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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 69

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  4. Capítulo 69 - 69 Jeanne alter part 5 fgo
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69: Jeanne alter part 5 (fgo) 69: Jeanne alter part 5 (fgo) Pregunta, si tuviera patreon se unirian.

Si No.

Sería totalmente gratuito y solo seria por cuestiones de reunir un gran número de miembros…..El motivo…..simple hay podría subir las imágenes suculentas de las waifus incluso hacer votaciones sobre quienes hacer tal y como lo hacemos aqui.

Si les interesa responda si y en el siguiente capitulo dejaré el nombre de usuario.

Es la forma que pensé en subir las suculentas imágenes porque dije ok estoy haciendo imágenes por montón y nadie las ve asi……bueno este método servirá.

 El sótano de Chaldea era frío, gris y carente de toda calidez, pero el ambiente que lo envolvía no era lo que verdaderamente consumía a Jeanne Alter.

Era la ausencia.

Día tras día encerrada, el tiempo se volvía una prisión más cruel que la propia barrera mágica que la contenía.

Jeanne Alter —la bruja, la hereje— yacía sobre el suelo, con el rostro vuelto hacia el techo rúnico, los ojos abiertos pero desprovistos de su chispa habitual.

No dormía, no comía, no hablaba.

Sólo esperaba.

Lo quería de vuelta.

El hueco en sus brazos donde solía estar Tn durante la noche la carcomía más que cualquier castigo físico.

El calor de su cuerpo, la forma en que su respiración se ralentizaba cuando se quedaba dormido entre sus brazos, incluso su olor…

el sexo……todo eso se había vuelto su droga, su obsesión, su consuelo en un mundo que detestaba.

Y ahora no tenía nada.

Ni a Tn.

Ni libertad.

Ni fuego.

Cada visita de Jeanne (Gobernante) era un recordatorio amargo.

Esa mujer santa, con sus ojos suaves y palabras cargadas de condescendencia, venía día tras día con su moral de cartón y su voz pretendidamente compasiva, como si entendiera algo.

Como si pudiese comprender lo que ardía dentro de ella.

—”Jeanne, debes encontrar la paz en ti misma”, “La violencia no te traerá lo que buscas”, “Tn no es un objeto que puedas poseer”— repetía cada maldito día.

Jeanne Alter no respondía.

A veces sólo giraba la cabeza.

A veces cerraba los ojos.

Pero más de una vez apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas perforaron la piel.

La sangre, al igual que su rabia, ya no era escandalosa ni explosiva.

Ahora goteaba.

Silenciosa.

Constante.

Cada palabra de su otra mitad era como un alfiler clavado en su mente.

Y a pesar de que su plan aún estaba en pie —fingirse tranquila, engañar, manipular, esperar el momento de debilidad— Jeanne Alter empezaba a notar algo peligroso: el tiempo la estaba desgastando.

Ya no rugía como al principio.

Ya no golpeaba la barrera con furia.

Lo había hecho tanto que sus nudillos eran un amasijo de carne curada a medias, manchados de sangre seca, piel partida y cicatrices oscuras.

Había pasado del grito al silencio.

De la rabia al vacío.

Pero bajo ese manto de aparente calma se gestaba algo peor.

Una Jeanne Alter que aprende a guardar el fuego, a mantenerlo contenido para que no se apague antes de tiempo.

Una Alter que sufre por dentro, que arde sin llamarada, que se retuerce en la oscuridad…

y que aún así espera.

Porque lo único que la mantenía despierta en esa prisión de runas y piedra era la visión de volver a abrazar a Tn, de tocar su rostro, de sentir su cuerpo vulnerable entre sus brazos otra vez.

No por ternura, ni por amor en el sentido noble.

Sino porque lo necesitaba.

Era suyo.

Su pequeño mundo imperfecto.

Su “hogar”.

