se arrastrara para formar cada palabra.
—Por mis hermanos… Nicolas, Pierre, Jean.
Que sus almas hayan hallado tu luz.
Por mi padre… si aún vive, guíalo.
Si no… acógelo en tu reino.
Por mi madre… que su corazón cansado no se apague del todo.
Y por Tn… que su fe nunca se rompa.
Que su bondad sea su escudo.
Las palabras colgaban en el aire con un peso invisible.
Pero entonces, sin aviso, un calor recorrió su rostro.
Una gota.
Luego otra.
Sangre.
Jeanne abrió los ojos, sobresaltada.
La sangre brotaba de su nariz otra vez.
El goteo silencioso manchó su palma y parte del camisón.
Se llevó una mano al rostro y se limpió como pudo.
Alzó la vista, parpadeando.
Sintió algo extraño… como un pequeño espasmo en uno de sus ojos.
Un tirón.
Un temblor que no era físico, sino como si algo en su visión hubiera cambiado por un segundo.
Como si viera algo que ya no estaba.
Miró a su alrededor.
Nada.
Silencio.
El corazón le latía más rápido, pero se obligó a calmarse.
No.
No debía pensar en eso.
Aún no.
Quizá era el cansancio, el trabajo diario, el frío.
Se limpió los restos de sangre con la manga y se puso de pie.
Fue a la cocina y vio a su madre, todavía recostada sobre la mesa.
Jeanne suspiró con ternura y preocupación.
Se acercó, con el mismo cuidado que se tendría con una muñeca antigua.
La ayudó a levantarse, la desvistió lentamente, cuidando cada movimiento.
Su madre ni siquiera se quejó.
Era como si su cuerpo existiera, pero su espíritu se hubiese marchado años atrás.
Le colocó su propio camisón de dormir y la llevó con cuidado hasta la cama.
Luego se acostó a su lado.
La abrazó por detrás, como una hija que aún necesita protección, aunque ya no la reciba.
Cerró los ojos, con la frente apoyada en la espalda delgada de su madre, y susurró, apenas audiblemente: —Te quiero, mamá… La oscuridad la envolvió.
Y en medio de ella, en lo más profundo de su sueño, una voz volvió a llamar su nombre.
“Jeanne…” Pero esa voz… no era del mundo.
Era de algo más allá.
La noche había caído con un manto espeso y silencioso sobre la aldea.
La pequeña cabaña donde dormía Jeanne apenas crujía con el viento tenue que se filtraba entre las viejas maderas.
Todo parecía en calma, salvo por el cuerpo que temblaba entre las mantas.
Jeanne sudaba.
Gotas finas descendían por su frente, su pecho y su espalda como si su piel misma llorara un miedo que no podía nombrar.
Su respiración se volvió agitada, errática, atrapada entre los pliegues de un sueño que no lograba soltarla.
Entre palabras sin forma, visiones de fuego, voces lejanas, un ejército marchando bajo estandartes dorados y una figura con corona, la joven se agitaba.
A su lado, la mujer pálida y vencida por los años y la tristeza apenas abrió los ojos.
Su hija respiraba como si escapara de algo, como si su alma estuviera corriendo más allá de su cuerpo.
No dijo palabra.
Su mirada era opaca, pero aún quedaba un resquicio de ternura que no se había marchitado del todo.
Con un suspiro lento, giró un poco y tomó a Jeanne entre sus brazos, acomodándola contra su cuerpo flaco, dejando que su cabeza reposara sobre su pecho.
Jeanne, aún atrapada entre el sueño y el temblor, escuchó el lento latido del corazón de su madre, ese tambor suave que había oído alguna vez en la infancia, cuando el mundo era menos cruel.
Poco a poco, su respiración se hizo más pausada.
El calor y la textura de aquel abrazo —imperfecto, roto, pero aún cálido— le trajeron paz.
No despertó del todo, pero su rostro se aflojó, sus labios se curvaron levemente en una sonrisa dormida.
Como si por un instante, solo uno, el mundo no doliera.
La noche siguió su curso.
