Waifu yandere(Collection) - Capítulo 65
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65: Jane doe (zenless zone zero) 65: Jane doe (zenless zone zero) Si muriera, no sería en paz ni en gloria, sería con fuego ardiendo en mi memoria.
No hay redención, no hay perdón ni canto, solo un corazón podrido por el llanto.
Volvería atrás y haría cenizas el pasado, borraría sus rostros, su eco malvado.
Porque lo que siento no es pena ni temor, es odio puro, crudo, sin pudor.
Odio por los cobardes que solo saben huir, por los farsantes que no paran de fingir.
Por los que quitan y luego se esconden, dejando ruinas donde otros responden.
Pero más que a todos, más que al dolor, hay uno que enciende mi peor ardor: ese pvssy de Jaune, esa plaga sin fin, una mancha en la historia, un insulto ruin.
Tan vasto es mi desprecio, tan denso mi rencor, que hasta el diablo huiría, sintiendo mi furor.
Porque si el odio tuviera forma, sería mi voz, y el blanco,pvssy Jaune…
sin redención ni perdón de Dios.
—————————————————————————————– Las calles más oscuras de Nueva Eridu no ofrecían descanso, ni siquiera para una especialista como Jane Doe.
Caminaba a paso irregular, cojeando con dificultad.
Su muslo izquierdo sangraba, la herida aún caliente tras el enfrentamiento contra una criatura salida del Vacío.
Una misión en solitario que debía ser sencilla, pero terminó convertida en una danza mortal entre sombras, acero y error de cálculo.
Su abrigo largo ocultaba parte del daño, pero su respiración agitada y el ligero tambaleo en su andar la delataban.
Jane no emitía quejido alguno; solo apretaba los dientes y se aferraba a la idea de llegar viva al refugio.
Las luces del cartel neón titilaban como un suspiro cansado sobre la puerta de la pequeña clínica de emergencia.
No era gran cosa, pero ella conocía bien al enfermero que trabajaba allí.
Tn.
Jane se desplomó sobre la puerta, golpeándola dos veces con la palma antes de que sus fuerzas flaquearan del todo.
Unos segundos después, la puerta se abrió con rapidez, y un joven de expresión seria y uniforme ligeramente arrugado la sostuvo justo antes de que cayera al suelo.
—Otra vez tú —murmuró Tn, sin sorpresa en la voz pero con una pizca de preocupación que no se molestó en ocultar.
La levantó con esfuerzo, llevándola hasta la camilla sin hacer preguntas de más.
Ya conocía la rutina con Jane: respuestas vagas, sarcasmo a flor de piel y sonrisas fingidas para esconder el dolor.
Jane lo miraba con los ojos entrecerrados, su respiración se volvía irregular mientras trataba de mantenerse despierta.
Su cola —que generalmente se agitaba vivaz— se movía ahora con lentitud, como una hoja resistiéndose al viento.
—¿Te vas a desmayar o solo estás haciéndote la dramática?
—preguntó Tn mientras preparaba antisépticos y vendas.
—Depende…
¿Vas a besarme si sobrevivo?
—jadeó ella, su voz impregnada de una coquetería forzada por el cansancio.
Tn no respondió.
Se limitó a darle un leve golpecito con los nudillos en la frente.
—Compórtate, Jane.
Ella soltó una risa rasposa, pero su cuerpo temblaba.
Tn no perdió el tiempo.
Cortó la tela manchada por la sangre, revelando la herida en el muslo.
No era profunda, pero sí fea.
Carne desgarrada y bordes irregulares.
Mientras desinfectaba con cuidado, Jane apretó la camilla con fuerza.
—Agh…
No seas tan delicado, cariño… Me harás pensar que te importo.
—Cállate y respira —ordenó Tn, sin levantar la voz.
Ella obedeció.
Respiró hondo.
Por un instante, el silencio llenó el cuarto, solo interrumpido por el suave sonido del vendaje envolviendo la herida.
Cuando terminó, Tn limpió sus manos, luego se giró para revisar el informe médico.
Jane lo observaba desde la camilla, con la cabeza ladeada y una media sonrisa.
—¿Alguna vez te he dicho que te ves sexy cuando estás molesto?