Y hasta que la barrera no cayera, lo único que podía hacer era quedarse ahí, con la mirada muerta en el techo, murmurando en voz baja: —Voy a salir… voy a tomar lo que es mío… y voy a quemar hasta el último rincón de este maldito hielo… Y entonces sonrió.

No con ternura.

Sino con peligro.

Como una bestia enjaulada que ha dejado de rugir…

solo porque ya aprendió a esperar.

Sótano de Chaldea.

Día 7.

Jeanne Alter seguía encerrada, inmóvil, sentada contra la pared fría de la barrera mágica que la contenía.

Las sombras de la celda bailaban con el resplandor débil de las runas mágicas.

Llevaba días sin dormir bien, sin sentirlo a él.

—Siete malditos días… sin él…sin su calor…

—murmuró, las palabras llenas de un veneno dulzón, casi febril.

Se abrazó las piernas y apoyó la barbilla sobre las rodillas, la mirada perdida en el techo.

Los nudillos aún marcados, rojizos por haber golpeado tantas veces la barrera.

—Jeanne… perra idiota… ven con tus sermones otra vez… no te cansas de jugar a la santa cuando tú también me quitaste lo que era mío… Sus labios se torcieron en una sonrisa falsa mientras repasaba mentalmente su plan: hacerse la tranquila, fingir redención, engañarlos a todos… y cuando la dejaran salir, tomaría a Tn, un Grial, y desaparecería.

Y si podía abofetear a la otra Jeanne y quemar unas cuantas biblias de Martha en el proceso… mejor aún.

Pero por ahora, sólo el silencio.

Y la espera.

Enfermería de Chaldea.

El ambiente en la enfermería era más relajado.

Las alarmas no sonaban, los casters no lanzaban hechizos de contención, y el aire no olía a humo.

Tn yacía tranquilo sobre la cama, cubierto por sábanas limpias, con una mascarilla de oxígeno sobre su rostro y sensores conectados a su cuerpo artificial.

—Sus niveles de mana son estables —informó Asclepius, con su tono seco habitual—.

Aunque sigue habiendo trazas de intoxicación espiritual.

No sé qué tipo de idiotez hizo esa lunática, pero no debe repetirse.

—¡Cuidado con tu tono, doctor!

—exclamó Nightingale, arreglándole las almohadas a Tn—.

Esa “idiotez” casi lo mata, sí, ¡pero lo importante es que ahora está bajo mi cuidado!

¡Y mi cuidado es impecable!

Asclepius gruñó, frustrado.

En una esquina, Martha se había traído una bandeja completa desde la cocina.

Estaba sentada en una silla, comiendo un pastel de chocolate con una sonrisa agotada.

—Pobre chico… —murmuró mientras lo miraba con una ternura casi maternal—.

Fue tan tranquilo cuando lo sacaron de esa habitación.

No dijo una palabra, ni una queja.

Sólo…

esa mirada vacía.

—¿Te encariñaste con él, Santa?

—preguntó Nightingale sin mirar, al ajustar una inyección.

Martha se encogió de hombros y tomó un pedazo más grande del pastel.

—Es…

como si no tuviera culpa de nada.

Como si fuera sólo una víctima más en medio.

No pude evitarlo.

Lo mínimo que puedo hacer es quedarme hasta que despierte.

Y si despierta con hambre… —alzó otro pastel, era un santa solo por ese hecho sentir lastima o empatia por pobres almas era razon suficiente de que se quedara.

Nightingale asintió, aprobando el gesto.

En otra sala, Romani recorría los pasillos, con tabletas en ambas manos y varias pantallas flotando a su alrededor.

—¡¿Cómo diablos pudo quemar un ala entera sin pasar por los sensores?!

—gritaba a los técnicos—.

¡¿Y qué clase de refuerzo mágico dejaron en esa barrera?!

¡Si colapsa otra vez, esa mujer nos carboniza a todos!

Mientras tanto, Ritsuka seguía encerrado en su cuarto, mirando el techo con expresión de vergüenza y miedo.

No había dado la cara desde el incidente.