Afuera, los grillos cantaban y las estrellas titilaban en silencio.
En la cama estrecha, madre e hija dormían abrazadas.
Una, vencida por el peso de lo que perdió.
La otra, aún sin saber lo que estaba a punto de ganar…
y de sacrificar.
El amanecer llegó con una luz suave, filtrándose a través de los listones torcidos de la ventana.
Jeanne abrió lentamente los ojos, su cuerpo aún pesado del descanso y de los ecos del sueño.
Por un instante no supo dónde estaba, hasta que sintió la calidez bajo su mejilla: el pecho de su madre, delgado pero cálido, aún respirando, aún vivo.
La joven sonrió con dulzura.
Aquel despertar era un recuerdo antiguo, uno que creía perdido desde que su infancia se había quebrado.
Se levantó con cuidado para no molestarla, y mientras se vestía con su ropa sencilla y recogía su cabello, dejó escapar un suspiro largo, entre nostalgia y alivio.
Aún tenía un día por delante.
Al salir de la cabaña, el aire olía a tierra húmeda y manzanas maduras.
La colina estaba en calma.
Jeanne caminó hasta el templo con paso firme.
Allí, como esperaba, ya se encontraba Tn.
El joven se inclinaba sobre el umbral con una escoba, limpiando el polvo y algunas hojas secas que habían caído durante la noche.
Al verla, levantó la vista con una sonrisa tranquila.
—Buenos días, Jeanne.
—Buenos días, Tn —respondió ella, con una sonrisa que le nació desde el pecho—.
Ya estás trabajando… ¿acaso no dormiste?
—Dormí lo justo —dijo él, encogiéndose de hombros—.
Pero si lo dejo para después, los niños se roban las manzanas antes de que yo las recoja.
Ambos rieron suavemente.
Más allá del campo de la iglesia, algunos niños correteaban alrededor del viejo manzano.
Sus risas se mezclaban con el canto lejano de los gallos y el zumbido de la vida que despertaba en el pueblo.
Jeanne los observó con ternura.
A veces parecía que la guerra no existía para ellos.
A veces, ella misma olvidaba que más allá de las colinas, el mundo se desmoronaba.
Tn volvió a barrer mientras Jeanne entraba al templo.
El silencio fresco del interior le devolvió una familiaridad reconfortante.
Allí, entre las bancas de madera y los vitrales polvorientos, ella sentía que el mundo aún tenía sentido.
Que las cosas pequeñas —una oración, un pan horneado, una historia contada a los niños— eran suficientes para mantener viva la esperanza.
Y sin embargo… Se llevó una mano a la nariz, recordando el leve ardor de la noche anterior.
No había sangre esta vez, pero la sensación persistía, como un murmullo en la base del cráneo.
No quería creer que era una enfermedad.
No podía creerlo.
No cuando la voz era tan clara, tan… distinta de cualquier fiebre o delirio.
Pero tampoco se atrevía a pensar que fuera una voz divina.
Así que oró.
En silencio, frente al altar, con las manos juntas y los ojos cerrados.
Oró por su madre, por sus hermanos, por los niños del pueblo, por Tn.
Y por ella misma, aunque le costara.
El día transcurrió sin más señales.
El cielo se mantuvo limpio, la brisa fue amable.
Jeanne limpió las bancas, ayudó a repartir algunos panes sobrantes, e incluso compartió una historia con los niños a la sombra del manzano.
Tn la observaba desde la distancia con una leve sonrisa.
Ella hablaba con una voz suave pero firme, narrando la historia de Moisés cruzando el mar, o de cómo Jesus cmino por el mar.
No había señales de profecías.
Ni susurros.
Ni sangre.
Solo una joven feliz de estar viva, creyente en su fe, compartiéndola con alguien a quien consideraba su igual.
Tal vez, incluso, su otra mitad.
Pero en algún rincón del cielo, una nube negra comenzaba a gestarse.
Lejana, imperceptible aún.
Como si algo estuviera esperando su momento.
