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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 64

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  4. Capítulo 64 - 64 Kali belladona rwby
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64: Kali belladona (rwby) 64: Kali belladona (rwby) Los papeles del divorcio estaban extendidos sobre la mesa como una sentencia silenciosa.

Kali Belladonna los miraba sin verlos, con la mirada borrosa, atrapada entre las líneas legales y los recuerdos de una noche que jamás debió haber ocurrido.

Sentada en el sofá, su respiración era inestable, y sus brazos envolvían al pequeño cuerpo que descansaba contra su pecho.

Tn, su recién nacido, dormía sin comprender el caos en el que había sido arrojado apenas al nacer.

Tenía las orejas suaves y blancas de un zorro ártico, y una cola esponjosa que contrastaba con su piel morena.

No había forma de ocultarlo: esos rasgos no eran ni de ella ni de Ghira.

El silencio fue quebrado no por el llanto del bebé, sino por las palabras afiladas que aún resonaban en su mente.

—¿Quién es el padre, Kali?

—había gritado Ghira horas antes, con el rostro deformado por la rabia y el dolor—.

¿Quién te dio el hijo que yo no pude?

Kali no respondió.

Porque lo sabía.

Sabía que aquella noche en la pensión, durante uno de sus viajes diplomáticos, algo había estado mal.

Aquel hombre… no era como los demás.

Sus ojos eran demasiado profundos, como si contuvieran siglos de secretos.

Su sonrisa la había envuelto como una niebla, y su voz… su voz había sido como un canto lejano que la llamaba incluso en sueños.

Se había rendido.

Había caído.

No supo su nombre, no quiso saberlo.

Pero cuando Tn nació, la verdad cayó sobre ella como una nevada repentina: blanca, silenciosa y devastadora.

Frente a ella, Ghira recogía su abrigo, con el rostro endurecido por la humillación.

En sus brazos, Blake, una niña de apenas un año, miraba sin comprender.

—¿Y cómo sé que Blake es mía?

—escupió Ghira sin mirarla.

Ese comentario fue la gota.

Kali se levantó de golpe, dejando a Tn sobre un cojín cálido.

Su rostro, hasta entonces agotado por el dolor, se volvió frío y fiero.

—¡Sal de mi casa, Ghira!

—exclamó, rompiendo el silencio como un trueno.

Él abrió la boca para hablar, pero Kali ya sostenía los papeles firmados.

Se los extendió con la mano temblorosa.

—Toma tus malditos papeles.

Ya no tienes nada que hacer aquí.

Un largo silencio se interpuso.

Ghira miró a Blake, miró a Tn…

y luego se marchó.

No hubo gritos.

No hubo despedida.

Solo el sonido de la puerta cerrándose para siempre.

Kali cayó de rodillas junto a su bebé.

Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas mientras acariciaba sus pequeñas orejas.

El niño no lloraba.

Solo dormía, ajeno a todo.

—Lo siento… —susurró—.

Perdóname, Tn.

Pero no sabía si se lo decía al hijo… o al amante que había perdido en una sola noche de nieve y locura.

El tiempo pasó.

Blake creció con rabia en los ojos, y poco a poco se fue alejando, primero emocionalmente, luego físicamente.

Kali no la detuvo.

No podía.

No tenía fuerzas.

Tn, en cambio… él se quedó.

Y con cada día que pasaba, Kali comenzaba a ver menos de su hijo y más de aquel hombre.

Su rostro, sus gestos… incluso su sonrisa torpe, todo le recordaba a él.

“¿Por qué regresaste?”, pensaba cuando lo observaba dormir.

“¿Por qué volviste a mí en forma de niño?” Y así, sin darse cuenta, comenzó a aferrarse a él.

No como madre.

No completamente.

Sino como una mujer que no pudo dejar ir a quien la hizo temblar de deseo… y de vergüenza.

Habían pasado unos años desde aquel día silencioso en que Ghira se fue.