La calma era frágil.

Tn respiraba suavemente, inconsciente de todo.

El zumbido de las máquinas era constante, interrumpido solo por el sonido crujiente de Martha masticando galletas de mantequilla.

Tenía un pastel de fresa medio demolido frente a ella y una bebida caliente a medio terminar.

Estaba empezando a relajarse… hasta que Nightingale, revisando la tabla médica de Tn, giró la cabeza hacia ella con una mirada clínicamente seria.

—Santa Martha… ¿ha revisado últimamente sus niveles de azúcar?

¿Y su próstata?

Un silencio fúnebre cayó sobre la habitación.

El sonido de un guante de latex siendo ajustado sono por parte de la enfermera.

Martha se congeló.

Luego bajó lentamente el tenedor y se abrazó el regazo, como si pudiera protegerse con su guardia santa.

—¡¿Qué demonios estás diciendo, Nightingale?!

—gritó, cubriéndose con los brazos como si la otra médica estuviera a punto de abalanzarse sobre ella— ¡¡Las mujeres no tienen próstata!!

Asclepius, que hasta ese momento revisaba una bandeja de medicamentos, alzó una ceja con fastidio y habló sin levantar la mirada.

—Eso es correcto.

Las mujeres no tienen próstata.

Te lo he dicho cinco veces, Berserker.

Pero Nightingale se mantenía firme, apretando una botella de locion contra su pecho.

—No me importa la anatomía básica.

¡Mi deber es asegurarme del bienestar completo de todos mis pacientes!

A veces hay que revisar lo que no debería estar para estar seguras.

—Eso no es etico ni afirmativo—replicó Asclepius, apretando los puños.

—Es prevención —respondió Nightingale con la seriedad de un soldado entrando en guerra—.

Exhaustiva prevención.

Martha, que ya había bajado la guardia, volvió a su silla con un suspiro sonoro, pero aún la miraba de reojo.

—Si me vuelves a mencionar la próstata… te lanzo esta bandeja por la cabeza —gruñó, volviendo a atacar el pastel de manzana.

Mientras tanto, Asclepius se acercó al cuerpo aún dormido de Tn.

En sus manos llevaba tres jeringas grandes, con fluidos translúcidos de tonalidades verdosas y azuladas.

—Analgesia profunda —explicó, más para sí mismo que para los demás—.

La regeneración espontánea no basta, todavía hay microfracturas internas.

Insertó la primera jeringa en el costado de Tn con precisión quirúrgica.

Un pequeño silbido escapó de la aguja al entrar.

Martha, que justo había tomado un pedazo de pastel de crema, puso los ojos como platos.

—¿¡Qué demonios es esa cosa!?

—exclamó con voz aguda, señalando las agujas—.

¡¡¿Eso es para él o para un rinoceronte?!!

Asclepius no se inmutó.

—Este cuerpo tiene una resistencia anormal.

Agujas estándar no atraviesan su epidermis reforzada.

—¿Y cuántas más vas a ponerle?

—preguntó Martha, ya empujando su silla lentamente hacia atrás.

—Tres, una en cada zona crítica.

Aunque si sigue regenerando a este ritmo, quizás solo dos sean necesarias.

Nightingale lo observaba con atención.

—Muy bien, doctor Asclepius.

Su técnica es precisa.

Aunque le recomendaría una infusión intravenosa por vía dorsal alterna para maximizar el efecto.

—¿Te refieres a…

el método suizo?

—preguntó él, por primera vez intrigado.

—Exacto.

Ambos se miraron.

Por un instante, dos lunáticos de la medicina se entendieron como iguales.

Martha suspiró de nuevo y se llevó otro pastel a la boca.

—Ya nada me sorprende aquí.

Absolutamente nada… Tn, ajeno a todo, dormía en calma.

Horas despues.