El sol brillaba alto, filtrando su luz dorada entre las ramas del viejo manzano, iluminando los rostros atentos de los niños mientras Jeanne terminaba su relato con voz suave—…y entonces, Jesús perdonó al ladrón que estaba junto a Él en la cruz, porque incluso en sus últimos momentos, creyó.
Y eso bastó.
Los niños se miraron entre ellos, en silencio, como si entendieran la profundidad de aquellas palabras.
Algunos se abrazaron, otros simplemente sonrieron.
Jeanne los miró con ternura… pero en ese instante, un zumbido seco —como un tambor lejano o un trueno contenido— resonó en su oído izquierdo.
Se llevó una mano a la cabeza.
El sonido no venía de fuera.
Era interno.
Orgánico.
Sagrado.
Jeanne parpadeó, desconcertada.
El mundo pareció alejarse, y todo se tornó silencioso.
Las risas de los niños quedaron lejanas, diluidas.
Con pasos tensos y cautelosos, se alejó hacia una zona apartada detrás de la iglesia, donde una pequeña colina se alzaba como una espalda verde contra el cielo.
Se arrodilló entre la hierba húmeda.
La voz vino entonces.
Clara.
Poderosa.
Masculina.
Inconfundible.
“Jeanne, hija de Eva, hija del fuego de la fe, escucha.” Un escalofrío recorrió su espalda.
Su corazón latía con violencia, pero no de miedo.
Era reverencia.
Era reconocimiento.
Aquello no era un demonio.
No era enfermedad.
No era delirio.
Era… verdad.
Una luz cálida la rodeó —no visible a los ojos del mundo, sino al alma— y en ella descendió la presencia.
El arcángel Miguel, con su espada refulgente y su mirada de juicio eterno, le habló“Francia sufre.
El pueblo ha perdido el espíritu.
El enemigo ha tomado la corona, y el delfín tiembla entre sombras.
Pero tú, niña de fe, deberás llevar esperanza.
Deberás arder como llama y hablar como la voz del cielo.
El Estandarte será tu signo.
La espada, tu herencia.
Y en ti se alzará la voluntad de Dios.” Y luego… silencio.
Jeanne cayó hacia delante, apoyando las manos contra la tierra, respirando con dificultad.
Lágrimas le corrían por el rostro, pero no eran de dolor.
Era alivio.
Era certeza.
No estaba loca.
No era pecado.
Era elegida.
Pero el peso de aquella revelación no podía cargarlo sola.
No aún.
Y no sin la persona que más había alimentado su espíritu desde que la guerra se llevó su infancia.
Se levantó con los ojos aún húmedos, la frente sudada, las rodillas manchadas de tierra.
Corrió hacia el templo, donde Tn acomodaba unas cestas vacías junto a la entrada.
Su expresión serena se alteró apenas al verla llegar así de agitada.
—Jeanne… ¿Estás bien?
—Necesito… necesito hablar contigo —dijo ella, sin aliento, deteniéndose justo frente a él—.
Tn, he escuchado la voz del cielo.
No es fiebre.
No es un demonio.
No es mi imaginación.
Es real.
Me habló.
Me eligió.
Tn la miró, su rostro endureciéndose por un instante.
No de juicio, sino de una concentración intensa.
Jeanne continuó: —Era el arcángel Miguel.
Me dio una profecía.
Me dijo que debía ir al reino de Francia… que debo dar esperanza.
Que debo llevar la fe, la voluntad de Dios, a un pueblo que se ha olvidado de Él.
Que debo llevar al delfín a ser coronado.
El silencio entre ellos era profundo.
El mundo parecía contener el aliento.
Jeanne bajó la mirada, temiendo que él la considerara loca, ilusa o peor aún: una blasfema.
Pero su voz no tembló al decir: —Y te lo digo a ti… porque confío en ti, Tn.
Porque has vivido la fe con sinceridad.
Porque tú también crees.
Y… porque te necesito.
Necesito que me ayudes a demostrar que esto es real.
A probar que lo que escuché no es mentira.
Tn no respondió de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en los de ella, buscando no señales de locura, sino de verdad.
Y lo que vio fue convicción pura.
Una fe nacida no del miedo, sino del amor.