Los vientos de Menagerie seguían soplando con fuerza, pero el calor de hogar que alguna vez existió en la casa Belladonna se había vuelto frágil, casi artificial.

Las paredes contenían más suspiros que risas, y las sombras parecían alargarse más de lo normal cuando el sol se ocultaba.

Blake, ahora una adolescente de lengua afilada y mirada dura, había cambiado.

La dulzura infantil se le había oxidado en la lengua.

Cada día volvía a casa más tarde, con libros bajo el brazo y resentimiento en los ojos.

El uniforme del colegio era lo único que la mantenía atada a cierta rutina; todo lo demás en ella gritaba rebeldía.

—¿Por qué no le compras un collar también?

—escupió una noche, entrando a la sala y encontrando a Kali acariciando la cabeza de Tn mientras él leía un libro entre almohadones—.

Tal vez le guste que lo lleves con correa.

Como buena madre… o amante.

Kali se levantó de golpe, helada.

Tn apenas levantó la mirada, sin comprender del todo el veneno en aquellas palabras.

—¡Blake!

—gritó Kali—.

¡Pide disculpas ahora mismo!

La joven bufó, cruzándose de brazos.

—No es mi culpa que la isla entera hable de ti, madre.

“La gata en celo que no supo mantener los pantalones arriba”… es lo que dicen.

¿Quieres que te lo diga en verso?

Kali sintió como si le arrancaran el alma del pecho.

Por un segundo, sus piernas temblaron.

Tn, instintivamente, se acercó y la sujetó del brazo.

—No me importa lo que diga esa gente.

Tú eres mi madre.

Su voz, serena, fue como un ancla para ella.

Kali lo miró… y por un instante, no vio a su hijo.

Vio al hombre que la había dejado rota, la figura que aún ardía como un recuerdo sucio entre sus piernas y su mente.

Aquel extraño, aquel, aquel… “$h@^…” —Anda a tu cuarto —susurró Kali a Blake, sin apartar la mirada de Tn.

Blake no respondió.

Tomó su mochila y subió las escaleras, no sin antes soltar en voz baja—Pobrecito del zorro, ni siquiera sabe por qué lo tienes encerrado en tu jaula de terciopelo.

La habitación de Tn era su fortaleza.

No salía mucho.

No lo necesitaba.

Kali le había construido un espacio cálido, lleno de libros, cojines, lámparas suaves.

Una jaula de oro, sí, pero una jaula que él amaba.

Afuera, el mundo lo señalaba.

Murmuraban.

Decían que su padre era un monstruo, o un rompehogares.

Decían que había nacido del pecado.

Que no debería existir.

Pero con su madre, era diferente.

Kali lo cuidaba, lo protegía.

Lo alimentaba con sus manos.

Le arreglaba el cabello.

Dormía con él cuando tenía pesadillas.

Y a veces, lo miraba demasiado tiempo.

Tn no entendía del todo por qué su hermana lo odiaba.

Ni por qué su madre lloraba en las noches creyendo que él dormía.

Solo sabía que, cuando ella lo abrazaba, sentía una presión extraña en el pecho.

Una calidez… que a veces lo asfixiaba.

Una noche, mientras llovía y Blake no había vuelto, Kali entró a su habitación.

No dijo nada.

Solo se sentó en la cama y acarició sus orejas blancas.

—Tn —murmuró—, ¿me amas?

Él, medio dormido, asintió.

—Claro que sí.

Kali sonrió, pero sus ojos estaban húmedos.

Se acostó junto a él, abrazándolo por detrás.

—Eres todo lo que me queda… no lo olvides.

Y esa noche, cuando la tormenta rugía afuera, Tn no pudo dormir.

Porque por primera vez, su rincón ya no se sentía tan seguro.

La lluvia caía con una insistencia melancólica sobre Menagerie, tiñendo los callejones de gris y ocultando los rostros bajo capuchas húmedas.