Tn suspiró, sin mirarla.
—Sí.
Y también cuando estoy frustrado, cansado, harto y cuando estoy desayunando.
—Mmm…
¿Entonces lo admites?
Él se volvió, por fin, cruzando los brazos.
—Admito que no sé cómo sigues viva con esa actitud.
—Porque tengo suerte —respondió Jane, bajando la mirada por un instante—.
O porque siempre hay alguien que me cose a tiempo.
Tn notó el tono distinto.
Más bajo.
Más sincero.
Sin burla.
Caminó hasta ella, revisó la venda una vez más con suavidad, y luego simplemente dijo—Te quedarás aquí esta noche.
No saldrás de nuevo hasta que puedas caminar bien.
—¿Me estás dando órdenes, enfermero?
—Te estoy salvando la vida.
Otra vez.
Jane suspiró.
Esta vez, sin sonrisa.
La ciudad podía arder, el Vacío podía rugir, y los monstruos podían esperar.
Pero por un momento, bajo esa luz tenue y entre paredes baratas, ella permitió que alguien la cuidara.
Jane se recostó con un suspiro en la camilla, mientras Tn guardaba con precisión cada uno de sus instrumentos.
Era un gesto: las pinzas en su estuche acolchado, el alcohol en la estantería de metal, los vendajes sobrantes replegados con orden militar.
Ella conocía cada movimiento.
Porque ya había estado ahí antes.
Muchas veces.
Demasiadas.
Siempre que volvía herida —con rasguños, cortadas, alguna fractura leve o, como esta noche, una fea laceración en el muslo— acudía a él.
A Tn.
Su enfermero de confianza.
Su punto de anclaje.
Su excusa para detenerse en medio de la tormenta.
La clínica donde trabajaba era parte del Departamento 6, pensada para atender al personal en casos de emergencia.
Y aunque era funcional, pequeña y anodina, para Jane tenía algo especial.
Tn.
Era el único enfermero del escuadrón.
Siempre serio, siempre presente, siempre profesional.
Inamovible.
Ella solía burlarse de esa rigidez, provocarlo con sus palabras suaves, con sus gestos, con alguna broma de doble sentido que a cualquiera haría ruborizarse.
Pero con él… Solo recibía una mirada firme y, a lo mucho, un golpecito en la frente.
Aun así, se esforzaba.
A veces, incluso fingía torpes accidentes para tener una excusa para verlo.
Rasguños sin importancia, tropiezos exagerados, cortes menores que no necesitaban revisión… pero ahí estaba ella.
Con una sonrisa de medio lado y una herida superficial que justificaba su presencia.
Lo que Jane nunca decía —lo que jamás admitiría en voz alta— era que no tenía a nadie más.
Nadie que se preocupara si salía herida.
Nadie que la esperara.
Nadie que notara si sangraba o desaparecía por días.
Excepto Tn.
Por eso lo miraba ahora, desde la camilla, con esa sonrisa suave y los ojos pesados pero brillantes.
Por eso, semanas atrás, había reunido valor para invitarlo a cenar.
No un simple “vamos por algo rápido”, sino algo más íntimo.
Una cena tranquila.
Solo ellos dos.
Tal vez un gesto, una señal de que el mundo aún podía ofrecerle algo más que combates, máscaras y oscuridad.
Pero él se negó.
Sin frialdad.
Sin crueldad.
Solo con esa firmeza suya.
“No busco una relación romántica,” había dicho.
No fue devastador.
No como otros rechazos.
Pero caló.
Porque él era distinto.
Ahora, bajo la luz blanca y los estantes metálicos, Jane volvió a mirarlo.
Tn ya había terminado de ordenar.
Se giró hacia ella y notó que aún no cerraba los ojos.
—Deberías dormir —le dijo.
—No tengo sueño —murmuró Jane, girando apenas su rostro sobre la almohada—.
Además, este lugar es aburrido cuando tú no hablas.
Tn se acercó para revisar que la venda estuviera firme, sin mirarla directamente.
—Siempre hablas tú por los dos.
—¿Y si hoy solo quiero escucharte?
Silencio.
Tn terminó de ajustar el vendaje y se alejó, pero Jane no dejó de observarlo.