Del deber.
Del fuego sagrado.
Finalmente, asintió, lento.
—Entonces iremos paso a paso.
Pero si esto viene de Dios… no temeremos.
Si estás destinada a llevar esperanza a Francia… no serás sola.
Jeanne dejó escapar un suspiro, sus hombros relajándose como si por fin pudiera descansar.
Sonrió.
El primer paso ya había sido dado.
Jeanne apretaba los puños contra su vestido, aún con el calor de la revelación divina ardiendo en su pecho.
Las palabras del arcángel Miguel no eran una fantasía, eran un llamado… una orden.
Ella debía ir.
Ella.
No otro.
Pero entonces Tn, que la miraba con gravedad, rompió el silencio con una propuesta que le heló la sangre.
—Yo iré por ti.
Jeanne parpadeó.
Su boca se abrió, pero ningún sonido salió.
—Jeanne —prosiguió Tn, suavizando el tono, como si hablara a una herida recién abierta—, escúchame… Tú sabes tan bien como yo cómo es el mundo allá fuera.
No todos verán tu fe, tu pureza.
No todos verán la luz que hay en ti.
Solo verán una mujer… una joven del campo.
La Corte no te escuchará.
El ejército se burlará.
Y peor… podrían acusarte de herejía, de locura, de brujería.
Jeanne dio un paso atrás, temblando.
—Pero… pero San Miguel me habló a mí.
A mí, Tn… Me lo dijo con claridad.
Me nombró como su espada, su llama, su hija de la esperanza.
No puedo… no debo quedarme atrás.
No es justo… —No lo es —admitió Tn, acercándose a ella.
La sujetó con firmeza de los hombros, con un cuidado contenido—.
No es justo.
Y me duele más de lo que puedes imaginar, Jeanne.
Me parte el alma.
Pero si vas… si te presentan ante los nobles, si hablas de visiones y de profecías… te rechazarán.
Y si no te rechazan, se reirán.
Si no se ríen, te encerrarán.
Y si no te encierran, te matarán.
Jeanne bajó la mirada, sus ojos aguados por el conflicto.
Lo sabía.
Lo había sentido toda su vida.
Cómo la mirada de los hombres evitaba la suya cuando hablaba de fe.
Cómo incluso su confesor se mostraba incrédulo a veces.
Una mujer no guiaba ejércitos.
No hablaba con Dios.
No tenía voz.
—Entonces mentirás —dijo ella en voz baja—.
Usarás mi revelación como si fuera tuya.
Tn apretó los labios.
No por vergüenza, sino por dolor.
Porque lo era.
Una mentira piadosa.
Una falsedad nacida del amor y de la desesperación.
—No lo haré para robarte tu destino, Jeanne —respondió—.
Lo haré para abrir el camino.
Para hacer que te escuchen, aunque no sepan que eres tú quien los guía.
Seré tu sombra.
Tu emisario.
Tu estandarte.
Jeanne lo miró, con los ojos cargados de lágrimas que no sabía si eran de rabia, dolor o gratitud.
En su alma rugía una tormenta.
¿Cómo podía aceptar aquello?
¿Cómo podía permitir que su llamado fuera cargado por otro?
¿Y si esa no era la voluntad de Dios, sino la suya?
—¿Y si esto va contra lo que Lord Miguel dijo…?
—¿Y si Dios sabía que el mundo no está listo para una mujer con el fuego del cielo?
—replicó Tn—.
¿Y si Él sabía que este camino, aunque torcido, te llevará al lugar correcto?
A la historia que realmente cambiará a Francia… Jeanne no respondió.
Solo se lanzó hacia él, apoyando su frente contra su pecho, apretando los puños contra su sotana.
No lloró.
No gritó.
Pero su cuerpo tembló como si una guerra comenzara dentro de ella.
Y Tn la rodeó con los brazos, ocultando su propio temblor.
Sabía que la estaba protegiendo.
Sabía que eso no borraría la injusticia.
Pero también sabía que la vida no era justa… y que a veces, para que una verdad sobreviva, debía usar un disfraz.