Blake caminaba con las manos en los bolsillos, el rostro en sombras, ignorando el frío que le calaba los huesos.

A veces creía que ese frío era mejor que el calor enfermizo de su hogar.

No quería volver.

No cuando cada vez que abría la puerta escuchaba la risa suave de Tn y el murmullo quebrado de su madre hablándole con ternura.

No cuando Kali lo peinaba, lo vestía, lo besaba en la frente como si fuera más que un hijo… como si fuera un maldito reemplazo de aquel hombre que destruyó su familia.

—Estás empapada —murmuró un chico al verla llegar al almacen abandonado que usaban como punto de encuentro.

—No me importa —respondió Blake, sacudiendo el agua de su capucha.

Había otros ahí: jóvenes, algunos mayores, con tatuajes de garras en los brazos, panfletos en las mochilas y odio en la mirada.

Seguidores del Colmillo Blanco, lo llamaban.

Al principio era solo curiosidad.

Ahora, Blake empezaba a entender algo: si no podía salvar su casa, al menos podía destruir el sistema que lo quebró.

Uno de los mayores, un fauno con cuernos de carnero, se le acercó con una sonrisa torcida.

—Hoy distribuimos esto por el puerto —le dijo, entregándole un cartel.

“¡NO MÁS HUMANOS EN NUESTROS DOMINIOS!” Blake lo tomó sin palabras.

Lo guardó.

Se sentó sola en una esquina, mirando la lluvia golpear el techo de chapa.

Y entonces, el veneno volvió a su mente.

Como tantas otras noches.

Tn.

Su hermanito de ojos tranquilos, de orejas blancas, de voz dulce.Tan perfecto.

Tan amado.

Tan mimado.

Blake frunció el ceño.

Apretó los puños.

A veces pensaba cosas que la asustaban.

“¿Por qué duerme con ella?” “¿Por qué le acaricia el pecho cuando cree que nadie los ve?” “¿Por qué le llama mi amorcito… como si fuera su Shav?” El nombre —Shav— no sabía de dónde lo había escuchado.

Tal vez lo oyó una vez entre las lágrimas de Kali.

O quizás lo había soñado, filtrado desde la memoria rota de una madre que susurraba nombres que no pertenecían a ningún lugar.

Blake estaba segura de algo: su madre ya no veía a Tn como un hijo.

Y eso la enfermaba.

La retorcía.

La hacía desear romper cosas, gritar, arañar, huir.

—Voy a entrar a Beacon —dijo de repente, rompiendo el silencio del grupo.

Todos la miraron.

—¿Beacon?

¿La academia de cazadores?

Ella asintió.

—Necesito una salida.

Una coartada.

Un disfraz.

Desde dentro puedo ver el corazón del enemigo.

Y alejarme de… No terminó la frase.

Pero dentro de ella ardía una certeza.

Tenía que escapar.

Del Colmillo Blanco.

De Menagerie.

De su madre.

De ese hogar donde el amor se pudría como fruta expuesta al sol.

Esa noche no volvió a casa.

Kali la buscó.

Salió con un paraguas, dejando a Tn dormido, y preguntó a vecinos, a conocidos, a callejones vacíos.

Nadie la había visto.

Cuando regresó, empapada y temblorosa, Tn ya estaba despierto, esperándola en la sala con una manta sobre sus hombros.

La miró con sus grandes ojos.

—¿Se fue otra vez?

Kali se arrodilló frente a él, abrazándolo con fuerza, con una necesidad que rozaba lo desesperado.

—Solo te tengo a ti —murmuró—.

Solo tú… nunca me abandonarás, ¿verdad?

Tn no supo qué decir.

Solo hundió el rostro en el cuello de su madre, sintiendo el aroma familiar… y una ansiedad que empezaba a germinarle dentro del pecho, como una espina en la carne.

La puerta no volvió a abrirse.