El aroma dulce de los postres aún flotaba en el aire cuando los pasos pesados de Nightingale finalmente se desvanecieron por el pasillo, seguidos por el suspiro largo y contenido de Asclepius, quien arrastraba a la Berserker como si estuviese transportando una bomba biológica inestable.

—¡Sólo una pequeña muestra de semen!

¡Para confirmar la vitalidad hormonal del sujeto!

¡Con propósitos clínicos!

—gritaba Nightingale mientras Asclepius, con un tic nervioso en la ceja, mascullaba entre dientes—¡Te dije que no necesitamos recolectar nada de eso, demonio vestida de enfermera!

¡A veces me pregunto por qué me asignaron contigo…!

En defensa de la enfermera, revisar todo fluido corporal del paciente homunculo era de vital importancia, pero al parecer a su amigo medico no le parecia igual.

La puerta se cerró.

El silencio volvió a reinar.

Martha dejó escapar un suspiro profundo, apoyando la espalda contra la silla mientras el plato con lo que quedaba del pastel se deslizaba sobre su regazo.

Se llevó un dedo a la frente, frunciendo el ceño con fuerza.

—Dios…

—murmuró—.

Esto no puede ser normal.

Volteó la mirada hacia Tn, que aún dormía tranquilamente en la cama, cubierto por una sábana limpia y envuelto en un leve resplandor mágico residual.

Su respiración era constante, aunque débil, y la piel de su rostro mostraba un tenue color saludable, producto del arduo trabajo de curación de los médicos.

A pesar de todo, seguía viéndose…

joven.

Vulnerable.

Martha lo observó en silencio por unos minutos.

Sus pensamientos comenzaron a oscurecerse, y su mente la arrastró hacia el pasado.

El trato.

Fue en la Francia de la Singularidad, cuando Jeanne Alter, con los ojos incendiados por el odio y el alma destrozada por la traición del mundo, les hizo aquella oferta.

“Un Santo Grial a cambio de un alma.” Tn no era originalmente un homunculo.

Era un alma atrapada en ese campo.

Jeanne Alter había reclamado su protección, como si fuera un tesoro que no pensaba dejar ir jamás.

Y Chaldea, desesperada por terminar la Singularidad y recuperar el Grial, aceptó.

Fue Leonardo da Vinci quien ofreció la solución: un cuerpo de homúnculo, especialmente diseñado para albergar un alma no heroica, estabilizado con tecnología mágica de punta y núcleo pseudo-servant.

Un cuerpo…

sin pasado.

Una existencia nueva.

Un sacrificio necesario.

Martha bajó la mirada.

—Y ahora estás aquí, atrapado, con ella encerrada en el sótano —susurró, su voz con una mezcla entre pesar y rabia contenida—.

Todo salió mal.

Tan mal…

Se recostó junto a la cama, sus brazos cruzados detrás de la cabeza mientras miraba al techo.

Era difícil pensar con claridad.

Incluso su fe se tambaleaba cuando la justicia terminaba así…

cuando una criatura como Jeanne Alter había logrado algo tan humano como el afecto, sólo para corromperlo con obsesión.

—¿Qué eras para ella, Tn?

¿Un ancla?

¿Un regalo que el mundo le negó y Chaldea le entregó?

La respiración de Tn era serena.

Ni una palabra.

Ni un gesto.

Martha cerró los ojos.

—Voy a quedarme aquí un rato más, chico.

No sé qué fue lo que viste en esa bruja… pero ahora estás atrapado con el resultado de ese trato.

Y si algún día despiertas…

alguien tendrá que ayudarte.

Apoyó la cabeza en el borde de la cama.

—…y quizá protegerte de ella.

El monitor emitía un bip rítmico.

En la penumbra, el alma prestada de un joven dormía.

Y la Santa, aún con restos de pastel en los labios, montaba guardia.

El leve sonido del monitor cardíaco llenaba la habitación.

Tn seguía dormido, su respiración era tranquila, y la palidez de su rostro comenzaba a ceder gracias al tratamiento.