Tn soltó a Jeanne con lentitud, sintiendo aún el calor de su frente sobre su pecho.
El momento había pasado.
Lo que venía ahora era más peligroso que cualquier visión: la mentira.
Una mentira nacida del amor, sí, pero una que desafiaría a reyes, santos y ejércitos.
—Necesito que me ayudes a construirla —dijo con seriedad, sus ojos ya fríos y enfocados como el filo de una lanza—.
Si esta farsa va a sostenerse ante la corte, no puedo fallar.
No puedo dudar.
Debo saberlo todo.
Jeanne asintió, su rostro pálido pero decidido.
Se sentaron juntos en la pequeña sacristía de la iglesia, y allí comenzó el trabajo.
Durante días, Jeanne relató con precisión cada palabra, cada matiz de su encuentro con el arcángel Miguel.
No solo la profecía general, sino los pequeños detalles que lo harían real: cómo sonaba su voz, qué sintió en el pecho, el temblor de sus dedos cuando recibió la visión.
Luego, pasaron a las instrucciones divinas: ir a Chinon, encontrar al Delfín de Francia, y anunciarle que Dios lo había elegido como el verdadero rey.
Pero eso no bastaba.
—Tienes que saber cómo es —le dijo Jeanne una tarde mientras pelaban pan duro bajo la sombra del manzano—.
Carlos no se muestra fácilmente.
Es astuto… inseguro.
Tiene miedo de los impostores.
De falsos profetas.
Te pondrán a prueba.
Tienes que reconocerlo entre los cortesanos.
—¿Y tú lo viste alguna vez?
—preguntó Tn, sin dejar de anotar con carbón en una tabla de madera.
—Una vez.
Pero lo recuerdo bien.
Cabello castaño claro, rostro alargado, con ojeras como si el sueño nunca lo alcanzara.
Tiene una voz suave, casi femenina, y siempre lleva un anillo de sello con la flor de lis.
Finge que no es importante… pero le tiembla la mano derecha cuando alguien lo mira mucho rato.
Tn memorizó cada palabra como si fueran escrituras sagradas.
También practicaron las frases.
Las palabras proféticas.
Cómo mirar al Delfín.
Cuándo arrodillarse.
Cómo tocar la tierra antes de hablar.
Jeanne lo entrenaba como si fuera un actor divino.
Pero había un dolor sordo en sus ojos.
Cada frase que enseñaba era una daga que la alejaba de su destino.
Y, sin embargo, lo hacía.
Porque creía.
Una semana después, un jinete llegó a la aldea con el estandarte del ejército francés.
Su nombre era Capitán La Hire, un hombre curtido, con el rostro cruzado por una cicatriz que casi le arrancó un ojo.
Era escéptico, frío, pero no del todo cerrado a la esperanza.
Francia sangraba, y algunos rumores hablaban de un profeta en las iglesias del campo.
Tn se presentó ante él con su sotana limpia, su voz firme, y la mirada que había practicado frente al espejo de la sacristía.
Jeanne estaba detrás, con el rostro oculto bajo una cofia y las manos unidas en oración.
—¿Quién es ella?
—preguntó La Hire, con desconfianza.
—Una devota.
Una huérfana fiel a la capilla.
—Tn miró brevemente a Jeanne, y luego al capitán—.
Su fe ha sido mi guía en los días oscuros.
La Hire gruñó, pero no objetó.
No le importaban las devotas.
Solo quería saber si este joven, este clérigo pálido con palabras grandes, tenía alguna señal del cielo… o si era otro loco más.
Partieron al amanecer siguiente.
La carreta en la que viajaban era vieja, pero las ruedas aún resistían el peso de los elegidos.
Jeanne iba sentada atrás, junto a sacos de grano y telas sin nombre, su rostro vuelto hacia los campos que dejaban atrás.
No lloró.
No dudó.
Solo rezó.
Tn, por su parte, observaba el horizonte.
Chinon estaba lejos.
Pero más lejos aún estaba el momento en que su mentira tendría que desafiar al mundo.
Porque cuando llegara… ya no habría vuelta atrás.
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