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Waifu yandere(Collection) - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Nitocris fgo
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7: Nitocris (fgo) 7: Nitocris (fgo) Era un día ardiente en Egipto.

El sol caía como una lanza de fuego sobre las arenas doradas del desierto, haciendo que el aire alrededor del majestuoso templo del faraón vibrara.

El sonido del viento acariciaba las grandes columnas de piedra, pero todo en el interior del templo era solemne y en silencio.

La joven faraona Nitocris, aún nueva en su trono, caminaba con paso lento y medido, observando las vastas paredes adornadas con jeroglíficos que contaban historias de viejos faraones y dioses.

El peso de la corona, aunque dorado y hermoso, parecía abrumarla.

El trono de Egipto era un asiento sagrado, pero a sus ojos, lleno de incertidumbre.

Sus orejas, adornadas con pequeños pendientes dorados, temblaban ligeramente, una señal inconsciente de su nerviosismo.

Aunque su ser estaba destinado a gobernar, el miedo y la inseguridad la acosaban.

¿Sería suficiente para los dioses?

¿Sería capaz de guiar a su pueblo hacia la gloria?

A medida que recorría los pasillos del palacio, el sonido de unos suaves pasos llegó a sus oídos.

Nitocris se detuvo y vio a Tn, un joven sirviente que trabajaba en el templo.

Llevaba una bandeja con frutas frescas, queso y un poco de vino.

Él estaba visiblemente nervioso, con la cabeza inclinada y el cuerpo ligeramente encorvado.

Tn no era un hombre alto, pero su actitud era siempre respetuosa y servicial, incluso si su propia timidez le impedía hacer contacto visual con su faraona.

—Tn…

—dijo Nitocris, con voz suave pero firme, deteniéndolo en su camino.

El joven levantó la mirada rápidamente, los ojos brillando con una mezcla de sorpresa y miedo.

Dio un paso atrás antes de inclinarse profundamente, sosteniendo la bandeja con manos temblorosas.

—Mi faraona…

—tartamudeó, sin saber qué más decir.

El simple hecho de estar cerca de ella lo ponía nervioso.

La joven faraona, la reina, la diosa de Egipto.

Nitocris lo observó en silencio por un momento.

Aunque era la líder de Egipto, ella misma se sentía fuera de lugar en su puesto.

La experiencia de gobernar no era algo que se aprendiera de la noche a la mañana, y la compañía de Tn, un sirviente tan tímido como ella, la hacía sentir un consuelo extraño.

—¿Cómo estás hoy, Tn?

—preguntó Nitocris, intentando suavizar el aire que parecía pesado entre ellos.

Tn, todavía con la cabeza agachada, respiró hondo y finalmente levantó la vista.

Sus ojos, aunque asustados, reflejaban una calidez.

Aunque no eran compañeros en el verdadero sentido, de alguna forma se entendían.

La timidez que ambos compartían parecía crear una pequeña burbuja de comprensión mutua.

—Estoy bien, mi faraona.

Aunque…

me siento inseguro al servirte…

—admitió Tn, dando un paso hacia adelante con la bandeja.

Sabía que no debía expresar sus dudas, pero la situación con Nitocris era diferente.

Ambos eran jóvenes, ambos algo inexpertos, pero había una conexión inexplicable entre ellos.

Nitocris lo miró fijamente, su rostro mostrando una mezcla de reflexión y simpatía.

—Lo comprendo.

Yo también siento lo mismo…

—dijo ella en voz baja, casi como si estuviera hablándose a sí misma.

Se acercó a Tn con suavidad, observando la bandeja que él sostenía.

—Pero es nuestra responsabilidad.

Los Dioses nos han puesto aquí, y aunque sea difícil, debemos seguir adelante.

Tn asintió, aunque su rostro seguía siendo un lienzo de nerviosismo.

Sin embargo, había algo en las palabras de Nitocris que lo calmaba, algo en su voz que transmitía más confianza de la que ella misma sentía.

—Gracias, mi faraona.

Si…

si me permites, te traeré más comida y agua…

para que sigas con tus labores.

—dijo, deseando de alguna manera hacer que su presencia fuera de ayuda, aunque la mayor parte del tiempo se sentía como un simple espectador de la grandeza que rodeaba a Nitocris.

Nitocris le sonrió por primera vez en el día, un gesto tierno, aunque melancólico.

—No tienes que ser tan formal, Tn.

En verdad, aprecio tu lealtad…

y tu compañía.

—dijo con sinceridad, algo en ella se suavizó ante su presencia.