La tensión era leve, pero tangible.
Como una cuerda tirante que nadie se atrevía a romper.
—¿Puedo preguntarte algo?
—dijo Jane, sin su usual tono provocador.
Tn asintió, sin levantar la vista de unos papeles.
—¿Por qué sigues aquí?
—preguntó—.
En esta ciudad rota.
Rodeado de locura, vacíos, sangre.
Podrías haber elegido otro trabajo.
Otra vida.
Tn dejó el papel lentamente.
Se giró.
La miró por fin, directo a los ojos.
—Porque alguien tiene que preocuparse por los que se lanzan al infierno por los demás.
Porque si no estoy aquí… ¿quién los va a coser después?
Jane desvió la mirada.
Sintió que algo se apretaba en su pecho.
No era el dolor de la herida.
Era la certeza de que, por más que deseara otra cosa, Tn no la miraría de la forma en que ella lo hacía a él.
Y aún así, seguiría regresando.
Porque ese instante —esa sensación de que alguien cuidaba de ella sin pedir nada a cambio— era lo más cercano al amor que había sentido en años.
Ella cerró los ojos al fin.
—Oye, Tn… —¿Qué?
—Gracias… por preocuparte.
Aunque sea solo un poco.
—No es solo un poco —respondió él, mientras bajaba la intensidad de las luces.
Y en ese momento, Jane se permitió llorar.
En silencio.
Sin que él la viera.
No por la herida en el muslo.
Sino por todas las que nadie más había notado.
Jane se recostó de lado, dándole la espalda a Tn.
No quería que la viera así.
No quería que notara las lágrimas silenciosas que se deslizaban por su mejilla, mezclándose con el sudor seco y la suciedad de la misión.
Era un gesto instintivo, casi infantil.
Como cuando era niña y aprendió que llorar solo servía para que te golpearan más fuerte.
O para que te ignoraran.
Una rata callejera.
Así la llamaron.
Un roedor, sin nombre real ni apellidos.
Algo que husmeaba entre basura, que robaba para comer, que mordía cuando se sentía acorralado.
Ningún orfanato la quiso.
Demasiado agresiva.
Demasiado impredecible.
Demasiado rota.
Ninguna familia la adoptó.
¿Quién querría una niña con los ojos llenos de ira y una sonrisa que parecía una amenaza?
El mundo le dejó en claro desde temprano que no había lugar para ella en ninguna parte.
Así que cuando creció lo suficiente, cuando pudo sostener un cuchillo sin que le temblaran las manos, se unió a la Academia de Fuerzas de Eridu.
No porque creyera en la justicia.
Sino porque al menos allí podía existir con un propósito.
Al principio tampoco fue fácil.
Su actitud descarada y sus bromas hirientes no le ganaron muchos amigos.
Algunos instructores la despreciaban abiertamente.
Otros intentaban “corregirla”.
Pero entonces llegó la Capitana Miyabi.
Ella no fue amable.
No fue cálida.
Pero tampoco fue hipócrita.
Simplemente le dijo—Si eres útil, entonces sirves.
Y Jane se aferró a eso.
Porque al fin, alguien no intentaba cambiarla, solo utilizarla.
Y para ella, en ese momento, eso era más que suficiente.
Luego vino Zhuyuan.
Otra figura difícil.
Intimidante.
Pero imparcial.
Si Jane cumplía con sus misiones, la toleraban.
Y Jane, como un perro callejero al que por fin se le daba un plato de comida, cumplía.
La herida en su muslo punzaba con cada latido.
Pero dolía menos que ese hueco constante, ese vacío en el pecho.
Suspiró profundamente, deseando que el cansancio la venciera pronto.
Aunque fuera por unas horas.
Detrás de ella, podía oír a Tn.
Él no se había marchado.
Seguía ahí.
Revisando su equipo, tomando nota del estado de los dispositivos que Jane había traído de vuelta.
Eran procedimientos de rutina.
Pero él siempre los hacía cuando ella estaba cerca.
Tal vez porque sabía que el sonido constante, el susurro de trabajo metódico, la ayudaba a relajarse.
Tn era… distinto.
No la juzgaba.
No la trataba como un chiste, ni como una bomba de tiempo.