Blake se había ido… y con ella, la última grieta de cordura que aún mantenía la estructura emocional de Kali en pie.

Durante horas, simplemente se quedó en el suelo de la sala, abrazando una de las almohadas que aún olía a cabello de su hija.

Lloró.

Maldijo.

Luego rió sin voz.

Luego… se quedó en silencio.

El único sonido fue el murmullo suave de la lluvia en el tejado y la voz de Tn—Mamá… ¿Quieres que te prepare algo de cenar?

Ella levantó la mirada.

Tn estaba allí.

Su pequeño zorro de nieve.

Con el cabello mojado aún por haber salido a buscarla, con sus orejas gachas y su cola mullida arrastrándose levemente tras él.

Se inclinó con ternura, la rodeó con los brazos, y ella sintió ese olor.

El mismo perfume leve que había sentido en aquella noche… Esa habitación de la posada, las sábanas blancas, la luna filtrándose por la ventana… y él.

Ese hombre que no era Ghira.

Ese hombre que tenía ojos como abismos y una voz como el invierno.

El corazón de Kali dio un vuelco.

Se aferró a su hijo, como una mujer que se aferra a una imagen entre la niebla.

Tn no entendía.

No podía.

—Claro… haznos algo —dijo con voz rota—.

Lo que tú quieras, mi amor.

Tn sonrió levemente, se levantó, y caminó hacia la cocina.

Su andar era tranquilo, sereno.

Kali no apartó la mirada.

No podía.

La tela suave de su pantalón de casa se adhería a la curva de su espalda.

La cola de zorro —grande, blanca, densa— se movía en un vaivén hipnótico.

Las orejas, levemente temblorosas, se erguían cada tanto, atentas a sonidos que solo él parecía captar.

Kali tragó saliva.

—Es solo… cariño —murmuró para sí misma, como si eso pudiera justificar lo que pensaba.

Pero no era cariño.

No en su totalidad.

Ya no.

Había noches en que lo veía dormir y su mente le jugaba bromas crueles.

Lo confundía con él, con el desconocido que la hizo sentir deseada como nunca.

Y Tn tenía ese mismo aire.

Ese mismo perfil al girar la cabeza.

Esos ojos que no parpadeaban mucho.

Ese silencio cómodo que podía desarmarla.

Ella cerró los ojos.

No eres mi hijo.

Eres… la consecuencia de una noche que nunca olvidé.

No es culpa tuya.

Pero tampoco es culpa mía querer… …querer tener algo de esa noche de vuelta.

—Mamá —llamó Tn desde la cocina—, ¿te gusta la sopa de jengibre?

Ella volvió en sí, tragó la saliva, se limpió el rostro rápidamente.

—Sí, mi cielo.

Lo que hagas estará bien.

Volvió a recostarse, los ojos clavados en el techo, sintiendo el vacío junto a ella.

Un vacío que tenía forma, nombre y una cola de zorro.

Y mientras el aroma de la sopa llenaba la casa, Kali Belladonna cruzó una línea que aún no había tocado físicamente, pero que su mente… ya no podía negar.

La cena fue tranquila, aunque el silencio entre ambos comenzaba a tener un peso distinto.

La lluvia seguía cayendo, ahora suave, como si acompañara el murmullo tibio del hogar.

Kali comía en silencio mientras Tn, de pie junto a la mesa, recogía con cuidado las cosas usadas.

Era meticuloso, silencioso.

Un niño bueno.

Demasiado bueno.

Cuando terminó, ella levantó la mirada y dijo con suavidad—¿Podrías… preparar un baño para mí?

Tibio, nada muy caliente.

Tn asintió sin decir palabra.

Sus orejas se movieron ligeramente —como si se alegraran— y se dirigió al baño de la planta alta.

Kali lo observó alejarse, su cola blanca y mullida balanceándose con ese ritmo que tanto la calmaba.

Era como verlo cuando era pequeño… o como ver algo más.