El trabajo conjunto de Nightingale y Asclepius había dado frutos, aunque sus métodos habían provocado más de un escalofrío.

Martha, aún con una servilleta pegada en la mejilla, dormitaba en una silla plegable junto a la camilla.

Había terminado los postres —demasiados, si se preguntaba a su estómago—, y ahora cabeceaba suavemente con los brazos cruzados.

Había querido velar a Tn.

No porque le gustara, sino porque…

el muchacho no tenía a nadie más.

Fue arrancado de una Singularidad, su alma metida en un cuerpo homúnculo hecho por Da Vinci, todo a cambio de que Jeanne Alter entregara el Santo Grial.

Un trato torcido, pensó Martha entre sueños.

Le daban a Jalter un “maestro”, una forma de redención o vínculo…

pero todo se salió de control.

Jalter se obsesionó.

Y ahora, la bruja estaba en el sótano y Tn en recuperación.

Martha murmuró algo ininteligible y se acomodó mejor.

El cansancio le había ganado.

Sótano.

Un golpe seco retumbó contra la barrera mágica.

Jeanne Alter gruñó, lanzando la bandeja de comida contra el campo de fuerza.

—¡¿Otra vez tú, maldita chihuahua perra en forma de gata pulgosa?!—vociferó, los ojos ardiendo de rabia.

Del otro lado, Tamamo Cat retrocedió de un salto, la cola alzada como un felpudo.

—¡Guauf!

¡Así no se trata a la cocinera!

¡¡Tampoco recibirás más curry si sigues así!!

—gritó ofendida, sacudiendo una cuchara como si fuera un cetro de castigo.

Jalter golpeó el suelo con el puño, sin importarle el dolor en los nudillos ya rotos.

—¡Devuélvanmelo!

¡Devuélvanme a Tn!

¡Él es mío, mío!

—gritaba, la voz desgarrada de hambre, rabia y vacío.

Tamamo ladeó la cabeza, algo confundida por la intensidad de la alter.—…Estás medio loquita, ¿eh?

—murmuró.

Jalter la miró con una sonrisa torcida, desequilibrada.

Se lamió los labios resecos y bajó lentamente las manos por su propio cuerpo, desde los dedos hasta el cuello, luego hasta el vientre.

—¿Sabes qué?

No necesito tu comida.

—Susurró con una voz venenosa—.

El mana de Tn, de mi Tn…

me alimenta.

Me llena.

Es mi sustento, mi fuerza…

mi todo.

—Sus dedos presionaron suavemente su abdomen, como si confirmara una conexión invisible.

Tamamo Cat se quedó petrificada por un instante.

Dio un paso atrás, luego otro más.—…Eso suena bastante perturbador…

—murmuró con una gota imaginaria deslizándose por su frente—.

Voy a…

voy a reportar esto, guauf…

Y se alejó a paso rápido, la bandeja destrozada aún humeando en el suelo.

Jalter se dejó caer otra vez, de espaldas, con la mirada perdida en el techo.

Sus labios murmuraban incoherencias.

Planes.

Tontos, irracionales…

pero para ella, eran perfectos.

Un Grial.

Un escape.

Una singularidad hecha a su imagen.

Solo Tn y ella.

Para siempre.

Y mientras el sello mágico brillaba débilmente en las paredes, alimentado por mana ajeno, ella sonreía.

Sabía que no aguantarían eternamente.

Solo tenía que esperar.

El silencio era denso, pesado.

Solo roto por el leve murmullo arcano de la barrera que la rodeaba.

Jalter parpadeó lentamente, los ojos brillando con una chispa inconfundible.

—…Esto es distinto —susurró.

Podía sentirlo, el maná que fluía desde Tn hacia ella había aumentado.

Era más intenso, más cálido.

No como las pequeñas gotas que antes apenas le daban energía.

Este… era un torrente.

—¿Te estás recuperando, Tn…?

—musitó, con una sonrisa peligrosa formándose en sus labios agrietados.

Se puso de pie, tambaleándose apenas.