Era profesional.
Calmo.
Casi imposible de leer.
Pero, sobre todo, era confiable.
Y eso lo convertía en un problema.
Porque Jane estaba empezando a necesitarlo.
No solo como enfermero.
No solo como compañero del Departamento 6.
Lo necesitaba como persona.
Como alguien que se quedaba.
Que la veía sangrar sin asco.
Que la curaba sin castigarla.
Que se preocupaba —aunque fuera en silencio— por si estaba viva o no.
El tipo de persona que Jane nunca tuvo.
Y por eso, aunque Tn no la correspondiera, aunque no buscara una relación, aunque dijera que no… Ella seguiría viniendo.
Una y otra vez.
Aunque fuera con excusas.
Con heridas reales o inventadas.
Porque ese refugio —esa clínica diminuta con luces blancas y olor a desinfectante— era lo más cercano a un hogar que Jane había conocido.
Y Tn, con su voz calma y su indiferencia compasiva, era el único que no la había echado.
—Tn… —murmuró ella, con voz apenas audible.
Él no respondió.
Probablemente no la escuchó.
O tal vez sí, pero no dijo nada.
Como siempre.
Como alguien que sabe que las cosas importantes no siempre se dicen.
Solo se quedan.
Jane cerró los ojos por fin.
Y en la oscuridad de su mente, soñó con una vida que nunca tuvo.
Una donde alguien, al menos una vez, le hubiera dicho:”No tienes que pelear tanto para que te vean.” Tn terminó de organizar lo último: vendas, pinzas, y los viales de analgésicos en la pequeña caja fuerte bajo su escritorio.
Su rutina era tan precisa como el latido de un reloj: revisar, desinfectar, catalogar, archivar.
Siempre lo mismo.
Siempre en ese orden.
Respiró hondo y apagó las luces de la clínica con un suspiro pesado.
El resplandor de la ciudad aún se colaba por la ventana de su dormitorio contiguo —Nueva Eridu nunca dormía del todo— pero, para Tn, esas luces eran apenas ruido de fondo.
Estaba exhausto.
Cada vez que Jane llegaba con una nueva herida o excusa, su ciclo se alteraba.
Su rutina, su tiempo, su espacio.
Pero no podía simplemente decirle que no viniera.
Se recostó en su cama, boca abajo, tratando de forzar a su mente al descanso, aunque sabía que no sería inmediato.
Apenas cerró los ojos, sintió un peso súbito sobre la espalda.
Blandito.
Tibio.
Un leve murmullo, apenas un ronroneo nasal, confirmó lo que ya sospechaba.
Jane.
Se había escabullido, otra vez.
Sin hacer ruido.
Como una sombra con cola.
Estaba durmiendo encima de él, literalmente.
Su peso estaba mal distribuido, un muslo sobre su cintura, su cabeza apoyada entre sus omóplatos.
La respiración tranquila y rítmica de quien había encontrado refugio.
Su cola se enroscaba perezosamente sobre uno de sus costados.
Tn abrió los ojos en la penumbra.
No dijo nada.
No bufó.
No se movió.
Solo… aceptó.
Porque ya lo conocía.
Ya sabía cómo era Jane.
Y sabía que a veces su necesidad no se expresaba en palabras.
A veces venía disfrazada de broma, de provocación, o —como ahora— de una invasión silenciosa a su espacio más íntimo.
Admitía para sí mismo que lidiar con Jane era agotador.
Siempre al borde de un límite que no se atrevía a cruzar.
Siempre provocando, siempre buscando una reacción, un afecto, una señal.
No por malicia, sino porque simplemente no sabía vivir de otra forma.
Jane se movió levemente, murmurando algo que no entendió.
Y sin quererlo, él recordó el informe médico de su primera visita, cuando la trajeron por una lesión en el costado.
Desnutrición leve.
Cicatrices antiguas.
Reacción agresiva al contacto.
Ahora, dormía encima de él como si su vida dependiera de sentir otra presencia.
Como si el calor humano, por escaso que fuera, fuese la única medicina que realmente aliviaba su dolor.
Tn solo cerró los ojos.
Mañana sería igual.