Tn, sorprendido por la calidez de sus palabras, sintió una ligera mejora en su nerviosismo.

Sintió que, aunque la joven faraona no tenía toda la experiencia del mundo, su alma y voluntad eran tan poderosas como cualquier dios.

—Lo haré, mi faraona.

—respondió con determinación, sintiendo que de alguna manera, ella lo había motivado.

Con una leve inclinación de cabeza, Tn comenzó a caminar hacia la sala donde Nitocris debía continuar sus tareas, su paso algo más firme ahora.

La joven faraona observó su partida, y en su corazón, una chispa de esperanza comenzó a arder, pequeña pero vibrante.

“No estoy sola.” Pensó Nitocris, mientras regresaba a su trono.

“Aún puedo aprender…

aún puedo guiar a Egipto.

Y aunque no sea perfecta, tengo gente como Tn que me apoya.” La joven faraona respiró hondo.

No sabía qué deparaba el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligeramente más confiada.

Juntos, quizás podrían superar los temores que les atenazaba.

El sol comenzaba a ponerse sobre las tierras doradas de Egipto, tiñendo las columnas del palacio con tonos cálidos de naranja y rojo.

Nitocris, ya en sus aposentos privados, observaba la compleja vestimenta ceremonial que debía usar para la ocasión.

Sabía que su papel como faraona requería de una presencia imponente y elegante, pero las piezas de su atuendo, con sus intrincados bordados dorados y las joyas, siempre le resultaban difíciles de manejar por sí sola.

Esta vez, decidió pedir ayuda.

—Tn…

—llamó suavemente, sin girarse, mientras se arreglaba el cabello.

La joven faraona había notado que el joven sirviente la observaba desde el umbral de la puerta, su rostro lleno de la misma timidez que siempre lo acompañaba.

Pero esa tarde, algo en ella la impulsó a pedir su ayuda directamente.

Tn entró lentamente, todavía sintiendo los nervios del momento.

No era común que un sirviente estuviera tan cerca de la faraona en sus aposentos privados, y el simple hecho de estar en ese espacio íntimo lo hacía sentirse aún más fuera de lugar.

Sostenía las joyas y adornos en una pequeña caja, y su corazón latía más rápido con cada paso que daba hacia ella.

—¿Qué puedo hacer por ti, mi faraona?

—dijo con voz baja, intentando ocultar la timidez que lo invadía.

Nitocris lo miró por encima del hombro, con una ligera sonrisa.

No era una sonrisa forzada, sino una que se formaba con cierta complicidad y comprensión.

Ella sabía bien que Tn se sentía incómodo, pero también había notado que, aunque su nerviosismo era evidente, su lealtad nunca flaqueaba.

Había algo en él que la hacía sentir, de alguna forma, menos sola en su lucha por gobernar.

—Tn…

ven aquí, por favor.

Ayúdame a poner mis joyas.

—Nitocris dio un paso hacia él, su voz suave, pero decidida.

Los brillantes adornos de oro y lapislázuli estaban esparcidos sobre la mesa, esperando ser colocados en su lugar.

Tn parpadeó, sorprendido, y dio un paso atrás, mirando las joyas en la mesa.

¡Estaba tan cerca de la faraona, tan cerca de su belleza y majestuosidad!

Sus nervios se dispararon aún más.

“Tranquilo Tn piensa en la Amduat” —Pero…

mi faraona, yo…

no sé si…

—murmuró, sin saber cómo rechazar lo que se le pedía.

Su rostro estaba completamente ruborizado, y por un momento, no sabía qué hacer.

“¿Debería tocarla?

¿Debo acercarme más?” Pensaba, agobiado por la proximidad de la joven faraona.

Nitocris lo observó con una mezcla de diversión y ternura.

La timidez de Tn la hacía sentirse más humana, más comprensible.

Por un instante, ella dejó de ser la faraona y se convirtió en una joven que, al igual que él, tenía inseguridades y dudas.

Decidió aprovechar la oportunidad para romper un poco el hielo, como quien teje una pequeña broma con la esperanza de aliviar la tensión.

—No te preocupes, Tn.

Sé que no es fácil…

pero si te portas bien y me sirves con lealtad, quizás te deje…

tocar mis orejas.

—Nitocris sonrió con suavidad, dejando escapar una risa ligera.

Su sonrisa, aunque juguetona, esconde algo de calidez.

Tn, al escuchar las palabras de la faraona, se quedó paralizado por un instante.

¡¿Tocar las orejas de la faraona?!

El joven sirviente sintió cómo todo su cuerpo se estremecía y su rostro se encendía de inmediato.