Extendió los brazos, sintiendo la vibración mágica en el aire.

La barrera vibró.

Solo un poco, pero lo notó.

—Solo un poco más… —murmuró con un brillo de locura en los ojos—.

Si me das más de ti… podré romper esta maldita jaula.

Entonces, su estómago gruñó.

Un rugido agudo, traidor.

Jalter se congeló.

Frunció el ceño.

—Tsk… maldito cuerpo débil.

—Gruñó, llevándose una mano al abdomen.

Sabía que tenía hambre.

Llevaba días rechazando la comida.

Tamamo Cat se lo había dicho: “¡Si no comes, no hay postre, guauf~!”.

Pero Jeanne Alter no pensaba aceptar nada que no viniera directa o indirectamente de Tn.

Sólo él.

**—No como nada que no haya sido tocado por sus manos.

Punto.

—**dijo para sí, con la voz rota pero firme.

Con un gesto cansado, se quitó parte de su armadura.

Las hombreras negras y fragmentos de metal cayeron al suelo con un clang seco.

Sus pies descalzos tocaron la fría piedra, y un escalofrío la recorrió.

Se dejó caer otra vez, lentamente, esta vez cruzando las piernas.—Hmph… ni una manta hijos de perra —gruñó, comenzando a masajearse la pierna izquierda con movimientos circulares.

Llevaba días sobre ese suelo duro.

Las articulaciones le dolían.

Se masajeó con fuerza, sus dedos marcando la piel.

Luego, sus manos fueron a sus costillas, donde las heridas de su furia aún dejaban rastros oscuros.

Cerró los ojos, respirando hondo.

—Estúpidos bastardos…

creen que pueden doblegarme con un calabozo.

No entienden que yo…

—murmuró, bajando la mirada a sus puños vendados—.

Ya he vivido en el infierno.

Y regresé.

Se los quedó mirando.

Los nudillos ya no sangraban, y aunque dolían, se estaban curando.

Un suspiro cansado se le escapó.

Luego…

una sonrisa suave, breve, muy fugaz, cuando recordó cómo Tn le tomaba la mano sin temor, incluso cuando estaba furiosa.

Él no la rechazaba.

No la miraba con miedo.(segun ella).

Se inclinó hacia el campo de fuerza, posando su frente contra la barrera mágica que la contenía.

—Tn… no tardes —susurró—.

No tardes mucho en venir a por mí.

Y entonces cerró los ojos, dejándose acunar por la cálida sensación de su maná.

Aunque estuviera sola, aunque tuviera hambre… aún lo sentía.

A él.

Eso era suficiente… por ahora.

El silencio volvió a imponerse como un manto húmedo sobre las paredes de piedra.

La única luz era el leve brillo azulado de los sellos mágicos que alimentaban la barrera.

Afuera, los turnos de vigilancia habían cesado.

Incluso Tamamo Cat no se atrevía a acercarse hasta que amaneciera.

Dentro de la barrera, Jeanne Alter suspiró profundamente… y se dejó caer sobre su costado.

Una vez más, con los pies descalzos rozando la piedra fría, con el cabello desordenado cubriéndole parte del rostro, se quedó inmóvil… hasta que soltó un gemido ahogado.

No uno de dolor.

Uno de esos… que parecían demasiado sinceros.

—…Tn… —murmuró con voz quebrada, mientras su espalda se arqueaba apenas, y sus dedos apretaban el suelo con cierta tensión.

Otro suspiro… otro gemido suave.

Jalter movió sus dedos hacia abajo, sintió la familiar sensación de picazón .

Primero masajeó su vagina con movimientos circulares, apretó los labios, su cabello cubrió su rostro.

“Kghgh T-tn Ahhh~” gimió cuando movió un lado la delgada tela metiendo un dedo y contuvo un suspiro.

Siguió asi hasta meter otro dedo.