Ella se levantaría antes que él, hurgaría en su cocina sin permiso, le robaría una lata de fideos instantáneos o una bebida energética.
Se quejaría de su falta de gustos culinarios, se dejaría caer sobre el sofá, y luego se irían juntos al Departamento 6 como si nada hubiese pasado.
Ese era el ciclo.
La rutina informal que ambos fingían no entender.
Pero Tn sí la entendía.
Sabía que ella volvía porque no tenía a dónde más ir.
Que cada herida era una excusa.
Que cada coqueteo era un grito desesperado.
Y que cada noche en la que terminaba en su cama, sin intención sexual alguna (o eso esperaba), era porque simplemente necesitaba que alguien no la echara.
Sus ojos se entrecerraron mientras trataba de ignorar el dolor leve en la espalda y la sensación cálida de Jane dormida.
—Estás más pesada de lo que pareces… —murmuró al aire, sabiendo que no recibiría respuesta.
Suspiró.
Y se durmió lo mejor que pudo.
El silencio en la habitación era absoluto, salvo por la respiración acompasada de Tn y el lejano zumbido de una máquina refrigerante en el otro extremo del pasillo.
La ciudad estaba viva afuera, pero dentro de ese cuarto, todo se detenía.
Jane, todavía encima de él, había cambiado levemente de postura.
Con movimientos lentos, casi felinos, había deslizado su cola alrededor de una de las piernas de Tn, enroscándola suavemente.
No era por juego, no esta vez.
Era por instinto.
Por necesidad.
Por deseo.
Acercó su rostro a la nuca de él y aspiró con sutileza, reconociendo ese aroma que se le quedaba pegado en el alma: limpio, neutro, cálido… humano.
Sin perfume, sin adornos.
Solo piel y rutina.
Solo Tn.
El calor en su vientre era punzante, ardía como una chispa atrapada en carne viva.
Sabía lo que era.
Su cuerpo lo sabía mejor que su mente.
Era la temporada, otra vez.
El celo, aunque atenuado por años de supresores y autocontrol, nunca desaparecía del todo.
Especialmente cuando se sentía cómoda.
Segura.
Cuidada.
Y con Tn… eso pasaba.
Eso se intensificaba.
Podía sentirlo bajo ella, completamente relajado, confiado.
Vulnerable.
Podía hacer lo que quisiera.
Besarlo.
Marcarlo.
Tomarlo.
Y sin embargo… No lo hizo.
Se aferró a él con más fuerza, clavando el rostro entre su espalda y cuello.
Respiró hondo otra vez, conteniendo ese temblor interno que nacía desde su vientre, que amenazaba con hacerle perder el juicio.
Porque por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que perder.
Si cruzaba esa línea, si se dejaba llevar, si rompía ese equilibrio frágil entre ambos, Tn podría rechazarla de verdad.
No con esa diplomacia fría que había usado cuando rechazó su invitación a cenar.
Sino con distancia, con límites.
Con puertas cerradas.
Y eso sería peor que cualquier herida.
“No quiero que me odie.” El pensamiento se clavó en su cabeza como una espina.
“No quiero que me aleje.” Suspiró bajo y, resignada, bajó un poco el cuerpo.
Se pegó a su costado, como una sombra mansa.
Como algo que simplemente estaba ahí, sin pedir nada.
Se permitió una última caricia, frotando su mejilla suavemente contra su piel antes de cerrar los ojos.
El calor seguía en su vientre, insaciable.
Pero su corazón, aunque dolido, estaba en paz por ahora.
Había vencido ese impulso, esa parte de ella que otros siempre habían temido.
Aquella parte animal que nunca fue bienvenida ni siquiera en los lugares que decían aceptarla.
Y con ese pequeño acto de autocontrol, Jane se sintió fuerte.
Fuerte… y cansada.
Pronto el sueño la venció, con una última promesa en mente: “Mañana le robaré algo del refrigerador.
Algo dulce.
Él tiene esas galletas de menta…
las esconde, pero yo sé dónde.” Una sonrisa se dibujó en su rostro mientras se hundía en ese descanso precario.
Quizás no tenía amor.
Quizás no tenía nombre.
Pero esa noche, tenía un lugar.
Y para Jane… eso era suficiente.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com