La idea de estar tan cerca de ella, y de tocar algo tan personal como sus orejas, lo avergonzaba enormemente.

Aunque esas orejas de conejo eran adorables.

—¡Q-que!

—se tambaleó un poco, mientras miraba a Nitocris, buscando entender si ella hablaba en serio o si era una broma.

La joven faraona, al ver su reacción, se echó hacia atrás, llevándose una mano al rostro mientras se reía suavemente.

—Te estoy bromeando, Tn.

—dijo entre risas, mientras lo miraba con una mirada traviesa, pero amable.

—Pero si de verdad me ayudas, puedo asegurarte que tu esfuerzo no pasará desapercibido.

Tn, aún rojo como un tomate, bajó la cabeza avergonzado, pero esta vez, sus palabras salieron un poco más firmes.

—Yo…

yo solo soy un sirviente, faraona.

No merezco…

ese tipo de…

trato…

—murmuró, como si esa fuera la única manera de mantener su dignidad en medio de la incomodidad.

Nitocris, al escuchar sus palabras, se acercó un paso más y lo miró fijamente.

Su sonrisa se desvaneció un poco, dando paso a una expresión más seria, pero aún suave.

—Tn…

—su voz se tornó más suave, casi en un susurro.

—No se trata de merecer o no merecer.

Todos en este palacio tienen su lugar, y yo valoro tu lealtad.

El hecho de que seas tímido no te hace menos valioso.

Solo…

recuerda que incluso los que sirven tienen dignidad.

Tn la miró, aún avergonzado, pero algo en las palabras de la faraona lo hizo sentirse un poco más en paz.

Ella no lo veía solo como un sirviente, sino como alguien con valor.

Era una perspectiva nueva, algo que no esperaba.

—Gracias, faraona…

—dijo, en voz baja, mientras tomaba una de las joyas y comenzaba a colocarla cuidadosamente sobre el cuello de Nitocris.

Sus manos temblaban ligeramente, pero el contacto con la piel suave de su faraona, aunque íntimo, no lo hizo sentir incómodo.

Era simplemente una parte de su trabajo, una parte que, poco a poco, lo iba acercando a comprender el peso de la responsabilidad que ella llevaba.

Nitocris cerró los ojos por un momento, disfrutando de la tranquila compañía de Tn, sintiendo, por primera vez en mucho tiempo, que tal vez no estaba sola en este vasto mundo de poder y deber.

—Hazlo bien, Tn…

—susurró, mientras él terminaba de poner sus adornos.

Y aunque era solo un simple gesto, la confianza que ambos compartían, incluso en su forma tímida de interactuar, comenzaba a forjar un lazo mas…………peligroso.

La tarde había llegado a su fin, y el pesado calor del día comenzaba a ceder bajo la brisa más fresca de la noche.

Sin embargo, la joven faraona Nitocris no encontraba descanso.

Había estado en su trono durante horas, firmando documentos, tomando decisiones que afectaban a todo Egipto, lidiando con los pleitos de cortesanos y ministros.

Todo el día había sido una serie de responsabilidades interminables, y al final, la fatiga se apoderó de ella.

Sus hombros estaban rígidos, su cuerpo cansado, y la presión de ser una faraona sin experiencia no la dejaba en paz.

Con un suspiro, se desplomó en su trono, el asiento más imponente de todo el palacio.

La opulencia de su entorno, aunque impresionante, no podía aliviar la pesada carga de la realeza.

Miró hacia el suelo, observando las sombras que se alargaban mientras la luz del atardecer se desvanecía.

—Tn…

—dijo en voz baja, casi como si invocara su presencia sin querer.

No necesitaba pedirlo, pues él ya la había servido de muchas formas.

Tn, como siempre, estaba cerca.

Había sido un sirviente leal, siempre dispuesto a atender sus necesidades, incluso cuando esas necesidades no eran estrictamente de carácter público.

Ahora, al escuchar su nombre, se acercó rápidamente, con su paso siempre cauteloso y nervioso.

—¿Mi faraona?

—preguntó, apenas levantando la cabeza para mirarla.

Nitocris, con una mirada cansada, le indicó que se acercara más.

Sus ojos se entrecerraron por un momento, buscando la calma que solo un pequeño gesto de consuelo podría proporcionarle.

A pesar de ser una faraona, en ese momento solo quería sentirse humana.

Sentía la necesidad de ser cuidada, de dejar que alguien más, incluso si solo por un instante, se encargara de ella.

—Masajéame los pies y los hombros, Tn.