“ahh~ tn~ mas d-dame mas~”cuando un tercer dedo entro, Jalter sintió su vista nublarse, dio un gran gemido cuando metio sus tres dedos asta el fondo y sus dos piernas se elevaron en el aire con los dedos de los pies apretándose.

Adentro y fuera, adentro y fuera, los jugos salían en grandes proporciones mientras la vengadora gemía en el sótano.

‘Solo un poco mas un poco tn tn tn tn tn tn ahhh sí’ logró pensar metiendo mas rápido los dedos dentro de su vagina haciendo sonidos de succión .

Sus ojos dorados miraban con anhelo cómo sus dedos salían y entraban.

Estaba cerca del clímax, quería sentir la euforia.

Una idea perversa apareció en su cabeza mientras gemía mas fuerte, concentró mana en sus dedos y el calor comenzo a fluir, un ligero fuego rodeó las yemas de sus dedos.

“Ahhhhh~ Ahhhhhh~ Siiiiiii que calor ohhhhh” el ligero fuego hacía que su ya caliente vagina, pero los fluidos apagaban la llama.

Estaba cerca mas cerca incrementó el flujo de maná y lo sintio.

“Kyaaaaaaghghghgh~’ un poderoso orgasmo la golpea haciendola jadear sus caderas tembkaban pero aun asi sus dedos se movian negandose a salir de ella.

Era difícil saber si actuaba o si realmente se dejaba llevar por la euforia mágica del lazo con su Master.

Quizá ambas.

Y entonces, lentamente, los gemidos se detuvieron.

Jeanne Alter sonrió.

No como una santa ni como una mártir… sino como una bruja traviesa y descarada.

Su rostro, aún bañado en sudor, se iluminó por la sonrisa torcida que apareció en sus labios.

—Ahhh~… Espero que esa tonta de “Jeanne la pura” haya estado escuchando —susurró con tono burlón, mientras estiraba el cuerpo como una gata satisfecha.

Se acomodó los mechones húmedos de sudor y maná en la nuca, y luego rió por lo bajo.

—¿Qué?

¿Pensaban que iba a comportarme bien solo porque me encerraron?

¿Que iba a dejar de pensar en mi Tn?

—dijo con sorna, mordiendo ligeramente su propio dedo índice, aún manchado por la magia acumulada.

Apoyó una pierna sobre la otra, relajada.

Sus ojos brillaban con esa chispa oscura de desafío, esa llama que no se apagaba, ni siquiera tras días de aislamiento.

Luego, con teatralidad, se inclinó hacia la barrera, como si hablara directamente con la “otra” Jeanne, aunque no supiera si la estaba espiando.

—Seguro estás ahí arriba, ¿no, monja mojigata?

Escuchando…

lo que no puedes tener.

—Susurró, casi ronroneando—.

Apuesto a que se te puso roja la cara.

Tal vez hasta rezaste por mí.

Qué dulce.

Cerró los ojos, apoyando la mejilla contra la barrera, casi como si esperara una respuesta que sabía que nunca vendría.Pero eso no importaba.

—Él es mío —añadió, apenas en un murmullo cargado de deseo y posesividad—.

Lo fue desde que me invocaron.

Desde que me ofrecieron este cuerpo, este trato, este… lazo.

Tú solo eres la sombra de una esperanza rota.

Yo soy la llama que arde y consume.

Abrió los ojos, miró el techo, y soltó una última risa baja, casi ronca.

Luego, cerró los párpados.

Satisfecha.

Contenta.

Peligrosamente estable.

Aunque estuviera encerrada, Jeanne Alter no había sido domada.

Solo estaba esperando… Y en su mente, ya se saboreaba la escena de romper la barrera, abrazar a Tn, y restregarle su victoria a la santa “virginal” que creía saber lo que era el amor.

Yare yare yare yare yare……..digan comentarios o preguntas sobre algo del lore que hago.

Tal Vez actualice mis otro fics sobre los oc porque sip, este canal nacio para los oc peor probé los tn y no me salen tan mal.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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