Algo que no sabía si debía desear o temer.

Terminó su sopa lentamente, en silencio.

Luego dejó el cuenco con suavidad en la mesa, subiendo las escaleras con pasos descalzos, sus caderas aún moviéndose con esa gracia felina que nunca había perdido.

Cuando llegó al pasillo, Tn salía justo del baño, secándose las manos.

La habitación estaba llena de vapor tenue, el aroma de aceites suaves impregnaba el aire.

Había tocado la temperatura justa.

El niño perfecto.

—Gracias, cielo —murmuró Kali.

Se acercó sin pensarlo.

Era un gesto habitual.

Un gesto de madre.

O al menos… eso debió ser.

Extendió la mano y acarició lentamente una de sus orejas de zorro, suave, cálida y sensible.

Tn dejó escapar un pequeño gemido —no doloroso, sino sorpresivo, agudo, como un chillido dulce que no había previsto—.

—Ah… ¡mamá!

Eso… eso hace cosquillas —dijo entre risas suaves, sonrojado, apartando levemente el rostro.

Kali lo miró un instante, los dedos aún extendidos, queriendo volver a tocar.

Tan suave…

Pero se contuvo.

—Ve a dormir, cariño —dijo finalmente, con un tono meloso, casi tembloroso—.

Solo… descansa un poco.

Mamá se dará un baño.

Tn asintió, aún con una sonrisa leve.

Sus mejillas tenían un leve rubor, y evitaba mirarla directamente.

—Buenas noches, mamá —susurró, y caminó hacia su cuarto.

Antes de entrar, volteó un instante—.

Me alegra verte sonreír un poco.

Kali no respondió.

Solo lo observó desaparecer en la penumbra del pasillo.

Luego entró al baño.

Se desnudó lentamente, dejando que la ropa cayera al suelo como hojas secas.

El espejo estaba cubierto de vapor.

No había reflejo.

Y mientras se sumergía en el agua tibia, sus pensamientos no se apagaron.

Recordó el gemido de Tn.

Recordó el temblor en sus orejas.

Recordó ese instante exacto en que no vio un hijo… sino algo más.

Afuera, la lluvia persistía.

Y dentro de su pecho, algo latía como un segundo corazón.

Algo que ya no sabía cómo nombrar.

Kali se lavó con lentitud, dejando que el agua caliente recorriese su cuerpo como una caricia paciente.

Cada gota parecía llevarse consigo un poco del peso que cargaba en los hombros.

Cerró los ojos unos segundos, disfrutando del silencio, de la soledad del vapor envolviéndola como un velo denso.

Al terminar, caminó hacia el espejo cubriéndose con una toalla, y se detuvo frente a su reflejo.

Observó sus pechos, su piel aún firme, su rostro apenas marcado por los años.

Aún conservaba su juventud, y aunque no era algo en lo que pensara seguido, el verlo allí —intacto, terco, vivo— le arrancó una sonrisa.

Un pequeño consuelo, quizás, una señal de que aún quedaba tiempo.

Suspiró.

El vapor del baño comenzaba a disiparse y con él, los pensamientos incómodos regresaban.

Apoyó una mano sobre el lavabo y murmuró para sí misma, en voz baja, con el cansancio asomando entre sus palabras.

—Lo logré… —dijo, con una sonrisa nostálgica—.

Los crié sola… a los dos.

Blake y Tn… Se quedó en silencio unos segundos.

Los recuerdos la envolvieron, ásperos y dulces.

Recordó noches sin dormir, fiebre, llantos, pañales, risas, tropiezos… y cómo, incluso en medio de todo eso, nunca se quebró.

No podía permitírselo.

Aunque Blake se había ido, aunque había tomado su propio camino… Tn se quedó.

Él eligió quedarse.

Y eso, pensó, eso le bastaba.

—Blake… —susurró, con tristeza—.

Espero que estés bien, donde sea que estés… Se vistió sin prisa, con ropa cómoda, y salió del baño.