Necesito relajarme…

—su tono era suave, pero autoritario, una mezcla de agotamiento y el deseo de ser consentida.

Tn, sintiendo la creciente presión, se inclinó hacia ella, despojándose de su timidez por un momento.

No era una petición común.

A pesar de su posición, Nitocris rara vez se permitía mostrarse vulnerable.

Tn sabía que este momento era especial, y por ello, trató de servirle con la mayor dedicación posible.

Se arrodilló a los pies de la faraona, sus manos temblando ligeramente mientras comenzaba a masajear sus pies, tratando de aliviar la tensión que había acumulado durante el día.

Aunque el contacto era físico, Tn no podía evitar sentirse aún más nervioso por la proximidad.

Era su trabajo, claro, pero el hecho de tocarla, incluso de una manera tan distante, lo hacía sentirse extraño, como si estuviera cruzando una línea invisible.

Nitocris, sin embargo, comenzó a relajarse lentamente, cerrando los ojos mientras sentía las manos de Tn trabajando en sus pies y hombros.

Era un alivio que no había experimentado en mucho tiempo.

Su mente, agotada por los deberes del día, comenzó a vagar.

Y mientras él la tocaba, sin darse cuenta, sus pensamientos tomaron un giro diferente.

Imaginó por un momento cómo sería su vida en el futuro, en un lugar más tranquilo, sin el peso del poder, sin la constante presión de la corona.

Imaginó su hogar, una gran casa en las orillas del Nilo, llena de risas y voces infantiles.

Diez hijas, pensó, corriendo por el palacio, jugando bajo el sol egipcio, mientras Tn estaba a su lado, como su consorte.

En su visión, él no era un sirviente más.

Él era su compañero, el padre de sus hijos, el apoyo constante a su lado.

La imagen de él sosteniendo a una niña en sus brazos, sonriendo mientras jugaba con las otras, le trajo una extraña sensación de calma.

La idea de una familia, de un futuro lleno de amor y tranquilidad, se apoderó de su mente.

Nitocris comenzó a sentir algo más que solo el alivio físico de su masaje; comenzó a experimentar un deseo profundo de posesión, no solo del poder sobre Egipto, sino de algo más personal, más cercano.

“Tn…” pensó para sí misma, mientras sus dedos acariciaban la piel suave de sus piernas, sintiendo como la relajación se apoderaba de ella.

“Eres más que un sirviente.

Te necesito cerca.

Quiero que seas mío.

Solo mío…” Los pensamientos de Nitocris se volvían cada vez más posesivos.

—Tn…

—dijo en voz baja, casi un susurro.

La intensidad en su mirada creció, su deseo de cercanía y control sobre él comenzaba a intensificarse.

No estaba segura de por qué sentía esa necesidad de poseerlo, de mantenerlo cerca de ella de una forma más profunda.

Tn, sintiendo la tensión en el aire, levantó la mirada hacia la faraona, sus manos aún masajeando sus pies, pero ahora un poco más torpes por el creciente nerviosismo.

No podía comprender del todo lo que estaba ocurriendo en la mente de Nitocris, pero la atmósfera estaba cambiando, y él podía sentirlo.

—¿Te sientes mejor, mi faraona…?

—preguntó, con una voz temblorosa.

Nitocris lo miró fijamente, sus pensamientos entrelazados con imágenes de una vida compartida con él, de su lugar junto a ella en el palacio, de cómo sus roles podían fundirse en algo más que solo servilismo.

“Quizás…

algún día,” pensó, mientras sus dedos rozaban suavemente la piel de Tn.

“Quizás algún día, todo esto será nuestro.” —Mucho mejor, Tn.

—respondió Nitocris, con una sonrisa sutil, aunque cargada de una emoción que ella misma no entendía del todo.

Y mientras las sombras de la noche se extendían por el templo, la faraona se sumió en sus pensamientos, sintiendo que el futuro que había imaginado podría ser más cercano de lo que pensaba, tal vez, incluso posible.

Una vida tranquila, a su lado, en el que él no fuera solo un sirviente…

sino algo mucho más importante.

(y no, no pondre suculencia porque como dije solo quería yanderes pero como mi método será capítulos para darles desarrollo.

Ejemplo Nitocris ya empezó a mostrar mas dependencia de tn, osea que para el capitulo dos tendremos un avance en su emoción y obsesión.

Esto lo hago porque ya es aburrido ver lo mismo waifu loca yandere que secuestra, abusa y tiene hijas con el prota y fin……..Eso ya cansa asi que pense en este metodo darles sentimientos alocados poco a poco.)

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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