La casa estaba en silencio, apenas iluminada por la tenue luz de una lámpara en el pasillo.

Caminó hasta la habitación de Tn.

Empujó la puerta con suavidad y lo encontró dormido, respirando con tranquilidad, abrazado a su cola como si fuese un peluche cálido.

El gesto le arrancó una sonrisa más honesta, más suave.

—Sigues siendo mi pequeño… —dijo en voz baja, con ternura—.

Aunque ahora ya seas más alto que yo… Con cuidado, se recostó a su lado.

No quería despertarlo.

Se acomodó despacio, sintiendo el calor del cuerpo de su hijo junto al suyo.

Tn, aún dormido, murmuró algo ininteligible y apretó un poco más la cola entre sus brazos.

Kali lo miró.

Su mirada tenía algo de cansancio, pero también de paz.

Se acercó un poco más, cerró los ojos y dejó escapar un último suspiro.

—Gracias… por quedarte conmigo.

Y así, entre pensamientos y memorias, se dejó arrullar por la respiración tranquila de su hijo, permitiéndose, al menos por esa noche, descansar.

(Mitad del oceano) Blake se encontraba en la cubierta del barco, envuelta en la brisa salada que le azotaba el rostro suavemente.

El cielo era gris, pesado, como si compartiera sus pensamientos.

Sostenía el pergamino con una mano, la otra colgaba inerte a su costado.

Estaba revisando fotos viejas, algunas descargadas en secreto desde el pergamino de su hermano.

Tn nunca fue muy cuidadoso con sus contraseñas, y eso, en parte, le arrancaba una pequeña sonrisa amarga.

Pasó la imagen de él abrazando a su madre.

Ambos parecían felices… como si ella nunca se hubiera ido.

Como si su partida no hubiese dejado una grieta.

Kali estaba radiante en la foto, su sonrisa tan maternal y cálida, y Tn… ese niño había crecido sin conocer lo que era una familia completa.

Blake sintió una punzada de culpa en el pecho.

Había huido de casa con la excusa de cambiar el mundo, de luchar por los faunos… pero a veces se preguntaba si simplemente había escapado de su madre.

De sus abrazos, de su mirada vigilante, de esa calidez asfixiante.

Y luego estaba él.

Ese zorro.

El “hijo” que Kali decidió criar junto a ella.

Blake no sabía si le molestaba más su existencia o el hecho de que Tn pareciera no guardarle rencor alguno.

¿Lo amaba?

¿Era su hermano de verdad?

¿O solo un reemplazo para la hija que se fue?

Suspiró con fuerza, el aire saliendo de sus pulmones como si arrastrara años de tensión contenida.

A pesar de todo, se había llevado algunas fotos consigo.

No podía borrarlas.

Una parte de ella necesitaba recordarlos.

Por si no volvía.

Por si las cosas salían mal en Beacon.

Por si el Colmillo Blanco la obligaba a tomar decisiones que no podía revertir.

El barco se mecía suavemente, y las luces del interior llamaban a los pasajeros a retirarse a sus camarotes.

Blake apagó el pergamino y lo deslizó dentro de su chaqueta.

Cerró los ojos y se apoyó en el borde del barco, intentando que el vaivén la arrullara hasta dormir.

Pero no lo lograba.

El rostro de Kali seguía allí, detrás de sus párpados.

Con esa sonrisa.

Con esa mirada… tan llena de amor, pero también de algo más.

Algo que, de niña, no había notado.

Pero ahora, como adulta, comprendía.

Kali no era una madre común.

Y esa obsesión suya con Tn… era inquietante.

Blake murmuró para sí, con los ojos apenas entreabiertos, mirando el horizonte—vieja bruja… al menos solo lo amaste a el.

Se giró lentamente y se dirigió a su camarote.

Mañana llegaría a Vale.

Y allí… todo comenzaría de nuevo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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